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| VOLUMEN 5 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1994 |
Identidades en América Latina (I)
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"Mestizaje" y "Frontera" como categorías
culturales iberoamericanas
JOSE LUIS GOMEZ-MARTINEZ
The University of Georgia
En 1989, el ensayista cubano Carlos Alberto Montaner publica un libro
significativamente titulado La agonía de América: indagaciones sobre el fracaso
hispanoamericano. Esta dura evaluación del desarrollo iberoamericano, con la
que se quiere caracterizar todo un proceso, repite, en cierto modo, aquellas otras
palabras con las que Enrique Rodó resume en 1896 el siglo XIX: "El despertar
del siglo fue en la historia de las ideas una aurora, y su ocaso en el tiempo es,
también, un ocaso en la realidad" (150). Aunque las motivaciones sean distintas,
ambos pensadores coinciden en dos aspectos esenciales: a) en fundamentar sus
juicios en una comparación con las estructuras de la modernidad europea, y b)
en base a dicha comparación concluir en el fracaso de los países iberoamericanos.
En la década de los sesenta, coincidiendo y al mismo tiempo como parte de la
entrada en crisis del pensamiento de la modernidad en el mundo occidental, se
comienza a formular en los países iberoamericanos un nuevo discurso, que se ha
venido definiendo como un pensamiento de la liberación. Se trata de una
desconstrucción de las estructuras de la modernidad, de una denuncia de los
esquemas de opresión y, por lo tanto, de una toma de conciencia del estado de
periferia con que se había condenado a los países iberoamericanos1. El mismo
intento de recuperación del patrimonio cultural que caracteriza el esfuerzo
intelectual durante los dos primeros tercios del siglo XX, surge ahora como una
faceta más con la que el discurso de la modernidad marginaba y ocultaba la
realidad iberoamericana: la supuesta "recuperación" se convertía, en efecto, ele
una historia de la recepción de los esquemas intelectuales europeos, con lo que se
reforzaba la existencia de una realidad periférica2. El proceso desconstructivo
que se inicia en la década de los sesenta desenmascara las estructuras
hegemónicas que se imponían a través del discurso de la modernidad europea,
aunque ello, por supuesto, no implica que tales estructuras desaparezcan del
panorama iberoamericano; significa únicamente que ahora se descubren por lo
que son: esquemas de opresión. En este estudio me propongo, pues, reflexionar
en torno a dichos esquemas de opresión según se expresan a través de dos
categorías iberoamericanas, las de "mestizaje" y "frontera"3, y el intento de
superación que implica el pensamiento de la liberación.
Iberoamérica como frontera
El concepto de "frontera" surge naturalmente asociado a los de "descubri-
miento y conquista" de América, como simple proyección del de "frontera",
línea de conflicto entre cristianos y musulmanes, establecido ya en Europa. En
este sentido primero, su uso coincide con el de la América anglosajona. Frontera
era, en el concepto europeo, línea de separación, preludio a la creación de un
nuevo centro, proceso de expansión. En la América Hispana, este sentido
original experimentó desde el comienzo una transformación radical: se petrificó.
La frontera dejó de ser el punto de separación entre lo conquistado y lo por
conquistar, entre lo conocido y lo por "descubrir", para convertirse en un lugar,
en un espacio, en un modo de vivir. Del concepto dinámico de "frontera"
europeo que se definía en sí mismo, o sea, que llevaba en sí su propio centro, se
pasa en Iberoamérica a un concepto estático que se singulariza por carecer de
centro; la frontera iberoamericana se definía durante la Colonia a través del
centro español.. La independencia política no trajo consigo la recuperación del
centro, sino el traslado paulatino de éste a Francia, a Inglaterra, a Estados
Unidos. La polarización "civilización/ barbarie", que caracteriza el discurso
intelectual y el desarrollo sociopolítico durante el siglo XIX, es precisamente
una de las implicaciones de la iberoamericanización del concepto de "frontera".
El centro de la estructura que posibilita, por ejemplo, el discurso de
Sarmiento, no es un centro iberoamericano. El conflicto social se define en su
obra en términos de lo europeo (el centro) y lo iberoamericano (la frontera), en
términos de dos fuerzas opositorias, "la una civilizada, constitucional, europea;
la otra bárbara, arbitraria, americana" (110). Se trataba, para Sarmiento, de
"dos sociedades distintas, rivales e incompatibles" (55). Es decir, aunque la
polarización que demarcaba el concepto de frontera, según su origen europeo,
no había variado, el espacio que ésta implicaba se había transformado de un
modo radical. La frontera siempre había sido un lugar de forcejeo y, por lo
tanto, transitorio. Pero antes no se refería a un espacio, sino a una línea de
contacto. En el discurso de Sarmiento "la frontera" es un espacio; y la barbarie
no es lo "otro", lo que limita la frontera, sino que ahora se convierte en la
"expresión de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e
instintos" (14).
El discurso de Sarmiento, que fijaba con éxito la atención en las dos fuerzas
irreconciliables que definían la noción europea de frontera, no llega, sin
embargo, a apercibir las implicaciones que acarreaba el haberse convertido la
frontera en un espacio con el que ahora se pretendía definir a países
políticamente independientes. El traslado del centro de reflexión del conflicto
civilización/ barbarie a las causas que lo originan, enraizadas ellas mismas en la
iberoamericanización del concepto europeo de frontera, ha sido un proceso
lento. En realidad, es sólo a partir de la generación de 1939 cuando se empieza a
recuperar el espacio iberoamericano como ámbito de producción de cultura. Un
siglo después de que Sarmiento publicara su obra seminal Civilización y
barbarie, otro pensador argentino, Ezequiel Martínez Estrada, va a prob-
lematizar los conceptos de "civilización" y "barbarie" al contextualizarlos ahora
en el discurso axiológico iberoamericano en su ensayo Muerte y transfiguración
de Martín Fierro (1948). Martínez Estrada toma conciencia, en el transcurso de
este proceso, de que en Iberoamérica el concepto de frontera se transformaba en
un espacio, cuyo escenario él lo ve como "una cárcel o, si se prefiere, un infierno,
como también lo juzgan los que ahí padecen condenados sin saber por qué" (11,
490). Y añade: "¿Cómo se pueden comprender esas vidas sin abarcar un sector
vastísimo de territorio y de población, y aun de países y de pueblos?" (11, 493).
Martínez Estrada interioriza, en efecto, su reflexión al concentrarse en el análisis
del discurso axiológico del estar iberoamericano, pero en su rechazo de un
centro externo impuesto, la "civilización" de Sarmiento, no llega, sin embargo, a
superar su noción de "frontera" (44), más bien la iberoamericaniza, en el sentido
de apropiarse del concepto sin modificar su significado; no define, pues, la zona
en función a su estructura, sino que lo hace como zona de oposición a un centro
externo que, por lo mismo, la rige. Liliana Weinberg, al reconocer en el concepto
de "frontera" una categoría iberoamericana, señala con acierto:
"Ubicado al lado (para) de lo que comúnmente se acepta como
verdadero (doxa), [Martínez Estradal se dedicará a indagar la verdad
de los hechos desde un nuevo `mirador'. Y, al ofrecer la verdad,
demostrará que es él quien ocupa el verdadero centro, validando así
su posición marginal como la única auténtica [...1 Ponerse al margen
era la única forma de seguir ocupando el centro; sólo desde el margen
es posible advertir las imposturas del centro para desenmascararlas
y, al mismo tiempo, descubrir la verdad encubierta por la mentira del
discurso oficial". (34)
Martínez Estrada supone, en este sentido, un paso intermedio en la
recuperación del espacio iberoamericano, que enlaza el pensamiento del siglo
XIX (Sarmiento) con el pensamiento de la liberación (Zea), según surge éste a
partir de la década de los sesenta. En Sarmiento, Iberoamérica no existe como
identidad propia; él veía todavía los países iberoamericanos como lugar de
confrontación entre la civilización y la barbarie, como tierra de nadie. Quizás
mejor que en su propia obra, la trascendencia del pensamiento de Sarmiento se
manifiesta con más precisión en el mundo -iberoamericano que se proyecta en
novelas como la del ecuatoriano Juan León Mera, Cumandá o un drama entre
salvajes (1879). En esta obra, los habitantes de Ecuador se separan en dos
grandes grupos: los extranjeros y los salvajes; los primeros son los "blancos",
identificados como cristianos; los otros son los indios o mestizos. Incluso se
señala que la protagonista, Cumandá, era blanca en un ambiente indígena,
diciendo que tenía "corazón de origen cristiano en pecho salvaje" (54). En esta
obra de Juan León Mera, Ecuador no existe como identidad social; sigue siendo
un lugar fronterizo, semejante a los de la España medieval, y el conflicto se
define, en los términos de Sarmiento, como una lucha entre la civilización (lo
europeo) y la barbarie (lo autóctono).
Martínez Estrada recupera el espacio, da corporeidad propia a Iberoamérica;
pero no lo hace recuperando el centro como paso primero ineludible para la
reconstrucción de una realidad que surgiera ahora del espacio iberoamericano.
El hace de la frontera centro. Entiéndase bien: no traslada el centro a la zona que
antes se consideraba frontera (zona marginal), sino que hace de la frontera, de la
marginalidad misma, un centro. Su obra, como antes la de Sarmiento,
ejemplifica en este sentido un proceso, pues resume y recoge a la vez el discurso
de la "recuperación" iberoamericana que caracteriza los dos primeros tercios del
siglo XX. La "recuperación" de la literatura, del pensamiento, del desarrollo
histórico iberoamericano hasta la década de los sesenta, estuvo marcada, como
señalamos anteriormente con el ejemplo de Larroyo4, por una interpretación de
lo iberoamericano a través de valores, escuelas filosóficas, modas e intereses
europeos. Con ello se recuperaba, en efecto, el espacio iberoamericano, pero se
le negaba autonomía al hacerlo dependiente; no se le liberaba, sino que se
legitimaba su realidad como siendo esencialmente marginada; o como nos dice
Weinberg: "La frontera se caracteriza entonces primariamente por lo que no es,
se caracteriza por exclusión [...]. Sus habitantes, su ambiente, su cultura, son
también fronterizos" (114). Este modo de ver la realidad iberoamericana todavía
se proyecta hoy día en obras populares, que ofrecen interpretaciones simplistas
de su desarrollo, pero que, incluso desde posiciones encontradas, coinciden en
juzgar el espacio iberoamericano como espacio de frontera. Me refiero a obras
como Las venas abiertas de América Latina (1971), de Eduardo Galeano, o Del
buen salvaje al buen revolucionario (1976), de Carlos Rangel. El primero, desde
una óptica tercermundista, que postula la cómoda posición de que "el
subdesarrollo latinoamericano es una consecuencia del desarrollo ajeno" (440),
y el segundo, convencido, desde la óptica de los centros de poder, de que "lo más
certero, veraz y general que se pueda decir sobre Latinoamérica es que hasta hoy
ha sido un fracaso" (21).
En el concepto europeo de frontera se hacía siempre referencia, como
señalamos, a una línea, al lugar de encuentro y conflicto con el "otro", que por el
solo hecho de serlo representaba al "bárbaro", y la frontera era la línea que
separaba la "civilización" de la "barbarie." En cualquier caso, por deber o por
castigo, se vivía siempre en la frontera de modo provisional, sin confundir el
lugar de pertenencia (el centro, la civilización) con el lugar transitorio de
residencia. En Iberoamérica, al hacer de la frontera un espacio y por lo tanto un
lugar de residencia, sin modificar su contexto conflictivo entre lo que se rechaza
(convertido ahora en lo autóctono) y lo que se desearía ser (la fundamentación
de un centro que está siempre fuera), se crea un nuevo modo de ser que Mayz
Vallenilla define como un "reiterado no-ser-siempre-todavía" (72). Es "el pecado
original de América" de Murena, pues para él, "el hecho capital ha sido la
expulsión desde una tierra espiritualizada [Europa] a otra sin espíritu; de él
dimanan todos los males"(159); se trata de un permanente sentirse desterrado en
la frontera: "América es presencia en mí en la medida en que soy americano, pero
acaso aun más en la medida en que no lo soy" (Murena 9). Por ello el constante
preguntarse "¿Por qué estoy yo en América? [...] ¿Por qué no nos tocó el destino
de Europa o Asia a nosotros y no a los que están ahora en Europa y Asia? [...]
¿Por qué hubieron de verse arrojados del espíritu [del centro] al no espíritu [la
frontera], en lugar de poder proseguir, como otros, en el seno del espíritu?"
(Murena 159).
Lo iberoamericano como mestizaje
La pregunta ¿qué somos? surge ya en Iberoamérica con la primera generación
que sigue a la conquista y es quizás la nota más distintiva que se destaca y que
caracteriza a la vez las expresiones culturales de sus habitantes, quienes se
sienten vivir en el "nuevo continente"; es decir, en un continente visto desde
"otro", desde un centro que no es el suyo. Pero es en el momento de la
independencia política cuando la pregunta adquiere una consciente repercusión
existencial, pues exige ahora una respuesta, aun cuando, sin definición propia,
ésta se formule por vía negativa, por lo que no se es; o sea, por lo que se rechaza y
por lo que se anhela. Así se expresa Simón Bolívar y, con él, toda una
generación: "No somos indios ni europeos, sino una especie media entre los
legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, [somos]
nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa,
tenemos que disputar éstos a los del país y (tenemos] que mantenernos en él
contra la invasión de los invasores" (69). En este escrito de 1815 ("Carta de
Jamaica', convierte Bolívar, de modo simbólico, la frontera en espacio. Al
cortar las ligaduras con la metrópoli, con el centro, se destruye también la
pretensión de un vivir transitorio, provisional. Pero Bolívar no traslada el centro
a América; corta sólo los lazos: "nuestros derechos [son] los de Europa," nos
dice. En realidad, ésta es la única afirmación que se formula por vía positiva: el
reconocer como centro del nuevo espacio el centro europeo. Las demás
afirmaciones se expresan por vía negativa: "no somos indios ni europeos" y nos
encontramos "entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores
españoles." Con ello, el concepto de frontera se mantiene íntegro; el espacio es lo
que se amplia y es la causa de la lucha; se reclama ahora la posesión de la
"frontera"; pero el objetivo de vivir en la frontera sigue siendo conflictivo: se
rechaza lo "indio" (la barbarie), para mantener "nuestros derechos los de
Europa."
Bolívar señala de modo contundente que "no somos indios ni europeos" (69),
como correspondía a la perspectiva que de Iberoamérica se tenía en Europa.
Para el europeo, Bolívar era en efecto un criollo; es decir, un nacido en la
frontera, y por lo tanto un producto de la frontera, aunque eso sí, del lado
europeo de la frontera, lo que le hacía más humano que el bárbaro (el indio) que
habitaba al otro lado de la frontera, pero que de ningún modo le igualaba al
europeo, al habitante del centro. Al exigir la generación de Bolívar el dominio
político sobre la frontera, y al convertir a ésta en espacio; se comienza también a
borrar la línea que mantenía al "otro" separado. Con ello, el habitante de este
nuevo espacio empieza a definirse como un ser y un no-ser, al mismo tiempo lo
uno y lo otro: como el resultado de un mestizaje. Sin duda, el que así sucediera en
la superficie de la dimensión racial vino a fortalecer el mestizaje cultural, pero no
se consigue con ello definirse ni superar la mentalidad de frontera. Más bien
sucede lo contrario; el mestizaje cultural se sigue viendo a través del mestizaje
racial y ambos se juzgan desde el concepto de frontera; es decir, desde la
perspectiva de un centro ajeno, donde tanto la frontera como el mestizaje
conllevan el contexto de contaminación5.
Todavía a finales del siglo XIX, en Conflicto y armonías de las razas en
América, de 1883, Sarmiento se sigue preguntando: "¿Somos indios o somos
españoles? ¿Hemos dejado de serlo por llamarnos americanos?" (37:167). En
realidad, al transformar la frontera en espacio, el conflicto ya presente en
Bolívar se había agudizado. Lo que comenzó definiéndose como diferencia se ve
ahora como rechazo; y en este sentido, el discurso de Sarmiento, aun cuando no
sea el más representativo de su generación, sí coincide más con la realidad social
finisecular cuando señala: "Es acaso esta la vez primera que vamos a
preguntarnos quiénes éramos cuando nos llamaron americanos, y quiénes
somos cuando argentinos nos llamamos. ¿Somos europeos? ¡Tantas caras
cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas? Sonrisas de desdén de nuestras
blondas damas nos dan acaso la única respuesta. ¿Mixtos? Nadie quiere serlo, y
hay millones que ni americanos ni argentinos querrían ser llamados" (37:27)6. Y
de este modo Sarmiento explica, por ejemplo, el estado de postergación en que
se encontraba Bolivia, pues, nos dice, "en Bolivia hay quince indios por un
blanco o mestizo español y ningún europeo de los países del Norte" (38:247)
El concepto de frontera, convertido en el paradigma que fundamenta el
análisis de lo iberoamericano, da lugar a principios del siglo XX a una paulatina
aceptación del mestizaje como solución. En un principio se formula el nuevo
discurso en posiciones radicales: A) aceptan unos el mestizaje como un mal
menor, pues, como afirma Felipe Guzmán desde Bolivia en 1910, "las razas
inferiores que se mantienen puras [las que estaban al otro lado de la frontera
original que marcó Europa], no alcanzarán jamás el nivel de las que se cruzan
para fundirse en las razas superiores" (79-80). Por ello, señala todavía en 1932
Alfredo Sanjinés: "Para la puna, un remedio ideal sería, indudablemente, el
promover la inmigración extranjera; elementos vascos, alemanes y con
preferencia los exponentes de las razas nórdicas de Europa que pueden
aclimatarse en el altiplano, a fin de que mejore nuestra raza indígena" (120)7. B)
Otros, como Vasconcelos, ven en el mestizaje "el rasgo fundamental de la
idiosincrasia iberoamericana" (34), que luego proyectan en un mesianismo
utópico: "En la América española ya no repetirá la Naturaleza uno de sus
ensayos parciales, ya no será la raza de un solo color, de rasgos particulares [...];
lo que de allí va a salir es la raza definitiva, la raza síntesis o raza integral, hecha
con el genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, más capaz de
verdadera fraternidad y de visión realmente universal" (36). Esta obra de
Vasconcelos, de 1925, tuvo repercusión inmediata en el ámbito iberoamericano;
primero, como señala Uslar Pietri, como aceptación de una realidad: "eran
mestizos pero no se atrevían a reconocerlo" (25); luego, según desarrollamos
más adelante, como posición agónica ante el reconocerse mestizo - todavía con
la carga de inferioridad que conlleva el ser un producto de frontera- y desear
que su realidad hubiera sido diferente; finalmente, a partir de la década de los
sesenta, a través del pensamiento de la liberación, se inicia un lento proceso de
recuperación del centro, de verse desde la propia realidad, con lo que se supera el
concepto de "frontera", y mestizaje deja de implicar adulteración para
convertirse en sinónimo de cultura, de riqueza cultural.
El mesianismo de Vasconcelos revitaliza, pues, una vena fecunda del
pensamiento de José Martí que, en relación al tema que aquí nos ocupa,
destacaba ya las dos facetas fundamentales que perpetuaban la mentalidad de
frontera: a) e] sentirse un ser fronterizo y negarse al mismo tiempo a reconocerse
como tal; b) el negarse a ver la realidad iberoamericana en su contexto e insistir
en juzgarla desde centros externos a ella. Martí valora con desdén la primera
actitud, "¡Estos nacidos en América, que se avergÜenzan, porque llevan delantal
indio, de la madre que los crió!" (38); y es específico ante la segunda: "Conocer es
resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único
modo de librarlo de tiranías" (40); por ello insiste en recuperar el centro
iberoamericano: "La universidad europea ha de ceder a la universidad
americana" (40).
Esta es precisamente la problemática que se plantea Martínez Estrada, cuyas
reflexiones, como destaca Liliana Weinberg, caracterizan el pensamiento de una
época; representan el proceso inicial de la recuperación del discurso axiológico
del estar iberoamericano; aun cuando en esta primera etapa se haga todavía a
través del discurso axiológico del ser europeo. Martínez Estrada parte, en efecto,
del "gaucho", que él identifica con el mestizo y cuya palabra y concepto hace
derivar del término quechua huacho - "guacho"-, que significa huérfano
(1:241); es decir, hijo de nadie. De ahí el sentido agónico de su descubrirse: "He
aquí la terrible palabra, la palabra proscrita: mestizaje, clave de gran parte de la
historia iberoamericana. La tragedia de los pueblos sudamericanos en su cuerpo
y en su alma, que pertenecen a dos mundos separados" (1:246).
El iberoamericano disfraza, oculta, esta especie de esquizofrenia de su estado,
proyectando el desprecio con que observa su realidad en odio contra sus
primogenitores. Por ello, señala Martínez Estrada que "el odio contra el español
se envasa en el odio contra el indio. El desprecio contra el español, en el
desprecio contra el gringo" (1:250). Se reconoce en su ser hijo de india (de la
barbarie) y de blanco (de la civilización, de Europa), pero se siente hijo
rechazado, pues, como señala Weinberg con referencia al gaucho, "puesto ante
la ley del blanco y la ley del indio, resulta ser un outlaw, que no puede integrarse
a ninguno de esos mundos aunque es víctima de la ley implacable de ambos"
(114). Tanto para Martínez Estrada como para Weinberg, "lo gauchesco es lo
que persiste aun cuando el gaucho histórico haya desaparecido. Lo gauchesco es
lo que los argentinos son y no admiten porque no quieren serlo" (99). Lo
gauchesco, en este sentido, refleja esa etapa intermedia de recuperación en la que
todavía se ve lo mestizo como contaminación; el argentino es el iberoamericano
que ahora, como en el caso de Weinberg, hace más apremiante la pregunta y la
necesidad de superar que su respuesta se formule por vía negativa: "¿Qué somos?
Somos lo gauchesco. Somos frontera, marginalidad, somos barbarie mal
encubierta de civilización. Y, sobre todo, no somos todavía una comunidad"
(100).
Es decir, se recuperan, sin superar todavía los conceptos de "civilización" y
"barbarie." En su origen, barbarie era lo "otro", lo situado al otro lado de la
frontera: lo indio (lo autóctono americano) en oposición a lo español en el
comienzo de la Colonia. Con la independencia política, Sarmiento quiso en un
principio trasladar también a América la "civilización" y ubicarla en la ciudad,
en cuanto éstas se creían reproducción de la Europa en América (así la tesis
central de su libro Civilización y barbarie). Pero como el concepto de
civilización seguía siendo el europeo, lo artificioso de su traslado no pudo
mantenerse; se impone de nuevo el sentido tradicional que defiende Alberdi
contra Sarmiento: "En el Plata, como en el resto de América, no hay más que
una división del hombre americano: el indígena, es decir, el salvaje y el europeo
de raza y de extracción, que representa la civilización" (54). Esta dicotomía en el
concepto del habitante iberoamericano, posible todavía a mediados del siglo
XIX, era anacrónica a mediados del siglo XX y opuesta a lo que Martínez
Estrada identifica como lo gauchesco. Si el habitante de la frontera es por
definición el mestizo, los conceptos de "barbarie" y "civilización" no pueden ser
categorías excluyentes, sino componentes de un mismo proceso social; son las
dos caras de una misma moneda.
Martínez Estrada deja, en efecto, de ocuparse de los extremos ("barbarie"
como lo indio que se remonta a lo precolombino y "civilización" como el centro
europeo de la cultura occidental), para fijar su atención en su "producto"
iberoamericano, en lo gauchesco, en lo mestizo, que él define como "un estilo, un
contenido, un uso del lenguaje, una cualidad étnica, un cariz geográfico y
temporal, un mundo" (11:465). Es, nos dice más adelante, "lo que queda cuando
todo cambia," lo que "queda firme a través de las vicisitudes de los cambios
políticos, de las técnicas industriales, del aprovechamiento de los productos
naturales y de cultivo, de la enseñanza y de la obra de gobierno" (11:465). Se
trata, en Martínez Estrada, de un modo de ser iberoamericano ("Para nosotros
acaso el gaucho [lo gauchesco) tenga un valor genético semejante al del
normando, el sajón, el franco, el ibero, el latino, por lo que tuvo de lo español
racial, antropológico, y del indio" 1:261), pero que se define, como ya señalamos,
por vía negativa, como deficiencia, como contaminación o, como ya expresa
José Hernández en el Martín Fierro, como castigo:
"Porque el ser gaucho ... ¡barajo!
El ser gaucho es un delito
..................
De todo el que nació gaucho
Esta es la suerte maldita" (I:XXIII)
Esta toma de conciencia e interpretación de lo iberoamericano adquiere una
dimensión desgarradora en El pecado original de América (1965) de Murena,
precisamente por verse como un vacío, como un ser que se siente existir entre lo
que no quiere ser y lo que no llegará a ser; o sea, arrojado del seno de la
civilización al vacío y sujetado en el ancla de la barbarie de lo autóctono
americano que le impide reintegrarse a la civilización: "Digámoslo de entrada:
los americanos somos los parias del mundo, como la hez de la tierra, somos los
más miserables entre los miserables, somos unos desposeídos porque lo hemos
dejado todo cuando nos vinimos de Europa o de Asia, y lo dejamos todo porque
dejamos la historia" (105). Para Murena, como para Martínez Estrada, el
iberoamericano no tiene historia, no tiene padre, es "el hijo de nadie" (106).
Murena supera en su interpretación el contenido racista del concepto de
mestizaje, pero se siente apresado en su significado de contaminación: "El
mestizaje americano - que en algunos países asume la forma racial- es de
orden mental, espiritual [...] es indiferente el color de la piel, la raza. Por esa
razón, por ser el mestizaje americano de orden mental, los problemas
americanos suelen darse en la Argentina mucho antes que en otros países de
América" (13). En Murena se unen, pues, dos posiciones que se reafirman
mutuamente: a) por una parte, el hecho de que Europa sigue juzgando al
iberoamericano a través de su propio discurso axiológico, por lo que impone
igualmente una "historia" iberoamericana que se hace presente sólo en cuanto
fundamenta a la europea; b) por otro lado, el hecho también de que la
recuperación del pasado iberoamericano, que caracteriza gran parte del esfuerzo
intelectual durante el segundo tercio del siglo XX, se efectuara asimismo desde la
perspectiva europea, con lo que la "recuperación" se presentaba como la
recepción tardía y débil de los movimientos europeos en el ámbito
iberoamericano. Ambas direcciones refuerzan en Murena una realidad
fronteriza, constitucional, que ha impedido e impedirá en el futuro su progreso.
Y ante la pregunta ¿por qué? señala: "La única respuesta que ese interrogante
arranca es un sentimiento, el sentimiento, en suma, de que nacer o vivir en
América significa estar gravado por un segundo pecado original" (156). Se trata
de una posición mesiánica, aun cuando sea de signo opuesto a la de Vasconcelos,
pero que lleva a aceptar una visión derrotista: "Nos vemos forzados a presumir
que esa compulsión del misterio que nos expulsó del reino del espíritu [Europa]
ya constituido, que resultó para nosotros degradante, es una insinuación en el
sentido de que hay en la raíz de América un pecado original, que América ha sido
objeto de una elección" (167).
Bajo tal perspectiva, Murena interpreta el desarraigo de las minorías
iberoamericanas como la ineludible atracción hacia la luz, hacia la civilización
- siempre centrada en Europa- que experimenta todo aquel que toma
conciencia de su realidad y que por lo mismo "hubiera preferido no nacer en
estas tierras" (174). La descripción de la minoría que nos entrega Murena
actualiza el funcionar de ese modo de ser (lo gauchesco en Martínez Estrada, el
mestizaje en mi estudio), que nosotros asociamos con la categoría de frontera:
"Miembro de las minorías urbanas, o desertor de los sectores rurales que se
incorpora a las urbes, protegido por las murallas de las ciudades levantadas de
espalda a los países y con el rostro vuelto hacia ultramar, su actitud más
rudimentaria consiste en el desdén hacia la barbarie de las provincias, del
interior. En este calificativo de barbarie lanzado contra lo que constituye casi la
totalidad de su país, delata la convicción de que no considera a su tierra como
suya, que su tierra es la civilización, de tan pobre vigencia entre los que
comparten su nacionalidad" (175).
En este sentido, Bolívar, Alberdi, Sarmiento, Vasconcelos, Martínez Estrada,
Murena, son únicamente figuras representativas de un proceso: como la
independencia política del espacio no trajo consigo la creación de un centro que
lo contextualizara, y como los sucesivos intentos de crearlo partían, por lo
general, desde presupuestos axiológicos europeos, tales propósitos parecen
convertirse en Iberoamérica en proyectos individuales, olvidados o rechazados
por las siguientes generaciones de intelectuales, que, situados de nuevo en un
centro externo, creen que el "nuevo mundo" ha de comenzar con ellos. El
resultado es, sin embargo, que sólo se garantizan que nada comience y que su
propia obra sea silenciada por las generaciones siguientes, al paso que se va
fomentando un permanente estado de expectativa. En realidad, dicho estado de
expectativa era lo esencial del antiguo concepto de frontera, cuando por frontera
se entendía la línea de encuentro o de confrontación con el "otro". Pero la
permanencia de este "ser-expectativa" como contextualización del nuevo
espacio creado ha dado lugar, según el discurso filosófico de Mayz Vallenilla, a
un modo peculiar del ser iberoamericano: "¿Es que por vivir de expectativa... no
somos todavía? ¿O será, al contrario, que ya somos... y nuestro ser más íntimo
consiste en un esencial y reiterado no-ser-siempre-todavía?" (72). Con esta
expresión no indica Mayz Vallenilla que el iberoamericano no es o que
constituya un mero episodio temporal inacabado, sino que "esencialmente,
somos y seremos un no-ser-siempre-todavía" (91).
Hacia un pensamiento de la liberación
Aunque parezca redundante reiterarlo, creo que conviene dar énfasis de nuevo
a la validez que, medio siglo después, tienen todavía las palabras de Martínez
Estrada; con ligera actualización, su afirmación sobre el gaucho - ese "hijo de
nadie" que vive entre el "indio" y el "blanco" - resume igualmente el presente:
"En la frontera (Iberoamérica), ese habitante fronterizo tenía que servir los
intereses de su enemigo para salvarse [si identificamos la oligarquía política,
económica y cultural con el `gaucho', el pueblo es el `indio', y los intereses
internacionales económicos, culturales, políticos etc., representan el centro que
gobierna la vida en la `frontera' iberoamericana]" (1:114). El pesimismo del
discurso de Martínez Estrada, por supuesto, proviene de que se encuentra él
mismo atrapado en su vivir fronterizo, pero la lectura de sus palabras en la
década de los noventa proyecta, ciertamente, una profunda reflexión que
trasciende su circunstancialidad: "Sería ingenuo preguntarse por qué esos seres
que padecen cautivos en un pedacito del mundo que es tan inmenso, sufren como
si hubieran perdido toda facultad de determinación y hasta de movilidad.
Plantear así el problema es desconocer una verdad universal. No pueden. Y
porque no pueden, no quieren. No es lícito echar sobre los hombros de los
infelices el peso abrumador de las leyes infalibles de la existencia, perdonar a la
sociedad en busca de un inocente. No hay más que dos salidas: comprender y
resignarse" (II:491).
A finales de la década de los sesenta se comienza a formular en Iberoamérica
un nuevo discurso que recobra al hombre en su concreción histórica como
referente de su reflexión. Se inicia, así, la recuperación del centro de su propia
estructura; entiéndase bien que recuperar el centro no significaque en el pasado
no lo tuviera; antes sólo se reflexionaba como si no existiera, y lo que inicia el
pensamiento de la liberación es una reflexión que se fundamenta en paradigmas
propios: de ahí, el discurso teológico de Gustavo Gutiérrez o Leonado Boff, por
ejemplo, que hacen partir la reflexión teológica de un centro, de una estructura
iberoamericana. Zea rechaza igualmente el discurso que considera bárbaro
cualquier otro discurso, y formula su pensamiento de la liberación a través de un
discurso que "está dispuesto a comprender, a la vez que busca hacerse
comprender", pues, añade Zea, "es la incomprensión la que origina el discurso
visto como barbarie. Todo discurso es del hombre y para el hombre. El discurso
como barbarie es el discurso desde una supuesta subhumanidad, desde un
supuesto centro en relación con una supuesta periferia. Todo hombre ha de ser
centro y, como tal, ampliarse mediante la comprensión de otros hombres"
(1988:23-24). Tal es el sentido de convivencia que se impone cada día con más
apremio en el proceso de globalización actual y que en español expresa con
nitidez el término "nosotros." Se trata, en efecto, de la comunidad humana, de
un "nosotros," pero que para evitar nuevos colonialismos debe entenderse en el
orden de sus componentes; es decir, como un nos-otros, como un diálogo a
partir del "nos", de una reflexión que arranca de las propias estructuras, pero
que se sabe ser únicamente en diálogo con los "otros".
En realidad, la actual clasificación de los pueblos en desarrollados y
subdesarrollados, que implica un centro y una periferia, es únicamente la
actualización, ahora con base económica, de las clasificaciones sociales en el
siglo XIX, basadas en el color de la piel o en una forma específica del cráneo.
Tanto antes como ahora, dichas clasificaciones van acompañadas de
valoraciones socio-culturales que actualizan renovadas formas de colonización,
las cuales se autojustifican, ahora como antes, en la supuesta superioridad de
unos seres humanos sobre otros. De la barbarie existencial por no hablar
español y no ser cristianos, se pasó a la barbarie cultural por no participar
plenamente de la modernidad cartesiana; de ésta a la barbarie racial por no
poseer el mismo color de piel y de ojos que el modelo centroeuropeo; hoy día, en
fin, hablamos de una nueva barbarie, la barbarie económica que mantiene a
estos pueblos en el subdesarrollo. Y si bien en la actualidad no se expresa esta
"realidad" en términos tan crudos como el dudar de la humanidad del habitante
iberoamericano en el siglo XVI o el afirmar su inferioridad genética como en los
siglos XVIII y XIX, implica igualmente incapacidad. Este discurso de la
modernidad europea es, precisamente, el que se propone problematizar,
desconstruir, el pensamiento de la liberación, para descubrir, como hace Zea,
que "la disyuntiva latinoamericana entre `civilización y barbarie' fue propuesta
por la misma Europa para manipular pueblos" (1988:276).
Las conclusiones de Leopoldo Zea de que "no existen pueblos civilizados y
pueblos bárbaros o salvajes, sino pueblos formados por hombres concretos,
entrelazados en sus esfuerzos por satisfacer sus peculiares necesidades" (1988:23),
resumen también la aportación de la generación intelectual iberoamericana de
19688. Pero estas conclusiones destacan igualmente la doble faceta de la
problemática. En efecto, no basta con desconstruir, problematizar, el
pensamiento que, instalado en un centro propio, considera periférico, en el
sentido de contaminado, inferior, el pensamiento del "otro", sino que se hace
necesario también superar la mentalidad de periferia, de frontera, de los
habitantes del espacio que se desea liberar. En sus últimas consecuencias, el
pensamiento de la liberación desenmascara el contenido de opresión de todo
centro y busca destruirlo; mas con ello no implica la negatividad de borrarlo
según el discurso posmoderno centroeuropeo, sino el superarlo, el trans-
formarlo, en un centro dialógico que sea por su naturaleza dinámico, para evitar
así, en el futuro, nuevas formas de opresión.
Pero al desenmascarar el pensamiento de la liberación los esquemas de
opresión presentes en todo centro que juzga periférico al de los demás, posibilita
no sólo la liberación de los llamados hoy países subdesarrollados, sino también
la de ciertas zonas interiores, o grupos sociales específicos, antes considerados
como marginales. La repercusión de este proceso es doble y constituye, quizás, la
nota más característica de la situación iberoamericana en la década de los
noventa. Es doble, en el sentido de que supone una independencia cultural del
tradicional "centro" europeo, pero implica asimismo un descubrir los "centros"
también de opresión que albergaba Iberoamérica dentro de sí misma. Es así
como surge el discurso testimonial de pueblos marginados secularmente, pero
que ahora se apoderan de la palabra y reclaman sus derechos de seres humanos
con su propio discurso; tal es el símbolo de Rigoberta Menchú y la
exteriorización de su pensamiento en obras como Me llamo Rigoberta Menchú,
y así me nació la conciencia (1983). Así puede también considerarse el reciente
levantamiento en Chiapas. Mas las nuevas "fronteras" que ahora se revelan no
implican únicamente toma de conciencia de la existencia de grupos étnicos
marginados; el proceso va más allá: se "descubren" otras formas de marginación,
diversas a los espacios políticos o diferencias étnicas; "surgen" los grupos
marginados por la pobreza, a quienes también se les había negado voz y se les
relegaba en ocasiones a estados de subsistencia; se "hace visible", en fin, la mujer
como grupo oprimido. Surge, como señalábamos anteriormente, un nuevo
centro, que ahora no se define por sus diferencias con los demás, y que busca
eliminar el tradicional concepto de frontera, para sentirse ser en el diálogo. Es un
reconocer la presencia y los derechos del "otro" implícitos en la relación de un
nos-otros.
NOTAS
Me refiero aquí a las obras ya clásicas, entre otras muchas, de Leopoldo Zea, La filosofía
americana como filosofía sin más (1969); Gabriel García Márquez, Cien años de soledad (1967);
Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina (1969);
Paulo Freire, Pedagogía del oprimido (1971); Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación
(1970).

De tal modo deben interpretarse obras como la de Francisco Larroyo, La filosofía
iberoamericana (1969), donde dedica capítulos a las corrientes de la escuela escocesa y del
sensualismo; al eclecticismo, socialismo utópico, idealismo, positivismo, escuela de Ortega y
Gasset; al existencialismo, fenomenolog[a, materialismo histórico, etc.

La inspiración de este estudio se encuentra en las páginas del reciente libro de Liliana Weinberg,
Ezequiel Martínez Estrada y la interpretación del Martín Fierro (México: UNAM,1992); en mis
reflexiones parto igualmente de sus categorías de "frontera" y de lo "gauchesco.

La obra del mexicano Francisco Larroyo se anotó como representativa, pero lo mismo
hubiéramos podido citar, entre otras muchas, la Historia de la literatura hispanoamericana, de
Enrique Anderson Imbert (México: Fondo de Cultura Económica, 1965); La filosofía en la
Argentina actual, de Alberto Caturelli (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1971); o la obra
del boliviano Guillermo Francovich, La filosofía en Bolivia (Buenos Aires: Losada, 1945).

La perspectiva europea partía del clima, la geografía y la fauna, y de ello se infería la
imposibilidad de formar instituciones libres en los climas cálidos, y la incapacidad del americano
para integrarse en la marcha de los pueblos civilizados. Sin duda, la posición más radical e
influyente con anterioridad a la independencia política iberoamericana fue la de Corneille de
Paux, que en 1768, en Recherches philosophiques sur les américains, lanza la tesis de que la
totalidad de la especie humana está debilitada y degenerada en el nuevo mundo. Véase la obra de
Antonello Gerbi, La disputa del nuevo mundo, y, a propósito del siglo XIX, mi estudio,
"Pensamiento hispanoamericano del siglo XIX".

El uso peculiar en los censos y en las relaciones sociales de los términos que pretenden una
identificación étnica atestigua lo todavía actual de este sentir. La palabra blanco, por ejemplo,
designa, naturalmente, una connotación racial, pero en Iberoamérica el concepto es mucho más
amplio y llega a significar un contenido cultural. Blanco es, entonces, toda persona educada en la
tradición occidental.

Para un estudio más detenido de la evolución de este modo de pensar con referencia a Bolivia,
véase mi estudio, Bolivia: un pueblo en busca de su identidad.

En mi estudio, "El pensamiento de la liberación: hacia una posición dialógica," desarrollo de
modo esquemático mi división del siglo XX iberoamericano en tres etapas fundamentales. La
primera se inicia alrededor de 1915, la segunda en 1939; "la tercera etapa, el planteamiento de una
filosofía de la liberación, emerge como pensamiento maduro a finales de los años sesenta. Se trata
de una visión iberoamericana del orden mundial, de una confrontación primero, desconstrucción
después, del discurso axiológico del pensamiento occidental, al mismo tiempo que éste se erigía a
escala global como portador de los valores universales. En este sentido, 1968 parece ser la fecha
catalizadora de este pensamiento: desde Medellín, que marca el inicio de la teología de la
liberación como discurso teórico, a los trágicos sucesos mexicanos de la noche de Tlatelolco.
Iberoamérica había madurado un nuevo pensamiento que expresaba con claridad la obra de
Leopoldo Zea y que muy bien puede resumirse en las palabras claves: `La filosofía en
Latinoamérica como problema del hombre', con que comienza su libro La filosofes americana
como flosofía sin más (1969). Este es el pensamiento que anima el sincretismo estético-filosófico
de Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, o la formulación utópica del
`hombre nuevo' que surge del triunfo de la Revolución cubana y del pensamiento del Che
Guevara y que entra en crisis con su muerte en 1967 y con el intento posterior de Teoponte
(Néstor Zamora) [...1. Es también el pensamiento que anima las reflexiones de Fernando H.
Cardoso y Enzo Faletto en Desarrollo y dependencia (1970) o de Paulo Freire en Pedagogía del
oprimido (1971) o, en fin, la revalorización del cristianismo de Gustavo Gutiérrez en su Teología
de la liberación (1970)" (54-55).

BIBLIOGRAFIA DE OBRAS CITADAS
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Veintiuno, 1990.
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literatura Hispanoamericana. Tomo II. Del neoclasicismo al modernismo. Madrid: Cátedra,
1987, pp. 399-415.
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1988.
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Martínez Estrada, Ezequiel: Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Ensayo de interpretación de
la vida argentina. 2 vols. México: Fondo de Cultura Económica, 1948.
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Mayz Vallenilla, Ernesto: El problema de América. Caracas: Universidad Central de Venezuela,
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México: UNAM, 1992.
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----------------: Discurso desde la marginación y la barbarie. Barcelona: Antropos, 1988.
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