E.I.A.L.
ESTUDIOS
  INTERDISCIPLINARIOS
DE AMERICA LATINA
Y EL CARIBE      
ARTICULOS
NOTAS Y COMENTARIOS
RESEÑAS
ULTIMO NUMERO
EIAL INDICES
CONSEJO EDITORIAL
ADMINISTRATIVIA

America Latina

VOLUMEN 8 - Nº 2
JULIO - DICIEMBRE 1997
Busca en E.I.A.L.:

     VV.AA.: Poder terrateniente, relaciones de producción y orden colonial. Buenos Aires, edición de Fernando García Cambeiro, Colección Estudios Coloniales y de la Independencia Americana (dirigida por Eduardo Azcuy Ameghino), 1996.

La serie de ensayos publicados en esta obra, que analiza mediante estudios de casos el papel de los terratenientes en el mundo rural (y en la sociedad colonial) de la campaña bonaerense y montevideana de la segunda mitad del siglo XVIII, presenta una gran coherencia interna en los aspectos teórico- metodológicos. La misma se debe a que los trabajos son resultado de las discusiones del Seminario de Historia Colonial del Instituto de Investiga- ciones de Historia Económica de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, dirigido por Eduardo Azcuy Ameghino. Esta opción por la coherencia se convierte en una propuesta lo suficientemente rígida como para limitar en más de una ocasión el alcance de ricos e interesantes trabajos empíricos.

El primer trabajo, de Azcuy Ameghino, "Hacendados, poder y estado virreinal", presenta el aparato teórico de la obra. La hipótesis principal señala que los terratenientes formaban la clase dominante de la sociedad colonial (una clase dominante secundaria, con respecto a la metropolitana) y eran los representantes del poder político virreinal y quienes lo ejercían en provecho propio. El esquema de todo el andamiaje es el clásico: base económica y superestructura político-ideológica del marxismo-leninismo. De hecho, se explícita que la noción de clase es la singularmente economicista esbozada por el propio Lenin, marginando otras propuestas menos férreas, incluso dentro de la tradición marxista, como la de E. P. Thompson. Se dice, también, que el control de la propiedad de la tierra era fundamental y que no existía una oferta ilimitada de tierras. La política servía para garantizar el control económico por los terratenientes, auténticos dueños del país durante la llamada fase oligárquica y hasta por lo menos los años 40 del siglo XX. En estas nociones va implícita una serie de críticas a la historiografía defensora de las posturas contrarias (a la que se acusa de "gorilismo" frente a una especie de "sentido común" del pueblo argentino, que percibe preclaramente la verdad sobre el poder de los terratenientes) y una rehabilitación de obras como Los vendepatria..., de Juan Domingo Perón, cuya capacidad teórica es más que dudosa.

El libro tiene la virtud de hacer explícita una de las facetas más importantes (si no la principal) del objetivo de debate que plantean los autores y al que me he referido en estas líneas: proponer un modelo en el cual el acceso a la propiedad de la tierra es vital, pero muy limitado, y aquéllos que no lo consiguen pasan a depender de los terratenientes. Frente a ello estarían quienes defienden un acceso ilimitado a la propiedad y un grupo de campesinos libres en la pampa bonaerense que puede vender su fuerza de trabajo en un mercado libre (como Juan Carlos Garavaglia, Raúl Fradkin o Jorge Gelman). El alcance final de esta propuesta sería contradecir la hipótesis historiográfica del papel modernizador de la "oligarquía": la crítica a los autores que ven relaciones capitalistas en la campaña del XVIII y la extienden hasta nuestro presente. Se alude a los duros límites del acceso a la propiedad de la tierra para contestar la hipótesis de autores como Gallo o Cortés Conde, que veían en esa condición de "frontera" una de las causas de la emigración y del desarrollo argentino.

Intentan demostrarlo mediante estudios de casos, con fuentes muy ricas. Hay tres trabajos cuya principal línea de argumentación señala la importancia de la propiedad territorial, su dificil acceso y sus vinculaciones con el poder político e ideológico. Azcuy Ameghino muestra cómo la condición de "hacendado", y principalmente la de terrateniente, es la requerida para obtener los puestos de alcaldes de hermandad en la campaña bonaerense (responsables en primera instancia del poder judicial, elegidos por el cabildo de Buenos Aires).

Carlos María Birocco, estudiando a la familia Casco de Mendoza, muestra la articulación entre su ingreso en la propiedad territorial, su control durante un largo período del arrendamiento del diezmo de granos y su vinculación al cabildo porteño como uno de los ejes de su hegemonía socio-política en los pagos de Cañada de la Cruz y Areco. Posteriormente fundaron una capellanía que les permitió tener el control ideológico de la Iglesia.

Mónica Higa, en "Tierra y ganado en un pago bonaerense de antiguo poblamiento", se centra en el análisis e interpretación de los datos proporcionados por un censo de hacendados que realizó Francisco Casco (alcalde de hermandad del partido de Cañada de la Cruz) en 1789. Una cosa que demuestra el documento (como lo transmite Higa) es la tendencia a la concentración de la tierra: el 2,8% de los propietarios controla el 53,7% de la superficie, lo que parece reforzar la tesis inicial de Azcuy Ameghino.

Hay que destacar, empero, que estos tres ensayos, junto al de Gabriela Gresores, "Terratenientes y arrendatarios en la Magdalena...", presentan una dificultad compartida. Los partidos de Cañada de la Cruz, Areco y Magdalena, sobre los que se fundamenta el constructo teórico, pueden distorsionar la hipótesis de la inaccesibilidad a la propiedad territorial y sobredimensionar la importancia de ésta, desde que se hace consideraciones internas a esos partidos que, es necesario subrayar, son de antiguo poblamiento. Que la concentración de la propiedad de la tierra sea aquí notable, lo que determina en gran manera la hegemonía local, no invalida la existencia de una oferta amplia de tierra en la campaña bonaerense y la posibilidad de una dinámica de frontera. Esto es evidente en Magadalena y Cañada de la Cruz, que no sólo son de antiguo poblamiento, sino que en 1815, (una fecha muy cercana a las que manejan los autores) son territorios bastante alejados de la frontera.

En segundo lugar, la rigidez del método coloca en relación directa sistema, estructura económica y poder político, lo que nos priva de interesantes matices. Al ser un orden colonial, la clase dominante de la metrópoli es la que ocupa la cima de la pirámide social y política. Después vendrían las elites urbanas de Buenos Aires, que controlan el poder en el cabildo, y por último, los terratenientes, que al ser los principales actores económicos de la campaña se reservan la representación del "Estado" en ésta, aunque pudiendo usarlo a su favor, tal y como propone Azcuy Ameghino. Ahora bien, quizás hubiera sido interesante, y podría haber matizado esta vinculación tan mecánica entre el poder económico de los terratenientes y su poder político, el estudiar "las contradicciones internas entre los grupos habilitados para el ejercicio del poder estatal rural", esas cuestiones que el autor, "sin desmerecer en absoluto su significación", llama "antagonismos secundarios" (el subrayado es nuestro).

Por ejemplo, el autor olvida que la elección de los alcaldes de hermandad no está en función directa de la propiedad de la tierra sino de la tributación de los escogidos. En segundo lugar, las recientes investigaciones sobre la campaña bonaerense en el momento de la independencia parecen contradecir las hipótesis aquí planteadas. La campaña no significaba, a fines del período colonial, un escenario político destacable y los alcaldes de hermandad parecen tener importancia en cuanto se convierten en intermediarios políticos a través de su rol judicial. De hecho, cuando el mundo rural explote políticamente el esquema de funcionamiento bajo la hegemonía rosista, no será necesa- riamente el de propietario-dependiente. 1 La segunda línea de argumentación se centra en la inexistencia de un mercado de trabajo libre asalariado e incide en las formas dependientes de trabajo como las principales en la campaña. Éste es el espíritu que anima tanto el trabajo de Gresores como el de Gabriela Martínez Dougnac sobre "Justicia colonial, orden social y peonaje obligatorio".

El problema de ambos trabajos es que tratan de llevar el debate a un terreno, si no espúreo, al menos muy poco fructífero y ya obsoleto, como es la polémica sobre el "modo de producción feudal" en América Latina. Gresores trata de mostrar cómo las relaciones de arrendamiento son una prueba de estas formas de trabajo dependiente, basándose en los mecanismos de pago del tributo. Se trata de un predominio de pagos en especie, lo que indicaría la existencia de un "feudalismo" peculiar. Empero, esta modalidad de tributación puede darse en situaciones claramente capitalistas. Por otro lado, se recurre a textos de la época de reclamo de propiedad, donde se afirma que el presunto dueño ejerció "actos de verdadero señorío". Ahora bien, cuando la autora muestra los conflictos por el pago de los tributos, se ve poco más que eso: un conflicto entre propietario y arrendatario, sin que influyan elementos externos como vasallaje, señorío, etc. Más alcance tiene la división entre arrendatarios labradores y estancieros para mostrar la importancia de la actividad ganadera. Estos últimos partían con ventaja en las negociaciones. Por otro lado, la propia posibilidad del conflicto judicial nos muestra a unos arrendatarios menos "dependientes" de lo que en principio se postula.

Algo semejante sucede en el trabajo de Martínez Dougnac. Se insiste en el carácter arbitrario de la justicia colonial (típico del Antiguo Régimen) y en la definición ambigua del delito, lo que constituye una esfera donde la pobreza y la delincuencia presentan contornos similares. Según la autora, todo el despliegue de la maquinaria del "Estado" y de los aparatos ideológicos sobre estos sectores de población se debía a la necesidad que tenían los terratenientes de una mano de obra que no estaba dispuesta a vender su fuerza de trabajo en un mercado libre (como señalan los partidarios de la tesis de la "proletarización", principalmente Carlos Mayo y Jorge Gelman). Podemos reconocer que el conchabo es un mecanismo que recuerda más a la coerción que a la existencia de un mercado de trabajo libre asalariado. Ahora bien, esto no indica mucho, puesto que ya sabemos que las formas de trabajo coactivas son compatibles con esferas de la producción notablemente abiertas y capitalizadas. Por otro lado, lo que fue particular de la sociedad colonial es la coexistencia entre la coacción y el mercado, parafraseando a Tandeter, donde se podía usar el último como estrategia de los propios trabajadores.

Esto es de particular importancia para lo que queríamos destacar. La autora insiste en el aparato represivo y en "el peso de la ideología dominante", sin embargo, a los que parecen ser objetos de su defensa apenas se les ve resistiendo el embate. Y creemos que había material en esas fuentes judiciales para ello. Como muestra, un botón que la autora deja pasar de largo: "A su vez resulta ilustrativa para darnos una idea del papel de la ideología -y en particular de la religión- en esta sociedad, la respuesta del acusado al que hacíamos referencia. Afirma éste que ha ido a misa `cuanto pudo', y que a `confesarse lo ha hecho todos los años pues, aunque no quiera, lo obliga el comandante y aún el mismo párroco` (p. 199). Más que del peso de la religión, que ya teníamos bastante claro, esta fascinante declaración nos habla de la búsqueda de resistencia de las clases subalternas.

Hemos dejado para el final el trabajo de Osvaldo Pérez, "Tipos de producción ganadera en el Río de la Plata colonial. La estancia de alzados", por su singular riqueza. Si bien se ajusta al modelo teórico esbozado desde el principio de la obra, es tal la cantidad y diversidad de fuentes, y la combinación de un análisis global sobre la producción ganadera en la Banda Oriental con uno detallado del caso de Francisco de Alzáybar, que merece una mención aparte. El objetivo es demostrar cómo la llamada "fiebre del cuero", que se dio en el Río de la Plata en la segunda mitad del XIX, estuvo vinculada a la depredación del ganado "alzado", ganado salvaje o anteriormente manso pero ahora liberado, que pastaba generalmente en tierras públicas o privadas y que ocasionó usurpaciones y conflictos, aunque también un enorme ahorro de capital y una atracción de "peones temporarios", "agregados", "arrimados", etc., viviendo en situaciones fronterizas y poco estables, pero que al tiempo que beneficiaban a sus patrones obtenían unos ingresos y una libertad superiores a los de los peones estables. No obstante esta excepción, la obra resulta insatisfactoria, puesto que fracasa en dos aspectos cruciales. Primero, cuando se plantea una hipótesis global sobre el funcionamiento de la campaña boanerense de finales del período colonial, elige ejemplos cuya representatividad para la hipótesis es más que dudosa, cayendo en extrapolaciones abusivas. En segundo lugar, los análisis de casos malogran unas fuentes interesantes, al presentarnos un trazo grueso que camina entre la obviedad y la interpretación forzada a la teoría.

José Antonio Sánchez Román Instituto Universitario Ortega y Gasset

NOTAS

  1. Véase al respecto los trabajos de José Carlos Chiaramonte, "Vieja y nueva representación: los procesos electorales en Buenos Aires, 1810-1820", y de Marcela Ternavasio, "Nuevo régimen representativo y expansión de la frontera política. Las elecciones en el estado de Buenos Aires: 1820-1840", publicados en Antonio Annino, (coor.): Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX, F.C.E., Buenos Aires, 1995. En particular, destacar la siguiente afirmación de esta última autora, que resume perfectamente la cuestión: "... tampoco se sostiene la imagen que interpreta el vínculo político predominante como una simple traducción de la relación entre gran propietario y dependientes" (p. 88). BACK