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| VOLUMEN 1 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1990 |
Nacionalismo en América Latina
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Nacionalismo e indigenismo:
la búsqueda de un pasado auténtico
ANTHONY D. SMITH
London School of Economics
El nacionalismo nos enfrenta con una paradoja fundamental. Por
un lado, los nacionalistas intentan "construir" naciones, crear insti-
tuciones modernas, integrar poblaciones dispares y forjar culturas
nacionales participativas; por otro lado, ellos están siempre invocando
el pasado nacional, volviendo atrás hacia una era de supuesta gloria,
hacia viejos héroes y épocas distantes, en la tierra natal. De aquí
el consabido "carácter de Janus" del nacionalismo, y la tendencia a
descartar ese nativismo arcaizante como no más que una retórica
narodnik para recorrer el doloroso camino hacia un modernismo
occidental mas accesible a la masa de la población1.
Pero, esta forma de describir la paradoja minimiza su significado. Los.
nacionalistas no son simplemente visionarios "forjadores de naciones"
y narodnnks arcaizantes; ellos construyen naciones, o intentan hacerlo,
retornando hacia un pasado nativo. Su indigenismo arcaizante es un
elemento integral del proceso de formación de naciones. El retorno al
pasado tampoco es una cuestión de "un paso atrás para luego adelantar
dos". La creación de una nación es un proceso continuo, un proceso
incesantemente renovado, que requiere un constante regreso a las
fuentes de la energía cultural nativa y, por ende, al pasado étnico
popular. Este es un componente esencial del programa del propio
nacionalismo, y un secreto de su éxito.
Creando un "pasado nacional"
Podemos ir más lejos aún. El retorno al pasado étnico no es solamente
necesario para "construir la nación"; el proceso de formación de
una nación crea un pasado en su propia imagen. El presente y sus
necesidades conforman un pasado adecuado a sus preconceptos. En
términos generales, esto significa que, para tener éxito en su proyecto
creativo, un movimiento nacionalista determinado debe:
- crear una antigÜedad comunal lo suficientemente digna;
- descubrir o crear mitos y tradiciones adecuados;
- construir una "comunidad étnica" apropiada.
Estos tres requisitos están fuertemente entrelazados; y ello puesto
que el sentido específico según el cual una comunidad es considerada
como constituidora de una etnia lo constituyen precisamente sus su-
puestos nexos de origen, la creencia subjetiva en una comunidad cuyos
miembros están unidos por una herencia cultural y una ascendencia
genealógica común; todo esto a su vez presupone un fondo de mitos
y tradiciones compartidos que se remontan hacia la era distante,
arcaica, del nacimiento de la comunidad y su grandeza heroica.
Estos procesos interconectados de formación de una etnia, creando
un pasado colectivo digno y descubriendo mitos, símbolos y tradiciones
apropiados, pueden ser ilustrados con ejemplos de varios continentes.
En 1896, la "renacida" nación magiar decidió celebrar su milenio de
existencia colectiva en Europa. Al conmemorar la fundación de los
asentamientos magiares por su heroico jefe, Arpad, y la subsiguiente
creación del reino húngaro por San Estéfano, la etnia magiar dominante
en la monarquía dual del trono húngaro estaba simultáneamente
demarcando su futuro político y económico como una sociedad mo-
derna, vibrante, y basando ese mismo futuro en un pasado a la vez
antiguo y comunal. Los grandiosos tableaux vivants históricos, las
procesiones, las dramáticas pinturas históricas de Gyula Benczur y
Ferenc Eisenhut, el inmenso Panorama de Feszty describiendo la
conquista de los eslavos por las tribus magiares en el siglo IX, el
Parlamento y otros edificios públicos de Ybl y Lechner, especialmente
el clásico e imponente Monumento Milenario (1894) en la Plaza de
Héroes, diseñado por Gyorgy Zala, con sus jefes magiares montados
bajo la colosal columna de la victoria; todo ello evocaba un sentir
de renacimiento nacional, de una antigua comunidad que retorna a
sus raíces en busca de inspiración al encarar las futuras tareas de
"construir una nación"2.
Con toda su teatralidad, los festejos del Milenio Húngaro de 1896
no fueron meras efusiones de un romanticismo con vistas al pasado.
Tuvieron lugar en medio de un período de veloz desarrollo económico
y social, especialmente en Budapest, la que fue testigo de invenciones
técnicas y una vida intelectual floreciente. La "euforia milenaria" no
estaba, por lo tanto, completamente fuera de lugar. La gran Exposición
Milenaria inaugurada en Budapest en mayo de 1896 exhibió más de
14.000 objetos en cuadros históricos que abarcaban desde el siglo X
hasta fines del siglo XIX. Hubo representaciones por campesinos en
vestimentas folklóricas y se construyó una aldea al aire libre para
presentar diferentes estilos regionales y étnicos de arquitectura. Las
veinticuatro casas de la aldea representaban doce regiones y doce
comunidades étnicas existentes en Hungría. Famosos artistas como
Szekely, Benczur y el anciano Mihaly Munkacsy con su Conquista
(1893), también celebraron el milenio de vida de los magiares en sus
"pinturas históricas".
Pero, junto a este género de arte ya en extinción, el nuevo arte folkló-
rico de origen campesino y los estilos de "Art Nouveau" fueron usados
para popularizar la teoría acerca del parentesco huno-magiar y el culto
de Atila, provenientes de crónicas medievales. Esta relación entre un
supuesto "mito de origen" y el retorno a industrias domésticas y al arte
folklórico es particularmente importante para el papel que un pasado
étnico desempeña en el establecimiento de una nación3. Una conexión
similar se hizo evidente a comienzos del siglo XX en la India. Aquí, la
segunda ola de nacionalismo hindú procuró movilizar a las clases
bajas hindúes en el conflicto sobre la Partición de Bengal en 1905 y
en la amplia campaña contra el dominio británico. Tilak, Banerjea,
Aurobindo y otros líderes crearon un mito hindú sobre orígenes y
descendencia, retornando a la antigua época de los Vedas (c. 1000
- 800 A.C.) y a los tempranos asentamientos arios en el norte de
la India. No solamente intentaron politizar conocidos textos sagrados
hindúes como el Bhagava-cita a fin de galvanizar a las gentes en la
lucha de expulsión de los británicos, sino que también abogaron por
cultos religiosos populares como los de Shivaji y la temida diosa Kali,
para comprometer a las clases bajas hindúes en el movimiento de
independencia4.
Al mismo tiempo, se comenzó a incentivar la cultura popular y las
artes y estilos de vida campesinos, aduciendo que éstos encarnaban
las verdaderas virtudes de la antigua¡a' .India. Aquí yacían las fuentes
morales y espirituales de la India en lucha contra la superioridad
tecnológica y económica occidental. Pero esto requería un claro y
consciente programa de reeducación si estas fuentes iban a ser utili-
zadas en beneficio de una futura India independiente. Este programa
debía partir de una reevaluación del pasado védico y ario y del
poder espiritual y cultural de la India rural. Este movimiento dual, de
regreso al pasado distante y a la cultura rural, determinó el contexto
para los exitosos llamados de Gandhi a la participación popular y el
apoyo a las campañas del Congreso Indio en las décadas de los '20
y '30. La "era dorada" de la India renacida no sólo yacía en la visión
idealizada de las clásicas ciudades-estado hindúes de la antigÜedad
védica -que demostraban la superioridad de la civilización india- sino
también en la pureza y simpleza de su economía, moral y cultura
aldeanas milenarias5.
Un ejemplo más, esta vez de América Latina, confirma el vínculo
entre el retorno a un antiguo pasado étnico y a la cultura y estilo de
vida "folklórico" rural en un periodo de modernización y comercializa-
ción incipiente. El impacto de la Guerra del Pacífico (1789 - 1793,
en la cual Chile derrotó a Perú y Bolivia) fue el que provocó una
reevaluación de la sociedad peruana nativa entre algunos intelectuales.
Gonzáles Prada, por ejemplo, atacó a la Iglesia, los militares y la
oligarquía terrateniente, en nombre de un pueblo que era más indio
que criollo. El verdadero Perú habitaba en las sierras, no en la costa,
y estaba sujeto a la mayor explotación. Para Prada y sus sucesores,
como Vicente Villarán y José Carlos Mariátegui (1895-1930), la cuestión
india era central para la definición de un Perú moderno y de su
identidad cultural. Pero esto, a su vez, significaba reconsiderar toda
la historia y el legado de la Conquista Española, y su relación para
con la herencia inca. Para los Apristas, seguidores de Haya de la Torre,
el renacimiento peruano estaba ligado a la posibilidad de restaurar
al indio y su cultura a su anterior posición en el imperio incaico.
La cuestión era si el indio moderno efectivamente podía asumir el
desafío de sus ilustres antepasados y sobrepasar a la Pan- América
anglosajona y su materialismo tecnológico6. Para Mariátegui y sus
seguidores socialistas, el vínculo entre el retorno al pasado incaico
y la cuestión india campesina residía en la necesidad de acción
política, cultural, revolucionaria, contra el sistema feudal de propiedad
de la tierra, que reducía a los indios a la condición de siervos de
los grandes terratenientes. Es interesante que el Partido Socialista
Peruano de Mariátegui, aunque oficialmente marxista, "tomó como
su modelo la comuna india peruana, o ayllu, que estaba basada en
estructuras sociales incas anteriores a la Conquista", y que el nombre
de la revista de arte y política de Mariátegui, Amauta, provenga del
término indio quechua "hombre-sabio" o "maestro". Asimismo, el primer
editorial de Mariátegui en 1926 explica: "El título expresa nuestra
adhesión a la raza india; él simplemente refleja nuestro compromiso
con el incaísmo. Pero la palabra cobra un nuevo sentido específico con
esta revista: le daremos nueva vida"7.
Fue con este espíritu que florecería el movimiento de escritores y
artistas indigenistas en Perú durante los años'20 y'30. El líder indiscu-
tido en las artes fue José Sabogal, cuya visión consagrada de El Alcalde
Indio de Chincheros: Varayoc (1925), con su sombrero y capa rojos y
su exagerado bastón de mando en negro y plata, está contrapuesta,
no obstante, a una aldea real y un paisaje andino, simbolizando la
continuidad de los indios de hoy con sus antepasados, los otrora
gobernantes incas. Sabogal contribuyó a Amauta, pero estaba más
interesado en plasmar la unidad cultural del Perú fomentando las artes
populares como la cerámica, y las figuras y los cacharros tallados en
madera, cuya forma seguía inalterada desde los tiempos de los incas.
Fue designado Director de la Escuela de Bellas Artes en 1932 e
inspiró a una generación de pintores indigenistas, incluyendo a Julia
Codesido, Camilo Blas y Mario Urteaga, en la tradición de novelistas
como Árguedas y Ciro Alegría, que describían la problemática actual
de los indios sin tierras8.
El movimiento peruano hace resaltar el doble vínculo entre el
presente modernizante y el pásado étnico, y entre la economía y
la cultura campesina actual y la pureza y grandeza del pasado. Al
mismo tiempo, el editorial de Mariátegui, que citábamos antes, resume
la compleja relación entre "herencia" y "creación" que subyace en el
corazón del nacionalismo indigenista.
Legitimación y movilización
Las diversas aproximaciones modernistas e instrumentalistas al
etnicismo, nacionalismo y política, en boga hoy en día, nos ofrecen
dos explicaciones de este vínculo. Por un lado, el retorno a un pasado
comunal se hace necesario para legitimar a las élites modernizantes y
sus innovaciones. Así, ya en 1958, Mary Matossian planteaba que las
tendencias nostálgicas y arcaizantes de tantos regímenes del Tercer
Mundo, como el de Sukarno, Nasser y el Congreso Indio inspirado por
Gandhi, surgían de la necesidad de invocar tradiciones étnicas para
reforzar y legitimar los muchos cambios sociales que estos regímenes se
empeñaban en llevar a cabo ante considerable resistencia. Esas mismas
necesidades bien pueden haber inspirado movimientos revolucionarios
en América Latina, cuyos programas de reforma agraria y reevaluación
de la cultura india generalmente enfrentarían semejante oposición.
De esta manera, un nacionalismo populista como el de los Apristas
requería tanto una base popular como intelectual, y la exhortación al
"incaísmo" servía para ambas, proveyendo una pauta y una visión para
inspirar la acción popular9. Mas este enfoque del retorno al pasado
étnico crea ciertos problemas: el "engranaje" entre tradiciones antiguas
y cambios modernos a que estos regímenes o movimientos aspiraban,
era a menudo inexacto y sujeto a incertidumbre y múltiples interpre-
taciones. ¿Qué exactamente legitimaba el ayllu inca?; ¿el socialismo?;
¿el comunismo?; ¿o simplemente un nacionalismo rural? Y, ¿qué lide-
razgos evoca hoy el distante pasado inca?
En segundo lugar, ¿por qué era realmente necesario retornar a
un pasado frecuentemente inadecuado para legitimar la revolución
nacional o social? ¿Se podía, verdaderamente, hacer más aceptable el
cambio radical invocando el pasado lejano de la comunidad, tanto en
el caso de los jinetes tribales de Arpad, como de los príncipes arios
de Kshatrya de la India clásica o los incas del Perú? La legitimación
a menudo requiere apelar a un precedente (si bien otros planos
son igualmente importantes); pero nos parece un tanto exagerado
y mecánico explicar los vínculos que describimos únicamente en tér-
minos de este factor. Por otro lado, el retorno a un pasado comunal
surge de la urgente necesidad de movilizar a las masas apelando
a sus emociones atávicas y a sus "sentimientos de masas". Aquí es
la burguesía o la intelectualidad la que incita al pueblo a la acción
colectiva y a la violencia en contra de gobernantes extranjeros o
colaboracionistas. Como hemos visto, Tilak, Gandhi y otros intentaron
extender la lucha del Congreso contra los británicos a los trabajadores
y las castas más bajas en el campo, y encontraron necesario apelar a
cultos hindúes y a la cultura folklórica a fin de evocar una respuesta
popular.
Fue con ese mismo espíritu que Haya de la Torre en Perú, y Franz Ta-
mayo y Gustavo Navarro en Bolivia, exhortaron a un renacimiento indio
como esencial para la creación de una auténtica identidad nacional
peruana y boliviana, libre de la dependencia en potencias exteriores10.
Sin embargo, nuevamente, esta teoría del retorno al pasado étnico,
aunque sí tiene cierta fuerza en determinadas instancias, crea algunos
problemas. En primer lugar, ella supone que la masas son siempre, o
por lo menos frecuentemente, convocadas y movilizadas; en tanto, un
análisis más detenido sugiere que, aun cuando la retórica nacionalista
alaba a las masas campesinas como "el auténtico pueblo", la práctica
nacionalista no siempre ha de procurar movilizar a las clases más bajas,
ya sea únicamente por temor a los riesgos a sus propias posiciones
que una estrategia semejante podría acarrear. Así, en Hungria, la
baja nobleza mantuvo con una rienda muy firme a los campesinos
magiares, o magiarizados, cuyas virtudes "auténticamente nacionales"
eran elogiadas en el canto, la danza y la pintura; de la misma manera,
varios líderes del Congreso temían los efectos de desencadenar a las
masas hindúes en sus campañas antibritánicas.
En segundo lugar, nuevamente surge la pregunta ¿por qué se debe
retornar a un pasado étnico distante, antiguo, para asegurar el apoyo
de las clases bajas? Si efectivamente se hace necesario apelar a
las "masas" en su idioma vernáculo, ¿por qué tiene esto que envolver
un redescubrimiento y reevaluación de los frecuentemente lejanos
pasados étnicos? ¿No es esto como sacarle brillo a un lirio? Por
otra parte, esto implica que las clases bajas y el campesinado llevan
consigo, intactos, los mitos y memorias de aquel pasado. Pero este
es un tema complejo y problemático, con variantes significativas en
cada caso. Más aún, las imágenes de la nación entretejidas por los
intelectuales que apelan al pueblo a menudo no concuerdan con las
nociones mucho más localizadas de campesinos indígenas y miembros
de tribus11.
Autenticidad y etno-historia
Si las aproximaciones instrumentales y modernistas descritas ante-
riormente parecen inadecuadas y poco convincentes, esto se debe,
en gran parte, a su fracaso en captar el significado del proyecto
nacionalista en un mundo multi-cultural. Solamente al examinar las
demandas del nacionalismo en un mundo de naciones-estado y de
etnias, podremos lograr un mayor entendimiento de la casi universal
conjunción de la formación de una nación con el regreso a un
pasado antiguo y a la cultura popular. ¿Cuál es la demanda central
del nacionalismo en un mundo de naciones?; que el "nosotros" en
cuestión constituya una "nación", un "yo" colectivo y culturalmente
distintivo, que aspira a ser un "sujeto de la historia", a determinar su
destino colectivo.
Ahora, la posibilidad de descubrir e identificar aquel "yo" colectivo
y de obtener la "auto-determinación" se basa en la creencia que el
"nosotros" en cuestión constituye una colectividad histórica distintiva,
con un sentido de continuidad con su pasado de comunidad cultural
única; con recuerdos compartidos de ese pasado distintivo y con
definidas creencias en un destino colectivo. Los tres componentes - el
sentido de continuidad con un pasado colectivo, los recuerdos com-
partidos de ese mismo pasado y las creencias comunes en un destino
colectivo -, todos ellos, juntos, forman una, identidad cultural colectiva.
Cuando agregamos a estos componentes un nombre propio común, un
mito de orígenes y de descendencia común, y la vinculación con una
patria particular, podemos denominar aquella identidad cultural en
cuestión, una identidad "étnica"12.
Mas la relación entre la formación de naciones e identidades étnicas
antecedentes es contingente, y de ninguna manera necesaria. Es decir,
es bastante concebible que se pueda construir una nación sin el
beneficio de un antecedente étnico comunitario. Si definimos la nación
como una comunidad territorialmente demarcada, con una cultura y
un sistema económico y legal común, podemos esperar ver procesos
de formación de naciones acordes a la construcción de estructuras
estatales. Al mismo tiempo, aunque sea concebible "construir" naciones
sin el beneficio de las comunidades étnicas antecedentes, esto ha
resultado extraordinariamente difícil. Y esta dificultad se debe a
las exigencias y requerimientos de ideologías nacionalistas en términos
de cuáles de estas "naciones" han de ser concebidas y formadas, ya sea
en Europa como en el Tercer Mundo13.
¿Cuáles son las principales demandas y aspiraciones nacionalistas?
Ellas incluyen:
1) la unidad de todos los ciudadanos y la creación de naciones homo-
géneas;
2) una identidad cultural única, que distinga la nación de las demás;
3) autonomía, es decir, su derecho a la autorealización, libre de inter-
ferencias externas o presión interna. ¿Dónde hemos de buscar para
hallar una nación que sea a la vez unificada, singular y autónoma? Sólo
en una identidad que sea genuinamente "nuestra", que sea "auténtica".
¿Y dónde ha de encontrarse tal autenticidad? Sólo en una cultura
vernácula y un pasado comunal; y el modelo para ambos, el estado
primitivo de cada uno, sólo puede ser descubierto penetrando muy
atrás en los orígenes del pasado comunitario y su era de oro, trazando
una etno-historia específica y, de tal modo, revelando la comunidad
moral con sus valores primitivos en el corazón y raíz de la sociedad
actual. Solamente así podremos arribar a una experiencia colectiva
auténtica14.
De esta manera, vemos que el retorno al pasado antiguo y a la
cultura indígena son aspectos del mayor retorno a la naturaleza que
proponían Rousseau y sus seguidores, y que el neoclasicismo romántico
de fines del siglo XVIII en Europa occidental, con su convocación a
una cultura de virtud ennoblecedora, exportó a otros continentes.
A medida que distintas regiones en cada uno de estos continentes
empezaron a experimentar las convulsiones anteriormente sentidas en
Francia, Europa occidental y América del Norte, ellas también comen-
zaron la prolongada búsqueda de una identidad nacional distintiva,
unificada y autónoma en el doble retorno a la cultura vernácula y a
la antiguedad étnica. Esa búsqueda asume un significado especial en
aquellos lugares donde las identidades culturales eran simultáneamen-
te recientes y de gran antigÜedad. Estos fueron los casos de orígenes
mixtos y culturas plurales. Así es que en México, a fines del siglo XVIII
y comienzos del XIX, encontramos varios escritores y algunos políticos
reivindicando la herencia azteca como la antigÜedad de la moderna
nación criolla de México. En esa misma vena, Francisco Clavijero
(1731-1787) adoptó el neo-aztecismo de la Monarquía Indiana (1615)
de Juan de Torquemada y lo volvió contra los españoles en nombre
de los indios contemporáneos descendientes de los aztecas, puesto
que él atribuía el estado lamentable de los indios contemporáneos
a los efectos de la conquista española. Lo que necesitaba era una
mayor fusión de las razas, la creación de un México mestizo. Fueron
sus sucesores, Servando Teresa de Mier y Carlos María de Bustamante,
así como Morelos, quienes habrían de sentar la conclusión política de
que la nación mexicana poseía una identidad separada y requería
unidad y autonomía mediante su declaración de independencia de
España. De esta manera, el neo-aztecismo, junto con el culto a la Virgen
India de Guadalupe, a quien el padre Hidalgo proclamara patrona del
movimiento de independencia en 1810, sirvieron el doble propósito
de proveer un antiguo pasado étnico y al mismo tiempo una cultura
vernácula para los criollos en busca de una identidad nacional viable15.
Revolución e indigenismo
En realidad, este doble retorno al pasado azteca y a la cultura india
fue estrangulado en 1821 y no sería resucitado sino hasta 1910, con la
Revolución Mexicana, cuya violencia y desorden volverían a plantear
en forma aguda la cuestión de la identidad nacional. Yo quisiera
concluir considerando brevemente los componentes fundamentales
subyacentes de esta cuestión en la secuela de aquella revolución.
Cuando, en 1920, el nuevo presidente Obregón instaló al filósofo
José Vasconcelos como su Ministro de Educación y ex Presidente
de la Universidad, introdujo una nueva era cultural en México y, a
través de su influencia revolucionaria, en toda América Latina. Con
su teoría del tercer eslabón, estético, de la evolución humana, Vascon-
celos puso las artes visuales al servicio de la revolución, alentando
al sindicato de pintores y al movimiento muralista de los años '20. El
arte mural, que gozaba de larga historia en México desde antes de la
Conquista, se convirtió en el medio a través del cual se exploraban
la historia e identidad antigua y reciente de México, y se reexaminaba
y reconsideraba la cuestión india, el problema de los pueblos nativos
y sus culturas vernáculas. Para los muralistas, las tradiciones indias
se convirtieron en el modelo para sus ideales socialistas de arte
libre, abierto y público. La Declaración del Sindicato de Trabajadores
Técnicos, Pintores y Escultores de 1922 rechazó la larga dependencia
del arte mexicano:
"El noble trabajo de nuestra raza ... es nativo (e indio) en origen.
Con su admirable y extraordinario talento para crear belleza,
peculiar a él mismo, el arte del pueblo mexicano es la más sana
expresión espiritual en el mundo, y esta tradición es nuestro
mayor tesoro. Grandioso, porque pertenece exclusivamente al
pueblo y es por esto que nuestro objetivo estético fundamental
tiene que ser socializar la expresión artística y suprimir el
individuo burgués"16.
Estas ideas debían mucho a los escritos de Manuel Gamio, quien
había investigado la composición etnográfica y la arqueología del valle
y la ciudad de Teotihuacán, durante la preconquista. En 1916 publicó
Forjando Patria, en el que atribuía la miseria de los indios actuales a la
concentración de tierras cultivables en manos de una minúscula élite
de terratenientes y a la supresión de la vida y cultura indias después
de la Conquista, pero especialmente después de las reformas de los
años '50 del siglo XIX. Más adelante, Gamio habría de abogar por
la asimilación inducida de los indios a la "civilización contemporánea
de ideas avanzadas, modernas". Si bien reconocía la belleza y el valor
de la artesanía y las artes folklóricas indias, al mismo tiempo las
condenaba como expresiones de retraso: aunque su `vida arcaica,
que oscila del artificio a la ilusión y superstición, es curiosa, atractiva
y original"17.
Fue precisamente esta originalidad la que estimuló la imaginación de
los muralistas indigenistas mexicanos. En 1921, Diego Rivera, recien-
temente vuelto de Europa y de su recorrido por los ciclos de frescos
italianos, acompañó al grupo de artistas y escritores encabezado por
Vasconcelos a Chichén Itza y Uxmal en Yucatán, antes de ser cautivado
por la vida y cultura india en Tehuantepec. Si bien fue precedido por
las imágenes mayas de Carlos Mérida, Rivera, junto con Jean Charlot,
fue el primero en ennoblecer e idealizar el pasado precolombino y sus
civilizaciones mexicanas. El no solamente coleccionó un gran número
de artefactos precolombinos, sino también estudió la monumental
escultura tolteca y azteca, y mas aún, las copias de manuscritos
pictográficos aztecas del temprano período colonial, ejecutadas por
pintores nativos para españoles interesados, como el fraile franciscano
Bernardino de Sahagun, a mediados del siglo XVI18.
Pero fue su viaje a Tehuantepec el que proporcionó el estímulo más
poderoso a su recreación del pasado mundo precolombino. Había que-
dado fuertemente impresionado por las mujeres de la región, con sus
largos vestidos cayendo en pliegues rígidos y sus peinados trenzados;
ellas parecían figuras del arte antiguo griego o romano. Este contacto
con la vida india tuvo un profundo efecto, no solamente en su estilo
artístico, sino también en su visión de México19.
Esa visión se alineaba con el nacionalismo cultural oficial del
gobierno mexicano, el cual procuraba elevar, incorporando dentro
de una visión de una nación étnicamente compuesta, a los indios
contemporáneos y a la herencia india precolombina. Un nuevo mito
etno-nacional se estaba formando, y los muralistas eran, de hecho,
sus efectivos creadores y proveedores. Siqueiros, Orozco, Leal, Dr. Atl,
pero especialmente Rivera, promovieron, a través de su arte mural,
una vigorosa búsqueda del pasado indio en sus aspectos específicos:
- la historia y civilización de los aztecas, toltecas, mixtecas, mayas,
etc.;
- el arte, la arquitectura y la cultura precolombinos;
- la religión, ciencia, tradiciones y mitos de las civilizaciones preco-
lombinas;
- el "indio auténtico" y su forma de vida;
- la imagen idealizada de la comunidad i 3ia precolombina.
Son estos dos últimos elementos los que particularmente nos con-
ciernen aquí, pues era precisamente ese anhelo por un México "autén-
tico"; representado por su época antigua - fuente de su individualidad
y base de su desarrollo -, en el que el indigenismo cultural oficial
aspiraba cimentar una nueva identidad mexicana. Esa identidad, de
acuerdo a la teoría de Vasconcelos, estaba basada en una fusión
de razas, encarnada por la población mestiza que Clavijero había
elogiado más de un siglo antes y que ahora representaba la mayoría
en la heterogénea composición de México. Estas opiniones se deben en
gran medida a los análisis de uno de los críticos más agudos de Díaz,
Molina Enríquez, quien planteara que el mestizo constituía la única base
concebible para una identidad nacional genuinamente mexicana. Al
mismo tiempo, esta solución política ignoraba la dimensión cultural20.
En México, como en otros nuevos estados poliétnicos, la situación de
forjar una identidad nacional que no solamente sirva como cemento
socio-político, sino también como lazo afectivo e inspiración colectiva,
no deja de ser una preocupación constante. Junto a los problemas
inmediatos de desarrollo económico y justicia social, el problema de
identidad colectiva, de "quién somos y a dónde vamos", es particular-
mente urgente e inquietante en sociedades étnicamente heterogéneas.
El retorno al pasado, cuyo valor yace en su aparente autenticidad,
su capacidad de decirnos quiénes somos realmente, el único que
puede inspirar a la acción colectiva, parece proporcionar una solución
"natural" y armónica a una identidad cultural dudosa o fracturada.
Fue exactamente esta armonía y certeza, este confiado sentido de
identidad cultural que se extendía atrás hacia la antigÜedad preco-
lombina, que Diego Rivera y los otros muralistas representaron en
sus estudios de campesinos enraizados en sus ambientes y en sus
panoramas de historia mexicana y de civilizaciones antiguas. Fueron
los propios artistas y escritores indigenistas quienes crearon el mito de
la mexicanidad auténtica basada en la antigua herencia india; mas
resultaron convincentes para un sector más amplio de la población,
hasta el extremo de reunir conjuntamente la visión histórica con la
dimensión "folklórica" vernácula, invistiendo la figura del indio con un
simbolismo nacional21.
Conclusión
El indigenismo mexicano, entonces, es un primer ejemplo de cómo
el retorno a un pasado étnico y a una cultura antigua auténtica
parece proporcionar una solución "natural" y armónica al presionante
problema de identidad colectiva en estados nuevos y sociedades divi-
didas en la secuela de un cambio social revolucionario. Esta búsqueda
en pos de una identidad nacional auténtica y única está entrelazada
tanto con los procesos modernos de comunicación y de socialización
en una cultura civil, como con las demandas y constricciones del
sistema de estados competidores en el orden político y económico
global. Es decir, tanto presiones internas de aculturación masiva como
fuerzas externas de dominación tienden a ubicar la búsqueda de
una identidad colectiva al frente de las preocupaciones culturales y
políticas contemporáneas. Al mismo tiempo, estas ambiciones surgen
igualmente del encuentro entre estas presiones modernas y los lazos
y sentimientos étnicos y sociales preexistentes.
El retorno a los "valores nativos" y a la "historia nativa" - a veces de
gran antigÜedad - debe ser entendido, no como una reacción contra
las fuerzas de cambio social, ni tampoco como una restauración del
status quo anterior, sino como una reconstrucción de la etno-historia
por parte de la intelectualidad y de otras esferas sociales, de acuerdo
a sus intereses y necesidades; una reconstrucción del pasado antiguo
por una generación actual, que requiere ese pasado a fin de crearse a
sí misma como comunidad y de guiar su destino colectivo. A estas
inmediatas y urgentes necesidades de la comunidad en un mundo de
naciones-estado, debe agregarse la velada, pero no menos poderosa,
aspiración a la inmortalidad terrestre; a escapar al olvido y a la
futilidad de la muerte mediante la inmersión del ser en la comunidad
y a través de la marca que uno deje impresa en sus logros para la
posteridad.
El ser parte de una "comunidad de historia y destino" se ha convertido
en la consecuencia natural de la participación en el mundo moderno
de naciones-estado22.
Pero la invocación a un tipo de comunidad cultural histórica seme-
jante no está libre de las limitaciones de la especificidad histórica;
es decir, los símbolos, mitos, memorias, tradiciones, etc., que, solos,
pueden proporcionar un dejo popular y un sentido de pertenencia y
de identificación colectiva. Entonces, se hace necesario observar estos
límites, trabajar dentro de ellos, desentrañar la "herencia" recibida y, al
mismo tiempo, ir recreando y reproduciendo'esa misma herencia para
la generación presente, de acuerdo a sus necesidades. Si se percibe el
pasado en términos del presente, el presente está igualmente deter-
minado por la herencia y las memorias del pasado comunal. De esta
manera, en una era de nacionalismo, la antigua percepción religiosa
cobra un nuevo sentido:
El olvido conduce al exilio mientras que el recuerdo es el secreto de
la redención23.
NOTAS
Ver, Gellner (1964, cap. 7) para esta tendencia, y Nairn (1977, cap. 9) para el
carácter de "Janus" del nacionalismo.

Detalles de estos festejos milenarios son detallados en Gyongi Eri y Zsuzsa Jobbágyi:
'The Millenial Celebrations of 1896", en A Golden Ale, (1989, 47-59).

Para la pintura histórica de esta época y el mitó Nel parentesco huno-magiar, ver
Lajos Nemeth: "Art, Nationalism and the Fin de Siécle", en A Golden Age (1989,
19-29); y para los componentes "folkóricos" etnográficos, ver Tamas Hofer: "The
creation of ethnic symbols from the elements of peasant culture", en Sugar (1980,
101-45).

Ver, por ejemplo, M. Adenwalla: "Hindu Concepts and the Gita in early Indian
national thought", en Sakai (1961): cf. Kedourie (1971, Introducción).

Ver, por ejemplo, McCulley (1966), acerca del retorno a un pasado ario y védico
entre los hindúes con educación británica.

Sobre Prada, Mariátegui y los Apristas, ver Whitaker y Jordan (1966, 104-10) y
Masur (1966, 94-100). La imagen común del indio andino era la de una raza melan-
cólica, estoica, perezosa, traicionera, sufrida, etc., una "raza antigua y misteriosa";
la cuestión era si la reforma agraria y la educación podrían alterar el "carácter racial"
y "modernizar" al indio y, por consiguiente, a Perú, Bolivia y México.

"Editorial", Amauta, No. 1, Lima 1926, citado en Art in Latin America (1989, 316-7);
sobre la comuna india peruana o ayllu, ver ibídem, 203 (131 para el significado de
Amauta, .y la influencia cultural de Mariátegui).

Para la pintura y carrera de Sabogal, ver Art in Latin America (1989, cap. 9, esp.
195, 203-5); cf. Masur 1966 99) para los novelistas indigenistas. Para Arguedas y
Alegría, ver Franco (19 0, 117-30).

Ver Matossian (1958); la idea del pasado como precedente étnico y legitimador
puede también ser encontrada en Kedourie 1971 Introducción); en combinación
con un mito nacional, puede legitimar la accion piítica revolucionaria.

Para Tilak y otros nacionalistas hindúes ver Sakai (1961); para Tamayo y Navarro,
ver Whitaker y Jordan (1966, 140-1). La noción de "sentimientos de masa" se
encuentra en Nairn (1977, cap.2).

Para esta apelación a las "masas" en el vernáculo, ver, además de Nairn, Anderson
(1983, cap. 5). Para una visión alternativa del abismo cultural entre las élites urbanas
el campesinado explotado ver Gellner (1983, cap. 2).

Para otras discusiones de ¡os conceptos de identidad étnica y comunidad, ver inter
alia, A.D. Smith (1984) y Horowitz (1985 caps.l-2)

Para una discusión mucho más competa de la relación de etnia a la formación
de naciones, ver A. D. Smith (1986, caps. 6-8); para un estudio histórico general, ver
Seton-Watson (1977, caps. 2-5).

De aquí la influencia de Herder en tantos casos, aunque los herderianos general-
mente han tenido menos impacto en los nacionalismos políticos y territoriales; ver,
sobre Herder, Berlin (1976). La autenticidad a menudo es aliada de la arqueología, la
romántica búsqueda de raíces en el subsuelo mediante técnicas científicas, minuciosa
documentación y excavaciones; ver los casos de Israel y Zimbabwe citados por
Chamberlin (1979, cap.2).

Para un meticuloso análisis de Clavijero y sus sucesores, y sus actitudes hacia
la cuestión india, ver John L. Phelan: "Neo-Aztecism in the elghteenth century and
the genesis of Mexican nationalism", en Diamond (1960, 760-70); más generalmente
sobre la cuestión de "raza", ver Mórner (1970).

Citado en Art in Latín America (1989, 154; también en el Apéndice 7.2, p. 324);
sobre el movimiento muralista, ibídem, cap. 7, y cf. Masur (1966, 80-82).

Citado en Art in Latín America (1989, 200). En las palabras de Gamio puede
encontrarse reenunciada la paradoja inicial de la "construcción de una nación`:
la necesidad de ser a la vez avanzada y original, contemporánea y distintiva, y
tan "arcaica" o mejor, "rudimentaria" y"simple, como la antigua, es decir, como
la antigÜedad greco-romana para la civilizacion europea moderna. Sobre el uso de
la última por el neo-clasicismo, ver Rosenblum (1967, caps. 1-2).

Para las visitas de Rivera a su regreso a México en 1921, ver Diego Rivera (1986,
53-6, 209-10) y Art in Latín America (1989, cap.7); para su uso de temas indios
y pictografías aztecas coloniales, ver Betty Ann Brown: 'The Past Idealised: Diego
Rivera's Use of Pre-Columbian Imagery", en Diego Rivera (1986, 139-55).

Esto se manifiesta particularmente en sus dibujos; ver Ellen Sharp: "Rivera as
a Draftsman", en Diego Rivera (1986, 203-13). Más o menos un mismo impacto
tuvo sobre Delacroix la población nativa de Argelia durante su visita de 1830;
ellos también le parecieron ser las encarnaciones modernas de los ancestros greco-
romanos de Europa.

Sobre Molina Enríquez, ver Whitaker y Jordan (1966, 37-8). Para una breve des-
cripción de las ideas y el rol de José Vasconcelos (1882-1959)1 ver Franco (1970, 85-7,
90-1). Pero no todos los grandes muralistas mexicanos eran igualmente indigenistas.
A Siqueiros y Orozco generalmente les preocupaba más un arte "proletario"; pero
ellos también tendían a retornar a motivos indios cuando se concentraban en el
campesinado empobrecido, a pesar de que compartían la creencia popular sobre
la necesidad de "mestizar" al indio de acuerdo con el nacionalismo cultural oficial.
Para un indigenismo cultural paralelo en Irlanda, ver Hutchinson (1987, caps. 4-7).

Para algunas criticas del "arcaísmo" y "estrechez" de algunas manifestaciones de
este indigenismo, notablemente por Orozco, ver Franco (1970, 90-1; 121-2).

Para la tesis de que el presente da forma al pasado étnico, ver Tonkin, McDonald
y Chapman (1989, Introducción - History and Social Anthropology); pero para una
crítica de este "presentismo bloqueante" que subaya los usos creativos de los pasados
étnicos ver J.D.Y. Peel: `°fhe cultural work of Yoruba ethnogenesis", en ibídem (1989,
198-211).

Un dicho del Baal Shem Tov, el fundador del Jasidismo.

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