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Identidades en América Latina (II) |
DANIEL RIVADULLA BARRIENTOS: La "amistad irreconciliable",
España y Argentina, 1900-1914. Madrid, Editorial Mapfre, 1992. La mayor parte de las investigaciones publicadas en los últimos años sobre las relaciones bilaterales entre España y la Argentina fueron dedicadas a los años de la Guerra Civil española (1936-1939), al período de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) o la década peronista (1946-1955). Relativa- mente poca atención recibieron los lazos entre ambos países durante el primer tercio de este siglo, y particularmente durante el Régimen de la Restauración y la Segunda República. Esta brecha es cubierta ahora, al menos en forma parcial, por el libro de Daniel Rivadulla, basado sobre una rica documenta- ción de archivos tanto de Madrid como de Buenos Aires. Después del "Desastre" de 1898, cuando España perdió los últimos restos de su Imperio americano (Cuba y Puerto Rico), tras la aplastante derrota sufrida ante Estados Unidos, la imagen de aquélla como potencia mundial quedó completamente destruida. Para numerosos intelectuales peninsulares, esta humillación era una prueba fehaciente de la trágica decadencia de España, su imposibilidad de adaptarse a la cambiante realidad del mundo capitalista, industrializado y racional, y su incapacidad de enfrentarse a los obstáculos camino a su modernización. En el marco del auto-análisis y el balance de conciencia que hicieron, muchos intelectuales elevaron diversas propuestas de reforma, que debían permitir la regeneración y la resurrección de España. Algunos de los más notorios de aquella "generación del 98", tales como Joaquín Costa, Miguel de Unamuno, Ricardo Macías Picavea y otros, entendían que el mejor camino para lograr este objetivo era mediante la revitalización de los pueblos de habla hispana a ambas orillas del Atlántico, es decir, de toda la raza hispánica. Enarbolaron el gallardete del pan- hispanismo con la esperanza de crear un Commonwealth hispánico. La premisa era que sobre la base del común denominador lingÜístico, religioso, cultural y de intereses comple- mentarios en el terreno diplomático y económico, se podía unir a los pueblos hispanohablantes en los dos continentes. El llamado de aquellos intelectuales pan-hispánicos tuvo gran resonancia tanto en la península Ibérica como en los países al sur del Río Grande. La hispanofobia, que caracterizó a la mayor parte de las sociedades latinoamericanas desde que obtuvieran su independencia en el primer cuarto del siglo XIX, fue decreciendo tras los sucesos de 1898. La debilitación de España y su eliminación política del continente, junto al temor creciente de la amenazante presencia norteamericana, condujeron a una revalorización, al menos de una parte de los intelectuales latinoamericanos, del común denominador entre las ex-colonias y la ex-metrópoli. Los nombres más destacados en este contexto son los del nicaragÜense Rubén Darío, el uruguayo José Enrique Rodó, el peruano Francisco García Calderón y el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Reacciones similares de solidaridad con España y su legado se dejaron oír también en la Argentina. No sólo la colectividad española se movilizó en pro de la Madre Patria durante la guerra, sino que, como lo destaca Rivadulla, también argentinos de renombre, algunos de ellos recién al comienzo de sus carreras políticas, como era el caso de Joaquín V. González y de Roque Sáenz Peña, defendieron abiertamente la causa española. "Se llegaría a producir entonces, ...la sustitución en la mente de muchos de la defensa de la libertad del pueblo cubano por la defensa de la integridad de la América hispana..." (p. 209). Ello significa que precisamente tras la derrota de 1898, se abrieron ante España nuevos horizontes de acción en América Latina y se creó una oportunidad de estrechar lazos entre ella y sus ex-colonias, de forma que incrementara su influencia y prestigio, y promoviera los intereses políticos y económicos de los pueblos hispanohablantes a ambos lados del océano. Sólo que esta oportunidad fue desaprovechada. En los siguientes treinta años se pudo oír en España una copiosa retórica rimbombante, mas en ninguna etapa de este período se aplicó en la práctica una "política de acción" en lugar de la "política de gestos". Los resultados concretos de la política hispanoamericana de España fueron, por lo tanto, limitados. A fines de la década del veinte, en vísperas de la gran crisis económica mundial, los intercambios económicos y comerciales entre ambas partes eran mínimos, la representación diplomática ibérica en el continente era deficiente, y para las oligarquías gobernantes y muchos intelectuales de América Latina, París y Londres quedaron como puntos de referencia de mayor importancia que Madrid o Barcelona. El libro de Daniel Rivadulla es el relato de esta desperdiciada oportunidad española, al menos en lo que se refiere a la Argentina. El libro se divide en tres partes: la República Argentina y las relaciones internacionales de España a comienzos del siglo XX (1900-1914); España en el horizonte internacional de la República Argentina; y las relaciones entre españoles y argentinos en la transición intersecular (1880-1910): un "estado de indignidad". La primera parte es la más extensa de las tres, y destaca el hecho que el conjunto de relaciones entre ambos estados se analiza en el presente estudio, en forma primordial, desde una perspectiva española. El mejor capítulo de la primera parte es el cuarto, dedicado a la emigración española a la república del Plata, y a los lazos entre la colectividad española en aquel país y la Madre Patria. En dicho capítulo se enfatizan las divergencias entre ambos países en cuanto a dos cuestiones importantes: la discusión acerca de la nacionalidad de los descendientes de españoles emigrados a la Argentina - nacidos por tanto en ella- y la actitud argentina ante las actividades de inmigrantes españoles en el territorio de la República. Rivadulla muestra la cooperación entre las autoridades de ambos países en la represión de los anarquistas (un punto sobre el que confluyeron más fácilmente los intereses políticos de los gobernantes de ambos estados), aunque señala que las autoridades argentinas se abstuvieron, en general, de obstaculizar otras actividades republicanas contrarias al régimen de la Restauración. Respecto a la segunda cuestión, es notable también la medida en que la participación española en una nueva, o renovada, aventura colonial, en Africa del Norte, y el conflicto político interno peninsular, influyeron en las relaciones entre España y la colectividad española en la República Argentina. Los representantes diplomáticos y consulares españoles tenían órdenes estrictas de seguir y transmitir las actividades que republicanos, socialistas y anarquistas llevaban a cabo en este país. Lo mismo ocurrirá en los períodos de las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco. En la segunda parte del libro puede verse cómo la inestabilidad política y los frecuentes cambios de gobierno en España, y en mayor medida la política proteccionista que adoptaron la mayor parte de estos gobiernos, significaron un obstáculo para cualquier mejora considerable en las relaciones comerciales hispano-argentinas. No es de sorprender, por lo tanto, que Gran Bretaña, Francia, Alemania, los Estados Unidos, Brasil y hasta Italia y Bélgica poseían más y mejores lazos comerciales con la República. Los sucesivos gobiernos argentinos, que buscaban extender y diversificar los mercados de exportación de sus productos - las carnes congeladas, sobre todo- sintieron una gran decepción por la política comercial española. Si sumamos a ello el disgusto de sus representantes por el trato soberbio y paternalista de los españoles hacia toda América Latina, podremos entender por qué sentimientos fervientemente antihispanistas, que tenían sus orígenes en el período colonial y en las guerras por la Independencia, siguieron siendo intensos también durante la primera década del siglo XX. En la tercera parte del libro Rivadulla cita, por ejemplo, al presidente argentino, General Julio A. Roca, en su discurso de inauguración de las obras del puerto de Rosario de Santa Fe, en octubre de 1902, alocución que expresaba en forma evidente tales sentimientos hostiles hacia España (pp. 236-237). Aunque diversos temas que encara el trabajo de Rivadulla no reciben un desarrollo y una profundización satisfactoria, en especial todo aquello que se refiere a la colectividad española en la Argentina y las imágenes mutuas que tenían unos de otros - españoles y argentinos-, este libro constituye una seria contribución al campo de investigación de la política exterior española y de la política exterior argentina de principios de este siglo.
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