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| VOLUMEN 5 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1994 |
Identidades en América Latina (II)
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Orden político y ciudadanía.
Problemas y debates en el liberalismo
argentino en el siglo XIX
ELIAS JOSE PALTI
Universidad de California en Berkeley - CONICET
|   | La práctica política no transforma el significado
o forma de un discurso sino las condiciones de su emergencia, inserción y
funcionamiento; transforma los modos de existencia de los discursos. |
|   | Foucault |
Para las élites porteñas, el supuestamente brillante futuro prometido por la
quiebra del yugo colonial y la apertura al mercado internacional (la rápida
transformación de la antigua capital virreinal en la "Tiro del Nuevo Mundo")
pronto se les revelaría como una mera ilusión; una ilusión peligrosa, además,
puesto que habría abierto las puertas a procesos políticos y dramas sociales
hasta entonces inimaginables para ellas.1 Los nuevos depositarios del poder
rápidamente descubrirían los riesgos implícitos, y antes insospechados, en la
dificil tarea de llenar el vacío de legitimidad que el colapso del antiguo orden
dejara. La independencia, con la consecuente mobilización militar masiva de
los sectores populares que su consecución había acarreado, había cobrado su
precio en la dislocación de aquellas instituciones políticas y distinciones
sociales que en el mundo colonial se suponían intangibles. Cuando en 1820 el
caudillo Ramírez ata su caballo frente a la casa de gobierno en la que se creía
la "Atenas del Plata", no sólo disipaba tales ilusiones: con ellas se
derrumbaba también toda esperanza en un poder centralizado que
garantizara una transición ordenada a la nueva vida política independiente
que, por otra parte, ya parecía asegurada en los campos de batalla. Se
trataba, pues, de crear una nueva legitimidad a partir de los fragmentos de un
poder que se ha desvanecido, construir un nuevo edificio político-
institucional, restaurar las jerarquías sociales y desmilitarizar una sociedad.
Y todo ello presuponía, en la perspectiva de los pensadores de la época,
criterios válidos para justificar la exclusión de aquellos sectores sociales cuya
irrupción intempestiva en la escena política había tornado imposible la
convivencia civilizada. No es sorprendente, entonces, que gran parte del
debate político de la época se concentrara en cómo delimitar quiénes podrían
gozar de los derechos políticos; es decir, cómo distinguir los ciudadanos de los
meros habitantes.
En la historiografia de ideas argentina, en una tradición que arranca con La
evolución de las ideas argentinas, de José Ingenieros (1918) y llega hasta
nuestros días,2 tal operación ideológica se ha interpretado como un resultado,
justificado por inevitable, de la inviabilidad de la aplicación de los ideales
liberales de la llamada Generación de Mayo en un medio aún dominado por
hábitos forjados bajo el despotismo hispánico. Una suerte de equilibrio
transaccional entre modernidad y tradición se imponía.3 Será a la Generación
romántica a la que le tocará convertir tal principio en un programa político,
formulado en las Bases, consagrado en la constitución de 1853 y
materializado en el '80 con el régimen progresivo-autoritario inaugurado
por Roca.4
La historia política argentina del siglo XIX aparecería, pues, desde esta
perspectiva, como la de la marcha épica por la cual los principios liberales-
iluministas consagrados por la revolución de 1810 habrían de ir imponiéndose
sólo gradualmente, junto con la progresiva ampliación del círculo de los
ciudadanos activos, hasta culminar en 1912 con la proclamación efectiva del
sufragio universal (masculino). Las diversas corrientes de ideas que
entretanto aparecieron cabría entenderlas como otros tantos estadios
previsibles en la longue durée de la transición hacia un modelo político
cuyos lineamientos finales estaban trazados de antemano.5
Una representación tal del proceso de constitución de un sistema político en
dicho país, hecha de "anticipaciones" y "retrospecciones", y que sigue cierto
modelo clásico europeo (aunque en rigor, sólo aplicable al caso inglés, y aun
en éste con dificultades), se sostiene de la idea de la unidad y homogeneidad
doctrinaria de lo que se llama "el pensamiento liberal", desde sus orígenes en
el siglo XVII hasta su consagración como ideología dominante en el siglo
pasado. Tiende, así, inevitablemente, a allanar su curso histórico haciendo de
las en realidad muy diversas corrientes de pensamiento subsumidas bajo tal
denominación genérica meras formas transicionales de "república posible" en
su marcha, a veces intrincada, hacia la "república verdadera".6 Este
"entretanto", en tanto que mero estado intermediario entre dos términos de
una ecuación -los "ideales liberales" y su "realización práctica"-, no habría
aportado nada sustantivamente nuevo (a no ser cuestiones estrictamente
pragmáticas de instrumentación) en términos de modelos de "república
verdadera". Cabe, sin embargo, aún considerar si un enfoque semejante
ofrece realmente el marco teórico adecuado a fin de integrar y tornar
inteligibles la serie de fenómenos y sistemas de ideas políticas que se
sucedieron a lo largo del primer agitado siglo de la historia independiente
argentina; o si, por el contrario, lo que Pierre Rosanvallon dijera para el caso
francés no es aplicable también para Latinoamérica, y para Argentina, en
particular, cuando denunciaba:
"La banalidad (...) de hacer de los hombres de la Ilustración
simples precursores de un movimiento intelectual que ha
madurado poco a poco. La Revolución no ha sólo contribuido
a acelerar la germinación de una promesa de la cual ellos habían
sido sus profetas. Esta ha introducido una ruptura en los modos
de concebir la política y la historia".7
En las páginas que siguen, me propongo argumentar a favor de la
pertinencia de esta afirmación para el caso argentino. Intentaré, pues, poner
de relieve la especificidad de las diversas transformaciones que se sucedieron
en el pensamiento liberal en la Argentina postindependiente, las cuales, según
entiendo, sólo consideradas superficialmente, y al precio de perder de vista lo
más sustantivo de los debates que en torno a ellas se generaron, pudieron ser
reducidas a meros cambios de formas y balances (en los que se enfatizaría, en
cada caso, y en distintos grados, uno u otro polo de la antinomia) en un
mismo sistema de negociación estratégica entre los valores "tradicionalistas"
y las tendencias "modernizadoras". Entiendo que esta última interpretación,
dicotómica y simplista, ha tendido a obliterar la peculiaridad de los diversos
modos de concebir la naturaleza del ejercicio del poder político y de las
relaciones entre el estado y la sociedad civil que se sucedieron a lo largo de un
período de la historia argentina tan traumático a nivel político y social como
productivo a nivel intelectual. Por último, este controvertido transcurso
abierto por el intento de instaurar una legitimidad política sobre bases
radicalmente distintas a las tradicionales (ya definitivamente destruidas por
las guerras) es el que intento descifrar a través de la lectura del proceso de
conformación y redefinición sucesiva de la figura del "ciudadano" y de las
relaciones entre el poder del estado y la sociedad civil.
Revolución, democracia e ilustración
La convulsión, no solamente política, que significó la revolución de la
independencia, la cual desembocó en la emergencia de "un gobierno débil",
con "falta de tradiciones", no podía dejar de traducirse sino en un peligroso
"avance del igualitarismo".8 Una vez roto el "pacto social" con el monarca,
decía el secretario y líder de la fracción radical de la Primera Junta de
Gobierno, Mariano Moreno, la "soberanía retrovertía al pueblo".9 Muerto
poco después, en 1811, no sobreviría para descubrir que esto sólo podría
traducirse como lo más parecido a un "estado de naturaleza" (en sentido
hobbesiano) que los contractualistas pudieran concebir. Surgiría, entonces, la
necesidad de pensar el modo de articular una nueva legitimidad política que
pusiera fin a aquellos "excesos democráticos" a los que la quiebra del antiguo
orden había dado lugar; y ello en el marco de la necesaria apelación a la
mobilización militar de los sectores plebeyos de la sociedad como elemento
necesario para el triunfo de la empresa bélica. La convergencia de ambas
necesidades, contradictorias entre sí, constituirían un trasfondo dramático
para los debates políticos de la época. Sin embargo, dicha contradicción se
revelaría con un carácter apremiante sólo cuando el fin de las guerras por la
independencia (hacia 1825) impusiera la inmediata necesidad de redefinir los
vínculos entre las élites emergentes y el conjunto de la sociedad. Hasta
entonces, el "frente patriota", a pesar de las controversias que lo fisuraban
internamente, contaba no obstante con un factor que lo mantenía dentro de
cierto grado de cohesión, lo que le permitía a su gobierno soslayar -aunque
no superar- las consecuencias que, en otras circunstancias, hubieran traído
aparejado su aislamiento político y social. Como señalaba un destacado
miembro de la logia morenista, Bernardo de Monteagudo, "la memoria de los
ultrajes de tres siglos, el temor de que ellos se repitan con toda la
impetuosidad de la venganza reprimida" servían aún de aglutinante de la
opinión pública en torno a las nuevas autoridades.10 Hacia el fin de la
primera década de revolución, el mismo Monteagudo advertía (poco antes de
su asesinato y con motivo de su fallida experiencia como Ministro de San
Martín en Perú, de donde fue expulsado tan pronto como el Libertador
abandonara Lima para encontrarse con Bolívar) de la inminencia de que el fin
de la guerra externa revirtiera en guerra civil interna:
"Después de una espantosa revolución, cuyo término se aleja de
día en día, no es posible dejar de estremecerse, al contemplar el
cuadro que ofrecerá el Perú cuando todo su territorio esté libre
de españoles y sea la hora de reprimir las pasiones inflamadas
por tantos años: entonces se acabarán de conocer los infernales
efectos del espíritu democrático: entonces desplegarán las varias
razas de aquella población, el odio que se profesan".11
El balance de una década de vida independiente no podía ser más sombrío.
En un giro completo (aunque quizás menos brutal de lo que parece) respecto
a sus posiciones originales, este antiguo "jacobino criollo" propone un
programa fundado en cuatro principios: reprimir las ideas democráticas,
apoyarse en las clases propietarias, instaurar un gobierno fuerte y
centralizado y alentar la educación como medio para regenerar las
costumbres perversas de un pueblo habituado al despotismo. El peligro ya
no era tanto una recaída en el despotismo (posibilidad que se creía
completamente superada) sino un desemboque en la anarquía producido
por los excesos democráticos. El ascendiente de la maltrecha nueva clase
gobernante sobre unas masas "bárbaras", encendidas por el "igualitarismo",
se había roto definitivamente.
En este contexto es que surgen los primeros debates en torno a la necesidad
de restringir el ejercicio de los derechos políticos. Se apela, entonces, a la
doctrina formulada por Sieyés que distingue entre ciudadanos "activos" y
"pasivos". El "activo" (o "ciudadano-accionista") gozaría de derechos
políticos dado que, como propietario, tendría un interés directo en la cosa
pública. Sólo aquél que tuviera independencia económica podía gozar -se
suponía- de independencia de juicio y era capaz, por lo tanto, de opinar
fundadamente sobre los destinos comunes. El cura Castro explicaba esto a la
Asamblea del Año 1826, a fin de justificar la "pérdida de ciudadanía a todo
aquél que no tuviera propiedad u oficio útil". "¡Cuán difícil será", decía, "que
emita en su voto su propia opinión aquél que el patrón, de quien depende,
recibe su pan y su subsistencia!"12
Esto significaba, pues, igualar a todos los no-propietarios en la categoría
común a los esclavos, indígenas y sirvientes. En definitiva, implicaba negarles
toda consideración como miembros de la sociedad. Sin embargo, esta suerte
de ideal de exclusivismo político, si pudo practicarse dentro de otros
contextos sociales, no parecía adecuado, ni aun posible de llevarse a cabo en
países donde la irrupción revolucionaria no sólo había consagrado el dogma
de la igualdad, sino que además había puesto en movimiento a sectores
sociales cuya incidencia en la vida política ya no podía desconocer.13 Para
entonces, ya estaba claro que la construcción de un orden debía apoyarse "en
una premisa...firme y compartida ... a saber, que en la Argentina ningún poder
podía sobrevivir a espaldas de las masas".14 Será un miembro del partido
federal católico, que había hecho su carrera política junto con el caudillo
santafesino López, Elías Galateo, quien se encargaría de objetar a Castro: "si
es verdad que el jornalero y el doméstico no están libres de los deberes que la
república les impone, tampoco deben estar privados de los derechos".15 Y a
Dorrego, un "lomo negro", le tocaría insistir sobre la radical ilegitimidad del
régimen resultante: "¿Qué es lo que resulta de aquí? Una aristocracia ... la más
terrible porque es la aristocracia del dinero".16
A pesar de los argumentos en contra, la Constitución de 1826, a diferencia
de la provincial de 1821 que estableció el sufragio universal, impondrá una
serie de restricciones al sufragio. Entretanto, "los caudillos vencedores de
1820 se presentarán como defensores de la igualdad republicana, contra una
clase política porteña sospechada muy justamente de admiración creciente
por los sistemas aristocrático".17 Finalmente, el triunfo de Rosas, en 1829,
haría manifiestas tales contradicciones, en apariencia insolubles, dentro de los
marcos tradicionales de ideas del pensamiento liberal. Es entonces que
surgirían aquellas nuevas concepciones, definidas genéricamente como
románticas, y que redefínirían los términos de la controversia, permitiendo,
así, abordar de un modo renovado (al menos desde la teoría) la cuestión de la
representación política.
El segundo momento liberal: de la voluntad a la razón
La llamada "Generación del '37" irrumpió en la escena política argentina
con la convicción de que la raíz de la anarquía que reinaba en el
subcontinente residía en los excesos de los unitarios (como denominaban a
la generación de la revolución), quienes difundieron ideales democráticos que,
según decía Alberdi, eran "incompatibles con el grado de desarrollo moral e
inteligente" del pueblo. En realidad, tal "realismo político" no ha sido un
aporte original del romanticismo.18 Sin embargo, la llegada del nuevo credo sí
produjo un giro radical en cuanto a los modos de tematizar aquellas mismas
cuestiones. Como un eco de las ideas dominantes en el medio intelectual
francés presidido por el eclecticismo de Cousin y el doctrinarismo de Royer-
Collard y Guizot, los jóvenes de la Generación del '37 se dan a la tarea de
establecer una distinción conceptual entre aquello que constituye propia-
mente la esfera del estado y lo que es el ámbito propio de la sociedad civil.19
Ello se traduce en un desdoblamiento análogo entre los derechos civiles,
comunes e inherentes, en tanto que naturales, a todos los habitantes, y los
derechos políticos, que sólo surgen con, y emanan de la institución de un
orden estatal. Echeverría expresaba esto así:
"Y por pueblo entendemos hoy como entonces, socialmente
hablando, la universalidad de los habitantes del país; política-
mente hablando, la universalidad de los ciudadanos: porque no
todo habitante es ciudadano, y la ciudadanía proviene de las
instituciones democráticas".20
No se trataba, sin embargo, de una mera reiteración de las ideas de Castro y
Monteagudo ya señaladas (deudoras ambas de Sieyés), puesto que esta última
distinción, aunque paralela a la anterior entre ciudadanos y habitantes, opera
ya en el marco de una concepción organicista de lo social (la idea de la
sociedad no ya como un mero objeto pasivo y plástico a la intervención del
poder político, sino como un cuerpo dotado de principios de desarrollo
inmanentes a los que hay que interpretar y canalizar). Semejante refiguración
básica del pensamiento social no será inconsecuente en la articulación de los
modos de conciencia histórica en la tradición liberal local.
La primera y más inmediata consecuencia, a nivel de la teoría, consistió en
que, desde la nueva perspectiva abierta por el romanticismo, se podría
finalmente llegar a pensar algo que dentro de los marcos del liberalismo
clásico aparecía como una contradicción en los términos: la existencia de
diferencias entre iguales. Para la generación anterior iluminista, las
diferencias sociales sólo podían fundarse en la llana exclusión de los meros
habitantes del ámbito de lo social (colocándolos, junto a los esclavos y
sirvientes, fuera de la sociedad); podía aquélla recortar el concepto de
sociedad civil, pero no concebir distinciones dentro de la misma en tanto que
se imaginara, según su propio concepto, como compuesta de individuos
perfectamente intercambiables entre sí. La generación romántica, en cambio,
habría de abandonar el concepto individuo a secas para reemplazarlo por el
de individuo social. La sociedad se percibiría ahora como un sistema integrado
por un conjunto defunciones, dentro de las cuales, la del filósofo-político, o
mejor dicho, la de la clase política, desempeñaba un rol esencial.21 Esta clase
política no sólo no habría de coincidir ya con la "clase propietaria" (esta
identificación será más tardía), sino que además -a diferencia de Sieyés-, lejos
de concebirse como constituida por individuos que ejercen sus derechos
expresando su voluntad (en tanto que mónadas autónomas) por medio del
sufragio, depositando así su mandato en sus representantes, conformaría, por
el contrario, una suerte de expresión más genuina del conjunto de la sociedad,
condensando (como sujeto colectivo) aquellos atributos que en ella se
encuentran dispersos. Esto se relaciona con otra distinción aún más
fundamental entre la voluntad general y la razón colectiva. Alberdi afirmaba
al respecto:
"La soberanía del pueblo, no es pues la voluntad colectiva: es la
razón colectiva del pueblo, la razón que es superior a la
voluntad, principio divino, origen único de todo poder legítimo
sobre la tierra".22
La élite política cabría concebirla, en síntesis, como aquel órgano
privilegiado en el que la razón colectiva se habría depositado; su encarnación
en la realidad. El derecho al ejercicio de los poderes públicos que a ella
legítimamente le cabe se funda, así, en la posesión de un "saber" (lo que
Guizot llamara fintelligence de les besoins généraux) respecto a una sociedad
a la que ya no podía considerarse como un mero medio pasivo, sin tendencias
v orientaciones inherentes. Ella debía penetrar la coraza de los meros deseos
pasajeros de sus miembros para descubrir, en el fondo de la realidad, sus
necesidades más permanentes y su dinámica inmanente, a fin de adecuar las
instituciones políticas a las mismas. En el éxito de dicha tarea residiría la clave
para la afirmación de los nuevos estados y el fin de la era de las guerras
civiles.
La atribución de ese status de privilegio conferido a la nueva élite política
implicaba, por otra parte, que el ejercicio de los derechos políticos pasaban a
ser comprendidos como una función pública, antes que como un derecho (lo
que le confería a esta clase política una suerte de carácter misional). Esta
debía bregar por hacer que la razón encarnase en el espíritu público y se
extendiese al conjunto de la sociedad. De este progreso permanente en la
difusión de la razón dependería la evolución y, en definitiva, la vitalidad y
subsistencia de la sociedad toda. De allí el énfasis en el papel de lo ideológico
en la constitución de un orden, suerte de argamasa del edificio social
(desplazando las cuestiones estrictamente político-institucionales a un
segundo plano). Como afirmaba Echeverría,
"No se trataba de personas, sino de patria y regeneración por
medio de un dogma que conciliase todas las opiniones, todos los
intereses, y los abrace en su vasta y fraternal unidad".23
Por otro lado, dado que la función de esta élite letrada sería interpretar la
razón colectiva (antes que representar su voluntad), se hacen comprensibles
las inconsistencias respecto de los principios republicanos que resultarían del
intento de traducir dicho concepto en un modelo político. Echeverría no
lograría evitar ciertas tensiones al tratar de definir su concepto de un gobierno
republicano: "El sufragio universal", decía, "dio de sí todo lo que pudo dar: el
suicidio del pueblo por sí mismo, la legitimación del despotismo".24 Mas
inmediatamente después reconocía que
"La raíz de todo sistema democrático es el sufragio. Cortad esta
raíz, aniquilad el sufragio, y no hay pueblo ni instituciones
populares: habrá cuanto más oligarquía, aristocracia, despotis-
mo monárquico o republicano. Desquiciad, parodiad el
sufragio, hallaréis una legitimidad ambigua y un poder
vacilante, como el sistema unitario".25
Precisamente en torno a esta contradicción -y las tensiones conceptuales
que de ella derivan- va a girar la problemática específica que define este
segundo modo del pensamiento liberal. Y esto será así debido a que si la
consagración de las diferencias sociales haría posible, por un lado (a la
inversa de los pensadores ilustrados), fundamentar su distanciamiento
respecto a la voluntad popular (a la que Royer-Collard definió como "una
mera metáfora"); por otro lado, establecer una distinción demasiado tajante
entre ésta y la razón colectiva hubiera significado introducir elementos
irracionales en el curso de una evolución histórica a la que se suponía
orgánica y lógica (es decir, trascender el estricto inmanentismo sobre el que se
fundaría su pensamiento histórico-social). En sus propios términos, oponer
sin más razón colectiva y voluntad general hubiera supuesto una recaída en el
llamado "racionalismo abstracto" de sus antecesores. En definitiva, los jóvenes
románticos debían presuponer, junto con Cousin, la complementariedad entre
lo que el filósofo francés llamaba los dos modos en que se manifiesta la misma
razón universal: la reflexiva (a la que sólo acceden las élites ilustradas) y la
razón natural (inherente a todos los seres humanos). .
Trasladado al contexto práctico de la política rioplatense del momento, esto
puede interpretarse como la definición de un programa destinado a
racionalizar lo que hasta entonces parecía un desenvolvimiento histórico
traumático y ajeno a las leyes del desenvolvimiento racional. Ello se traducía
en un acercamiento a Rosas, el cual, en tanto que un fenómeno de la realidad,
sólo cabía interpretar, desde dicha perspectiva, como formando parte del
desarrollo evolutivo lógico en la constitución de una Nación moderna. Según
Alberdi,
"La historia de los pueblos se desarrolla con lógica admirable...
Nuestra situación es, a nuestro ver, normal, dialéctica, lógica. Se
veía venir, era inevitable".26
No obstante, tan pronto como el poder rosista insistiera en rebelarse al rol
que los jóvenes letrados le asignaran, dicha empresa intelectual se tornaría
inviable. La historia argentina se teñiría de un ineliminable aire de
irracionalidad. Del intento de hacer frente a los desafíos intelectuales que
tal situación impondría a los intelectuales argentinos emergerían las obras
más ricas y originales del romanticismo vernáculo.
En efecto, en la emigración habrán éstos de radicalizar sus aprensiones
respecto a la posibilidad de regenerar la constitución moral de un pueblo que
ya por entonces descubrían como "irremediablemente perverso". Instaurada
la "Pax Rosista", en torno al año '42, no concebirá ya otra salida que la
colosal empresa de regenerar de raíz "un medio social bastardo" por la
degenerescencia de razas y el aislamiento geográfico a través del
trasvasamiento poblacional. Sobre esta idea nuclear se asienta el llamado
"proyecto alberdiano" del '52.
El proyecto de inmigración masiva destinado a regenerar la sociedad
argentina presuponía, sin embargo -bien sabía Alberdi-, un cierto orden
político. Esto generaba una suerte de círculo vicioso que sólo podría
quebrarse, pensaba, mediante su modelo de "república posible". Desconfian-
do ya de la disposición innata del pueblo argentino para sostener cualquier
sistema estable de gobierno, Alberdi propone la idea de establecer ciertas
instancias de mediación entre la sociedad civil y el ordenamiento institucional
republicano (vía sufragio indirecto, etc.), a fin evitar que las tendencias
anárquicas de la primera adquieran un carácter político. De todos modos,
esto no significaba necesariamente una delimitación tajante entre libertades
políticas y libertades civiles.27 Por el contrario, en Bases Alberdi propugnaba
alentar el sufragio universal ("pues la inteligencia y la fortuna en cierto grado,
no son condiciones que excluyan la universalidad del sufragio"), así como la
masiva ciudadanización de los extranjeros:
"Debe prodigar la ciudadanía y el domicilio al extranjero, sin
imponérselo. Prodigar, digo, porque es el medio que se necesita.
Algunas Constituciones sudamericanas han adoptado las
condiciones con que Inglaterra y Francia conceden la
naturalización al extranjero, de que esas naciones no necesitan
para aumentar su población excesiva. Es la imitación llevada al
absurdo".28
Sin embargo, al poco tiempo de formular su proyecto, la secesión de
Buenos Aires habría de revelarle que el proceso de consecución de un orden
abierto a la caída de Rosas resultaría más problemático y conflictivo que lo
esperado; aun más grave en la medida en que, según entendería entonces, el
problema ya no radicaba tanto en la barbarie del desierto, sino en las propias
ciudades "cultas".
"Los enemigos de estos países no están en sus desiertos, sino en
el seno de sus ciudades pobladas de facciosos... Los salvajes no
han destruido ciudad alguna importante, no han derrocado
gobierno alguno legítimamente constituido e instalado".29
Esto importaba una suerte de inversión de su planteo anterior. Si hasta
entonces Alberdi, como el resto de los pensadores de la época, creía tener ante
sí ese desierto en donde, según Sarmiento, "no puede haber vida pública por
el sólo hecho de que no hay público", ahora Alberdi descubría que la raíz del
problema residía en las propias élites gobernantes. Como aseguraba Zavalía
ante el Congreso Constituyente de 1853, "la resistencia a la organización sólo
ha emanado de los gobernantes y nunca de los pueblos".30
Es en este momento que surge (más precisamente con Elementos de derecho
público provincial, escrito por Alberdi luego de la secesión de Buenos Aires)
una política de clara exclusión política. Sin embargo, de acuerdo a lo que por
entonces sostenía Alberdi, dicha política se orientaba, en realidad, a
salvaguardar (a la inversa de Bases) a la "sociedad civil" de los conflictos
que ahora en el plano político ("ese terreno de las eternas controversias") le
aparecían recurrentes y aun inevitables:
"No participo del fanatismo inexperimentado que pide
libertades a manos llenas para pueblos que sólo saben
emplearlas para crear sus propios tiranos. Pero deseo ilimitadas
y abudantísimas para nuestros pueblos las libertades ci-
viles ...son las llamadas a enriquecer y civilizar estos países, no
las libertades políticas, instrumentos de inquietud y ambición en
nuestras manos".31
Con este texto, se cierra el ciclo de las grandes obras doctrinarias y literarias
de la generación romántica. Las cuestiones relativas a la constitución de un
sistema político, la conformación de una clase dirigente y su articulación con
la sociedad parecían haber vuelto al punto de partida en la reflexión de sus
pensadores. Desengañado ya de la posibilidad de que surgiera en lo inmediato
un orden político, la apuesta de Alberdi se orientaría, entonces, a confiar en la
constitución espontánea de una sociedad civil (en tanto que nuevo agente
histórico), distinta del mero medio social (objeto puramente pasivo) existente.
Los años que siguen se desenvuelven en medio de un cierto vacío intelectual;
serán, sin embargo, claves en la definición empírica de dicho proceso. De allí
emergería, en la práctica, un determinado modo de hacer política en el Río de
la Plata, que marcará decisivamente la historia de la vida institucional
argentina de la segunda mitad del siglo.
El debate en torno a la legitimidad
A partir de la presidencia de Mitre (1862-1868) se produce una verdadera
explosión en lo relativo a la actividad política en el ámbito porteño. No sólo
se conforman las grandes maquinarias político-electorales; ello también se
vería acompañado de la difusión de nuevos canales "informales" de
participación política, como el que surge a raíz de la ampliación a
dimensiones hasta entonces desconocidas en la capital argentina de la
prensa periódica, de las asociaciones mutuas y de colectividades extranjeras,
entre otros.32 Sobre dicha base se iría consolidando un modelo político que
transita sobre un doble. sistema de legitimidad, instaurando al lado del
mecanismo formal de la elección periódica un rico y sutil juego de relaciones y
alianzas entre el poder político y la sociedad civil, por el cual aquél logra
articular los vasos comunicantes que le permitirían integrarse como elemento
constitutivo y constituyente a la vez del todo social en el que se inscribía.33
En este contexto se produce una suerte de reconciliación de las élites locales
con las realidades y tradiciones nativas; fenómeno que se expresa en la
explosión de la producción historiográfica -género hasta entonces típica y
sugestivamente subdesarrollado en dicho país si lo comparamos con las
poderosas tradiciones historiográficas ya existentes por entonces en países, no
por mera coincidencia, políticamente más estables, como Chile y Brasil.34 Un
hecho sintomático es la proliferación de las revistas históricas.35 Y es
precisamente Mitre, el fundador del Partido Liberal (que, aunque luego
fraccionado en diversas organizaciones, dominará la política argentina hasta
1916), quien, en su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (obra
cuya elaboración se despliega a lo largo de más de 30 años, desde su primera
edición en 1854 hasta su cuarta y definitiva en 1887), fija el canon para la
interpretación de la historia como un despliegue orgánico a través de etapas
sucesivas en las que las élites locales aciertan infaliblemente a interpretar la
voluntad y las necesidades de su pueblo, ya que sólo así se convierten en tales
élites: tan pronto como fracasan en su tarea, los grupos hasta entonces
dirigentes invariable y automáticamente desaparecen de la historia para dejar
su lugar a otros más aptos. La inescindible alianza objetiva entre la "razón
reflexiva" de las clases dirigentes y la "razón espontánea" de las masas se
convierte en la clave para la evolución nacional argentina.
Sin embargo, la estabilidad del modelo mitrista de hacer política no
tardaría en mostrar sus limitaciones. El fin de los llamados "levantamientos
del viejo estilo" (la montonera) se traduciría pronto en nuevos modos de
irrupción revolucionaria específica e intrínseca al modelo político emergente,
que culminaría con el alzamiento del propio Mitre - quien aspiraba volver a
la presidencia tras ceder su turno a D. Sarmiento (1868-1874) - contra la
elección de N. Avellaneda (1874-1880). La amenaza que tal levantamiento
conllevaba para la estabilidad del régimen debe haber aparecido aun más
dramática a los ojos de los pensadores de la época tras asistir al espectáculo
del derrumbe de Francia como potencia provocado por la inquietante
experiencia de haber sido conducida por un líder de tipo plebiscitario
(Napoleón III). El modelo instaurado por Mitre -siempre sospechado de
coquetear con el tipo de prácticas demagógicas de las que el fundador del
Segundo Imperio sería su símbolo - a comienzos de la década de los sesenta,
parecería, en la década siguiente, sólo el anuncio de una era dominada por
una nueva forma de "barbarie", esta vez generada y desenvuelta desde el seno
mismo del estado.
En este marco es que se agitarán los debates políticos, vehiculizados y
amplificados por la prensa como una nueva tecnología de poder que se fuera
constituyendo a lo largo de esos años. Un nuevo tipo de reflexión sobre los
problemas nacionales se impondría entonces. Sarmiento, uno de los hombres
del momento, verá confirmadas sus reservas respecto al supuesto poder
mágico que Alberdi creía ver en los inmigrantes cuando incluso este mismo
reconociera, desencantado ante la realidad de la inmigración masiva (que ya
entonces había dejado de ser un mero proyecto), que "poblar de este modo es
apestar el suelo mejor dotado".36 Muchos pensarían, sin embargo, que si su
proyecto migratorio había fracasado en regenerar las prácticas políticas, se
debió fundamentalmente a que la propia doctrina alberdiana de exclusión
política lo había impedido. Esto había conducido, se entendería ahora, a que
la consolidación del ámbito de la sociedad civil (que hasta entonces se creía
inexistente y al que desde ahora todos apelarían - a la "gente decente" -
como el sujeto ineludible de toda solución posible) resultara correlativa a su
progresivo distanciamiento respecto a la sociedad política, la cual se habría
conservado imperturbable a las transformaciones producidas en el ámbito de
la sociedad, enquistándose como una "oligarquía", ajena a los reclamos y
necesidades de aquéllos a los que decía representar.
Ambas preocupaciones, el divorcio entre el sistema político y la sociedad
civil y el peligro del surgimiento de un líder de tipo plebiscitario dispuesto a
apelar a los sectores populares para dirimir controversias internas a esta
"oligarquía", serán las que ocupen el centro del debate público. En las
sesiones de la Asamblea Constituyente provincial de 1870 (que duran casi tres
años)37 van a confrontarse las distintas opiniones ante lo que todos advertían
como los serios problemas de legitimidad que enfrentaba por entonces el
orden institucional existente. Alvear será quien, con más precisión, definirá
los déficits de aquel modelo político, inculpando a las doctrinas constitu-
cionales vigentes como responsables de los mismos:
"En un país que hace distinción entre sus derechos civiles y
políticos, y que sólo respeta los primeros y es indiferente a los
segundos, le sucede lo que ha pasado en Francia".38
Esto no suponía, como puede parecer, un intento de forzar una ampliación
indiscriminada de los derechos políticos; "la Francia imperial ha proclamado
el sufragio universal", destacaba Alvear, "y el resultado ha sido el despotismo
más funesto".39 Por el contrario, se trataba de que aquellos sectores
esclarecidos, que fallaban en su misión de élite dirigente de la sociedad y se
encerraban en el ámbito de sus negocios privados, participasen efectivamente
en los asuntos públicos.
La primera línea de análisis tendiente a buscar una solución a dicho
problema la expresaba Marín, quien propuso drásticamente la implantación
del sufragio calificado y censitario:
"Limitemos el ejercicio de la soberanía a la parte más inteligente
y capaz de la provincia o de la ciudad, daremos gran
responsabilidad a las mesas receptoras de votos y entonces el
resultado de la elección será la manifestación franca y verdadera
de la mayoría del país".40
Culminaba, así, el proceso por el cual aquella élite que los románticos
proclamaron como destinatarios naturales del poder político se identifica lisa
y llanamente con las clases propietarias. Ello no suponía, sin embargo, la
adopción de la idea del ciudadano-accionista. Marín, por el contrario,
expresaba inmediatamente a continuación, en clave decididamente románti-
ca, que estas clases propietarias a las que él apelaba representaban "la
manifestación más franca y verdadera de la mayoría del país";41 esto es, su
"razón colectiva".
A éste le respondería Sáenz Peña, señalando lo inútil de su propuesta. Su
crítica tampoco estaba animada por ningún entusiasmo por la idea del
sufragio popular, el cual, según entendía, presuponía "un criterio popular del
que distamos mucho".42 Según Sáenz Peña, la falla en la propuesta a la
limitación del sufragio residía sencillamente en que ésta no alcanzaba a
cumplir su objetivo: la limitación del sufragio no tenía por qué llevar a que
aquéllos que se negaban a cumplir su función pública efectivamente lo
hicieran. La salida yacía, para él, en imponer lisa y llanamente la obligación
del sufragio. Sólo así podría contribuirse "a levantar el espíritu público
abatido", ya que "si dejamos al arbitrio individual el ir o no ir a constituir los
poderes públicos, corremos el peligro de acefalía".43 Lo interesante de su
postura, sin embargo, reside en la estructura misma de su argumentación,
pues en ella se hacían manifiestas las dificultades para articular un sistema
político sostenido sobre la base de la apelación activa a las clases que, según
Sáenz Peña, constituían la expresión más noble del conjunto de la sociedad.
En efecto, al señalársele que ello suponía imponerle a estos ciudadanos
activos la obligación de cumplir una función pública en contra de sus propios
deseos, Peña respondía que:
"Desde la ley más importante hasta el más humilde ordenanza
municipal podría encontrar resistencia en el pueblo. ¿Y por eso
hemos de decir que no podemos restablecer lo que consideramos
más adecuado para la felicidad del pueblo, porque el pueblo
podría resistir a los propósitos de los legisladores que establecen
ciertos mandatos? Esto, por lo menos, no es regular.
Yo no me alarmaría ante la idea de que pueda presentarse el
caso de tener que multar a 20.000 habitantes".44
Semejante idea de forzar a los "20.000" ciudadanos activos - supuestos
depositarios naturales del poder político - a votar conlleva un desplazamiento
en la línea argumental. Ya el legislador no sólo no habla en nombre de la
voluntad general, sino tampoco de la razón colectiva encarnada en aquel
sector específico de la sociedad; lo que lo guía ahora es la "felicidad" de su
pueblo, sus intereses, que le deben ser revelados e incluso impuestos contra su
propia voluntad. Surge aquí una nueva instancia, suerte de "élite política"
(portadora del saber) de esa otra nueva "élite económica" (la burguesía)
definida por Marín y encargada de señalarle a su clase (que cuenta ahora con
los medios para imponer su preeminencia pero no los sabe aún utilizar) lo que
mejor le conviene (y cuyos intereses particulares como clase se confundían
ahora con el "interés general" de la sociedad). Poco a poco se va perfilando
una nueva línea de pensamiento que, como veremos, sólo otros, más tarde,
desarrollarían.
Antes señalemos, para situarnos en el contexto del debate, que estos
embates argumentales tenían un destinatario claro: Mitre, el por entonces
gobernador de la provincia de Buenos Aires y candidato a la próxima
presidencia (cuyo triunfo parecía descontado), y a quien la oposición
identificaba ya públicamente como representante de una "oligarquía" que
se había enquistado ilegítimamente en el poder. Su control sobre la
maquinaria política bonaerense (y también el Congreso Nacional), junto
con su habilidad oratoria para desmontar la lógica de sus oponentes y hacer
manifiestas sus contradicciones, le permitirían a Mitre imponer sus puntos de
vista sin mayores sobresaltos. En definitiva, Mitre demostraría cómo aquellas
posturas antes mencionadas resultaban incompatibles con los principios
consagrados por la Constitución.
"La teoría del voto obligatorio está fundada en esto: en que el
sufragio no es un derecho del pueblo, sino una función pública
encomendada a ciertos ciudadanos... Así, pues, para hacer
prevalecer esa teoría del deber contra el derecho, es preciso
borrar a este último.45 Todos los argumentos que se han hecho
contra el proyecto han sido tendientes a la negación de los
principios de que fluye el sistema representativo republicano".46
Desde esta perspectiva, le resultaría sencillo descalificar todas las
propuestas de modificación a su proyecto. No obstante, el republicanismo
mitrista no debe confundirnos. Mitre tampoco pretendía (ni quería) erigirse
en vocero de la voluntad popular sin más. Sabía, en realidad, que, para el
nuevo consenso instalado, ésta no aparecía ya como un fundamento válido y
suficiente para la legitimación del ejercicio de la función pública. Como él
mismo afirmaba, "Rosas apeló al pueblo, Napoleón apeló al pueblo".47 En
definitiva, también Mitre admitía la existencia de una cierta racionalidad
independiente de la voluntad de los hombres. De allí que en el proyecto que
propusiera incluyera una suerte de fórmula transaccional, según la cual se
afirmaría que el sufragio es a la vez "un deber y un derecho".
Lo más característico del pensamiento de Mitre residía, sin embargo, en que
tallaría consistentemente en la contradicción que la doctrina de la "razón
general" encerraba en relación a las instituciones democráticas. Herencia,
para él, de la Ilustración, que suponía una concepción de lo social demasiado
elemental a sus ojos, planteaba graves problemas de compatibilidad a la
nuevas teorías sociales. La única solución posible, entendía, consistía en
aceptar la existencia de una doble vía de acceso a la razón, ambas igualmente
válidas (idea que, como vimos, estaba en la base de su modelo de
interpretación de la historia argentina ensayado en Historia de Belgrano). A
la vía especulativa propia de las élites, Mitre le opondría, entonces:
"La razón pública [que] está más arriba que nosotros porque
tiene esa conciencia experimental [sic] que se adquiere en medio
de la lucha, en medio de la práctica de los gobiernos libres.
Digo que el pueblo (y no me refiero a esta parte mínima) ... ha de
mirar con cierta sonrisa estas discusiones metafisicas".48
Lo que en tiempos de Rosas parecía una contradicción insoluble - la
relación entre la razón colectiva y la voluntad popular - habría de verse ahora
íntimamente asociado en una suerte de armonía preestablecida (Mitre llega
incluso a colocar la "razón pública" por encima de la "razón metafisica").
Una lógica sin fisuras que se sustentaba en una visión compacta y en un
último análisis fuertemente fatalista de la realidad, y sobre todo un aceitado
sistema de relaciones políticas (ayudado entonces por el apoyo de Alsina), le
permitieron a Mitre imponer fácilmente su proyecto, casi sin modificaciones.
No obstante, los problemas de legitimidad planteados al modelo que él había
instaurado resultaban ya insoslayables. La respuesta de Mitre, que puede
sintetizarse en la fórmula de "no innovar", no ofrecía alternativa ante el
peligro de la inestabilidad que el fraude y la "oligarquización" de la vida
política parecían representar.
En definitiva, será el mismo Mitre -paradójicamente- el que revelaría la
debilidad de un régimen que enfrentaba ya fuertes (aunque aún aisladas)
contestaciones. En efecto, cuando ante la propuesta de someter su proyecto a
un plebiscito popular respondiera que ésas eran "simples fórmulas", sentó
una doctrina de profundas consecuencias: no sólo asomarían ciertas fisuras
mal disimuladas entre la "razón colectiva" y la "voluntad general", sino que se
expresa así la idea, potencialmente subversiva, de que la razón pública tiene
siempre múltiples vías para imponerse alternativas al puro formulismo del
sufragio, lo que podía fácilmente convertirse en una legitimación del principio
de sedición. Y aunque no haya sido éste su propósito original, sería el mismo
Mitre quien, llegado el momento, lo habría de poner en práctica.
La revolución del '74 (que dividió al país político por la mitad) marcó un
hito en esta historia.49 A partir de entonces, parecía ya inevitable un
replanteamiento de las condiciones en que se desenvolvía la vida política
bonaerense. Se iniciaba, pues, el lento proceso de adecuación de esa
maquinaria política a las condiciones que le imponían no sólo la fuerte
contestación interna a la que se veía sometida, sino fundamentalmente la
presión que significó el surgimiento de un poderoso aparato de poder
alternativo - la llamada "liga de los gobernadores" - capaz de disputarle la
hegemonía a nivel nacional.50 En torno a estas presiones es que se iría
redefiniendo el régimen político y surgiría un nuevo sistema de relaciones de
poder. El primer resultado de ello es la llamada "política de conciliación",
iniciada por Avellaneda, que, a pesar de su fracaso, permitió la proclamación
de Roca como Presidente en 1880. Con ello entramos a una nueva etapa en el
desarrollo del pensamiento liberal argentino.
El tercer momento liberal: de la élite a las clases sociales
La estabilidad de la primera década de roquismo descomprimió el debate
político. Las viejas querellas parecían desdibujarse tras el consenso forjado
por las nuevas alianzas de poder. Pero si la proclamación de Roca logró
amplio consenso inicial, sus últimos años de gobierno marcaron una
declinación que, para muchos, tenía sus raíces en la degeneración del
régimen político oligárquico mitrista en lo que llamaban una autocracia
instaurada por Roca. El creciente aislamiento del poder central se iba a
acentuar durante la gestión de su pariente y sucesor, Juárez Celman. José
Ingenieros definía, en Sociología Argentina, este "desajuste" creciente entre la
sociedad y su sistema de gobierno mediante una analogía. La sociedad
argentina, decía, era como una planta que no había dejado de crecer y que,
llegado el momento, había roto la "maceta" del marco jurídico-institucional
en que se encontraba, siendo pues necesario su transplante a otra más amplia.
Simbolizaba, así, la problemática central que va a ocupar (continuando las
líneas de análisis iniciadas la década anterior) a la nueva generación de
pensadores a partir del '80: ahora la cuestión ya no habría de pasar tanto por
la falta de orden como, por el contrario, precisamente por la existencia de un
orden demasiado estrecho que no llegaba a contener una realidad que lo
superaba.
El "último" Sarmiento señalaba el divorcio entre el poder económico y la
práctica política "criolla" que dejaba fuera a aquéllos que eran verdadera-
mente los que estaban construyendo el progreso argentino (que, por otro
lado, ya por entonces parecía incontrastable).
"Viviendo sin derechos ni acción de ciudadanos, y contra-
balanceando la política criolla, en número, riqueza e influencia,
forman una sociedad sin derechos políticos, que deja en minoría
a la parte culta de la sociedad criolla.
Puede decirse que por falta de veinte mil votos honrados,
instruidos, propietarios de toda la república, pudo triunfar la
intriga de los gobernadores y ambiciosos confabulados".51
Esta situación es la que habría de desembocar en la llamada Revolución del
Parque (1890),52 la que, por otro lado, también serviría para operar una
segunda línea de ruptura a nivel conceptual: ella no sólo haría manifiesto el
grado de distanciamiento entre el llamado régimen oligárquico y las clases
económicamente dominantes (o importantes sectores de las mismas, al
menos), sino que además demostraría la imposibilidad de seguir apelando a la
movilización de sectores sociales populares que podrían convertirse
rápidamente en una seria amenaza para el sistema en su conjunto. No es
casual que hacia esos años emergiera la cuestión relativa al papel de las
multitudes en la historia argentina.53 La armonía de la relación entre las masas
y sus grandes hombres que fatalmente acertaban en interpretarla (y
precisamente por ello se convertían en tales grandes hombres), planteada
por Mitre, vuelve a ser materia de controversia.
En este marco es que se van a profundizar otras líneas de debate ya
esbozadas también en la Asamblea Constituyente provincial de 1870-1873. Su
desarrollo marca, sin embargo, el tránsito hacia una nueva forma de
pensamiento que llamaremos "el tercer momento del pensamiento liberal".
Surgía, entonces, lo que habría de denominarse el proyecto de una
"democracia orgánica". La primera tendencia en este sentido, que pronto
haría suya al "núcleo duro" de los pensadores identificados con el programa
liberal, surgiría entre el círculo de pensadores católicos. Lejos del catolicismo
ultramontano, postularían la religión como el soporte moral necesario para la
afirmación de las instituciones republicanas. Conscientes del carácter
minoritario y del lugar subordinado (aunque insoslayable) que ocupaban en
la escena política nacional argentina, harían un planteo propio de los
problemas de legitimidad que enfrentaba el orden existente, que anticipaba
algunos de los rasgos fundamentales que definirían aquella nueva expresión
del ideario liberal surgida en Francia con Taine, Renan y los llamados
"padres fundadores" de la Tercera República.54
Para J.M. Estrada, la cuestión de fondo no radicaba en la limitación o no
del sufragio popular. El problema real estribaba, según entendía, en la
existencia de una serie diversa de expresiones políticas, todas igualmente
válidas, pero que, sin embargo, no todas encontraban cabida y expresión
institucional. De allí que propusiera modificar el sistema de elección
uninominal por distrito, a fin de permitir la representación de las minorías
(la única de las reformas a la constitución "aceptadas" por Mitre).
"No está el mal en el sufragio universal mismo ... el mal está en
que no todas las voluntades, en que no todos los derechos y
todas las opiniones están representadas en los cuerpos
colegiados ... así es que la representación de las minorías es la
base de los sistemas democráticos y los principios liberales".55
Dicho principio representaba un cambio con respecto a las concepciones
dominantes en la época en relación a los modos de hacer política y fijar los
mecanismos de representación. Desaparece con él el concepto de lo social
como conformando un todo homogéneo implícito en el planteo de las
relaciones entre gobernantes y gobernados en términos de masas y élites (o
bien de voluntad y razón) al postular la coexistencia en el seno de la sociedad
de diversas racionalidades, irreductibles entre sí y todas igualmente válidas
(idea completamente ajena ya a los románticos, para quienes pensar en que
pudiera existir más de una racionalidad social resultaba algo tan absurdo
como postular que existe más de una lógica). Un sistema político orgánico
sería, pues, según este concepto, aquél en que se encontrasen expresadas todas
ellas.
Un paso más, decisivo en este sentido, lo realiza V.F. López. Refiriéndose a
Estrada, insistía que las ideas u opiniones eran aspectos relativos y
circunstanciales en la conformación de toda sociedad. Lo verdaderamente
constitutivo de ellas pensaba que eran los intereses, y las diversas clases
sociales a las que aquéllos representaban.
"Por otra parte, esta entidad que se llama pueblo tampoco
existe...es una entidad ficticia. Lo que existe en el pueblo son
clases, y estas clases tienen sus intereses particulares, sus
intereses armónicos, que no siempre están de acuerdo con los
intereses del mayor número, que es lo que se llama soberanía del
pueblo".56
Para López, el "imperio del número" había barrido todos los demás
intereses legítimos, como aquéllos de las llamadas "clases conservadoras".
Para éstas reclama entonces López la adscripción exclusiva de una de las
Cámaras (la de Senadores), a fin de que todos los sectores sociales encuentren
expresión en el sistema político.
El propio V.F. López daría expresión historiográfica, si bien quizás un
tanto rudimentaria todavía, a esta nueva perspectiva de lo social, que sólo en
la primera década del presente siglo encontrará una formulación más acabada
con José Ingenieros. La supuesta carencia de competencia hermenéutica por
parte de López, comparada con el reconocido arsenal de recursos
bibliográficos con los que contaba Mitre, y una actitud marcadamente
aristócratica y conservadora conspiraron para crear una imagen del
pensamiento histórico de López como una figura anacrónica en aquellos
aspectos en que era precisamente más actual. Una visión del transcurso
histórico argentino definitivamente menos lineal - desgarrado en su
transcurso orgánico y escindido en dos eras brutalmente separadas por la
revolución y la consecuente destrucción de las antiguas jerarquías que
pudiesen balancear los impulsos democráticos del nuevo siglo - que la de
Mitre, visión inspirada en los más recientes debates historiográficos
dominados por el clima intelectual de la Tercera República Francesa, harían
de la Historia de la República Argentina (diez tomos escritos entre 1883 y
1893) de López un instrumento mucho más sensible a los nuevos desafíos
planteados por la emergencia de lo que J.L. Romero llamara la "Argentina
aluvial":57 la integración política de sectores sociales cada vez más
heterogéneos y dinámicos dificilmente podía ya aceptarse como el resultado
de un puro concurso espontáneo entre las élites y una "masa" indiferenciada.58
Algunos años más tarde, Ingenieros, aunque partiendo de adscripciones
políticas autodefmidas como progresistas, se basaría en las mismas premisas
de López para formular un modelo de ordenamiento político. En Sociología
Argentina, Ingenieros denunciaba un régimen dominado por una sola clase
social, lo cual lo condenaba a una radical ilegitimidad. Para él, la constitución
de un sistema estable de gobierno sólo iba a estar acabada en el momento en
que las diversas clases que conformaban la sociedad argentina (rural,
empresaria y proletaria) homogeneizasen sus respectivos intereses y
articularan los mismos en la arena política. Una sociedad cuyos contornos
se percibían aún como difusos cobraría, así, sus formas definitivas. Entonces
podrían tales clases dar forma como tales a los partidos que las representasen
e integrarse al juego político de la democracia representativa.
De este modo, tenemos aquí, finalmente definido, un nuevo sistema de
pensamiento, que transita de una concepción de lo social en términos de
masas y élites a otra que postula la existencia de diversas clases sociales, cada
una con intereses, opiniones y, en fin, racionalidades diversas, que no pueden
subsumirse ni reducirse a ninguna de las otras junto a las que - y frente a las
cuales - conforman el todo social. Se destruía, pues, la unidad de la llamada
razón colectiva y de la élite en la cual ésta se depositaba, sin que por ello se
abandonase la idea de un interés general que primaba por encima de los
intereses particulares. Se presuponía, así, que estos últimos, si bien
irreductibles unos a otros, no resultaban, sin embargo, contradictorios entre
sí, sino por el contrario, complementarios y funcionales respecto a la sociedad
considerada en su conjunto. La democracia orgánica sería la plasmación
institucional de ese interés general; suerte de sublimación de la lucha de clases
(esto es, su canalización por vías socialmente aceptables).
Sin embargo, Ingenieros también advertía que en la sociedad argentina en
su estado actual, marcado por la movilidad social propia de un país de
"fronteras abiertas" (lo que aventaba la urgencia de tal transformación), tal
modelo sólo podía concebirse como un proyecto a largo plazo.
"Este período de transición, caracterizado por cierta inestabili-
dad de las clases sociales, sólo puede durar mientras nuevas
zonas del territorio sean valorizadas por los capitales y los
brazos inmigrados; a medida que disminuya la tierra libre, los
problemas económicos se irán planteando en términos precisos
y la diferenciación social en clases será un fenómeno estable,
acompañado por los mismos conflictos de intereses que la
historia señala en el viejo mundo".59
Lo que no aparece en Ingenieros es un modelo para pensar dicha transición.
Esa fue la tarea que le correspondió al grupo formado en torno a la Revista de
Ciencias Políticas. Revista fundada en 1910 en la Facultad de Derecho y
Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y dirigida por Rodolfo
Rivarola, se convertiría en el órgano de los sectores reformistas (que
terminarían imponiéndose con la ley Sáenz Peña) liderados por Joaquín V.
González.60 La denuncia del sistema oligárquico, dominado por la situación
(formada por el grupo de los gobernadores provinciales y funcionarios
menores a sus servicios), va a ser el latiguillo que agitarían los nuevos
ideólogos del proyecto de regeneración política que comenzaba a vislum-
brarse como insoslayable. Sin embargo, no todos sus miembros coincidían en
la naturaleza de sus males y en los remedios adecuados. Rodolfo Rivarola
veía en los principios federalistas consagrados en la Constitución la fuente de
todos los males de tal sistema.
"Se ha tomado el régimen unitario como de centralización
despótica o tiránica ... Ha existido ese equívoco; y a él se debe que
en presencia de este federalismo argentino siempre mentado sin
que se llegara jamás, no se haya reaccionado en busca de una
organización que concluyera con la `oligarquía', fruto del
federalismo".61
La consecuencia de ello sería la burla constante del sufragio popular.
"La preparación para las futuras elecciones de Presidente de la
República determina el anhelo de apoderarse de las Nitua-
ciones" provinciales. No se cuentan los votos del pueblo, se
cuentan los de los gobernadores... ¡Y los federalistas siguen
creyendo en las elecciones de origen popular!"62
La solución que Rivarola propone a la radical ilegitimidad de dicho sistema
político no consistía, sin embargo, en la efectiva ampliación de los derechos
políticos. Lo que proponía (y con ello le parecía suficiente para terminar con
las prácticas inmorales de los gobernadores) era abandonar la vieja
Constitución federalista, dando lugar a nuevas formas unitarias de gobierno:
"Ante la gravedad del problema, los partidos populares no ven
otra solución que el cumplimiento de la Constitución federal y el
sufragio libre; y parten de una premisa que se tiene por
verdadera. Yo veo de distinto modo, y por mi convicción y mi
alejamiento de los partidos políticos, que encuentro ilógicos,
escribo con entera independencia lo que pienso. La solución no
resultará de empeñarse en cumplir un Constitución imposible:
estará en adoptar un nuevo régimen posible".63
N. Matienzo, otro de los miembros del equipo editorial de la Revista de
Ciencias Políticas, quien compartía con Rivarola y sus colegas las
preocupaciones por el descrédito y el aislamiento en que había caído el
régimen, parecía tener, sin embargo, una visión más compleja de la situación.
Reprochaba a Rivarola su exclusivo énfasis en las cuestiones relativas a las
formas de gobierno y al modo de ejercer el sufragio popular. El verdadero
dilema no lo entendía Matienzo tanto en términos de una antinomia entre
federalismo versus unitarismo. El sistema federal no era intrínsecamente
perverso, ni la causa última de los males en el gobierno. "Hay tantos
federalismos como naciones federales", afirmaba en El gobierno representa-
tivo federal, "cada pueblo tiene su Constitución particular y su modo peculiar
de practicarla".64 Al respecto, creía suficiente el ceñirse a un estricto respeto al
espíritu de la Constitución existente, que era, en definitva, lo que se había
violentado en la práctica.
Para Matienzo, pues, la raíz del mal no estaba tanto en la Constitución
misma como en el hecho de que el marco institucional por ella consagrado se
hubiera trastocado y convertido en una mera cáscara, tras la cual se escondía
un sistema de favores y servicios personales a través del cual la clase
gobernante no sólo lograba perpetuarse en el poder, sino que impedía a la vez
encontrar en su seno conciencias culposas que no se viesen ya atrapadas, ellas
mismas, en la red de ese juego sutil en donde todos sabían cómo hacer olvidar
las posibles "desprolijidades" legales. Y si ello había sido útil, quizás, para la
conformación de una clase política homogénea, en la que la unidad de
principios y valores reinante permitía un grado de estabilidad al sistema
imprescindible para la consolidación del orden, llegado el momento de su
necesaria reforma se convertía en un obstáculo insalvable.
Por otro lado (y esto era aun más grave), toda apelación a la opinión pública
le parecía inútil a Matienzo, dada su ausencia, debido justamente a que
semejantes prácticas políticas habían impedido su formación. Las tendencias
dominantes parecían oscilar entonces, peligrosamente, entre un régimen
socialmente aislado y un "partido de los indiferentes", que crecía
continuamente, y, llegado el caso, podía engrosar el capital de un
movimiento fuertemente contestatario que pusiera en peligro el propio
sistema institucional, como lo demostraran los acontecimientos del '90. En
este hecho, la ausencia de una opinión pública, y no en la Constitución,
radicaría, pues, la causa última de la debilidad del régimen, y era la que había
realmente que combatir.
"Los vicios sustanciales que las perturban no dependen de la
estructura federal establecida por la Constitución, sino de
causas más hondas que la simple distribución del poder político
entre la autoridad central y las locales. Lo que ante todo surge
con evidencia ante el investigador es la incapacidad demostrada
hasta ahora por el pueblo para el ejercicio del sistema
representativo".65
De allí que la solución tampoco pudiera provenir simplemente de la
ampliación de la participación política, sino que requiriese previamente un
saneamiento moral del régimen y sus partidos encargados de realizar su
autoregeneración; de alcanzar entre ellos una suerte de "compromiso ético"
que permitiese erradicar las prácticas visiblemente viciosas en el ejercicio de la
función pública.
"Antes de fundar partidos reformistas sería más urgente educar
el criterio de los ciudadanos, elevar su nivel ético y hasta formar
ligas encargadas de defender la moral común que todos los
partidos deben profesar como condición sine gua non de todo
progreso institucional".66
El proyecto reformista parecía, pues, comprenderse a sí mismo como la
empresa de autoregeneración de aquellas prácticas que habían teñido de
ilegitimidad el régimen y conducido al mismo a un aislamiento social
peligroso. La salida de tal aislamiento no se concebía, por lo tanto, en
términos de una expansión del ejercicio efectivo de los derechos políticos, sino
en lograr una mayor transparencia pública de los actos de gobierno que
permitiera integrar progresivamente al debate institucional a los "indifer-
entes", y así ir comprendiendo en él a una sociedad que se había hecho mucho
más rica y compleja que aquélla que diera origen al orden político existente.
En definitiva, lograr superar esta suerte de atrofia que afectaba a aquéllos que
debían ser los vasos comunicantes entre el poder y la sociedad.
Si bien el desafio estaba planteado, la urgencia de tal transformación no
parecía aún apremiante, no obstante. La prosperidad económica, se sabía,
tranquilizaba los espíritus y alargaba los plazos.
"No hay que desesperar si el tiempo no trae con la deseada
rapidez el perfeccionamiento de las instituciones. Lo que
interesa, sobre todo, es que el país se reconozca a sí mismo...
Y reconozcamos, asimismo, que las deficiencias institucionales
no han obstado a que la República Argentina progrese en
población, en riqueza, en cultura y en libertad civil".67
De todos modos, la debilidad del sistema ya no podía soslayarse. La
realidad de los acontecimientos habría finalmente de acercar sus propias
soluciones, empujadas por el reclamo de participación de los nuevos actores
sociales que habían emergido junto a la Argentina de las "vacas gordas" y los
políticos inescrupulosos. Estos van a apurar una ampliación del sistema de
representación más allá de lo que los propios ideólogos del proyecto
reformista habían previsto. Sus consecuencias serían también insospecha-
das.68 La ampliación (en la práctica, bastante restringida)69 del espacio
político, que tenía por finalidad incorporar los sectores políticos y sociales
emergentes al orden hegemónico, terminaría abriendo las puertas a un nuevo
juego político que ya no tendrá al antiguo personal político en su centro ni se
ordenará según las reglas con las que éstos habían gobernado treinta años
una Argentina cuya modernización empezaba a mostrar sus escondidas
limitaciones. Con la sanción de la Ley Sáenz Peña encuentra también su
término, sólo previsible visto retrospectivamente, una historia desenvuelta
por los complejos senderos de un siglo agitado de vida política, y cuyos
lineamientos raramente sintieron obligación alguna de ceñirse a las premisas
de cierto modelo liberal de constitución de un sistema político moderno de
gobierno, que algunos presuponen como el único natural.
Conclusiones
El seguimiento precedente de las diversas líneas de pensamiento que se
sucedieron a lo largo del siglo pasado en Río de la Plata, aunque sumario,
basta para demostrar que el tan mentado desencuentro entre liberalismo y
democracia no puede explicarse como una mera respuesta a determinadas
realidades que hacían aún inconcebible la aplicación de principios de cuya
validez, en la teoría, no cabía, por auto-evidentes, duda alguna. Las supuestas
"desviaciones" de los principios liberales -entendidos como formando una
suerte de herencia compacta; integrando un sistema coherente e inmutable de
premisas fijas, aunque más o menos "bastardeadas" en la práctica- se revelan
ahora como constituyentes y constitutivas de discursos siempre incrustados
en una historia política jalonada por rupturas y permanentes redefiniciones.
El supuesto que guía este trabajo es que entre los discursos y las prácticas
políticas no existe una mera relación mecánica de adecuación (o inadecua-
ción) recíproca. Una no pre-existe a la otra, sino que constantemente se
redefinen mutuamente en el juego de su interacción histórica. Si lo que por
mucho tiempo fue un ideal (el sufragio universal efectivo) termina
imponiéndose en la realidad, lo hará en un contexto muy diverso al que
fuera inicialmente concebido, y cuando las ideas y fundamentos teóricos
sobre los que originariamente se sustentaba habían sido ya definitivamente
abandonados junto con las realidades históricas en función de las cuales
había sido pensado. Tales circunstancias no representan meros "accidentes"
en su trayectoria, sino que modificarán su mismo concepto.
Imaginado alguna vez como el instrumento para la emancipación de
individuos supuestos como originariamente autónomos, advertida luego la
persistencia de las condiciones de desigualdad que la propia sociedad imponía
a los hombres como condición de posibilidad para su propia reproducción
como tal, terminaría finalmente por convertirse en el esquema mediante el
cual institucionalizar tales desigualdades. No será este giro lo que forzará, sin
embargo, las redefiniciones en el legado iluminista-liberal (el pensamiento de
la Ilustración no carecía de criterios de exclusión política), ni tampoco el
hecho de enfrentarse a una realidad demasiado ceñida a sus tradiciones, sino
precisamente las consecuencias que la misma quiebra de tales tradiciones
había generado. Es la propia convulsión desencadenada con las guerras de la
independencia, a las que el pensamiento iluminista brindara sustento
ideológico, lo que tornaría inactual tal modo de pensamiento y motorizará
las sucesivas reelaboraciones que se suceden hasta mediados del siglo pasado.
Con el romanticismo se produce una refiguración de los modos de concebir
lo social; modos que no pueden concebirse como meras formas más o menos
bastardeadas del legado liberal iluminista originario. Las nuevas premisas de
pensamiento se fundarían sobre la base de un concepto distinto de la sociedad
moderna como una forma inédita de existencia colectiva, dotada de una
dinámica propia, y a la que sus élites debían tratar de comprender y dirigir. El
ejercicio del poder se ligaba, así, a la posesión de un "saber" objetivo, que, sin
embargo, si bien no se confundía con la "voluntad popular", no podía
tampoco oponerse a ella (al menos no considerada en un sentido histórico).
La afirmación del régimen rosista enfrentará, no obstante, a los románticos
argentinos a la situación paradójica de un aparente divorcio, en las tierras
rioplatenses, entre la razón y la voluntad popular, lo que teñiría la historia
local de un no por familiar menos problemático aire de irracionalidad. Las
realidades locales parecían desafiar entonces su conceptualización según los
términos propuestos por el evolucionismo histórico.
El período de la "organización nacional", asociado a un nuevo modo del
ejercicio de la práctica política (que se despliega en el ámbito de una esfera
pública ampliada), iniciaría la reconciliación de las élites criollas con su
pasado y sus poblaciones nativas, proceso que se expresa en el modelo
historiográfico ensayado por Mitre. La "razón reflexiva" de las élites y la
"razón espontánea" podrían entonces convivir armoniosamente (al menos, a
los ojos de Mitre), pero sólo hasta que el proceso de complejización social que
el mismo orden generara comenzara a dar sus frutos. El mismo pronto
tornaría anacrónico un modelo fundado en una apelación directa a las masas
urbanas a través de los diversos canales informales de participación política
que por entonces proliferan. El modelo mitrista, luego asociado al de una
democracia plebiscitaria fracasada en Francia, se convertirá, así, en el objeto
de una serie de críticas, que abrirán paso a una nueva reconfiguración del
pensamiento liberal no menos radical que la producida medio siglo antes con
la emergencia del romanticismo.
El período de la llamada "organización nacional" representó, básicamente,
la afirmación de un modo nuevo de hacer política, y de concebir la naturaleza
del poder. Hacia mediados de la década de 1870, tal modelo comienza a
mostrar sus fisuras. Y con ello se esbozan las primeras redefiniciones de las
categorías políticas sobre las que se fundaba. Los primeros en avanzar nuevas
fórmulas de pensamiento serán los sectores conservadores católicos, pero las
mismas pronto serán apropiadas por los sectores liberales y progresistas para
afirmar su proyecto reformista. En el nuevo concepto de la representación
política habrán de abandonarse progresivamente las categorías de "masas" y
"élites" como articuladoras de un saber objetivo sobre lo social, para dejar su
lugar a la idea de "clases sociales", entendidas como entidades relativamente
autónomas, cada una poseedora de una racionalidad y, por lo tanto, de un
tipo de saber específico (algo inconcebible para la generación anterior). Se
quebraba, así, la idea romántica de la unidad de la razón. La idea asociada de
"democracia orgánica" que surge entonces aparecerá como resultante de
intereses, si bien no necesariamente contradictorios entre sí, siempre
particulares e irreductibles: en la "Argentina aluvial" la "república
ampliada" de los reformistas sería la mejor adecuada a lo que aparecía
como un conglomerado altamente inestable que sólo se puede mantener
unido por la permanente negociación estratégica entre perspectivas
encontradas. Semejante idea, que se encuentra en la base del proyecto de
apertura política iniciado tras la Revolución del Parque, conducirá, sin
embargo, en 1916, a consecuencias inesperadas. Y ello quizás ayude a explicar
algunas de las razones de la fragilidad de su constitución posterior.
La evolución histórica del concepto de representación política, cabe
afirmar, pues, no respondió a razones sencillas ni a diseños ya contenidos
en las propias premisas del pensamiento liberal. Del mismo modo, las
diversas redefiniciones que se operan en él no son, por otra parte,
inherentemente más democráticas o autoritarias (como sugieren las
antinomias usuales entre organicismo y mecanicismo, o historicismo e
iluminismo) que la originaria, sino abiertas a distintas posibles lecturas y
aplicaciones.70 Y ello porque su traducción en fórmulas políticas concretas no
se despliega en el terreno de la pura lógica de los conceptos, sino en el seno de
prácticas políticas, históricamente determinadas, de las que los sistemas de
pensamiento no son sino una parte constitutiva; prácticas que, además, en el
Río de la Plata, han sido lo suficientemente complejas y cambiantes como
para desafiar los intentos de su reducción al mero desarrollo lineal de un
supuesto modelo, definible a priori, de "república posible".
- Este trabajo fue elaborado como parte de un programa de investigación
dirigido por la Dra. Hilda Sábato. A ella quiero agradecer la paciente lectura
de diversos borradores y sus valiosos consejos.
NOTAS
Ver Tulio Halperín Donghi, Revolución y Guerra. Formación de una élite dirigente en la
Argentina criolla (Buenos Aires: Siglo XXI, 1972), pp. 52 y ss..

Algunas de las obras más significativas sobre el tema son: C. Alberini, Precisiones sobre la
evolución del pensamiento argentino (Buenos Aires: Docencia, 1981); N. Botana, La tradición
republicana (Buenos Aires: Sudamericana, 1984); B. Canal Feijóo, Constitución y revolución
(Buenos Aires: Hyspamérica, 1986); L.J. Guerrero, Tres temas de filosofa en las entrañas de
Facundo (Buenos Aires: Docencia, 1981); J. Ingenieros, La evolución de las ideas argentinas
(Buenos Aires: Problemas, 1946); A. Kom, Influencias filosóficas en la evolución nacional
(Buenos Aires: Claridad, 1937); y J.L. Romero, Las ideas políticas en Argentina (México:
F.C.E., 1984). La lista detallada de autores y obras que han desarrollado este tema sería casi
infinita, y una evaluación de los diferentes matices y diferencias, y aun marcadas oposiciones
que, ciertamente, no faltan en ella, resulta completamente fuera del alcance de este trabajo.
Una aproximación a ello puede encontrarse en Elías Palti, Sarmiento. Una aventura
intelectual (Buenos Aires: Instituto de Historia Argentina y Americana -UBA-, 1990),
Cuadernos del Instituto Ravignani No. 3, "Introducción". De todos modos, no resultará
sorprendente, para aquéllos familiarizados con la historia argentina, descubrir que las rígidas
dicotomías instaladas en su historia intelectual, sobre todo a partir de la irrupción del
peronismo, han casi obligado a que aun los más ásperos debates y constrastantes opiniones
en la subdisciplina hayan funcionado todos sobre la base de la matriz de pensamiento que
aquí someramente se expone.

Una perspectiva tal se encuentra en realidad fuertemente enraizada (de allí, probablemente,
su pregnancia) en una tradición de pensamiento, marcadamente dicotómica, que no es
exclusiva para el caso de Argentina. La idea de una oposición radical entre ideales
progresistas y conservadores forma parte de un concepto del proceso de modernización en
Occidente como un fenómeno compacto ["una serie de secuencias y componentes cuya
relevancia es global", al decir de D. Lerner, The Passing of Traditional Society (New York:
Free Press, 1964), p. 46] que ordena los diversos niveles de la realidad, incluidos los sistemas
de pensamiento. El antagonismo entre el "espíritu de Mayo" y las tradiciones locales sería,
pues, un capítulo más en la larga historia de lo que Talcott Parsons llamó la lucha, en la
construcción de las sociedades modernas, entre "universalismo" y "particularismo". Para una
crítica de este enfoque, ver R. Bendix, "Tradition and Modernity Reconsidered",
Comparative Studies in Society and History 9.3 (Apr. 1967): 292-346.

N. Botana, El orden conservador. La política argentina entre 1880-1916 (Buenos Aires:
Sudamericana, 1977).

C. Alberini (op. cit.) consagraría la fórmula de "iluminismo de fines e historicismo de medios"
para caracterizar la naturaleza del pensamiento liberal postrevolucionario, fórmula que se
convertirá en el lugar común en la historiografia intelectual argentina.

Ver N. Botana, op. cit., 13; J.L. Romero, op. cit., pp. 182-186.

P. Rosanvallon, Le moment Guizot (Paris: Gallimard, 1985), p. 13.

T. Halperín Donghi, op. cit., pp. 178-179.

M. Moreno, "Sobre la misión del Congreso Constituyente", en Escritos económicos y políticos
(Buenos Aires: La cultura argentina, 1918), pp. 279.

B. de Monteagudo, "Estado actual de la revolución", 10/7/20, en Horizontes políticos (Buenos
Aires: Jackson, 1953), p. 189.

Monteagudo, Horizontes, p. 218.

Citado por S. Medrano, "Los aspectos sociales en el debate sobre la ciudadanía en 1826",
Revista de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (Buenos Aires, 1953), Año VIII, N° 35,
p. 1169.

En un contexto análogo, ya a Sieyés se le planteó la misma contradicción. Cf. Prelot-
Lescuyer, Historia de las ideas políticas (Buenos Aires: La ley, 1986), p. 296.

T. Halperín Donghi, "Liberalismo argentino y liberalismo mexicano", en Espejo de la historia
(Buenos Aires: Sudamericana, 1987), p. 158.

Citado por Medrano, ibíd., p. 1168.

Citado por Medrano, ibíd., p. 1169.

T. Halperín Donghi, Historia Argentina. De la revolución de la independencia a la
Confederación Rosista (Buenos Aires: Paidós, 1972), pp. 167-169.

Ya The British Packet, por ejemplo, advertía que "las instituciones que no están
fundamentadas o sostenidas por la costumbre no pueden durar en ningún pueblo" (The
British Packet, Buenos Aires: Hachette, 1953), p. 46.

Dicha distinción era ajena al pensamiento iluminista, en cuyo contexto el término de
"sociedad civil" incluía al estado y se utilizaba en oposición a la idea de "estado de
naturaleza".

E. Echeverría, "Ojeada retrospectiva", Dogma socialista (Buenos Aires: Jackson, 1944), p. 28.

Guizot, una de las "autoridades" del romanticismo rioplatense, ya por entonces había
distinguido los individuos de las situaciones; y, dentro de ellas, comparaba la de político a las
otras profesiones liberales, con la particularidad de ser ellos quienes se constituyen en una
verdadera síntesis de la sociedad, a la que expresan en lo mejor de lo que éstas poseen
disperso dentro en la masa de su población.

J.B. Alberdi, Fragmento preliminar al estudio del derecho (Buenos Aires: Biblos, 1984), p. 256.

Echeverría, ibíd., p. 15.

Echeverría, ibíd., p. 44.

Echeverría, ibid., p. 45.

Alberdi, Fragmento, p. 147.

Botana, op. cit.. Esta distinción aparece en realidad en obras posteriores a Bases, y
precisamente con motivo del fracaso del proyecto político allí diseñado producido por la
secesión de la provincia de Buenos Aires de la Confederación en septiembre de 1852. Ver
Elías Palti, "El pensamiento de Alberdi", Tesis de Licenciatura presentada a la Facultad de
Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1989.

J.B. Alberdi, Bases y puntos de partida para la organización nacional (Buenos Aires: Plus
Ultra, 1985), p. 125.

Alberdi, Sistema económico y rentístico (Buenos Aires: Escuela de Educación Económica y
Filosofia de la libertad, 1979), p. 353.

Actas del Congreso Constituyente Nacional, sesión del 20 de abril de 1853.

Alberdi, Sistema económico, p. 46.

Ver Hilda Sábato, "Participación política y espacio público en Buenos Aires, 1860-1880", en
El reformismo en perspectiva (Montevideo: Centro Latinoamericano de Economía Humana/
Ed. Banda Oriental, 1989).

Sobre el sistema político porteño instaurado entre 1850 y 1880 ver H. Sábato y E. Palti,
"¿Quién votaba en Buenos Aires?: Práctica y teoría del sufragio, 1850-1880", Desarrollo
Económico, 30, 119 (Oct.-Dic. 1990): 395-424.; y H. Sábato, "Citizenship, Political
Participación and the Formation of the Public Sphere in Buenos Aires 1850s-1880?, Past
& Present, 136 (August 1992): 139-163.

Sobre las desigualdades de la producción romántica en el Río de la Plata, ver E. Palti, "El
pasado colonial en la historiografia romántica: el legado conflictivo", Torre de papel 3.1
(Spring '93): 4-25.

La primera de ellas surge en 1863: Revista de Buenos Aires, dirigida por M. Navarro Viola y
V.G. Quesada. En 1869 Trelles funda la Revista del Archivo General de Buenos Aires, a la que
siguieron otras, la más importante de las cuales fue la Revista del Río de la Plata, dirigida por
V.F. López, A. Lamas y J.M. Gutiérrez.

J.B. Alberdi, Peregrinación de luz del día (Buenos Aires, CEAL, 1978), p. 27.

Ver Juan Ramos, El derecho público en las provincias argentinas (Buenos Aires: Facultad
Derecho y Ciencias Sociales, 1916).

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia de Buenos Aires (1870-1873), I, p. 260.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, I, p. 259.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 82.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, 11, p. 82.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 96.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 96.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, pp. 79 y 81.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 96.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, I, p. 306.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, 1, p. 334.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, I, pp. 302 y 301.

Ver E. Gallo y R. Cortés Conde, La República conservadora (Paidós: Buenos Aires,1984).

Ver N. Botana, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916 (Buenos Aires:
Sudamericana, 1977).

D.F. Sarmiento, "Condición del extranjero en América", en Obras Completas (Buenos Aires:
Luz del día, 1951), vol. XXVIII, pp. 176 y 226.

Ver J. Balestra, El noventa (Buenos Aires, Hyspamérica, 1984).

Las multitudes argentinas, de J.M. Ramos Mejía, es el texto clásico sobre el tema.

Ver C. Nicolet, L'Idée républicaine en France (París: Gallimard, 1982).

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 113.

Actas de la Asamblea Constituyente de la Provincia, II, p. 278.

J.L. Romero, Las ideas políticas en Argentina, op. cit., capítulo VI.

Ver E. Palti, "El pasado coloniaP, op. cit., pp. 16-21.

J. Ingenieros, Sociología Argentina (Buenos Aires: Hyspamérica, 1987), p. 51.

Sobre la trayectoria política de Joaquín V. González ver D. Roldán, De la certeza a la
incertidumbre: el periplo de un liberal consecuente (Buenos Aires: CEDES, 1988).

R. Rivarola, "Del régimen federativo al unitario", en Ensayos Históricos (Buenos Aires:
FFyL, 1941), p. 181.

Rivarola, ibid., p. 57.

Rivarola, ibid., p. 201.

J. Matienzo, El gobierno representativo federal (Madrid: América, 1917), p. 20.

Matienzo, ibid., p. 339.

Matienzo, ibid., p. 325.

Matienzo, ibid., p. 341.

Ver N. Botana, El orden conservador, op. cit., capítulo IX; y J. Cárcano, Sáenz Peña. La
revolución por los comicios (Buenos Aires: Nuevo Cabildo, 1963).

La participación real nunca superó el 10% del electorado. Ver E. Gallo y R. Cortés Conde,
La república conservadora, op. cit., p. 232.

En sus últimas conferencias, Foucault cuestionaba incluso si el pensamiento liberal puede
considerarse una doctrina o aun un conjunto de doctrinas. El prefiere calificarlo como un
"estilo de pensamiento" definido esencialmente en términos de lo que llama "el arte de
gobernar". Ver G. Burchell y C. Gordon, comp., The Foucault Effect. Studies in
Governmentality (Chicago: The University of Chicago Press, 1991).

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