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America Latina

VOLUMEN 2 - Nº 2
JULIO - DICIEMBRE 1991
España y America Latina
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Ortega y Gasset en la Argentina: la tercera es la
vencida

TZVI MEDIN
Universidad de Tel Aviv

La influencia de José Ortega y Gasset en la cultura latinoamericana fue amplia, profunda y prolongada, y por momentos sensacional y sin precedentes. Amplia tanto en lo geográfico - prácticamente todo el continente - como en lo que se refiere a los diferentes ámbitos culturales: desde el periodismo a la literatura, y muy especialmente al ensayo literario; de la filosofía a la sociología y "a la historia; y asimismo se dió tanto en los círculos académicos profesionales como en los círculos culturales y en los sociales.

Fue una influencia profunda puesto que se manifestó en personas que fueron maestros de sus generaciones, como en el manifiesto caso de Leopoldo Zea en México o de Francisco Romero en Argentina, y además porque sus ideas imprimieron sus sellos en corrientes intelectuales de los modos más diversos, fijando a menudo la agenda intelectual hispanoamericana, como en los notorios casos de La deshumanización del arte o La rebelión de las masas; libros que se convirtieron durante años en el centro de una intensa y acalorada polémica en todo el continente.

Fue, y en determinada medida aún es, una influencia prolongada, ya que se extiende desde su primera visita a la Argentina en 1916, hasta nuestros propios días, cuando, por ejemplo, los últimos libros del importante historiador mexicano, Luis González, reflejan una explícita identificación total con los fundamentos del pensamiento orteguiano. Aunque, claro está, su influencia ha tenido altibajos, conociendo momentos de auge y euforia, especialmente entre los veinte y los cincuenta, pero también momentos de aminoramiento y, a veces, inclusive de nulificación de sus manifestaciones explícitas y conscientes (no de aquéllas que se han convertido en parte integral-natural-sobreentendida de la cultura hispanoamericana), muy especialmente a partir de los setenta.

Amén de la influencia del pensamiento orteguiano propiamente dicho, es necesario señalar también el que Ortega fue el gran difusor de la cultura europea en la América Hispana, muy especialmente la alemana, en los veinte y en los treinta, años en que Revista de Occidente, a la par de las editoriales bajo su dirección, se convirtieron en esta América en el instrumento de difusión cultural y académica por excelencia. Tal cual lo han reconocido los más prominentes representantes de la cultura hispanoamericana - Alejo Carpentier, Pedro Henríquez Ureña, Germán Arciniegas, entre otros muchos -, más de una generación cultural del continente se formó a la luz de la gigantesca labor de difusión cultural orteguiana.

Esta influencia se expresó de modo muy especial en Argentina,, país que Ortega visitara en tres oportunidades: 1916, 1928 y 1938. En su primera visita, Ortega, aún un desconocido, logró un éxito enorme y sus conferencias sobre filosofía contaron con un público que no cabía en las grandes salas en que tuvieron lugar. Pero no se trató sólo del éxito en los amplios círculos culturales y sociales - lo que por sí mismo constituyó una especie de legitimización social a la incipiente labor filosófica argentina de esos años -, sino que también su labor con los círculos estrictamente profesionales fue, en muchos aspectos, decisiva. Esto es verdad en especial en lo que se refiere a la enseñanza y la difusión de la filosofía alemana contemporánea, especialmente Husserl, Scheler y Rickert, a la par del rechazo total del positivismo que aún privaba en Argentina. Alejandro Korn y Coreliano Alberini dejaron claros y explícitos reconocimientos de lo decisivo del impulso y la enseñanza filosófica de Ortega durante esta primera visita. Un primer encuentro que fue todo satisfacción para los argentinos y para el mismo Ortega, que no se limitó en sus elogios a los mismos.

Una segunda visita tuvo lugar en 1928, año para el que Ortega ya se ha convertido en un filósofo de renombre en España, Europa y América. Sus libros son estudiados con minuciosidad y enseñados en las universidades; son los años en que muchos, entre el esnobismo y la esperanza de la ósmosis, se creían obligados a salir a la calle con un libro de Ortega bajo el brazo. En Argentina se hablaba y se escribía como Ortega, y las ideas y los nuevos conceptos y términos acuñados por el maestro español eran patrimonio general de las nuevas generaciones.

También esta visita se convirtió en un nuevo acontecimiento social y cultural, aunque en los círculos filosóficos profesionales ya se comienzan a escuchar algunas notas disonantes, debidas básicamente al contacto directo que los filósofos argentinos comenzaron a tener con la filosofía alemana, lo que les permitió una postura más independiente con respecto a la labor de difusión de Ortega. Y estas disonancias críticas estrictamente profesionales se vieron posteriormente algo acentuadas en los círculos sociales y culturales con motivo del artículo que Ortega escribiría sobre los argentinos, El hombre a la defensiva, que no era precisamente muy halagador. Las respuestas al mismo en 1929 y 1930 fueron a menudo inclusive violentas. Pero también estas reacciones constituían un claro testimonio de la enorme importancia que se le otorgaba a la palabra de Ortega, quien era en esos momentos, muy posiblemente, el intelectual extranjero de más renombre en toda la América Hispana.

Y he aquí que llegamos en este breve recuento histórico al tema del presente artículo: la tercera visita de Ortega a la Argentina, entre fines de 1939 y 1942. El personaje intelectual de renombre mundial que había impuesto su sello en la cultura hispanoamericana en general, y en la Argentina en forma muy especial, llega a las costas porteñas huyendo de la guerra civil española y de la inminente guerra mundial. Pero en esta oportunidad no se volvería a repetir la experiencia dichosa de las visitas previas. El joven casi desconocido que logró un éxito enorme en 1916 vuelve a la Argentina en 1939 con el reconocimiento mundial, mayor inclusive que el que detentara durante su segunda visita a Argentina, puesto que luego de la misma ha publicado, entre otros, su libro más famoso: La rebelión de las masas. Pero, en forma sorpresiva, es precisamente en esta tercera oportunidad que Ortega es marginado por los núcleos intelectuales y académicos; no se le otorga cátedra alguna, y las cosas llegan al grado de que inclusive tiene serias dificultades para poder mantenerse.

La tercera es la vencida. ¿Por qué? ¿Cuáles fueron las causas de que uno de los héroes culturales de la Argentina descienda tan rápidamente de su pedestal al nivel del marginado? ¿Acaso las causas fueron estrictamente culturales o fue la trascendencia del momento político? ¿Acaso su marginación de los círculos profesionales académicos implicó necesariamente su marginación de los círculos culturales? Las influencias culturales se dan en función de su relevancia a las circunstancias particulares del marco receptor, pero éstas se encuentran estructuradas en ámbitos de diferente categoría, y no siempre lo relevante a la posibilidad de la recepción del mensaje es la categoría afín al mismo. O sea que, si una circunstancia se encuentra básicamente dominada por el factor ideológico político, por ejemplo, muy bien puede suceder que sea este ámbito el decisivo también en lo que se refiere a la recepción o rechazo de una influencia cultural o estrictamente filosófica. Por otro lado, ello no implica necesariamente la nulificación de toda trascendencia del ámbito afín - el cultural, por ejemplo -, que puede lograr mantener un determinado grado de autonomía. Influencia cultural, política, academia, cultura. Intentaremos dar respuesta a éstas y otras interrogantes que nos ocupan actualmente en medio de una investigación más amplia a la que nos encontramos abocados sobre el proceso de las influencias culturales.

En septiembre de 1939, Victoria Ocampo terminaba un artículo de bienvenida a Ortega con estas palabras: "Ortega y Gasset no está aquí de visita, entre extraños. Está en su casa, entre amigos. En este momento en que parece tan cruelmente natural el dudar de todo, que no dude de esto"1.

Pero las cartas de Ortega desde Argentina expresarían algo diametralmente opuesto: "estamos completamente solos de amistades fecundas", escribe luego de un año en Argentina2, y para los momentos previos a su vuelta a España le escribe a la misma Victoria Ocampo: "Puedo decirte que desde febrero mi existencia no se parece absolutamente nada a lo que ha sido hasta entonces y que sin posible comparación atravieso la etapa más dura de mi vida [...] haz el favor de imaginar un momento en que en vez de una te fallasen a la vez todas las dimensiones de la vida y con ello tendrías una idea de lo que a mí me pasa"3. Y a otra amiga le escribe: "Mi vida aquí no tiene historia posible porque es la suspensión total de una vida. Excuso decirle, tras dos años de larga permanencia aquí, las cosas que tendría que decir sobre América. Las primeras no las podrían oír oídos hechos sólo a palabras decentes, pero las siguientes serían de verdad interesantes"4.

Victoria Ocampo, según el tenor de las cartas que le escribió Ortega, parecería que sí supo mantenerse en la prueba de la amistad, pero el medio intelectual y académico argentino estuvo muy lejos de .quellas primeras promesas de bienvenida. Carmen Gandara escribiría posteriormente: "nuestro país cometió hacia él - y sobre todo hacia sí mismo - un pecado muy difícil de perdonar"5.

Claro está que al leer las cartas de Ortega debemos recordar el elemento estrictamente personal, puesto que en el otoño de 1938 había sufrido una grave operación en París, y su salud volvió a quebrantarse durante su estadía en Argentina. Ello agravó más aún el problema económico que lo acompañaría a lo largo de los tres años en Argentina, y que se vió complicado también por la necesidad de financiar su viaje, con su esposa y su hija, de Europa a Argentina, y asimismo por la necesidad de financiar el casamiento de su hijo Miguel. Y todo ello cuando el dinero que le correspondía por sus libros en España se hallaba bloqueado. Más aún, sus hijos se encontraban en España, con problemas propios y en la inminencia de que también España se viera involucrada en el conflicto mundial. Todas estas circunstancias particulares no eran precisamente reconfortantes.

Mas, todo esto aparte, el ambiente argentino esta vez era diferente, y no por los posibles ecos del debate alrededor de El hombre a la defensiva, sino por cuestiones mucho más serias y urgentes: la guerra civil española y la segunda guerra mundial. Argentina estaba polarizada políticamente y, dada la procedencia española e italiana de gran parte de su población, esta polarización cobró ribetes de extremo involucramiento personal y emotivo. El mismo Ortega, al volver a Argentina, guardó un estricto silencio y no se definió ni con respecto al franquismo ni con respecto a la guerra mundial. Sus hijos, Miguel y José, se habían incorporado a las filas franquistas durante la guerra; "se pusieron del lado de los `señores'," nos relata un familiar, quien señala, también, que, aparte de sus propias opiniones, Ortega se encontraba atado de pies y manos por la presencia de sus hijos en España.

Pero no fue sólo el silencio y la neutralidad, chocantes por sí mismos para los círculos republicanos y democráticos, sino también el hecho de que Ortega se distanció por razones de diferente índole de personalidades intelectuales republicanas, como en los casos de Francisco Romero y de Lozada (por motivos pertinentes a la publicación de sus libros), a la vez que se relacionaba cada vez más a los círculos profranquistas y reaccionarios, a los círculos nacionalistas hispanistas católicos, y a los de la alta sociedad vinculada al gobierno conservador.

Según el testimonio de una de las personas más vinculadas a Ortega durante este período, si no la más vinculada, el nacionalista católico Máximo Etchecopar, Ortega jamás se pronunció con respecto a la situación imperante en España. Como única excepción recuerda su reacción al elogio al líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, hecho por el mismo Etchecopar. Y así le contestó Ortega: "me negué a encontrarme con él (José Antonio había intentado verlo varias veces) porque no podía sustraerme a la idea de saberlo o imaginarlo poseído de la voluntad de muerte, circunstancia ésta que me rechazaba por instinto"6.

Máximo Etchecopar era una de las personas con más ascendencia dentro del grupo que representaba en Argentina al catolicismo antiliberal de derecha. En lo intelectual se encontraban influenciados por el neotomismo, al que postulaban en esos momentos frente al marxismo. Su amistad y su admiración por Ortega lo convirtieron en un nexo con personas del grupo que se pusieron a estudiar los escritos de Ortega7. Se trataba de un grupo que se había opuesto a la República y en esos momentos era profranquista. En verdad, Ortega los había desilusionado al apoyar a la República y se vinieron a vincular a él sólo hacia 1939. El grupo funcionaba especialmente en los Cursos de Cultura Católica de la Acción Católica Argentina, que publicó, en el espíritu de la ortodoxia neotomista, la revista Baluarte y posteriormente Sol y luna y Nueva política8. Previamente habían acusado la influencia de Spengler, muy especialmente de Años decisivos, publicado en 19329.

Este grupo gusta y toma de Ortega, en especial su teoría social, aunque claro está que selectivamente y sin asimilar lo específicamente filosófico de la obra orteguiana debido al tomismo riguroso y, ortodoxo que los caracterizaba. En Ortega creían encontrar un pensamiento político de derecha, muy especialmente en escritos como España invertebrada y La rebelión de las masas. Así lo recuerda Etchecopar: "La rebelión de las masas era una expresión de lo que sin demasiada falsificación de las ideas cabe llamar una visión política de derecha. Es un libro que coincidía con el modo de sentir del grupo, proeuropeísta y antiyanqui, y nos adherimos también a su teoría, ya desarrollada en España invertebrada, de las minorías selectas. También nos marcó en especial el penúltimo capítulo titulado `¿Quién manda en el mundo?'. Nosotros creíamos, luego de la victoria de Franco y con la guerra mundial en ciernes, que en la historia de Occidente se daba la gran oportunidad de confrontar las ideas y fuerzas del orden de raíz tradicional contra lo que conceptuábamos como la barbarie soviético marxista. El mundo occidental que defendía los valores de la libertad y la democracia era considerado por nosotros como carente del vigor histórico necesario para la lucha. Y cuando Ortega escribe que no hay quien mande en el mundo lo interpretamos como una invitación"10.

En nuestra entrevista con Etchecopar, ya en 1990, éste agrega a estos recuerdos su conclusión de que no habían conocido bien al nazismo y que habían tenido una idea benévola del fascismo. Encontramos sumamente sugestiva la idea que nos presentó el historiador argentino Ezequiel Gallo en el sentido de que, para muchos representantes de la derecha, Ortega se convirtió en un vehículo muy adecuado para volver a un liberalismo bastante obligado en tiempos posteriores, aunque en lo que se refiere a Etchecopar, no cabe dudas de su apego a Ortega ya en aquellos años.

Otra de las personalidades prominentes del grupo fue Marcelo Sánchez Sorondo, quien se desempeñó también como director de Nueva Política en esos años, de 1940 a 1943. También Sánchez Sorondo se vió influenciado por las ideas elitistas de Ortega sobre las minorías selectas, lo que se reflejó constantemente en sus artículos y en su libro titulado La clase dirigente y la crisis del régimen11. Sorondo postuló una visión muy ortodoxa de la misión de Argentina y del orden político: la reivindicación de la tradición española y de la obra de España en América, rompiendo con la tradición liberal argentina de Sarmiento y Alberdi, y reivindicando la herencia de Juan Manuel de Rosas. Aunaba a ello posturas antisemitas claramente definidas en sus escritos, y la idea de que "dentro de la legalidad el sufragio universal conduce al comunismo"12.

Entre los grandes admiradores de Ortega en este grupo se encontraba también César Pico, algo mayor que Etchecopar, médico y biólogo, con gran interés por la filosofía, que tenía una cátedra de sociología en la Universidad de La Plata en los años cuarenta, y daba conferencias en los cursos de Cultura Católica en los treinta y los cuarenta. Pico se "convirtió" al orteguismo; parece que ésta es la palabra adecuada, dado su fervor por el mismo al oír las conferencias de Ortega de lo que luego aparecería en tanto El hombre y la gente. En 1949 Pico participaría en el Primer Congreso Nacional de Filosofía, en Mendoza, con una exposición en la que se justificaban las tesis sociológicas de Ortega. Centrándose en las tesis de Ortega sobre "los usos", Pico los caracteriza, apoyándose en Santo Tomás de Aquino, como la causa formal de la sociedad, y desarrolla una interpretación tomista de las ideas de Ortega que. también Etchecopar coincide con nosotros en que éste difícilmente hubiera podido relacionarse siquiera a la misma13.

Este orteguiano era uno de los más prominentes ideólogos.de la derecha católica en esos años y, en 1937, había publicado una famosa Carta a Jacques Maritain como contestación al libro del filósofo francés: Humanisme Intégral. Pico postulaba la colaboración entre el catolicismo y el fascismo, y consideraba que el catolicismo podría ayudar al fascismo a salvaguardar los derechos de la persona humana y a evitar la "estatolatría", a la vez que veía en el fascismo una respuesta a la crisis que amenazaba destruir la cultura cristiana14.

En el otro extremo, el liberal democrático, sobresalía la postura de la gente de Sur, quienes, desde un primer momento, tomaron una posición militante contra el fascismo y el nazismo. Señalamos aquí especialmente a la gente de Sur puesto que Ortega se encontraba en estrechas relaciones con no pocos miembros del grupo e inclusive era miembro del Consejo Internacional y había decidido, en una conversación con Victoria Ocampo, sobre el nombre mismo de la revista.

Precisamente en octubre de 1939, coincidiendo con la llegada de Ortega a Buenos Aires y con la irrupción de la gran conflagración mundial, la revista Sur dedica su número a La guerra, con artículos de lo más granado de sus colaboradores y del mundo intelectual argentino. Todos ellos consideraron urgente definirse públicamente, en una actitud diametralmente opuesta al silencio por que optaría Ortega.

Victoria Ocampo, en el primer artículo, escribía claramente que los americanos que comulgaban en la fe del respeto a la justicia y a la persona humana deseaban el triunfo de Francia y de Inglaterra, por ser ellas quienes custodiaban esa fe. "Ante la guerra actual no podemos permanecer neutrales"15.

También Jorge Luis Borges se expresa clara y radicalmente, y finaliza su artículo con estos categóricos conceptos: "Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania; es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe. No me refiero al imaginario peligro de una aventura colonial sudamericana; pienso en los imitadores autóctonos, en los ubermenschen caseros, que el inexorable azar nos depararía. Espero que los años nos traerán la venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles"16.

También Francisco Romero, tan influido por la filosofía alemana, afirma que su admiración del genio filosófico y científico de los alemanes, y de otras eminentes virtudes de ese pueblo, aumentaba precisamente su reprobación ante una política de confusión y de violencia, cuyo triunfo no sólo comportaría el aplastamiento material de sus víctimas sino, además, un obscurecimiento y desorden en las almas, de los que la humanidad - y los alemanes en primer lugar - difícilmente se repondría17.

Esta postura militante de la gente de Sur sobresaldría en especial contra el transfondo del gobierno conservador argentino que dejaría su lugar a los militares en 1943, y a Perón en 1946. Está casi demás recordar que Argentina sólo declaró la guerra a Alemania pocas semanas antes de que ésta finalizara.

No es sorprendente, entonces, que en este ambiente cargado emotivamente y polarizado alrededor de cuestiones que tocaban al ser o no ser de cada uno, se diera también un incidente que puso punto final a la colaboración de Ortega con el grupo Sur. En noviembre de 1938 había comenzado a publicarse Sol y luna, vinculado a los Cursos de Cultura Católica y netamente hispanizante y profranquista. En julio de 1939, en la sección "Calendario" de la revista Sur, apareció un artículo titulado "Capricho español", rechazando la "hispanidad retinta" de Sol y luna y citando párrafos que en verdad hablaban por sí mismos e inclusive hacían innecesarios los comentarios irónicos e incisivos del autor anónimo18. Etchecopar escribe que el estilo era tan característico e inconfundible que en realidad no era necesaria la firma,19 y personalmente nos relató que se trataba de Borges20. Emilia de Zuleta, en cambio, señala que el que escribía por esa época la mencionada sección era Ernesto Sábato21.

Las citas van desde las frases sueltas, "para un hombre de cualquier raza inferior - quiero decir para cualquier hombre de raza no española...", hasta otras más extensas como aquélla, por ejemplo, que el autor anónimo transcribe y valoriza como una página en la que conviven extrañamente el terrorismo y la información, y de la cual aquí citamos sólo su primer e ilustrativo parágrafo: "Dios puso en las manos del Generalísimo la espada de la guerra y el Generalísimo deposita en el altar de Dios la espada de la victoria. Está teñida de sangre - porque la salvación de España debía llevarse a cabo sangrientamente - y está teñida de luz - porque su salvación debía realizarse luminosamente"22.

Posteriormente vino la respuesta de Sol y luna, pero lo que nos interesa es que cuando este incidente llegó a los oídos de Ortega, éste avisó de inmediato que retiraba su nombre del Comité de Consulta de Sur. Su amistad personal con Victoria Ocampo continuó, pero para muchos se hizo claro que su silencio no lo situaba a un punto equidistante entre el nacionalismo de derecha, con ribetes fascistas, y el liberalismo democrático.

Es sobre este contexto básicamente político que se dió la marginación de Ortega de los círculos intelectuales y académicos, aunque quizás debamos distinguir también aquí una determinada dosis de automarginación. A Ortega no se le otorgó cátedra universitaria alguna, se dió el ya mencionado distanciamiento de Romero y no contó con apoyo alguno de Alberini. El influyente Borges se burlaba del estilo de Ortega y consideraba que era cursi para hacer literatura y que caía en los peores gustos del modernismo latinoamericano. En ese 1940, en una introducción, a un libro de Bioy Casares, Borges realiza una crítica total de La deshumanización del arte, aunque esto venía a ser en realidad un reconocimiento del prestigio de su obra, pues resulta que en 1940 todavía considera necesario criticar una teoría presentada por Ortega dieciséis años antes23.

Pero no se trató sólo de lo estrictamente intelectual. Ortega intentó fundar una editorial propia y, por medio de un amigo suyo cercano a los círculos financieros, Ernesto Hueyo, solicitó al Banco de la Nación 30.000 pesos para ese objetivo24, pero, al no tener bienes raíces y sin las garantías adecuadas, no se le otorgó préstamo alguno.

Sin embargo, contrariamente al ambiente que reinaba en el ámbito político y en el ámbito académico, la obra de Ortega siguió siendo, en función de su valor intrínsico, patrimonio del ámbito cultural argentino y su prestigio en el mismo se acrecentaba constantemente. Esto es verdad en primer lugar en lo que se refiere a su obra escrita previamente. España-Calpe empieza la Colección Austral, el primer libro de bolsillo en español, con La rebelión de las masas, cuya primera edición sale a luz el 30 de septiembre de 1937 con 6.000 ejemplares, y que tendría posteriores ediciones en los años 1938, 39, 41, 42, 43, 44, 46, 47, 49, 51 y 55, para no continuar con las ediciones más allá de nuestros límites cronológicos en este artículo.

El tema de nuestro tiempo es el número 11 de la Colección y se publica el 15 de marzo de 1938, también con 6.000 ejemplares y sucesivas ediciones en 1939, 41, 42, 45,47,50,55;

Notas se publica el 8 de octubre de 1938 con 6.000 ejemplares y ediciones en 1941, 43, 46, 47, 49 y 55;

El libro de las misiones, con sus primeros 6.000 ejemplares, el 2 de enero de 1940, y ediciones en 1942, 44, 45, 50 y 55;

Ideas y creencias, en una primera edición en octubre de 1940, con sus 6.000 ejemplares, y ediciones en 1943, 45, 52 y 55;

Tríptico: Mirabeau, el político-Kant-Goethe, el 2 de mayo de 1941, 6.000 ejemplares, ediciones en 1942, 44, 47, 52 y 55;

Mocedades, el 6 de agosto de 1941, 6.000 ejemplares, y luego en 1943 y 194625.

Es decir: en un único año, en 1955, se publicaban a la vez nada menos que seis nuevas reediciones de seis diferentes libros de Ortega. Y también en 1941, cuando Ortega se encontraba en Argentina con las dificultades que hemos recordado, aparecían reediciones de cinco de sus libros. Es verdad que se trataba del primer libro de bolsillo en español y era muy barato, pero no cabe duda que los datos que hemos apuntado atestiguan el grado en que, a pesar de la marginación que sufrió Ortega, especialmente por parte de los círculos profesionales, su obra continuó siendo parte esencial de la cultura argentina en esos años, tan flacos para el autor en lo personal. Esto es lo que explicará, amén del valor intrínsico de su obra, que posteriormente seamos testigos de un renacimiento de diversas facetas del orteguismo en Argentina.

Sin lugar a dudas, el punto culminante en la actitud de hostilidad hacia Ortega que hemos recordado previamente se manifestó cuando éste decidió abandonar Buenos Aires para volver finalmente a España. La resonancia de su decisión fue continental y las reacciones, furibundas.

Guillermo de Torre, de los más prominentes miembros del grupo Sur, español residente en Buenos Aires que previamente había colaborado con Ortega en su Revista de Occidente, publicó de inmediato en Cuadernos Americanos un violento ataque a Ortega, en una carta abierta a Alfonso Reyes titulada "Sobre una deserción"26. Esta carta abierta se publicó en el mes de agosto de 1942 y tenía que ver también con declaraciones despectivas de Ortega, a su llegada a Europa, con respecto a Reyes ("habla como un provinciano'. Dicho sea de paso, este incidente provocó asimismo una carta de José Gaos a Ortega, diciéndole que "eso no se dice de una persona con la altura intelectual del mexicano". Según el testimonio de la filósofa mexicana Vera Yamuni, que mecanografió la carta de Gaos, éste se encontraba verdaderamente furioso27. Pero volvamos a Guillermo de Torre, quien comienza su carta abierta expresando el dolor de todos los intelectuales españoles y americanos por el hecho de que Ortega se hubiera embarcado hacia Lisboa "con meta prevista y seudoconfesada en Berlín o Madrid". Ortega había cometido una "grave deserción", y lo había hecho, según de Torre, entre sumurmujos desdeñosos para América: "Se avecina una guerra entre Europa y América", escribe de Torre que se le escuchó decir a Ortega, "yo voy a tomar posición en Europa". Pero si eso fuera verdad, afirma este español que fuera admirador de Ortega, se trataría de una guerra entre la América libre y la Europa tiranizada.

Y entonces viene la relectura de las obras de Ortega, en las cuales de Torre ahora cree comprobar que Ortega nunca hizo mayor misterio de sus sentimientos antidemocráticos, de su debilidad por la fuerza, de su larvado cesarismo; y todo esto agregado a su silencio durante la guerra civil en España y sus ataques a Einstein cuando éste apoyó a los republicanos28.

Pocos meses después, Guillermo de Torre vuelve a publicar un segundo artículo en Cuadernos Americanos, en el que compara a Ortega con Unamuno. El autor llama la atención en cuanto a la influencia temprana sobre Ortega de Maetzu, en esos momentos convertido en uno de los fervientes intelectuales franquistas, y en cuanto al hecho de que el europeísmo de Ortega fue sólo germanismo. De Torre considera que Ortega renegó ya desde España invertebrada del liberalismo democrático, y ello frente a la franca posición antifascista de Unamuno29. De Torre, empero, reconoce que estas afirmaciones son algo problemáticas, puesto que luego de 1937 Ortega es ambiguo y teme exponer claramente sus nuevos puntos de vista.

En Puerto Rico, donde la obra de Ortega ya tenía amplia difusión en los cuarenta, Domingo Marrero escribe en 1948 un libro sobre el maestro español que refleja evidentemente una importante influencia de éste sobre su propio pensamiento. Sin embargo, al comienzo, el mismo Marrero no deja de recordar la enorme decepción que sufrió frente a la actitud de Ortega en las circunstancias a las que nos referimos en este artículo, decepción que fue patrimonio de los más amplios círculos intelectuales del continente. Vale la pena una cita parcial y algo prolongada para señalar no sólo el hecho sino también traspasar algo de la enorme dimensión emotiva de la decepción:
"Un día nuestra generación lo puso sobre el pedestal. Abrasados y entusiastas ardíamos al calor de sus páginas incitantes. Desde su balcón aprendimos a contemplar, meditabundos y emocionados, el espectáculo que nos ofrecía el alborear de nuestra época. En esa hora Ortega era para nosotros el profeta cairológico que nos anunciaba la plenitud y la altura de los tiempos. Nos parecía entonces el hombre de la túnica de una sola pieza.
Andando los años llegó una hora como el tremedal del trópico. En ella los hombres fueron pesados, no por lo que decían sino por lo que eran. En esos días fue menester que los espectadores embalconados se lanzaran a la arena. Era el momento de decisión. En aquella hora Ortega fue pesado en balanza y hallado falto. Y cayeron, como de los de Saulo, escamas de nuestros ojos. Aquella mañana vimos por vez primera el perfil contrapuesto del centauro. Su obra intelectual, sin embargo, no basta para redimirle como hombre ni como español en la hora de las exigencias definitivas. No se puede calzar sandalia profética ni ceñir cíngulo apostólico, si no se es capaz de honrarlos, no con unos cuantos renglones de ideas más o menos luminosas, sino con la lealtad íntegra y sacrificial de toda una vida"30.
Esto lo escribía Marrero a fines de los cuarenta, pero, pocos años más tarde, no dudaría en dar terminante prueba de su integridad intelectual en un artículo publicado en 1956, con motivo de la muerte de Ortega, en el que rectifica los conceptos citados previamente. Marrero reconoce que Ortega, al volver a España, "mantuvo la castidad de una distancia entre su gestión magistral y el estado vigente" y que por eso fue precisamente que fracasó el Instituto de Humanidades en el que había puesto tantas esperanzas. Marrero señala que, si tuviera que revisar su libro sobre Ortega, muy posiblemente no volvería a utilizar con respecto a la gestión pública de Ortega el símbolo del centauro. "Entiendo que años atrás yo le pedía a Ortega lo que él no podía dar. Desde luego que fueron sus mismos trabajos los que me llevaron a pedirle que encarnara en todas las instancias de su vida los ideales que preconizaba. El, en cambio, se refugió en el silencio. Y como según sus propias palabras un filósofo no puede mentir se mantuvo en una decorosa distancia de toda posición que le comprometiera públicamente. Este es también un género de heroísmo intelectual que entonces yo no entendía y que ha sido reconocido por la inquieta y dolorida juventud española"31.

Pero este reconocimiento vino en momentos de su muerte, y en 1942, al abandonar Ortega Argentina, el resentimiento y el rencor estaban a la orden del día.

En Argentina, León Dujovne, filósofo argentino que había escuchado las conferencias de Ortega en su segunda y tercera visita y que había trabado amistad con el filósofo español, escribiría posteriormente un libro sobre la concepción orteguiana de la historia. A pesar de que este extenso libro, sumamente objetivo, peca quizás de ser más bien una exposición de los diversos escritos al respecto de Ortega, Dujovne, de ascendencia judía, condenaría en muy breves párrafos la neutralidad y el silencio de Ortega frente al nazismo y al holocausto, y sus expresiones en Alemania luego de la guerra: "durante la segunda guerra mundial y después de ella, cuando habló (Ortega) de `la terrible catástrofe' alemana de la derrota de Alemania, daba a los alemanes unos consejos de tranquilidad, de dignidad y aún de elegancia frente a la derrota. ¿A qué catástrofe, a qué derrota se refería Ortega? ¿A la causada por las fuerzas militares aliadas o a la que Alemania gobernada por Hitler se causó a sí misma con los asesinatos de millones de civiles en Europa, particularmente con el exterminio de seis millones de judíos en `campos de concentración? No hay noticia de que Ortega haya opinado sobre ello, a diferencia, por ejemplo, de dos alemanes tan `arios' como Thomas Mann y Karl Jaspers"32.

En otro pasaje vuelve Dujovne a este asunto, al referirse a las afirmaciones de Ortega de que la misión del intelectual es la del profeta de "clamar en el desierto", desde su radical soledad, su propio desierto, invitando a los demás a ingresar en su propia soledad. Ortega incluso afirma que los primeros intelectuales hebreos fueron los profetas. Pero Dujovne señala que Ortega se desentiende de que los profetas nunca fueron testigos contemplativos de los acontecimientos, que se limitaban a enunciar catástrofes. Y, sin recordar explícitamente a Ortega, escribe con mucha indignación: "Evocaban el pasado, eran con frecuencia jueces muy severos de su tiempo, de su actualidad y asociaban a sus prédicas de justicia una visión del futuro [ ] tenían sentido de la historia y no se puede objetar la designación de `intelectual' aplicada a los profetas. Pero no todos los intelectuales son profetas. Los profetas sabían indignarse. No eran observadores neutrales de los acontecimientos humanos"33.

Estas citas, que son apenas un reflejo de la decepción y de la indignación frente al paso dado por Ortega, y que no siempre le hacen justicia, merecen ser mencionadas por sí mismas puesto que reflejan la dimensión emotiva que fue precisamente la decisiva en esos momentos, y que se manifiesta en función de los elementos de índole política, ideológica y moral. Pero, además, vienen a ilustrar el enorme influjo de una obra escrita que, inclusive a pesar de estas reacciones, continuará expandiéndose en los círculos culturales latinoamericanos - y en algunos lugares en los cincuenta y sesenta - con renovados ímpetus. Cierto que el mismo Ortega quedó aislado de los círculos oficiales franquistas y, en momentos de su muerte, se convirtió incluso en un símbolo de la juventud contra el franquismo. Cierto que hubo también algunas voces que intentaron inclusive comprender su vuelta a España en el mismo 1942 que salió de América, pero el hecho es que ni su marginación por los círculos académicos en Argentina durante su tercer viaje, ni su vuelta a España detuvieron la continuidad de su decisiva influencia sobre la cultura hispanoamericana. Quizás porque ello apunta a una relativa autononomía del ámbito intelectual o el cultural con respecto al ideológico-político, como asimismo a una relativa autonomía del ámbito cultural con respecto al profesional académico; quizás porque la posterior gestión de Ortega en España frente al franquismo dió lugar necesariamente a una reconsideración de lo político propiamente dicho.

Eduardo Ortega y Gasset, escribiendo sobre su hermano José, se refiere también a su tercera estadía en Argentina y a su regreso a Lisboa primero, y luego a Madrid. Cree que su retorno a España fue un error, pero considera también que en este caso "la alteza de su intento y la magnanimidad de su secreto sacrificio son innegables". Agrega aún que, a su vuelta, su hermano vivió en España rodeado de hostilidad y que nunca se inclinó ante el poder, y nos recuerda que se prohibió que se siguiese publicando Revista de Occidente, que no aceptó la cátedra que ganara por oposición en la Universidad y que no mantuvo el menor contacto oficial.

Tres razones se dieron, escribe Eduardo Ortega y Gasset, por las que su hermano volvió a España. La primera fue el amor a sus hijos que residían en Madrid; la segunda, su concepto de vieja tradición latina del emigrado, y la tercera, la esperanza de utilizar su autoridad como puente y transición hacia la normalización de la vida en España. En lo que se refiere a la segunda causa, Eduardo Ortega y Gasset cita unos párrafos escritos por su hermano en 1922 y que, por parecer reflejar tanto de su tercera experiencia en Argentina, transcribimos a continuación parcialmente:
"Todo lo que hay de incitante y excitante en el tránsito por un país extraño, desaparece cuando a él trasladamos el eje y la raíz de la vida. Los antiguos tenían fina percepción de esa parálisis íntima en la que cae el transplantado y por ello era para ellos una pena del rango parejo a la muerte, la del destierro. No por la nostalgia de la patria le será horrendo el exilio, sino por la irremediable inactividad a que los condenaron. El desterrado siente su vida como suspendida: exul umbra, el desterrado es una sombra, decían los romanos. No puede intervenir ni en la política, ni en el dinamismo nacional, ni en las esperanzas, ni en los entusiasmos del país ajeno. Y no tanto porque los indígenas se lo impidan sino porque, todo lo que en derredor acontece, le es vitalmente heterogéneo, no repercute dentro de él, no le apasiona, ni le duele, ni le enciende. [ ] Las potencias vitales se le han envaguecido y, en el secreto fondo de sí mismos sienten su persona radical e irremediablemente humillada"34.
No cabe duda de que en este sentido Ortega se sintió en Argentina en el exilio. El gran europeizante se vió completamente imposibilitado para asumir su nueva circunstancia latinoamericana. Para él fue en todo momento el exilio. Algo diametralmente opuesto a lo que sucedió con algunos de sus alumnos más prominentes, que, como lo expresara José Gaos, se sintieron transterrados y no exilados. Pero si se dió una determinada dosis de automarginación, no menos cierto es que inclusive en tanto exilado estuvo muy lejos de contar con la admiración y los celebramientos que fueran previamente patrimonio suyo en la Argentina. Se topó, ya lo vimos, con la marginación.

En fin, la tercera fue la del rechazo enojado por su silencio y la protesta iracunda por su vuelta a España; la de su marginación de los círculos académicos y la de la continuidad, a pesar de todo esto, del auge cultural de las cuantiosas ediciones de sus numerosos libros. La ideología política y la academia no pudieron mantener en medio del momento histórico la separación y la autonomía de sus criterios propios, a pesar de que Ortega nunca se pronunció desde el punto de vista político y, a fin de cuentas, era un exilado en momentos en que en España ésos eran los años del auge franquista. En el ámbito cultural, más amplio, la obra de Ortega continuó siendo altamente valorada en función de su valor intrínsico, tal cual lo testimonian las rotativas editoriales. La influencia cultural se da en función de la relevancia de los mensajes a las circunstancias específicas del medio receptor, y éstas son sumamente complejas, siendo posible que lo que sea decisivo en un determinado momento para la recepción de tal o cual influencia cultural sea un elemento de índole en gran medida extraña al contenido específico del mensaje (índole política o ideológica, por ejemplo, con respecto a una influencia cultural), aunque ello no implica necesariamente la nulificación de la relevancia de los elementos receptores de la misma índole del mensaje (los culturales, por ejemplo, en nuestro caso).

NOTAS

  1. Victoria Ocampo, "Ortega y Gasset", en Sur, n. 60, septiembre 1939, p. 73. BACK

  2. Carta de Ortega y Gasset a Justino Azcárete (Caracas), 29 de septiembre de 1940. Archivo Fundación Ortega y Gasset. BACK

  3. Carta de Ortega y Gasset a Victoria Ocampo, 9 de octubre de 1941, en "Cartas de Ortega y Gasset", en Sur, septiembre-octubre, n. 296, p. 18. BACK

  4. Carta de Ortega a Carmen, 14 de noviembre de 1941. Archivo Fundación Ortega y Gasset. BACK

  5. Carmen Gandara, "Claridad sobre las cosas", en Sur, n. 241, julio-agosto 1956, p. 72. BACK

  6. Máximo Etchecopar, Ortega en la Argentina, Institución Ortega y Gasset, Buenos Aires, 1983, pp.75-76. BACK

  7. Entrevista del autor con Máximo Etchecopar, Buenos Aires, 1 de septiembre de 1989. BACK

  8. Sobre los Cursos de Cultura Católica véase Raúl Rivero de Olazabal, Por una cultura católica, Editorial Claretiana, Buenos Aires, 1986. BACK

  9. Oswald Spengler, Años decisivos, Colección Austral, Espasa-Calpe S.A., Buenos Aires, 1982, 2da. edición. BACK

  10. Entrevista del autor con Máximo Etchecopar, Buenos Aires, 1 de septiembre de 1989. BACK

  11. Marcelo Sánchez Sorondo, La clase dirigente y la crisis del régimen, ADSUM, Buenos Aires, 1941. BACK

  12. Marcelo Sánchez Sorondo, La revolución que anunciamos, Edición Nueva Política, Buenos Aires, 1945, p. 125. BACK

  13. César E. Pico, "Los USOS, causa formal, de la sociedad. Sumaria exposición y justificación de la tesis de Ortega", en Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofia, Mendoza, 30 de marzo de 1949, tomo III, Universidad Nacional de Cuyo, pp. 1741-1756. BACK

  14. César E. Pico, Cartas a Jacques Maritain, ADSUM, Buenos Aires, 1937, p. 14. BACK

  15. Victoria Ocampo, "Vísperas de guerra", en Sur, octubre 1939, Año IX, Buenos Aires, p. 18. BACK

  16. En ibid., p. 29. BACK

  17. En ibid., p. 26. BACK

  18. Sur, julio 1939. BACK

  19. Máximo Etchecopar, op. cit., p. 83. BACK

  20. Entrevista del autor con Máximo Etchecopar. BACK

  21. Emilia de Zuleta, "Las letras españolas en la revista Sur", en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid, enero-marzo 1977, 80 (1-2), p. 118. BACK

  22. Sur, julio 1939. BACK

  23. John King, SUR, A Siudy of the Argentine Literary Journal and its Role in the Development of a Culture, 1931-1979, Cambridge University Press, 1986, p. 92. BACK

  24. Véanse documentos en carta de Ortega y Gasset a Rafael Vehils, 11 de agosto de 1941. Archivo Fundación Ortega y Gasset. BACK

  25. Información otorgada al autor por parte de la Sra. Raquel Linch, de Espasa-Calpe, Argentina. BACK

  26. Guillermo de Torre, "Sobre una deserción", en Cuadernos Americanos, julio-agosto 1942, México" pp. 47-50. BACK

  27. Entrevista del autor con la Dra. Vera Yamuni, 15 de febrero de 1989, México. BACK

  28. Guillermo de Torre, "Sobre una deserción". BACK

  29. Guillermo de Torre, "Unamuno y Ortega", en Cuadernos Americanos, México, marzo-abril 1943. BACK

  30. Domingo Marrero, El Centauro. Persona y pensamiento de Ortega y Gasset, Colección UPREX, Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, 2da. edición, 1974, pp. 13-14. BACK

  31. Domingo Marrero, "El constructivismo orteguiano y las categorías de la vida", en Asomante, San Juan, Puerto Rico, Año 12, vol. 12, n. 4, octubre-diciembre 1956, pp. 34-35. BACK

  32. León Dujovne, La concepción de la historia en la obra de Ortega y Gasset, Rueda Filosófica, Buenos Aires, 1968, pp. 172-175. BACK

  33. Ibid., pp. 195-196. BACK

  34. Eduardo Ortega y Gasset, "Mi hermano José. Recuerdos de infancia y mocedad", en Cuadernos Americanos, Año XV, vol. 87, o. 3, mayo junio 1956, pp. 205 y 206. BACK