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| VOLUMEN 8 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1997 |
Pensamiento Político en América Latina
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Liberales y conservadores en México:
diferencias y similitudes.
JOSEFINA ZORAIDA VÁZQUEZ
El Colegio de México
La historiografia oficial tradicional ha perpetuado una visión simplista de
los acontecimientos políticos de México en el siglo XIX como un
enfrentamiento constante entre liberales y conservadores desde la iniciación
de la lucha independentista. Esta visión en realidad retrotrae las posiciones
políticas presentes en la guerra de Reforma a las primeras décadas del XIX.
Así, a pesar de estudios como el de Charles Hale, El liberalismo mexicano en
la época de Mora, 1821-1853, de Edmundo O'Gorman, La Supervivencia
política aovo-hispana. Reflexiones sobre el monarquismo mexicano, y de
Alfonso Noriega, El pensamiento conservador y el conservadurismo
mexicano, algunos de los comentaristas insisten en la continuidad del
liberalismo mexicano y rechazan el conservadurismo como una especie de
desviación del republicanismo consustancial mexicano.
Esta interpretación oficial pasa por alto el amplio abanico de expresiones
que presenta el pensamiento político por la compleja serie de sucesos y
circunstancias en las que emergió México de la Nueva España. En su ensayo
conmemorativo del "triunfo de la República" (1967), O'Gorman desmentía la
visión tradicional insistiendo que el viejo virreinato encerraba "el germen del
ser de México [pero] incluía no uno, sino dos Méxicos distintos".1 Para él, la
lucha emprendida por esas dos potencialidades para afirmarse una sobre la
otra, al forzar la constitución "histórica", provocó las asonadas, planes y
cartas constitutivas que se sucedieron hasta la imposición definitiva de la
república en 1867.
Hale, por su parte, persiguió las fuentes en que abrevó el liberalismo
mexicano, lo que le permitió definir la orientación especial que le dieron sus
"peculiaridades culturales e institucionales"2 y explicar cómo antes del
desastre de la guerra con Estados Unidos (1846-48), los "partidos" que poco
después constituirían los liberales y conservadores (entonces definidos como
federalistas y centralistas) tuvieran campos de coincidencia.3 Noriega, a su
vez, llevó a cabo un serio análisis del pensamiento conservador y de sus
fuentes.4
A pesar de esas contribuciones, la interpretación oficial permaneció casi
intacta, ya que fue redondeada al triunfo liberal a base de acusaciones
partidistas contemporáneas y cuya vigencia ha abonado el desconocimiento
de las instituciones coloniales y los eventos que el Imperio español
enfrentó durante el siglo XVIII, esenciales para comprender el sincretismo
político del siglo XIX mexicano, en el que ilustración y liberalismo se
mezclaron con ideas y prácticas tradicionales, como nos ha mostrado
Antonio Annino.5
Este trabajo tiene un objetivo limitado: caracterizar el complejo contexto
novohispano que acogió las ideas derivadas de las revoluciones atlánticas
que, reinterpretadas en ocasiones, iban a influir en el surgimiento de la nueva
nación.
Es difícil definir tanto liberalismo como conservadurismo6 por las diversas
formas que tomaron;7 aquí lo acotaremos como empeño por transformar la
sociedad, afirmar las libertades individuales oponiéndose a los privilegios,
secularizar la sociedad y limitar el poder del gobierno mediante la
representación política y el constitucionalismo. Estos principios, que
empezaron a consolidarse en el siglo XVII con la revolución inglesa, se
habrían de imponer a lo largo de los siglos XVIII y XIX, terminando por
sustituir a la sociedad orgánica formada por corporaciones, por otra
constituida por individuos, y a un Estado que intervenía en todas las
actividades humanas y "cuyo principio era el orden", por otro "cuyo
principio es la libertad y cuya norma el laissez fi7ire, y de un gobierno y un
derecho cuyas bases eran el privilegio y el particularismo, a un gobierno y un
derecho cuyas bases son la igualdad y la generalidad".8
La ilustración dieciochesca, con su convicción de que las fuerzas de la
historia conducían al progreso, convirtió en modelo al sistema inglés y llevaba
implícito el liberalismo. Las revoluciones norteamericana y francesa
consolidaron y difundieron la soberanía popular, los derechos del hombre,
la igualdad ante la ley, la tolerancia religiosa, la división del gobierno en tres
poderes y los derechos políticos. La norteamericana, gracias a que su
burguesía había gozado de representación local, no presentó el radicalismo
que caracterizó a la francesa, cuyos excesos generarían reacciones y
reflexiones sobre las limitaciones del racionalismo y el poder de las fuerzas
históricas. La aplicación de los nuevos principios daría lugar a una gran
variedad de posiciones, incluyendo la que se ha calificado de conservadora,
definida con referencia al radicalismo ilustrado y su inmanentismo y visión de
la historia humana como proceso abierto y ascendente, capaz de conquistar el
progreso. Edmund Burke ha sido considerado el gran inspirador del
conservadurismo, aunque Hale nos recuerda que en realidad también es el
doctrinario del liberalismo inglés,9 que acepta la secularización de la vida,
pero defiende la tradición y sus "libertades históricas" y está comprometido
con un sistema de valores trascendentes. Burke influyó en liberales que, como
Benjamín Constant, criticaron el radicalismo de la Revolución Francesa.
La intervención napoleónica en la península proporcionó la coyuntura
propicia para el quiebre del Imperio español. La crisis no sólo afectó a la
propia metrópoli, sino también a los reinos de ultramar, con características
semejantes. Las tendencias políticas mexicanas del siglo XIX tuvieron, por
supuesto, una amplia gama de matices, lo que dificulta su clasificación. El
conservadurismo mexicano a menudo se caracteriza en forma simplista, como
defensa de la tradición hispánica y, por tanto, centralista, corporativo,
clerical, militarista y monárquico frente a un liberalismo también monolítico,
al que sólo se le reconoce la división en radicales y moderados. Esta visión
pasa por alto que todas las tendencias se nutrieron en las mismas fuentes, por
lo que los "partidos" coincidieron en muchas temáticas, tal y como lo hizo
notar Hale.10
El liberalismo mexicano se ha tipificado en diversas formas. Para Jesús
Reyes Heroles hay un liberalismo económico-social y otro político-jurídico.
En el primero engloba los temas fundamentales de la propiedad y del
librecambio y la protección, y en el segundo, las libertades, la vinculación del
liberalismo con la democracia, la secularización de la sociedad y la identidad
liberalismo-federalismo.11 Moisés González Navarro utiliza como base de su
tipología la relación "de las ideas de las facciones políticas con los intereses de
las facciones de la clase dominante" y lo divide en individualista y social.12
Por su parte, Alan Knight distingue tres tipos de liberalismo a lo largo del
siglo XIX, que responden a cambios sociales, económicos y políticos, que sin
sustituirse, acumulan "ideas, programas y grupos liberales". Para Knight, el
liberalismo constitucional que pugna por un gobierno representativo, los
derechos jurídicos y el federalismo como camino para un equilibrio entre el
poder central y el estatal y municipal, surge en la década de 1820 y resurge en
la lucha maderista. El institucional aparece después para desmantelar la
sociedad colonial mediante la abolición de los fueros, de la propiedad de la
Iglesia y de las comunidades. En el último cuarto de siglo floreció su última
expresión, el desarrollista, cargado de positivismo.13 Dos ideas de Knight
resultan muy importantes: el carácter acumulativo de ideas y programas y la
vigencia del liberalismo durante el porfiriato, aunque preferentemente en sus
metas económicas.
Hale prefirió aproximarse al liberalismo mexicano a través de los temas
que lo acotan (estructura, constitucionalismo, privilegios de las corpo-
raciones, utilitarismo, el modelo norteamericano, el indio y el desarrollo
económico), y su análisis nos permite comprender muchas de sus
contradicciones.
Este ensayo centra su atención en el primer liberalismo, es decir el que
precede a la Reforma, antes de que entre en acción la primera generación
formada completamente en un México independiente. Este primer liberalismo
tuvo como preocupaciones primordiales: la representación y la forma de
gobierno, los derechos de los mexicanos y la igualdad ante la ley, la
secularización de la sociedad y la desamortización de los bienes del clero. Por
lo general se considera que sus enemigos fueron los reaccionarios,
centralistas, personificados por los grandes propietarios, la Iglesia y el
ejército. Sin embargo, es absurdo retratar a la Iglesia y al ejército como
intituciones monolíticas, puesto que las dos corporaciones reflejaron la
amplia gama ideológica de la sociedad. Asimismo es necesario darse cuenta
de que la institución de los ayuntamientos constitucionales, la declaración de
igualdad y la representación y las milicias establecidas por la Constitución de
1812 difundieron ampliamente el liberalismo, en especial, por haber sido
aplicadas extensamente como instrumento contrarrevolucionario. Así, las
instituciones del constitucionalismo gaditano y las promesas de la lucha
insurgente politizaron ampliamente a la población, lo que explica que las
medidas reformistas de medio siglo fueran apoyadas por movilizaciones
populares.
La herencia novohispana
Se acepta generalmente que las reformas del absolutismo ilustrado
causaron el malestar que condujo a la independencia, pero no siempre se
toma en cuenta su contribución a los ideales del liberalismo mexicano. Los
borbones pretendieron transformar el Imperio en "Nación española",
mediante una serie de medidas de carácter individualista "protoliberal",
como las ha llamado Horst Pietschmann.14 En ese caso estuvieron las
reformas contra privilegios eclesiásticos y gremiales, la liberalización del
comercio dentro del Imperio y las destinadas a beneficiar a las clases bajas de
la sociedad como la prohibición del comercio de repartimiento y el fomento
de la educación. El Conde de Aranda incluso llegó a abogar porque para
"toda clase de empleos en América se nombren personas idóneas sin tomar en
cuenta para nada su origen racial y social".15
Desde luego, el liberalismo entró a la Nueva España a través del
constitucionalismo gaditano que consolidó el programa que se había fijado
la ilustración absolutista borbona, pero inspirado en el constitucionalismo
francés de 1791. Se puede afirmar que el constitucionalismo gaditano fue la
influencia decisiva en el primer liberalismo mexicano, al que se le
sobrepusieron el republicanismo y el federalismo norteamericano. Para
comprender esta superposición federalista es necesario ponderar la idea
generalizada del centralismo del Imperio español. La monarquía española,
constituida por reinos superpuestos que conservaban ciertos fueros y
privilegios, mantuvo la tradición de que el rey ejerciera su autoridad de
acuerdo con las instituciones tradicionales de cada comunidad.16 Esta
tradición, reformulada como doctrina por el neoescolaticismo, sería invocada
por los americanos al recibir la noticia de las abdicaciones de Bayona en 1808.
Por otra parte, otros factores influyeron para que la experiencia guberna-
mental de la Nueva España distara de estar centralizada (tanto desde Madrid,
como desde México) y favoreciera la formación de intereses locales
representados por municipios de las capitales provinciales; desde luego
estuvieron las distancias de la metrópoli y de la ciudad de México,
combinadas con una orografía que dificultaba las comunicaciones. La
Corona institucionalizó a los corregidores como sus representantes en los
municipios, mas "al mismo tiempo concedió a las élites locales la
consolidación de su poder, al convertir los cargos municipales en propiedad
de sus representantes y el derecho de traspasarlos como herencia a sus
descendientes".17 Por otra parte, la compleja organización política y la
formación de redes comerciales favorecieron el desarrollo de un fuerte
regionalismo; las jerarquías administrativas se convirtieron en instancias
mediadoras que contemporizaron con los intereses locales de los que obtenían
beneficios, neutralizando los mecanismos de control burocrático y generando
una alianza entre autoridades locales y virreinales. Según Pietschmann, a
todo ello se sumó una abundante legislación, "muchas veces contradictoria y
poco clara [que] permitió que alianzas semejantes siempre encontraran alguna
justificación legal para oponerse a las órdenes recibidas de la metrópoli". Y
los esfuerzos de la Corona para contrarrestar esta "federalización clande-
stina" siempre fracasaron.18
A todo esto se sumó que el empeño modernizador del Estado español para
racionalizar la administración y hacer más productivos sus reinos reorgani-
zara el espacio territorial. El objetivo era centralizar el aparato administrativo
desde la metrópoli, pero la nueva división en intendencias (1786), que
respondía a la integración de mercados locales,19 fortaleció el regionalismo.
La lucha decidida de la política borbona contra las corporaciones hizo de la
Iglesia su blanco favorito; combatió a las órdenes religiosas y favoreció a los
seculares, e inició la desamortización de sus bienes para solucionar sus
problemas financieros. Estas metas borbonas las iba a mantener el libera-
lismo gaditano y las heredaría el liberalismo mexicano.
El constitucionalismo gaditano
En el marco de las ideas ilustradas, el hecho sin precedente de que la
dinastía borbona abdicara la corona en favor de Napoleón, el ayuntamiento
de la ciudad de México en 1808 -al igual que los de las otras colonias
americanas- iba a utilizar argumentos pactistas para establecer un gobierno
autónomo en ausencia de un rey legítimo. En la Nueva España fracasó este
intento legalista, lo que condujo a la insurrección armada, al tiempo que en la
metrópoli se enfrentaba el mismo dilema y, para resolver el problema del
gobierno provisional del Imperio mientras la península estaba invadida, se
optaba por convocar a Cortes. Por primera vez, los americanos eran
covocados a elegir los diputados que los habrían de representar en dicha
asamblea. De esa manera, en medio de la insurrección colonial, los
americanos, incluyendo a los indígenas, recibieron el derecho a voto y
empezaron a participar en política. Las elecciones de diputados y la
experiencia en los debates, tanto en las cortes constituyentes como en las
ordinarias de 1820-23, sirvieron de invaluable experiencia para los diputados
del Nuevo Mundo.
En las Cortes de Cádiz, la mayoría de los diputados eran enemigos del
absolutismo y se inclinaban por el goce de libertades y un gobierno
representativo a la manera de la constitución francesa de 1791. En su seno,
por vez primera, se utilizó la palabra liberal para calificar a los que favorecían
esa tendencia, que se enfrentaban a los que ellos llamaron "serviles". La
Constitución de 1812, elaborada por las Cortes, reorganizaba el Imperio y
consolidaba en gran medida el esquema borbón ilustrado. Se mantuvo la
monarquía, pero sin absolutismo, optando por un gobierno constitucional
con división de poderes, que para consolidar el Imperio como nación
intentaba centralizar la administración desde la península. La Constitución
declaró que la soberanía residía en la "nación", constituida por "todos los
españoles de ambos hemisferios", que gozarían de igualdad como "ciudada-
nos" (la excepción fueron los de sangre africana). No obstante, la nueva ley
suprema mantuvo los fueros y la católica como religión única, características
que iba a legar al liberalismo mexicano. Sin embargo, el liberalismo gaditano
mantuvo el anticlericalismo borbón, al que agregaría un afán por limitar el
poder del ejército permanente mediante la institución de milicias populares
que controlarían el orden y dependerían de las provincias y los ayuntamien-
tos.
El pensamiento gaditano sistematizó las influencias ilustradas y liberales
que habían penetrado en el pensamiento novohispano. Entre las múltiples
medidas instauradas por la Constitución de Cádiz, dos iban a afectar
hondamente al reino de Nueva España: el establecimiento de ayuntamientos
para el gobierno de los pueblos "en los que por sí o en su comarca, lleguen a
mil almas", elegidos popular y directamente, y el de diputaciones
provinciales, formadas por siete diputados que iban a colaborar con el jefe
político en la administración de las provincias, cuya elección sería indirecta, al
igual que la de los diputados a Cortes. Hay que subrayar que el centralismo
de la Constitución de Cádiz sólo concedía representación política en las
Cortes, dado que las diputaciones y los ayuntamientos eran instituciones
administrativas bajo el control de los jefes políticos, pero que por las
circunstancias en que se establecieron, ambas se apropiaron facultades que no
les concedía la ley suprema.
La primera etapa de la aplicación de la Constitución de 1812 fue muy breve,
pero alcanzó una gran difusión y vigencia dado que el Jefe Político de Nueva
España, don Félix María Calleja, la utilizó como un instrumento contra-
revolucionario para neutralizar a los insurgentes, legalizando las aspiraciones
autonomistas de pueblos y ciudades. Como ha visto claramente Antonio
Annino, la aplicación de la Constitución de 1812, "en medio de una
sangrienta guerra civil y de la disolución del orden colonial... desencadenó un
incontenible y masivo proceso de tranferencia de poderes del Estado a las
comunidades locales, en particular a los pueblos, llevando así a su extremo la
desintegración del espacio político virreinal".20
Los pueblos, en especial las repúblicas de indios que tenían experiencia
electoral y de autogobierno, se apresuraron a utilizar los nuevos ayunta-
mientos para mantener o ampliar su autonomía y el control de su territorio. A
diferencia de los antiguos ayuntamientos que llegaban a 52, los constitu-
cionales llegaron a los mil para 1821. Esto le restó representación a las
ciudades, pues los ayuntamientos constitucionales fueron homologados con
los antiguos, lo que traspasó el peso político de las ciudades a las
comunidades rurales, que de por sí desempeñaron un importante papel en
la lucha independentista con su control de las milicias y del cobro de
contribuciones.
La Constitución, que reordenaba al Imperio en medio de su crisis, dejó
resquicios que las comunidades supieron aprovechar. Por ejemplo, la ley
gaditana no fijó a la ciudadanía requisitos de propiedad, ni de fiscalidad, sino
que la fundó en la noción de vecindad. Es decir, que la pertenencia a una
comunidad era la que permitía votar. Excluía a las castas y a los sirvientes
domésticos, pero incorporaba a los indios, el grupo mayoritario de la
sociedad. Y puesto que las juntas parroquiales formadas por vecinos gozaban
de soberanía sobre sus actos, fueron las que determinaron quiénes eran
ciudadanos, lo que permitió que en Nueva España votaran muchas veces
castas y negros. El voto parroquial pudieron ejercerlo también los
analfabetas, ya que en ese nivel era "cantado"; en las elecciones de partido
y de provincia por ser secreto, requería saber escribir. De esa manera, sólo en
los ayuntamientos la representación fue popular.
Aunque la difusión de las nuevas prácticas políticas fue muy amplia y
permitió a los pueblos actuar como ciudadanos liberales, mantuvieron un
imaginario y unos valores tradicionales.21 De ese modo, la Constitución tuvo
dos lecturas: la de la élite, que la veía como garantía de gobierno
representativo, y la de los pueblos, que la interpretaron como una nueva
forma de pactismo entre el Rey y sus súbditos. De la misma manera
tradujeron los conceptos modernos introducidos por la Constitución, como
soberanía y libertad, a los términos concretos de la constitución histórica.
Hasta muy recientemente se consideraba que el liberalismo había llegado
sólo a pequeños grupos elitistas, lo que pasaba por alto la revolución política
que había acompañado a la lucha independentista. Mas la lucha permitió que
los pueblos probaran su fuerza y el establecimiento de ayuntamientos
constitucionales, que las nuevas ideas llegaran a todos los rincones. Las
comunidades indígenas, una vez más, utilizaron su capacidad para apropiarse
de las instituciones españolas para mantener su identidad y autonomía. La
abolición de las repúblicas de indios con la concesión de la igualdad los llevó
a utilizar los nuevos ayuntamientos para proteger sus cajas de comunidad y
su autogobierno. Llegaron incluso a modificar las provisiones constitucio-
nales y aumentaron el número de regidores concedidos por la ley para
mantener la tradición de que cada uno de los pueblos de un territorio tuviera
un representante.22 Asimismo ampliaron las facultades de los nuevos
ayuntamientos para que controlaran la justicia. Además, la Constitución de
Cádiz, al influir en la de Apatzingán, reafirmó el principio de representación
territorial de los cabildos y de las provincias, lo que facilitó la consolidación
de la independencia con el Plan de Iguala, ya que el ejército logró el apoyo
decidido de los ayuntamientos.
Independencia y la forma de gobierno del Estado
La tradición ha considerado el móvil del movimiento iturbidista como
reaccionario, a pesar de que el Plan de Iguala proponía una monarquía
constitucional y el Imperio la estableció. Es más, el Estatuto Provisional
consagró los derechos individuales.23 La monarquía constitucional hubiera
sido una buena transición para evitar la ruptura con la constitución histórica,
es decir, con el "conjunto de valores y de prácticas políticas percibida como
legítimo",24 a las que los movimientos populares habrían de aludir una y otra
vez.
La diferencia de concepto de quién representaba la soberanía enfrentó a
Iturbide y al Congreso desde un principio; la falta de experiencia política
imposibilitó toda negociación e Iturbide terminó por disolver el Congreso, lo
que aumentó el malestar de las provincias descontentas por la representación
corporativa y desproporcionada en el Congreso y los intentos de centraliza-
ción fiscal. El ejército, convertido en el garante del nuevo pacto, aprovechó
este agravio y, en el Plan de Casa Mata, exigió la elección de un nuevo
congreso, asegurando el apoyo de la diputación de Veracruz25 y, según la
práctica iniciada por Iturbide, enviando copia del acuerdo militar a
diputaciones y comandancias de todas las provincias, que lo suscribieron.26
El fracaso monárquico puso en peligro la unidad, pues las provincias
aprovecharon la coyuntura para declararse estados libres y soberanos,27 lo
que complicó el tránsito a la república al producir un forcejeo entre el
Congreso restablecido y los nuevos estados "soberanos". Desde la Constitu-
ción de Apatzingán, los insurgentes habían optado por la forma republicana
de gobierno. El absolutismo había desaparecido con la salida de la
burocracia, ejército y clero "serviles", y los borbonistas residentes,
monarquistas liberales, quedaron neutralizados por la oposición de las
Cortes y de Fernando VII a aceptar la propuesta de Iguala.
De esa forma, el republicanismo de 1823, alimentado por el liberalismo
gaditano y el norteamericano, se enfrentó ante la disyuntiva de optar por el
federalismo como única posible respuesta al regionalismo para mantener la
unidad. El nuevo Congreso Constituyente contó con un buen contingente de
diputados a Cortes, donde habían defendido un cierto federalismo como
solución a la cuestión americana.28 La experiencia política de los diputados
les permitió percatarse de que sólo el federalismo podía salvar la unidad de
los territorios novohispanos y se apresuraron a promulgar el Acta
Constitutiva que lo consagraba.
Mas los debates no dejaron de presentar problemas. Algunos diputados,
como fray Servando Teresa de Mier, objetaron la soberanía que reclamaban
los estados e insistirían en que el federalismo desuniría lo unido; otros
sostenían la tradición gaditana centralista como necesaria para constituir un
gobierno fuerte que pudiera hacer frente a las amenazas externas. De esa
forma el centralismo, temporal o permanente, tuvo muchos seguidores, sin
que fueran necesariamente conservadores, como ha querido la tradición.
El Congreso Constituyente de 1824, al ser elegido proporcionalmente a la
población, aseguró que las provincias del centro y del sur tuvieran mayor
representación interesada en un gobierno federal, pero centrista. De todas
maneras, la fuerza de las provincias periféricas hizo que éstas aseguraran un
pacto casi confederal, con un gobierno nacional débil, dependiente fiscal y
militarmente de los estados. A diferencia del federalismo norteamericano, el
mexicano era mucho más radical y, como notaría más tarde Alamán,
derivaba: "de la constitución española. que en sí misma no era otra cosa que
una imitación de la de la Asamblea Constituyente de Francia".29 La
constitución de 1824 y las estatales consolidaron al Legislativo como poder
supremo, con consecuencias que Alamán analiza agudamente:
"no sólo no distinguió debidamente los poderes, no sólo no
estableció un equilibrio conveniente entre ellos sino que
debilitando excesivamente el ejecutivo, trasladó al legislativo toda
la autoridad, creando en lugar del poder absoluto del monarca, un
poder tan absoluto como aquél, y enteramente arbitrario".30
En la carta de 1824, los derechos individuales se incluyeron en forma
dispersa, pero algunas constituciones estatales especificaron los de igualdad
ante la ley (restringida por los fueros del ejército y la iglesia), seguridad,
libertad de imprenta y propiedad.
Los constituyentes dejaron a las estatales la legislación municipal. Es
interesante observar que la mayoría de las constituciones estatales limitaron
la existencia de ayuntamientos a poblados con 2.000, 3.000 o 4.000
habitantes, o sólo las cabeceras de partido, aunque mantuvieron su carácter
de representación popular, con funciones electorales, administrativas y
judiciales. Los poderes locales resistirían la reducción de funciones que les
inflingiría primero el federalismo y luego el centralismo, lo que provocó una
tensión casi constante entre pueblos y autoridades estatales.31
Las tensiones entre el gobierno federal y los estados se multiplicaron por el
incumplimiento del contingente de numerario y de sangre que debían entregar
los estados y por las transgresiones constitucionales ocasionadas por las
facciones del Congreso Nacional. De manera que la división entre centralistas
y federalistas se convertiría entre escoceses y yorkinos y, a fines de la década
de 1820, entre hombres de bien y de progreso.
Para 1830, todos los políticos estaban convencidos de la necesidad de
reformar la Constitución. Los escoceses-hombres de bien, en ocasiones
centralistas, empezaron a ser calificados como conservadores por sus
enemigos. Curiosamente, como ha notado Hale, no se dio una separación
tajante. Lucas Alamán, considerado típico conservador, y José María Luis
Mora y Lorenzo de Zavala, reconocidos como liberales, coincidían en la
necesidad de convertir el voto en censitario -como antídoto a la demagogia-,
en la necesidad de fortalecer el gobierno nacional, de secularizar la educación
superior y de liberalizar la economía.
La discusión sobre la forma de gobierno se constituyó en la preocupación
principal hasta el triunfo de la república federal en 1867, pero la diferencia
más profunda en los grupos de opinión la ocasionó el estatus que debía tener
la Iglesia y el destino de sus bienes. Al igual que los borbones, los "hombres
de progreso" defendían la supremacía del Estado mediante el ejercicio del
Real Patronato y pretendían también desamortizar los bienes eclesiásticos y
suprimir las órdenes religiosas, relegando el papel de la Iglesia a la esfera
espiritual. Mora veía en los bienes del clero la solución a los problemas
financieros del Estado y creía que era esencial poner su capital en circulación
para inyectar fuerza a la economía y crear la benéfica clase de pequeños
propietarios que requería el camino al progreso. En esencia, el camino que
Mora señalaba era el que seguiría la ley Lerdo, convirtiendo a los rentistas de
la Iglesia en propietarios. En cambio, Zavala proponía rematar los bienes al
mejor postor.
Por desgracia, el intento reformista de 1833 fue emprendido impolítica-
mente y apoyado en una ley de proscripción de personas a las que se
consideraba contrarias a las medidas que afectaban a la Iglesia. La "Ley del
Caso", y el destierro de los obispos que protestaron el ejercicio del Real
Patronato por el gobierno, generó pronunciamientos de los pueblos contra
esos "excesos" anticonstitucionales32 y empezó a crear la brecha que separaba
a los "partidos". En ese contexto, el desafio a la ley dictada por el Congreso
en 1835 para limitar la milicia cívica, por los estados de Zacatecas y Coahuila
y Texas, sumado a la amenaza tangible de independencia en la provincia
texana, generó el temor de que el territorio nacional se desintegrara. Los
centralistas aprovecharon la ocasión para promover el cambio de sistema
gubernamental y lograron un acuerdo con los federalistas moderados, con el
argumento de que la fórmula era más afín a la tradición mexicana y
fortalecería al gobierno nacional con la administración de todos los recursos
financieros del país.
Así las Siete Leyes (1836) establecieron la república central, pero dentro de
un esquema liberal que mantuvo la separación de poderes, representación
ciudadana, definió los "derechos del mexicano" e insistió en la necesidad de
abolir el tribunal militar para igualar la ley, precepto que se suspendería ante
el chantaje del ejército de debilitarlo en medio de la guerra con Texas. La
intolerancia religiosa se mantuvo de acuerdo con la tradición católica
borbona y gaditana, y ante la convicción de que la única liga real que unía a
los mexicanos era la religión. Herrera y Lasso, al cotejar las constituciones
centralistas con la de 1824, concluye que "el constitucionalismo centralista
está vaciado en el molde federal remodelado a su vez ...por las aportaciones
del régimen proscrito".33
Sin duda, el centralismo trató de revertir el poder de los pueblos y la
"soberanía" de los estados, convertidos en departamentos. Además de
aprobar el voto censitario, se redujo la existencia de ayuntamientos a aquéllos
que existían en 1808, a los puertos con 4.000 almas y a los pueblos con
8 .000,34 y se les puso bajo el control de los prefectos y subprefectos, lo que
había de atizar numerosos levantamientos.
Los constitucionalistas del 36, al empeñarse en contrarrestar los problemas
provocados por el federalismo, crearon un exceso de checks and balances,
entre ellos un cuarto poder, el supremo poder conservador, encargado de
vigilar a los otros tres y de determinar la "voluntad nacional". El ejecutivo
quedó paralizado ante la fuerza del poder del conservador y del legislativo y el
sometimiento a la aprobación del consejo de gobierno.
Como los problemas que enfrentaba el Estado no eran sólo la forma de
gobierno, sino la bancarrota, la paralización económica, las amenazas
externas y la inestabilidad provocada por los movimientos autonomistas y las
aspiraciones militares, el primer centralismo había fracasado para 1840. La
brecha que había abierto la intolerancia de 1833 se ahondaría con la
inoperancia del nuevo sistema de gobierno. Durante ese año, se buscaban
alternativas y, mientras el ejército preparaba la dictadura, el federalista
moderado José María Gutiérrez de Estrada proponía la monarquía "con un
príncipe europeo". La propuesta no era en manera alguna conservadora,
puesto que favorecía una monarquía constitucional. De todas maneras, la
proposición causaría un escándalo mayúsculo, en buena parte promovido por
el ejército, cuyos planes dictatoriales quedaron al descubierto, lo que no
impidió que se pusieran en vigor en octubre de 1841.
La separación de departamentos marginales (Sonora, California y
Yucatán) permitió que una nueva alianza de federalistas moderados y
centralistas redactara las Bases Orgánicas. La nueva ley suprema era más
flexible que las Siete Leyes: eliminó el cuarto poder, concedió mayor
representación ciudadana y rebajó los requisitos exigidos para ser congresista,
y aumentó los renglones de autonomía departamental.35 A diferencia de las
Siete Leyes, las Bases dieron menor importancia a las garantías individuales
y, en cambio, aumentaron las atribuciones del ejecutivo, al que se devolvió el
control del ejército que tenía bajo el federalismo.
Los federalistas radicales desarrollaron su carrera pública durante la
república centralista,36 lo que muestra que no hubo el enfrentamiento
constante que hasta tiempos recientes se ha pintado. Mas en vísperas de la
guerra con los Estados Unidos, al llegar la república a máxima debilidad, las
posiciones se polarizaron. Federalistas y centralistas trataron de capitalizar la
situación, acusándose mutuamente de la debilidad de la república. El segundo
centralismo fracasó a pesar de las reformas promovidas por los federalistas
moderados, que intentaban evitar un cambio radical de gobierno en un
momento de peligro externo. En ese contexto se perfilaron dos grupos de
tendencias conservadoras: un grupo militarista que acaudillaba Mariano
Paredes y Arrillaga y un grupo monarquista, que promovía el ministro
español Salvador Bermúdez de Castro en México, bajo un esquema
desarrollado en España por el ministro Narváez. Este obtuvo el apoyo de
Lucas Alamán, del comerciante español Lorenzo Carrera y del jesuita Basilio
Arrillaga. Los conspiradores convencieron a Paredes a sumarse y los dos
grupos, fundidos, establecieron la dictadura en 1846, como una transición
hacia la monarquía.
Los monarquistas fundaron periódicos para hacer propaganda monar-
quista, en especial El Tiempo, donde fueron definiendo su posición. Sin
ambajes, defendían la monarquía y mostraban su fobia hacia el
republicanismo, al que atribuían las luchas intestinas, la inestabilidad social
y política desde 1821, en su empeño por borrar de golpe 300 años de
historia. Uno de sus editorialistas, muy posiblemente Alamán, afirmaba
que, si bien "sus principios son esencialmente conservadores", no por ello
cerraban las puertas al progreso, sino que buscaban "en el tiempo pasado
lecciones y experiencias para dirigir el presente", como germen del tiempo
por venir.37 Aparentemente sostenían una monarquía representativa,38
centralista, con una representación por estamentos, un ejército fuerte que
defendiera a la nación y la religión como fundamento de la nacionalidad.
Gutiérrez de Estrada, que se mantenía en autoexilio en Europa, buscó
entrevistas con Metternich, Luis Felipe, Palmerston y el Papa. Mas la
pérdida de las primeras batallas con el ejército de Estados Unidos desarmó
a Paredes, quien no tardó en perder el poder.
La situación del país era lastimosa: sin aliados, en bancarrota, sin recursos,
dividido políticamente y con un ejército pequeño mal armado y poco
profesional. Los radicales, denominados ahora puros, confiaban en que las
instituciones democráticas del federalismo permitirían la movilización del
pueblo para hacer frente a la invasión y buscaron el contacto con el general
Santa Anna para restablecer la Constitución de 1824.
La toma de poder la facilitó el desprestigio del ejército y, en plena guerra, se
restauró el sistema federal, pero la restauración de la soberanía de los estados
dificultó la organización de la defensa. A esto se sumarían las medidas
impolíticas del líder puro, Valentín Gómez Farías, que tanto detestaban los
moderados. A fin de obtener fondos para la defensa, Farías aprovechó la
ocasión para dar un golpe a la Iglesia con un decreto que autorizaba al
gobierno a vender bienes eclesiásticos para reunir 15.000.000 de pesos, lo que
ahondó las divisiones en un momento tan crítico.
Los moderados venían promoviendo los derechos individuales y el
fortalecimiento del gobierno nacional para establecer un federalismo a la
norteamericana39 y, con ese fin, lograron las reformas a la Constitución
aprobadas en mayo de 1847. Estas subrayaban las garantías individuales y
fortalecieron al ejecutivo con la eliminación de la vicepresidencia y al
gobierno federal con los artículos 22 y 23. El primero declaraba que "toda ley
de los Estados que ataque a la Constitución o a las leyes generales, será
declarada nula por el Congreso" y el 23 concedía potestad a la Suprema Corte
para resolver reclamaciones de anticonstitucionalidad de las leyes del
Congreso general.40 Según Carmagnani, éstas, dictadas por la "conjugación
entre la tendencia liberal y la federal", aseguraron la centralización política en
toda la República y el reconocimiento de la esfera política y administrativa
propia de los estados,41 posición que consolidarían los constituyentes del 57.
La definición y el choque de los partidos, 1849-1859
La derrota ante los Estados Unidos, la consiguiente pérdida de territorio y
los levantamientos indígenas que sucedieron a la guerra sacudieron la
conciencia de los mexicanos, lo que contribuyó para que la nueva generación
de mexicanos, formados ya en la república independiente, definiera sus
principios políticos.
Los moderados mantuvieron el control del gobierno hasta 1852, mas ante la
situación deplorable del país, los individuos se agruparon de acuerdo a metas
definidas, convirtiéndose en verdaderos partidos. Para ganar las elecciones,
los monarquistas y grupos afines fueron los primeros en organizar un partido
conservador en 1849. Los unió el respeto a los valores religiosos como base de
la sociedad y el pasado como fuente de inspiración para planear el futuro, así
como la convicción de la inconveniencia de la igualdad social y una hostilidad
manifiesta a Estados Unidos. Sus voceros presentaron diferencias impor-
tantes. Don Clemente de Jesús Munguía, quien según María del Refugio
González definía "en forma concisa y clara" el pensamiento conservador,
utilizó los "principios perfectos e inmutables del derecho divino",42 mientras
los otros dos ideólogos conservadores, con preocupaciones y lecturas más
amplias, abrevaron en los escritos ingleses: Juan Rodríguez de San Miguel,
inspirado en Francis Bacon, y el promotor del partido, Lucas Alamán, en el
defensor de la constitución inglesa, Edmund Burke. Fue éste quien precisó el
sentido del nuevo partido:
"nos llamamos conservadores ¿Sabéis por qué? Porque quere-
mos primero conservar la débil vida que queda de esta pobre
sociedad, a quien habéis herido de muerte; y después de
restituirle el vigor y lozanía que puede y debe tener, que
vosotros arrebatasteis y que nosotros le devolveremos... somos
conservadores porque no queremos que siga adelante el despojo
que hicisteis: despojasteis a la patria de su nacionalidad, de sus
virtudes, de sus riquezas, de su valor, de su fuerza, de sus
esperanzas ... el partido conservador no ha promovido ninguna
revolución ... los hombres del partido conservador han figurado
algunas veces en la administración pública, y han ejercido su
influencia en los negocios; pero influir no quiere decir
dominar".43
Los esfuerzos conciliadores de los liberales moderados no pudieron sortear
los innumerables retos que planteaba la situación interna y externa del país y,
a principios de 1852, enfrentaron una crisis que desembocaría en un nuevo
llamado de todos los partidos al indispensable Santa Anna. Para entonces, los
fracasos políticos habían convertido a Alamán en un verdadero reaccionario,
ahora opuesto a toda representación. Decidido a manipular al general
veracruzano, se adelantó a escribirle una carta en la que le presentaba los
principios del programa conservador:
"Es el primero en conservar la religión católica ... el único lazo
común que liga a todos los mejicanos ... también que es menester
sostener el culto con esplendor y los bienes eclesiásticos ...De-
seamos que el gobierno tenga la fuerza necesaria para cumplir
con sus deberes, aunque sujeto a principios y responsabilidades
que eviten los abusos... Estamos contra la federación; contra el
sistema representativo por el orden de elecciones que se ha seguido
hasta ahora; contra los ayuntamientos electivos y contra todo lo
que se llama elección popular... Creemos necesaria una nueva
división territorial, que confunda enteramente y haga olvidar la
actual forma de Estado y facilite la buena administración,
siendo éste el medio eficaz para que la federación no retoñe.
Pensamos que debe haber una fuerza armada en número
competente para las necesidades del país ...Estamos persuadidos
que nada de esto puede hacer un Congreso y quisiéramos que U.
lo hiciese ayudado por consejos, poco numerosos".44
En este nuevo intento, Alamán se inspiraba en el experimento francés de
1852 y, como ministro de Relaciones de la dictadura, pidió documentación al
ministro Levasseur,45 a quien confesó don Lucas:
"es en su ilustre soberano en quien se fundan todas nuestras
esperanzas futuras. Queremos calcar nuestras instituciones
políticas de las de Francia, incluso querríamos poder seguir su
ejemplo hasta el fin, estableciendo aquí una monarquía heredita-
ria... lo cual es imposible, lo sé; y aunque falte el título de
emperador al general Santa Anna, porque no puede adoptarlo,
querríamos que tuviera tal autoridad y fuerza. Pero para obtener
ese resultado necesitamos las simpatías de Europa en general y
el apoyo de Francia en particular ... pues padecermos la
constante amenaza de invasión de nuestros vecinos del norte".46
Alamán redactó las "Bases para la administración de la República", pero la
muerte interrumpió su proyecto el 2 de junio de 1853 y la república tuvo que
sufrir una dictadura abusiva que cometió toda clase de excesos: nuevas cargas
fiscales, aumento del ejército, venta de la Mesilla y exilio de los principales
liberales radicales, quienes al convivir en Nueva Orleans iban a compartir
ideas e ideales que pondrían en práctica el triunfo de la revolución de Ayutla.
Para ese momento, federalismo y liberalismo se habían fundido, tal vez
porque el centralismo había pasado a ser sinónimo de conservadurismo,
aunque el "liberal" Plan de Ayutla de marzo de 1854 no precisaba si las
"instituciones republicanas" demandadas serían centralistas o federalistas.
Declaraba la necesidad de constituir a la nación "de un modo estable y
duradero", para que garantizara las libertades individuales y protegiera la .
libertad de comercio.47
El centralismo, los onerosos impuestos para sostener el aumento del ejército
y el boato de "Su Alteza Serenísima", y la venta de la Mesilla permitieron una
gran movilización organizada por los pueblos y los estados. Aunque gran
parte del ejército se mantuvo fiel al santanismo, las guardias nacionales y el
apoyo de comerciantes y grupos medios llevaron a los liberales al triunfo en
1855. El fin de la lucha encontró dos partidos más o menos definidos, aunque
con variantes.
Los liberales eran republicanos, pero mantenían la división en puros y
moderados. Los conservadores eran republicanos o monarquistas, que a su
vez eran constitucionalistas o reaccionarios a la Alamán. Los grupos de la
Iglesia, fortalecida, aunque mantenían viejos contrastes, ahora se alineaban
con el monarquismo al igual que muchos militares de alta graduación.
Los liberales, moderados y puros, deseaban la reforma, pero diferían en la
forma de ponerla en práctica y el alcance de la misma; de todas formas, se les
impondrían las necesidades de la realidad. Así, fue el moderado Ignacio
Comonfort el que iba a decretar las primeras leyes reformistas: la Ley Lerdo,
(junio 1856) que adjudicaba en propiedad a los arrendatarios o inquilinos
todas las fincas rústicas y urbanas pertenecientes a las corporaciones civiles y
eclesiásticas, por el valor correspondiente a cada una, según su renta,
calculada como rédito al 6% anual; si no tenían arrendatario, se venderían en
subasta; la Juárez (noviembre 1856), que anulaba los fueros del clero y el
ejército, y la Ley Iglesias (abril 1857), que prohibía el cobro de obvenciones
parroquiales a los pobres y que respondía a los movimientos populares de la
década de 1840.
El Congreso Constituyente de 1856 representó una amplia gama de
opiniones, con un predomio de "progresistas" y, aunque los puros eran una
minoría, llevaron la voz cantante. No obstante, no lograron que se aprobara
la tolerancia de cultos, considerada fundamental para promover la
colonización. La constitución de 1857 no difería mucho de la de 1824, pero
ya no mencionaba la intolerancia religiosa y ampliaba las libertades y
garantías de la libertad individual. A pesar de considerarse moderada, no
tardó en provocar la reacción conservadora que significaría una guerra civil y,
después, la intervención extranjera.
La reacción conservadora radicalizó al bando liberal. El mismo moderado
Comonfort, después de someter el levantamiento de Puebla en 1856, intervino
los bienes de la Iglesia poblana para que ésta pagara los gastos de la
expedición. La promulgación de la Constitución, a pesar de ser conciliadora,
no pudo evitar que algunos moderados y el partido conservador decidieran
desconocerla, "para promover las instituciones análogas a sus usos y
costumbres",48 dando principio a la sangrienta guerra de Tres Años. Benito
Juárez, que abanderó al grupo puro, contó sólo con una parte menor del
ejército y las populares guardias nacionales.
La resistencia conservadora sirvió para que Miguel Lerdo de Tejada, el más
extremista anticlerical, exigiera la nacionalización de los bienes del clero.
Aunque Juárez y Melchor Ocampo favorecían también la separación de la
Iglesia y del Estado y la enajenación de los bienes para solucionar el problema
hacendario, hacer circular el capital y crear la clase media propietaria
indispensable para el desarrollo, consideraban necesario esperar el fin de la
lucha, para no atizarla.49
Mas la lucha se alargó y la necesidad de recursos obligó a liberales menos
exaltados, como Santos Degollado, a enajenar bienes de la Iglesia. De manera
que el propio Juárez terminó por aceptar la promulgación de las Leyes de
Reforma, cancelando la vía conciliatoria seguida hasta entonces. Así, entre el
12 de julio y el 6 de agosto de 1859, se promulgaron. Con la primera ley, la
Iglesia y el Estado se separaban y se nacionalizaban los bienes del clero
secular y regular. Las otras decretaron la desaparición de los monasterios de
hombres y de mujeres, a excepción de los de profesas; además, se declaró la
libertad de conciencia. Para despejar cualquier duda, el 4 de diciembre de
1860 una ley declaró la libertad de cultos. Otras disposiciones establecieron el
registro civil de nacimientos y matrimonios y la secularización de
cementerios.
Algo que vale la pena subrayar es que los puros superaban a los
constituyentes de 1824 en su admiración de los Estados Unidos y, según
parece, los hubo que llegaron a favorecer la anexión o el protectorado. Juárez
y Ocampo parecen haber buscado sólo la adopción del sistema político para
cambiar la sociedad y la firma del Tratado McLane-Ocampo sólo fue la
expresión de la desesperación ante el sitio conservador, que pudieron vencer
gracias al apoyo naval norteamericano, clave de la victoria.
Para neutralizar la amenaza de americanización, los conservadores
favorecieron la intervención armada francesa, que al final sellaría su ruina.
Una de las paradojas sería que Gutiérrez de Estrada elegiría al liberal
Maximiliano de Habsburgo para la monarquía mexicana, quien, al ratificar
las Leyes de Reforma, iba a consolidar la Reforma liberal.
El triunfo sobre la intervención permitió a Juárez ser conciliador con los
monarquistas. El liberalismo se encontró con "un ambiente intelectual nuevo,
influido en parte por la introducción de la filosofía positivista", y al perder su
carácter de ideología en lucha, se convirtió "en un mito político
unificador".50 Triunfantes, los liberales se centraron en el camino al progreso:
comunicaciones, colonización, educación e inversiones, es decir, el liberalismo
desarrollista que prevalecería hasta el inicio de la Revolución Mexicana.
Mas tanto Juárez y Sebastián Lerdo, como Porfirio Díaz, tendrían que
responder al mismo reto que sus antecesores, los liberales federalistas y
centralistas a partir de 1830: fortalecer el poder del gobierno nacional,
reduciendo la autonomía de los ayuntamientos y de los estados para darle a la
República la estabilidad que necesitaba para lograr el anhelado desarrollo.
Los dos, como ha visto claramente Carmagnani, se empeñaron en la
centralización política en la esfera federal y la descentralización política en los
estados para modernizar el Estado mexicano.51
Las ideas liberales que se reinterpretaron una y otra vez en México
acompañaron las vicisitudes de la nueva nación en su lucha por la
independencia, pasando por la fundación del Estado y su consolidación en
1867, en busca del cambio social que permitiera lograr la vieja meta de lograr
la modernización y el progreso material.
NOTAS
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mexicano. México, Iberoamericana, 1986, p. 13.

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Véase Norberto Bobbio y Nicola Mateucci, Diccionario de política. México, Siglo XXI, 1985,
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66.

"Expresamente propone que también indios y castas sean recompensados con oficios
públicos si tienen el talento y el mérito para ser nombrados". Pietschmann, "Protoliber-
alismo...", p. 31.

Federico Chabot calificó la tradición histórica del Imperio español como una federazione di
paesi. Citado por Antonio Annino, "Cádiz y la revolución de los pueblos mexicanos 1812-
1821 ", en A. Annino (ed.), Historia de las elecciones en Iberoamérica, siglo XIX. Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 184.

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National Power in the Nineteenth Century", Leiden 18-19 April, 1995.

Ibídem.

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Annino, "Cádiz y la ..,", p. 179.

El art. 104 del Plan de Casa Mata decía: "En el interín contesta el supremo gobierno, con
presencia de lo acordado por el ejército, la diputación provincial de esta provincia será la que
delibere en la parte administrativa si aquella resolución fuese de acuerdo con la opinión".
Juan Suárez y Navarro, Historia de México y del general Antonio López de Santa Anna.
México, INEHRM, 1987, p. 28.

Lucas Alamán, Historia de México. México, Fondo de Cultura Económica, 1985, vol. V, 716-
717.

Guadalajara sostuvo la posición más radical y expresó al ministro de Relaciones, que "no
había ley, tratado, ni compromiso que obligara depender a las provincias del centro".
Zacatecas siguió el mismo camino, pero advirtiendo que la federación podría conciliar el
interés "particular de las provincias, con el general de la nación". Jaime Olveda, La política
de Jalisco durante la República Federal. Guadalajara, Poderes de Jalisco, 1976, p. 20 y AGN,
Gobernación, caja 48, exp. 12, f. 4.

Manuel Chust, "La vía autonomista novohispana. Una propuesta federal en las Cortes de
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Lucas Alamán, "Examen Imparcial de la Administración del general vicepresidente D.
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"Examen imparcial..", III, 247.

Alicia Hernández, La tradición republicana del buen gobierno. México, Fondo de Cultura
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"La villa de Cuernavaca ... manifiesta... que su voluntad está en abierta repugnancia con las
leyes y decretos de proscripción de personas: las que se han dictado sobre reformas
religiosas... y con todas las demás disposiciones que traspasan los límites prescriptos en la
Constitución general y en las particulares de los estados". Acta del Pronunciamiento de
Cuernavaca, 25 de mayo, 1834. Josefina Zoraida Vázquez, Planes de la Nación Mexicana.
México, Senado de la República, 1987, tomo II, p. 214.

Manuel Herrera y Lasso, "Centralismo y federalismo, 1814-1843". Derechos del Pueblo
Mexicano. México a través de sus constituciones. México, XLVI Legislatura de la Cámara de
Diputados, 1967, vol. I, p. 627.

Ley sexta, inciso 22. Felipe Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México, 1808-1978.
México, Porrúa, 1978, p. 243.

De acuerdo a las Siete Leyes, habría 1 diputado por cada 100.000 habitantes; las Bases
concedieron 1 diputado por cada 70.000. En el primer caso, se requerían 30 años y una renta
de 1.500 pesos para ser diputado, que las Bases rebajaron a 1.200. Las Siete Leyes
autorizaban que cada Junta departamental eligiera 2, que debían tener 35 años y una renta de
2.500, mientras las Bases aumentaron el Senado a 63 miembros: 42 electos en representación
de diversos grupos sociales por las Asambleas Departamentales y 11 por los tres poderes
centrales. Los candidatos debían tener una renta de por lo menos 2.000 pesos. Las Juntas
Departamentales estaban formadas por 7 individuos bajo las Siete Leyes. Las Asambleas
Departamentales, de acuerdo a las Bases, aumentaron a 11.

Brian Hamnett, Juárez. Londres y Nueva York, 1994.

El Tiempo, 24 de enero de 1846. Noriega, El pensamiento conservador, II, pp. 352-3.

El Tiempo, 7 de febrero de 1846: "Y no crea el Memorial que nos asusta la palabra monarquía
representativa. La forma de gobierno que después de largas y sangrientas revueltas, ha
prevalecido en Inglaterra, Francia, España, Portugal, Bélgica, Holanda, los Estados más
civilizados del mundo; las instituciones que han podido resolver el gran problema de la
libertad, unida con el orden, pueden ser defendidos sin que haya motivos de avergonzarse".

En México, fue el Congreso Constituyente de 1842 el que señaló que el radicalismo del
federalismo de la Constitución de 1824 no respondía al modelo norteamericano, al aclarar
que el de entonces no era aquél por el "que lucharon vigorosamente Washington, Adams,
Hamilton". Citado en Reyes Heroles, El liberalismo, III, 362.

"Si dentro de un mes de publicada una ley del Congreso general, fuera reclamada por
inconstitucional, o por el Presidente, de acuerdo con su ministerio, o por diez diputados, o
seis senadores, o tres legislaturas, la Suprema Corte, ante la que se hará el reclamo, someterá
la ley al examen de las Legislaturas, las que dentro de tres meses, y precisamente en un mismo
día, darán su voto". Felipe Tena Ramírez, Leyes Fundamentales, pp. 474-475.

Carmagnani, "El Federalismo Liberal Mexicano", pp. 146-7.

González, "El pensamiento ...", p.64.

El Universal, 8 de enero de 1950.

García Cantú, op. cit., pp. 341-345.

Clark Crook Castán, "Los movimientos monárquicos en México", Tesis doctoral, El Colegio
de México, 1975, p. 149.

Despacho de Levasseur, 30 de abril, 1853. Lilia Díaz, Versión francesa de México. México, El
Colegio de México, 1963, tomo 1, p. 43.

Plan de Ayutla, 1 de marzo de 1854. Ernesto de la Torre, Planes de la Nación Mexicana.
México, Senado de la República, 1987, vol. V, pp. 228-9.

Plan de Tacubaya, 17 de diciembre, 1857. Alvaro Matute (ed.), Antología. México en el siglo
XIX. Fuentes e interpretaciones históricas. México, UNAM, 1972, pp. 296-297.

Martín Quirarte, El problema religioso en México. México, INAH, 1967, pp. 270-272.

Charles Hale, La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX. México,
Vuelta, 1991, p. 15.

Marcello Carmagnani, "El federalismo liberal". Marcello Carmagnani, Tres Federalismos,
México, Argentina, Brasil. México, Fondo de Cultura Económica, 1993. p. 175.

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