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| VOLUMEN 8 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1997 |
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El horizonte americano en el imaginario
español, 1898-1930
NURIA TABANERA GARCÍA
Universidad de Valencia
Partiendo de la convicción de que América, consciente o inconscientemente,
está permanentemente presente en todos los discursos construidos sobre la
naturaleza, la realidad o las potencialidades de lo español, hemos considerado
muy oportuno seguir el ejemplo de aquéllos que ya han analizado algunos de
los elementos vivos en la constante aparición de América Latina en las
diversas definiciones de la identidad nacional y en los distintos proyectos de
nación esbozados en España desde el siglo XIX (Delgado y González, 1991,
p. 267).
Nuestra intención es la de mostrar las conexiones existentes entre los más
difundidos conceptos de nación y de identidad nacional propagados entre
1898 y 1930 en España y las diversas visiones de América y del papel que este
continente podría jugar en los opuestos proyectos de nación derivados de
aquellos conceptos. En este seguimiento, estarán también presentes, por ser
parte constitutiva de dichos proyectos, las relecturas y reconstrucciones de la
historia de España y de la historia de España en América, y las opiniones y
percepciones vertidas sobre América Latina por los intelectuales que
edificaron y difundieron determinados conceptos de identidad nacional.
Para enmarcar el problema del que nos vamos a ocupar, el del papel
asignado a la proyección americana en la definición de la identidad nacional
española, debemos hacer explícitos algunos conceptos. Partiremos del
convencimiento de que España es al mismo tiempo un Estado, una nación
política y una nación cultural, y que esa realidad ha sido el producto de una
acción, bastante exitosa, por cierto, aunque con fuertes contestaciones, del
Estado moderno castellano de difusión e imposición de una conciencia de
identidad y pertenencia suprema, con el fin de asimilar la nación cultural
castellano-española con una nación política, coincidente con un ámbito
estatal.
También consideramos, siguiendo a Miroslaw Hroch (1994, p. 59), que
aunque la nación no es un producto casual, que no llega a formarse mediante
el constructo de la identidad nacional sino a través de diversos compromisos y
circunstancias en la esfera de lo social y lo cultural, la identidad nacional no
es un producto reflejo y directo de la realidad (Mira, 1985, p. 119), sino que se
extiende por el resultado de una acción productora de conciencia, de
adoctrinamiento y de acción simbólica.
Convencidos de la dimensión histórica de la identidad nacional española,
los inicios de su formación habría que buscarlos en el medioevo, lo que lleva a
muchos a considerar que la unidad política de España bajo los Reyes
Católicos es ya representativa de la existencia de una cierta conciencia
nacional española. Sin embargo, el paso de nación cultural a nación política
en España, coincidente con los límites del Estado, con todo lo que eso
suponía de imposición de una conciencia de identidad-pertenencia suprema,
es decir de la conciencia de que existía sólo una nación o patria verdadera,
definida por el territorio soberano y que era el marco de la fidelidad y la
solidaridad esenciales y supremas, es el producto no de un proceso de unidad,
sino de expansión del Estado castellano, que ya en el siglo XVIII integró y
absorbió a los demás (Mira, 1985, p. 118).
Desde las Cortes de Cádiz y por influjo de la Revolución Francesa, en
España se impuso una concepción civilista de la nación, que partía de la idea
de que la nación era una comunidad de leyes, que obligaban a todos los
ciudadanos, porque la voluntad nacional era general y soberana. Para este
nacionalismo civilista, la condición previa de una nación era el país, porque la
nación era una unidad territorial, una comunidad política que residía en su
propio territorio histórico, que, no obstante, debía contar con mecanismos de
autorrenovación y de cohesionamiento social, basados primordialmente en
una educación impartida en la lengua común (Smith, 1994, p. 8). A lo largo
del siglo XIX en todo el Estado dominó, sin oposición, esta concepción civil
de la nación sostenedora del nacionalismo español, hasta que a partir de 1868
se comenzó a poner en duda que la nación española fuera el único objeto de
legitimidad, dando origen ese cuestionamiento al desarrollo de los
nacionalismos catalán primero, y vasco algo más tarde, definidos por
Anthony Smith como étnicos.
El fortalecimiento de estas oposiciones al nacionalismo civil castellano-
español, la evidencia de que el régimen de la restauración era ya incapaz de
asumir los cambios políticos y sociales del país, en especial ante la llamada
"cuestión social", y, por fin, el desastre colonial del 98, favorecieron la
reflexión en torno a la identidad nacional española. Se desarrollaron en ese
ambiente dos posiciones sobre el problema nacional, que podríamos llamar
nuevo-nacionalismo español-progresista y nuevo nacionalismo-español-conservador, que no se distinguen excesivamente por su concepto de nación
sostenido sobre la existencia de una comunidad espiritual con fronteras
políticas establecidas, en la que la raíz castellana es dominante.
También era común en ellos la alusión a América, que se presentaba como
un "mito compensatorio" de las debilidades y de los obstáculos a superar para
lograr la edificación de los distintos proyectos nacionales. En este punto es
donde más se distinguen estos nacionalismos españoles fíniseculares del que
predomina en España desde la transición democrática, caracterizados, entre
otras cosas, por un europeísmo compensatorio, que tanto el nacionalismo
castellano-español como catalán comparten, con la pretensión de realizar
sustitutoriamente en aquel escenario sus respectivos ideales de independencia
o predominio (Rubert de Ventós, 1987, p. 100).
Al margen de esta realidad actual, la consideración de América como mito
compensatorio tendrá diversos orígenes y distinta utilización, aunque la
simple coincidencia en el tiempo del inicio de dos procesos históricos tan
relevantes como el descubrimiento y la colonización de América y la
unificación política entre los reinos de lo que hoy llamamos España, explica
por sí misma la estrecha y constante relación entre la idea de América y la
conformación de la identidad española.
En efecto, la extrapolación americana de la identidad nacional española se
ha manifestado, desde muy distintos puntos de partida y desde 1492, en
imágenes asumidas y propagadas en sectores de opinión y grupos políticos
influyentes, formando un imaginario, entendido como un conjunto de ideas,
de imágenes y de representaciones colectivas, estrechamente unido a la ideas
sobre la situación de la propia nación en el mundo, sobre su formación
histórica y sobre su destino.
En definitiva, América siempre ha estado presente en el pensamiento
español como prolongación de la propia identidad nacional o del propio
proyecto de nación. Prueba fehaciente de ello fue, muy especialmente, la
convulsión provocada por la pérdida de las últimas colonias americanas en
1898, que enmarcó el más importante y fructífero debate entre los
intelectuales españoles en torno a la necesidad de tomar postura activa por
redefinir la identidad española.
Rafael Altamira, en su obra Historia de la Civilización española (1988, p.
260), recordaba que el inevitable final de la guerra de Cuba produjo un
pesimismo profundo en la sociedad española, que abrazaba tanto al presente
del país como a su historia, a la obra del espíritu español y a la calidad de sus
aptitudes para la civilización moderna. Frente a esta desesperanza, la
reflexión, según Altamira, se impuso y junto a los más optimistas,
identificados con aquellos seguidores del hispanismo reivindicativo de
Menéndez y Pelayo, surgieron otros que consideraban, cubiertos de un
"pesimismo activo", un deber luchar por vencer los obstáculos y por dar un
giro enérgico en todos los órdenes de la actividad nacional.
En otras palabras, ante el desastre colonial y la decadencia nacional, se
unieron en la reflexión en torno a España, su sentido, su identidad, las causas
de sus males y las posibles soluciones, dos movimientos intelectuales
importantísimos, el regeneracionismo y la "generación del 98". Y en ambos,
la idea de América tendría un papel relevante.
Sin embargo, no se debe olvidar que entre los intelectuales que se integran
en la llamada Generación del 98 se encuentran seguidores de aquella doble
tendencia que desde la segunda mitad del siglo XIX existió entre los
preocupados por la psicología nacional: la de aquéllos que realizaban una
reflexión con pretensiones de cientificidad y basada en la observación
experimental, junto a integrantes de una tendencia más estetizante, con
caracteres retóricos y hasta demagógicos, que culminarían en una actitud
claramente nacionalista. Es evidente que en la obra del grupo de la generación
del 98 estaban presentes dos visiones y dos orientaciones del destino de
España, una construida sobre una interpretación involucionista, providen-
cialista y reaccionaria de la historia, junto a otra, partícipe del planteamiento
regeneracionista, heredero de una crítica selectiva de la historia de España.
Nos encontramos, a la altura de la crisis finisecular y como consecuencia
directa de aquellas dos visiones opuestas del destino de España, con dos
grandes idearios en relación con la posición que ocuparía América en el
horizonte de la vida española, igualmente vinculados a aquellas dos
interpretaciones de su historia: el panhispanismo, que ubica en América un
imaginario de afirmación nacionalista, y el hispanoamericanismo progresista,
que tenía en América un estímulo para la modernización del país. Como
derivado de aquel panhispanismo unificador del catolicismo y del naciona-
lismo, se desarrollará en los años veinte el ideal de la Hispanidad, como
pretexto para defender una ideología reaccionaria, llamado a durar más de lo
esperado (Sepúlveda, 1994, p. 15).
En la búsqueda de los orígenes de aquellos imaginarios americanos, habría
que hacer una breve referencia a un acontecimiento que en ocasiones se señala
como el primer gran proyecto oficial de recuperación del prestigio de España
en América: la celebración del IV Centenario del Descubrimiento en 1892.
Como en situaciones muy próximas, los resultados no fueron los esperados:
el IV Centenario no tuvo una repercusión extraordinaria y sus secuelas
pueden valorarse muy diferentemente. Aunque, como señala J. L. Abellán
(1992, p. 9), aquel 92 ayudó a crear una nueva conciencia de la importancia
del tema americano en la identidad cultural española, que vería sus primeras
muestras en el Idearium Español de A. Ganivet, publicado en 1897. Asimismo,
ya de forma más clara en la generación del 98, tampoco podemos olvidar dos
resultados muy emblemáticos del IV Centenario: el esfuerzo erudito por
rescatar documentos relevantes de el historia colonial, valiosos para la
rehabilitación de aquel período, en la que estaban empeñados progresistas y
conservadores, y la gran cabalgata por las calles de Madrid en la que los
figurantes disfrazados de indios mostraban su agradecimiento a unos
majestuosos y solemnes Isabel, Fernando y Colón. Algunos señalan que de
ella nació la castiza expresión de hacer el indio, para referirse a acciones
insensatas, siendo este recuerdo la principal secuela popular de los festejos
(Vives, 1992, p. 121).
Pero, siguiendo la primera idea, ya en los años inmediatamente previos al
98, y en tono claramente regeneracionista, Ganivet y Rafael M. de Labra
perfilaron las líneas básicas de un programa de revitalización de las relaciones
entre España y América, imprescindible ante la debilidad española para
encontrar un puesto relevante en el contexto internacional. Uno de los
elementos de aquel proyecto de convergencia hispanoamericana era la
creencia en una comunidad cultural, formada por España y sus antiguas
colonias, por encima de desavenencias políticas y de intereses comerciales.
Desde esa creencia común en una afinidad colectiva hispanoamericana de
Labra y Ganivet, éste invocaba una acción exterior de signo espiritualista y
cristiano común a España y América frente al materialismo norteamericano,
mientras que el nacionalismo liberal de Labra le hacía depositar toda la
confianza en el desarrollo intelectual de la vida interior española para
recuperar el prestigio de España en América. Labra, en pos de "la obra de
reconstrucción de la familia hispana aquende y allende el Atlántico" (Labra,
1910, p. 121), apelaba a la gran masa de emigrantes españoles residentes en
América, que por su posición en sectores económicos relevantes y por su
integración en la sociedad americana son "el primer factor de la intimidad
hispanoamericana".
Sin embargo, y a pesar de la figura precursora de Labra, todavía el
hispanoamericanismo oficial mantenía rasgos conservadores, derivados de su
acrítica vindicación del pasado colonial y de su incapacidad para resolver el
problema antillano, por lo que el americanismo regeneracionista y liberal sólo
pudo ganar terreno tras el 98.
El regeneracionismo y el hispanoamericanismo regeneracionista, para José
Carlos Mainer, se identifican con el desencanto de la burguesía profesional
finisecular ante la hegemonía del tradicional bloque nobiliario-territorial-
financiero, con bases en el positivismo sociológico y con unas posturas
claramente opuestas a las instituciones políticas tradicionales. Esta reacción
frente a las formas políticas de la Restauración implicaba que los
regeneracionistas considerasen imprescindibles tanto la actuación privada
de la sociedad civil, en oposición a la inoperancia estatal, como el alejamiento
de las pugnas políticas y de los "partidos doctrinarios", en nombre de la
unidad de acción modernizadora (Mainer, 1977, p. 54). J. Costa, Macías
Picavea o Altamira participaban de este proyecto de "regeneración nacional"
frente a lo que consideraban una "crisis de la conciencia nacional",
evidenciada ante el atraso relativo de España en el proceso de modernización
que afectaba a toda Europa.
La idea de una nación era, por tanto, el objetivo esencial del
regeneracionismo, entendida ya como un concepto sociológico, por encima
de la existencia de un Estado corrupto y responsable de la decadencia. Como
en Costa, en el regeneracionismo se partía de un nacionalismo, definido por
Tierno Galván (1961, p. 144) como "ingenuo", que interpretaba España como
una continuidad desde Tartesos hasta su época, mostrando un considerable
entusiasmo por el pasado nacional, repleto de mitos y exaltaciones estéticas,
con unas limitaciones que se aceptaban después de conocerlas. Y es que el
regeneracionismo es, básicamente, un intento de acercamiento a la realidad
nacional desde la perspectiva de las ciencias sociales, puestas al servicio del
proyecto de modernización nacional.
Las respuestas regeneracionistas, liberales y conservadoras, ante el desastre
colonial y ante la necesidad de modificar la posición española en el exterior,
oscilaron entre un cierto aislacionismo defendido por Ganivet, la "españo-
lización" de Menéndez Pelayo, el "casticismo" de Unamuno y la Mesespa-
ñolización" o "europeización" de J. Costa y de J. Ortega y Gasset, quien en
1910 decía "España es el problema, Europa la solución" (Delgado y
González, 1991, p. 275).
Entre estos regeneracionistas encontramos un importante grupo que
percibía en América un elemento más en la revitalización de España, aunque
tampoco aquí hubiera unanimidad en el establecimiento de los términos de
esa contribución. No obstante, sí era común en el americanismo regene-
racionista considerar como fin último de sus desvelos fortalecer y defender lo
que se entendía como la identidad común hispanoamericana. En palabras de
Altamira, la "modalidad hispana" que caracterizaba esta psicología colectiva
estaba construida sobre "esas cosas sentimentales, inefables, imposibles de
explicar muchas veces o de reducir a términos de discreción intelectual" y
"sobre nuestros ideales colectivos, que hemos incubado y predicado a través
de los siglos y sobre los grandes hechos que hemos realizado en nuestra
historia" (Altamira, 1927, p. 10).
Esta modalidad hispana, esta identidad común supranacional, formaba
parte importante del nuevo patriotismo que convertiría a España en guía
cultural y espiritual de América, que no negaba por ello la originalidad y la
diversidad americana. Según dijo Altamira en 1921, "el futuro de las
relaciones hispanoamericanas ha de darse, no como la conjunción de un
prototipo inmóvil (y con esto solo, necesariamente defectuoso), ofrecido por
un pueblo viejo que dio lo suyo, y el constante hacer de los pueblos nuevos,
sino de una coincidencia de movimiento ascendente en que lo único que
importa salvar es el troquel, la modalidad, la orientación característica de la
psicología del grupo, a través de las varias e infinitas aplicaciones que las
condiciones de los tiempos y de los lugares impondrán a unos y a otros"
(Altamira, 1921, p. 147).
Como regeneracionistas, Altamira o Adolfo González Posada pretendían
una reconstrucción de la historia nacional como valor para la revitalización
del país, liberándola de mitos y leyendas y haciéndola partícipe de la
educación colectiva, en un proceso de socialización de las categorías e
imágenes históricas, en consonancia con los valores de una nueva etapa de
modernización estructural y política.
La historia tenía, pues, una importancia considerable en la consolidación de
la identidad nacional, así como la gestación de la historiografía ganaba nueva
trascendencia al ser considerada una acción institucionalizada de reconstruc-
ción de la memoria, que permitía a la comunidad identificarse a sí misma en
términos de su posición hacia el futuro (Niño, 1992, p. 223).
En el proyecto de identidad nacional del regeneracionismo liberal, como en
el de los conservadores, el interés por combatir la leyenda negra y por
reivindicar la labor de España en América durante la colonia cobró un papel
decisivo, aunque serían los valores y los principios utilizados por unos y por
otros en esa rehabilitación lo que les diferenciará.
Los liberales partían de una interpretación de la historia de España algo
distinta a la difundida por los círculos académicos de la Restauración.
Aunque consideraban que España había vivido un período de esplendor bajo
los Reyes Católicos, gracias a una forma de gobierno parlamentario en el que
el poder era compartido por varias Cortes, también se les juzgaba
inauguradores del período de decadencia al abandonar la tolerancia religiosa
e imponer la Inquisición. Aunque progresivamente se fuera moderando la
amplísima concepción liberal de la decadencia española, era común entre
estos regeneracionistas culpar a la dinastía de los Austrias, por extranjera, de
la pérdida de los valores más relevantes del país, representados por los
Comuneros, por ejemplo, y de paralizar la evolución histórica natural del país
mediante su general germanización (Pasamar y Payró, 1987, pp. 7-11).
Ricardo Macías Picavea escribió: "El cesarismo no es español, sino
germánico; el dogmatismo y la obsesión con la teología no son rasgos
españoles sino germánicos; el fanatismo y la intolerancia no son españoles,
sino germánicos; ser más papistas que el Papa no es una característica
española, sino mas bien un reflejo de la herencia germánica" (ver en Pike,
1971, p. 104).
Respecto a la historia de España en América, los regeneracionistas
remarcaban que la herencia dejada por aquella presencia se centraba en los
rasgos civilizatorios del período colonial en ámbitos científicos, artísticos y
culturales más que en la labor evangelizadora, que para los panhispanistas,
seguidores de Menéndez Pelayo, había sido la principal y providencial
contribución de España a la historia de la humanidad.
Con luces y sombras, el juicio sobre la colonización emitido por los liberales
pretendía vencer los prejuicios, recurriendo a las fuentes y no a composiciones
posteriores cargadas de intereses, ya fueran hagiográficas o denigrantes. Esa
rectificación del legado colonial buscaba conseguir que el español se
reencontrara con su propia historia, mostrándole críticamente su gran
aportación a la civilización universal. Paralelamente, este análisis del pasado
mostraría que las soluciones copiadas de él para el arreglo de problemas del
presente habían fracasado, sirviendo esta lección de freno al fortalecimiento
del nacionalismo reaccionario.
Por último, la asunción de los errores y atropellos del pasado colonial
permitiría completar dos objetivos: primero, minar la animadversión global
americana ante aquel período y, con ello, facilitar un acercamiento presente
en base a la asunción por todos, sin complejos, de la modalidad
hispanoamericana; y después, extender la idea de que la conquista había
sido positiva para la civilización y de que los desmanes, violadores de las leyes
protectoras, se debieron a la naturaleza humana y no al gobierno, ya que la
colonización española de América fue un hecho de Estado, reflexivo y
metódico, con unos principios económicos mercantilistas, pero también con
unos principios jurídicos basados en la igualdad humana, pilar del sistema
colonial español (Sepúlveda, 1990, p. 139).
Como diría Altamira: "la colonización española en América representa la
eterna lucha entre los principios de la humanidad y de derecho y el egoísmo
de la mayoría de los hombres", estando la "singularidad de las clases
directoras españolas de fines del siglo XVI y de todas las que les sucedieron ...
en levantarse espiritualmente sobre la idealidad común, proclamar ideas que
la contradecían, tratar de imponerlas por medio de la legislación y luchar
continuamente por el cumplimiento de ésta y por el castigo de los
transgresores a ella" (Altamira, 1988, p. 163).
En última instancia, esta rectificación de la historia colonial del america-
nismo regeneracionista liberal y su traslación a la sociedad española y
americana se entendían como puntales fundamentales de la reconquista del
prestigio de España en el extranjero y como una de las iniciativas
primordiales del "americanismo práctico".
El importante papel que le asignaron a América y al acercamiento entre ella
y España en el proyecto del americanismo regeneracionista se entienden
mejor si recordamos no sólo esta lectura de la historia colonial, sino la
percepción, la opinión que sobre América cultivaron estos intelectuales
españoles.
La imagen de una España postrada, que debía modernizarse con América y
convertirse en médula del progreso científico y cultural común frente al
expansionismo nortemericano, estaba en estrecha relación con una visión
progresista de América. Como señalaba en 1908 Luis Palomo, fundador del
Centro de Cultura Hispano-Americana, los lazos con el Nuevo Continente
debían ser estrechados constantemente, porque era indispensable que España
recobrase en ella su salud, su juventud y su vida, porque a los españoles les
faltaba energía para emerger solos y sin ayuda de la opresión que les
sofocaba. Decía: "el futuro de España está en América. España debe
rejuvenecerse con el contacto de estos pueblos jóvenes que respiran una
atmósfera de progreso moderno" (ver Pike, 971, p. 148).
Ya fuera a través de los viajes de algunos intelectuales españoles, a través de
las referencias de sus colegas americanos o de los emigrantes exitosos, los
americanistas más liberales mostraban una fuerte fascinación por la
modernización, la vitalidad y el potencial económico de América.
Aunque no se ocultaba la admiración por los cambios en la legislación en
pro de la secularización y la extensión de la educación llevada a cabo por los
gobiernos liberales en Ecuador o por el seguimiento de los principios del
positivismo de Porfirio Díaz, será Argentina el centro del mayor entusiasmo
entre este grupo.
Podemos mencionar múltiples ejemplos de la idealización de la Argentina,
como representación del progreso, de los logros políticos y, sobre todo,
económicos que podía alcanzar la raza hispánica, de poder superar los
obstáculos institucionales y culturales acumulados en la península durante
siglos.
Desde Blasco Ibáñez a Ortega y Gasset, los cada vez más numerosos
intelectuales que visitaban Argentina hacían gala de su admiración,
especialmente tras los emblemáticos viajes de Altamira en 1909 y de González
Posada en 1910, y de que muchos de ellos aprovecharan las invitaciones de la
influyente Institución Cultural Española, creada en 1912 por la colonia
española Buenos Aires. Por allí pasaron Menéndez Pidal, el mismo Ortega,
Julio Rey Pastor, Pí i Sunyer, Blas Cabrera, Mil de Maeztu, C. Sánchez
Albornoz, Ots Capdequí y muchos otros.
González Posada dijo que los españoles podrían aprender mucho
observando a los constructores de la nación argentina, cuya grandeza
aparecía de su habilidad para adaptar el carácter español a los nuevos
tiempos y retos. La complementariedad de ambas naciones se evidenciaba
porque "el español que se sumerge y se baña en el medio argentino y desde él
contempla a España, experimenta la sensación singularísima de que entonces
es cuando ve en plenitud de visión entera y completa, una España con
porvenir, como el argentino que ve desde España una Argentina con
maravillosa historia" (Pike, 1971, p. 148 y Zuleta, 1979, p. 11).
Menos poético que Posada, Enrique Gómez Carrillo, director del diario El
Liberal de Madrid, mostraba su encandilamiento por el Buenos Aires y la
Argentina que conoció en 1917: una ciudad en cuyas calles abundaban las
moscas y las prostitutas, pero en la que no se veían ni mendigos, ni perros, ni
sacerdotes, y un país que, por ello y por otras cosas, podía enseñar mucho a
España (Pike, 1971, p. 148).
Vicente Blasco Ibáñez podía representar con su propia trayectoria personal
la evolución de esta parte del pensamiento liberal español. A raíz de una
invitación de Faustino da Costa, empresario del Teatro Odeón de Buenos
Aires, visitó Argentina en 1909, para participar en un ciclo de conferencias, en
el que también colaboraron Jean Jaurés, Georges Clemenceau y Anatole
France, con el que coincidió. Recorrió el país y quedó deslumbrado por la
inmensidad del territorio, la versatilidad del paisaje y la riqueza de las
culturas urbanas y rurales. En un artículo publicado en España ese año con el
título de "Porvenir de América", comentaba que el país peninsular estaba
anémico por "exceso de crianza", al haber transferido a sus hijas americanas
toda su fuerza, pero también entusiasmado ante la fuerza de éstas, que
creciendo y creciendo, llegarían a dominar el mundo.
Como él mismo confesó, de aquella experiencia personal surgió su
enamoramiento y su espíritu colonizador, que habría de concretarse en las
colonias de Nueva Valencia en Corrientes y de Cervantes en Río Negro. Tras
escribir "Argentina y sus grandezas" en 1910, dedicó todos sus esfuerzos a
estos proyectos, en los que América ya no era un símbolo, una alusión o un
transfondo, sino una presencia directa y un escenario (Gutiérrez y Sánchez,
1995, p. 118).
El fracaso de los dos proyectos colonizadores de Blasco Ibáñez podrían
también representar el fracaso del aquel proyecto del "americanismo
práctico" regeneracionista. Hacia 1930 el optimismo liberal sobre el futuro
hispanoamericano se debilitó ante una realidad sombría, caracterizada por un
atraso económico evidente en la gran mayoría del continente y ante una
prosperidad, antes vista como ilimitada, pero ya colapsada ante la depresión.
Como señaló Pike (1971, pp. 164-5), los excesos de la Revolución mexicana,
el crecimiento del clericalismo en Colombia y Perú y la inestabilidad política
en Argentina y Chile, resuelta bajo dictaduras militares, así como el
predominio de los sentimientos indigenistas, antes que los hispanoamerica-
nistas, en una nueva generación de intelectuales decepcionaron a numerosos
americanistas españoles, que comprobaron cómo el liderazgo del movimiento
pasaba a los conservadores, fortalecidos por el desarrollo también en
América de proyectos revisionistas y panhispanistas, que buscaban en la
España eterna el modelo para guiarlos a la grandeza del pasado.
Aquel desánimo iba creciendo tras el fin de la primera guerra mundial,
alentada por la inoperancia estatal ante las grandes posibilidades abiertas
durante la guerra, que no implicaron la puesta en marcha de proyectos para
mejorar las comunicaciones o las infraestructuras precisas para potenciar el
acercamiento cultural y comercial con América.
Será con la dictadura de Primo de Rivera cuando se perciba una concreta
"ofensiva hispanista", derivada de la incapacidad del régimen para consolidar
una presencia exterior más destacada en el marco europeo. Se puso en marcha
una orquestada política americanista de prestigio, arropada de fastos
propagandísticos, como la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929,
que redundó en algunos resultados más concretos, entre ellos, el incremento
de los presupuestos para la acción diplomática y consular en América, la
mejora y subvención de las líneas marítimas y el tendido del primer cable
telegráfico directo entre España y América.
No obstante, estos resultados prácticos no pueden ocultar que la imagen de
América y del papel de España allí, oficializada por la dictadura
primorriverista, poco tenía que ver con las que desarrollaron los america-
nistas regeneracionistas que hemos señalado hasta ahora, para los que
América era el catalizador de la renovación interior.
Como es sabido, en el ideario de la dictadura convergieron tres corrientes:
el tradicionalismo, el catolicismo social y el conservadurismo maurista. A la
vista del concepto de hispanoamericanismo que manifestó tener Primo de
Rivera, basado en el catolicismo y en la creencia en que ante todo debían
desarrollarse las relaciones espirituales entre España y América, fueron los
ideólogos del panhispanismo más conservador los que mayor influencia
tuvieron en los círculos oficiales, con una proyección que llegará a los grupos
antidemocráticos durante la 11 República y al franquismo.
Nos hemos de referir a José María Pemán, Ramiro de Maeztu, Emilio
Zurano Muños, Eugenio D'Ors y Ernesto Giménez Caballero, entre otros.
En todos ellos encontramos la huella de M. Menéndez Pelayo, que basaba
la identidad nacional de los españoles en los valores tradicionales y religiosos,
con una interpretación providencialista de la historia de España que
condenaba la centralización borbónica, el galicismo, el jansenismo, el
liberalismo del siglo XIX y todo lo que fuese "moda heterodoxa importada
de Francia o Alemania".
Menéndez Pelayo construyó una comprensión de la estructura del proceso
histórico de base estrictamente cristiana, combinada con ideas precedentes del
idealismo hegeliano y romántico de la "escuela histórica", muy evidentes en
su tesis sobre el "genio de la raza", según la cual, cada nación tiene una índole
o genio propio, expresión a su vez de la raza, "instrumento primario de la
providencia de Dios en la Historia (Abellán, 1988, p. 376).
En su Historia de los heterodoxos españoles definió un verdadero volksgeist
o "espíritu del pueblo" nacional español. Este carácter se empezó a forjar con
los romanos, pero la conciencia y la fuerza de ser nación las dio la unidad de
la fe en el cristianismo. Fue la fe la que dio la grandeza a la nación española, a
la que Dios dio el "destino más alto entre todos los destinos de la historia
humana", realizado con la evangelización de medio mundo y la lucha contra
el protestantismo. La revolución extendida desde el extranjero a partir del
siglo XVIII arruinó lo existente desatando el tribalismo ibérico y de los taifas,
constituyendo el suicidio de la nacionalidad española. Para Menéndez Pelayo
y sus seguidores tradicionalistas, el concepto de nación estaba en estrecha
relación con una misión única y eterna, que recuerda mucho a la definición de
nación de Renan, basada en principios espirituales, resultado de profundas
complicaciones de la historia (Renan, 1982, p. 36).
Recogían de Renan el carácter espiritual y tradicional de la esencia
nacional, así como su rechazo de los elementos fisicos de la nación como
definidores de su esencia, aunque, lógicamente, identificaron el espíritu
español con el catolicismo, al modo menendezpelayano, huyendo de la
tolerancia religiosa de Renan, tanto como de su concepto plebiscitario y,
coyunturalmente, democrático de la nación. Y es que desde fines del siglo
XIX la nación española estaba siendo cuestionada por los nacionalismos
periféricos y no era admisible, para los que no dudaban de la definición
católica y única de lo español, someter esta definición al "plebiscito de todos
los días", en el que se hacía evidente el, deseo de los miembros de la misma
tradición a permanecer unidos en el futuro (Álvarez, 1992, p. 1000).
Como historiador, Menéndez Pelayo se ocupó en cuerpo y alma de
"restaurar" la historia de España al servicio de los ideales tradicionales. Desde
ese planteamiento, idealizó el descubrimiento y la colonización española de
América, por cumplir el objetivo de acrecentar el mundo cristiano. Esta
misión histórica debía defenderse frente a los ataques de aquéllos que
destacaban los errores y desmanes de los españoles, seguidores pasados y
presentes de Bartolomé de las Casas, quien por su supuesto desequilibrio
emocional y personalidad paranoica, encabeza a todos los antiespañoles que,
al denostar la conquista, tantos males habían provocado a España.
Con estas bases se construyó la identificación de España con los valores del
catolicismo y la civilización, mediante una interpretación de su historia muy
simplista, en la que destacaban imágenes, hechos o personajes, como los
Reyes Católicos, el descubrimiento y la colonización de América, que eran
despojados de toda coordenada histórica explicativa, convirtiéndose en
constantes intemporales, representativas de todos los valores humanos y
espirituales, capaces de ser resucitados en el presente.
Para los panhispanistas conservadores, América no era un estímulo para la
modernización, sino un "objeto de definición nacionalista española, un
recuerdo de su grandeza pasada y un espejo de su propia identidad"
(Sepúlveda, 1994, p. 68).
América interesaba mientras mantuviera la herencia del período colonial,
mientras se identificara en el presente con la madre patria y aceptara el
destino protagonista de España, ya que entre ellos estaba latente cierto
complejo de superioridad.
Esta perspectiva se podría reflejar, como en D'Ors, en la exaltación de una
idea imperial engrandecida y en el rechazo absoluto de las nacionalidades
americanas surgidas del liberalismo revolucionario, o como en Giménez
Caballero, editorialista de la Gaceta Literaria, que llevaba el paternalismo a la
esfera de lo intelectual, al considerar que la influencia de Francia o Italia en
América desvirtuaba la verdadera identidad hispanoamericana, por lo que
debía volverse al reconocimiento de Madrid, de España en general, como
"meridiano intelectual de Hispanoamérica".
Juan Vázquez de Mella, máximo teórico tradicionalista de la Restauración,
escribía, en 1915, que en su ideal de España se incluían tres dogmas: la
federación con Portugal, la recuperación de la soberanía en el estrecho y la
formación de una confederación americana. Aunque el proyecto no fuera
tomado seriamente, sí debe señalarse la influencia de Mella en los creyentes en
el carácter espiritual de la nación y en los que edificaron el concepto de
Hispanidad como intento de afirmación nacional. La creación de los Estados
Unidos del Sur serían para Mella un refrendo del pasado colonial y una
reivindicación de la obra de España en América, frente a la colonización
anglosajona, con lo que ello implicaba la afirmación de la propia autonomía
nacional y la revalorización de su proyecto histórico peninsular (Egido, 1993,
p. 655).
Una vez lograda la "alianza peninsular", en los mismos términos que en
1930 propondría el portugués Antonio Sardinha, alrededor de la salvaguardia
de un tipo de civilización superior creado y difundido tanto por Castilla como
por Portugal y que no era otro que la civilización hispana, cristiana y
occidental, decía Mella que "podríamos dirigirnos a los Estados americanos,
que hemos amasado con nuestra sangre y a los cuales hemos infundido
nuestra civilización, y fundar con ellos un imperio espiritual, diplomático y
mercantil, en pie de igualdad que volvería a surgir en diez y ocho estados que
hablan nuestra lengua, por una confederación tácita..., pero con la primacía
de honor para la madre, que puede resolver con el arbitraje en que se juntan la justicia y el amor,
las discordias interiores de sus hijos" (Egido, 1993, p.
656).
Con esta identificación explícita o implícita de España con el centro y
esencia del occidente y la catolicidad, surgieron varias propuestas en esos
años, que integraban la necesidad de fortalecer el proyecto histórico nacional,
como paso previo a la recuperación del prestigio en el exterior, con un
componente mesiánico indiscutible, derivado de la creencia en aquella misión
providencial de España en la Historia.
Mella sentenció que "España, descubridora y civilizadora del Nuevo
Mundo, es geográficamente la parte más avanzada de Europa que sale al
encuentro de América y que tiene la misión de estrechar las relaciones entre
los dos centros, que son la sede de la civilización de la tierra". Nueve años
después, en 1926, Emilio Zurano Muñoz apelaba a los pueblos de origen
español, también en oposición a la América anglosajona, a no olvidar que
fueron engendrados por un altísimo ideal inspirado en Dios y en la Patria.
Esa conciencia llevaría a aceptar la creación de una confederación, alianza o
liga, unida por "la autoridad y la disciplina" y organizada alrededor de
España y de su Rey, "jefe espiritual de los pueblos españoles", "... que es el
más caracterizado representante de la familia española, en cuyo indiscutible
derecho nadie disentiría" (Zurano, pp. 33, 201 y 247).
En todos ellos, la plataforma del acercamiento entre España y América era
la unidad del espíritu, consecuencia directa de la comunión en la misma
religión. Sobre esos valores, J. M. Pemán, ideólogo de la Unión Patriótica de
Primo de Rivera, mantenía que España había demostrado ya su madurez
como nación al abandonar todo intento de expansión material y política; esa
madurez le permitiría entregarse a una expansión más elevada: la espiritual e
idealista. Viendo, como Mella o como Zurano, que la falta de espiritualidad
sería la causa del previsible fracaso del panamericanismo norteamericano,
entendía que la raza hispánica era la mayor reserva de recursos espirituales
del mundo y la encargada de ayudar al mundo a avanzar "hacia un nuevo
orden internacional basado en la paz, la justicia y la moralidad cristiana".
Esta alusión a Pemán nos permite distinguir las dos vías hacia la definición
de la esencia de lo español que convergían en el pensamiento anterior a la 11
República: aquélla de raíz menendezpelayana que identificaba en la esencia
católica lo español, y aquella otra, al margen de la ortodoxia tradicionalista y
derivada de las reflexiones de algunos hombres de la generación del 98, que
destacaban el carácter espiritual de los españoles, al modo de Ganivet o de los
vitalistas Unamuno y Ortega.
No por casualidad, serán estos últimos los miembros de la generación del 98
que más se ocupen del tema iberoamericano y que, por otra parte y por
distintos canales, más influyan en los ideólogos fascistas y de la extrema
derecha española de finales de los años veinte y treinta en su definición de la
tradición histórica española (Álvarez, 1992, p. 1001).
Ya desde 1895 Unamuno rechazaba que la raza u otros elementos fisicos
fueran los definidores de los pueblos, que la inexistencia de una raza pura
determinaba que éstos fueran producto de un proceso histórico. De su interés
por la nación española surgió su convicción de que España no estaba
confinada a la península, puesto que existía una unidad en el mundo
hispánico, basada en la lengua, que implicaba que todo lo que acontecía en
Hispanoamérica influía en el conjunto de la comunidad hispánica, de la que
España formaba parte.
Desilusionado de la ciencia y del progreso de Europa, como señalaba en su
ensayo "Sobre la europeidad", de 1906, y persuadido ya de que no existían
diferencias sustanciales entre España y América, Unamuno pasó de creer en
la "europeización" de España como solución a defender la "hispanidad"
(término usado por él desde 1909 en su artículo "Sobre la argentinidad")
como un proyecto cultural de impronta liberal compuesto por una amalgama
de razas y culturas en un espacio geográfico en el que España se vinculaba a la
totalidad de la comunidad hispánica, de esencia fundamentalmente lingÜis-
tica. Para Unamuno, sólo una confederación espiritual podría dar seguridad,
bienestar y progreso a España y América, una vez garantizadas las
independencias nacionales (Pike, 1971, p. 59; Chaves, 1964, p. 26).
De nuevo estará Argentina en el centro de los ejemplos puestos por
Unamuno para demostrar la existencia de esta comunidad de pueblos que
hablan español, que él definía como "hispanidad", y que abarcaba ciertas
cualidades espirituales y una determinada fisonomía moral, mental, ética,
estética y religiosa. En 1905 escribió el texto "Algunas consideraciones sobre
la literatura hispanoamericana", en el que interpretaba muy peculiarmente la
actitud antiespañola de Sarmiento. Señalaba que éste, al hablar mal de
España siempre que tenía ocasión y al alabar tan ostentosamente el genio
francés, demostraba su profunda y radical españolidad, al personificar
aquella frase que sentencia que "aquel que habla mal de España es español".
Para Unamuno no era casualidad que Sarmiento denostara España y fuera
español, pues hacía lo que hacen los ibéricos: maldecir parte de su tradición.
No era, pues, una censura como la que suelen hacer los extranjeros, ajenos a
nuestro espíritu, nuestras virtudes y nuestros vicios, sino una censura de un
hombre de profunda inteligencia que sentía en sí mismo lo que veía en los
españoles y penetraba con amor fraternal en nuestro espíritu (Monclús, 1987,
p. 169).
No será aquella definición unamuniana de Hispanidad la que desarrollarán
ni los ideólogos de la derecha reaccionaria española de los últimos años veinte
y treinta ni Ramiro de Maeztu, al que Unamuno dedicó en 1900 un texto
titulado "La ideocracia". Sin embargo, encontramos en ellos y especialmente
en algunos autores fascistas, como José Francisco Pastor (Álvarez, 1992, p.
1019), una clara y reconocida influencia del vitalismo y espiritualismo
unamunianos en su definición de la identidad nacional, que entraba en
combinación con aquella lectura parcial de Renan de los tradicionalistas y
con una, también algo libre, interpretación del concepto de nación de Ortega
y Gasset.
Y es que el concepto orteguiano de nación es traducido por aquéllos que
radicalizarán el discurso del hispanismo conservador durante la 11 República
y que convertirán la "Hispanidad" en un mecanismo de afirmación nacional y
en una expresión de aspiraciones irredentistas en política exterior (Delgado y
González, 1991, p. 287).
El punto de partida de esta modificada formulación del ideario hispanista
tiene antecedentes directos y conexiones en dos aportaciones de Ortega: la
relacionada con su condena filosófica de América y la ligada a su concepto de
nación.
Como muestra clara de sus deudas con el idealismo hegeliano, fue
promover la traducción en 1928 de la Filosofía de la Historia Universal de
Hegel, en la que se marginaba a América de la historia de los pueblos, puesto
que ni su geografía ni su conformación política, ni su base demográfica
mestiza reunían para el filósofo alemán los requisitos precisos para ser dignos
mediadores en el proceso de autobúsqueda, reencuentro y liberación del
Espíritu. Allí decía que de América sólo tenía interés la relación externa con
Europa, que la convertía en su anejo por recoger su población sobrante.
Como consecuencia de ello, se entendía que América no estaba acabada de
formar, careciendo de atractivo al ser el país del porvenir, puesto que para la
historia cuenta lo que ha sido y lo que es, y para la filosofla, lo que es y es
eterno: la razón.
Compartiendo con Hegel la creencia en la primacía de Occidente y en la
legitimidad de su expansión cultural en razón de su llegada previa al drama de
la historia universal, Ortega censuraba por precipitadas las pretensiones de
América de convertirse en el sostén del porvenir del mundo. Dijo Ortega:
"Como los americanos parecen andar con prisa para considerarse los amos
del mundo, conviene decir: jóvenes, todavía no. Aún tenéis mucho que
esperar, y mucho, mucho más que hacer. El dominio del mundo no se regala
ni se hereda. Vosotros habéis hecho por él poco aún. En rigor, por el dominio
y para el dominio no habéis hecho aún nada. América no ha empezado aún su
historia universal" (Zuleta, 1979, p. 24).
Reflexionando sobre la situación española, publicó en 1921 España
invertebrada, donde diagnosticaba que la descomposición de España se debía
a la ausencia de empresas unitivas y a la no renovación del tesoro de ideas
vitales y de modos de coexistencia por el uso privado por parte del poder
público de su fuerza nacional. Decía: "¿es extraño que, al cabo del tiempo, la
mayor parte de los españoles, y desde luego la mejor, se pregunte: para qué
vivir juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad
que va de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la
resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso decía Renan
que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los
corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si una nación
puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder público a hacer
mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho tiempo, muchos
siglos pretende... que los españoles existamos no más que para que él se dé el
gusto de existir. Como el pretexto es excesivamente menguado, España se va
deshaciendo, deshaciendo. Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda
que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado un gran pueblo"
(Abellán, 1986, p. 123).
De esta elocuente cita se desprende su idea dinámica de nación, construida
sobre la fuerza que inclina a los miembros de una misma comunidad hacia la
acción unitaria en el futuro, por encima de la inercia de un pasado común o
de una tradición compartida. La nación en Ortega es, como para Renan,
también "un sugestivo proyecto de vida en común", el resultado de un
propósito de convivencia de aquéllos que "no conviven por estar juntos, sino
para hacer algo juntos".
De esta concepción de la nación podría desprenderse que la esencia de la
nación está en la fuerza, traducida en la superación de los particularismos
mediante la expansión exterior. Aunque esta lectura podría discutirse, lo
cierto es que los falangistas españoles encontraron inspiración en Ortega
cuando mantenían que "España es una unidad de destino en lo universal".
Como decía José Antonio Primo de Rivera, frente a los nacionalismos
particulares disgregadores, se elevaba el "nacionalismo misional", definido
como unidad de destino universal, producto de la voluntad y de la razón
(Álvarez, 1992, p. 1002).
Pero ya con anterioridad a estas formulaciones falangistas se fue gestando
la radicalización en las premisas del hispanismo más conservador, de la mano
de una reivindicación ideológica del imperio español y de sus instituciones,
que se convirtió en un ideal político. En el contexto de la proclamación
republicana y del inicial triunfo de los postulados del republicanismo
reformista, América fue un gran pretexto en la defensa de una ideología
reaccionaria, con una misión inmediata: derrotar a la república, masona y
liberal (Egido, 1993, p. 660).
Será Ramiro de Maeztu el principal divulgador del ideario hispanista
reaccionario, integrando parte del discurso católico y patriótico del
tradicionalismo flnisecular con herencias del regeneracionismo más con-
servador, en especial en lo que hacía referencia a la visión amplia de la
decadencia española y a la condena del siglo XIX.
Es de sobra conocido que en la definitiva conversión de Maeztu al
pensamiento tradicionalista de raíz latina tuvo mucha incidencia su paso por
Argentina como embajador entre 1928 y 1929. Allí conoció al sacerdote
español Zacarías de Vizcarra, formulador inicial de la Hispanidad en
términos católico-tradicionalistas, y contactó con los miembros más
influyentes del nacionalismo de La Nueva República, como los Irazusta,
Ernesto Palacio o Carulla, que ya a esas alturas preparaban la conspiración
contra Yrigoyen para reemplazar el sistema político por un gobierno
nacional, no partidario, que permitiera la reorganización nacional tras
suprimir las elecciones por sufragio universal (Barbero y Devoto, 1983, p.
155).
Maeztu, desde 1925, al tiempo que iba renegando de su pasado europeísta,
fue modificando su opinión despectiva, reticente y crítica sobre América, para
pasar a considerar que su postración económica, social y cultural se debía a la
ausencia de un ideal vivo, como el de la Hispanidad, que elevó a España y a
sus colonias a la "unidad moral del género humano" y a la creación de la
historia universal, obra, fuera del cristianismo, no comparable en el mundo
(Maeztu, 1934, p. 42).
Algunas de las reflexiones de Maeztu gestadas en Buenos Aires aparecerán
ya maduras en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado en 1934,
recogiendo artículos previamente aparecidos en la revista Acción Española y,
entre ellos, una conferencia titulada "El sentido del hombre en los pueblos
hispánicos", dictada en el Centro Gallego de Montevideo cuando todavía era
embajador en Buenos Aires.
Como deja entrever en aquel libro y en otros artículos referentes al tema,
Maeztu consideraba a esas alturas que la patria era un valor y, por tanto, un
espíritu, que en ocasiones puede encarnarse en materia, en forma de arte,
tradiciones, historia, idioma, etc. Entendía que la nación era un tesoro que se
encomendaba al pueblo, quien debía proyectarlo al futuro, en una acepción
más cercana a la "unidad de destino" de raíz orteguiana que al "plebiscito
permanente" de Renan. En este sentido y citando a San Agustín, decía: "la
que engendra es la raza; la que nutre, la tierra; la que educa, la patria como
espíritu, a la que se quiere tanto cuanto más tiempo pasa... no es meramente
la tierra... no es tampoco un ser moral, pero no es tampoco una conciencia
colectiva, como quisiera Renan ... la verdad es que las patrias han sido hechas
para los hombres, para que los hombres puedan espiritualizarse en esta
tierra..." (Maeztu, 1934, pp. 249-150).
Partiendo de esta concepción de patria, para Maeztu la Hispanidad era una combinación de los rasgos cristianos y humanistas de la identidad española
proyectada hacia la acción exterior, que formaba una base espiritual que
debía ser asumida, de forma más o menos voluntaria, por todas las naciones
hispánicas, para restablecer la jerarquía social tradicional y el dominio del
catolicismo.
Mediante una profunda revisión histórica, centrada en la revalorización de
los ideales misionales de la España del siglo XVI y la censura de los principios
del liberalismo, Maeztu y sus seguidores construyeron el mito de la
Hispanidad para reivindicar la ideología tradicionalista y su expresión
política, en clara oposición a la España republicana, culminación de los
errores y las desviaciones de los siglos pasados.
El mito del Imperio, de la conquista y la colonización española serán
integrados en el pensamiento falangista y, posteriormente, franquista. No es
éste el momento de analizar la transformación de los valores de la hispanidad
reaccionaria por el franquismo, hasta servir de legitimación interior del
Nuevo Estado, autoproclamado continuador de la tradición nacional e
imperial.
Materia de otra larga reflexión sería interpretar lo que hubo entre el
mensaje de Franco a América desde Zaragoza, el 12 de octubre de 1939,
cuando saludaba a "la comunidad hispánica porque ella nos podrá servir un
día a todos de potencia y honor y a ninguno de vilipendio", y el discurso de
Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975, cuando fue proclamado Jefe de
Estado, en el que comentó que "España es el núcleo originario de una gran
familia de pueblos hermanos. Cuanto suponga potenciar la comunidad de
intereses, el intercambio de ideales y la cooperación mutua es un interés
común que debe ser estimulado" (ver en González y Limón, 1988, p. 146;
Mesa, 1989, p. 49).
Pero la primera conclusión mostraría que, también de forma insistente, en
el inicio y el fin de aquel período de la historia reciente de España, América
seguía apareciendo como referente, como horizonte o, cómo hemos visto que
conforma desde fines del siglo XIX, como mito compensatorio.
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