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| VOLUMEN 5 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1994 |
Identidades en América Latina (I)
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Panamericanismo e hispanidad en la política
exterior argentina de la Segunda Guerra
Mundial: la confrontación política en la
creación de identidades colectivas
MARISA GONZALEZ DE OLEAGA
Universidad Complutense - Madrid
| | "El rencor sirve de poco. En realidad no sirve
de nada: el rencor no conoce ni aun cuando el
mismo sea legítimo". |
| | René Zavaleta |
La política exterior argentina hacia España durante la Segunda Guerra
Mundial es un caso paradigmático de aparente inadecuación a la realidad. Fue
ésta una relación que, desde la lógica del análisis, no podía beneficiar a la
Argentina. Sin embargo, gobiernos de distinta filiación y en diferentes
coyunturas profundizaron esa vinculación, que sobrevivió hasta finales de 1948.
En primer lugar, sorprende la continuidad en el tiempo de esta relación
bilateral que fue adoptada por conservadores, militares y posteriormente por el
primer gobierno peronista; pero es aún más inquietante si se piensa que poco
tiempo después de iniciada la vinculación, ésta mostró sus propios límites y los
de su potencial rentabilidad.
En segundo lugar, y de acuerdo con lo dicho, presuponemos que, por la forma
que adoptó la relación entre la Argentina y España, existió un cálculo que
aconsejaba tal aproximación a la España de Franco en los distintos momentos
en los que ésta se desarrolló.
Finalmente, ese cálculo pudo, muy bien, haber estado mediatizado por
premisas ideológicas o por pautas derivadas del pensamiento político de cada
uno de los actores que encauzó y retomó la relación; pero también existe la
posibilidad de que este razonamiento no fuese tal y que hubiese un condicionante
cultural previo que afectase tal decisión, explicando de esa forma la
aparentemente inexplicable continuidad en el tiempo de una relación poco
rentable e ideológicamente comprometida.
Explorar estos supuestos es el objetivo de este trabajo. Para ello hemos elegido
un marco cronológico, el de la Segunda Guerra Mundial, que se ofrece como un
período de disponibilidad, abierto, en el que se asiste a la recomposición del
orden internacional y que, en el caso argentino, está signado por una profunda
crisis económica, política y social. En un proceso semejante, fuertemente
polarizado en torno a dos fuerzas y a dos modelos de organización, la
posibilidad de que esos registros culturales afloren y se manifiesten es mayor, en
tanto y en cuanto el margen de maniobra se percibe como más amplio y las
posibles opciones se multiplican.
De ninguna manera es nuestra pretensión establecer explicaciones monocausa-
les en este caso concreto, ni en ningún otro, sino rescatar variables que actúan en
el largo plazo, modelan la acción política y cuya vigencia exige que las tomemos
en consideración. La tarea no es fácil, y no se pretende demostrar - suponiendo
que fuese posible - de una vez para siempre nada o casi nada, sino
aproximarnos a una realidad que es confusa y que contiene un buen número de
interrogantes que nos enlazan y devuelven a nuestro presente y a nuestro futuro
inmediato. Que nadie entienda esta propuesta como acabada y definitiva, sino
como una proposición histórica multiplicadora de posibilidades de análisis, por
qué "trabajamos en favor de lo verosímil y lo probable"1, y ésa quiere ser nuestra
contribución.
Las relaciones hispano-argentinas como caso
Durante la Segunda Guerra Mundial las relaciones entre España y la
Argentina cobraron un progresivo auge. Hasta comienzos de la década del '40,
los intercambios comerciales entre ambos países estaban compuestos de
productos tradicionales. La Argentina consumía "bienes de aperitivo, libro y
postre" en respuesta a la demanda de la emigración y España, por su parte,
importaba productos agropecuarios, siendo el trigo y los cereales el capítulo más
importante.
A partir de 1939, se observa un aumento en el flujo comercial en lo que
respecta a los envíos argentinos a España, extremo que fue posible gracias a la
concesión de créditos por parte del gobierno de la República Argentina. En ese
mismo año, de singular importancia para el régimen español, el ejecutivo
argentino reconoce al nuevo gobierno. Los sucesivos convenios comerciales2
firmados por ambos países van descomponiendo progresivamente la tradicional
tendencia y composición de las relaciones comerciales. Si bien los envíos
cerealeros argentinos se mantuvieron en términos absolutos como uno de los
ejes de la relación, las exportaciones españolas con destino a la República sufren
cambios significativos.
Junto al rubro de "bienes de aperitivo, libro y postre" hace su aparición un
nuevo capítulo, el de los "bienes indispensables para el desarrollo industrial"
argentino3. Así, tanto en el Convenio Comercial del 5 de septiembre de 1942 (el
llamado Convenio Aunós), como en el del 3 de junio de 1944, el hierro y el acero
se incorporarían como rubros importantes de las negociaciones hispano-
argentinas4. Hasta aquí todo hace pensar que los acuerdos bilaterales reflejaban
los cambios que se estaban operando en la Argentina de la época.
Sin embargo, no es ésta la única novedad destacable en las relaciones entre
ambos países. Asimismo, los dos convenios aludidos contienen cláusulas
secretas y confidenciales por las cuales la España de Franco se compromete a
vender armamento de guerra a las Fuerzas Armadas argentinas como forma de
pago a los envíos cerealeros. Hasta forales de 1944, los distintos gobiernos
argentinos harán llegar a su homólogo español constantes peticiones en este
sentido, recordándole el compromiso contraído en la cláusula número 7 del
Convenio Aunós5. Obviamente, si bien los cambios en la composición del flujo
comercial podían ser considerados como un intento de adaptación a las nuevas
necesidades argentinas, las conversaciones sobre armamento en plena guerra
mundial y con un gobierno - el español- que, a pesar de sus "malabarismos"
jurídicos, mantenía posiciones muy cercanas al Eje nazi-fascista, no podían ser
concebidas como un ejercicio de libre comercio. Durante todo el período, el flujo
comercial y los anexos relativos a los "suministros especiales" van a estar
regulados oficialmente.
A este primer nivel de las relaciones, que, por necesidades operativas,
definiremos como nivel tradicional - por ser objeto preferente de los estudios
de historia de las relaciones internacionales-, le siguió otro, que denominaremos
nivel discursivo, en el que aparece de forma destacada la figura de España y sus
variantes. Este rasgo que acompañó las relaciones hispano-argentinas resulta
particularmente nuevo en un país de las características culturales de la
República Argentina. Bien es cierto que la imagen de España nucleada en torno
a otro concepto inclusivo, el de la Hispanidad, no era nuevo en la tradición
intelectual argentina. Desde comienzos del siglo XX, hubo voces que reclamaron
ambas construcciones como parte de la identidad argentina y latinoamericana.
También es verdad que, a partir de la década del'30, estas voces se harán oír con
fuerza y conformarán la corriente de pensamiento del "nacionalismo
hispanista"6. Ahora bien, en ninguno de estos casos, esta formulación discursiva-
la de España y la Hispanidad - alcanza con tanta nitidez la esfera oficial. Esta
progresiva tendencia se observa fundamentalmente a partir de marzo de 1941,
con el nombramiento de Enrique Ruiz Guiñazú al frente de la cancillería, y se
mantendrá, no sin altibajos, hasta 1949.
Si tomamos el 12 de octubre, Día de la Raza, como una fecha clave para el
análisis de la incorporación de estos registros, observamos que esta conmemora-
ción va adquiriendo una importancia creciente a medida que avanza la guerra, y
si se la compara con el lugar que la misma ocupó en la década de 1930. En esa
época, el 12 de octubre contó en algunos años con la asistencia de personalidades
del gobierno. Son conocidas las galas del Teatro Colón presididas por el primer
mandatario argentino. Sin embargo, en ninguno de los casos, miembros del
gobierno articulan discursos o mensajes conmemorativos; extremo que se da de
forma casi permanente en la década de 1940.
Así, en 1941, el historiador argentino, Rómulo Zabala, dirige una alocución en
representación del Intendente Municipal de la ciudad de Buenos Aires en el acto
organizado por la Asociación Patriótica Española. En ese mismo año y en la
misma ocasión, también lo hace el capitán de fragata Héctor Ratto, en nombre
del Centro Naval Argentino. Un año más tarde, en octubre de 1942, el propio
Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, Enrique Ruiz Guiñazú, con motivo
del 450 aniversario del Descubrimiento de América, envía un mensaje
conmemorativo que será radiado desde la Dirección de Información al Exterior
de la propia Cancillería. Por su parte, el presidente de la Comisión de Homenaje
a España, Dr. César Viale, hace lo propio en el acto organizado por Defensa
Social Argentina. En octubre de 1943, pocos meses después del golpe militar,
hablarán el Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, general Gilbert, en el
banquete ofrecido por el embajador de España en Buenos Aires; el Presidente de
la República Argentina, general Ramírez, y el Intendente de la ciudad de Buenos
Aires, teniente coronel Caccia. Gilbert, asimismo, dirigirá un mensaje de
salutación al Ministro de Exteriores español, general Gómez Jordana. Ramírez,
por su parte, no se privará y enviará un mensaje a los países del continente y otro
mensaje de salutación al Jefe del Estado español, el general Francisco Franco.
La constante se mantiene en 1944, aunque con variantes cualitativas importantes.
En octubre de ese año, el Presidente, Edelmiro Farrell, se dirigirá al pueblo
español. Lo mismo hará José V. Tesorieri, secretario del Consejo Directivo
Central de la Asociación de Obreros y Empleados del Estado, en nombre del
nuevo gabinete7.
Si observamos con atención, podemos comprobar cómo, progresivamente, la
festividad del 12 de octubre va adquiriendo un nuevo carácter y mayor
importancia en la medida que quienes se hacen eco de la celebración ocupan
lugares jerárquicamente más significativos en los distintos gobiernos. De una
fiesta eminentemente cívica y cultural se transforma en otra de carácter político,
con la participación activa del Ministro de Exteriores y del Presidente.
Por otra parte, y a diferencia de lo ocurrido en la década del'30, los miembros
del gobierno argentino participan en los actos organizados por la Embajada
española o por organizaciones cercanas a la misma. Todo esto hace pensar que
los cambios señalados no son casuales. El mayor protagonismo oficial argentino
en el 12 de octubre, avalado al mismo tiempo por emisiones discursivas en un
momento particularmente complejo de la realidad internacional, refleja cierta
intencionalidad por parte de los gobiernos argentinos. Si además tomamos en
consideración las andanzas poco afortunadas de la Falange en Argentina desde
finales de la Guerra Civil española, asociadas siempre a la vindicación de la
Hispanidad, su posterior camuflaje como organización debido a las presiones
internas e internacionales y la permanencia de algunos de sus mejores cuadros en
la legación diplomática española, no podemos aducir, en descargo del Ejecutivo
argentino, falta de conocimiento o miopía política8.
Por último, otra de las constantes que presenta la vinculación hispano-
argentina en lo que respecta al nivel discursivo es la sintonía directamente
proporcional que ésta guarda respecto del desarrollo de las relaciones entre la
Argentina y los Estados Unidos, que, como se ha demostrado en otros trabajos9,
constituyó uno de los ejes más importantes de la política exterior argentina
durante la Segunda Guerra Mundial. Esto es, cuando la vinculación con Estados
Unidos presenta menor conflictividad - tal y como sucedió en 1945-, el perfil
de las relaciones con España disminuye y, por el contrario, el aumento en los
niveles de confrontación argentino-norteamericana supone la concesión de un
espacio más significativo a las figuras mencionadas. Esta tendencia, que
establece cierto paralelismo entre la vinculación hispano-argentina y la
argentino-norteamericana, se mantendrá hasta 1949, momento en el que se
interrumpen los acuerdos con la España de Franco.
De la definición a la "problematización" del caso
Una vez definido el caso de estudio y establecidos los niveles de análisis, es
importante detallar los problemas que merecerán atención. Teniendo en cuenta
cómo se enmarcó el caso, resulta obvio cuál es el problema central que se
pretende despejar. Las relaciones hispano-argentinas constituyeron una forma
especial de vinculación en medio de una abierta crisis internacional. Si nos
atenemos a los ejes prioritarios de la política exterior española, la vinculación se
presenta a todas luces como funcional para sus intereses inmediatos. Dentro de
los objetivos de la España de Franco, el abastecimiento interno y el ejercicio de
su supuesto ascendente en América Latina ocupaban los primeros lugares.
Las devastadoras consecuencias de la Guerra Civil tornaron el problema del
suministro de cereales para la alimentación de la población española en uno de
los problemas más graves que debió afrontar el régimen. Pero, asimismo, los
sectores dirigentes de la "nueva" España, marcados por el carácter patrimonial
de las relaciones con América Latina, idearon una forma de inserción
privilegiada para su Estado, según la cual, éste estaba llamado a ejercer una
suerte de hegemonía espiritual y cultural entre las naciones americanas, una
especie de patronazgo filial que debía contribuir a reforzar su posición en el
nuevo orden internacional que se avecinaba ante el previsible y esperado triunfo
de Alemania e Italia10.
Este fue el cálculo que condicionó la gestión de Ramón Serrano Súñer al frente
del Ministerio de Exteriores. Pronto, y de acuerdo con el desarrollo del
conflicto, la euforia pro-Eje fue amainando en el Palacio de Santa Cruz. El
nombramiento del general Gómez Jordana, a fines de 1942, anunciaba ya la
adaptación de la política exterior española a los nuevos designios. Sin embargo,
y a pesar del repliegue, la idea de utilizar a América Latina como "caja de
resonancia", amplificadora de las demandas españolas, y como parte del
patrimonio que la elevaba a potencia mundial permaneció como una constante
de todo el período. Durante el mandato de Serrano Súñer, los interlocutores
debían ser las potencias del Eje. A partir del nombramiento de Jordana,
progresivamente, la acción política se orienta hacia Inglaterra y Estados Unidos.
Así, el consabido mito de la Hispanidad pasaba de ser una fórmula ofensiva y
excluyente, que pretendía neutralizar las acciones del Panamericanismo, a ser el
contenido sustantivo e ideológico, el respaldo "moral y espiritual" de la política
exterior norteamericana en América Latina, sin el cual, según las definiciones de
la diplomacia franquista, no se podía concebir la viabilidad política del
continente11. En uno y otro caso, la España de Franco estaba buscando un
modelo de inserción privilegiado en la nueva correlación de fuerzas.
En ambos casos, los gobiernos argentinos le brindaron a la España de Franco
la oportunidad de cumplimentar sus objetivos. Le concedieron créditos para la
compra de cereales y otras materias primas, aunque bien es cierto que, a cambio,
solicitaron bienes esenciales para su proceso industrializador y armamento de
guerra. Y, al mismo tiempo, publicitaron la figura de España a través de la
relevancia concedida a los festejos del Día de la Raza. No es extraño, pues, el
interés que la diplomacia española mostró por mantener en buenos términos la
relación. La Argentina, a juicio de la Embajada española en Buenos Aires, no
era sólo un país latinoamericano más, sino que constituía, por su grado de
desarrollo y su capacidad de irradiación, "la puerta" del continente12.
Ahora bien, la funcionalidad que el gobierno español pretendió darle a su
relación con la Argentina queda, a grandes rasgos, despejada. Más allá de la
rentabilidad proporcionada por la vinculación, lo cierto es que ésta no
contradecía sus intereses inmediatos. Cuando así fue, cuando la diplomacia
española percibió los giros que se estaban produciendo en el escenario
internacional y se percató de que el triunfo alemán ya no parecía inevitable,
adaptó su acción exterior a las nuevas condiciones.
No podemos decir lo mismo del caso argentino. Comerciar con la España de
Franco en plena guerra podía, a duras penas, ser considerado como un ejercicio
más dentro de las relaciones internacionales. Pero, las negociaciones sobre
armamento y el lugar cada vez mayor que ocupaba la Hispanidad en el discurso
oficial argentino13 sobrepasaban con creces los límites habituales de una relación
bilateral; máxime si tenemos en cuenta que estos dos ejes de la vinculación se
prolongaron incluso cuando el saldo final de la guerra otorgaba la victoria a los
aliados. En el caso argentino no hubo adaptación. No se puede decir que la
relación con España estuvo condicionada por la temprana percepción de que el
Eje iba a resultar vencedor en la contienda.
Ahora bien, ¿qué razones poderosas impulsaron a los distintos gobiernos
argentinos - conservadores y militares - a mantener este tipo de vinculación
que ya en 1943 se presentaba, cuanto menos, como peligrosa? O lo que es igual,
¿cuál fue la funcionalidad que los gabinetes argentinos pretendieron darle a sus
relaciones con la España de Franco? Todo hace pensar que debió existir algún
tipo de cálculo que justificase la vinculación. La Argentina tuvo que pagar un
alto precio por el mantenimiento de su neutralidad. Las presiones norteameri-
canas y la agitación de la opinión pública argentina aconsejaban el camino
contrario. Sin embargo, los gobiernos argentinos mantuvieron obstinadamente
su posición. Las relaciones con España no eran bien vistas ni por el
Departamento de Estado norteamericano ni por sectores importantes de la
ciudadanía argentina, entre los que se contaba el grueso de la colonia española
de tendencia republicana14. Pero, pese a los obstáculos, conservadores y
militares ahondaron la relación, que sería retomada por el primer gobierno
peronista15.
Al final de la, guerra, la Argentina tenía demasiadas "cuentas pendientes"
como para pasar desapercibida. Poco antes de las elecciones de 1946, el
Departamento de Estado, por iniciativa del entonces Subsecretario de Asuntos
Latinoamericanos y ex-embajador en Buenos Aires, Spruille Braden, daba a
conocer un documento que, bajo el sugestivo título de "Consulta a las
Repúblicas Americanas con respecto a la situación argentina", inculpaba a los
gobiernos de este país de connivencia y colaboración con el Eje nazi-fascista, con
vistas a implantar un régimen paralelo en Latinoamérica16. El famoso Libio
Azul pronto haría fortuna y todavía hoy, en España, persiste la asociación según
la cual los gobiernos argentinos de la Segunda Guerra Mundial y, por extensión,
el gobierno peronista, eran de naturaleza fascista. No podía ser de otra manera.
Más allá de la veracidad de los argumentos de Washington17, lo cierto es que
quien tiene el poder de la información tiene también la capacidad para definir él
límite entre la realidad y la fabulación. Y Estados Unidos lo tenía. Motivos no
faltaron en lo que hace a las relaciones con la España de Franco y a la
prolongación de estas relaciones con la Alemania nazi y el tráfico triangular de
armamento de guerra18. Es precisamente sobre estos dos ejes que versa la
acusación norteamericana.
Este trabajo no tiene por objeto dilucidar la naturaleza de los regímenes
argentinos durante la guerra, pero sí definir si la pertenencia a un mismo
universo de valores fue lo que indujo a los gobiernos - conservador, militar, y
más tarde al peronista- a mantener su relación privilegiada con la España de
Franco. De ser así, lo ideológico-político sería la variable determinante en la
vinculación. Por el contrario, si las pautas o marcas ideológicas no resultan ser
significativas, será necesario buscar otras claves explicativas que nos permitan
aproximarnos a la lógica subjetiva - la de los sujetos- que impulsó el
acercamiento de los gobiernos argentinos a la España franquista.
El análisis empírico de las relaciones hispano-argentinas:
el lugar de la ideología
Si nos atenemos al nivel tradicional de la relación, en el que se incluyen tanto
los convenios comerciales como las negociaciones sobre armamento, las
relaciones entre la Argentina y España no parecen haber estado influidas por
pautas ideológicas en sentido estricto. Esto es, contextualizando la vinculación
entre ambos países, otros fueron los imperativos que motivaron el acercamiento
argentino.
En primer lugar, el estallido del conflicto mundial alteró el modelo de
inserción económico de la Argentina. Este país, fuertemente vinculado a los
mercados europeos, observaba cómo los compradores a los que tradicionalmente
abastecía se veían envueltos en el conflicto. Por otra parte, la tradicional
relación con Gran Bretaña estaba llegando inexorablemente a su fin. La
metrópoli podía seguir funcionando como mercado para los productos
argentinos, pero difícilmente podía suministrarle bienes manufacturados o
esenciales para el desarrollo industrial argentino. Uno de los términos del
intercambio se iba cerrando progresivamente. En este contexto se podría haber
articulado una suerte de comercio triangular, por el cual la Argentina vendiese a
Gran Bretaña y con los saldos disponibles comprase a uno de los pocos países
que estaba en condiciones de poder hacer frente a la demanda argentina -
Estados Unidos-, mas esta fórmula no fue posible ante la ruptura del sistema
multilateral de pagos19.
De este modo, la Argentina se encontraba con abundantes stocks de cereales,
que le resultaba difícil colocar en el mercado internacional, y con dificultades
para abastecerse de acero, hierro y otros productos esenciales. Para salvar el
primer obstáculo, mantuvo durante todo el período y hasta casi el final de la
guerra una posición neutral ante el conflicto, situación que le permitía
amortiguar su vulnerabilidad económica. Pero, al mismo tiempo, esa postura se
presentó como un arma de doble filo. La entrada de Estados Unidos en la
contienda, a finales de 1941, transformó la política argentina de no intervención
en una abierta negativa a secundar las directrices norteamericanas. El forcejeo
que se produjo entre ambos países en la Conferencia de Río de Janeiro, en enero
de 1942, y la obstinación argentina de mantener la neutralidad pronto traerían
consecuencias. En febrero de ese mismo año se da comienzo al boicot
norteamericano contra la economía argentina. En marzo, se denegaban las
licencias a los exportadores norteamericanos para la venta de equipos eléctricos
y sustancias químicas. Curiosamente, esos mismos exportadores no encontraron
tales obstáculos en el tráfico con México, Brasil y Chile, países que, al igual que
la Argentina, se mantenían neutrales. Se reducían, así, las cuotas de materiales
críticos para la República, entre los que figuraban el el hierro y el acero20. A
pesar de las restricciones y de los cupos asignados, los embarques estuvieron
siempre muy por debajo de las cuotas asignadas por Washington. Durante este
período, la Argentina no recibía prácticamente nada de Estados Unidos,
excepto carbón y papel.
Por tanto, la Segunda Guerra Mundial desató y profundizó el conflicto latente
en la Argentina en la década anterior. La quiebra en la relación con Gran
Bretaña fue seguida por la imposibilidad de suplantar a Inglaterra con Estados
Unidos. A la incompatibilidad comercial entre Buenos Aires y Washington se
sumaba la rivalidad política entre ambos países, manifiesta ya a finales del siglo
XIX.
Así pues, la Argentina, gracias a la neutralidad, pudo salvar uno de sus
conflictos y siguió colocando sus stocks en Europa, pero esta posición repercutió
negativamente en la resolución de sus necesidades de aprovisionamiento. En este
contexto, España se presentaba como un país alternativo con el cual se podían
conjugar ambas necesidades. Como lo demuestra la correspondencia diplo-
mática de la Embajada española en Buenos Aires, el gobierno de Franco
rápidamente percibió cuál era la disyuntiva a la que se enfrentaba el gobierno
argentino y, a cambio de trigo y cereales, ofreció hierro y acero en cantidades que
pretendían cubrir la demanda argentina21. En realidad, el gobierno español
hubiese sido capaz de ofrecer casi cualquier cosa a cambio de poder asegurarse el
abastecimiento continuado de cereales. Y, de hecho, así lo hizo, cuando, a finales
de 1940, el Ministerio Español de Industria y Comercio propuso enviar a la
legación diplomática acreditada en Buenos Aires instrucciones para negociar
posibles envíos de armamento de guerra con destino a la Argentina como
contrapartida a las importaciones españolas22.
En síntesis, y por lo que respecta a las relaciones comerciales entre España y la
Argentina, no se puede decir que este país actuó inducido por criterios
ideológicos sino por la complementariedad comercial, necesaria en un momento
de crisis. Es en este contexto que se firma el Convenio Comercial de septiembre
de 1942, también conocido como el Convenio Aunós, siete meses después de la
Conferencia de Río de Janeiro. Y es en este acuerdo en el que aparece la cláusula
confidencial número 7 sobre venta de armamento.
A pesar de los ofrecimientos españoles en materia de armamento, los
gobiernos argentinos no aceptaron, en principio, la propuesta, creyendo poder
contar con un canal de abastecimiento más seguro: Estados Unidos. En marzo
de 1941, el Congreso norteamericano votaba la Ley de Préstamo y Arriendo, de
la cual la Argentina quedaba excluida23. El problema del rearme de las Fuerzas
Armadas argentinas se tomaba cada vez más complejo. Al mismo tiempo, el
gobierno de la República intentaba, sin éxito, recuperar el material de guerra
que, con anterioridad al conflicto, había comprado a Alemania y a Italia y que se
encontraba retenido en aquellos territorios. A pesar de las negociaciones para
conseguir la pronta expedición de los navicerts, se encontraron con la negativa
inglesa a permitir el embarque del material24. El fracaso situaba al gobierno
argentino en una tesitura particularmente difícil25. Después de la Conferencia de
Río de Janeiro, en la que se impuso la propuesta argentina contra la sugerida por
Washington, se cerró toda posibilidad de acceso a ese tipo de insumos, al tiempo
que Brasil procedía a su rearme y descompensaba el equilibrio estratégico en el
continente. Con el golpe militar de junio de 1943, estas percepciones se
agudizaron y los llamados "suministros especiales" se tornaron prioridad del
gobierno.
Tal como lo hicieran los gobiernos precedentes, el recién nombrado canciller
Storni realizó un nuevo intento para conseguir armas en Estados Unidos. La
carta enviada a Cordef Hull, que incluía el compromiso de romper relaciones
con el Eje a cambio de la concesión de suministros, fue respondida en términos
tan arrogantes por el Departamento de Estado norteamericano, que supuso la
renuncia del canciller argentino y el reforzamiento de las tendencias nacionalistas
del gabinete26 La intransigencia norteamericana se recrudeció aún más27. Ya no
se trataba de que la Argentina abandonase la neutralidad, sino que se pensaba
claramente en la posibilidad de derrocar al gobierno28. Bajo estas premisas se
incluye la nota confidencial número 7 en el Convenio Comercial de septiembre
de 1942 y se desarrollan las conversaciones que durarán hasta finales de 1944, en
las que se encuadran también los contactos con Alemania, con idéntico fin29.
Para los gobiernos argentinos, el peligro no provenía del Eje nazi-fascista, sino
de los Estados Unidos y de Brasil. Es probable que la propaganda selectiva
alemana y el poco interés mostrado por Hitler por todo aquello que tuviese que
ver con América Latina reforzasen esta convicción30. En el mejor de los casos,
Alemania era un peligro potencial, pero Estados Unidos estaba demostrando ya
ser un peligro real e inmediato.
Resumiendo, pues, las relaciones hispano-argentinas pretendieron ser una
alternativa a la crisis abierta en la economía argentina. Ambos países
encontraron líneas de complementariedad comercial. El trigo argentino era
intercambiado por el hierro español bajo fórmulas comerciales que permitían
planificar las necesidades de unos y de otros a largo plazo. En lo que respecta a
las conversaciones sobre armamento, éstas fueron el producto de la intransigen-
cia norteamericana. Cada negociación, incluidos los poco afortunados contactos
con Alemania, estuvo precedida por el intento de obtener esos insumos en
Estados Unidos. La sistemática negativa del Departamento de Estado, unida a
la rivalidad entre ambos países, indujo, sin duda, a los gobiernos argentinos a
entablar negociaciones con España y Alemania.
Ahora bien, ni los errores de cálculo ni la, a la larga, equivocada concepción de
que "los enemigos de mis enemigos son mis amigos" permiten aventurar que las
relaciones hispano-argentinas y la vinculación Buenos Aires-Madrid-Berlín
estuviesen condicionadas por otra motivación que la expuesta, que puede ser
definida como sintonía instrumental entre dos países que compartían, por
distintos motivos, un profundo repudio hacia los Estados Unidos.
No obstante, el flujo de mercancías entre la Argentina y España no fue todo lo
fluido que los convenios hacían prever. Los embarques argentinos se llevaron a
cabo según lo estipulado, pero los envíos españoles sufrieron todo tipo de
retrasos y nunca alcanzaron las cotas fijadas en los acuerdos. Las conversaciones
sobre armamento de guerra no llegaron a efectivizarse, excepción hecha de las
órdenes cursadas con fecha del 11 de septiembre de 1942 a la aduana de
Port-Bou, autorizando el tránsito por ferrocarril hasta Lisboa de nueve cajones
de armas usadas con destino a la República Argentina, las cuales habían servido -
según señala el telegrama postal dirigido al subsecretario de Asuntos
Exteriores-como material de prácticas de la Comisión Militar de Adquisiciones
en el Extranjero31. Asimismo, en julio de 1944 se procedía a la salida hacia
Portugal de municiones y otros suministros de origen alemán con destino a la
marina argentina y que correspondían, probablemente, a compras efectuadas
con anterioridad a la guerra mundial32.
A pesar de los retrasos y de la falta de efectividad de algunos acuerdos, las
relaciones continuaron. Y lo que es más importante, los obstáculos que iban
apareciendo en el nivel tradicional de la vinculación no parecían afectar el nivel
discursivo, que seguía su propio curso. Así pues, este segundo nivel no estaría
necesariamente conectado con el primero, el correspondiente al flujo comercial.
En otras palabras, el lugar ocupado por la Hispanidad en el discurso oficial no se
correspondió con el éxito o fracaso de las negociaciones y pareció tener cierta
autonomía con respecto al desarrollo de los intercambios; afirmación que lleva a
considerar la inclusión de esta simbología no como un acto mecánico o reflejo,
producto de la gestión de los acuerdos, sino como una acción voluntaria que,
presumiblemente, perseguía objetivos ajenos a la relación.
Se ha visto que, en lo que hemos dado en llamar el nivel tradicional de la
vinculación hispano-argentina, no se han encontrado rastros de sintonía
ideológica o, al menos, hubo otras variables de mayor peso que incidieron en la
decisión argentina de negociar con la España de Franco. Pero esta lógica no
puede ser aplicada de igual forma al segundo nivel. Desde 1941, los gobiernos
argentinos concedieron un lugar preferente al Día de la Raza, a la Hispanidad y,
por inclusión, a la figura de España, y este fenómeno difícilmente puede ser
explicado en términos de intereses materiales. El Ejecutivo argentino bien
podría haber comerciado y negociado con la España franquista sin necesidad de
fomentar y ampliar su presencia en el 12 de octubre.
Una vez más, la supuesta sintonía ideológica se hace presente y puede parecer
una hipótesis plausible. Nadie desconoce la existencia de miembros de los
gabinetes conservador y militar que aireaban sin recato sus adhesiones al
fascismo europeo. Pero, las simpatías personales nada dicen sobre la posición
oficial del gobierno. De lo que se trata es de analizar por qué los distintos
gobiernos argentinos - conservadores y militares-, con apoyos sociales
distintos y con diferentes proyectos políticos, mantuvieron este rasgo de
continuidad en cuanto a la Hispanidad y la figura de España, que resultaba
funcional para los intereses del franquismo en América Latina. Puede ser que los
gobiernos argentinos pretendiesen rescatar los valores constitutivos de la
España de Franco, que reclamasen para sí el modelo propuesto por la dictadura
española. En tal caso, las acusaciones del Departamento de Estado estarían en lo
cierto. En definitiva, se pretende observar las imágenes que los discursos
oficiales argentinos destilaban de la España franquista.
Para ello, se ha procedido a comparar los discursos argentinos con los
producidos por la diplomacia española en Buenos Aires33 para el mismo
período, con objeto de descubrir si los conjuntos de asociaciones, oposiciones,
calificaciones y acciones de ambos resultan en algún punto coincidentes. Por
otra parte, también se estableció comparación entre las emisiones discursivas
argentinas entre sí, intentando aislar las similitudes y diferencias. El análisis de
los discursos no puede ser desarrollado en su totalidad, por lo que remitimos al
lector interesado a la valoración pormenorizada expuesta en la Tesis Doctoral34.
En estas páginas sólo se incluirán aquellas conclusiones, derivadas del análisis,
que permitan desarrollarlos argumentos pertinentes.
Para la diplomacia española, el 12 de octubre era sinónimo de raza o España,
con significativas variantes. Durante el período de hegemonía falangista en la
Cancillería, el concepto de raza llegó a tener claras connotaciones fisiologistas,
probablemente tomadas de los ideólogos racistas del Tercer Reich. En este
sentido es ejemplar el discurso pronunciado por el agregado cultural de la
embajada española en Buenos Aires, Doctor Pedro Ara, quien en octubre de
1940, en el homenaje realizado por la Asociación Patriótica Española, disertó
sobre "La supervivencia de la raza hispánica". Progresivamente, y a partir del
alejamiento de Serrano Súñer del Ministerio de Exteriores, el concepto de raza
va adquiriendo otros contenidos que lo acercan a la concepción de Ramiro de
Maeztu. Desde este momento, la raza hispánica pierde "sus oscuridades
protoplamáticas" y se reduce a los valores de la religión, la lengua y la
comunidad de espíritu. Pasa, así, a ser una entidad espiritual "frente al
materialismo imperante en la época".
En cambio, para los gobiernos argentinos, el 12 de octubre es indistintamente
la festividad del descubrimiento de América, el día de las Américas o el día de la
raza.. En ningún caso y siempre que aparece el concepto de raza, éste tiene
ninguna otra acepción que la relacionada con la comunidad espiritual. Es
importante delimitar estas diferencias, porque implican sentidos distintos en la
acción política. No es lo mismo pertenecer a una comunidad por imperativo
cultural que hacerlo por mor del código genético. En este último caso, el sentido
de la pertenencia es prácticamente indestructible, no voluntario y, me atrevería a
decir, que inconsciente.
Asimismo, para la diplomacia española, el 12 de octubre, día de la raza, día de
la hispanidad, está estructurado en torno a una doble temporalidad. Es
fundamentalmente un fenómeno contemporáneo, de raíces históricas. Como
fenómeno contemporáneo, el sujeto único es España, pero una España
adjetivada: la España franquista, la "España recobrada", única merecedora de
llevar tal nombre. Como fenómeno histórico, remite sistemáticamente a la
"España del siglo XV", "la de los Reyes Católicos", quienes otorgaron al nuevo
Estado su "ser" y su "esencia". Pero el acento recae sobre la España de Franco,
que es legitimada por el paralelismo histórico que a duras penas establecen con el
reinado de Isabel y Fernando. Las alusiones indirectas a la República española
son constantes y se la compara con el expansionismo islámico y su detrucción
con la lucha contra los "moros". En ambos casos se trata de una batalla sin
cuartel contra lo que los personeros del régimen consideraban los portadores del
"no ser", del caos, de la destrucción de la "esencia" española. Si observamos las
correspondencias entre los sujetos de la enunciación y los sujetos empíricos,
observaremos que en todos los casos el yo o el nosotros se corresponde con los
españoles afectos al Régimen, porque el régimen de Franco es España. También
este discurso cerrado tiene variaciones de acuerdo con los cambios que se operan
en la política exterior española. Pero en general se mantiene y consigue cerrar y
delimitar el espacio político, eliminando toda posibilidad de oposición. Quien
está contra Franco, en realidad está contra España.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupa en esta formulación América Latina, toda vez
que la festividad del 12 de octubre engloba ambos espacios geográficos,
demográficos y culturales? En los discursos de la diplomacia española, América
es siempre un complemento de lugar. En los dos casos que aparece como sujeto,
las acciones que se le adjudican potencian aún más el protagonismo de España.
En estos dos casos excepcionales, los verbos que acompañan al sujeto América
son nacer y dedicar. El primero es, como puede observarse, involuntario y remite
a la Hispanidad como fenómeno histórico. América "fue nacida" por España,
que es la madre de toda las naciones del continente. No sólo no se reconoce en la
autoría del descubrimiento a ninguna otra nación europea sino que, cuando la
legación francesa en Buenos Aires habla de latinidad, provoca la protesta de la
embajada española por semejante intento de co-protagonismo35. A pesar de los
cambios y del repliegue español a partir de 1943, España aparecerá siempre
como sujeto único. Incluso cuando entre los objetivos de su política exterior
figura el intento de reforzar el bloque de neutrales, el discurso registra la
incorporación de Portugal, pero en calidad de "fiel seguidor de España"36, sin
concederle autonomía o entidad propias en las "dolorosas labores del
descubrimiento.
La Hispanidad como fenómeno contemporáneo sigue manteniendo a España
como sujeto exclusivo y la única vez que América aparece en calidad de tal, se le
adjudica el verbo dedicar, que implica una acción que revierte en beneficio de
otro sujeto, que no podía ser más que la España de Franco. La Hispanidad
contemporánea realza el protagonismo español en América y dirige las acciones
de aquél en tomo a dos adjetivos, "viejo" y "joven", y en tomo al paralelismo que
establece entre la situación de España durante la Guerra Civil y la de América en
la Segunda Guerra Mundial. El lazo que se establece entre España y América en
este contexto es siempre filial. La España de Franco es "la madre" de las
repúblicas hispanoamericanas, es una "nación vieja y experimentada" que
consiguió abrirse camino y restituir "el ser" a España. América es "la hija", joven
e inexperta, que también se halla en el camino de construir su verdadera
identidad, que no puede ser otra que la que deviene de su origen. En ese contexto
se sitúan las pretensiones de la diplomacia española: llevar a cabo una suerte de
patronazgo espiritual y político en Hispanoamérica. Todos los verbos que se le
adjudican al sujeto España como núcleo de la Hispanidad contemporánea son
verbos durativos - prolongan la acción en el tiempo- e implican jerarquización
de las acciones. Como ejemplo: persistir, pertenecer, poseer, presidir, unir, etc.37
Todo ello hace pensar hasta qué punto las emisiones discursivas de la
diplomacia española estaban realmente comprometidas, al igual que su práctica
política, con América Latina. Hispanoamérica podía ser una virtual
consumidora del discurso, pero no dejaba de ser una receptora subsidiaria. Si se
tiene en cuenta que uno de los objetivos prioritarios de la España de Franco era
acceder a un puesto privilegiado en el escenario internacional y a la habilitación
de su gobierno, de dudosa legalidad, ambas propuestas no dependían de las
naciones americanas en su totalidad sino de los países que en cada momento el
franquismo veía como posibles rectores del orden mundial. España hace su
apuesta fuera del continente. La acción dirigida a América Latina no contiene
una finalidad en sí misma, sino que se espera que esa acción provoque un efecto
rebote que obligue a las potencias hegemónicas a considerar a España como
interlocutor. Es más, si se observan los cambios operados en las emisiones
discursivas españolas en los dos períodos de expansión y repliegue, se puede
comprobar cómo esos cambios no están dirigidos por acontecimientos acaecidos
en la Argentina; no hay una adaptación del discurso a la realidad del país en el
que se emiten, sino por los lineamientos de la política exterior española que
cambian de signo ante el desarrollo de la guerra38.
El panorama discursivo ofrece variantes en el caso argentino. La doble
temporalidad que observábamos en la producción española se torna más difusa
y se conjuga de manera distinta. La Hispanidad aparece también como un
fenómeno histórico que remite al descubrimiento de América y como un
fenómeno contemporáneo que refuerza los elementos comunes de las Repúblicas
Iberoamericanas. Como fenómeno histórico, se visualizan distintos sujetos:
España, Italia y Portugal, las comunidades indígenas existentes... La
colonización no es un fenómeno unidireccional - de España al espacio
geográfico americano- sino la fusión de distintos f:lums culturales, en la que
cada grupo humano aportó elementos. De esa mezcla resultó una nueva entidad
cultural y política que puede reconocer ciertos valores heredados, otros que ya
eran propios de estas tierras, y un tercer grupo que surgiría de la simbiosis de
ambos. La única excepción a esta tónica es la representada por los discursos del
gobierno conservador y, en concreto, por el largo discurso del canciller Ruiz
Guiñazú39.
De este modo, cuando España aparece como sujeto de acciones pasadas, se
reconocen valores tales como el espiritualismo, el heroísmo, la caridad, la
prudencia y la generosidad que implicó la labor civilizadora de la conquista a
través de la lengua, la religión y la cultura. Estos valores o atribuciones que se
adosan a los que venían de la Península se los inscribe como valores individuales.
Son el legado de los clérigos, de los capitanes, de los menestrales, etc. Pero, a
partir de la revolución de 1943, esos atributos aparecen emparentados con otros -
a saber, la dignidad, la soberanía, la soberanía de espíritu, la idea de libertad,
la independencia- que toman por sujeto a la Nación, a los países americanos
como portadores de valores a ese conglomerado que es la Hispanidad. De la
España del siglo XV no interesa su esencia ontológica, como era el caso de los
discursos españoles, y menos aún esa relación forzada con la España franquista
a la que no se menciona, sino el resultado de su acción, su lucha contra la
expansión islámica, que fue lo que le permitió descubrir un nuevo mundo. La
oposición valerosa de los pueblos españoles contra la hegemonía de otro pueblo,
que se diferenciaba por su cultura, su religión y sus características étnicas, fue el
único camino posible para la generosa aventura colombina.
Pero también se reconoce la Hispanidad como un fenómeno contemporáneo.
En este caso, los sujetos únicos son América y la Argentina. España desaparece
del panorama y la única vez que se la menciona, se habla de la "España de hoy y
la de siempre". Obsérvese cómo desaparece cualquier referente temporal: la
España franquista y ese mismo país bajo cualquier otro gobierno. No aparece
ningún referente político y la propia estructuración del discurso rompe con la
visión cerrada de la producción española. España no interesa como sujeto actual
sino como referente histórico relativo que se visualiza como tal por su decidida
acción contra el invasor. Las acciones que se visualizan en el pasado suelen ser
proyecciones de las necesidades del presente. La Hispanidad presente rescata el
valor de la oposición contra el agresor y la unidad del continente, a resultas de
ese origen común.
La relación que se establece entre América y España es fraternal no filial. El
vínculo filial se rompe explícitamente, otorgándole una nueva jerarquía a
España en América. El verbo por excelencia que traduce esa relación es heredar.
La Argentina heredó de España un legado, pero la posesión y transformación de
la herencia la convierten en poseedora de los mismos atributos que tenía el sujeto
de quien heredó. Por otra parte, es interesante observar cómo los sujetos de la
enunciación se corresponden con los sujetos empíricos. En todos los casos, el
que habla lo hace en nombre de América, de los pueblos iberoamericanos;
excepción hecha del discurso de Farrell en octubre de 1944, en el que la relación
se establece con el pueblo argentino, con la Nación argentina. En esta tesitura,
los españoles representan a los "otros" que, si bien mantienen rasgos comunes,
no pueden ser confundidos con el "nosotros" iberoamericano. Este proceso
inclusivo nos da pistas sobre la dirección del discurso, que va dirigido a las
naciones americanas, que representan el "nosotros", y virtualmente a los
Estados Unidos, que por diferencias de raza, religión y cultura, son "ellos". Sin
embargo, no se han encontrado adaptaciones del discurso a la coyuntura
internacional, como veíamos en el caso español. Por el contrario, el avance
norteamericano y las presiones del Departamento de Estado contra los
gobiernos argentinos se relacionan con una mayor radicalidad en el discurso. En
octubre de 1943, la participación oficial en los festejos del día de las Américas es
la más concurrida de todo el período, significando con ello su importancia, y las
emisiones discursivas registran claramente la concepción del fenómeno de la
Hispanidad como mito de origen y como proyecto de futuro.
Ahora bien, el desarrollo del análisis demuestra la falta de sintonía ideológica
de los gobiernos argentinos con respecto a su homólogo español. Incluso en lo
que respecta al discurso conservador, que es el que más alusiones valorativas
contiene, los puntos de coincidencia son, como veremos, tan generales, que en
ningún caso se puede hablar de empatía ideológico-política. Pero si la variable
ideológica no puede explicar la progresiva importancia que los gobiernos
argentinos conceden a la Hispanidad, y por inclusión a España, ¿qué otra
variable o variables nos pueden ayudar a identificar ese fenómeno? O lo que es
igual, ¿por qué los discursos argentinos durante la Segunda Guerra Mundial
significan a la Hispanidad como un fenómeno actual, positivo, representado por
la deseada unidad del continente, del "nosotros" que se pretende diferenciar del
"ellos" que no comparten esa comunidad de lengua, religión y raza, y que se
legitima por un suceso histórico que alude al origen común, el cual fue posible
gracias al triunfo de la espiritualidad hispánica frente a las oscuridades
materiales del Islam?
En esta dicotomía se puede advertir que la producción discursiva argentina
establece dos tipos de colonización, aquélla que transporta y es motivada por
altos fines espirituales, la hispánica, y aquella otra que sólo se mueve con el fin de
obtener ventajas materiales. Si tomamos en consideración esta dicotomía, junto
con los receptores a los que va dirigido el discurso y la forma de articular la doble
temporalidad de la Hispanidad, y relacionamos este conjunto con la particular
situación internacional de Argentina durante el período, es probable que
logremos aproximarnos al fenómeno desde otro ángulo y podamos reformular
la pregunta. ¿Por qué los gobiernos argentinos recurrieron al mito de la
Hispanidad en el momento en que el país pasaba por una crisis de inserción
internacional en la que se desmoronaba indefectiblemente su relación
complementaria con Gran Bretaña y se tornaba cada vez más dificil el posible
entendimiento con Estados Unidos? Y, ¿por qué en los distintos discursos de los
gobiernos argentinos las formulaciones y acepciones en torno a la Hispanidad
resultan contradictorias entre sí, de tal suerte que la Hispanidad conservadora
niega la Hispanidad proclamada por los militares? Por último, ¿por qué la
Hispanidad se convierte, así, en un concepto polisémico, en el que el sujeto
España aparece ordenado en torno al origen?.
Existe una respuesta aproximada que, lejos de contener certezas definitivas,
resulta multiplicadora de dudas. La situación de la Argentina durante la
Segunda Guerra Mundial puede ser definida como un proceso de desestructu-
ración social, de transvaloración40, en el que determinados grupos sociales
sufren mutaciones en los roles hasta entonces ocupados en el tejido social. La
crisis de la oligarquía y de sus patrones de comportamiento social y político, las
nuevas aspiraciones del movimiento obrero y la redefinición del lugar a ocupar
por las Fuerzas Armadas son un claro ejemplo de esta ruptura que no es ajena a
los fenómenos internacionales. Parcialmente inducida por éstos, los gobiernos
argentinos deben enfrentar también la quiebra de un modelo de inserción y el
peligro, así visto, de verse obligados a seguir otro impulsado por los Estados
Unidos.
De forma permanente, el discurso argentino se formula y organiza en torno a
un presupuesto implícito: ¿quiénes somos? En este contexto de crisis de
identidad social y nacional, en el que se cuestiona la autopercepción, la visión de
los otros, se inscriben las alusiones a la Hispanidad y todas las conjugaciones que
ésta ofrece. Los discursos analizados traducen estas dos fracturas y cada uno
intenta, desde la posición del orador, recomponerlas.
Así, estas emisiones, en lo que respecta a la identidad nacional, advierten el
peligro que supone una reubicación de Argentina en la órbita norteamericana,
en la esfera de influencia de los que no poseen esa comunidad de lengua, religión
y cultura y, evidentemente, no nos dicen nada acerca de las condiciones
materiales y objetivas que hacen que la tradicional relación con Gran Bretaña
sea irreproducible con un "socio" como Estados Unidos. Por el contrario, se
apela a otro argumento: la aceptación de esta hegemonía rompería con aquello
que nos identifica y nos transformaría en "otros". Se alude a la identidad cultural
y se juega, como en el discurso español, con el ser y el no ser. El mito de la
Hispanidad, tal y como se visualiza, sirve para alertar sobre el peligro y define las
posibilidades de acción.
España llevó a cabo la "generosa" gesta del descubrimiento gracias a su
capacidad para expulsar al enemigo, que se definía como culturalmente distinto.
Es la oposición y la resistencia a la expansión del "otro" lo que le permitió ser y
proceder a unificar bajo sus mismos "buenos valores" a todo un continente. Una
acción a resultas de otra. Los discursos argentinos buscan legitimar la oposición
argentina ante Estados Unidos y encontrar adeptos a la causa: las naciones
iberoamericanas, unidas por un origen común y destinadas a un futuro
conjunto. Pero no formulan una identidad positiva, no dicen qué dirección
política concreta debe imperar en el continente. Por el contrario, lo que estas
emisiones traslucen es la conjugación de una identidad negativa: lo que no debe
ser América Latina y la Argentina en su relación con el exterior. Por eso, entre el
discurso de la Hispanidad de los gobiernos argentinos y el mismo de la
diplomacia española no se puede establecer sintonía o empatía ideológica
alguna.
Al mismo tiempo, no obstante, los distintos discursos argentinos traslucen la
crisis de identidad social abierta en aquel país. El discurso del último gabinete
conservador apela a fórmulas como la jerarquía social y la disciplina política,
legitimando sus propias aspiraciones al tiempo que negaba las de otros grupos.
Para ello no duda en hacer una particular lectura de la conquista y en tomar el
mito de origen, el descubrimiento y la unión del continente, como fórmula que
autoriza su propio proyecto. El pasado se convierte, así, en fuente de legalidad y
poder. Pero ese mismo pasado sufre una relectura por parte del gobierno militar
de 1943. La jerarquía social desaparece, o al menos se diluye notablemente. La
conquista no fue la labor de los grandes hombres, de los poderosos y de los
sabios; también fue la aportación de lo autóctono, valorado positivamente, y de
los trabajadores que llegaron a América. Nuevos actores, nuevos valores para
una definición distinta del "ser" que, evidentemente, tenía su proyección en la
acción política. Una vez más el discurso desagrega, relee, para volver a ordenar.
Por último, en los discursos de octubre de 1944, durante el gabinete Farrell-
Perón, la presencia de un dirigente obrero en los actos y el contenido de su
discurso, en el que se menciona a la España de la emigración, del exilio, y del
trabajo, enfatiza la tendencia presente ya en 1943.
En definitiva, los discursos analizados no sólo traducen las crisis de identidad,
sino que también establecen pautas para recomponerla. Cada orador, desde su
lugar y posición, nos dice lo que la Argentina no debe ser, tanto en el ámbito
nacional como en el exterior. Ahora bien, la interpretación del ser está
indefectiblemente teñida de las propias aspiraciones de grupo, que resultan
irreconciliables entre sí. Pero no se debe olvidar que en estos intentos de
reformular la identidad en crisis, ésta adopta valores negativos. En ningún caso
se llega a definir claramente la identidad en positivo, sino por confrontación.
Conclusiones : tendencias, regularidades y nuevos interrogantes
Así, pues, lo ideológico político no parece haber ocupado un lugar central en la
política exterior argentina hacia España. En el análisis del discurso de los
gobiernos argentinos no aparece ningún intento de rescatar los valores que
definían a la España de Franco e insertarlos en la formulación de su propia
identidad. Probablemente fuera el gabinete conservador de Castillo el único
ejemplo en el que se alude a la jerarquía social y política como criterios
definitorios del "ser argentino", tal y como aparacen constituidas en la instancia
discursiva. Pero aun en este caso es muy arriesgado decir que compartían un
mismo universo de valores. Ciertos elementos autoritarios existen en los
discursos de ambos gobiernos, el argentino y el español. Ahora, esto no significa
que esos elementos conformasen un horizonte común. El rechazo a las formas
democráticas podía muy bien tener un contenido distinto en uno y otro país.
Para la España de la posguerra y para sus gobernantes, democracia era la
participación de todos los sectores sociales y la pérdida de una buena parte de sus
privilegios. La experiencia de la Segunda República había sido traumática para
las clases dominantes españolas y para ciertos sectores de las Fuerzas Armadas.
El caso argentino, por su parte, es diferente. Democracia, atendía a otro
contenido, íntimamente ligado al fraude y a la imposibilidad de acceso de nuevos
sectores sociales al juego político. No es casual que a partir de 1943 se
visualizasen en la simbología de la Hispanidad nuevos sujetos, como los
trabajadores. La memoria histórica y la conjugación de fuerzas sociales jugaban
en ambos casos en distintas direcciones.
La forma que adoptaron las relaciones hispano-argentinas no estuvieron,
pues, condicionadas por la sintonía ideológica y ni siquiera la vinculación, en lo
que a la Argentina respecta, seguía el ritmo de la política exterior española. Los
virajes del gobierno de Franco no se vieron acompañados de cambios o
adaptaciones en la contraparte argentina, como lo demuestran las negociaciones
sobre armamento en fecha tan avanzada y la vigencia y virulencia del mito de la
Hispanidad. Por tanto, esos recursos estaban inscritos en las propias necesidades
internas de la Argentina del momento o, si se prefiere, en la imagen que de esas
necesidades tenían los dirigentes argentinos.
En cualquier caso, lo interesante de esta problemática es ver cómo ante una
situación de desestructuración social y nacional por los cambios que se estaban
operando en el escenario internacional, distintos actores reformulan y proponen
formas de identidad colectiva, y cuáles son los contenidos de esas formas.
En ese continuum histórico analizado, que incluía al gobierno conservador y a
los dos gabinetes militares, estos últimos suponen una inflexión, un corte en lo
que atañe a la política exterior argentina. El mantenimiento de la neutralidad
pasa a ser un principio, el flujo de las relaciones con España aumenta y al 12 de
octubre se le concede más espacio en el ámbito político oficial. Todo ello a pesar
de que la situación internacional reclamaba cada vez mayor prudencia. Por
tanto, debió existir alguna razón poderosa que impulsase a los distintos
gobiernos a mantener una posición que se presentaba como una opción
peligrosa en términos internacionales. Tampoco la buena marcha de las
relaciones con España o los beneficios potenciales justifican la importancia que
se le concedió a la vinculación. En términos de política exterior, esta opción
resultó ser un mal cálculo, pero en relación a la política nacional existe cierta
lógica subjetiva que, por imperfecta que fuese, guió la acción. Esa lógica, con
una dominante autoritaria, pretendió construir la identidad nacional mediante
la desviación del eje del conflicto hacia el ámbito internacional. No fue capaz de
incluirlo y canalizarlo institucionalmente. En este sentido interesaba la figura de
la Hispanidad, en tanto referente negativo, opuesto al Panamericanismo y
catalizador de proyectos políticos excluyentes.
El discurso argentino sobre la Hispanidad se sustenta en torno a dos nudos;
uno, pretende ser una respuesta a los problemas de identidad: "somos lo que no
son los otros". Si la Hispanidad es espiritualidad, es porque previamente "los
otros" representan la "materialidad". El otro, aspira a la exclusión: la
nacionalidad no admite conflictos y se resuelve en una suerte de "hermandad".
Los "otros" son los que no comparten esa terna de valores que aparecen de
forma sistemática: la lengua, la religión y la raza, pero también se excluye del
"nosotros" a quienes no acepten ciertas premisas políticas que se dan como
"verdades reveladas". Así se construye la figura del enemigo externo y, por
extensión, la del enemigo nacional, que pierde su atributo de conciudadano y,
por tanto, su legitimidad como actor y sujeto político.
Creemos que la forma que adoptó - en un momento tan crucial como lo fue
la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra- la reformulación de
identidades en la Argentina, en cuanto a la construcción de la "nueva"
Argentina, ha marcado el desarrollo político del país hasta hoy, y este mismo
perfil puede ser detectado en la formulación de la política exterior y en el curso
que ha seguido el juego político nacional.
La confrontación externa ha servido, en no pocas ocasiones, para legitimar
gobiernos de facto. La apelación al enemigo externo generó niveles muy altos de
consenso interno, y la incapacidad de aceptar el conflicto como parte necesaria
del juego político ha conducido a violentas represiones.
Bien es cierto que se dice que soplan nuevos aires, pero se ha de ser muy
cauteloso en la evaluación, porque los cambios en la formulaci ón de la política
exterior o en la definición del marco político nacional no implican transfor-
maciones en las percepciones o cálculos de los actores.
Condicionados como están por una multiplicidad de factores, estos registros
básicos pueden permanecer arraigados durante mucho tiempo en el acervo
cultural.
NOTAS
Oscar Landi, Reconstrucciones. Las nuevas formas de la cultura política, Buenos Aires,
Puntosur, 1988, p. 14.

Los textos de los convenios firmados por ambos países entre 1939 y 1942 en Archivo del
Ministerio Español de Asuntos Exteriores (de aquí en más A.MA.E), Legajo Renovado 2068/
expediente 1. Convenios hispano-argentinos desde 1939, 1943.

Así se lo hacia saber, en despacho reservado, el embajador español acreditado en la Argentina al
ministro de Exteriores de su país. Véase, A.MA.E., Legajo Renovado 2067/ expediente 3,22 de
abril de 1942.

Para un análisis pormenorizado del volumen y composición de los intercambios comerciales
hispano-argentinos, véase Marisa González De Oleaga, Las relaciones hispano-argentinas,
1939-1946. Identidad, Ideología y Crisis, Madrid, Universidad Complutense, 1991, pp. 103-133 y
229-246. José López de Sebastián, Política agraria en España, 1920-1970, Madrid, Guadiana,
1970. Angel Viñas, Julio Viñuela, Fernando Eguidazú, Carlos Fernández Pulgar y Senén
Florensa, Política comercial exterior de España (1931-1975), Madrid, Banco Exterior de España,
1979.

AMAE, Legajo R. 2067/ e. 3. Lista de materiales (Misión Aunós), 5 de septiembre de 1942. En el
mismo legajo y expediente: Informe sobre suministros especiales a la Argentina del subsecretario
de Política Económica del Ministerio de Asuntos Exteriores, 22 de febrero de 1944.

Véase Cristián Buchrucker, Nacionalismo y Peronismo. La Argentina en la crisis ideológica
mundial, 1927-1955, Buenos Aires, Sudamericana, 1987. David Rock, "Intellectual Precursors
of Conservative Nationalism in Argentina, 1900-1927,"Hispanic American Historical Review, 2
(mayo 1987), pp. 271-300.

Véase "España realizó el descubrimiento de América porque era la única nación capaz de
cumplirlo"en El Diario Español (Buenos Aires), 16.10.1941, p. 3. "El discurso del representante
del Centro Naval" en El Diario Español (Buenos Aires), 16.10.1941, p. 4. "Mensaje dedicado a
España con motivo de celebrarse el 450 aniversario del Descubrimiento de América, por el Señor
Ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina, Doctor Enrique Ruiz Guiñazú"en
AMAE, Legajo R. 1566/e. 2. Del embajador de España en Buenos Aires al ministro de
Exteriores, 16.10.1942. "El acto de homenaje a España" en El Diario Español (Buenos Aires),
13.10.1942, p. 2. "Transcripción del discurso del general Gilbert, pronunciado en el banquete
ofrecido por el Embajador de España, Conde de Bulnes, el día 12 de octubre de 1943"en AMAE,
Legajo R. 1566/e. 2. Del embajador de España en Buenos Aires al ministro de Exteriores,
18.10.1943; y en La Prensa (Buenos Aires), 13.10.1943, p. 3. "El Presidente de la Nación saludó a
los países Americanos" en La Prensa (Buenos Aires), 13.10.1943, p. 3. "Mensaje del general
Ramírez al general Franco" en La Prensa (Buenos Aires), 13.10.1943, p. 3. "Hubo una audición
radiofónica especial"en La Nación (Buenos Aires), 13.10.1944, p. 7. "Discurso del representante
obrero" en AMAE, Legajo R. 1566/e. 2. Del embajador de España en Buenos Aires al ministro
de Exteriores, 18.10.1944; y en La Nación (Buenos Aires), 13.10.1944, p. 8.
"Mensaje del Presidente Farrell al pueblo español en el Día de la Raza" en Arriba (Madrid),
14.10.1944, p. 3.

Véase Eduardo González Calleja, La situación política de la colonia pronacionalista española en
Argentina durante la Guerra Civil y la Guerra Mundial (1936-1946), original inédito. Archivo
General de la Administración (A. G. A), España, Sección Presidencia, Secretaría General del
Movimiento, Servicio Exterior, Legajo 59.

Cabe citar, dentro de este capítulo, las investigaciones de Carlos Escudé, Mario Rapoport y
Ryszard Stemplowski, que serán oportunamente reseñadas a lo largo de este trabajo.

Véase Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, Diplomacia franquista y política cultural hacia
Iberoamérica, 1939-1953, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC),
1988; y del mismo autor, Imperio de papel. Acción cultural y política exterior durante el primer
franquismo, Madrid, CSIC, 1992, pp. 157 y ss.

La bibliografía sobre el repliegue diplomático español es muy abundante; véase Marisa González
De Oleaga, op. cit., pp. 135 y ss.

Son numerosas las menciones que la diplomacia y el gobierno español hacen de la particular
importancia de la Argentina en el continente. Véase, AMA$ Legajo R.1372/ e. 21. Instrucciones
del ministro de Exteriores al embajador de España en Buenos Aires, con anotaciones de puño y
letra del generalísimo Franco, 9 de julio de 1943. Archivo Presidencia del Gobierno (APG),
Jefatura de Estado (JET Legajo 3, carpeta 3.1. Telegrama del ministro de Exteriores al
embajador de España en Buenos Aires, 4 de marzo de 1944.

Durante todo el período, la diplomacia española especuló sobre el significado real de lo que
llamaban "ese españolismo brotado aquí (en la Argentina) espontáneamente en las regiones
oficiales". Véase AMAS, Legajo R. 1371/ e. 3. Del embajador de España en Buenos Aires al
ministro de Exteriores, 30 de septiembre de 1942.

Sobre las posiciones de la colonia española en la Argentina, véase Marisa González De Oleaga,
op. cit., pp. 72-96 y 171-210. También pueden consultarse, Lorenzo Delgado, Eduardo González
y Marisa González, "La dinámica franquismo/oposición en Argentina: un ensayo de
interpretación (1936-1950)" en Javier Tusell, Alicia Alted y Abdón Mateos, La oposición al
régimen de Franco, Madrid, UNED,1990. Para el período de la Guerra Civil, la obra de Ernesto
Goldar, el trabajo de Mónica Quijada, "Los españoles de la Argentina ante la Guerra Civil
española: las instituciones de la comunidad" en OEI, Inmigración, integración e imagen de los
latinoamericanos en España (1931-1987). Apuntes introductorios, Madrid, 1988, pp. 79-97; y el
artículo de Enrique Pereira, "La Guerra Civil española en la Argentina" en Todo es Historia, 110
(1976), pp.44-58.

Sobre algunos aspectos de la relación en el período 1946-1949, véase Raanan Rein, "El pacto
Franco-Perón: justificación ideológica y nacionalismo en Argentina" en Estudios Inter-
disciplinarios de América Latina y el Caribe (EIAL), l, (enero-junio, 1990). Marisa González De
Oleaga, "La Alianza Franco-Perón", Hispania, 169 (1988), pp.625-689.

La versión consultada en AMAE, Legajo R. 17671e. 67. Texto del documento del Departamento
de Estado norteamericano sobre la situación argentina. Perón contestaría a este informe a través
del Libro Azul y Blanco. Véase Juan Domingo Perón, Libro Azul y Blanco, Buenos Aires, 1973.

Sobre este punto, véase Ronald C. Newton, "The United States, the German-Argentines and the
Myth of the Fourth Reich, 1943-1947", en Hispanic American Historical Review, 64 (1), (1984),
pp. 81-103.

Véase Mario Rapoport, ¿Aliados o neutrales?. La Argentina frente a la Segunda Guerra
Mundial, Buenos Aires, EUDEBA, 1988.

Véanselos trabajos de Carlos Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina,
1942-1949, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1983; de Mario Rapoport, Gran Bretaña,
Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas: 1940-1945, Buenos Aires, Editorial de
Belgrano, 1980; y de Ryszard Stemplowski, "Las potencias anglosajonas y el neutralismo
argentino, (1939-1945)", Estudios Latinoamericanos, 3 (1976).

Véase Carlos Escudé, "1940-1950. Boicot norteamericano contra la Argentina", Todo es
Historia, 177 (febrero 1982), p. 13.

AMAE, Legajo R.2067/ e. 2. De Industria y Comercio al Departamento de Asuntos Económicos,
31 de diciembre de 1940.

Ibid.

Véase Robert Potash, El ejército y la política en la Argentina, Buenos Aires, Hispamérica,1986,
pp. 243 y ss.

Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto (AMREC~ Expediente 61, Tomo I.
Armamentos adquiridos en Europa.

La fábrica de pólvora y explosivos situada en la provincia de Córdoba, cuya instalación había
sido producto de un oontrato firmado en 1937 con la compañía alemana Koln Rottweil A. G., no
podía ponerse en funcionamiento sin los insumos necesarios, tales como la pólvora, que
escaseaba de manera alarmante. Véase Beatriz Figallo, "La Argentina y España durante la
Segunda Guerra Mundial", Res Gesta, 23 (enero-junio, 1988).

Véase Robert Potash, op. cit., pp. 317 y as. Mario Rapoport, Gran Bretaña, Estados Unidos....
op. cit., pp. 260 y so.

Carlos Escudé, "1940-1950. Boicot norteamericano...", art. cit., p.15 y ss.

Véase Marisa González De Oleaga, op. cit., p. 272.

Las relaciones de la Argentina con Alemania, así como la supuesta triangulación de la
vinculación con España, son un aspecto de la política exterior argentina que se mantiene todavía
confuso. Los trabajos de Rapoport, Newton y Potash aportan algunas claves. En lo que respecta
al desarrollo de las negociaciones sobre armamento entre España-Argentina y Alemania, puede
consultarse Marisa González De Oleaga, op. cit., pp. 103-133, capítulo en el que se exponen los
datos aportados por la correspondencia diplomática española con la Alemania Nazi. También,
Klaus-Jorg Ruhl, Franco, Falange y el Tercer Reich. España durante la Segunda Guerra
Mundial, Madrid, Akal, 1986.

La propaganda alemana fue siempre muy selectiva. Véase Cristián Buchrucker, op. cit., pp. 194 y
ss. En lo que respecta al realismo de la política del Tercer Reich para América Latina, los trabajos
de A. Ebel, H.J. Schroder y R. Pommerin son muy ilustrativos en este sentido. Citados en C.
Buchrucker, p. 248.

Al menos ésta es la información que se desprende de la documentación consultada. Véase
AMAE, Legajo R. 1013/e. 4. Telegrama del director general de Aduanas al subsecretario de
Asuntos Exteriores, 12 de diciembre de 1942.

AMAE, Legajo R. 30651e. 89. Del director general de Interior al director general de Aduanas, 31
de julio de 1944.

Alocución del secretario general de la Casa de España, José Coll, pronunciada en la comida
celebrada en esta institución en ocasión de la fiesta del 12 de octubre, citada en "Contornos de
gran brillantez adquirió la comida organizada por la `Casa de España'" en El Diario Español
(Buenos Aires), 13.12.1940, p.3. Texto de la alocución del encargado de negocios de la embajada
de España en Buenos Aires, Buenaventura Caro, pronunciada en la comida organizada por la
Casa de España, Buenos Aires, 12.10.1940, citado en Idem, Ibidem. Texto de la alocución
"Supervivencia de la Raza Hispánica" pronunciada por el agregado cultural de la embajada
española en Buenos Aires, Pedro Ara, en la velada conmemorativa de la Asociación Patriótica
Española, Buenos Aires, 12.10.1940, citado en "Supervivencia de la Raza Hispánica" en El
Diario Español, 14.10.1940, p. 6. Texto de la alocución del jesuita José Antonio de Laburu,
pronunciada en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, en la función religiosa organizada
por la Asociación Española de la Virgen del Pilar, Buenos Aires, 12.10.1941, citado en "No se
puede nacer dos veces ni se puede cambiar de madre" en El Diario Español, 14.10.1941, pp. 4 y 5.
Texto de la alocución del ministro consejero de la embajada española en Buenos Aires, Conde de
Santa Pola, en representación del embajador, en la ceremonia organizada por la Asociación
Patriótica Española en homenaje a los hermanos Pinzón, Buenos Aires, 12.10.1941, citado en
"Discurso del Ministro Consejero Conde de Santa Pola" en La Nación, 13.10.1941, p. 4. Texto de
la alocución del embajador de España en Buenos Aires, Conde de Magaz, en el homenaje
brindado a su país por Defensa Social Argentina, con motivo del 450 aniversario del
Descubrimiento, Buenos Aires, 12.10.1942, citado en "El Acto de homenaje a España" en La
Prensa, 11.10.1942, p. 2. Texto del discurso del embajador de España en Buenos Aires, Conde de
Bulnes, transmitido por Radio Belgrano, Buenos Aires, 12.10.1943; transcripción completa en
AMAE, Legajo R. 1566/e. 2. Del embajador de España en Buenos Aires al ministro de
Exteriores, 18.10.1943. Texto del discurso del embajador de España en Buenos Aires, Conde de
Bulnes, en la recepción organizada por la legación diplomática, Buenos Aires, 12.10.1943;
transcripción completa en AMAE, Legajo R. 1566/ e. 2 del 18.10.1943. Texto de la alocución del
embajador de España en Buenos Aires, Conde de Bulnes, en la recepción de la embajada, Buenos
Aires, 12.10.1944, citado en "Discurso del Embajador de España, conde de Bulnes" en La
Nación, 13.10.1944, p.7.

Marisa González De Oleaga, op. cit., pp. 275-411.

AMAS, Legajo R. 1384/e. 2. Del agregado de la embajada de España en Buenos Aires al
ministro de Exteriores, 27 de octubre de 1941.

Alocución del embajador español en Buenos Aires, en la celebración organizada por la embajada
española, Buenos Aires, 12 de octubre de 1943.

Véase Marisa González De Oleaga, op. cit., pp. 358 (Cuadro III).

Obsérvese, por ejemplo, cómo la inclusión y exclusión del concepto de raza no se corresponde
con las restricciones impuestas pon los gobiernos argentinos a Falange, que reivindicaba la
utilización de este concepto. Falange es sometida a control por Decreto del Poder Ejecutivo de la
Nación Argentina en mayo de 1939; dos meses más tarde suspende sus actividades, pasando a
actuar bajo la cobertura de la Hermandad Hispano-argentina. El 13 de noviembre de 1940 se
decreta su disolución oficial. No obstante, la noción de raza se mantendrá hasta 1943, en algunos
casos con especial virulencia, sin atender a los recelos y suspicacias que este tipo de conceptos
provocaban en la sociedad argentina. La descorrelación entre los cambios contenidos en el
discurso y las limitaciones impuestas por los gobiernos argentinos son un buen indicio de a
quiénes consideraba la diplomacia española como interlocutores de sus acciones y
manifestaciones políticas.

En este caso, Ruiz Guiñazú exalta los valores de la conquista y menciona a los "ídolos groseros de
la mitología indígena", reconociendo por tanto; y a diferencia del discurso español, la existencia
de unidades culturales previas, visualizando a América como un espacio cultural, además de
geográfico. No obstante, esta alocución contradice las del gobierno militar, por cuanto aquélla
establece un juicio negativo y jerarquiza las distintas culturas, mientras que éstas les conceden a
las culturas originarias, en un claro intento por revalorizar lo propio, igual rango que a la
peninsular.

El concepto de transvaloración es una traducción literal del término transvaluation empleado
por la psicología social norteamericana. Véase Theodore R. Sarbin y Karl E. Scheibe, "A Model
of Social Identity" en T.R. Sarbin y K.E. Scheibe, Studies in Social Identity, New York, 1983, pp.
5-28.

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