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| VOLUMEN 5 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1994 |
Identidades en América Latina (II)
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Recuerdos con amores. Caballos, mujeres y
libros en la vida de un escritor
JOSE FERNÁNDEZ
Universidad de Buenos Aires
Notas a propósito de: BIOY CASARES, ADOLFO, Memorias. Infancia,
adolescencia y cómo se hace un escritor, Barcelona, Tusquets, 1994.
El volumen de recuerdos del laureado escritor argentino Bioy Casares se
inicia con un característico movimiento de transición de lo rural a lo urbano.
Las primeras líneas introducen una serie de caballos y perros asociados a su
infancia en el campo, y el párrafo inaugural da cuenta de sus antepasados
inmediatos, con los que comparte su carácter de estanciero y su papel de
heredero: "Recordándolos alguna vez pensé que los herederos son para la
sociedad los ángeles que, según me contaron, vierten el agua del cielo sobre
los atribulados pobladores del purgatorio". El estanciero, el gran propietario
rural de la pampa húmeda argentina, es comprendido como figura redentora
que lleva a la realidad los deseos imaginarios de los simples mortales y, lo más
curioso, creyendo de algún modo que su función social es precisamente ésa.
Ello explica la pose general que Bioy Casares adopta en sus Memorias, en
las que se presenta como el escritor sin culpa, a diferencia de su amigo Jorge
Luis Borges, en quien no deja de advertir cierto puritanismo restrictivo de la
vida.1 Por cierto que Bioy se complace en pasar elegantemente a un segundo
plano cuando hace referencia a la intensa actividad literaria que compartió
con Borges; pero si se siente obligado a admitir que Borges escribe "mejor",
también se complace, por otra parte, en dar muestras de mayor expansión
vital. En sutil contraste táctico con la desdichada vida amorosa de su colega,
Bioy Casares salpica su relato con múltiples aventuras que coquetamente
registra con discreta gestión de los detalles. Definitivamente mundano (vis á
vis la tópica hiperintelectualidad borgeana), el motivo central de su existencia
es, o pretende ser, el goce. Y la narración del disfrute del yo es la motivación
de la memoria.
Pero la presentación de ese disfrute huye elegantemente de todas las formas
de lo vulgar y se esfuerza en tomar distancia de cualquier sospecha de vanidad
(un disvalor recurrente en el texto).2 Es por ello que esta autobiografia
aparece trabajada por la ironía y por un sentido único de la comicidad y del
absurdo. Ironía, es decir, disimulo ante los propios méritos; sentido del
absurdo, o bien frialdad deferente ante el disparate: los recursos literarios se
orientan siempre hacia una representación personal típica caracterizada por el
autocontrol y la mesura. En este contexto puede comprenderse mejor el
desapego de Bioy ante las actitudes irreverentes del surrealismo, manifestado
explícitamente como menosprecio hacia la estudiada extravagancia de André
Breton o la cáustica autodefensa que ensayó ante Tzara, "a quien le aseguré
que no había ninguna razón para que leyera mis libros".3 Bioy Casares no
tiene reparos en hablar de sus adulterios o de sus propiedades, pero no hace
particular énfasis en sus éxitos literarios; el humor descargado sobre sí mismo
distrae cualquier aparición de la vanitas del seductor y la dosificada irrupción
de las malas palabras es otro rasgo de mundanidad antiborgiana, pues indica
el contacto del ángel heredero con el mundo. Palabrotas y confesiones
provocan también el necesario afecto de cruda realidad que tiñe estos
recuerdos ante una voz narrativa de la que se está inclinado a esperar
fantasías. Si bien, desde otra perspectiva, la realidad no tiene para el escritor
la consistencia de un principio restrictivo del placer sino que, por el contrario,
se halla saturada de la vulgaridad de lo ordinario, del azaroso desorden que
exhibe aquello no organizado por la inteligencia. "Los sueños fueron siempre
para mí muy reales: la parte de la realidad correspondiente a la noche". żY no
es la noche el momento del amor galante, de la espléndida fiesta rentista del
estanciero argentino, de lo irreal realizado como seducción, como derroche,
como literatura?
El amor que permanece constante tras la fugacidad del siempre renovado
flirt está representado, desde luego, por la estancia. Aunque en ello no debiera
verse un inelegante apego a la propiedad rural sino el resultado de una fuerza
telúrica y pasional que determina una identidad. La tierra elemental es toda la
realidad que, en un sentido positivo, deja filtrar Bioy Casares. Por otra parte,
su noción de estancia es casi romana: el dominio paterno pero también "el
pedazo más querido de la patria".4 Es así que se constituye también en el
amoroso lugar de la felicidad infantil, pero también en el áspero marco del
fracaso adulto en el momento en que el escritor cobra conciencia de que un
estanciero es un César que dirige carismáticamente a la comunidad que lo
circunda y comprende que su personalidad no heredó la dote de un carácter
patriarcal.5
De un campo al otro
Ultimo testigo del gran mundo que construyó a su alrededor la poderosa
oligarquía rural argentina, Bioy Casares es también un último exponente de la
gran narrativa argentina del siglo XX. Como los pioneros estancieros, sus
mayores, pero lanzado a la conquista del territorio más simbólico de las
letras, el escritor debe proceder a roturar y cercar su dominio. Así entendidas,
adquieren otro relieve las iniciativas editoriales en las que, acompañado por
Borges, se lanza a conquistar el dominio literario. Borges y Bioy Casares se
conocieron en 1932 y formaron una de las alianzas más importantes y sólidas
del campo intelectual argentino, alianza que, como se sabe, incluyó la
colaboración literaria, iniciada en 1937, con la curiosa tarea de redacción de
un folleto acerca de las virtudes de un producto lácteo elaborado en el
establecimiento familiar de la poderosa familia Casares. Más tarde, ambos
escritores planean en común antologías, ediciones comentadas de ciertos
autores, traducciones y, finalmente, de la empresa editorial de más aliento:
una colección de literatura policial denominada "El séptimo círculo". Con
esta famosa colección que dirigieron para la firma Emecé a partir de la década
de 1940, Borges y Bioy Casares intentaron, según deja entender el segundo en
sus Memorias, orientar el gusto y tomar contacto con el gran público a través
de un género popular y "menor", pero muy pautado, y del cual ambos
escritores poseían una preceptiva ortodoxa que lo destinaba a una clásica
función de preservación del orden narrativo y de la claridad argumental.
Alejado de la psicología, de los recursos a la violencia desnuda o al erotismo,
recursos típicos del hard-boiled, el policial clásico debía expresar un triunfo de
la inteligencia pura. "El séptimo círculo" editó decenas de volúmenes y resultó
un gran éxito editorial.
De este modo, dos escritores exquisitos se ven envueltos en el ritmo de los
grandes números (que, acaso a otro nivel de intensidad y responsabilidad,
Borges ya había experimentado mientras dirigió, durante un par de años de la
década de 1930, el suplemento cultural del popular periódico Crítica) y en
otros aspectos hasta entonces desconocidos a nivel doméstico, como los
condicionamientos económicos de los derechos de traducción, realidades por
otra parte ignoradas en el horizonte de literatos que ejercían su oficio casi
como aficionados que aristocráticamente subestimaban, como no se deja de
apreciar en este libro de recuerdos, la tosquedad burguesa de sus editores. La
intención apenas subterránea de propagar un gusto queda evidenciada por
una notable lista preceptiva transcrita en el libro y que, como es natural
tratándose de Borges y de Bioy Casares, mezcla seriedad e ironía por partes
iguales pero indescernibles, y termina resultando algo así como una
normativa aporética por autocontradictoria, pero, de todos modos, nítida y
fuertemente tensionada hacia la descalificación de cualquier estética
alternativa.6 De este modo, el campo literario recibe las pretensiones de
una transferencia de dominio provenientes del otro campo, la estancia, y
dichas pretensiones se fundan en un claro programa de producción artística.
Se trata aquí de identificar la vocación política oculta detrás de la broma
estética, la inclinación práctica de dos escritores tradicionalmente renuentes a
aceptar el impacto de la instancia histórica en su perspectiva literaria, al
punto que, en 1936, fundaron una revista deliberadamente titulada
Destiempo.
Un obstáculo importante que, en opinión de Bioy Casares, debió sortear la
propuesta estética que elaboró con Borges queda simbolizado en estas
Memorias en la figura de Victoria Ocampo, fundadora de Sur, la principal
revista literaria de la Argentina durante medio siglo desde 1930, y de la que
ambos escritores fueron colaboradores asiduos. La Ocampo, proveniente de
un sector social semejante al de Bioy Casares y vinculada familiarmente con
éste, aspiraba a la jefatura espiritual de una vasta zona del campo literario.
Pero sus pretensiones de hegemonía chocaron a menudo con otras vertientes
culturales presentes en su propio ámbito social y literario. Más inclinada
hacia la cultura francesa, Victoria Ocampo representaba, para el marcado
gusto anglófilo de los dos amigos escritores, una propuesta cultural "de
salón", un tanto snob y, en definitiva, sujeta a su conocida arbitrariedad
personal como promotora de Sur. Para Bioy Casares, la cultura francesa
constituía un relevante legado familiar, pero sus propios gustos lo
predisponían hacia el mayor "rigor" que identificaba en la literatura
inglesa, aunque, como su padre, nunca desdeñó oportunos viajes
"terapéuticos" a Francia (y quizá deberían considerarse también las
resonancias extra-medicinales de la expresión en boca de un argentino rico
y culto). Borges, por su parte, dejó escrito que, durante su niñez, quien no
supiera francés era considerado en su círculo social como un casi analfabeto,
y agregó que en la Argentina se había pasado del francés al inglés y del inglés
a la ignorancia.7
Estos conflictos culturales "intra-específicos" del crucial ambiente literario
organizado alrededor de Sur, sumados a cierto antagonismo personal de los
escritores hacia su directora, contribuyen a explicar los regocijantes episodios
sobre Victoria Ocampo que se leen en estas Memorias. Bioy Casares revela
anécdotas de viaje que virtualmente incineran a la Ocampo, presentándola
como despótica y egocéntrica, y marcadamente propensa a la mise en scene
cultural, mientras reserva para el escritor José Bianco, largamente vinculado
a la dirección de Sur y por quien siente gran afinidad estética, el
reconocimiento por los mayores méritos que pudiera haber alcanzado esa
importante revista en su larga trayectoria.
Caballeros argentinos
El anecdotario que Bioy Casares despliega en sus Memorias - los episodios
de los varios viajes, los arranques de su cuñada Victoria Ocampo- revela la
autopresentación preferida que adopta el escritor. Un poco desolado por
tosco amor propio que manifiesta la gente, sarcásticamente estupefacto por la
curiosa estupidez del mundo, el escritor se consagra a la tarea de espectación
literaria en una actitud de repliegue del espacio político-social ocupado por la
actividad de su padre abogado y funcionario ocasional, pero sin renunciar
(como Borges) a la interacción con el ámbito extra-literario, en el que
pretende conservar para sí la tarea de hombre de mundo y seductor
infatigable. En contraposición a la vacía espectacularidad del escritor yuppie,
con su inautenticidad arribista de nouveau riche en la república mercantil de
las letras, Bioy Casares representa la noble elegancia de quien no ostenta
nada, pues no hay nada valioso -simbólico o material- que no pueda
pertenecerle por derecho propio. El yo tradicional y libre no tiene relación
con la histeria de la autopromoción y se resiste a ser reducido a mera
mercancía literaria; no reconoce restricciones burguesas ni consagratorias, ni
mentales, y exhibe un confiado -aunque sólo aparente- desapego por los
espacios de poder. En Bioy Casares, el espíritu burgués de acumulación
explícita se reduce al universo femenino, del que muestra una imagen
petrificada. Las mujeres son sólo las mujeres bellas y la única mujer que en
verdad cuenta como individuo es la madre; para usar palabras insuperables
de su amigo Borges: las otras son ejemplares de la especie, pero no auténticos
objetos.
Con su imagen dividida entre las recusaciones sociales que la crítica literaria
politizada lanza contra él desde hace casi tres décadas8 y la casi incondicional
celebración de la que esa misma imagen es objeto hoy día desde los
suplementos literarios de los periódicos porteños de todo el espectro político,9
Bioy Casares intenta recuperar en sus Memorias la propia iniciativa en
relación con su figura literaria. Imagen estilizada de sí mismo, texto
interesante tantó por lo que recuerda como por lo que olvida o silencia, el
escritor evitó en sus recuerdos la espectacularidad, las revelaciones
sensacionales, los nombres propios y las confidencias. Ello es particular-
mente evidente en sus referencias a Borges, que apenas agregan nada a lo que,
por distintos medios, ya se conocía; pero algo de aquella discreta tónica
general del relato se traiciona en la representación del escritor como seductor.
Seguramente más allá de toda intención deliberada, Bioy Casares se muestra
en este libro como un ejemplo de la variante vitalista del escritor exquisito, en
contraste con su amigo y antagonista Jorge Luis Borges. Del mismo modo,
estas Memorias constituyen un precioso testimonio directo de la vida del
estanciero, una figura social con aspiraciones culturales bilingÜes, con una
moral inalienable de la tierra, poseedora de una mítica fortuna y en rápida
decadencia como clase dirigente. Acaso esos rasgos alcancen también a
evidenciarse en el plano cultural por la indiscutida, pero también indisputable
y aislada, posición en que los medios masivos de comunicación ubican
actualmente la figura literaria de Adolfo Bioy Casares: la de prócer viviente
de la gran narrativa argentina del presente siglo.
NOTAS
"A mí, por ejemplo, me gustaba desde chico la idea de las curas termales, porque pensaba que
debía ser sumamente agradable estar sentado, descansando y que lo atiendan a uno. Ese tipo
de cosas a Borges lo impacientaban. Era un poco protestante, una persona con un sentido de
la culpa que yo nunca tuve". Bioy Casares, A., Memorias [en adelante M], p. 114. Véase
también p. 91 donde hace referencia a dos amigas que, respecto de su persona, le manifiestan
opiniones psicoanalíticas de plena normalidad.

Para las apariciones de "vanidad" como rasgo a controlar pues deforma la personalidad e
impide la felicidad, cfr.: M, pp. 26, 53, 56, 63 y 68.

Ibídem, p. 132.

Ibídem, p. 75.

Ibídem, pp. 46, 48 y especialmente 140: "Poco a poco fui comprendiendo que la gente [de la
zona de la estancia] esperaba de mí lo que estaba acostumbrada a esperar de mi abuelo y de
mi padre: la solución a sus problemas. Comprendí también que inevitablemente los
defraudaría".

Las referencias a "El séptimo círculo" se encuentran en M, pp. 98 y ss.. La lista preceptiva "de
prohibiciones", como las llama Bioy Casares, en pp. 81 y ss..

Borges, J. L., Prólogos, Bs. As., Torres AgÜero editor, 1975, pp. 7-8.

Por ejemplo, la relación de los escritores estancieros con su personal (y en particular la de
Bioy Casares con la figura del "criado favorito") es objeto de cáusticas observaciones en:
Viñas, David, Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar, Bs. As., Siglo
Veinte, 1974, pp. 233-234 (la primera edición de este libro es de 1964). Del mismo modo, el
carácter de "niño mimado" representado por Bioy Casares ha sido tema de análisis en:
Matamoro, Blas, Oligarquía y literatura, Bs. As., Ed. del Sol, 1975, p. 175 y ss., donde
también se advierte la tendencia a idealizar la infancia, presente en estas Memorias.

Cfr.: Homenajes a los 80 años de Bioy Casares en números especiales de los suplementos
culturales de: Clarín, 8.9.1994; La Nación, 11.9.1994; Páginall2, 11.9.1994 (en el mismo
número del diario, p. 32, véase también: Soriano, O., "La pasión y el genio").

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