| ESTUDIOS |
| | INTERDISCIPLINARIOS |
| DE AMERICA LATINA |
| Y EL CARIBE | |

| VOLUMEN 6 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1995 |
América Latina y la Segunda Guerra Mundial (II)
|
|
Un enigma: la "irracionalidad" argentina
frente a la Segunda Guerra Mundial
CARLOS ESCUDE
Universidad Torcuato Di Tella - Bs. As.
Pocos temas hay tan interesantes y a la vez tan trillados en la historiografía
latinoamericana como el de la actitud argentina frente a la Segunda Guerra
Mundial1; pareciera que los investigadores ya han agotado tanto su
imaginación como los archivos, y no encuentran mejor pasatiempo que el
de intentar refutarse mutuamente, repitiendo estéril y eternamente las mismas
discusiones en forma circular. ¿Podría la Argentina haber evitado el
fulminante boicot económico desatado por los Estados Unidos en caso de
haberse alineado a tiempo con los Aliados? ¿Podría este país haber logrado
una mejor inserción internacional en la posguerra si se hubiera jugado con las
democracias? Con frecuencia, el debate (siempre contrafáctico) se torna (lisa
y llanamente) falaz, adjudicando unos investigadores a otros exageraciones en
las que nunca pensaron caer.
Por ejemplo, no es lo mismo decir que la Argentina hubiera podido evitar
sanciones norteamericanas estando del lado de los Aliados, que decir que
hubiera podido cosechar pingÜes beneficios. No es lo mismo decir que Brasil
cosechó beneficios interesantes durante la guerra, que decir que continuó
cosechándolos después. Estas extrapolaciones suelen atribuirse erróneamente
a quienes arguyen que la política de neutralidad de la Argentina fue
equivocada por aquéllos que arguyen que quizá no haya sido tan equivocada
(o tan incomprensible). Al mismo tiempo, estos últimos tienden a desvalorizar
los beneficios puntuales de la alineación, simplemente porque no podían
prolongarse en el tiempo, como si los beneficios económicos no fueran por
esencia incrementales. Pretenden, por ejemplo, desvalorizar el alineamiento
brasileño simplemente porque no alcanzó para catapultar al Brasil al mundo
de los países desarrollados, sin comprender, quizá, que suponer que el
alineamiento hubiera podido generar semejante milagro sería caer en el
pensamiento mágico. Y parecen insinuar que quienes arguyen que el
alineamiento argentino hubiera, por lo menos, evitado las sanciones
norteamericanas, en realidad arguyen que la Argentina hubiera conseguido
tanto como el Brasil del alineamiento, y que la cosecha del Brasil fue
milagrosa. Parecen no comprender que el complejo siderúrgico de Volta
Redonda + altos precios para el café durante la guerra + fácil acceso al
petróleo aliado mientras durase la contienda equivalen a una recompensa más
que interesante para el Brasil, y que suponer que esos beneficios habrían de
continuar después de la guerra es pecar de wishful thinking 2. No captan que
Volta Redonda fue para siempre; que el capital que genera riqueza posee un
efecto multiplicador que se prolonga en el tiempo. Tampoco entienden que,
para la Argentina, evitar las sanciones norteamericanas hubiera representado
(algebraicamente) un enorme beneficio, con proyecciones en el largo plazo
(debido al efecto multiplicador de la riqueza que no se hubiera perdido). Por
cierto, la lógica subyacente a las múltiples sobresimplificaciones de esta
escuela, y su atribución de exageraciones y extrapolaciones a la escuela
opuesta, parecen animadas por la convicción ideológica de que la alineación
es una cosa fea.
Al mismo tiempo, quienes somos conscientes de los costos de la neutralidad
argentina y los beneficios directos (aunque acotados) de la alineación brasileña
indudablemente hacemos un uso político de lo que consideramos importantes
lecciones históricas. También usamos estas lecciones para desarrollar una
teoría normativa de las relaciones exteriores de países periféricos. A veces,
precisamente porque tiene un uso político, la exposición vulgar de estas
hipótesis puede conducir a que funcionarios del gobierno o periodistas
ideologizados incurran en exageraciones parecidas a las que los críticos de
esta tesis atribuyen a la tesis misma. Pero, a su vez, los críticos de esta tesis
también tienen una intención política muy clara y muy puntual, que es de
oposición a la actual política de alineamiento de la República Argentina. No
cabe duda que este círculo vicioso de origen político e ideológico conspira
contra la auténtica construcción del conocimiento historiográfico. Esto es
lamentable y a la vez dificil de evitar. Por lo pronto, que datos que emergen de
la historiografía sean usados para la construcción de una teoría normativa de
las relaciones exteriores es no sólo inevitable (dado un cierto nivel de
sofisticación intelectual) sino además legítimo y académicamente constructi-
vo. Por otra parte, que quienes rechazan estas prescripciones normativas
intenten torcer un poco (aun sin darse cuenta) el contenido de estos datos
historiográficos, con la intención de llegar a otras prescripciones normativas,
también es inevitable (aunque quizá menos legítimo). Y, más allá de mis
juicios (tal vez subjetivos) respecto a cuál de estos fenómenos sea el más
legítimo, lo cierto es que la víctima de este proceso es el conocimiento
historiográfico, que resulta mitificado aun en aparentes ejercicios de
desmitificación.
¿Cómo salir de este círculo vicioso? Cada escuela seguirá su propio camino.
Ese camino comienza con la interrupción de la discusión circular y estéril con
la escuela opuesta. Para quienes sabemos que:
Premisa 1 - los costos de la neutralidad argentina durante la
Segunda Guerra Mundial fueron enormes, y que Premisa 2 - a
medida que transcurría la guerra y los Aliados se acercaban a la
victoria, el gobierno argentino estaba cada vez más lejos de los
Aliados y más cercano al Eje,
al menos uno de los problemas intelectuales que se plantean es cuál es el
origen de la aparente irracionalidad que condujo al gobierno argentino a
acercarse a la parte perdidosa y alejarse de la ganadora, aumentando en
forma innecesaria los costos de lo que desde el principio fue una decisión
desafortunada por motivos tanto prácticos como éticos. El enigma es tanto
más sorprendente si recordamos que, desde el principio, el interés material
argentino estaba vinculado a los Aliados, ya que Gran Bretaña constituía el
principal mercado argentino de exportación. Para continuar por el sendero de
la construcción del conocimiento científico social, quienes partimos de las
premisas de arriba debemos dedicarnos a la resolución de este tipo de
problema, dejando de lado la estéril discusión con nuestros críticos. En este
ensayo, daré por demostrada la afirmación de que los costos de la neutralidad
fueron enormes (Premisa 1), pero dedicaré una sección a documentar el
carácter autodestructivo -para la Argentina- de la peculiar dinámica que
emergió de la retroalimentación entre este país y los Estados Unidos durante
la década de 1940 (tal como está explicitada en la Premisa 2). Luego pasaré a
la identificación empírica de los elementos culturales que pueden haber hecho
posible la vigencia de esta dinámica. Antes de todo, sin embargo, instalaré el
foco del análisis en una reflexión teórica respecto al papel de la cultura
política en el complejo Estado/sociedad civil, y respecto a su carácter de
condicionante frente a las políticas exteriores que del mismo emergen. Para
ello, acudiré primero a conceptos acuñados por Antonio Gramsci y Robert
Cox, los cuales con posterioridad serán complementados por otros conceptos,
de Herbert A. Simon y míos propios, que quizá sean de utilidad para
comprender el tipo de causalidad representado por variables relativamente
inasibles tales como la cultura.
Antonio Gramsci y el complejo Estado/sociedad civil
La solución del enigma planteado por la aparente irracionalidad argentina
durante la Segunda Guerra Mundial requiere, obviamente, pasar a un ámbito
epistemológico interdisciplinario, en el que la historiografía se cruza con la
ciencia política y con el estudio de la cultura. En el largo y dificil camino hacia
la solución de este enigma, he encontrado de suma utilidad el concepto
gramsciano del "complejo Estado/sociedad civil", que fue incorporado a la
teoría de las relaciones internacionales por el norteamericano Robert W. Cox,
y que nos recuerda que los diversos Estados están condicionados de muy
diferentes maneras por sus respectivas sociedades civiles3. De tal modo, visto
en el largo plazo, el actor (o unidad) "nacional" que realmente interactúa en el
orden interestatal con sus políticas exteriores no es simplemente el Estado,
sino el complejo Estado/sociedad civil, que imprime a cada actor una lógica y
una dinámica diferente a la de los demás actores o unidades.
Cada país registra una relación entre el Estado y la sociedad civil que le es
propia y que lo diferencia de todos los demás. Para plantear un caso extremo
en términos simplificados, el complejo Bush/Estados Unidos no podría haber
sido más diferente al complejo Saddam Hussein/Irak. Sistemas políticos,
estructuras sociales y culturas políticas determinan enormes diferencias en,
por ejemplo, la medida en que el Estado puede imponerle sacrificios a la
ciudadanía. También determinan diferencias significativas respecto a la
mismísima definición de conceptos aparentemente universales como el de
"interés", que se vuelve etnocéntrico en tanto la valoración de un mismo costo
o beneficio cambiará en función de factores políticos, sociales y culturales que
son particulares a cada sociedad civil y que tienen una fuerte incidencia sobre
el Estado, ya sea por las presiones de la sociedad civil (el caso, digamos, de las
verdaderas democracias), o porque la ausencia de presiones genera una
enorme autonomía del gobernante (el caso paradigmático de Saddam
Hussein).
Por otra parte, incluso cuando la sociedad civil tiene un enorme peso sobre
las decisiones del Estado, puede haber grandes diferencias cualitativas en el
tipo de influencia que ésta ejerce debido a la intervención de variables
culturales. La influencia de la sociedad civil sobre el Estado, por ejemplo, no
siempre conduce a una administración más "racional" de la política exterior
en términos del balance de costos y beneficios. Un caso paradigmático sería la
Argentina actual, donde los gobernantes no tienen la autonomía necesaria
para reconocer el principio de la autodeterminación de los habitantes de las
islas Malvinas (medida que podría resultar muy conveniente desde el punto
de vista de sus costos y beneficios externos) precisamente debido a la
sensibilidad de los ciudadanos argentinos respecto a esa reivindicación
histórica, que dotaría tal medida de un altísimo costo político interno. Por
cierto, las estructuras sociales, los sistemas políticos y las culturas obran como
condicionantes de primer orden en la percepción y valoración de hasta los
parámetros más "objetivos": el mismo barril de petróleo puede significar
cosas muy diferentes en culturas diversas, inclusive dado un mismo nivel de
desarrollo económico y de dependencia energética.
Por otra parte, estas diferencias entre diversos complejos Estado/sociedad
civil pueden ayudarnos a comprender aparentes irracionalidades en el
comportamiento de los Estados. El análisis del curioso proceso por el cual,
durante la Segunda Guerra Mundial, la Argentina se alejaba progresivamente
de los Aliados y se acercaba al Eje cuanto más cerca estaban los Aliados de
ganar la guerra y el Eje de perderla, puede resultar significativo para ilustrar
por qué sostenemos que la unidad verdaderamente significativa que actúa en
el sistema interestatal no es el Estado sino el susodicho complejo Estado/
sociedad civil.
El enigma: el carácter autodestructivo de las políticas exteriores argentinas
durante la Segunda Guerra Mundial
En diciembre de 1939, en parte como consecuencia de la Batalla del Río de
la Plata, el gobierno argentino había llegado a la conclusión de que los
derechos de los neutrales eran una ficción y que el desarrollo de la guerra no
permitiría una neutralidad real. Por lo tanto, el ministro argentino de
Relaciones Exteriores, José María Cantilo, le sugirió al embajador británico,
Sir Esmond Ovey, que la Argentina abandonara la neutralidad y se uniera a
los Aliados. El gobierno británico consideró esta propuesta embarazosa
puesto que, si bien Gran Bretaña sacaría provecho del uso de medios navales
argentinos, ya estaba beneficiándose con la principal contribución argentina,
los suministros, sin la necesidad de una beligerancia activa argentina; además,
existía el peligro de que la acción unilateral en este respecto molestara a los
EE.UU. y resultara en detrimento de las relaciones anglo-americanas. Los
británicos, en consecuencia, no respondieron a la propuesta. Entonces el
gobierno argentino recurrió a los Estados Unidos.
En abril de 1940 Cantilo visitó al embajador de los Estados Unidos,
Norman Armour, e hizo una propuesta altamente confidencial, para la
consideración del secretario de Estado Cordell Hull y el presidente Franklin
D. Roosevelt, a efectos de que la Argentina y los Estados Unidos -
posiblemente junto a otras repúblicas americanas- abandonaran la neutra-
lidad para unirse a los Aliados, sin volverse beligerantes, de una manera
semejante a cómo Italia se había aliado a Alemania sin participar aún en la
guerra. La respuesta de los Estados Unidos consistió en cinco puntos:
-
La opinión pública de los Estados Unidos se opondría firmemente al
abandono de la neutralidad.
-
Dicho proceder destruiría la unanimidad interamericana.
-
Si el "alineamiento no beligerante" significaba algo, implicaba que Italia
tenía un arreglo con Alemania pero no tomaba parte en las hostilidades
reales, aunque existía la posibilidad de que lo hiciera en cualquier
momento. Esta situación no se aplicaba a ninguna república americana,
ya que ninguna de ellas tenía alianzas con potencias beligerantes. Por lo
tanto, no había razón para que una república americana adoptara una
política que siguiera a un aliado beligerante en Europa.
-
La propuesta argentina necesitaría una acción del Congreso para ser
adoptada por los Estados Unidos, de acuerdo con la Ley de Neutralidad
revisada 'e14 de noviembre de 1939.
-
La Ley de Neutralidad de los Estados Unidos permitía la venta de
suministros a cualquier beligerante que pudiera ir a buscarlos, y el hecho
de que los alemanes no estuvieran en posición de valerse de esto, debido
a la insuficiencia de sus medios navales, no alteraba la situación, aunque
el resultado práctico fuera que sólo los Aliados fueran capaces de
comprarle a los Estados Unidos.
Siguieron acontecimientos deplorables. El 10 de mayo se supo que la prensa
se había enterado de la propuesta argentina. A pesar de los esfuerzos que se
hicieron en Washington y en Buenos Aires por impedir que se publicara, el 12
de mayo un artículo proveniente de Washington y señalado como "especial",
que contenía noticias de la propuesta rechazada, apareció en La Nación.
Aunque el gobierno argentino atribuyó la responsabilidad de la filtración de
la información a Washington, se desconoce de dónde surgió la indiscreción.
Como consecuencia de la misma, el 13 de mayo el gobierno argentino
consideró que debía publicarse una declaración de prensa reconociendo la
iniciativa argentina en el tema.
La filtración de esta información confidencial tuvo catastróficas conse-
cuencias políticas en la Argentina. Para muchos argentinos, el abandono de la
neutralidad hubiese sido una traición a los principios y tradiciones de la
política exterior argentina. Elementos nacionalistas imprimieron afiches
exigiendo la renuncia de Cantilo, tapizando con ellos las calles de Buenos
Aires. Por su parte, en respuesta a la reacción negativa de la opinión política,
el presidente Roberto M. Ortiz (que era aliadófilo y democrático) emitió una
declaración de prensa el 18 de mayo, declarando que la Argentina mantendría
"la imparcialidad más estricta" en la guerra que se estaba desarrollando.
Como resultado de este proceso de acción y reacción entre el gobierno y la
sociedad, Ortiz y Cantilo comenzaron a perder poder, un proceso que se
agudizó cuando el presidente Roosevelt pronunció un discurso, en junio de
1940, en Charlottesville, Virginia, y declaró que el suministro de recursos
materiales a Francia y Gran Bretaña era un objetivo principal de los Estados
Unidos. Esto no era ni más ni menos que la postura favorable a los Aliados,
sin beligerancia, que la Argentina había sugerido seis semanas antes. Sin
embargo, no sólo había sido rechazada la propuesta argentina, sino que
Roosevelt había establecido públicamente esta ruptura "no beligerante" de la
neutralidad como política oficial de los Estados Unidos sin consultar al
Congreso y sin siquiera una referencia circunstancial a la anterior propuesta
argentina.
Sin que él jamás lo supiera (debido a la relativa insignificancia de la
Argentina para la política exterior norteamericana), esta actitud de Roosevelt
supuso no sólo un duro golpe contra la política exterior argentina en general,
sino muy especialmente para Ortiz y Cantilo, y para los ideales democráticos
que ellos sustentaban. A causa de este desaire, la posibilidad de una ruptura
argentina con el Eje posterior a la entrada norteamericana en la guerra sería
atribuida a "intolerables" presiones de los Estados Unidos, lo cual
prácticamente la imposibilitaría políticamente debido a la importancia que
una política exterior independiente tenía en la cultura argentina. Natural-
mente, sería ingenuo sugerir que los Estados Unidos deberían haber aceptado
el liderazgo argentino en un tema tan importante como éste. No obstante,
dadas las características de la cultura política argentina, no era probable que
el gobierno y los ciudadanos argentinos aceptaran el liderazgo norteamer-
icano después de este episodio4.
Más aún, la emotiva reacción nacionalista
ante este desaire produjo el debilitamiento de los sectores aliadófilos y
democráticos en el interior del gobierno y la sociedad argentinos, ilustrando
cómo el Estado y sus políticas están condicionados por la sociedad y su
cultura.
No obstante, como el gobierno norteamericano distaba de ser sensible a las
susceptibilidades nacionalistas de los argentinos, era de esperar que, despúes
de entrar en la guerra, los Estados Unidos exigieran a la Argentina un
compromiso con los Aliados. El gobierno argentino, sin embargo, se negó
rotundamente. Como consecuencia, después del ataque a Pearl Harbor (y con
anterioridad al golpe de Estado argentino de junio de 1943), la retórica de los
Estados Unidos rebosaría de referencias a la "Amenaza Fascista" proveniente
de la Argentina5. Estos puntos de vista sobre la Argentina no coinciden ni con
los británicos, ni con los alemanes, ni con los italianos 6; a pesar de esto, ellos
moldearon la política de los Estados Unidos hacia la Argentina. El gobierno
norteamericano se abocó a un inflexible y enérgico acoso político y
económico, privado y público, contra el gobierno constitucional de la
Argentina7. Internamente, la política de los Estados Unidos fue justificada
con exageraciones tan gruesas como la afirmación de que si no se hacía algo
por contener a la Argentina, ésta provocaría la Tercera Guerra Mundial
después de derrotada Alemania. Este juicio extravagante provino del
secretario de Estado Cordell Hull, del vicepresidente Henry Wallace, del
secretario del Tesoro Henry Morgenthau, y con posterioridad, del embajador
Spruille Braden.
De acuerdo con la percepción de los funcionarios del Foreign Office
británico de aquel entonces, el continuo ataque norteamericano contra el
gobierno argentino fue un factor importante entre los que condujeron al
golpe militar de junio de 1943, que al principio fue considerado por la
embajada de los Estados Unidos como un éxito propio8. Por cierto, en un
primer momento los norteamericanos creyeron que el gobierno de facto
rompería relaciones con el Eje, celebraron, y se aprestaron para levantar las
sanciones económicas contra la Argentina. Lo más paradójico, sin embargo,
es que una vez que los norteamericanos se desilusionaron, sus contra-
producentes tácticas de desestabilización condujeron de manera directa a la
renuncia de los ministros pro-Aliados del gabinete argentino.
Es interesante observar que raramente se recuerda que el primer gabinete de
Ramírez estaba dividido entre aliadófilos y neutralistas por partes iguales. El
canciller, almirante Segundo V. Storni, era un aliadófilo profundamente
comprometido con el dificil objetivo de lograr que la Argentina se plegara a
los Aliados. Para ello, envió al secretario de Estado Hull una desafortunada
carta secreta en la que le pedía que, a los efectos de facilitar ese trámite,
otorgara a la Argentina los beneficios del programa de préstamos y arriendos
del cual Brasil formaba parte y que, según el canciller, estaba alterando un
equilibrio militar sudamericano al que la Argentina "tenía derecho". Pero
Hull no sólo no estaba dispuesto a ello, sino que consideró que este concepto
era una impertinencia y divulgó la carta secreta, generando indignación entre
las cancillerías latinoamericanas, que acusarían a la Argentina de albergar
ambiciones hegemónicas en la región9. La consecuencia de este gesto de Hull
fue que tanto el canciller Storni como el ministro de Finanzas, Jorge
Santamarina, que también era aliadófilo, se vieron forzados a renunciar,
dejando el gabinete en manos de los neutralistas. De tal manera, otra vez la
acción y reacción entre los gobiernos argentino y norteamericano repercu-
tieron en el interior de la Argentina alejando a dicho Estado de los Aliados y
acercándolo al Eje, a pesar de que la situación bélica era cada vez más
favorable a los Aliados. Una vez más, la cultura nacionalista argentina
distanciaba al Estado argentino de aquéllos que "ofendían" a la Argentina,
independientemente del balance de costos y beneficios, ilustrando el
condicionamiento al que está sometido el Estado de parte de la sociedad,
que impide la vigencia de lo que en la jerga de la teoría de las relaciones
internacionales se conoce como un rational actor model.
Por su parte, Cordell Hull estaba harto de la situación y parecía no
importarle cuáles fueran las consecuencias de sus acciones: si eran contra-
producentes y conducían a una menor cooperación argentina con los Aliados,
aumentaría su oportunidad de imponer sanciones aún más severas y
exhibicionistas contra un país al que juzgaba como "esencialmente
antinorteamericano". De hecho, el subsecretario de Estado Sumner Welles
confiesa en sus memorias que Hull tenía "un prejuicio casi psicopático contra
la Argentina"10.
Por lo tanto, en parte debido a la personalidad de Hull, en parte debido a la
larga rivalidad diplomática entre los Estados Unidos y la Argentina, en parte
debido al sentimiento norteamericano de "Destino Manifiesto" al sur del Río
Grande, y en parte debido a la relativa irrelevancia de la Argentina para los
intereses vitales de los Estados Unidos (que hacía que los costos
norteamericanos de adoptar una política equivocada hacia el país sudameri-
cano se aproximaran a cero), la acción norteamericana contra la Argentina
fue considerablemente más severa que las acciones análogas contra otros
neutrales. Esto ocurrió a pesar del hecho de que la Argentina estaba
contribuyendo más al esfuerzo de guerra que algunos beligerantes débiles (a
través de suministros de alimentos a crédito), y a pesar del hecho de que las
fuerzas armadas de los Estados Unidos le habían advertido al departamento
de Estado hacía tiempo que la parte austral de América del Sur no podría ser
defendida por ellos, añadiendo que Buenos Aires, más que ninguna otra
capital, debía evitar disgustar al Eje para reducir los riesgos del sabotaje y
(eventualmente, si la suerte de las armas era adversa) de una invasión11. El
gobierno argentino, a su vez, reaccionó de una manera cada vez más
antinorteamericana, sin compadecerse de los altos costos y nulos beneficios
externos que sus políticas le generarían. La misma composición del gobierno
argentino fue cambiando cualitativamente al son de una opinión pública cada
vez más sensibilizada a las "ofensas" norteamericanas, frente a la cual los
segmentos aliadófilos y democráticos de la sociedad argentina eran cada vez
más marginales.
Diplomáticamente, el resultado de este círculo vicioso fue que el conflicto
Estados Unidos-Argentina escaló en tanto ambas partes tomaron represalias.
Hull estaba decidido a acabar con el gobierno del general Pedro P. Ramírez.
Después de un considerable conflicto burocrático en el interior del gobierno
norteamericano, los fondos de la Argentina en los Estados Unidos se
congelaron. Como represalia, la Argentina aplicó presión económica a los
países vecinos para establecer un "bloque austral" antiestadounidense. El
presidente, general Ramírez, el canciller, general Alberto Gilbert (sucesor de
Storni) y el ascendente coronel Juan D. Perón hicieron declaraciones
alentando a Chile, Paraguay y Uruguay a unirse a la Argentina contra el
imperialismo norteamericano en un "bloque austral"12. A modo de contra-
golpe, Hull intensificó el boicot, a la vez que presionó infructuosamente a los
británicos para que se unieran a un embargo total de la economía argentina.
Por su parte, el gobierno argentino escaló el conflicto aún más, estimulando
un exitoso golpe de derecha en Bolivia. La guerra ya estaba perdida para el
Eje, pero el gobierno argentino nunca había estado más cerca del Eje que en
ese momento y su política no carecía de apoyo civil en la Argentina sino que,
por el contrario, emergía de las sensibilidades nacionalistas de un elenco
dirigente y una sociedad que no toleraban las presiones norteamericanas y
que hubieran considerado denigrante cambiar de política en función de
consideraciones de costo-beneficio.
A partir del golpe de Estado boliviano, el derrocamiento de Ramírez se
convirtió en la política oficial de los Estados Unidos. Hull preparó una suerte
de acusación pública contra la Argentina, y tomó medidas para fortalecer
militar y económicamente a los países más vulnerables a la presión de ese
país. Al mismo tiempo, se envió poderosas unidades de la Flota del Atlántico
Sur a la desembocadura del Río de la Plata. Recién llegado a este punto de
ominosas e imprevisibles posibilidades, en febrero de 1944 Ramírez se echó
atrás y rompió relaciones con el Eje13. Pero al tomar esta medida, el
presidente de facto de Argentina quedaba expuesto al ataque de los
multitudinarios elementos nacionalistas, quienes considerarían que al ceder
a la presión norteamericana, Ramírez había traicionado a la Argentina.
Debido a las características del complejo Estado/sociedad civil argentino, esta
medida era políticamente riesgosa en 1940, cuando la propuso Ortiz, y mucho
más peligrosa aún en 1944, cuando Ramírez finalmente la instrumentó,
presionado por el incontenible poderío norteamericano.
Para colmo, el secretario de Estado no fue apaciguado por la ruptura
argentina con el Eje. Una vez que Ramírez hubo dado este paso, Hull
comenzó a cuestionar los términos de la declaración de la ruptura. Empujó a
Ramírez a una situación desesperada, aparentemente olvidando que el
presidente argentino estaba asediado por neutralistas. El embajador
norteamericano en Buenos Aires, Norman Armour, imploró a Hull que
salvara a Ramírez revelando la información de inteligencia que el gobierno
norteamericano poseía respecto a la complicidad de los enemigos internos de
Ramírez con el Eje, pero el secretario de Estado se negó terminantemente
alegando que debía proteger sus fuentes. Hull estaba poniendo a la Argentina
"en su lugar" y parecía no importarle que, en el proceso, alejara a ese país de
sus objetivos profesos.
Como consecuencia, Ramírez fue derrocado. Y con el establecimiento del
gobierno de Edelmiro J. Farrell y Juan Domingo Perón en la Argentina
(respectivamente, presidente y vicepresidente), Hull no sólo siguió una
política de no-reconocimiento sino que también rehusó dar a conocer qué
pasos debía tomar el gobierno argentino para ser reconocido, y además forzó
a los británicos a que siguieran las directivas de los Estados Unidos. Estaba
decidido a causar la caída del gobierno Farrell-Perón, pero en esto, como en
muchas otras cosas conectadas con la Argentina, fracasó14. Poco después,
Hull renunciaría a su puesto por enfermedad y aunque entonces hubo un
breve rapprochement entre la Argentina y los Estados Unidos (producto de las
políticas de Nelson Rockefeller como secretario asistente de Estado para
asuntos interamericanos), el conflicto no tardaría en reanudarse (como
resultado del triunfo del embajador Spruille Braden sobre Rockefeller dentro
del departamento de Estado). Durante el breve período de acercamiento, sin
embargo, la Argentina fue admitida como miembro fundador de las Naciones
Unidas, a cambio de una simbólica declaración de guerra a un Eje vencido -
que nadie pudo tomar seriamente- efectuada el 27 de marzo de 1945 contra el
Imperio del Japón y contra Alemania, "atento el carácter de esta última de
aliada de Japón". El resultado paradójico de todo el proceso, no obstante, es
que hasta el momento en que se llevó a cabo la pantomima de declarar la
guerra a un Eje ya derrotado en 1945, cuanto más cerca de la victoria estaban
los Aliados, más cerca del Eje estaba la Argentina. Los días en que un
gobierno argentino se había adelantado a proponerle al gobierno británico
primero, y al norteamericano después, la ruptura con el Eje habían quedado
muy atrás, olvidados ya por todos, argentinos y extranjeros.
El análisis de este proceso de varios años, con visión retrospectiva, nos
muestra una irracionalidad mayúscula desde el punto de vista del balance de
costos y beneficios, para la Argentina, de las políticas exteriores resultantes.
La premisa de la vigencia de algún tipo de racionalidad en el proceso de toma
de decisiones, casi siempre presente en los análisis y teorías sobre relaciones
internacionales y política exterior, parece no cumplirse. El análisis
pormenorizado de los datos históricos tiende a señalar que el origen de este
enigma parece encontrarse en algunas características su¡ generis del complejo
Estado/sociedad civil argentino, de acuerdo con las cuales, a medida que las
costosas sanciones norteamericanas contra la Argentina se sucedían, la
opinión pública -y particularmente la opinión de los segmentos más
influyentes de la sociedad- se habría alejado progresivamente de las posturas
ideológicas y de las políticas exteriores asociadas con los Estados Unidos,
marginando a los segmentos aliadófilos y auténticamente democráticos de la
sociedad argentina.
¿Pero qué características del complejo Estado/sociedad civil pudieron
conducir a esa dinámica? Debe tenerse en cuenta que la misma fue
particularmente autodestructiva y paradójica, no sólo por el desenlace de la
guerra (previsible a partir de 1943), sino sobre todo porque, desde el
principio, el interés material argentino estaba fuertemente vinculado a una
victoria aliada (el principal mercado argentino, como se dijo, era el británico).
Por lo tanto, para explicar una dinámica tan autodestructiva no basta con
identificar elementos en la cultura política argentina proclives a una mayor
valoración de la "dignidad" y del "orgullo" nacionales que de las pérdidas y
ganancias materiales producidas por el proceso diplomático que se estaba
desarrollando. Tampoco basta con constatar la vigencia de una sobrevalora-
ción del poderío argentino por la cual los argentinos tendían a percibir a su
país como capaz de sobrellevar las sanciones norteamericanas, minimizando
el impacto de las pérdidas y evaluando el futuro argentino con mucho
optimismo a pesar de las mismas, y como capaz de superar las consecuencias
políticas y económicas de enfrentar en la posguerra un mundo cuyas
principales potencias serían poco amistosas. Aparte de estos elementos (que
pudieron haber generado el apoyo político a los sucesivos cambios en las
políticas y en los elencos argentinos, en lo que durante varios años fue una
permanente escalada antinorteamericana), deben haber existido en la cultura
política argentina elementos ideológicos muy afines a los fascismos europeos
que hicieran tolerable el lento pero seguro alejamiento argentino frente a los
Aliados, alimentado por las "ofensivas" presiones y sanciones norteameri-
canas.
La pregunta que debemos hacernos a partir de este punto, por lo tanto, es:
¿pueden identificarse empíricamente, en la cultura argentina, elementos que
apuntalen estas conjeturas, las cuales explicarían los orígenes de la presunta
"irracionalidad" argentina durante la Segunda Guerra Mundial? Específica-
mente:
-
¿Pueden identificarse elementos culturales que harían posible la
confrontación airada frente a una "ofensa", a pesar de los ingentes
costos probables de dicha confrontación?
-
¿Puede identificarse una sobrevaloración del poder argentino en la
cultura argentina?
-
¿Pueden identificarse elementos culturales marcadamente autoritarios,
militaristas y antiliberales, que pudiesen haber generado una compati-
bilidad ideológica- con los fascismos europeos, capaz de neutralizar el
hecho de que el interés material argentino estaba claramente vinculado a
los Aliados?
Nuestra hipótesis es que todos estos elementos estaban presentes en la
cultura argentina, y que fue la retroalimentación entre todos ellos lo que hizo
posible la gestación de una irracionalidad tan gruesa como la de alejarse
progresivamente de la coalición ganadora, cuando desde el comienzo los
intereses materiales argentinos estaban vinculados a esa coalición. Para
avanzar hacia la consolidación de esa hipótesis (aunque sea en forma
incompleta y provisoria), nos volcaremos brevemente al estudio empírico de
la cultura política argentina de entonces, a través del contenido de los textos
escolares y de los valores subyacentes a las orientaciones pedagógicas vigentes
en la época bajo estudio.
La doctrina de la superioridad nacional argentina, 1908-198215
En primer lugar, el estudio de los contenidos educativos argentinos desde
principios del siglo XX hasta tiempos muy recientes revela que un elemento
con el cual la población ha sido permanentemente adoctrinada es un dogma
de la superioridad nacional argentina. Desde los tiempos de las reformas
educativas llamadas de "educación patriótica", instrumentadas por José
María Ramos Mejía en 1908, proyectar una imagen de la presunta grandeza
nacional en la mente del niño ha sido un objetivo inmutable de las
autoridades educativas. Pasaré a vuelo de pájaro por las décadas, dejando
testimonio de que, a lo largo de todo este extenso período, los textos escolares
-sin excepción- se han abocado a este fin, trazando una imagen a la vez
halagÜeña y grandiosa de la Argentina.
Por ejemplo, en 1910 el vocal del Consejo Nacional de Educación y rector
del Colegio Nacional de Buenos Aires, Enrique de Vedia, exhortaba:
"Formemos (...) con cada niño de edad escolar un idólatra
frenético de la República Argentina, enseñándole -porque es
cierto- que ningún país de la tierra tiene en su historia timbres
más altos, ni afanes más altruistas, ni instituciones más liberales,
ni cultos más sanos, ni actuación más generosa, ni porvenir más
esplendoroso. Lleguemos en este camino a todos los excesos, sin
temores ni pusilanimidades (...)"16.
Tres décadas y cientos de textos escolares más tarde, esta orientación tenía
plena vigencia. Un ejemplo ilustrativo se encuentra en el texto de M. Kornblit
de 1939, para tercer año de la enseñanza secundaria, cuya primera frase, en
una introducción titulada "Nuestro País", nos dice: "¡Qué gran país es el
nuestro!". Posteriormente, durante el período peronista, encontramos
abundantes instancias de una exaltación premeditada del país, ejemplificada
en el texto primario de B. Aizcorbe, A.E.J. Fresquet y J.M. Mateo, de 1950,
que porta el significativo título Hacia los Grandes Destinos. Esta misma
tendencia siguió registrándose mucho después de la era de la Segunda Guerra
Mundial. Una ilustración de ello está en el trabajo de Eduardo H.
Castagnino, uno de los pocos autores argentinos que incursionaron en el
terreno de la pedagogía de la geografia, cuya Guía Didáctica para la
Enseñanza de la Geografía, de 1963, nos dice que hay tres premisas básicas en
esta materia, una de las cuales es:
"(...) el valor educativo (de) un continuado, entusiasta y hasta
fervoroso estudio del país natal"17.
Una técnica ingenua pero casi siempre presente en textos elementales,
durante casi un siglo, era (y sigue siendo) la de asombrar al alumno
realizando una contabilidad de cuántos países europeos caben, íntegros, en el
territorio argentino. A lo largo de las primeras ocho décadas del siglo XX,
esto casi siempre iba unido a juicios enfáticos sobre la "grandeza nacional".
En 1969, por ejemplo, el Manual Peuser para la Nueva Escuela, para 7o. grado
primario, incluía en su sección sobre la Argentina un subtítulo que rezaba:
"Argentina potencia mundial". Y en 1971, mucho tiempo después de la gran
prosperidad que caracterizó a la Argentina hasta la década de 1940, el más
representativo de los autores de textos de geografia argentinos, José María
Dagnino Fastore, adoctrinaba así a sus jóvenes lectores:
"Hemos puntualizado cómo gravita la producción argentina en
el comercio internacional, al establecer que sus saldos expor-
tables de cereales, de carnes, de cueros, de lanas, de extracto de
quebracho, representan valores de alta significación. Esa
contribución de nuestro país a la satisfacción de premiosas
necesidades de las naciones europeas y americanas le asigna una
posición trascendente. Bastará decir para afirmarlo rotunda-
mente que la alimentación de millones de personas está
asegurada por los envíos argentinos.
(...)Universalmente se reconoce que la Argentina no puede
quedar excluida de ningún plan de reestructuración económica
mundial, por su gran potencial alimenticio, por sus vastas
disponibilidades de materia prima y, a la inversa, por ser una
nación consumidora de alta capacidad adquisitiva.
Digamos, finalmente, que si la Argentina ha conquistado
verdadera significación en la economía mundial, el progreso
cultural alcanzado le asigna, asimismo, una posición destacada
no solamente entre los países americanos sino también entre las
naciones más civilizadas de Europa.
Su contribución en el campo de las ciencias es notoria. Y su
participación en congresos internacionales, continua y valiosa,
permite llevar al exterior la expresión cabal de su cultura"18.
Por lo tanto, durante la era de la Segunda Guerra Mundial (al igual que
cuando el gobierno militar argentino invadió las Islas Malvinas en 1982), la
población activa entera, del mismo modo que sus padres y sus hijos, había
sido adoctrinada para creer que la Argentina era un país de enorme
importancia, que no podía ser marginado fácilmente, y que no tenía tanto que
temer de las sanciones de grandes potencias que, con insolencia, se inmiscuían
en asuntos que competían exclusivamente a las potestades soberanas del
Estado argentino. Por cierto, este tipo de contenido educativo y su probable
influencia en la formación de generaciones de argentinos explica por qué
encuestas realizadas en 1981, 1982 y 1984 revelan que aproximadamente un
80% de los argentinos opinaba que la Argentina merece un lugar muy
importante en el mundo; el mismo porcentaje creía que la Argentina es el país
más importante de América Latina; el 60% pensaba que la Argentina no tiene
nada que aprender de los países de América del Norte y Europa Occidental;
un 50% sostenía que, por el contrario, esos países tienen mucho que aprender
de la Argentina, y un 62% era de opinión que los técnicos, profesionales y
científicos argentinos son los mejores del mundo19.
Por otra parte, es importante señalar que debido al alto grado de movilidad
social imperante en la Argentina, no se puede suponer que en el caso de este
país existe una brecha significativa entre la cultura popular y la cultura de los
elencos dirigentes que tomaron las decisiones más importantes, tanto durante
la época de la Segunda Guerra Mundial (especialmente después de junio de
1943) como durante la guerra de las Malvinas 20.
La compatibilidad de la ideología oficial argentina del período 1930-1950
con el fascismo europeo
Como señaláramos antes, en la era de la Segunda Guerra Mundial no sólo
existía en la Argentina una marcada soberbia nacional, generada por décadas
de adoctrinamiento y por un grado no despreciable de prosperidad (que se
confundió con poderío), sino que la ideología oficial y -por lo tanto- aquélla
que se inculcaba en las escuelas era profundamente autoritaria, paranoica,
colectivista y antipluralista. Quizá no haya mejor manera de introducirnos a
esta temática que citar la definición de la "orientación moral de la educación"
que publicó el Monitor de la Educación Común en su primer número posterior
al golpe de Estado de 1930:
"-
La Escuela Argentina, desde los primeros grados hasta la
Universidad, debe proponerse desarrollar en los argentinos la
convicción fervorosa de que el destino manifiesto de su
nacionalidad consiste en consumar una civilización propia, de
carácter eminentemente democrático, heredera de los valores
espirituales rectificados de la civilización occidental (...).
- Como consecuencia (...) la Escuela Argentina se propone
contribuir a la formación de una raza capaz de realizar el
destino manifiesto de la nacionalidad (...).
- El educador argentino debe contribuir a la formación de un
tipo humano resistente a la fatiga y a la enfermedad, sereno y
pronto al peligro, y apto para el trabajo (...).
- La Escuela Argentina debe proponerse educar la personalidad
psíquica de nuestro niño en función del ideal colectivo (...)"21.
Este párrafo es, obviamente, de una enorme riqueza, tanto por las típicas
confusiones semánticas en torno de conceptos tales como "democracia" y
"civilización occidental" (que son otras tantas trampas lingÜísticas para dotar
al autoritarismo propio del prestigio, paradójicamente aún vigente en la
propia cultura, de conceptos provenientes de otras ideologías) como por la
referencia explícita al destino manifiesto de la Argentina y al "ideal
colectivo".
Particularmente, el ideal colectivo es interesante, ya que, desde 1908, uno de
los objetivos básicos siempre proclamados por los educadores había sido la
creación de una cultura nacional integral, sin fisuras ni pluralidades. Son
continuas las referencias a un ideal colectivo de la argentinidad en los
documentos sobre política educativa, si bien este ideal está definido de la
manera más difusa, por tratarse, básicamente, del producto del capricho o de
las expresiones de los deseos de los ideólogos que sobre él escribían, más que
de un ideal que pudiera verificarse empíricamente en la cultura argentina.
Esta tendencia, presente desde Ramos Mejía, se acentuó en el período que
estudiamos. El 30 de abril de 1932, por ejemplo, el general Justo, elegido
presidente por la exclusión del partido mayoritario (que rehusó participar
debido al fraude electoral), proclamaba que el argentino debía poseer "un
ideal colectivo y una sola alma", y para esto proponía usar la escuela, lo que
no era nada nuevo 22.
Simultáneamente, el fomento de la irracionalidad en las actitudes políticas
se acrecentó. Una doctrina pedagógica de gran influencia en el Consejo en la
década de 1930 era la que llevaba el lema "La Escuela Argentina para la Vida
Exaltando el Sentimiento" (así, con mayúsculas) y constaba de ejercicios
didácticos mediante los cuales se enseñaba historia, geografía, música,
aritmética y hasta el sistema métrico decimal, a medida que las niñas cortaban
y cosían una bandera, y los niños hacían la driza y el asta de madera. Lo
mismo se hacía con escarapelas que eran luego repartidas en solemnes actos
comunitarios. El trabajo era matizado por canciones patrióticas 23.
El autor de estos métodos fue un vocal del Consejo, José A. Quirno Costa.
Y discípulo de este técnico del adoctrinamiento nacionalista fue José C.
Astolfi, un educador de gran influencia sobre generaciones enteras de
educandos a través de sus numerosos textos de historia de difusión masiva. Su
ideología es instructiva. Como reacción a la "decadencia de Occidente",
Astolfi proponía la "Mística":
"Mística, del griego mystis, es el reconocimiento de la limitación
humana para resolver el Misterio (...). La mística de la
enseñanza se conjuga con la mística del nacionalismo, senti-
miento que no es nuevo ni exótico entre nosotros (...). Esta
mística del nacionalismo debe encenderse en la escuela. Somos
un país de aluvión (...). Pese a la admirable fuerza de asimilación
de nuestro medio, ciertos núcleos extranjeros se resisten a
disolverse en la masa común; semejante oposición engendra un
innegable peligro. Se ha creado una nueva técnica de conquista.
Antes los pueblos conquistadores aparecían con su flota y sus
ejércitos en las playas o en las fronteras de los países codiciados,
y procuraban dominarlos en campo abierto. Ahora se aplican
métodos de refinada penetración psicológica: se ensanchan
pacientemente las grietas del conjunto social, se enconan los
ánimos, se exacerban los antagonismos, se avivan viejas
reivindicaciones y agravios dormidos, se despierta la concupis-
cencia de los egoístas y el apetito de los ambiciosos, se siembra
por doquier la desorientación, la confusión y el desánimo, y
cuando el edificio está carcomido hasta los cimientos, basta un
solo envión prepotente para derrumbarlo con estrepitosa
instantaneidad. Dios quiera que nunca el ejército se vea en la
necesidad de defender nuestro suelo mediante una campaña
militar, pero el magisterio debe desde ya ocupar su lugar para
luchar contra esa otra campaña preparatoria porque a él le
incumbe primordialmente esa tarea. El patriotismo ha sido una
manifestación amable, celebrada con espíritu cordial: un
tremolar de banderas, un entonar de himnos, un desfilar
jubiloso de niños, de soldados y de ciudadanos; hoy es un
imperativo categórico; una obra indeclinable de preservación
nacional"24.
Este párrafo de Astolfi es muy esclarecedor. Pocos años más tarde Perón
crearía una nueva mística, aplicada a su "movimiento" y persona. La idea ya
estaba en el aire; la mística peronista no sería exótica para los argentinos. Por
otra parte, el grado de paranoia de esta prosa es casi insuperable. Todo es
peligroso y responde a un enemigo sin identificar, incluyendo la ambición y la
concupiscencia. Frente a tales peligros, las fuerzas armadas se presentarían
otra vez como salvadoras de la patria.
El militarismo, pues, también se acentuaría entre 1932 y 1943, lo que era
casi inevitable en un período conservador de fraude electoral situado entre
dos golpes militares. Octavio S. Pico, presidente del Consejo Nacional de
Educación en 1932, ilustra ese reforzado militarismo:
"Dejando de lado los conocimientos técnicos elementales
necesarios para la vida de relación, hay que destacar como
conceptos fundamentales para la formación del alma y el
carácter pueriles, las ideas morales elevadas, el estudio de la
Historia patria y de la Constitución, y esos ejercicios viriles que
la ley define como `ejercicios y evoluciones militares más
sencillos'. Vemos así que la escuela argentina tiene por fin
primordial formar ciudadanos argentinos, entendiéndose por
tales aquéllos que están penetrados de nuestra historia y de
nuestras tradiciones que son alto y puro ejemplo de carácter, de
firmeza y de virilidad no superado por ningún pueblo de la
tierra. Esta historia y estas tradiciones deben ser defendidas a
toda costa por el ciudadano argentino, y es por eso que el
legislador ha dispuesto la iniciación de la práctica de aquellas
disciplinas dando así cumplimiento al precepto constitucional
que dice que todo ciudadano argentino está obligado a armarse
en defensa de la patria y de esta Constitución... El maestro,
cumpliendo la ley y sus reglamentos, realiza su tarea. Toda su
vida, tanto pública como privada, debe subordinarse a ella. El
ejemplo que da, sea bueno o malo, ha de fructificar para el bien
o para el mal en el tierno corazón del niño. Las palabras que se
pronuncian delante de ellos son irreparables porque se graban
definitivamente en sus cerebros vírgenes. Debe entonces el
maestro guardar oculto todo pensamiento escéptico o irónico,
desengañado o agrio, toda doctrina que pueda originar
sentimientos de envidia, rencor, odio o rivalidad. Un verdadero
secreto profesional se le impone; violarlo es crimen de lesa
humanidad (...)"25.
El maestro, pues, era concebido como parte de un orden cuasi militar, del
cual el niño era el último eslabón. Indudablemente, la violación sistemática de
la Constitución por parte de esa misma clase dirigente que recurría al fraude y
a la proscripción para ganar elecciones era parte del "secreto profesional" que
se imponía al maestro: la hipocresía era ley. A su vez, la paranoia política
alcanzaba niveles histéricos; su análisis, con visión retrospectiva, hace
sospechar que, quizás el miedo a la subversión fuese más una excusa para
apelar a un autoritarismo vocacional, que el autoritarismo verdadero
producto del miedo. Por otra parte, la vieja obsesión "argentinizante",
presente desde las reformas "patrióticas" de 1908, continuaba. En noviembre
de 1932, el ministro de Instrucción Pública decía:
"En un país viejo, de largas tradiciones y firmes costumbres, es
la familia quien forma, sin proponérselo deliberadamente, la
conciencia infantil (...). Nosotros, con una vida independiente
que apenas sobrepasa un siglo y que en menos de ese tiempo
hemos duplicado la población con la concurrencia extranjera,
con hogares de origen, costumbres, ideas y sentimientos
heterogéneos, no podemos aún confiar principalmente en la
familia esa intensa y noble tarea de formación. Aquí, el baluarte
nacionalista tiene que ser, inevitablemente, la escuela. Debe ser
ella la creadora en el alma de los niños extranjeros (...) y en la de
los hijos y nietos (de extranjeros), de un nítido y firme
sentimiento nacional. La escuela, entre nosotros, debe forjar
alrededor de los niños una atmósfera nacional que sustituya la
atmósfera europea reinante en muchos hogares nuestros (...)"26.
Muchas de estas tendencias se agudizaron, sucesivamente, en 1943 y en
1946. Esto fue más notorio, quizás, en el caso del autoritarismo que se venía
incubando desde 1908. El gobierno militar inaugurado en 1943 dejó cesantes
a 32 maestros por "actividades contrarias a la nacionalidad" y a 22 por
"inmoralidad", sobre un total de 115 cesantías 27. A su vez, el primer
interventor del Consejo del gobierno peronista pontificaba a fines de 1946:
"( ...) La escuela no es comité político ni ateneo para discursos o
lecciones huecas... Es templo de la Patria, y en sus altares no
puede rendirse otro culto que al trabajo, a los próceres y al niño.
Quien persiga otros fines (...) que abandone las aulas y busque
en otros ámbitos -que no sean los sagrados recintos de la
escuela- campos propicios, si es que los halla, para su prédica.
En este empeño, porque el maestro sea digno de su elevada
como responsable misión, nuestro cuidado será extremado.
Avaloramos ciertamente al sabio, pero preferimos al virtuoso,
porque la escuela primaria no tiene necesidad de eruditos, pero
sí de quienes alientan el verdadero sentimiento de argentinidad y
guardan las estrictas normas de conducta que ese sentir impone.
(...) Y exigimos lealtad, porque mal puede ser digno y probo
quien arteramente se acoja a los beneficios de una función de
confianza que el Estado jerarquiza, para combatirlo en su
propia casa"28.
Y a medida que avanzó el régimen peronista, esta dimensión autoritaria de
la escuela y de otros ámbitos se acentuó cada vez más. El 21 de marzo de
1950, por ejemplo, Eva Perón discurseaba:
"Yo me uno al deseo del compañero Perezzolo de que las
reparticiones oficiales deben purificarse para que aquéllos que
no sienten la hora argentina o que permanezcan indiferentes a la
hora extraordinaria en que vivimos y que no comprenden que el
general Perón está quemando su vida y sus horas en aras de un
ideal por la grandeza del pueblo argentino, dejen su lugar para
los argentinos de bien, para los argentinos que tengan el corazón
puro y que conserven, los valores espirituales como los ha
conservado la clase trabajadora del país. Pido a los trabajadores
que denuncien a los antiperonistas, porque son vendepatrias, y
también les pido a los funcionarios que tomen medidas, porque
si no creeremos que ellos también son vendepatrias. (...) El que
no se siente peronista no puede sentirse argentino"29.
Y el mismo mes del mismo año, el ministro de Educación de Perón, Oscar
Ivanissevich, complementaba filosóficamente el discurso de la Primera Dama:
"A menudo se dice: yo quiero ser libre. Para esto no hay más
que dirigirse hacia adentro, hacia uno mismo, porque la libertad
no consiste efectivamente en dominar a los demás sino en
dominarse a uno mismo. Ser libre no es hacer lo que nos gusta.
Ser libre es poder hacer lo que no nos gusta"30.
El papel de la gestalt cultural y la movilidad social en las políticas emergidas
del complejo Estado/sociedad civil
Surge claramente de estos y miles de otros documentos semejantes, que la
cultura oficial argentina no sólo no era incompatible con el fascismo europeo,
sino que estaba mucho más cerca del mismo que de la democracia liberal. Por
cierto, un análisis empírico de la cultura oficial argentina durante el período
1930-1950, realizado a través de los documentos del sistema educativo, nos
muestra la presencia de los siguientes elementos:
-
un claro sobredimensionamiento del poder argentino y de la importan-
cia del país frente al mundo;
-
un mito de destino manifiesto argentino, y
-
una ideología autoritaria y nacionalista, más parecida a la de las
dictaduras fascistas que a la de las democracias occidentales.
Además, esta gestalt cultural adquiría una significación mucho mayor debido
a algunas características de la estructura social argentina, especialmente:
- su grado muy alto de movilidad social (superior al europeo y sólo
comparable al norteamericano) que hacía posible que el adoctrinamien-
to de las masas efectuado por la escuela pública tuviera luego un
impacto sobre la gestión de gobierno, no sólo debido a la influencia de la
opinión pública, sino también porque a partir de 19431a mayoría de los
gobernantes había ascendido muy recientemente y provenía de sectores
"populares", portando ellos mismos la cultura incubada durante
décadas en la Argentina. Dicho en otras palabras, a partir de 1943 los
gobernantes argentinos no fueron gente mundana y cosmopolita,
escéptica e irónica frente a los parroquiales mitos locales, sino todo lo
contrario: al menos cuando llegaron al gobierno eran productos típicos
del aula, sin más mundo que el que les daban sus lecturas de Dagnino
Pastrore y Astolfi, o sus equivalentes 31.
Con una gestalt cultural como la descrita arriba, no resulta extraño que ni
la opinión pública ni los elencos dirigentes argentinos comprendieran que la
derrota del Eje encontraría a la Argentina desubicada en el orden mundial,
sospechosa de apoyar a la parte no sólo perdidosa sino también diabólica, y
percibida desde Washington como un país esencialmente antinorteamericano.
Tampoco sorprende que no entendieran que este desenlace acarrearía
altísimos costos para su país, ni resulta extraño que las sanciones
norteamericanas y sus efectos de largo plazo fueran subvalorados, ni que se
marginara a los cada vez menos populosos elencos dirigentes proclives a
apoyar a los Aliados. En la Argentina, debido a la vigencia de la cultura
descrita, se partía de la premisa que el país era suficientemente importante y
poderoso como para sobreponerse a esas desventajas sin menoscabo de su
"dignidad", y que su "destino de grandeza" estaba asegurado siempre que no
se claudicara frente a las pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos.
Además, y lo que es más importante, en el fondo las democracias liberales
eran mucho más ajenas a la cultura argentina que los fascismos europeos, de
modo que el lento giro hacia estos últimos no resultaba ideológicamente
repugnante. Lo único que repugnaba culturalmente era romper con el Eje y,
finalmente, declararle indignamente la guerra cuando en la práctica ya estaba
vencido. Antes de que comenzara el círculo vicioso de agravios y contra-
agravios, un alineamiento argentino con los Aliados había sido pensable, no
tanto por auténtica vocación democrática, como debido al vínculo simbiótico
que existía entre la economía argentina y la británica. Así lo pensaron el
presidente Ortiz y el canciller Cantilo en 1939 y 1940, adelantándose a los
norteamericanos en esa intención. Pero una vez generado el agraviante
proceso diplomático descrito en la sección anterior, el condicionamiento
cultural prevaleció sobre el condicionamiento (y el interés) económico, y la
política exterior ingresó en una espiral paradójica por la cual, en los hechos,
cuanto más cerca estaban los Aliados de ganar la guerra, más lejos de los
Aliados y más cerca del Eje estaba la Argentina, soportando, para colmo, una
permanente andanada de sanciones económicas. La sociedad, que reaccio-
naba negativamente frente a políticas norteamericanas percibidas como
ofensivas y que mayoritariamente no sentía rechazo por el fascismo,
condicionaba no sólo las políticas del Estado argentino sino su misma
composición.
En función de esta dinámica, entre 1940 y 1945 cambiaron progresivamente
las políticas, las ideologías y los mismos hombres que componían el Estado,
en un lento pero permanente flujo hacia la derecha antiliberal. Visto en esta
perspectiva de un plazo de escasos años, el verdadero actor en el sistema
interestatal no era el Estado argentino sino el complejo Estado/sociedad civil.
Como se dijo, el Estado en sí mismo estuvo sometido a un cambio
permanente, siempre en la misma dirección de un incrementado autoritarismo
y rechazo por las democracias liberales y su política internacional. En cambio,
cuando analizamos el complejo Estado/sociedad civil, vemos que, durante el
período en cuestión, sus leyes de funcionamiento interno permanecieron
constantes: ante la reiteración de un mismo estímulo externo negativo
("ofensas" norteamericanas) se produjo un mismo reacomodamiento de la
política exterior (cada vez más alejada de. los Estados Unidos y de sus aliados)
y una recomposición del Estado en una dirección constante (sus funcionarios
aliadófilos y democráticos perdieron poder y fueron marginados hasta
desaparecer); dirección que, al fin y al cabo, era perfectamente compatible
con la ideología que, desde el Estado, se había incubado en la Argentina
durante décadas.
Conclusiones: el factor cultural frente al problema de la causalidad
Hasta aquí hemos:
-
identificado una política exterior argentina aparentemente "irracional"
(la de estar cada vez más cerca del Eje a medida que su derrota en la
guerra era cada vez más segura), e
-
identificado elementos culturales que pueden ayudar a explicar por qué,
evaluada desde las percepciones afectadas por el adoctrinamiento
escolar argentino, esa política exterior puede no haber parecido tan
"irracional" para vastos segmentos de la opinión pública local.
Sin embargo, cabe reconocer que no se ha demostrado, de manera rigurosa
y empírica, que los elementos culturales identificados hayan tenido un efecto
causal directo sobre las políticas adoptadas; esto todavía se encuentra en el
campo de la conjetura razonable o de la hipótesis probable. Esta relación
causal resulta muy diflcil de demostrar, en tanto la constatación empírica
entre un conjunto de percepciones (o un sistema de creencias) y una serie de
medidas de política exterior es mucho más dificultosa que la identificación de
un vínculo causal entre un interés material (político o económico) y una
política exterior. No obstante, debe recordarse que una de las características
más significativas del caso analizado es que, a lo largo de varios años, las
políticas adoptadas por los gobiernos argentinos objetivamente atentaron
contra el interés material argentino. Puede no haber una demostración
empírica cabal del vínculo causal entre los elementos culturales (empíri-
camente) identificados y las políticas adoptadas, pero la contradicción entre
el interés material argentino y el resultado de las políticas instrumentadas deja
la intervención de una variable cultural como casi la única explicación
parsimoniosa disponible.
Por otra parte, y expuesto de esta manera, el caso en cuestión parece
encuadrarse dentro de lo que Herbert Simon ha definido como "irraciona-
lidad radical"32, cual es la conducta de un Estado débil que, a medida que se
desarrolla un conflicto mundial, se va alejando progresivamente de la
hegemónica parte ganadora (a la que había querido adherir en un principio)
para acercarse obstinadamente a la parte perdidosa. Simon diferencia esta
"irracionalidad radical" de su ya clásico concepto de "racionalidad limitada"
(bounded rationality), que se refiere a la imperfecta racionalidad que emerge,
por ejemplo, de percepciones desajustadas frente a la realidad, o de
limitaciones de la información necesaria para tomar decisiones. Según el
propio Simon, hay que reconocer la vigencia de la irracionalidad radical, ya
que:
"( ...) ni siquiera el concepto de racionalidad limitada abarca el
papel total de la pasión y la sinrazón en los asuntos humanos.
(...) Desde las épocas más tempranas se ha constatado que el
comportamiento humano no es siempre el resultado de cálculos
deliberados, ni siquiera del tipo de racionalidad limitada. A
veces debe ser atribuido a la pasión, a la captura del proceso de
decisión por parte de poderosos impulsos que no permiten la
mediación del pensamiento".
Dicho de otro modo, en mayor o menor medida toda racionalidad es
limitada e imperfecta. Sin embargo, cuando (como en el caso de la Argentina
durante la década de 1940) sistemáticamente se eligen políticas cuyo balance
de costos y beneficios será (previsiblemente para cualquier observador
neutral) muy negativo, estaríamos frente a un fenómeno de "irracionalidad
radical". Por otra parte, debe subrayarse que aunque exista una racionalidad
de política interna de parte de un gobierno o gobernante que especula con la
popularidad generada por una política exterior que con seguridad producirá
enormes costos externos, la opinión pública -emergente de un ethos cultural-
que otorga popularidad a una tal política exterior, esencialmente auto-
destructiva, caería en el ámbito de la irracionalidad radical, al igual que dicha
política exterior in totum (siempre que la estemos evaluando como política
exterior, y no en su calidad de política interna).
Esta reflexión nos lleva de lleno al hecho de que el factor crucial, en el
análisis de este fenómeno, radica en la popularidad generada por medidas que
externamente resultan costosas. Este fenómeno, como se dijo, es un emergente
de un ethos cultural. A partir de aquí, parece razonable postular que si una
medida externamente costosa generará apoyo político interno, la medida
figurará en el menú de opciones del gobernante (aunque no necesariamente
vaya a adoptarla), mientras que si se sabe que la medida generará no sólo
costos externos sino también internos, ella ni siquiera figurará como una
alternativa digna de ser estudiada. Todo esto nos conduce a otro concepto
acuñado por Simon, y esto es que:
"Para comprender la selección de una política, debemos
comprender de dónde emerge el marco de referencia del
pensamiento de los actores (...). Un componente importante
de este marco de referencia es el conjunto de alternativas que se
somete a consideración en el proceso de selección. Necesitamos
comprender no sólo de qué manera la gente razona acerca de las
alternativas, sino también cuál es el origen de esas alternativas.
El proceso por el cual se generan las alternativas ha sido
relativamente ignorado como objeto de investigación. (...) La
teoría de la generación de alternativas merece, y requiere, un
tratamiento tan definitivo y completo como el que otorgamos a
la teoría de la selección entre alternativas específicas"33.
La reflexión de Simon arriba citada, que subraya la relevancia de ir más allá
del estudio de la selección entre alternativas determinadas para estudiar el
origen del menú de alternativas, cobra particular significación cuando la
alternativa elegida por un gobierno es tan autodestructiva que es fácil suponer
que pocos gobiernos la contemplarían siquiera. Mientras el estudio de la
selección entre alternativas dadas nos conduce al análisis político típico, el
estudio del origen del menú de alternativas nos conducirá a la inclusión de
fenómenos socio-culturales y al reconocimiento de la significación del
complejo Estado/sociedad civil.
Esta discusión, a su vez, nos permite identificar la existencia de dos niveles
diferentes de causalidad. El nivel más inmediato es el de por qué se eligió
intentar formar un "bloque austral" en lugar de (por ejemplo) tomar medidas
para, de una vez por todas, adaptarse a las expectativas norteamericanas,
evitando costos externos. Las causas políticas inmediatas por las que se optó
por la confrontación en lugar de la adaptación emergerán de este tipo de
análisis. El segundo nivel de causalidad, a su vez, es el del origen del menú de
opciones contemplado conscientemente por los decisores: el motivo por el que
algunas opciones quizá ni siquiera hayan sido consideradas, y la razón por la
que (en éste y otros casos) algunas opciones autodestructivas sí fueron
tomadas en cuenta (mientras que, de no haber sido potencialmente populares,
ni siquiera hubieran sido conscientemente eliminadas). Este segundo nivel de
causalidad, que como se dijo frecuentemente involucrará variables socio-
culturales que van más allá de los decisores mismos, es el que corresponde a lo
que, de una manera vaga e imprecisa, solemos llamar "condicionamientos" de
las decisiones. Las variables socio-culturales que hemos incorporado a nuestro
análisis de la irracionalidad argentina durante la Segunda Guerra Mundial
corresponderían a este segundo nivel de causalidad. De este modo, el estudio
del enigma representado por esta irracionalidad argentina puede conducir a
interesantes reflexiones teóricas, metodológicas y epistemológicas. Aunque
los archivos ya estén agotados, si apelamos a lo que hace ya décadas Wright
Mills llamó "la imaginación sociológica", todavía hay mucho que puede
decirse sobre el tema, sin condenarnos al estéril círculo vicioso de críticas y
contracríticas entre escuelas aparentemente opuestas, que algunos colegas nos
proponen. Más aún, resulta evidente que la metodología aquí usada puede
aplicarse, con provecho, a otros casos de irracionalidad radical en la política
exterior argentina, como, por ejemplo, el de la invasión de las Malvinas en
1982.
NOTAS
1. Los trabajos de archivo posteriores a la desclasificación de los documentos de la década de
1940 incluyen: C. Escudé, Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina, 1942-1949,
Buenos Aires: Belgrano, 1983 (también tesis doctoral de la Universidad de Yale, The
Argentine Eclipse: the International Factor in Argentinas Post World War 77 Decline, 1981);
M.L. Francis, The Limits of Hegemony: United States Relations with Argentina and Chile
during World War II, Notre Dame, 1977; G. Frank, Struggle for Hegemony: Argentina, Brazil
and the Second World War, Miami, 1979, y Juan Perón vs. Braden, Lanham, 1980; R.A.
Giacalone, From Bad Neighbours to Reluctant Partners., Argentina and the United States 1946-
1950, tesis doctoral de la Universidad de Indiana, 1977; R. Humphreys, Latin America and
the Second World War (dos volúmenes), Londres, 1982; C.A. MacDonald, "The Politics of
Intervention: the United States and Argentina, 1941-1946", Journal of Latin American
Studies, 12 (2), 1980 y "The US, the Cold War and Perón" en C. Abel y C. Lewis (comps.),
Latin America, Economic Imperialism and the State: the Political Economy of the External
Connection from Independence to the Present, Londres, 1985; R.C.Newton, The `Nazi Menace'
in Argentina, 1931-1947, Stanford, 1992, y "The United States, the German-Argentines and
the Myth of the Fourth Reich, 1943-1947, Hispanic American Historical Review, 64 (1), 1984;
M. Rapoport, Gran Bretaña, Estados Unidos y las clases dirigentes argentinas, 1941-1945,
Buenos Aires: Belgrano, 1981, y Aliados o neutrales: la Argentina frente a la Segunda Guerra
Mundial, Buenos Aires: EUDEBA, 1988; y R.B. Woods, The Good Neighbor Policy: the
United States and Argentina during World War II, Kansas, 1979. También son
importantísimos para esta temática los trabajos de Stanley E. Hilton sobre las relaciones
entre los Estados Unidos y Brasil, que muchas veces incluyen una dimensión argentina; entre
ellos: "Brazilian Diplomacy and the Washington-Rio `Axis' during the World War II Era", en
Hispanic American Historical Review, mayo 1979; "Argentine Neutrality, September 1939-
June 1940: A Re- examination", The Americas, enero 1966; "Brazil and the Post-Versailles
World: Elite Images and Foreign Policy Strategy, 1919-1929", en Journal of Latin American
Studies, noviembre 1980; "Brazil's International Economic Strategy, 1945-1960: Revival of
the German Option", en Hispanic American Historical Review 66:2 (1986); y "The Argentine
Factor in Twentieth-Century Brazilian Foreign Policy Strategy", en Political Science
Quarterly, primavera 1985.

Véase S.E. Hilton, "Brazilian Diplomacy and the Washington- Río `Axis' during World War
II", Hispanic American Historical Review, mayo 1979, y F.D. McCann, "Critique" al artículo
de Hilton, misma publicación, noviembre 1979. Mi opinión con respecto al debate Hilton-
McCann es que si los beneficios brasileños de posguerra derivados de su alianza de guerra se
comparan con la cuota europea del favor norteamericano de posguerra, entonces Brasil pudo
tener un justo motivo de queja (como arguye McCann), pero si la comparación se hace con
respecto a la Argentina u otros países latinoamericanos, entonces no puede haber dudas en
cuanto a la posición privilegiada de Brasil. La guerra misma fue una "oportunidad dorada"
para Brasil, como lo demuestra Hilton convincentemente. Durante el período de posguerra
1946-1970, Brasil obtuvo casi siete veces más ayuda exterior norteamericana que la
Argentina, a precios constantes. Para estas cifras véase C. Escudé, La Argentina versus las
Grandes Potencias: el precio del desafío, Buenos Aires: Belgrano, 1986, pp. 177-179; las
estadísticas están basadas en la serie U-75-186 de ayuda al extranjero a precios corrientes, y
en la serie E-23-39 de índices de precios mayoristas, de Historical Statistics of the United
States: Colonial Times to 1970, Edición del Bicentenario (1976), Bureau of the Census,
Washington D.C.

Véase A. Gramsci, Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci, New York:
International Publishers, 1971; Q. Hoare (comp.), Selections from Political Writings, 1910-
1920, New York: International Publishers, 1977; D. Forgacs (ed.), An Antonio Gramsci
Reader, New York: Schocken Books, 1988; S. Gill (comp.), Gramsci, Historical Materialism
and International Relations, Cambridge: Cambridge University Press, 1993, y R.W. Cox,
"Social Forces, States and World Orders: Beyond International Relations Theory", en R.O.
Keohane (comp.), Neorealism and its Critics, New York: Columbia University Press, 1986.

Foreign Relations of the United States, 1940 (FRUS), Vol. 1, pp. 743-44, y Sir Esmond Ovey,
diciembre 1939, A 8748/, A 9175/, A 9021, y A 9219/ 5992/51, FO 371/22765, PRO. También,
J.S. Tulchin, "The Argentine Proposal for Non Belligerancy", Journal of Interamerican
Siudies, octubre 1969, S.E. Hilton, "Argentine Neutrality, September 1939-June 1940: A Re-
examination", The Americas, enero 1966.

El mejor tratamiento de este tema está en R. Newton, op. cit., 1992.

Para percepciones alemanas e italianas, ver Departamento de Estado de los Estados Unidos,
Documents of German Foreign Policy, pp. 157-158; A. Frye, Nazi Germany and the American
Hemisphere, 1933-41, New Haven, 1967, p. 123; G. Ciano, Ciano's Diary, 1937-1939,
Londres, 1952, pp. 75 y 93; y S.E. Hilton, op. cit., nota 17. Para las aseveraciones de Wallace,
Hull y otros de que la Tercera Guerra Mundial provendría de la Argentina, veáse, por
ejemplo, Blum, The Price of Vision: The Diaries of Henry Wallace, Boston, 1973, p. 294.

El tratamiento más completo del boicot económico y la desestabilización política de la
Argentina por parte de los Estados Unidos está en C. Escudé, op. cit., 1983.

Sir David Kelly, The Ruling Fex,, Londres, s.f., p. 297.

"Hull's reply to Storni", U.S. Department of State Bulletin, 11 diciembre 1943.

Sumner Wells, Where are we heading?, New York, 1946, p. 186.

Memorándum de R.H. Hadow del 14 diciembre 1944, AS 74/12/2; Hadow a Perowne, 26
diciembre 1944, AS 20/12/2, FO 371/44684; Hadow, enero 1945, U 296/12/70, FO 371/50672
y 22 enero 1945, AS 516/12/2, FO 371/44684. Perowne a Hadow, 30 enero 1945, AS 577/1/2,
FO 371/44682, PRO.

El frustrado "bloque austral" daría lugar a cientos de páginas de memorándums
norteamericanos justificatorios de las sanciones contra la Argentina, y sería una pieza
central del mito del Cuarto Reich estudiado por Ronald Newton.

Escudé (1983), Francis, Frank (1979) y Woods tratan de este proceso.
Ibid.

Las próximas dos secciones están basadas en una investigación de varias etapas realizada por
el autor de este artículo. La primera etapa consistió en identificar los mitos territoriales de la
cultura argentina, cuyo objetivo fue intentar avanzar hacia la comprensión de la dimensión
territorialista de su política exterior, tal como se manifestó, entre otros casos, en el diferendo
con Chile por las islas del canal de Beagle, que casi condujo a una guerra en 1978, y en la
guerra de Malvinas de 1982. Varias publicaciones fueron el fruto de esta etapa. La primera
aproximación al tema se publicó en C. Escudé, La Argentina, ¿Paria Internacional?, Buenos
Aires: Belgrano, 1984, Ensayo II. La segunda aproximación fue un trabajo sobre el origen
histórico de los mitos territoriales, presentado en C. Escudé, La Argentina vs. las Grandes
Potencias. el precio del desafío, Buenos Aires: Belgrano, 1986, Ensayo III. Posteriormente, el
autor se abocó a un análisis del contenido nacionalista de los textos de geografía argentinos
usados en la enseñanza primaria y secundaria entre 1879 y 1986. Ese relevamiento fue
publicado en C. Escudé, Patología del nacionalismo: el caso argentino, Ed. Tesis/Instituto Di
Tella, Buenos Aires, 1987, Ensayo IV. Finalmente, el autor se dedicó al estudio de los
contenidos ideológicos de las doctrinas pedagógicas de la enseñanza primaria argentina
(especialmente la pública) entre 1900 y 1950. Esta etapa de la línea de investigaciones se
encuentra en C. Escudé, El fracaso del proyecto argentino: educación e Ideología, Ed. Tesis/
Instituto Di Tella, Buenos Aires, 1990. Más adelante, se publicaron varios resúmenes de toda
la línea de publicaciones, intentando ya vincular el tema de la cultura política a los de la
política exterior y de las reiteradas quiebras del sistema democrático. En inglés, esto se
publicó como C. Escudé, "Education, Political Culture and Foreign Policy: The Case of
Argentina", Working Paper NO 4, Working Paper Series, Duke-University of North Carolina
Program in Latin American Studies, octubre 1992. En castellano, apareció como el Capítulo 4
de C. Escudé, Realismo periférico: fundamentos para la nueva política exterior argentina,
Buenos Aires: Planeta, 1992. Por último, el autor realizó algunos intentos por articular breves
síntesis de esta línea de investigaciones con reflexiones teóricas normativas sobre la política
exterior argentina: por ejemplo, en C. Escudé, "Cultura política y política exterior: el salto
cualitativo de la política exterior argentina inaugurada en 1989 (o breve introducción al
realismo periférico)", en R. Russell (comp.), La política exterior argentina en el nuevo orden
mundial, Buenos Aires: GEL, 1992.

E. de Vedia, "La escuela", Monitor de la Educación Común, 31 octubre 1910, pp. 21-30. El
Monitor, creado por Domingo Faustino Sarmiento, era el influyente órgano oficial del
Consejo Nacional de Educación, y se publicó hasta 1949. Reflejaba la doctrina oficial y se
repartía gratuitamente a los maestros.

P. 7 de la Guía mencionada.

José María Dagnino Pastore, Estudios sociales económicos argentinos, Buenos Aires, 1971, p.
126. Este autor fue también ministro de Economía de la República Argentina. Junto con su
padre, Lorenzo Dagnino Pastore, que comenzó el negocio de escribir textos de geografía,
enseñaron a generaciones enteras de niños. Primero firmó el padre, más tarde el padre junto
con el hijo, y finalmente el hijo únicamente. Tuvieron una difusión verdaderamente masiva, a
la vez que sus competidores en el oficio proyectaban exactamente el mismo mensaje.

Encuestas IPSA, proyecto RISC, muestras probabilísticas y estratificadas representativas del
80% de la población urbana del país.

Los precursores estudios de Gino Germani demostraron el carácter "moderno" de la
estructura social argentina (es decir, su comparativamente alto componente de población
dedicada a ocupaciones tipificadas como de "clase media") y su alto grado de movilidad
social, comparable solamente al de los Estados Unidos. Véase especialmente G. Germani,
"La Movilidad Social en la Argentina", Apéndice II a la edición en castellano de S.M. Lipset
y R. Bendix, La movilidad social en la sociedad industrial, Buenos Aires: EUDEBA, 1960; G.
Germani, Estructura social argentina, Buenos Aires: Raigal, 1955, y Política y sociedad en una
época de transición, Buenos Aires: Paidós, 1968.

"La orientación moral de la escuela argentina", Monitor, septiembre-diciembre 1930.

Discurso del presidente argentino, general Agustín P. Justo, en ocasión de la asunción de
Ramón J. Cárcano como presidente del Consejo, Monitor, mayo 1932.

Juana E. Gutiérrez, "Escuela Rural Argentina", conferencias pronunciadas el 10 de
noviembre y el 14 de diciembre de 1936, Monitor, diciembre 1936, pp. 47-50.

J.A. Astolfi, "Los maestros y el nacionalismo", Monitor, junio 1940, pp. 117-123.

Discurso de Pico en ocasión de su toma de posesión de la presidencia del Consejo, Monitor,
noviembre 1932.

Discurso del ministro Manuel M. de Iriondo en la ocasión citada en la nota de arriba, mismo
número del Monitor, pp. 128-131.

Monitor, marzo-abril 1945.

Monitor, septiembre-octubre 1946, pp. 3-7.

Código 735.00/3-2250, RG 59, Archivos Nacionales de los Estados Unidos, Washington D.C.

Boletín de Comunicaciones del Ministerio de Educación, No. 108.

Aun quienes, como Perón, habían pasado un período en el exterior como agregados o en
cargos similares, lo habían hecho en el típico ghetto militar-diplomático latinoamericano de
las grandes capitales, y a una edad mediana en la cual el choque cultural producido por la
vida en el extranjero sólo consolida (por reacción) los elementos culturales que fueron
incorporados durante la infancia y primera juventud en la cultura originaria del sujeto. En el
caso de Perón, para colmo, su contacto con la Italia de Mussolini no fue precisamente una
influencia liberalizante. Respecto de estudios empíricos sobre la movilidad social, ver nota 20.

H.A. Simon, "Human nature in politics: the dialogue of psychology with political Scence",
American Political Science Review, Vol. 79, 1985, p. 301.

Ibid., pp. 302-303.

|