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| VOLUMEN 5 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1994 |
Identidades en América Latina (II)
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Identidad nacional y legitimidad en el
discurso del nacionalismo católico cordobés
(1943-1955)
SILVIA N. ROITENBURD
Universidad de Buenos Aires
Las relaciones entre Perón y la Iglesia han dado lugar a diversas
interpretaciones. Casi todas coinciden en apuntar en una dirección: durante
su segundo gobierno, un enfrentamiento irreversible se habría producido
entre ambos.1 Queda un interrogante poco explorado: ¿se trató de un
enfrentamiento circunstancial o acaso las causas del mismo se encontraban
latentes desde las primeras etapas del ascenso de Perón?
Estas reflexiones intentan contribuir a replantear aspectos de las relaciones
Iglesia-Estado, desde el golpe de 1943, abordando el curso de las mismas
desde una hipótesis: la lucha por la hegemonía y por la definición de la
identidad se planteó desde los primeros pasos del primer gobierno de Perón.
Dos conflictos, que enraizaban en los orígenes de la Organización Nacional,
fueron nodales: el modelo de familia -la disolución del vínculo, el papel de la
mujer, el derecho a la planificación familiar, etc.- y el sistema de valores que
debía regir en la sociedad y en el espacio cultural educativo. Estos se
plantearon articulados a una definición de la identidad nacional que tendió a
ser divergente en cada discurso: la "Nación Católica", propulsada por el
Nacionalismo Católico Cordobés (NCC), difería de la "Argentina Justicia-
lista" de Perón.
Este trabajo se inscribe en una más amplia caracterización del papel político
jugado por el NCC en distintas coyunturas históricas; el peronismo no es
materia directa de análisis, aunque esta mirada puede contribuir a
comprenderlo en nuevas dimensiones. La caracterización de este discurso
expresamente reacio a la democracia ilustra algunos aspectos de la oposición
al gobierno -e1 cual, a su vez, aspiraba a representar la identidad nacional en
su propia versión excluyentemente "justicialista"-, planteada a partir de una
propuesta profundamente restrictiva. La movilización masiva y cierta
receptividad hacia algunas demandas de la sociedad civil, que se articularon
a una sacralización de los símbolos ligados al modelo impuesto, revitalizaron
una estrategia que tendió a articular a toda la oposición y finalizó en forma
confrontativa: "...puede decirse que el conflicto con la Iglesia fue el
catalizador de la Revolución de 1955".2
En los inicios del período considerado, 1943, aún la ley de divorcio, el
apoyo estatal para la planificación familiar, la participación de la mujer a
través del voto, la libertad de acceso a todas las expresiones de la cultura y del
arte, son deudas pendientes.3
Legitimidad en el discurso "católico"
La práctica del NCC, destinada a conservar atribuciones tradicionales, se
planteó, desde los orígenes de la Organización Nacional -1862-, sustentada
en una reinterpretación de la Constitución del '53 invalidante de sus
dictámenes relativos a la libertad de cultos y a la tolerancia. La invalidación
de la Constitución, en cuanto no concordante con el Derecho Canónico, fue
la base desde la que se elaboró una versión de los "dogmas" pensada como
medio de control social.4
La identidad nacional, cristalizada como "católica", se convirtió en el punto
nodal de un discurso -que se presentó como "doctrinario" e inmutable-
vertebrado en valores excluyentes. El principio de autoridad, el respeto por
las jerarquías, la exclusión de las "mayorías" en los espacios públicos y en
decisiones privadas se articularon a una lucha contra la extensión de todas las
formas de libertades: de conciencia, de expresión artística. Esto llevó,
asimismo, a la persecución de todas las formas de "lo diverso": la inmigración
portadora de otras culturas, las Iglesias reformadas y, hacia fines del siglo
XIX, al rechazo de la población judía, antisemitismo que se profundizará en
adelante.
Esta "legitimidad" guió la práctica en los espacios públicos de quienes
hicieron de su condición de "católicos" una categoría política, que debe ser
diferenciada de una condición de fe. "Católicos" fueron quienes opusieron tal
criterio a la visión tolerante de la Constitución y lo priorizaron a las lealtades
partidarias.
La ley de sufragio universal, las de enseñanza laica y de matrimonio civil,
así como todas las que abrían espacios a la participación, fueron combatidas
por "ilegítimas", lo que justificó la convalidación de los golpes de estado que,
desde 1930, se sucedieron en el país.
La lucha por la hegemonía
El mundo de posguerra abría nuevos problemas y nuevos enfoques. Los
espacios educativos se ampliaban; las revistas, el cine, la literatura, exponían,
en forma cada vez más accesible, respuestas diversas a viejos conflictos.
El discurso de Perón puede ser visto desde una perspectiva: su habilidad
para dar cuenta de múltiples demandas que, desde distintos sectores, se
dirigían al Estado. Si éste parece haber logrado "sintonizar" algunas de ellas,
las presiones por sofocarlas, que se mantenían desde la vigencia de la ley de
matrimonio civil (1889), contribuyen a reafirmar que los conflictos que
emergían -y que desde la perspectiva dogmática constituían síntomas de la
"heterodoxia" que permeaba a la sociedad- permanecían en la agenda de
reclamos vigentes:
"El discurso estatal debía responder orgánicamente a la
demanda de modernización de esa sociedad aún plena de
elementos arcaicos -el poder de una Iglesia conservadora, el
atraso en las costumbres, la exclusión de los derechos políticos
de la mujer, un sistema educativo que no capacitaba para el
trabajo- y a la vez en pleno proceso de modernización"5
Pero estas demandas, desde el discurso del NCC equivalentes a la
"heterodoxia", debían ser reprimidas. Las críticas al gobierno -que va
incorporando muchas de ellas en su discurso "Justicialista"- no se harán
desde una perspectiva democrática y a partir de un señalamiento de las
tendencias totalizantes del modelo estatal. Se centrarán sólo en aquellos
puntos que afectan y tienden a desestructurar el status quo, promoviendo el
control donde el modelo justicialista se muestra más laxo.
¿Cómo repensar las relaciones entre los hombres, entre las culturas? ¿Cómo
el papel de la familia, de la mujer?. La integración al espacio público de
masas, que de una forma u otra empezaban a sentirse partícipes de la "Nueva
Argentina", representaba una "amenaza" para un modelo que hacía de la
marginación de las mayorías y de la mujer una cuestión doctrinaria. La
incorporación de vastas masas a espacios, hasta entonces vedados, abría
posibilidades de participación, cuyas consecuencias eran vistas como
"peligrosas".6
El enfrentamiento con Perón se fue dando en la trama de una estrategia
compleja, que osciló entre un apoyo condicionado y concluyó en una
oposición confrontativa. Es de consignar que la presencia de figuras
adherentes a la formación ideológica del NCC en funciones claves de
gobierno y en resortes de poder es un dato que complejiza el análisis, pero no
modifica la hipótesis central en cuanto a las relaciones conflictivas que se
plantearon entre ambos.7
Cuando el gobierno de Perón, después del breve idilio posterior a la
efectivización de la ley de enseñanza religiosa, empieza a mostrarse poco dócil
a las presiones por cristalizar un sistema de valores controlado por las altas
jerarquías; cuando, desde el Estado, la mitología justicialista - enfocada hacia
la figura del "líder"- empieza a suplantar los rituales religiosos impuestos
hasta entonces. Cuando el Estado inicia la expropiación de la "caridad" y de
los fondos tradicionalmente manejados por "damas cristianas" en beneficio
de una figura no grata -a sus ojos- como Eva Perón, poco dócil a la imagen
de pasiva reproductora de los valores de la familia; su propia sacralización
después de su prematura muerte. Cuando aparecen los primeros indicios de
que, si bien Perón acuerda en definir una "Argentina católica", lo hace en el
marco de una política de subordinación de la Iglesia a los objetivos del
Estado, entonces se plantean las tensiones. El desplazamiento relativo que
tiende a producir el modelo justicialista provoca desde el principio una
relación conflictiva.
Desde los primeros años, Perón dio muestras de que su "Doctrina
Justicialista" era católica, en cuanto aceptaba dichas raíces históricas, pero
desde una supeditación de la Iglesia al Estado. Una síntesis de su posición
queda expuesta en El peronismo y la doctrina social cristiana, de su autoría,
cuando manifiesta su convicción en cuanto a la necesidad de dejar "a Dios lo
que es de Dios y al César lo que es del César".8
El discurso de Perón tiene puntos de contacto con la Democracia Cristiana
(DC), que tuviera vigencia entre 1896-1919. La justicia social proclamada por
la DC, aun desde la negativa a aceptar la lucha de clases, incorporaba la
defensa del sufragio universal y el acuerdo en la lucha obrera por
reivindicaciones específicas, en gremios no excluyentemente corporativos.9
En este sentido, concuerda el historiador C. Buchrucker, cuando consigna las
posiciones de Perón y sus diferencias con los núcleos del "nacionalismo
restaurador", cuya formación ideológica es afln a la del NCC:
"Es necesario detenerse algo más en los efectos psicopolíticos de
las reformas sociales que impulsó Perón (...) A diferencia de lo
que una perspectiva posterior podría hacer creer, esa política
contó con escaso apoyo en el nacionalismo restaurador..."10
La mujer y el modelo de familia
¿Cuáles serían las consecuencias de este replanteamiento del papel de las
multitudes, que, además, ponía en descubierto demandas en torno a la
participación de la mujer a través del voto, al igual que su incorporación al
mundo del trabajo y del saber, la legalización del control de la natalidad, una
revisión del modelo de familia? La tendencia a la incorporación de la mujer en
ámbitos públicos de los que se encontraba marginada es uno de los puntos de
conflicto.
El Partido Peronista Femenino que se organiza en 1949 fue precedido por
una movilización femenina inusitada en la historia política del país, y abre un
canal de participación que transforma cualitativamente la imagen pasiva
postulada por el NCC. Aunque las representaciones tradicionales de la mujer
como madre y transmisora de valores subsisten ambiguamente con el llamado
a la participación en la vida pública, la experiencia fuera de los límites del
hogar se convierte en el motor de un replanteamiento de su papel, que tiende
a desestructurar el modelo vigente:
"...a pesar de esta exaltación de las virtudes asociadas a lo
femenino y ligadas a las funciones tradicionales de la mujer, la
inclusión de la categoría género en el discurso político lleva a la
reformulación de ciertos rasgos de la caracterización tradicional
de la condición femenina: la imagen de la mujer deberá ser
despojada de connotaciones de subordinación".11
La participación en organizaciones de barrio introduce a las mujeres a
nuevas experiencias y, a la vez, parece contribuir a dar cuenta de ciertas
inquietudes, no canalizadas por otras vías, como la información por parte de
doctoras, que comparten la experiencia, sobre formas de control de la
natalidad, puericultura, etc.12
La tradicional forma de asociación femenina, sobre todo practicada por las
mujeres de clase alta a través de la caridad, se transforma. La pasividad
femenina queda puesta en cuestión, tomando como modelo, aunque ideal y
sacralizado, la figura transgresora de Eva Perón. La ambigÜedad de los
mensajes, que articulan la "misión en el hogar y la maternidad" con la ruptura
de la subordinación y la tradicional exclusión del espacio, abre cauces a
imprevisibles cambios.
Esta irrupción femenina en el espacio público se plantea en la trama de
múltiples transformaciones -su incorporación masiva al mundo del trabajo,
su participación activa en la defensa de reivindicaciones- y moviliza diversos
conflictos que ponen en el centro de la escena el papel de la mujer dentro de la
familia. Quizás sea necesario consignar una hipótesis: esta efervescencia se
encontraba latente, sofocada por una estrategia sistemática de control, que
había evitado legislación y medidas de distinto tipo que abrieran espacio a su
despliegue.
Las profundas fisuras del modelo de familia tradicional constituían un
panorama amenazante para una propuesta de sociedad que tendía a la rigidez
y a la "conservación de valores". A esto se sumaba la demanda de que, desde
el Estado, también se respondiera a los problemas derivados de la
planificación familiar, a su vez vinculados a la educación sexual en las
escuelas, así como a la información y control pertinente en los hospitales
públicos.
La familia fue uno de los ejes fundamentales, alrededor del cual giraron
todos los aspectos de la cuestión ideológico-educativa. Los intentos de legislar
en torno a la ruptura del vínculo, que, desde la ley de matrimonio civil se
habían reiterado, parecen haberse renovado en estos años; los nuevos
espacios de participación de la mujer, su incorporación a la vida pública a
través del sufragio, no eran hechos aislados. Se inscribían en un conjunto de
transformaciones y decisiones en cuanto al control de la natalidad, a criterios
personales de elección, a nuevos enfoques en la educación de los niños;
cuestiones todas que replanteaban visiones cristalizadas de relaciones entre
los sexos y de los derechos de la mujer.
La revisión de la ley de matrimonio -e1 agregado de la disolución del
vínculo-, la apertura a la planificación familiar, la preocupación dentro del
campo médico y fuera de él en torno al aborto terapéutico, etc., eran materia
de debate en los distintos espacios de la sociedad política y civil. Una
revitalizada ofensiva destinada a frenar el avance de estas transformaciones
reafirma el papel de la mujer y del modelo de familia en el imaginario político
educativo del NC.
Manteniendo una estrategia destinada a penetrar tanto en el espacio de los
valores que debían difundirse, como de la legislación, la cual debía, en el caso
del matrimonio, no avanzar en la disolución del vínculo, la práctica se dirigirá
a ejercer presión sobre los núcleos más conservadores, a fin de evitar
transformaciones legislativas. El llamado a la "consolidación de la familia"
transmite una inocultable tensión; las dudas respecto a la firmeza de los
funcionarios del Estado en favor de los dogmas permean el discurso. La
Reforma Constitucional amenaza reexaminar la condición excluyente del
molde canónico.
El papel de la familia como núcleo de socialización primario, es decir, de
sujeción necesaria para los hábitos de orden, aparece como preocupación
prioritaria. Las relaciones entre padres e hijos, canónicamente definidas, se
expresan a través de significaciones que refieren a la vigilancia y a la sujeción.
La familia se erige en el primer espacio de control; dotada de poderes
omnímodos, debe grabar, indeleblemente, sobre el alma en blanco de los niños,
los rasgos de los valores morales, que de este modo quedarán impresos en los
hombres del futuro. La familia bien constituida es la garantía de esta misión;
"las lecturas, los espectáculos, las tendencias en la educación moderna, se
prestan para la evasión del hijo de la férula paterna". "Los padres deben
controlar los papeles impresos que entran y leen sus hijos". Esta misión sólo
puede ser cumplida por la familia, basada en el molde inmutable.
Entrando en la segunda mitad del siglo XX, la consagración del
matrimonio es reclamada como atribución "propia". Sin embargo, las
transgresiones previas a la ley de divorcio, que fue finalmente promulgada
en 1954, eran indicio de que nuevos aires removían la rigidez tradicional. La
proliferación del recurso al divorcio en el exterior -la disolución del vínculo
era posible en países tan cercanos incluso como el Uruguay- promueve una
estrategia de persecución a la generalizada demanda de quienes aspiran a
regularizar su situación. La denuncia de profesionales que tramitan juicios de
divorcio instiga un alegato inquisitorial a reprimir recursos "ilegítimos", a
través de los cuales se desafia "nuestra tradición de familia indisoluble". Mas
el tema no estaba cerrado por el ordenamiento institucional, si consideramos
que entre los "Derechos de la familia", fijados por la reforma constitucional
del '49, no figuraba en forma expresa la indisolubilidad del matrimonio. La
apelación a "...nuestra legislación (que) sigue fiel a los preceptos
tradicionales" debía ser el resguardo de una posible interpretación de la
Carta que posibilitara la ley de divorcio. En este contexto admonitorio se
funda "la necesidad de aplicación de las leyes que castigan el adulterio".13
Esta ofensiva por la preservación del "núcleo básico" de la sociedad queda
indisolublemente ligada al papel de la mujer. La creciente tendencia a su
incorporación al mundo del trabajo y de las carreras universitarias, el
consiguiente replanteamiento de las relaciones en el interior del hogar, son
vistos como una "desviación de su misión específica", que debe ser rectificada.
La imagen de "la mujer" abstracta y universal, madre y esposa abnegada,
suplanta la consideración de los cambios que se producen en la definición de
lo femenino y lo masculino en las relaciones entre ambos:
"... nada resiente tanto la unión de la familia como la falta o las
faltas de la madre... La vida y la educación moderna conspiran
contra la visión de la mujer. Ante todo su equiparación con el
hombre, su casi masculinización, que la ha convertido en mujer
de negocios, científica, profesional o jugadora de bridge. Estos
(...) la alejan de su misión específica en el hogar..."14
En este contexto discursivo, el NCC se posiciona frente a otros temas que,
sin duda, circulan por la sociedad y también son materia de polémica en los
espacios públicos: la planificación familiar y, no como tema aislado sino
derivado de las dificultades impuestas en ese sentido, el aborto. La campaña a
favor de las "familias numerosas, contra el control de la natalidad, aborto,
celibato no justificado, etc.", articulada a la definición del papel de la mujer,
se presenta en el contexto de un discurso que no diferencia entre la
planificación familiar como decisión de orden privado y el aborto; ambos
términos son presentados como equivalentes, lo que los tornaría igualmente
pasibles de penalización. El recurso a omitir el tratamiento del problema,
confundiéndolo con la admonición al aborto, cierra alternativas de análisis.
Tras la consigna cargada de dramatismo "el derecho a la vida", quedan
subsumidos los infinitos conflictos que los seres "reales", no el hombre
universal y abstracto fijado por los cánones, afrontan cotidianamente. Esta
construcción dogmática, promotora de "familias numerosas", es endeble-
mente fundada en "razones morales" y en un derecho natural que no da
cuenta de las diversas condiciones económicas y culturales de los distintos
grupos humanos -que quedan cristalizados en un "ser trascendente". La
imagen "verosímil" oculta las complejas implicancias de un problema que se
discute en buena parte del mundo occidental.
El eje puesto en el aborto desplaza la polémica. La demanda de un mayor
acceso a la educación sexual, a través de la escuela, hospitales, etc., queda
sofocada tras un taxativo llamado a la "moralidad", que trata de fijarse
mediante el respaldo de las leyes. Las perspectivas de una reforma al Código
Penal profundizan la ofensiva. En esa dirección, la negativa ante los intentos
de legislar en torno al "aborto terapéutico" se presenta en una trama que no
discrimina sus distintos términos, polariza los mensajes y cierra alternativas:
"El aborto no puede ser lícito nunca. Ni el llamado terapéutico
ni el conocido bajo el nombre de eugenésico. La misión del
médico no es matar, sino hacer cuanto esté de su parte para
salvar las vidas que se le confian. El deber de la familia es
engendrar hijos. Prohibición del aborto ni aún para salvar la
vida de la madre".
El llamado a encarar una reforma se plantea en términos de confrontación,
no en el marco de la disposición a diagnosticar las condiciones de vida y las
expectativas individuales y familiares. De este modo, no hay espacios para
soluciones intermedias que den cuenta de distintas líneas conflictivas. Las
verdades totales, que deben aplicarse sin consideraciones, conllevan medidas
acordes, que no dejan lugar a que la verdad abstracta y suprahumana sea
burlada. Los matices no caben en esta presión a favor de un Código más
represivo, que convierte en delincuentes, sin matices, a quienes han quedado
fuera del acceso a la información y decisiones en cuanto al modelo de familia.
Este diagnóstico, fundado en la "subversión de los valores cristianos"
amenazados por una reforma constitucional, ha ido incorporando términos
en el campo adversario: otros criterios morales que aceptan la disolución del
vínculo matrimonial, así como la participación de la mujer en los espacios
públicos y el derecho a la planificación familiar.
Expresiones artisticas y ciencias: las restricciones de los dogmas
El mundo de la segunda posguerra se abría a la expresión de complejos
conflictos, de los que la literatura y el cine daban cuenta, después de años de
una tragedia que aparecía como la más destructiva en la historia de la
humanidad. Juzgada como "amenazante", la difusión de expresiones
artísticas cada vez más escurridizas a las posibilidades de control dogmático
- el cine, que se iba extendiendo "peligrosamente", la literatura "foránea", los
avances científicos que, difundidos por tales medios, exponían ante las masas
temas que "debían" permanecer ocultos- fue construida como una
manifestación más del adversario que debía ser aniquilado para garantizar
el "orden social". La confrontación de demandas y su represión se
ensamblaba en un escenario en el que nuevas formas de comunicación
masiva replanteaban la difusión de información, a través de la radiofonía, el
cine, la literatura. El Estado peronista, por su parte, utilizó en beneficio
propio esos medios -para promover la internalización de los valores de la
"Nueva Argentina", negando a la oposición acceso a los mismos- y no se
opuso a su difusión, ni creyó necesario censurar expresiones que no afectaran
la sacralización del mismo.
Esta "nociva libertad de expresión" reactivó una intensa campaña que se
extendió a todos los aspectos de la investigación científica y de la expresión
artística. El arte y la ciencia quedan, desde la matriz del discurso del NCC,
sujetos a un molde restrictivo. El principio de legitimidad dogmática también
se cierra en torno a ellos.
Las presiones sobre el gobierno justicialista -que centraliza el control desde
otros criterios- para que garantizara la censura de todas las expresiones
artísticas que no se ajustaran al modelo fundado en la "moral dogmática", e
impidiera la difusión de novedades científicas, se intensificaron. Todo ello en
base al criterio de que "el valor artístico que pudiera contener una obra no
justifica su difusión, si promueve valores no acordados por la `tradición
nacional'," inscrito, a su vez, en una concepción que reafirma la presunta
"incapacidad" de las mayorías para asumir decisiones, tanto en el orden
público como en el privado, y su ineptitud para ejercer un juicio crítico capaz
de seleccionar, sin mediaciones, en el campo de la producción intelectual:
"Labor a la vez de educación y de preservación el juicio (de las
oficinas de control) debe manifestar una opinión objetiva de las
películas. Cuanto más es de desear que una obra moral sea de
auténtica calidad técnica, tanto por el contrario hay que
guardarse de toda debilidad con respecto a un film de valor
artístico o el interés del problema que plantea pero que estaría
sujeto a grandes reservas desde el punto de vista moral o
religioso: tal vez las comisiones de apreciación tengan que
prevenirse ellas mismas contra esa tentación. (...) las salas están
abiertas para todos y lo que puede ser provechoso para un
cristiano formado o en forma general para un espíritu
acostumbrado a la sana crítica, corre por el contrario el peligro
de ser perjudicial para el conjunto del público".15
Se incorpora entonces un término que, por su ambigÜedad, tendrá distintas
aplicaciones: la "pornografía", cuya delimitación imprecisa diera cabida -de
allí en más- a infinitas polémicas en el campo artístico, sirve para fundar una
indiscriminada cruzada en contra de la libertad de expresión. ¿Cuáles son los
límites de la "pornografía"? Todas las formas de arte que, más allá de
distintos criterios de evaluación, permitan el acceso y reflexión en torno a los
conflictos sociales y personales que muestran al hombre como un ser
complejo, que dificultosamente encuadra en los preceptos "dogmáticos". La
literatura universal es presentada como un "factor de riesgo" capaz de "abrir
grietas en la moral. La juventud que lee es como toda juventud influenciable,
ahí precisamente está el mal, cuando el ejemplo se aparta de los verdaderos
cánones (...)".16
Ninguna consideración dentro del campo acompaña este diagnóstico que
fundamenta el llamado a su exclusión. Sartre, Arthur Miller, junto con los
últimos avances de la ciencia, se transforman, sin consideraciones ni matices,
en el adversario de "nuestra identidad cultural".17 Cualquiera de ellos,
encuadrado en los ilimitados espacios de la "pornografla", debe ser
censurado.
Retomando una visión que invalida el acceso al conocimiento desde
premisas antidogmáticas -es decir, todo el pensamiento moderno-, la
difusión de los resultados de nuevas investigaciones científicas queda
incluida en el campo adversario. De esta forma, la equivalencia entre daño
moral = difusión de la ciencia = materialismo = perversión reclama la
censura, no sólo de material bibliográfico evaluado como de escaso nivel
literario o científico: también la literatura o el cine, transmisores de auténticas
elaboraciones de la ciencia del hombre, deben ser prohibidos, por "los
riesgos" que suponen para quienes no serían capaces de discriminar "lo
bueno" de lo "malo".
El campo del adversario -capaz de acabar con el orden social- se expande.
Las vestimentas, la transgresión de moldes fijos, "nuestra tradición cultural",
tras la que se ocultan las obvias transformaciones que la propia cultura
occidental ha sufrido, omitidas por los saberes cristalizados, son también
materia de las admoniciones de un modelo que aspira a la conservación a
través de un control estricto sobre todas las dimensiones de la vida personal y
social:
"...para una autoridad que quiera proceder con verdadero celo
es vasto el campo de acción. No se trata sólo de esta literatura
con pretensiones científicas; casi toda la producción mundial
librera está impregnada de este materialismo crudo y deso-
rientador. La novela moderna gira casi toda en torno a
problemas sexuales y el cinematógrafo que vive a sus
expensas, cae con frecuencia en la misma desviación. Igual
cosa podría decirse del teatro, también influenciado por el
psicoanálisis y el existencialismo (...) los existencialistas
franceses han hecho del teatro y la novela los vectores de sus
doctrinas (novelas policiales, revistas, etc.)".18
Esta cruzada contra "los atentados al pudor" se extiende hasta todos los
espacios. El control sobre las vestimentas -que se agrega a las demás formas
de cultura- es asumido como parte de una acción educativa, tendiente a
contener la "inmoralidad" que, desde esta perspectiva, parece ser un atributo
de la sociedad del momento:
"Todos los años el verano nos trae la misma pesadilla, la moda
de playa cada vez más audaz (...) a la juventud de hoy le parecen
ridículos los trajes de baño que nuestras abuelas rechazaban por
atrevidos. Y sin embargo ellos marcaron la primera concesión:
la conquista de la mujer por la playa. Y esto que pareció no
tener nada de malo, que intrínsecamente acaso no lo sea, fue sin
embargo el primer paso en la pérdida de los escrúpulos morales
(...) La influencia de las playas y los balnearios en la moda ha
sido decisiva (por ej. la `solera') Sabemos que para muchos será
diflcil volver al perdido recato (...) reaccionar contra los excesos
de los modos veraniegos. Ellos tienen una influencia extra-
ordinaria en las costumbres cada día más censurables".19
El discurso se cierra con un llamado a reforzar la represión en todos los
órdenes. La "moralidad de los cartelones", tanto los que promocionan films,
remedios, o ropa interior femenina, se agregan a esta cruzada por la moral
social que ve en toda forma de referencia a conflictos humanos al cuerpo
"separado del alma", formas de disolución que amenazan con corroer
definitivamente a la sociedad enferma. Los festejos del carnaval, los bailes en
los clubs de barrio, las parejas en las plazas, los actos escolares bulliciosos, las
demostraciones gimnásticas se suman a la interminable lista de lo que debe
ser vigilado y reprimido, en pos de "una moral objetivamente guiada por la
verdad". Fieles a una estrategia discursiva que tiende a convertir todas las
formas de transgresión a "lo dado" en portadoras de la disolución, los
enunciados van advirtiendo, en forma creciente, sin información precisa pero
con cargado dramatismo, acerca de ese final.
Educación: ¿dogmas o doctrina justicialista?
Cuando Perón accede al centro del escenario político, el NC -y, en su
interior, como fracción de singular relevancia, el NCC- es hegemónico dentro
del espacio ideológico educativo. El proceso de reversión del laicismo cierra
en diciembre del '43. Como efecto de la presión ejercida en ese sentido, la ley
1420 de enseñanza laica es derogada por un decreto del Ministro Gustavo
Martínez Zuviría -cordobés, portador de la formación ideológica del NCC,
antisemita declarado, conspicuo defensor de "los dogmas"- en todas las
escuelas públicas de la Nación. La instrucción religiosa dentro del horario
escolar y "la formación de los niños en los valores cristianos" pasaron a ser
parte de la educación nacional.
El hecho que el decreto de 1943 se convirtiera en ley en 1947 demuestra su
peso relativo y su capacidad de sofocar la ardiente oposición de sectores
democráticos. Sin embargo, las relaciones entre Perón y el NCC fueron
menos lineales de lo que esta circunstancia permite suponer; de diversas
formas, las transformaciones que se fueron introduciendo desafiaron los
mandatos dogmáticos.
La introducción de la libreta sanitaria para todos los escolares se planteó en
el marco de la preocupación estatal por la salud de los jóvenes. Este fue uno
de los temas descollantes desde las primeras apariciones públicas de Perón.
En 1943, en su calidad de Ministro de Guerra, en un discurso en la
Universidad de La Plata, expone un diagnóstico sobre la salud de los
conscriptos, de 20 años, que hace extensivo a las clases populares desde la
niñez.20
El control sobre el estado fisico que se impone en las escuelas y la extensión
de la revisación médica a las escolares del sexo femenino fueron el detonante
de una campaña encendida, que alertaba acerca de los riesgos para "la moral
de las niñas", implícitos en la exposición de los cuerpos desnudos, tanto como
en las preguntas "íntimas" a las que eran sometidas, en relación a su propio
desarrollo, y que se extendían a información acerca de la salud de sus madres,
embarazos, abortos, ciclo menstrual, etc.21 Del mismo modo, la inclusión de
la actividad física para las mujeres, además de las demostraciones gimnásticas
y los campeonatos públicos que se generalizaron, sumó irritación, al igual que
la creación de la Unión de Estudiantes Secundarios:
"desacuerdo sobre las exhibiciones gimnásticas como actos de
fin de curso (...) no somos partidarios de que las niñas participen
de esas exhibiciones públicas. Las alumnas de la segunda
enseñanza son ya mujercitas y la gimnasia obliga a vestimentas y
actitudes que no siempre dejan a salvo la pureza inmaculada que
siempre ha de exhibir la mujer como su mejor adorno (...) el
pudor femenino. (...) Estamos en la época de los shorts, soleras y
otros atrevimientos por el estilo; pero hay que evitar que esto
empiece en la escuela, como una imposición del programa de
estudios; es necesario evitar esas exhibiciones inconvenientes del
alumnado femenino (...) al menos evitar el uniforme incon-
veniente (...) que evite desnudeces inconvenientes (...) sin el
pudor femenino pierde la mujer su mejor adorno y da el
insensible paso hacia actitudes más peligrosas. Defendamos el
pudor de nuestras niñas como un verdadero tesoro nacional".22
Estas cuestiones afectaban doblemente al NCC: la incorporación de la
mujer a la "exposición pública" contribuía a desestructurar la imagen
tradicional, al igual que la influencia que sobre los jóvenes representaban
estas novedosas formas de participación, y ambas eran aspectos de la práctica
de hegemonía del peronismo.
En cuanto al espacio escolar, los rituales y la presentación de las figuras de
Perón y de Evita, articulados en un discurso sacralizante, tendieron a
suplantar las significaciones que aludían a "la autoridad" del Evangelio,
expresada -en la tierra- por las altas jerarquías. En ese sentido, los libros de
lectura, que difundían las imágenes coloridas del "Primer trabajador", la
máxima autoridad en la Nueva Argentina, y de la "abanderada de los
humildes", prueba de la creciente sacralización de Eva Perón,23 más la
imposición como libro de lectura obligatorio de La Razón de mi vida, fueron
decisivos. Los mensajes vinculados a la "Nueva Argentina" impregnaron
programas, actos escolares y libros de texto, relegando los símbolos católicos
que habían sido impuestos desde el año '30.
Identidad nacional y discurso histórico
El espacio escolar era el primer paso para la difusión de los símbolos a toda
la sociedad. La cuestión de la identidad nacional fue materia de discrepancias,
no siempre planteadas abiertamente, pero que fueron profundizándose en
forma creciente.
El hispanismo en el discurso del NCC fue articulado a un elemento que se
presentó como fundacional de la nacionalidad argentina: la religión católica.
Debe diferenciarse de la visión hispanista de Perón, que la articuló a su propia
"identidad justicialista", a su vez, excluyente.24 En ambos casos, la historia
que se elaboró para consumo del sistema educativo, pero también transmitida
a través de todas las formas de comunicación, fue estereotipada y claramente
dirigida a fines performativos.
Para internalizar la identidad "católica" fue fundamental la elaboración de
una historia que, coincidente con la legitimidad postulada, "demostraba" la
presencia de los dogmas en todos los intentos constitucionales desde la
Revolución de Mayo en adelante. Mediante operaciones discursivas de
omisión o de incorporación no justificadas, el pasado quedó enraizado en el
"hispanismo católico". La omisión de la presencia de culturas previas, de
luchas contra la España conquistadora, de conflictos entre quienes
encabezaron las guerras de la Independencia y miembros de las altas
jerarquías eclesiásticas, construyeron un relato lineal, carente de argumenta-
ciones pero taxativo: daban por demostrada "nuestra tradición",25 la
tradición argentina.
La consagración en 1950, por parte del gobierno justicialista, del "Año del
Libertador General San Martín", ilustra aspectos de esta lucha en el campo
de la historia por enraizar la identidad nacional. La forma en que cada uno -
Perón y el NCC- delineó su figura permite analizar las estrategias políticas
que subyacen en la construcción de ciertos relatos históricos, concebidos
fuera del campo propio de la indagación histórica, pero difundidos a toda la
sociedad.
San Martín pasó a ser el centro de una encendida batalla. Mientras Perón lo
convirtió en su antecesor inmediato, con lo que su propia figura quedaba de
relieve -construida sobre tan magno precedente-, el NC lo transformó en un
"semidios católico", haciendo caso omiso de todos los datos que atestiguaban
acerca de su ateísmo y de los conflictos que lo habían enfrentado, durante las
guerras de la Independencia, a las altas jerarquías eclesiásticas contra-
revolucionarias.26
Otro aspecto estrechamente ligado a la historia oficial y al civismo lo
constituye la cuestión del calendario escolar. Las conmemoraciones patrias,
indiferenciadas de las religiosas, serán coherentes con una versión que
articula, indisolublemente, los hechos y hombres de la historia argentina con
"nuestra religión nacional".
La pasividad de las conmemoraciones empieza a ser modificada por el
régimen justicialista, que, a lo largo de su período de gobierno, sacraliza
nuevos eventos. El 17 de octubre, el día del Trabajador, y luego la muerte de
Eva Perón, se acompañan de concentraciones que promueven una
participación "nociva" que otorga un papel protagónico a quienes deben
mantener el "sagrado respeto por el trabajo y la autoridad". Pero, mucho más
grave en esta lucha por la hegemonía, la supresión del calendario de las
efemérides religiosas constituye un indicio más de los avances del gobierno en
cuanto a atribuciones "propias".27 Esta disputa en torno a las efemérides
patrias pasa por un nivel que debe ser estudiado: cómo se da un significado
nuevo a cada una, a la luz de una definición de la identidad nacional.
La controversia en torno a la construcción de la historia abre múltiples
problemas a la indagación. Quedan formulados algunos interrogantes: qué
cabida tuvieron estos mensajes en los programas oficiales, en cada coyuntura;
cómo aparecieron en los libros de texto; cómo fueron transmitidos por los
docentes; cómo aparecieron en las circulares emanadas del Ministerio o de las
Inspecciones, que, en muchas oportunidades, conminaron en ocasión de las
efemérides patrias -dentro de las que se incluyeron las corporativas- al
enfoque preciso de algunos temas. ¿Qué efectos tuvo esta visión en los
receptores de esos mensajes que "atestiguaban" acerca de la "tradición no
contaminada por valores ajenos"?
Es necesario atender a las transformaciones que se van produciendo en la
versión de la historia -sin duda producto de un oportunismo que caracterizó
a todas las fracciones del escenario político- y que coincidieron en
"reinvenciones" que descartaron la confrontación en su campo.28
La inmigración en el discurso del nacionalismo católico
Desde la matriz del discurso del NCC, la inmigración fue construida como
"el enemigo" portador de otros cultos y culturas. A partir del establecimiento
de las primeras colonias judías en el territorio, a fines del siglo XIX, el
antisemitismo se había profundizado.
La discriminación a la inmigración, que se percibía como "la portadora de
la disolución de nuestra identidad", se revitaliza frente a la afluencia de
refugiados de guerra. La caracterización de la población inmigratoria se
reactualiza en las nuevas condiciones de producción: son una nueva forma del
adversario. Este condensa en sí todas las formas de "perversión moderna",
entre ellas, una guerra de la cual, más que como víctimas, son presentados
como victimarios. La omisión del cuadro de una tragedia que, como una de
sus consecuencias, trajera población europea, en alto porcentaje de origen
judío, al país, desvirtúa los rasgos de esta población que, sin datos que
aseveraran tal afirmación, es presentada como la "portadora del mal":
"Inmigración y delincuencia: La guerra sobre todo en Europa
Central ha dejado a muchos sin patria. Los acontecimientos dan
el caldo de cultivo ideal para el desarrollo de sus gérmenes. La
consecuencia está a la vista, un alud de hechos delictuosos
avanza por el mundo. Hombres en buena situación antes de la
guerra, ahora sin familia, sin patria, sin posición, sin hogar (...)
tienen que empezar de nuevo y no todos tienen la virtud
necesaria (...) justificar medidas de precaución que tantas veces
hemos aconsejado (...) necesitamos brazos pero no para
organizar bandas de delincuentes (...) Por eso hemos sostenido
que es preferible fomentar el crecimiento vegetativo de la
población que abrir las puertas del país sin discriminaciones".29
Esta caracterización, que, por omisión de todos los datos acerca de los
refugiados de guerra, pretende instalar un "sentido común" refractario a la
presencia de "extranjeros de dudosa moral", contribuye a revitalizar una
ofensiva tradicionalmente impregnada de un profundo antisemitismo. Otra
omisión significativa: el ingreso de figuras relevantes de los regímenes nazi-
fascistas, datos conocidos por quienes se encontraban ubicados en resortes de
poder, es un vacío en el discurso que contribuye a caracterizarlo; la imagen de
"población indeseable" no los incluye.
De la ambiguedad a la oposición confrontativa
En 1951 el NC llama a los "católicos" a votar por "el partido que
garantizaba la vigencia de los dogmas".30 A través de este apoyo
condicionado se le recuerda al gobierno cuáles son los valores que debe
garantizar para merecer esta ambigua manifestación de confianza. En 1951, el
apoyo a Perón parecía ser de "los males el menor". La UCR aún representaba
el fantasma de la "heterodoxia": Antonio Sobral, educador y legislador
nacional por ese partido, había sido uno de los defensores del laicismo en
1947 y en 1949, durante la Convención Reformadora. Las declaraciones de la
UCR, en el sentido de que respetaba y defendía la religión católica, eran poco
convincentes para quienes aún repudiaban la reforma educativa que había
"amenazado a la Córdoba cristiana" durante los gobiernos previos al golpe
del '43.31
Ante las elecciones que darán por resultado el triunfo oficialista, se dirigen
al gobierno recordándole su "verdadera" identidad: su compromiso con la
"democracia católica", con sus implicancias: la defensa de la educación en la
moral cristiana. Este presunto patrimonio cristiano atribuido al peronismo,
en una curiosa maniobra de interpelación, funda el apoyo que recibe del NCC
en 1951:
"..el pueblo de Córdoba ha ratificado su confianza en el Partido
Peronista (...) para suscribir el veredicto en favor de la obra
ingente ya realizada por Perón y su digna esposa Eva Perón y
para confiarle a ambos, con sentido netamente católico los
tiempos duros que vislumbramos para la Nación (...) en el
terreno de la democracia católica, no hay vencedores ni vencidos
(...) el pueblo peronista de Córdoba no se ha dejado vencer por
la campaña innoble de cierto sector del electorado (UCR) que
intenta demostrar que su plataforma es afin al catolicismo, que
apelando a sus sentimientos religiosos pretendió venderle la
mentira por Verdad (...) evidente continuidad entre la doctrina
de Perón y la expuesta por los Papas León XIII y pío XII".32
Esta presión ejercida mediante el apoyo condicionado no afecta al
destinatario. La política educativa basada en la "identidad justicialista" se
profundiza de una manera incontenible. La suspensión, y luego la
derogación, de la ley de obligatoriedad de la enseñanza de la religión en las
escuelas no es un hecho aislado. Se enmarca en la trama de una política
cultural que el gobierno asume en forma independiente de los postulados de
las altas jerarquías. El 2 de mayo, en la apertura de la Asamblea Legislativa
de la Nación, el mensaje de Perón es elocuente. Conviene consignar la
ausencia del Nuncio Apostólico, Mons. Zanin, y del Arzobispo de Buenos
Aires, S. Copello:
"Al hablar de la `reforma cultural' calificó de evidente injusticia
la afirmación de que el gobierno no tiene nada que ver con el
alma de los hombres (...) si se niega al gobierno su derecho a
actuar sobre el espíritu de los hombres, se le está negando el
legítimo derecho de promover la elevación cultural del pueblo.
Si la Constitución Nacional fuese un obstáculo (habrá) que
declararla caduca en nombre de la doctrina nacional".33
El hecho que no es casual esta declaración de independencia, lo prueba la
decisión de reformar la Carta en lo referente a las relaciones Iglesia-Estado.
Esta inminente amenaza lleva al Secretario del Arzobispado de Córdoba a
advertir: "Ningún católico debe prestar adhesión a la separación de la Iglesia
del Estado, a la enseñanza laica y al divorcio".34
La declaración de guerra del Estado peronista, provocada por la
derogación de la obligatoriedad de la enseñanza de la religión, pero también
por la separación Iglesia-Estado que representa la reversión de la legislación
en educación y matrimonio, es sólo la culminación de tensiones nunca
resueltas. La respuesta "doctrinaria", que recuerda la única legitimidad válida
para un católico, va acompañada con la aplicación del último paso de la
estrategia, esta vez decididamente implacable: la participación en la caída del
gobierno.
La provincia de Córdoba fue el punto neurálgico de la "Revolución
Libertadora".35 Las transacciones con el discurso peronista, y el apoyo
condicionado para el segundo período, fueron finalmente abandonados por
la decisión de acabar con un gobierno que parecía decidido a avanzar
irrenunciablemente sobre un terreno "propio": el de la familia y la educación.
No fue circunstancial el enfrentamiento final con la Iglesia, más allá de la
forma que tomó, probablemente precipitada por la propia estrategia del
NCC, de extremar el conflicto, de acuerdo a una modalidad reiterada en la
historia argentina.
Es entonces que la definición de católico que defiende la legitimidad, según
la cual la "soberanía espiritual de la Iglesia supedita a la soberanía temporal
del estado", recobra renovados bríos:
"El comunicado (de la Secretaría del Obispado de Córdoba) está
encerrado en los límites de la más pura doctrina católica, de las
disposiciones constitucionales y del ejercicio de un derecho
inalienable: velar por la salvación de las almas (...) no basta que
una persona diga que es católica; para serlo de verdad tiene que
vivir en la comunión de la Iglesia y en la obediencia a la
jerarquía (...) no puede votar ningún católico por un partido que
propiciara la separación de la Iglesia del Estado, la enseñanza
laica, el divorcio (...)".36
Esta vez, las "masas católicas", desde los templos y encabezados por sus
dirigentes "naturales", los sacerdotes, inician acciones de protesta, "en
defensa de la libertad de cultos amenazada por esta agresión del Estado a la
Iglesia"; "los católicos no pueden acatar leyes impías; se deben a las leyes de
Dios antes que a las terrenales".37
La clausura de los templos donde se desarrollaron las acciones de protesta o
de donde partieron las manifestaciones se implementó hasta en distintos
rincones de la provincia y del país. ¿Acaso el gobierno actuó más
violentamente de lo debido? Es un interrogante de dificil e inútil respuesta. A
esas alturas, la única salida -desde la perspectiva del NCC- estaba fijada:
provocar tensiones que extremaran el conflicto y tendieran a llevarlo hacia
soluciones "definitivas". Era el último paso de la estrategia, aplicada en
distintos momentos históricos.
Después de la caída de Perón, el Gral. Videla Balaguer, Interventor en la
Provincia de Córdoba, al igual que el máximo jefe de la "Revolución
Libertadora", Gral. Lonardi, repite en su primera alocución los ya conocidos
llamados a la "recristianización de la cultura y la educación". Nuevamente,
un General de la Patria hace suyas las consignas más sentidas para "la
restauración". Nuevamente, el "pueblo y el ejército" recuperan una historia y
la difunden; la tradición católica vuelve a vertebrar "nuestra verdadera
idiosincracia":
"El Programa del Gobierno: (...) en lo que concierne a la Iglesia,
me sentiré muy feliz si la Providencia me deparase la
oportunidad de poner fin a todos los malos entendidos
mediante la concertación de un concordato. (...) Se proscribirá
la política en los órganos de la educación (...) En el orden
cultural, nuestra patria ha estado sometida a un proceso de
extremada violencia que afecta la conciencia religiosa de los
habitantes (...) La educación es uno de los problemas esenciales
porque en ella está involucrada la formación de nuestra
juventud y el futuro de la patria".38
La ley de divorcio es derogada; en la provincia de Córdoba se restituye la
enseñanza de la religión dentro del horario escolar. La lucha por el regreso a
la ortodoxia se reinicia.
Reflexiones finales
La estrategia de apoyo-oposición llevada a cabo por el NCC se rigió por un
criterio de legitimidad invalidante de los postulados de tolerancia inscritos en
la Constitución del '53, excluyente de mensajes participativos y vertebrador
de su propio imaginario restrictivo.39
Los conflictos entre el NCC y Perón no fueron circunstanciales: se
encontraban latentes desde las primeras etapas de su gobierno. Múltiples
indicios permiten suponer que las tensiones nacían del núcleo de cada
formación ideológica y que en el transcurso del tiempo se fueron agravando.
Las transformaciones en el papel de la mujer, del modelo de familia, la
demanda de una ley de divorcio y de apoyo a la planificación familiar, el
acceso masivo a la cultura universal eran síntomas de cambios en una
sociedad sobre cuyos valores el NCC había logrado ejercer un alto grado de
control.
El golpe del '43 los ubicó en el centro del escenario ideológico educativo.
Esto creó expectativas de que el nuevo gobierno cedería posiciones en ese
campo. Sin embargo, aunque Perón transó en convertir en ley el decreto de
1943 que imponía la religión en la escuela, no estuvo dispuesto a ceder
posiciones en todo el espacio ideológico.
Otro aspecto fue decisivo en el enfrentamiento. La supeditación de la Iglesia
al Estado apareció tempranamente en el discurso de Perón. La simbología
justicialista tendió a suplantar a la vigente que, desde 1930, incorporaba en
forma creciente rituales de la religión católica, extensivos a todo el espacio
público.
Las críticas a Perón no apuntaron a los elementos antidemocráticos del
Estado justicialista, a la represión y la censura de prensa sufrida por la
oposición, sino que se plantearon desde la pretensión de conservar
atribuciones expropiadas por el avance estatal. Esto condujo a una estrategia
que tendió a la confrontación.
La concepción de la legitimidad justificó "doctrinariamente" la participa-
ción en el golpe del '55 y contribuyó a brindar sustento "doctrinario" a un
movimiento que volvió a apelar a los golpes de estado - como en 1930 y en
1943- para recuperar atribuciones perdidas.
NOTAS
Potash sostiene que "Una causa más directa para la aparición de inquietudes revolucionarias
puede encontrarse en las tensas relaciones que se desarrollaron entre el gobierno de Perón y la
Iglesia Católica en noviembre de 1954 y en una decisión crucial de Perón: organizar una
campaña declarada contra algunos miembros del clero. Hasta el momento las relaciones entre
la jerarquía eclesiástica y el gobierno, a pesar de algunas ocasionales fricciones, habían sido
armónicas". Ver Potash, Robert, El ejército y la política argentina, Tomo II, Hyspamérica,
Buenos Aires, 1985, p. 237.
Rouquié ubica el conflicto entre ambos aproximadamente desde 1953-1954, con la formación
de la UES, planteando que la "legalización del divorcio, en 1954, habría sido una `venganza'
más que una medida de secularización de la sociedad argentina". Ver Rouquié, Alain, Poder
militar y sociedad política en la argentina, Tomo II, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986, p. 106.
Peter Waldman plantea que, después de 1953, "...el intento de provocar una crisis moral y de
valores figura entre las maniobras de distracción. Para esto último, sacó provecho de una
tendencia a la secularización latente desde hacía ya bastante tiempo en la sociedad argentina
(...) Los ataques de Perón al orden moral y a la tradicional escala de valores llevaron a que
también entrara en la lidia un factor de poder cuya misión había consistido siempre en
defender y conservar esos valores: la Iglesia". Ver El peronismo, 1943-1955, Hyspamérica,
Buenos Aires, 1985, pp. 241, 243.
Alejandro Horowicz sostiene que "...el peronismo (...) mantuvo desde el vamos excelentes
relaciones con la Iglesia (...)" aunque consigna que, aproximadamente desde fines de 1954,
después de la creación de la Unión de Estudiantes Secundarios, la Iglesia eligió atacar al
gobierno antes que el gobierno atacara a la Iglesia... Los cuatro peronismos, Hyspamérica,
Buenos Aires, 1988, pp. 131, 132.
Carlos Escudé afirma: "como se sabe, a partir de 1952 las relaciones de Perón con la Iglesia
Católica se agriaron..." El fracaso del proyecto argentino. Educación e ideología, Ed. Tesis,
septiembre 1990, p. 182.

Buchrucker, C., Nacionalismo y Peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial
(1927-1955), Sudamericana, Buenos Aires, 1987, p. 376.

Este análisis se centra en el Nacionalismo Católico que, desde Córdoba (NCC), sostuvo con
singular energía la defensa de una "Nación Católica". Sus posiciones fueron afines a los
núcleos que actuaron en Buenos Aires, aunque su peso político relativo, tanto a nivel local
como nacional, facilitó el papel jugado en la oposición a Perón.

El NCC sostiene posiciones afines a todo el movimiento Nacionalista Católico, pero ha
construido las bases de este discurso, que se expande desde los años 20, desde los orígenes del
proceso de formación nacional (1862). A partir de entonces, un primer órgano de difusión, El
Eco de Córdoba (1862-1886), con las características de un diario "moderno", se convierte en
vocero de esta defensa de los valores tradicionales. Hasta 1892, en la misma línea editorial, se
publica El Porvenir; más adelante, le sucede Los Principios. Esta continuidad, y su papel
rector en la construcción del movimiento Nacionalista Católico, tanto dentro como fuera de
la provincia, lo convierten en una fuerza fundamental, motor de importantes procesos
políticos de orden nacional. El citado diario Los Principios juega, en el período abordado, el
papel de un partido político. He desarrollado este tema en mi Tesis de Doctorado:
Nacionalismo Católico Cordobés, Proyecto global y espacio ideológico educativo (1862-1943).

Bemetti, J., Puiggrós, A., Peronismo, cultura política y educación (1945-1955), Galema,
Buenos Aires, 1993.

El NCC se mostró siempre reacio a todo lo que implicara movilización masiva. Más allá de
los límites que en una perspectiva democrática alcanzara ese fenómeno en el peronismo, su
tendencia a las demostraciones masivas los preocupaba.

Para un análisis de los partidos políticos durante el período y el proceso de integración de
figuras provenientes de la Iglesia Católica -desde Córdoba- al peronismo, ver Tcah, César,
Sabattinismo y Peronismo, 1943-1955, Buenos Aires, 1991, pp. 86-90.

Perón, J.D.: El peronismo y la doctrina social cristiana, Presidencia de la Nación,
Subsecretaría de Información, Buenos Aires, 1952, p. 8.

Ver Auza, N.T, Aciertos y fracasos sociales del catolicismo argentino. Grote y la estrategia
social, Ed. Docencia, Buenos Aires, 1987.

Buchrucker, C., Nacionalismo y Peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial
(1927-1955), Ed. Sudamericana, 1987, p. 289. Con respecto a la interpretación hecha por
Perón de la Rerum Novarum, base también de los postulados de la DC, ver pp. 305-308.

Bianchi, S., Sanchis, N., El Partido Peronista Femenino, CEAL, Primera Parte, Buenos Aires,
1988, p. 63.

Bianchi S., Sanchis N., op. cit., p. 132.

"Las uniones irregulares toleradas con excesiva facilidad tienen mucha influencia en los males
que aflijen a la colectividad (...) La delincuencia infantil no es un asunto simple (...) está
vinculado a otros factores (...) Pero es de los más importantes el desquicio de los hogares..."
Los Principios, 18-07-1953.

Los Principios, 3-08-1950.

Los Principios, 15-06-1953.

"Los escritores y poetas en su extraordinaria inquietud creadora, buscan siempre temas y
formas de novedad (...) Por más nacional que quiera ser la literatura no puede sustraerse a ese
curioso fenómeno que es algo así como un aluvión arrollador. (...) El afán innovador deja
rastros en la idiosincracia de los pueblos y no en pocas oportunidades la belleza no es
enemiga de los valores eternos. Hay en la actualidad una invasión de lo que dentro de la
literatura se llama `realismo'. Quieren los autores mostrar la vida al desnudo, con sus lacras,
sus miserias. Pintan personajes marcados por los desencuentros y los hacen hablar con el
idioma de los desencantados. La convivencia social es letra muerta para ellos (...) La ola se ha
desatado en su plenitud. Con el pretexto del naturalismo o del realismo; las novelas son
desagradables en la forma cuando no inmorales en el fondo (...) son raras las obras que
podrían calificarse totalmente limpias (se suma el cine)... tarea de destrucción del idioma.
Nuestro país se ha mantenido, no obstante la influencia que sobre el mismo pueden ejercer
otros pueblos, dentro de un plano acorde con su tradición y religiosidad (lo contrario) es un
resultado que habrá que reputar como catastrófico para la estructura social argentina.
Mantenerse al margen de modas tan poco recomendables, es un deber de patriotismo. Eso
por sobre todas las cosas debe entender la juventud, para mantener intacto su acervo moral
que es lo más valioso que puede poseer un estado, puesto que el mismo cimenta la
idiosincracia de la República". Idem.

"...una corriente terriblemente perjudicial en el mundo, encaminada a la bestialización del
hombre. Las mujeres y los hombres desmelenados y lacios queriendo vivir su vida, que
hablan de Sartre sin conocer una palabra de su pensamiento, escepticismo... pernicioso que
resulta cierta literatura pseudocientífica, distribuida por sus editoriales en quioscos y
librerías, generalmente a precios bajos que la colocan al alcance de todos, circunstancia que
aumenta su peligrosidad. Entre esos ejemplares los hay de los más diversos grados de
toxicidad, algunos hasta suelen tener fundamentos científicos; pero eso no quiere decir que se
los pueda dejar en manos de cualquiera y mucho menos de niños y adolescentes; pues aun en
caso de que se trate de estudios serios pueden dañar a la moral de lectores no preparados para
asimilar esos conocimientos y sin estado para seleccionar lo bueno de lo malo. Recordemos
además que hay hombres de ciencia crudamente materialistas que sostienen teorías morales
absurdas y aun perversas. Por otra parte es evidente que el propósito de sus editores no es
cultural, sino de explotación de la malsana curiosidad de la gente (...) y esas publicaciones
hacen un daño enorme, sobre todo a quienes están en edad de formación, el primero de los
cuales es despertar el instinto y una vez despierto hacerlo privar sobre el espíritu (...)

Los Principios, 18-11-1951.

Los Principios, 18-11-1951.

Ver Bernetti, J., Puiggrós, A., "Peronismo, cultura política y educación (1945-1955)", en
Puiggrós A., dir., Historia de la Educación en la Argentina, Tomo V, p. 29.

Pittelli, C., La libreta sanitaria o el pudor de las niñas, Universidad Nacional de Luján, mimeo,
1991.

Los Principios, 19-11-1951.

Para ilustrar aspectos de esta cuestión, ver Pittelli, C., Somoza Rodríguez, M., "La enseñanza
religiosa en la Escuela Pública. 1943-1955", en Revista de la AGCE.

Agreguemos, como dato para análisis futuros, que hubo otra búsqueda de la identidad, que
debe ser incluida dentro de un imaginario democrático, sustancialmente divergente del NCC:
la que elaborara el pensador cordobés, participante de la Reforma Universitaria de 1918,
Saúl Taborda, muerto en 1944. Atormentado, como buena parte de los pensadores nativos,
por la búsqueda de nuestras raíces, rastreó las mismas hasta la tradición del comunalismo
federalista hispánico, articulando, así, elementos democratizantes del hispanismo. Una obra
fundamental de este autor es Investigaciones Pedagógicas, Córdoba, 1951.

En un reciente trabajo, "Legitimidad, atmósfera escolar e historia. Una aproximación al
discurso educativo del NCC (1910- 1943)", analizo aspectos de la "versión de la historia"
elaborada por el NCC.

Roitenburd, S., "La lucha por el espacio ideológico educativo. 1943-1983", en Puiggrós A.,
dir.: Historia de la Educación en las Provincias y Territorios Nacionales, Tomo II, Buenos
Aires, Galerna, en prensa.

La "fijación de nuevos feriados suprimiéndose algunos de los actuales, correspondientes a
tradicionales festividades religiosas como los de San José, San Pedro y San Pablo, supresiones
que no armonizan con los sentimientos religiosos de nuestro pueblo ni con la tradición
católica de nuestro país. Lo que no nos parece bien es que se supriman las fechas religiosas de
toda la vida, para dar luego vacaciones por los motivos más futiles y pasajeros..."

El gradual alejamiento de la hispanidad, a partir de 1950, que Raanan Rein consigna, puede
tener vinculación, aunque no excluyente, con la profundización de los conflictos entre los
núcleos del NCC -profundamente compenetrado del modelo franquista- y Perón. Rein,
Raanan: "Hispanidad y oportunismo político: el caso peronista", EJA.L., Univ. de Tel Aviv,
Vol. 2., N. 2, julio-diciembre, 1991.

Los Principios, 15-06-1953.

Cabe señalar que, aunque el diario Los Principios, órgano del NCC, evitó con cautela ataques
directos al Presidente Perón y a su "Señora esposa", esta oposición planteada a través del
despliegue de los múltiples aspectos del espacio ideológico tendió a deslizarse hacia una
inevitable confrontación. Aunque el gobierno central no actuó con la intensidad persecutoria
que sufrieron otros medios, a título de advertencia, en 1949, el diario fue clausurado por unos
días. Su reapertura renovó una velada pero sistemática práctica de señalamiento de "errores",
que, sin embargo, fue seguida del apoyo a un segundo período.

Roitenburd, S., "Educación y control social, el Nacionalismo Católico Cordobés, 1852-
1943", en Puiggrós, A., Ossanna, E., coord.: Historia de la Educación en las Provincias, Tomo
1, Galerna, Buenos Aires, 1993.

Los Principios, 13-11-1951.

Los Principios, 1-05-1955.

Los Principios, 13-05-1955.

Para un panorama de esta coyuntura en Córdoba, ver Tcach, César, op. cit.

Los Principios, 1405-1955.

Idem.

Los Principios, 24-09-1955.

La noción de "imaginario" ha sido tomada de la propuesta teórica de Ernesto Laclau: "El
imaginario es un horizonte (...) es el espacio mítico de un orden social posible. Ningún
imaginario colectivo aparece esencialmente ligado a un contenido literal". Laclau, E., Nuevas
reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, Nueva Visión, Buenos Aires, 1993, p. 80. Ha
enriquecido esta noción Rosa Nidia Buenfil Burgos, en su trabajo "Emergencia de la mística
de la Revolución Mexicana y su componente educativo", mimeo, México, 1990: "el
imaginario dota de orientación y sentido al orden simbólico" (p. 17). Imaginario sugiere más
adecuadamente que "proyecto" las construcciones conformadas para instaurar un orden
social. Ni el peronismo ni el NCC presentan un proyecto cristalizado y de identidad fija. Las
relaciones entre ambos discursos los van transformando. La práctica del NCC se plantea
desde un imaginario "restrictivo" que, frente a propuestas más abiertas a la participación,
parte de la visión de una sociedad moldeada por el respeto a la autoridad, la cristalización de
las jerarquías, los valores únicos, la expresa admonición de las libertades y la exclusión de la
participación en los espacios públicos y en decisiones privadas por parte de las mayorías y las
mujeres.

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