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| VOLUMEN 8 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1997 |
Pensamiento Político en América Latina
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Los retos politicos de la gobernabilidad
democrática en América Latina
MANUEL ALCÁNTARA SÁEZ
Universidad de Salamanca
El sistema político de los países latinoamericanos, por primera vez en la
historia, presenta un elevado índice de homogeneidad en lo atinente a sus
características básicas. Entre éstas caben destacar cinco: el principio de
democracia formal, la articulación partidista de la representación, una forma
de gobierno presidencialista con una marcada preponderancia del poder
ejecutivo, una fuerte tendencia al centralismo político que convive con
tímidos intentos de descentralización administrativa y de regionalización
supranacional, y una enorme dificultad a la hora de construir la ciudadanía
como ámbito en el que coincidan las arenas del mercado y de la sociedad
política. Los principales retos a la gobernabilidad democrática en América
Latina se encuentran al profundizar en estas características.
Aspectos de la democracia que inciden en la gobernabilidad
La democracia aparece como la única lógica de funcionamiento del sistema
político, situación que no solamente es generalizada a toda la región (salvo
Cuba) sino que no ofrece soluciones alternativas. De esta manera, la elección
de los gobernantes por medios libres y competitivos junto con la extensión del
estado de derecho que permite la práctica a toda la población de los derechos
políticos son elementos habituales de la vida cotidiana.
Las elecciones, sin embargo, están supeditadas a dos elementos que
condicionan el producto de las mismas y, por consiguiente, su propia
operatividad en el sistema político. El primero se refiere a las estrictas
condiciones societales que están en el origen de actitudes de los individuos con
relación a sus patrones de participación política. La orientación hacia el
abstencionismo como consecuencia de miedos históricos, percepciones sobre
la inutilidad del proceso electoral o desconfianza generalizada, está en la base
de una actitud que tiende a deslegitimar al propio sistema político
democrático, a veces alcanzado con sacrificios insuperables y a un costo
humano dramático, con consecuencias nefastas para la gobernabilidad del
sistema. Pero también la inclinación a organizarse en partidos supone una
evidente proclividad a asentar o, por el contrario, a dificultar el proceso
democrático y la gobernabilidad del mismo. Esto puede ser tanto
consecuencia de una voluntad asociativa más o menos desarrollada como a
resultas de la capacidad de recoger las rupturas históricas de la sociedad, bien
fuesen de carácter cultural, étnico, social o económico. La dificultad histórica
para articularse como partidos movimientos indígenas en aquellos países
donde éstos conforman minorías importantes es una notable constricción al
desarrollo político democrático. También lo es, en otro orden, la constricción
para demandar responsabilidades a los políticos que llegan a cargos de
representación catapultados por partidos que niegan formas de selección
abiertas y democráticas para sus candidatos.
No obstante, el número efectivo de partidos presente en la vida política
latinoamericana traduce realidades plurales de las sociedades. Estas visiones
contrastan con las más monolíticas que, superficialmente, muestran el
predominio de factores en clave de "antipolítica", mediante los que se
explican liderazgos coyunturales antipartido. Incluso dicho número choca,
como se aludirá más adelante, con la tendencia que, a priori, podría conducir
el presidencialismo favorable a una lógica dual gobierno-oposición, y por
ende al bipartidismo. La generalización de la fórmula de representación
proporcional ha ayudado, inequívocamente, a definir este estado de cosas.
Una visión similar se obtiene al observar los niveles de fragmentación
existentes.
El segundo elemento al que se encuentran supeditadas las elecciones es su
propia operativización mediante los mecanismos de representación que son
los sistemas electorales. El acuerdo y aceptación con respecto a unas reglas
que regulen el juego electoral no solamente se refiere a la transformación de la
voluntad popular en escaños, también afecta, como lo ha puesto durante años
el contencioso electoral mexicano hasta la reforma de julio de 1996, a los
organismos veladores del propio proceso electoral, a las garantías de los
electores y de los candidatos. Dificilmente un gobierno, como le ocurrió al
dirigido por Carlos Salinas, puede llevar a cabo su acción de manera
mínimamente confiable si no queda despejada la incógnita de la bondad de su
origen. La crisis de ingobernabilidad permanente queda ligada a su misma
existencia.
Por otra parte, el hecho de que se produzcan dos tipos de elecciones en los
poderes del estado (presidenciales y legislativas) introduce un escenario
sofisticado por cuanto obliga a la realización de análisis que tengan en cuenta
esta estructura dual. La elección presidencial, de carácter necesariamente
mayoritario por tratarse de un órgano unipersonal, ha ido conformándose,
desde que se introdujo en Ecuador y Perú a finales de la década de 1970,
siguiendo el criterio de la mayoría presidencial en segunda vuelta (ballotage).
Por el contrario, las elecciones legislativas son llevadas a cabo según el criterio
proporcional. Aunque éste es frecuentemente desvirtuado por el distinto
tamaño de las circunscripciones, la asignación de un número mínimo de
diputados por circunscripción con independencia de su tamaño y la
aplicación del umbral electoral, es evidente que al producir cierto reparto
de la representatividad tiende a conformar parlamentos con una presencia
plural de partidos en la que dificilmente se adquieren cuotas de mayoría. El
partido que apoya al presidente suele tener problemas para alcanzar una
mayoría confortable en el legislativo generando problemas de gobernabilidad.
La articulación partidista de la representación y la gobernabilidad
El análisis desde la óptica del número efectivo de partidos (Alcántara, 1996)
posibilita plantear que la evolución sufrida en América Latina en las dos
últimas elecciones al Congreso realizadas en los diferentes países muestra una
tendencia clara a la estabilización o, en su defecto, a la disminución de dicho
número. Lo que, a priori, podría reforzar la gobernabilidad del sistema,
aunque la disminución del número efectivo de partidos no indica más que la
posibilidad de hablar de una cierta estabilidad en el sistema de partidos1 o de un realineamiento partidista.
Únicamente el caso de Venezuela destaca por su
manifiesto incremento, traduciendo la inestabilidad vivida en dicho país
como consecuencia de la crisis de los partidos tradicionales y del surgimiento
de la opción electoral que apoyó a Rafael Caldera en su carrera presidencial.
En Paraguay, donde también se registra un incremento en el número de
partidos, éste es debido a la superación en las elecciones de 1993 de la
anómala situación generada por el comportamiento hegemónico del Partido
Colorado en los comicios de 1989; en 1993 la liza electoral se movió en el
marco de una mayor competencia real.
Los países latinoamericanos pueden encuadrarse en tres tipos de categorías.
La primera integra a aquellos casos en los que el número efectivo de partidos
es inferior a 2,40, aproximándose a la lógica de los sistemas bipartidistas, y
que recoge a Colombia, Costa Rica, Honduras, México y Paraguay (los
índices inferiores a 2 de este país en 1989 se debieron a la presencia
hegemónica del Partido Colorado en el Congreso). La segunda da cabida a
los sistemas de partidos de número situado entre 2,40 y 4,00, o de pluralismo
limitado, en la que se incluyen El Salvador, República Dominicana, Uruguay
y Bolivia. En la última categoría, con un número efectivo de partidos mayor a
cuatro, se encuentran Guatemala, Ecuador, Chile y Brasil.
El análisis de la concentración del voto permite visualizar la traducción de
los flujos electorales en escaños, medidos porcentualmente, de los dos
partidos más votados y, en un segundo nivel, de los cuatro partidos más
votados. De esta manera, se complementa el contenido del apartado anterior.
Al partir de la existencia de una competencia partidista mínima de dos
contendientes (los números efectivos de partidos de las últimas elecciones son
siempre superiores a dos), esta forma de observación facilita constatar el
diferente grado de concentración del voto entre los actores principales.
De los quince países estudiados (Alcántara, 1996), cuatro presentan una
alta concentración del voto en los dos partidos principales. En estos países:
Colombia, Costa Rica, Nicaragua (si bien UNO, la formación vencedora en
las elecciones, era una coalición electoral y no un partido político) y
Paraguay, como promedio, nueve de cada diez electores optaron por uno de
los dos principales partidos. Además, en otros cuatro países: El Salvador,
Guatemala, México, y Uruguay, el electorado concentró su voto en el mismo
porcentaje en los cuatro partidos principales.
Los países que presentan una menor concentración del voto en los dos
partidos principales son Brasil, Ecuador, Venezuela y Chile, aunque esta
concentración aumenta considerablemente al tenerse en cuenta los cuatro
partidos principales. Cabe destacar el caso de Panamá, puesto que sin
presentar una concentración de voto muy alta en los dos partidos
mayoritarios, no aumenta más que un 2% de los escaños en los cuatro
partidos mayoritarios.
Desde la óptica de la gobernabilidad, un número efectivo de partidos bajo y
una alta concentración del voto contribuyen a la misma, de suerte que en la
medida en que aumentan y se reducen, respectivamente, se hace más
problemática. Sin embargo, esta situación no debe conceptualizarse como de
únicas variables independientes. El correcto desempeño, en términos de
gobernabilidad, registrado en Chile durante la década de 1990 lo pone así de
relieve. El índice de fragmentación evalúa, con mayor claridad, cuál es la
relación existente entre el número de partidos y su tamaño así como la
competitividad interpartidista.2
La fragmentación parlamentaria se ha incrementado notablemente en
Colombia y Venezuela, aunque no llega a los valores de Brasil y, en segundo
término, de Ecuador, lo que traduce la crisis de sus sistemas de partidos. Por
el contrario, ha disminuido, también de forma acusada, en Guatemala y Perú,
países que encontraron serias dificultades al comienzo de la década de 1990 en
estabilizar su sistema de partidos. Como señalan Mainwaring y Scully (1995:
33), una fragmentación considerable en el sistema de partidos produce un
impacto mayor en los regímenes presidenciales, como los latinoamericanos,
que en los parlamentarios, siendo más problemática de cara a la
gobernabilidad del sistema político.
A pesar de no disponer de todos los índices de volatilidad3correspondientes a aquellos países de América
Latina en los que han tenido lugar elecciones legislativas sucesivas,
pueden establecerse tres categorías nacionales a la luz
de los índices obtenidos (Alcántara, 1996). La primera categoría incluiría a
Venezuela y a México, con volatilidades altas superiores al valor 18; en estos
casos el alto índice alcanzado no significa una falta de continuidad partidista
o ausencia de partidos políticos fuertes, más bien es la respuesta del
electorado ante la situación de crisis que se vive. La segunda categoría daría
cabida a Uruguay, Guatemala, Honduras y a Perú, con índices intermedios
comprendidos entre 11,2 y 8,5. Finalmente se encontraría el caso de Chile,
con una volatilidad de 6,6, lo que traduce un alto grado de consolidación del
sistema de partidos y de estabilidad de las preferencias electorales con
indudables efectos positivos sobre la gobernabilidad del sistema.
Los riesgos del presidencialismo preponderante
La forma de gobierno presidencial ha sido la vigente por excelencia en el
ordenamiento constitucional latinoamericano. Sin embargo, la tradicional
preponderancia del poder ejecutivo ha venido a eliminar una de las
principales virtudes teóricas de dicha forma basada en la división de poderes
o, si se prefiere, en el sistema de "frenos y contrafrenos". Históricamente, sólo
la imposibilidad de la reelección ha constituido una barrera al inmenso poder
que tienen en sus manos los presidentes. Ahora bien, las últimas reformas
constitucionales de Argentina y Perú han ido dirigidas a dulcificar ese
principio posibilitando una reelección consustantiva con una situación de
presidencialismo fuerte o de "democracia delegativa".4
En términos teóricos, uno de los motivos argÜidos para equiparar el
presidencialismo con cierta proclividad a la ingobernabilidad del sistema
democrático se basa en su poca flexibilidad para enfrentarse a crisis políticas.
Serrafero (1996), sin embargo, ha enfatizado cómo en los casos de Brasil y de
Venezuela, las crisis presidenciales fueron reconducidas por el mecanismo del
impeachment en un clima de gran movilización social y de temor a un golpe de
estado.
El principal problema, no obstante, que suscita el presidencialismo de cara
a la aparición de crisis en la acción de gobierno estriba en la "legitimidad
paralela" que tienen los poderes legislativo y ejecutivo como consecuencia del
refrendo popular de ambos. De ahí que el impacto de una fórmula electoral
contrapuesta para la elección de ambos tenga una importancia primordial
(Sartori, 1994 y Jones, 1995). La crisis desencadenada en Perú por Alberto
Fujimori no puede entenderse sin tener en cuenta el escenario de un
parlamento en el que el partido presidencial apenas si tenía el 20% de sus
escaños como consecuencia de la aplicación de un sistema de representación
proporcional y el presidente superaba el 50% del apoyo popular gracias al
caudal electoral recibido en la segunda vuelta.
También la relación del liderazgo del gobierno con la del partido
mayoritario tiene una gran importancia para asegurar la gobernabilidad,
toda vez que una situación de sintonía favorece, en principio, acciones
conjuntas protagonizadas por el ejecutivo y el legislativo, además de asegurar
apoyo social a la acción del gobierno. En este sentido, se refuerza la idea de
correlacionar situaciones de gobernabilidad, en regímenes presidenciales, con
la existencia de "partidos vigorosos del presidente". Sin la existencia de
dichas mayorías presidenciales, transformadas en presencia notable legisla-
tiva, la acción de gobierno se ve confrontada a continuos enfrentamientos
entre el legislativo y el ejecutivo que contribuyen a la crispación del ambiente
político. Asimismo fomentan la "compra" de votos legislativos por la
presidencia mediante la asignación de partidas presupuestarias para la libre
utilización por parte de los diputados, lo que se traduce en una
desestabilización de los grupos parlamentarios y en el surgimiento de un
sentimiento de corrupción generalizada.
Centralismo político frente a descentralización administrativa
La descentralización integra dos interpretaciones que, a veces, se dan
complementariamente. La primera, de carácter funcional, se refiere a aquellos
procesos que afectan a la distribución de funciones en el orden administrativo
y en la gestión pública. La segunda, de carácter espacial, concierne a la
"federalización" del poder. Mientras que la lógica que invade la primera línea
se sitúa en la búsqueda de eficiencia, teniendo que ver con aspectos clásicos de
la reforma del Estado, la lógica de la segunda se inserta en la democratización
del Estado y en la búsqueda, por tanto, de una mayor dosis de legitimación en
los niveles intermedios (regional y local).
La tendencia hacia una mayor federalización de los poderes políticos es
contradictoria. Por una parte, se registra un retroceso de las cámaras altas
que desaparecen del escenario constitucional; 5
por otra, se ha reforzado al
extenderse el ámbito de las reformas a propiciar la elegibilidad de los cargos
públicos regionales o municipales en los casos en que no se daba, 6
o a eliminar la tendencia a la intervención constante del poder central en la vida
política provincial o de los estados.7
Con frecuencia, la existencia de grandes urbes capitalinas, que absorben
ingentes cantidades de recursos financieros como resultado de su enorme
gravitación en el seno nacional, contribuye a fomentar prácticas centraliza-
doras que vienen acompañadas de prácticas no democráticas.8
Sólo en los
casos en que se produce un nivel mínimo de equilibrio regional, como
sucedería en Brasil y en Ecuador, es posible plantear procesos con mayor
éxito de descentralización política, pero entonces las rupturas societales
pueden llegar a ser tan fuertes que, en su incidencia en el sistema de partidos y
en la representación de intereses regionales divergentes, se abran crisis de
gobernabilidad.
Ciudadanía, mercado y sociedad política
El último ámbito se refiere a la necesidad de generar políticas que
contribuyan, de forma prioritaria, a la integración social en el sentido más
amplio posible paliando los efectos del libre mercado. El desarrollo de la
noción de ciudadanía, configurada como un obligado corolario del Estado de
Derecho (régimen democrático), obliga a superar la brecha que aleja a los
subciudadanos del núcleo central del régimen político. No es únicamente
cuestión de atraer a los ciudadanos a participar, tanto en los canales
formalizados (elecciones, partidos, sindicatos) como en los informalizados
(nuevos movimientos sociales) del régimen; se trata de incluirles en el sistema
político y éste abarca también al mercado.
En aquellas sociedades profundamente fragmentadas por problemas
étnicos o por una galopante marginación a la que han sido arrojados
millones de personas por los procesos de modernización (y de urbanización)
iniciados en la década de 1960, el Estado se convierte en el único actor con
posibilidades de implantar políticas sociales eficaces y arropadas simultánea-
mente de un carácter legítimo que, a la postre, faciliten la integración social,
elemento indispensable de una sociedad gobernable. Estas políticas sociales
no se refieren únicamente a las clásicas dibujadas en el orden de la educación,
la salud y la vivienda, por citar las tres más significativas; también abarcan al
entramado normativo mediante la eliminación de barreras legales discrimi-
natorias o gracias a la potenciación de instituciones autóctonas como
pudieran ser cooperativas, mercados campesinos y formas de propiedad
específicas.
La capacidad tributaria del Estado debe ser enfatizada suficientemente, de
forma que no sólo pueda implantar la reforma fiscal sino llevar a cabo las
medidas inherentes a la misma. La capacidad de imponer y de recaudar
impuestos es uno de los atributos más viejos de toda soberanía, pero esta
actividad instrumental necesita de un agente que culmine el ciclo de
transformar a las personas en votantes (reforma política) y de ahí en
contribuyentes (reforma económica). En la relación entre unos y otros se
termina por configurar el principio de la responsabilidad (accountability) en el
que descansa todo régimen democrático moderno. Tanto la imposición
general directa como la indirecta suponen una vinculación muy especial del
individuo con el Estado, que se aleja enormemente de la tradición anterior. El
Estado deja de ser un ente paternal extraño al quedar conformados aquellos
recursos con los que llevar adelante la más mínima acción de gobierno por las
aportaciones de unos sujetos que terminan por adquirir el carácter de
ciudadanos.
Esta situación, insólita para grandes masas marginadas de la población en
buen número de países latinoamericanos, requiere no sólo que el Estado
proporcione una determinada arena política donde participen, sino que,
asimismo, contribuya a la existencia de un mercado irrestricto. Lo cual
significa no solamente la idea de libre mercado sino algo más relevante, de
posibilidad real, por parte de la población, de incorporarse a este mercado y
de ahí poder tener acceso al flujo de los impuestos indirectos y donde el
desarrollo no excluyente les permita alcanzar un estadio en el que la
imposición directa deje de ser una quimera.
EPÍLOGO
El legado de las transiciones políticas y económicas acaecidas en los países
latinoamericanos configura un cuadro muy diferenciado, por una parte, de
los países industrializados y, por otra, de los países del este europeo y del
sudeste asiático. En América Latina cohabitan el régimen democrático y la
economía de mercado en una nueva situación derivada de los intentos de
superar las crisis acaecidas en la década anterior. A diferencia del este
europeo y del sudeste asiático, ambas transformaciones han sido consuma-
das. A diferencia de los países de la OCDE (sin tener en cuenta México,
admitido en 1994), el Estado tiene un reducido margen de maniobra y las
diferencias económicas existentes en las sociedades latinoamericanas dificul-
tan la integración social y un desarrollo más equilibrado. Comparten, con
alguno de estos últimos, problemas de ingeniería política que producen
inestabilidad y, por ende, relativa falta de confianza internacional, en un
momento en que, más que nunca, ésta es imprescindible habida cuenta de la
globalidad e interconexión de los mercados. Sin embargo, el hecho de no
haber conseguido ritualizar los procedimientos democráticos hace que los
países latinoamericanos no se alejen de una situación de permanente riesgo de
involución. Esta involución, que a medio plazo no se vislumbra como de crisis
de la democracia que derive en su quiebra, se articula en la discusión teórica
de las dificultades de la consolidación democrática y sus consecuencias en el
umbral de una crisis de gobernabilidad. El resultado no es otro que el
progresivo deterioro de los patrones de legitimidad como consecuencia de los
conflictos entre los poderes del Estado, de la marginación política de sectores
significativos de la población, de transformación de la democracia
representativa en una que posea el ya referido carácter "delegativo", de los
escándalos de corrupción y del vaciamiento de determinados valores
nacionales por los imperativos neoliberales. Igualmente, la pérdida de
eficacia de las políticas implantadas, como consecuencia de que no pudieran
producir desarrollo sostenido y de que no redistribuyeran la riqueza, agota
con rapidez el rédito adquirido por los gobernantes.
Por último, otro efecto del legado de la política anterior que constituye uno
de los problemas cruciales del momento presente se refiere a la dificultad de
compatibilizar la necesaria acción de gobierno, en los términos citados y bajo
el crisol democrático, con el deterioro de la imagen de los políticos en la
sociedad. A la situación de democracias sin demócratas puede seguirle una
mucho más peligrosa de política sin políticos que abra la vía de formas de
acción de gobierno en las que, una vez más, el sistema político democrático
quede desplazado del escenario latinoamericano.
NOTAS
Se ha señalado oportunamente que, con la excepción de Chile entre 1932 y 1973, todos los
regímenes democráticos latinoamericanos que han durado al menos un cuarto de siglo han
tenido un número efectivo de partidos inferior a 3. Tal ha sido el caso de Costa Rica,
Colombia, Venezuela y Uruguay (Mainwaring y Scully, 1995: 33).

Este índice se refiere "a la probabilidad de que dos votantes seleccionados al azar opten por
diferentes partidos en una determinada elección, o a la de que dos parlamentarios de una
misma legislatura, también seleccionados al azar, pertenezcan a partidos distintos"
(Montero, 1992: 272). El valor mínimo, cero, delata la existencia de una única opción
partidista y, por consiguiente, la ausencia de competencia. El valor máximo, uno, indica que
hay tantas opciones partidistas como casos. El valor intermedio (0,5) traduce la existencia de
dos partidos.

Los índices de volatilidad muestran "los cambios electorales agregados que se producen en
un sistema de partidos entre dos elecciones sucesivas y que se deben a transferencias
individuales del voto" (Montero, 1992: 283). La volatilidad cristaliza, por tanto, la
orientación del voto y la competitividad interpartidista gracias a los cambios habidos en los
porcentajes de voto entre dos elecciones. De una forma agregada como la aquí estudiada
pone de relieve la estabilidad de las preferencias electorales hacia un sistema de partidos
determinado. Una volatilidad alta representa que el electorado ha desplazado substantiva-
mente sus preferencias de unos partidos a otros, lo que viene derivado normalmente de que se
hubieran producido un importante número de altas y/o bajas dentro de los partidos
contendientes. Por otra parte, cuanto más bajos son los índices de volatilidad puede hablarse
de una mayor estabilización y consolidación del sistema de partidos en esos países,
circunstancia que contribuye a la gobernabilidad.

O'Donnell (1994) ha definido la "democracia delegativa" como aquélla que implica una
institucionalización débil y la ausencia de responsabilidad horizontal.

Esto ya ha sucedido en Ecuador, Perú y en toda América Central. En Colombia, en mayo de
1995, el presidente Samper propuso una reforma constitucional que eliminase el Senado.

Los casos más evidentes los han representado las reformas de la última década en Colombia,
Perú y Venezuela, que rompieron una larga tradición de no electibilidad en ayuntamientos y
regiones.

Esta práctica fue históricamente puesta en marcha mediante distintos mecanismos en los
países federales por antonomasia dé la región: Argentina, Brasil y México. Sin embargo, la
presidencia de Alfonsín supuso el hito histórico de ser la primera en que no se intervino
ninguna provincia argentina. Paralelamente, en México muy recientemente, la oposición al
gubernamental Partido Revolucionario Institucional ha conseguido que se le reconocieran
también por primera vez sus éxitos electorales en gobernaturas y municipios del país.

Hasta muy recientemente no ha sido sometida a sufragio universal la figura del regente en dos
de las principales urbes latinoamericanas como son Buenos Aires y México.

BIBLIOGRAFÍA
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Latina en la década de 1990". En América Latina Hoy, (Salamanca). NQ
13.
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Stanford University Press).
1992. MONTERO, José Ramón. "Las elecciones legislativas". En Ramón
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España (1975-1986). (Madrid. Centro de Investigaciones Sociológicas).
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1996. SERRAFERO, Mario. "El impeachment en América Latina:
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(Madrid). N4 92.
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