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America Latina

VOLUMEN 6 - Nº 2
JULIO - DICIEMBRE 1995
América Latina y la Segunda Guerra Mundial (II)
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     Sus nombres y sus rostros. Album recordatorio de las víctimas del atentado del 18 de julio de 1994. Proyecto, redacción y edición: Eliahu Toker. Editorial Milá, AMIA, Comunidad Israelita de Buenos Aires, 1995.

Al cumplirse un año del atentado terrorista que destruyó el edificio más tradicional e importante de la comunidad judeo-argentina, transformando en ruinas la que fue sede de las entidades centrales de la numéricamente mayor de las comunidades judías de América Latina, Milá, el sello editorial de la AMIA, publicó un volumen de cien páginas, 85 de las cuales preservan la memoria de las 85 víctimas. Una página para cada una de ellas.

"... Los asesinados eran gente como nosotros, con sus éxitos y fracasos, con sus proyectos y decepciones, con su particular mundo de sueños, de afectos, de creencias, de ilusiones y realidades", escribe en sus palabras preliminares el Dr. Alberto Crupnicoff, presidente de la AMIA.

"Para que la muerte no gane la partida", se ha publicado este album recordatorio. "Para seguir exigiendo", dice Crupnicoff, "que la justicia descubra y castigue a los culpables. Para que la educación ponga su acento en la santidad de la vida". En su introducción al libro, el poeta y ensayista Eliahu Toker lo define como "una suerte de monumento de papel y tinta destinado a mantener viva la imagen de quienes fueron asesinados esa mañana en el interior y en los alrededores del edificio de Pasteur 633, para que dejen de ser apenas un nombre en una lista, para que cobren rostro y espesor humano en la memoria de la gente".

A cada víctima está destinada una página, entre ellos los judeo- argentinos y los obreros bolivianos. Todas ellas están ordenadas alfabéticamente. El lector no encontrará en ninguna de ellas ni adjetivos exagerados, ni palabras grandilocuentes. Son testimonios íntimos, en un tono de sinceridad en este "extraño y doloroso film, en el que una multitud de personas diferentes, venidas desde distintas partes por diversos motivos, coincide de pronto en el lugar y el momento del estallido de la bomba".

"Imagen en movimiento que queda congelada...". Y a partir de ese instante centenares de familias quedan marcadas por la tragedia colectiva. Centenares de familias, sí, y junto a ellas toda una comunidad queda estremecida, sintiendo bajo sus pies no sólo las ruinas, sino la angustia de la inseguridad, de la amenazadora impunidad.

Impunidad es la palabra clave, que permitió que Buenos Aires haya sido el escenario de los dos atentados terroristas antisemitas más graves ocurridos en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. El primero, recordémoslo, fue la explosión -en marzo de 1992- del palacete que albergó por casi 45 años a la Embajada de Israel. ¿Por qué justamente Buenos Aires? Es una pregunta obligada. ¿Por qué no?, sería quizás una posible respuesta, al estilo de Umberto Eco (El nombre de la rosa), sobre el por qué los herejes perseguían a los judíos.

Si el primer atentado en Buenos Aires fue posible y "exitoso" y, más que todo, impune, en tanto sus autores aún no han sido ni siquiera descubiertos, ¿por qué no seguir adelante con la siembra del terror y la destrucción contra objetivos judíos? Esa impunidad ha de considerarse incentivo para la realización del segundo atentado en Buenos Aires, que demolió un edificio construido hace casi 50 años, un edificio que irradió vida y cultura judía, un edificio "empapado de historia y de historias". Pasteur 633 albergó a la AMIA en su primer piso y a la DAIA en el quinto. El segundo fue ocupado durante años por el Seminario de Maestros y sirvió luego a las oficinas de la AMIA. En el tercero estaba el IWO, Instituto Científico Judío, con su importante biblioteca y repositorio; el cuarto fue la sede del Consejo de Educación Judía. (Si hablamos "de historia y de historias", el autor de estas líneas las tuvo durante dos décadas en varios de los pisos mencionados...)

La comunidad judía de la Argentina es la más numerosa en América Latina. Algo más de 200.000 judíos viven en ese país de 35 millones de habitantes y son parte de un total de menos de medio millón en todo el continente. El tema demográfico es uno de los tantos a los cuales esta comunidad no prestó suficiente atención. Hubo por muchos años una fábula acerca de 500.000 judíos en la Argentina, cuando fuentes demográficas autorizadas estiman que el apogeo fue alcanzado hacia fines de la década del 50, con 350.000 judíos, y que a partir de allí comenzó la declinación numérica. Los profesores Schmelz y Della Pergolla publicaron en 1974 un estudio sobre las poblaciones judías en los países latinoamericanos, en el cual estimaron en 230.000 el número de judíos en la Argentina.

Comunidad de comienzos laicos, fue adquiriendo en los últimos treinta años ribetes religiosos. Una comunidad en la cual hubo durante décadas dos periódicos que aparecían a diario en idish y una cantidad similar o mayor de teatros, que tenían salas permanentes en las cuales actuaron los más destacados artistas judíos, se distinguió por su amplia red de educación judía -primero en idish, luego en hebreo- que llegó a contar con 25.000 alumnos en todos sus niveles, desde el jardín de infantes hasta la escuela terciaria. Pocas comunidades en el mundo llegaron a tener una red escolar judía con un porcentaje tan alto de alumnos.

Sin embargo, ya hace cuatro décadas el sociólogo Jacob Schatzky lamentaba el exceso de emocionalidad y una cierta falta de racionalidad en esta comunidad, que nunca se estudió suficientemente a sí misma, ni produjo información para que se la conociera en el exterior, pero que llegó a acuñar el término nusaj argentina, como si realmente hubiera habido un particular estilo argentino en la Diáspora judía.

Si bien puede mencionarse la presencia judía en los años de la colonia -los "portugueses" habrían sido en aquel entonces lo que luego fueron los "rusos" y los "turcos"- bien puede hablarse de una comunidad judía en la Argentina desde los inicios de la colonización agraria hasta el presente, es decir, a lo largo de un siglo. Una centuria en la cual se conformó, por un lado, en una comunidad bien organizada y, al mismo tiempo, en medio de un ambiente propicio y acogedor, los judíos se destacaron en casi todas las áreas de la vida del país: desde el agro a la industria, de las profesiones liberales a la intelectualidad; y menos por su actuación política, como por su significativa contribución al desarrollo económico del país. Si no hubo presencia judía en las fuerzas armadas, quizás ello sea debido no sólo a la existencia de "puertas cerradas" en las mismas, sino por una falta de interés por parte de los judíos. No es el mismo caso el de la Suprema Corte de Justicia, donde nunca fue nombrado un jurista de origen judío, aunque es indudable que hubo -y hay- jurisconsultos judíos expectables.

A principios del siglo XX se divulgó en el mundo una imagen bucólica de la Argentina: un país rico que permitía una vida tranquila y placentera. Pero los dos atentados a que nos referimos no fueron los primeros en descubrir que, debajo de la superficie y al lado de todo lo positivo que hay en ese país, se escondían fuerzas destructivas.

No es en una reseña de este libro conmemorativo donde podemos entrar al análisis de esos elementos destructivos que funcionaron en el seno de la sociedad argentina, pero parece innegable que su detección es imprescindible, tanto para hacer justicia en este caso como para sanear a la sociedad argentina. El pasado inmediato, de todas formas, con los horrores del régimen militar, no es tan remoto para que tengamos que esforzar nuestra imaginación en tal búsqueda.

Claro está que se encuentran aquí las huellas del "terrorismo internacional"; pero parecería igualmente claro que sin alguna "grieta" en la frontera y sin ayuda interna, estos hechos no hubieran sido posibles. Entonces, ¿por qué no Buenos Aires? El álbum recordatorio en homenaje a las víctimas del atentado contra la AMIA es un libro conmovedor. Uno de sus méritos es la sobriedad, la nobleza, la ternura que emana de cada una de sus páginas. Cito nuevamente a Eliahu Toker, poeta y arquitecto, que concibió este monumento recordatorio, esta matzeiva de papel y tinta, de fotos y palabras, de dolor y nostalgia: "en la catástrofe del 18 de julio de 1994 no sólo sucumbieron personas insustituibles; ese día también fue asesinado un edificio. Y tal como se recita una oración fúnebre por la gente desaparecida, habría que pronunciar un kadish, un réquiem, por las atmósferas, por las sombras y los fantasmas, que andaban los pasillos de Pasteur 633, esa casa nuestra que en agosto de 1995 hubiese cumplido 50 años".

En el terreno que quedó baldío en Pasteur 633, en el barrio Once de Buenos Aires, se colocó ya la piedra fundamental del nuevo edificio. Es simbólico que junto a ella se colocó la piedra basal del que quedó destruido y que fue encontrada entre los escombros. El nuevo edificio se erguirá para cumplir la tarea civilizadora que las fuerzas de la barbarie quisieron frenar. La vida judía continuará. Junto a ello quizás lleguemos a saber cómo pudieron ocurrir en Buenos Aires los dos atentados terroristas que conmovieron no sólo a la mayor comunidad judía de América Latina, sino al país mismo, a los judíos y a los hombres libres por doquier.

Sus nombres y sus rostros no es sólo el homenaje a las víctimas; es un acta de acusación, una exigencia de justicia y un desafio a que se descubran los nombres y los rostros de los victimarios, sus instigadores y sus cómplices.

Marcos Korenhendler Universidad de Tel Aviv