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| DE AMERICA LATINA |
| Y EL CARIBE | |

| VOLUMEN 1 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1990 |
Nacionalismo en América Latina
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La crisis del estado
nacional latinoamericano
MARCOS KAPLAN
Universidad Nacional
Autónoma de México
I. El contexto histórico y sociopolitico
El Estado nacional de la mayoría de los países latinoamericanos ha
ido tendiendo cada vez mas al intervencionismo, a la autonomización
y a la supremacía1. Ha ocurrido así con el Estado considerado a la vez
como aparato, como institución, como encarnación de las élites diri-
gentes públicas, y como actor central de la sociedad y sus desarrollos.
Este Leviathan criollo, sin embargo, ha ido alcanzando casi simultá-
neamente su culminación y su entrada en crisis. Diversas fuerzas
y procesos, dentro y fuera de los respectivos países, dentro y fuera
del propio Estado, lo han lanzado a un creciente intervencionismo
en la economía y la sociedad, a una pretensión-realidad de rectoría
del desarrollo, a una considerable independencia de las principales
fuerzas y estructuras de los sistemas nacionales. También, y al mismo
tiempo, lo coaccionan, lo desgastan, lo amenazan en su coherencia
e integridad, en su autonomía y en su supremacía, en su eficacia y
permanencia, y en su existencia misma.
Desde la fase colonial, y luego a través de las fases y procesos
de emancipación política, de incorporacón a la economía mundial,
de sometimiento a la nueva división mundial del trabajo con centro
y eje en la Primera Revolución Industrial, y de hegemonía británico-
occidental, los principales países latinoamericanos presentan una
constante histórica. Es la constituida por la estructura y la dinámica
de la centralización, de omnipresencia y omnipotencia del Estado y
las élites públicas. Ello no hace más que acentuarse en la fase de
transición, desde principios del siglo XX hasta 19302.
Estos fenómenos y procesos deben ser examinados en el marco de
una constelación problemática. Es la constituida por el Estado en sus
interrelaciones con el mundo exterior (diversas fases de la economía
mundial y de la división internacional del trabajo, del continuo de
tres Revoluciones Industriales y Científico-Tecnológicas, del orden
político global), por una parte; con la sociedad civil y la sociedad
política (en la medida en que una y otra tienen algún grado de
emergencia y significación), y con el camino y estilo de desarrollo que
se aplicó o se intenta aplicar, por la otra.
Desde los comienzos del siglo XIX, a través de la independencia
y de la organización nacionales hasta la fecha, el proyecto de incor-
poración al proceso mundial de modernización, los prototipos de
economía y sociedad, de Estado y democracia, el camino/estilo de
desarrollo, provienen de un marco de referencia externo a los respec-
tivos países3. Han sido transplantados a los países latinoamericanos
desde el puñado de países desarrollados de la época (Inglaterra,
Francia, Estados Unidos) e interiorizados como fuerzas, estructuras
y dinámicas nacionales. En el mismo proceso, proyectos, prototipos
e intentos han desarrollado una historia y una especificidad propias,
sus entrelazamientos e interacciones, sus redes y constelaciones de
fenómenos y dinamismos. Han sido además proyectos, prototipos,
intentos anticipatorios respecto a las premisas y bases que deberían
haber tenido, y a los contenidos y resultados que pretendieron tener
o prometieron lograr. La incorporación al sistema económico-político
mundial y a los sucesivos patrones de división mundial del trabajo
convirtió al uno y a la otra en marcos de referencia impositivos, pero
cambiantes. Se creó y mantuvo, por consiguiente, el peligro de desajuste
y retraso. Se impuso, y fue aceptada,la exigencia de la reestructuración
interna de los respectivos países como un ajuste pasivo a las coacciones
exteriores, para posibilitar a la vez la inserción en el sistema económico-
político mundial, el crecimiento y la modernización exteriores, la
instauración y continuidad de un nuevo sistema de dominación. La
permanente búsqueda de caminos e importación de fórmulas y formas
externas ha llevado a subestimar o negar la importancia y la necesidad
de producir internamente los prerrequisitos, los componentes y los
resultados del crecimiento, la modernización, el cambio social, el
Estado nacional, la democracia, la cultura y la ciencia. Los países
latinoamericanos han carecido de las expresiones, las similitudes o
las equivalencias del Renacimiento y de la Reforma religiosa, del
Siglo de las Luces, del espíritu burgués y de la empresa capitalista,
de la revolución democrática de la sociedad civil, del principio de
ciudadanía, del Estado de Derecho. Esta carencia acumulativa ha
estado presente y ha incidido negativamente sobre los rasgos y logros
de los respectivos desarrollos nacionales, y así se ha mantenido hasta
la época actual.
A partir de 1930, América Latina entra en una fase de crisis estruc-
tural permanente, en la cual se incrementan el intervencionismo y la
autonomización del Estado y las élites públicas. Ello ocurre a partir
del desarrollo preexistente del uno y las otras; de su lógica y dinámica
propias, de los efectos de las modificaciones en el modo de inserción
en un sistema internacional y una división mundial del trabajo en
transformación; de las modalidades específicas del crecimiento y la
modernización; de la amplia gama de cambios y conflictos sociales y
cultural-ideológicos, y de crisis políticas.
El sistema internacional, en emergencia desde los años de 1930 y
sobre todo desde la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, al cual
se van ajustando los países latinoamericanos, se caracteriza ante todo
por la interdependencia asimétrica; por la concentración del poder
mundial en dos superpotencias como cabezas y polos de bloques;
por una nueva división mundial del trabajo que se entrelaza con el
tránsito de la Segunda a la Tercera Revolución Industrial y Científico-
Tecnológica4.
En la pirámide resultante, los países latinoamericanos se incorporan
casi totalmente a la hegemonía de los Estados Unidos. Sufren una
constelación de fenómenos y procesos de dominación - dependencia
- desarrollo desigual y combinado, que los constituye y mantiene con
una baja capacidad para la autonomía en cuanto al camino-estilo
de desarrollo, al tipo de sociedad y sistema político, y al manejo
de las relaciones internacionales. A la vez factor, componente y
resultado de este sistema internacional, la nueva división mundial
del trabajo (NDMT) tiene decisivas implicaciones para los Estados
latinoamericanos. Las empresas transnacionales se convierten en un
actor predominante y cuasi-decisivo del nuevo escenario internacional.
A su papel y al de los Estados de sus países de origen y de base
corresponde la redistribución de los papeles y funciones de naciones,
regiones y ramas dentro del sistema productivo mundial, y en una
perspectiva planetaria. Los principales órganos e instrumentos de
poder y decisión se centralizan en los polos y cumbres de los países
desarrollados. Estados y macro- empresas de estos países buscan y
hasta cierto punto logran una creciente integración de la economía y
la política mundiales, en un sentido de interdependencia asimétrica.
De ellos y de su dinámica inherente y de las tendencias y situaciones
emergentes, surgen las demandas de reajuste de los objetivos y de los
modos de organización y funcionamiento de cada país latinoamericano
para su armonización con los requisitos y con los fines de un nuevo
modelo de orden mundial, así como las formas y resultados de una
revisión restrictiva del principio de soberanía y de la autonomía y
supremacía interna del Estado nacional5.
A esta inserción internacional corresponde, como la cara interna de
una realidad única, un tipo de crecimiento ymodernización, una marea
de cambios y conflictos sociales y cultural-ideológicos, que son partes
de un proyecto y un camino/estilo de desarrollo neocapitalista-tardío
y periférico6.
El proyecto y el camino de desarrollo se cumplen a partir y a través
de la asociación de grandes empresas (transnacionales y nativas),
que predominan en coexistencia con empresas poco productivas y
rentables, y con núcleos y áreas de tipo atrasado o arcaico. Bajo
el condicionamiento de la nueva división mundial del trabajo, las
producciones primarias e industriales se especializan en la substitución
de importaciones con destino al mercado interno de grupos urbanos
(sobre todo alto y medio), y en la producción para la exportación
para los países desarrollados. El proyecto es diseñado y realizado por
una constelación de élites políticas, tecnoburocráticas y empresariales,
del Estado y del sector privado, con asesoramiento y financiamiento
de los gobiernos de las potencias, de las empresas transnacionales y
de organismos internacionales. El financiamiento por los ingresos de
exportación, los préstamos y las inversiones del exterior, sustituyen
al proceso autónomo de acumulación de capitales y de tecnología de
generación y control locales. Se combina en diversos grados y formas el
uso de mano de obra abundante y barata, la aplicación de tecnología
capital-intensiva de importación, y el intervencionismo protector del
Estado.
El resultado ha sido un crecimiento parcial y dependiente y una
modernización superficial, que se disocian del desarrollo integral, lo
desplazan y virtualmente lo imposibilitan. Los beneficios del creci-
miento son monopolizados por minorías nacionales y extranjeras. El
crecimiento resulta restringido y deformado. Presupone y refuerza
la redistribución regresiva del ingreso, la depresión de los niveles de
empleo, remuneración, consumo y bienestar para la mayoría de la
población. Sectores considerables son condenados a la frustración de
sus necesidades y expectativas de participación, a la reducción de sus
opciones y posibilidades de progreso. Este proyecto y camino tienen
una naturaleza y una dinámica de tipo reclasificador, concentrador,
marg¡nal¡zante. Ellas se manifiestan en términos de países (ampliación
de la brecha entre los centrales y los periféricos latinoamericanos, y
entre estos últimos); entre ramas y sectores de la economía; entre
polos urbanos y regiones rurales; entre clases y grupos. Por lo mismo,
el proyecto y el camino en realización tienden a requerir la vigencia
de un orden político que asegure la baja participación, la apatía y
sumisión de la mayoría de la población, la restricción y distorsión
de la democracia, su falta de vigencia real o su destrucción lisa y
llana.
En su diseño y realización, el proyecto y el camino de desarrollo
neocapitalista periférico adoptan: una ideología y una política resumi-
bles en la noción de desarroll¡sIno. Se trata de una visión parcial
y mecánica del subdesarrollo y el desarrollo. Este último se debería
lograr por la imitación par¡ passu, rasgo por rasgo y secuencia por
secuencia, del paradigma de evolución capitalista occidental, reinter-
pretado por las coacciones de la modernización, la subordinación a
los centros mundiales, el ajuste a NDMT. El desarrollismo irrumpe y
se impone como una constelación totalizante y reguladora, bajo la
forma de un modelo productivista-eficientista-consumsma- disipatorio.
El crecimiento es postulado como algo unidimensional y unilineal,
material y cuantificable, necesario y deseable. Sus consecuencias se
agrupan en tres órdenes: reduccionismo, fatalismo y conformismo,
selectividad destructiva.
Así, la idea de crecimiento se identifica con la reducción de todo lo
social y humano según el criterio instrumental único del rendimiento.
Ello privilegia la productividad, la acumulación, la rentabilidad, el
consumismo. El reduccionismo lleva al fatalismo y al conformismo,
al afirmar una visión unitaria y paradigmática del hombre y de la
sociedad y al admitir un solo modelo, técnico-económico, de progreso.
El conformismo es creado por la carrera competitiva, hacia la pro-
ductividad, la eficiencia, la acumulación, el ingreso, la posesividad, el
consumo. Este último sobre todo posibilitaría la comunión de clases,
grupos e individuos en un terreno y con un objetivo comunes. Todo ello
confluye en una pérdida de sensibilidad y de interés, en la relegación
a lo secundario, la negación y el rechazo, respecto a la diversidad
de modos de existencia (grupos, regiones, naciones), la especificidad
de las culturas, el potencial cualitativo (necesidades y aspiraciones
no objetivables ni cuantificables), las modalidades alternativas de
organización, existencia y práctica, los costos sociales y humanos del
crecimiento y la modernización. La destructividad se vuelve inherente
al neocapitalismo periférico, expresada en cuanto al mundo natural
y social y las personas, en la intensificación y generalización de la
violencia (virtual o efectiva, legalizada o no, pública o privada, interna o
internacional), y en la obsolescencia organizada de objetos, productos
y personas7.
Crecimiento y modernización diversifican y complejizan las princi-
pales formas, estructuras y relaciones de la sociedad, y a ésta en su
conjunto, con tendencia a la creciente heterogeneización. El neoca-
pitalismo periférico se impone como modo de producción, pero en
coexistencia con formas de producción y estratificación, con actores
y espacios, de tipo capitalista arcaico o no capitalista; el primero
se entrelaza con las primeras, las subordina y las transforma. La
hibridización y la transicionalidad de fuerzas, estructuras y sistemas
se vuelven permanentes.
Nuevas clases, capas y sectores sociales emergen, sobre todo en
las ciudades, en coexistencia y entrecruzamiento con otras de tipo
tradicional. Se generalizan las situaciones y dinámicas complejas, bajo
determinaciones contradictorias.
La transición de la fase anterior a la nueva no es consecuencia de la
acción deliberada de una clase o grupo, élite o institución que presione
sobre el Estado, o llegue a controlarlo y usarlo, en función de algún
tipo de estrategia transformadora. Ningún actor colectivo promueve
o aprovecha deliberadamente los cambios, ni tiene conciencia razo-
nablemente amplia y clara de lo que ocurre y de sus implicaciones.
Los cambios se han ido produciendo sobre todo por efecto de factores
más o menos accidentales, impersonales, externos a los países de
la región y a sus centros de decisión (crisis económicas, políticas y
militares, NDMT, enfrentamientos entre potencias y bloques), y como
subproductos involuntarios o imprevistos de medidas coyunturales
o de emergencia en favor del sistema y de los grupos dominantes
tradicionales.
La oligarquía tradicional sufre el debilitamiento de su hegemonía,
pero conserva importantes poderes y capacidades de iniciativa. Por
autotransformación adaptativa, se convierte en nueva élite oligárquica,
con flexibilidad para absorber elementos de cambio y conservar lo
esencial de sus intereses y del sistema con el cual se identifica.
En contraposición, se dan la aparición tardía, la debilidad, la falta
de proyecto y política propios, de clases y grupos que deberían
haber estado, o en parte estuvieron, interesados en el crecimiento, el
cambio, la democratización, la autonomía internacional. Es el caso del
empresario nacional stricto sensu, las clases medias, la intelectualidad,
los trabajadores, los marginales urbanos, los grupos campesinos.
Algunos de sus sectores se activan, critican y desafían la dominación
tradicional, pero no exhiben capacidad para afectarla seriamente ni
para imponer una hegemonía y un proyecto nacional alternativo. Elites
públicas y privadas tradicionales pierden en parte la capacidad para
regir la nación, grupos intermedios y dominados no la ganan.
Desde 1930 se va dando así, en lo social y en lo político, la nor-
malización de la excepcionalidad, la permanencia de la transición.
Se entrelazan los elementos de progreso, estancamiento y regresión,
las fuerzas y formas históricamente heterogéneas, sin una reestructu-
ración que integre todo bajo el signo de alguna racionalidad alternativa.
Las ideologías proliferan y coexisten, se enfrentan y se entrelazan:
conservadurismo tradicional, liberalismo, desarrollismo, nacional-po-
pulismo, socialismo, neofascismo, híbridos de algunas de ellas ... El des-
arrollismo predomina como ideología sincrética, difusiva y permeadora
de las otras. Las formas de conciencia y las pautas de comportamiento
social tienden también a ser híbridas y contradictorias.
En el mismo proceso, los partidos políticos se rutinizan y esclerosan,
se desajustan respecto a los rápidos cambios y a las nuevas condiciones,
reducen o pierden su representatividad y su capacidad de acción.
Clases, grupos, instituciones, tienden a carecer de cohesión, de con-
ciencia compartida, de representación eficaz, de aptitud para formular
y defender sus intereses y proyectos, para negociar, para coincidir
y articularse en coaliciones. Se multiplican las trabas para el logro
de formas racionales de acción política y de consensos amplios. Proli-
feran las divergencias irreductibles, las situaciones de incoherencia, de
empate, de estancamiento, de parálisis. Se ve dificultada la formación
clara de problemas y opciones, de decisiones y acciones, en las crisis
y en las cuestiones básicas del desarrollo. Un tipo de crisis política,
a la vez organizada y endémica, tiende a recurrir y a generalizarse,
por la confluencia de dos grandes líneas del proceso general, sus
contradicciones, conflictos y secuelas de diverso tipo.
Por una parte, el crecimiento y la modernización neocapitalistas
desplazan y disuelven formas anteriores de dominación y explotación,
e instauran las que les son propias. Masas de población son liberadas de
jerarquías tradicionales. Son reestructuradas y movilizadas, incitadas
a multiplicar sus necesidades, expectativas y demandas de satisfacción
y participación. Por otra parte, en sentido inverso y contradictorio,
el neocapitalismo tiene una inherente dinámica marginalizante, que
produce insatisfacciones y frustraciones, y multiplica tensiones y
conflictos de todo tipo. Viejas y nuevas élites oligárquicas se siguen
reservando los centros de decisión y acción políticas. La acumulación
y rentabilidad de la gran empresa suscitan o refuerzan tendencias a
la concentración del poder y a su ejercicio autoritario.
Las élites oligárquicas, privadas y públicas, encuentran, sin embargo,
crecientes dificultades para la reproducción del sistema;,se dividen en
fracciones competitivas, enfrentan movilizaciones populares, antago-
nismos y conflictos de absorción y control dificiles, sienten las amenazas
de una creciente tendencia a la entropía del sistema. Esta se manifiesta
en situaciones de lucha social, inestabilidad política, reducción de la
legitimidad y del consenso, insuficiencia de la coerción tradicional,
vacíos de poder, crisis de hegemonía. Sus manifestaciones y vehículos
son las proliferaciones de ideologías, de movimientos, de partidos y
gobiernos: democrático-liberales, de centro-izquierda, desarrollistas,
bonapartistas-populistas, izquierdistas reformistas o revolucionarios.
Estos fenómenos políticos aparecen a la vez como reflejo, continuidad
y tentativa de superación de la crisis. En su gran mayoría, afectan
el sistema político tradicional, pero no lo destruyen, y en diferentes
grados contribuyen a reajustarlo y preservarlo. En conjunto, aquéllos
dificultan, a la vez, el mantenimiento de la vieja hegemonía oligárquica,
su renacimiento con bases y formas diferentes y la democratización
ampliada. A la alianza de la élite oligárquica y a los grupos de
los principales órdenes institucionales se les plantea la sospecha
o la evidencia de una tensión estructural y una contradicción difí-
cilmente superable entre las exigencias del camino neo-capitalista y
conservador-modernizante, por una parte, y los rasgos y efectos de
la crisis política, por la otra. Ello refuerza la desconfianza respecto
a las formas y prácticas de la democracia, y la inclinación por la
búsqueda de algún tipo de solución definitiva de tipo autoritario8.
II. Intervencionismo y autonomización del Estado
En el contexto histórico y sociopolítico que se caracterizó, cuya
vigencia cubre más de medio siglo de la historia latinoamericana
contemporánea, Estado y élites públicas aumentan incesantemente
sus intervenciones, funciones y espacios, sus poderes y recursos, sus
instrumentos y mecanismos, sus tendencias crecientes al monopolio
político, a la autonomía y a la rectoría de la sociedad y el desarrollo.
El Estado, considerado como tríada su¡ generis de aparato-institución-
grupo social, se convierte en el actor central de esta sociedad, producto
de ésta, pero también cada vez más su productor, factor decisivo de
su estructuración y de su continuidad, de sus adaptaciones y sus
cambios. Intervencionismo, autonomización y rectoría tienen causas y
asumen formas como las siguientes9.
1.- Separado de la sociedad y erigido sobre ella, libre de las
coacciones del mercado, de la competencia interempresarial y de la
valorización del capital, sólo el Estado puede garantizar las condiciones
de reproducción y crecimiento del neocapitalismo periférico; la regu-
lación de sus conflictos y de sus tendencias entrópicas; la provisión de
todo lo que no resulta de la espontaneidad económica, del mercado, de
la iniciativa privada. El intervencionismo y autonomización del Estado
se van dando a partir y a través de la complementación y el servicio
con respecto a la gran empresa privada, pero también y en grado
igual o superior, para la salvaguardia de la racionalidad de conjunto
del sistema, del propio cumplimiento de las funciones de gobierno y
administración, y de una dinámica de autoacumulación de poder de
las élites públicas.
2.- En este contexto y proceso, el Estado se institucionaliza a
sí mismo y a las principales fuerzas y relaciones de la sociedad.
Produce legitimidad y consenso para su propio poder y para el sistema.
Instaura y reajusta el orden jurídico. Asume y realiza funciones de
organización colectiva y políticas socioeconómicas, de coacción social,
cultural-ideológicas y educacionales, y de relaciones internacionales.
Las funciones de organización colectiva y políticas socioeconómicas
aumentan la intervención del Estado y refuerzan su papel en cuanto a
la regulación de la disponibilidad y uso de recursos, la distribución de
bienes, servicios e ingresos, la jerarquización de las necesidades y sus
satisfactores, la fijación de fines y opciones. El Estado se va volviendo
empresario, creador y administrador de servicios, infraestructuras
económicas y sociales, actividades de base y de avanzada. Produce,
compra y vende bienes y servicios. Es un inversor directo y sostén de la
inversión privada. Contribuye al mantenimiento del nivel de ocupación,
de ingreso y de consumo de la población (empleo burocrático, servicios
y transferencias sociales). Asegura el financiamiento público de la
producción y de la rentabilidad de la gran empresa privada. Asume
políticas compensatorias, de prevención y superación de crisis (pilotaje
global de la economía, medidas anticíclicas, acciones de mero creci-
miento, intentos de desarrollo planificado).
Estado y élites públicas refuerzan y ajustan un aparato de coacción y
control sociales. El mismo asume funciones de represión, de dirección
y regulación, de mediación y arbitraje entre clases y grupos, institu-
ciones y espacios, entre sus contradicciones y conflictos, con miras
a la integración y equilibrio sociales y al logro del más alto grado
posible de unidad nacional bajo la égide del Estado.
El Estado se vuelve cada vez más coproductor, cointroductor y
codifusor de cultura e ideología, de tecnología y ciencia, educador
para la "formación de recursos humanos" de distinto tipo. Finalmente,
el Estado es mediador en las relaciones entre el país y el sistema
internacional, entre grupos y procesos internos y externos, entre la
dependencia y la autonomía.
En la autonomización del Estado confluyen una constelación de
fuerzas y procesos. Ante todo, el Estado proporciona las condiciones
que garantizan la existencia y reproducción de un sistema incapaz de
lograrlas por el funcionamiento espontáneo y la acción exclusiva de
una fracción o clase dominantes, de empresas privadas y del mercado.
A partir de ello, el Estado vuelve a intervenir en las condiciones
que lo producen, y las desarrolla en refuerzo de su propio avance. Se
hipertrofia, concentra y centraliza nuevos poderes y recursos; defiende
sus intereses propios como aparato/institución/grupo. Epicentro más
que epifenómeno de la sociedad, el Estado se separa de ella y, al
mismo tiempo, la penetra a través de una compleja red de relaciones
de dominación y servicio.
En el mismo proceso, el Estado se ve presionado y penetrado por los
principales actores sociales, cuyos intereses y conflictos son asimilados
y servidos por distintos grupos de las élites gubernamentales, bajo
forma de luchas fraccionales y divergencias de orientaciones y logros
en las políticas públicas. El Estado tiende así a adquirir un carácter
difuso que desborda su institucionalización formal; se ve perturbado
en su diferenciación neta como Estado; se segmenta y conflictúa en
su propio seno.
El personal político y administrativo, la tecnoburocracia civil y mi-
litar, crecen y se refuerzan, se especializan y desarrollan sus propios
intereses y poderes, están más condicionados por su actuación en
y para el Estado que por cualquier otra circunstancia, incluso las
filiaciones y relaciones de clase (de origen y de apoyo). En conjunto,
altos dirigentes y cuadros políticos, y miembros de la burocracia ad-
ministrativa, tienden a presentarse como capa social específica, a la
vez que como tipo de organización.
La élite pública cumple funciones de mediación yregulación respecto
a clases, grupos e instituciones: establece relaciones de poder con ellas;
las hace depender del Estado y de sí misma para su existencia y la
satisfacción de sus intereses. Grupos político- administrativos, reclu-
tados en sectores no dominantes, logran en el Estado posibilidades
de vida, ascenso y poder; organizan y manejan grupos como bases y
clientelas. En y alrededor de las burocracias político-administrativas
se generan subsistemas de poder y constelaciones de intereses que
refuerzan sus tendencias autonomizantes. Expresión extrema de esta
tendencia son la politización y tecnoburocratización de las fuerzas
armadas.
Mediador y árbitro en sociedades conflictivas y cambiantes, el
Estado es afectado por clases, grupos e instituciones; debe recurrir
a estrategias y tácticas que mantengan su supremacía. Debe presen-
tarse y actuar como instancia autonomizada de clases, grupos e
instituciones, autoconvencerse y convencer de su neutralidad, para
reforzar su legitimidad y eficacia.
Fraccionada y conflictuada, incapaz de conciencia y de voluntad
unificada, la clase socioeconómicamente dominante debe depender
del Estado para estructurarse, dar solución a los conflictos y debates
sobre la hegemonía, defenderse de enemigos y amenazas.
El bloque en el poder es heterogéneo, dividido por competencias y
conflictos de fracciones y órdenes institucionales, presionado por otras
clases, grupos y fuerzas. Diferentes sectores del aparato estatal pueden
ser sedes del poder de representantes de grupos no dominantes que
compiten por el control de aquél.
Los mecanismos de promoción grupal e individual, la democrati-
zación en el reclutamiento, introducen en el Estado a políticos y
administradores de origen medio y popular. Los conflictos en el seno
de la clase socioeconómicamente dominante, y entre ésta y las clases
subalternas y dominadas, requieren el arbitraje del Estado, sobre todo
en situaciones de crisis, o ante fuerzas y procesos amenazantes para
la coherencia y continuidad del sistema.
Las decisiones del Estado se toman y sus acciones se realizan de
acuerdo a un orden de prioridad en cuanto a los actores, intereses y
objetivos que de manera descendente tiende a privilegiar: 1) a las élites
públicas; 2) a las necesidades de la racionalidad global del sistema;
3) a las fracciones más fuertes de la clase dominante; 4) a la clase
dominante en su conjunto; 5) a fracciones y grupos de las clases
subalternas y dominadas con mayores capacidades de organización y
presión, 6) al resto de los sectores medios y populares.
En esta compleja dinámica, el Estado tiende ante todo a imponerse
a la sociedad y subordinarla a su primacía; contribuye a masificarla y
atomizarla, a convertirla en cuerpo amorfo, a impedir o a obstaculizar
la disponibilidad y el uso por aquélla de órganos de expresión y partici-
pación, de autorregulación, de control del propio Estado. Este supervisa
y maneja a clases y grupos, instituciones y regiones, estructuras y acti-
vidades. Por ello y para ello es el incremento global y la centralización
totalizante del poder público. El Ejecutivo asciende en detrimentro
del legislativo y del judicial, de la prensa y de la opinión pública. El
Estado hace un uso cuasi-monopolista y sesgado de la información y
de las comunicaciones; avanza en la tecnificación de la vida política y
de la administración, en las capacidades de represión y militarización.
El Estado tiende al encuadre ideológico y político, administrativo,
y policial, de la Nación. Su intrusión se acentúa en la existencia
cotidiana privada, y en la supervisión de las instituciones que a la
vez se publicizan, se politizan y pierden autonomía.
III. Coacciones, limites, crisis
Siempre presentes y fluctuantes, capaces de extrema latitud, el
intervencionismo, la autonomización y la rectoría del Estado no dejan
de sufrir coacciones restrictivas y límites. Diversas fuerzas dentro y
fuera del Estado y de la respectiva nación operan respecto al primero,
lo condicionan y desgastan, lo amenazan en su coherencia e integridad,
en su autonomía y en su supremacía, en su eficacia y permanencia,
en su identidad y su existencia misma.
De manera general, las coordenadas del respectivo sistema nacional,
sus pautas de estructuración y funcionamiento, condicionan y deter-
minan al Estado, restringen o distorsionan su papel y sus políticas, los
contenidos, los alcances y los resultados de sus acciones. Ello opera a
partir y a través de fuerzas, estructuras y procesos de tipo externo y
de tipo interno, y de sus interrelaciones.
Desde el punto de vista externo, se debe tomar en cuenta las
implicaciones de la tradicional inserción subordinada de los países la-
tinoamericanos en el orden económico y político mundial, amplificadas
y reforzadas en las últimas décadas por las nuevas formas de la
concentración del poder mundial, la NDMT, la Tercera Revolución
Industrial y Científico-Tecnológica10.
Por una parte, Estados y empresas transnacionales de los países
capitalistas desarrollados, instituciones financieras internacionales,
han actuado tradicionalmente y siguen actuando como centros de
poder externos a Latinoamérica. Unos y otras, y los organismos en
que se entrelazan y coordinan, toman decisiones fundamentales en
aspectos y niveles trascendentes (movimientos comerciales, términos
de intercambio, flujos de capitales, reservas monetarias, tecnología,
capacidad de importar, endeudamiento, control de recursos vitales).
Ello contribuye decisivamente a reducir las posibilidades de acumula-
ción y productividad de las economías de América Latina, la capacidad
de los Estados y sociedades para el desarrollo autónomo, para la
cooperación intra y extra-regionales y para la promoción de cambios
progresivos en el orden internacional.
División mundial del trabajo, tercera revolución, crisis
Esta tendencia histórico-estructural de largo plazo se prolonga,
refuerza y amplifica con la Nueva División Mundial del Trabajo, con
la Tercera Revolución Industrial y Científico-Tecnológica, y con el
impacto de las crisis internacional- nacionales en despliegue durante
los años recientes y en la actualidad.
La NDMT, en sus principales rasgos (desarrollo de las fuerzas
productivas en los centros capitalistas más desarrollados, primacía de
éstos en el orden económico-político mundial, transnacionalización,
redefinición a escala global de los papeles productivos de naciones,
ramas y grupos, erosión del principio y la vigencia real de la soberanía
estatal-nacional), se entrelaza estrechamente con la Tercera Revolución
Industrial.
Dicha revolución se identifica con una marea de investigaciones
científicas, de innovaciones tecnológicas, de cambios en las formas
productivas, con creciente vigencia sobre todo en energía nuclear,
electrónica, información, comunicaciones, telemática, biología. Un 85%
de todos los científicos que han vivido a lo largo de toda la historia
están vivos actualmente, y cuentan con mayores capacidades creativas
e instrumentales. La tasa de cambio científico, tecnológico y productivo
progresa hoy más rápidamente que en toda la historia anterior. Con
la microelectrónica, la productividad en la tecnología informática ya
ha aumentado por un factor de más de un millón, y ello parece no
tener límites. El conocimiento científico se duplica ahora cada trece a
quince años.
La Tercera Revolución perfila una fase histórica de mutaciones
parciales que podrían desembocar en una mutación global. Ello incluye
una gama de factores, componentes, implicaciones y consecuencias.
a)La información, sobre todo con los avances de la microelectró-
nica y de la miniaturización, impacta en todos los aspectos de la
vida colectiva e individual, ante todo en los modos de producción, de
empleo y de trabajo. Refuerza el componente intelectual y creativo
en la producción. Como factor productivo, la información se vuelve
tanto o más importante que el capital, el trabajo y la tierra. Datos,
conocimientos e ideas pueden obtenerse, acumularse, almacenarse,
manipularse, usarse, por la especie humana, en modos más vastamente
eficientes y en volúmenes exponencialmente mayores que en pocos
años atrás. Se mueven instantáneamente y sin limitaciones, a través
de espacios y fronteras, a cualquier parte y en cualquier momento. Se
marcha así a la disponibilidad mundial y a la plena comunicabilidad
de todo conocimiento humano y de todo desarrollo social.
La información produce cambios en todos los niveles y aspectos
de la producción y el comercio, nacionales y mundiales, en sí misma
y en combinación con otras ciencias, técnicas y producciones. Los
cambios se dan en cuanto a qué se produce, comercializa y consume,
y a cómo se lo hace; a la rapidez y amplitud de circulación de la
información, a quién la usa y cómo.
b) Los materiales y la tecnología aumentan de importancia, am-
plían las soluciones en los recursos y los procedimientos, optimizan
las opciones. Se desarrollan materiales nuevos, se dota de nuevas y
mejores propiedades a los viejos materiales, con la reducción de los
costos, la mejora de fuerza y flexibilidad.
c) Aumenta el dominio de los recursos, de su detección, control y
valorización.
d) Se logra un creciente dominio del fenómeno viviente, a través del
desarrollo de la Biotecnología, la Biogenética, la Ingeniería Genética, y
sus incidencias en la Agricultura, la Medicina y Ciencias de la Salud.
e) Se da un renacimiento de los objetos, por una explotación más
completa y segura de los ,_materiales, y por su mayor confiabilidad.
f) El terciario, los servicios en general, aumentan en importancia
y, dentro de ellos, el tercial como sector ligado al manejo de la infor-
mación, en sí mismos, y en su participación creciente en la actividad
económica, la estructura y funcionamiento de la sociedad, el sistema
político y el Estado.
g) La recreación de la industria se da a través de la metamorfosis
del proceso productivo, por la penetración de la información, nuevos
métodos, evolución del diseño, más posibilidades de creatividad, re-
ducción de costos.
h) Se producen cambios en la economía internacional, en la
estructura y dinámica de los mercados y en las condiciones de la
competencia internacional. Por la incidencia de los servicios, la in
formación en especial, las llamadas ventajas comparativas de los
diferentes países residen cada vez más en la capacidad para el uso
efectivo de la tecnología informática, para su rápida absorción y su
eficiente aplicación en la producción; y cada vez menos en otros
factores como materias primas y trabajo barato. Ello contribuye a
dividir a los países según tengan o no ventajas comparativas y costos
bajos, y tiene manifestaciones y consecuencias relevantes como las
siguientes.
En primer lugar, la economía de productos primarios yla economía
industrial se desvinculan y se desarrollan de modo divergente. La
producción primaria y su oferta tienden a aumentar, especialmente
en los países en desarrollo, mientras tienden a caer la demanda de los
países desarrollados, las exportaciones de precios de alimentos, ma-
terias primas agrícolas y forestales, metales, minerales y energéticos.
Los precios de las materias primas aumentan menos que los precios
de los bienes manufacturados y servicios especializados (información,
educación, salud). Se vuelve improbable un desarrollo basado en un
creciente intercambio de bienes de capital por materias primas, con
balanza comercial favorable y disponibilidad de crédito externo.
En segundo lugar, la economía industrial tiende a la desvinculación
de la producción y del empleo. La producción manufacturera debe
aumentar con menos empleo menufacturero, bajo pena de menor
competividad internacional y de una baja en la producción y en la
ocupación. Se tiende a pasar de la industria manufacturera de base
material, más bien primaria, con uso intensivo de mano de obra, a la
industria con uso intensivo de información, conocimientos y capital
(automatización, robotización). La segunda expande exportaciones,
aumenta el comercio de invisibles, crea empleo (y también lo desplaza).
Los bajos costos de la mano de obra van dejando de ser una
ventaja decisiva en la competencia internacional; se vuelven un por-
centanje decreciente de los costos totales, sobre todo en los procesos
automatizados que eliminan costos ocultos (baja calidad, devolución,
tiempos muertos).
Para los países de industrialización reciente o incipiente, se ven
bloqueados los proyectos de desarrollo que pretenden basarse en
la exportación de productos primarios (afectados por el deterioro
de los términos del intercambio); en las exportaciones de productos
terminados con más bajos costos de mano de obra hacia países de-
sarrollados; en una tecnología industrial no originada o basada en
una infraestructura autónoma de ciencia y educación.
En tercer lugar, la economía real del comercio de bienes y servicios
va siendo reemplazada por una economía simbólica, de movimientos
de capital, de tipos de cambio, de flujos de crédito, como fuerza motriz
y timón de la economía internacional. Ambas se independizan una de
la otra, siguen caminos divergentes, aflojan sus nexos o los vuelven
impredecibles. La economía simbólica tiende a crecer más que la real.
Causa, componente y efecto de la economía simbólica es el nuevo
mercado financiero, en el cual el avance tecnológico otorga una cre-
ciente capacidad para el acceso a vastas bases de datos, para su
computación compleja a velocidad fulminante, para su culminación
instantánea, y para la producción de diversos efectos críticos.
Así, la información se vuelve disponible universalmente, en tiempo
real, simultáneamente para todos los centros financieros y bancarios
internacionales, y para los principales países. Los centros se unen
en una sola red integrada, poco o nada aislados de los cambios
y choques financieros, ocurran donde ocurran. Un nuevo mercado
mundial reúne prestamistas y prestatarios, recursos y riesgos, sobre
una base internacional, sin consideración de fronteras. Intrumentos,
mecanismos y productos financieros y monetarios se entrecruzan en
la red mundial, toman la fuerza de las decisiones de acción políticas
de tipo tradicional.
Este sistema emergente planea un problema de gobernabilidad a
los países y al orden mundial. Se abre una brecha entre la tasa de
cambio tecnológico, y la tasa de ajuste de los cambios por parte de
quienes toman las decisiones, es decir, el gobierno, las fuerzas e insti-
tuciones políticas, los empresarios privados que no pueden absorber
ni controlar las incertidumbres, dislocaciones y desequilibrios.
Se ven particularmente afectadas la autonomía y eficacia del Estado
en el manejo de la macroeconomía dentro de un mundo renovadamente
pluralista. La economía nacional deja de ser autónoma y unidad del
análisis económico y de la política económica. La economía mundial se
vuelve central y determinante de la economía nacional. La tecnología
torna rápidamente obsoletas la noción tradicional de soberanía y a
las políticas y las legislaciones restringidamente nacionales. Ello es
cierto sobre todo en cuanto a las políticas y legislaciones monetarias,
cambiarias, fiscales, comerciales, industriales, sociales, pero también
de las referidas a la lucha contra las nuevas formas de delincuencia que
se vinculan con la economía criminal en general, y con el narcotráfico
en particular.
Las economías aisladas ya no responden como antes a las medidas
gubernamentales de tipo tradicional. El curso de los acontecimientos
económicos se vuelve más difícil de comprender y de prever, por
parte de gobiernos que se enfrentan a factores, fuerzas, procesos y
resultados difícilmente interpretables, predecibles y controlables, en
un medio ambiente de incertidumbre e inestabilidad económicas sin
precedentes, tanto en lo interno como en lo internacional. El cambio
tecnológico revolucionario en un mundo más interdependiente vuelve
insuficientes los esfuerzos de ajuste al cambio, de grupos e instituciones
nacionales, pero también de las internacionales, lo mismo que las
capacidades disponibles para realizar reformas de alcance mundial
para el ajuste a la nueva tecnología y a sus consecuencias.
La Tercera Revolución Industrial ha comenzado a producir trans-
formaciones fundamentales en todos los aspectos y niveles de la
existencia y la actividad, tanto sociales como individuales; en los
papeles, los status y los rangos de grupos, instituciones y gobiernos,
de Estados y personas. Ello se evidencia en los sectores productivos;
en las condiciones de trabajo e ingreso, de consumo y vida cotidiana;
en las posiciones y las funciones de clases y grupos, de organizaciones
e instituciones; en las formas, los contenidos y los alcances de la
participación sociopolítica; en las hegemonías de países y regiones y
en la distribución de recursos, productos y beneficios. Reclasifcadora,
concentradora, marginalizante, la mutación en marcha tiende estruc-
turalmente a beneficiar a una minoría de sectores, grupos, países y
regiones, en desmedro de otras y otros que se van convirtiendo en
mayorías superfluas o redundantes, tanto a escala de las naciones
como del planeta.
Marginalizaciones y pirámide de dominación
La dimensión externa, mundial, se entrelaza estrechamente con la
dimensión interna. En ésta, si el Estado latinoamericano promueve
el crecimiento económico en general, y más particularmente, la acu-
mulación y la rentabilidad de la gran empresa, lo hace a partir y a
través de sus propias visiones, posiciones e intereses. Crea así, con
frecuencia, límites y coacciones negativas a las grandes empresas y a
los grupos socioeconómicamente dominantes. Unas y otros aceptan, o
incluso promueven hasta cierto punto el intervencionismo del Estado
de manera condicional y transitoria. Transfieren al Estado problemas
y conflictos, cargas y costos de las situaciones normales, de las
coyunturas y de las crisis, al mismo tiempo que le niegan o quitan
los recursos necesarios para su funcionamiento normal y para su
capacidad de soluciones. No admiten la posibilidad ni la necesidad
de un Estado a la vez protagonista e instrumento independiente
de crecimiento y modernización con cambio social, productivo y
redistribuidor, promotor de la participación y de la democratización.
Utilizan los fracasos del poder público para la permanente exigencia
de reducción de su autonomía y de su ingerencia, e incluso de su
cuasicompleta desestatización.
El Estado y las élites públicas ven limitadas sus posibilidades de
acción. Uno y otras encuentran dificultades para actuar fuera o en
contra de la lógica de la acumulación y la rentabilidad privadas,
y contra ciertas relaciones de clases y de poder que se dan como
coordenadas y restricciones del sistema. No terminan de dominar el
juego social y político en que participan, y deben apegarse a muchas
de sus condiciones. Se ven forzados a compensar y regular a posteriori
los dinamismos, desequilibrios y conflictos más importantes. Sobre
todo, están cada vez menos en condiciones de garantizar crecimiento
y la modernización, y con ello su autoridad y legitimidad propias.
En muchos países latinoamericanos, el proyecto y el camino del des-
arrollo como algo que se postula y realiza en nombre, con participación
y para beneficio de todos, ha desembocado en la evidencia de un
proceso insuficiente, incierto, confiscado por grupos privilegiados, con
generación de miseria, privación, marginalización para la mayoría
de la población, y sobre todo la perspectiva del crecimiento nulo,
del estancamiento o la regresión. Crisis económica, estancamiento y
regresión del crecimiento llevan a la inestabilidad política; afectan
al Estado, a la participación política, a la democratización.
A la turbulencia social y a la inclinación al participacionismo político,
se contraponen una serie de factores y tendencias limitantes. Ante todo
se extienden las formas de marginalización de la economía organizada
y de la sociedad y la política organizadas. Es pertinente el examen en
general de esta fenomenología, para deducir luego algunas de sus
más importantes implicaciones sociopolíticas, para el Estado, para el
narcotráfico, y para las modalidades de incidencia del segundo sobre
el primero.
Por la acción convergente de fuerzas y estructuras heredadas, de
tipo monopolista y autoritario, de algunas modalidades predominantes
en la aplicación de un camino determinado de crecimiento y moder-
nización, de las nuevas tendencias y formas de la NDMT y de la
Tercera Revolución Industrial, y del entrelazamiento de crisis interna-
cionales y nacionales, el estancamiento y la regresión se hallan en
contradicción con el crecimiento poblacional. Se generan tendencias
al desempleo y subempleo estructurales, y a la reducción de los
presupuestos y servicios públicos del Estado. Para sectores crecien-
temente significativos de la población, se deterioran los niveles de
ocupación, ingreso, consumo, disponibilidad de satisfactores de nece-
sidades básicas; especialmente en cuanto a la alimentación, el vestido,
la vivienda, la salud, la educación. A ello se agrega el sufrimiento
de opciones y situaciones de prostitución, alcoholismo, drogadicción,
delincuencia, múltiples formas de inseguridad y violencia.
Este deterioro estructural y tendencial afecta a una amplia gama
de grupos definidos por edad, sexo y ubicación en la jerarquía socioe-
conómica. Golpea a una masa de niños y adolescentes abandonados,
deteriorados o definitivanmete destruidos; a una masa de adultos
enfermizos y poco productivos, desvalidos y apáticos; a mujeres tanto
o más que a hombres; a campesinos, asalariados manuales y de
servicios de las ciudades, trabajadores por cuenta propia, oficinistas,
vendedores, pequeños y medianos comerciantes y transportistas.
Estas tendencias y situaciones estructurales implican ante todo un
fantástico despilfarro y una grave pérdida del potencial humano y social
eventual o efectivamente disponible para una gran estrategia y política
de desarrollo. Más aún, sugieren la posibilidad de una amputación y
destrucción de actores y tejidos sociales significativos, y la privación
consiguiente de macro y micro- protagonistas, de fuerzas y recursos,
de bases y alianzas, de vehículos e interacciones indispensables a la vez
para el mero crecimiento y modernización, para el desarrollo integral,
para la cohesión y continuidad de la sociedad y el Estado nacionales,
y para la democratización.
Así, en casos nacionales significativos para toda la región, como
Argentina, el proletariado industrial se ha ido reduciendo a la vez en
términos absolutos y relativos, como parte de la fuerza de trabajo,
del mercado interno, de la ciudadanía y del cuerpo electoral. El
empresariado nacional stricto sensu oscila entre el sometimiento a la
transnacionalización como apéndice de la misma, el desplazamiento
de la actividad productiva a la intermediación y a la especulación, la
quiebra, la desintegración. Surge una cueva capa de cuentapropistas,
trabajadores por cuenta propia, que ya no son ni asalariados ni
pequeños empresarios. Crece y se diversifica la categoría del lumpe-
nintelectual o lumpenprofesional, todo aquél que accede a la educación
superior e incluso a la titulación formal con las expectativas de
una creciente participación en el empleo, el ingreso, el consumo, el
status, el prestigio, la influencia social y el poder político, pero al cual
las estructuras heredadas, las nuevas tendencias marginalizantes y las
crisis condenan cada vez más a la frustración.
De manera general, es lícito considerar la hipótesis que un sector
creciente de las sociedades latinoamericanas tiende a convertirse en
redundante. Se va identificando con la emergencia de una subclase, o
no clase, de parias, no integrables en las estructuras ni alcanzables por
los controles, incentivos y penalidades normales del orden establecido.
Una masa de habitantes, marginalizados y desviantes, ni súbditos ni
ciudadanos, se van transformando en víctimas y concausas del caos
económico, de la anomia y disolución sociales, de la descomposición y
confusión ideológicas, y de la inestabilidad política.
La presencia y el predicamento de estos estratos o grupos-víctima,
y con ellos la posible emergencia de la subclase o no clase de parias,
contribuyen a explicar fenómenos tan diversos como las crisis uni-
versitarias, las actitudes y prácticas violentas o subersivas en ambos
extremos del espectro político, el avance de la drogadicción y del
narcotráfico.
Este proceso general y esta constelación de fenómenos confluyen
en la emergencia de un patrón, una diabólica tríada, integrada por
la economía en caos, la disolución social y la anarquización política.
Ello se liga con el refuerzo de las tendencias a la violencia y represión
públicas, privadas y mixtas. A una triple marginalización corresponde
el sometimiento de una gran parte de la población a una estructura
piramidal de dominación.
Al peso de la constelación de intereses, privilegios y poderes mo-
nopolistas se agregan los avances de la economía informal y de la
economía criminal, que incrementan los grupos populares forzados al
retiro de la economía organizada, formal, legal. Ello se entralaza con la
marginalización social, el retiro de la pertinencia y la participación en
las formas normales de la sociedad oficial, la incorporación de grupos
mayoritarios a nuevas formas de sociabilidad informal o periférica. A
las dos primeras corresponde también la marginalización política, el
retiro de la vida política organizada, hacia la apatía y la despolitización,
o hacia formas diferentes de pertenencia y acción, más o menos extra-
sistémicas o anti-sistémicas.
Triple marginalización, explotación y opresión mayores, generaliza-
ción de situaciones de miseria y privación, de inseguridad e aislamiento,
de impotencia y apatía, apuntan a un mayor sometimiento de grupos
mayoritarios a una estructura fuertemente piramidal de dominación,
y a una mayor dependencia de aquéllos hacia individuos y grupos
dominantes, hacia sus agentes y apéndices, y hacia los centros de
poder, del Estado y de los núcleos más concentrados de la economía
privada. El prototipo del súbdito y su simple lealtad a los poderes
existentes públicos y privados, tradicionales o actualizados, prevalece
en los grupos y en los individuos sobre el prototipo inexistente o
débil del ciudadano. Inexistentes o débiles son también las formas,
las prácticas y los resultados de la secularización.
El Estado, las élites públicas, los órdenes institucionales (militares,
eclesiásticos, corporativos), los grupos neoligárquicos - pero también
la mayoría de los partidos, incluso los autodefinidos como opositores -
operan en pro de la declinación del papel de los sectores medios
y populares en la política; de su despolitización, tanto la inherente
a su naturaleza y comportamiento como actores sociopolíticos, como
respecto a su relación con la sociedad, el sistema político, el Estado, las
opciones de desarrollo. La frecuencia y preponderancia de los modos
y regímenes represivos aumentan la centralización y la propensión
coactiva del Estado, para la imposición de la autoridad, de la unidad
y del consenso pasivo. Una amplia gama de medidas legislativas y
de prácticas administrativas contra grupos mayoritarios son parte
significativa de un proceso general de intimidación, manipulación y
corrupción por grupos públicos y privados.
Con todo ello tienden a aumentar la importancia y el peso específico
del Estado, y en sus relaciones con la sociedad civil, del Ejecutivo;
de gobernantes y administradores, del establishment policíaco-militar
(formal-legal y clandestino); de los tecnoburócratas, expertos en
información y en comunicación; de políticos y gestores públicos,
corrompidos-corruptores, en colisión con grupos y constelaciones de
intereses privados. La acción de estos últimos sobre y en el Estado se
modifica y refuerza, además, por delincuencia organizada en mafias
económico-políticas; y por la incidencia de poderes regionales y locales,
sus aparatos, apéndices y periferias.
El peso de los grupos dominantes, desde dentro y como parte del
Estado, y como influencia y control exteriores, es raramente contra-
rrestado o anulado por la gravitación de los grupos mayoritarios,
dominados y fragmentados, poco articulados en organizaciones pode-
rosas y eficaces, Gerentes de proyectos propios de política y estrategia,
afectados por las restricciones legales y de hecho a la participación.
Se procura el debilitamiento o el desmantelamiento de las formas de
poder y autoridad de la población; de sus organizaciones represen-
tativas, partidistas, sindicales, socioeconómicas, culturales, y de los
grupos intermedios de todo tipo.
Como referentes irrenunciables para el goce de legitimidad y con-
senso, se conserva la apelación a la participación popular en y para
el proyecto de desarrollo; y con ello el recurso a la retórica y a la
simbología nacionalistas y populistas, a los rituales de la democracia
plebiscitaria y a las técnicas carismáticas. El pueblo es convocado para
cooperar en condiciones de ley y orden, de despolitización y pasividad,
de manipulación autoritaria y clientelística, de estructuración corpo-
rativizante si es posible. Se trata de eludir los peligros y enemigos
externos, imputados responsables del atraso y la dependencia, del
conflicto social y la inestabilidad política, de cooperar para el desarrollo,
recibiendo como concesión beneficios parciales de inmediato, o la
promesa de su futura realización.
Prioridad o exclusividad es dada al establecimiento de relaciones lo
más directas posibles entre gobernantes y gobernados, con reducción
o supresión de grupos intermedios, organizaciones secundarias y, en
general, todo lo que implique órganos y procesos autónomos de la
sociedad civil.
En este contexto, se refuerzan o reproducen diversas restricciones
a la autonomía, la representatividad y la creatividad del Estado.
Se reafirman los límites estructurales a la promoción individual
y a la democratización en el reclutamiento del personal público.
Sobre éste operan los mecanismos de control y regulación, de adoctri-
namiento conservador, de imposición de tabúes ideológicos y políticos.
Representantes de fracciones hegemónicas y grupos dominantes con-
trolan ramas y órganos del Estado, sobre todo las que tienen un
papel clave en el sistema de decisiones, y con predominio sobre
otras partes de aquél. Los excesos en la autonomización y el interven-
cionismo provocan llamadas al orden (desestabilizaciones económicas
y políticas, acciones externas, golpes de Estado). La élite pública
y el Estado tienden a renunciar a la posibilidad de responder a
las amenazas y ataques a su autonomía y a su propio papel rector
con ampliaciones y movilizaciones de la participación democrática de
los grupos mayoritarios.
El análisis precedente apunta ya cada vez más a una crisis del
Estado, a su naturaleza y causas, a sus principales rasgos y proyec-
ciones. Dos importantes rasgos y componentes de la crisis general del
Estado deben ser tenidos en cuenta; son los referentes a la crisis de
los partidos políticos y del parlamento.
Partidos y Parlamento
La ampliación y diversificación de la participación política se ha
manifestado en la continua creación de partidos, movimientos y
regímenes, la coexistencia y el desarrollo simultáneo de diversos
tipos. A los partidos tradicionales de notables y cuadros se han
ido agregando variedades del partido de integración sociopolítica de
masas, para naciones en crecimiento y modernización, cambio social
y crisis política, con sufragio universal. Aquél incluye las especies
de partido democrático-amplificador, nacional-populista, liberal o de
izquierda reformistas, para elecciones o acciones parlamentarias con
exclusión, en principio, de la toma violenta del poder. Incluye también,
partidos autoritarios de izquierda y de derecha, identificados con un
modelo de partido único. A tales variedades se agrega la tendencia al
surgimiento del partido de reunión (catch-all party).
La variedad tipológica coexiste con una comunidad de rasgos para
la mayoría de los partidos. La crisis de éstos se manifiesta como
pérdida de vigencia de los viejos partidos, debilidad de los nuevos,
deficiencias de representación y eficacia de ambos. La mayoría de
los partidos se rutinizan y esclerosan; se desajustan respecto a los
rápidos cambios y las nuevas condiciones. Se reducen o se pierden
su representatividad y su capacidad de acción respecto a clases y
fracciones, a grupos e instituciones, a conflictos y procesos, y respecto
a la sociedad nacional.
El desajuste se da respecto a sus bases, como insuficiente capacidad
para la expresión de las necesidades y aspiraciones de grupos e indi-
viduos que se reconozcan en ellos, y para el desarrollo de su conciencia
política; y para crear y conformar una auténtica opinión pública. Ello
es parte de la crisis política que afecta al sistema político y al Estado,
pero también a la sociedad civil y a sus formas de participación,
organización y acción. La inadecuación o la decadencia afectan en
diferentes grados a ideologías y modelos, a liderazgos y aparatos, a
métodos e instrumentos de la política, como los partidos, las elecciones,
la prensa, la judicatura.
Se ensancha un hiato entre clases populares y partidos, sobre todo
por la despreocupación de éstos respecto a la masa de desposeídos
e impotentes, informes y no organizados, o por su contribución a la
reducción del papel del pueblo en la política. Los partidos exhiben
rasgos compartidos de personalismo y oligarquización. Están someti-
dos, además, a fuerte control del Estado.
Se da también la coexistencia, la competencia y el conflicto de
los partidos con otros actores y prácticas, otras formas y cauces de
representación, participación e inserción en lo político-estatal, y
por lo tanto como amenazas de reemplazo de los primeros. Es el
caso de las tecnoburocracias, las iglesias y cleros, las asociaciones y
corporaciones empresariales y profesionales, los sindicatos obreros,
los movimientos estudiantiles, los medios de información y comunica-
ción de masas, los representantes y gestores de grupos oligárquicos
y foráneos. Estos actores competitivos pueden coincidir en multiplicar
y reforzar las prácticas de dirección y gestión, pero también de mani-
pulación, corrupción y violencia, de despolitización y desideologización.
Pueden coincidir también en frenar o desvirtuar el desarrollo y la
incidencia de un sistema de partidos, en atrofiarlo, en volverlo irrele-
vante o en destruirlo.
Una convergencia de causas y procesos idénticos o similares bloquea
el ascenso y el papel del parlamento, sobre todo las siguientes:
a) Ruptura del equilibrio entre los poderes del Estado en favor
del Ejecutivo, su administración, su tecnoburocracia, sus medios de
masas, las tendencias al poder personal y a la personalización del
poder.
b) Irrelevancia y trivialización de los partidos, menor relieve y
poca trascendencia de su debate en la sede parlamentaria.
c) Prácticas del parlamentarismo mayoritario, o del parlamenta-
rismo racionalizado, para la reducción de incertidumbres, incidentes
y riesgos.
d) Competencia de otras instancias y circuitos: de representación
(asociaciones, sindicatos, sondeos) o de deliberación (conferencias de
medios de masas, de organizaciones corporativas).
e) Transferencia de la política a otros espacios: oposición ex-
traparlamentaria; democracia supletoria de parlamentos y partidos;
asociaciones de ciudadanos, lobbies, metapolítica bajo la forma de
impugnaciones más sociales y culturales que políticas.
La crisis del parlamento se manifiesta en síntomas de pérdida o
debilitamiento, o de no adquisición, de funciones y poderes: de repre-
sentación, de legislación, de orientación política nacional, de control,
de investidura y de desautorización de gobiernos.
La crisis de los partidos y del parlamento se entrelaza e interactúa
con la carencia por grupos y clases de cohesión, conciencia y voluntad
unificada, de representación eficaz, de aptitud para formular e imponer
sus intereses y proyectos, y para constituir y hegemonizar amplias
coaliciones. Se multiplican las trabas y las perturbaciones para la
creación y el uso de formas racionales de acción política, y para el
logro de consensos sobre fines y tareas nacionales; las divergencias
irreductibles; las situaciones de incoherencia, de equilibrio paralizante,
de fuerzas de estancamiento catastrófico. Clases, fracciones, grupos,
órdenes institucionales, partidos, constribuyen con sus participaciones
a generar crisis que no están en condiciones de resolver, al mismo
tiempo que sufren y agravan sus crisis internas. En las cumbres y
en las periferias del sistema político se refuerzan tendencias a la
restricción o a la supresión de las instituciones y los regímenes de tipo
democrático y su reemplazo por regímenes mas o menos pragmáticos
y coyunturales, oligárquicos y autoritarios; a la gestión monocrática
del Estado (hacia y en la derecha, o hacia y en la izquierda).
Crisis y resurrección del Estado
El intervencionismo y autonomización del Estado se despliegan como
tendencia dominante, bajo condiciones que al mismo tiempo los crean
y refuerzan, los llevan a la crisis, y eventualmente los recuperan y rea-
limentan. Ello no autoriza a suponer, ni la fatalidad de una decadencia
y desaparición del Estado latinoamericano, ni la imposibilidad de una
alternativa superadora de los actuales dilemas, sobre todo el referente
a la oposición estatismo/ desestatización.
Las políticas de autocentralización y de amplificación del poder
estatal, de sostén de minorías privilegiadas, de marginalización y des-
politización de las mayorías, multiplican contradicciones y conflictos
de todo tipo que revierten sobre el Estado, reducen su autoridad, su
legitimidad y consenso, su capacidad de acción hacia adentro y hacia
afuera de su espacio nacional.
El Estado se debilita e incapacita al mismo tiempo como agencia de
conservación y mero crecimiento, de cambios inherentes al sistema
y de desarrollo. Se desinteresa por un papel autónomo y mediador,
representativo y de cambios progresivos. No puede o no quiere unir
los principales actores e intereses de la sociedad y del sistema
político, por la fuerza de lo que hace y por sus logros efectivos en el
desarrollo. Se vuelve represivo y regresivo, menos dotado de autoridad
y legitimidad, menos sometido al Derecho y a los controles de legalidad
y responsabilidad.
Ello es necesariamente el caso de Estados y gobiernos nada repre-
sentativos, no apoyados en una densa trama de fuerzas productivas e
innovadoras de una sociedad civil inexistente, o debilitada y subordi-
nada. Aquéllos están cada vez más presionados o controlados por
minorías público-privadas de tipo conservador o regresivo. Sufren la
menga de su legitimidad y consenso. Están absorbidos por dificultades
de supervivencia inmediata, amenazados por oleadas sucesivas de
crisis nacionales e internacionales, de naturaleza, envergadura, inten-
sidad y velocidad sin precedentes.
En estas condiciones, las intervenciones del Estado se dan en y por la
improvisación, la presión de coyunturas y emergencias; resultan inor-
gánicas y contradictorias; realimentan su irracionalidad y anarquía
propias. El Estado usa poco y mal los instrumentos y entes en
sus manos. Tiende a la abdicación de sus posibilidades y poderes. No
proporciona suficientemente los impulsos, los valores y las normas, las
opciones y programas que requerirían una estrategia y una política
para el desarrollo y su planificación democrática. Adopta una postura
limitativa respecto a su propio papel, como regulador mínimo y
tapabrechas en relación a los problemas, las necesidades e intereses
de la sociedad y de sus principales clases y grupos. Sus políticas
oscilan entre un sesgo nacional-populista-estatizante, y otro elitista-
privatista- neocolonialista, o los combina en proporciones variables.
Mucho queda librado a la dinámica del mercado y de los intereses
privados predominantes, por una parte, y al arbitrio de las élites y
aparatos gubernamentales por la otra. La coexistencia entre el sector
público y el privado es dificultosa y tiende al fortalecimiento del
segundo, en detrimento de la autonomía, gravitación y eficacia del
Estado.
Meramente intervencionista, dirigista o planificador, el Estado a
la vez busca y es obligado a la ingerencia continua en relación a
intereses inconciliables, problemas difíciles, conflictos insolubles, fines
divergentes, y lo hace con medios insuficientes o inadecuados, a través
del uso de métodos e instrumentos, el cumplimiento de actos, unos
y otros mutuamente contradictorios. Al mismo tiempo, el Estado
carece de criterios ciertos y capacidades efectivas para la percepción,
la evaluación y la decisión respecto a los principales problemas y
conflictos. Aquí convergen las características de los emisores sociales
y del Estado receptor.
La información sobre las necesidades y demandas, los problemas
y conflictos, de clases y grupos, de instituciones y subsistemas, es
dada de manera brumosa o deformada por una sociedad opaca y
contradictoria; a través de mediaciones distorsionantes, de mensajes
ambiguos o enigmáticos y de desciframiento incierto. Dadas la na-
turaleza y las modalidades de los conflictos, cambios y crisis, y la
falta de solución duradera a las cuestiones de hegemonía, ninguna
clase o grupo domina totalmente y exclusivamente al Estado, ni lo
usa de manera irrestricta en función de sus intereses y proyectos.
Una diversidad de fuerzas operan a la vez sobre el Estado y en su
seno; lo disocian y paralizan; se entrelazan con facciones y órganos
gubernamentales y refuerzan sus competencias y rivalidades internas,
sus carencias de coordinación, su anarquía y su ineficiencia.
El aparato y el personal del Estado sufren una dialéctica de la
centralización y de la dispersión. La sobreacumulación de poder y
autoridad en el poder central, en su núcleo ejecutivo y en la alta
tecnoburocracia, va, como se dijo, en detrimento de los poderes
legislativo y judicial, pero también de los grupos intermedios y orga-
nizaciones secundarias de los partidos políticos, de la prensa y la
opinión pública; y más allá de todo ello, de lo que alcanza a ser
sociedad civil o sobrevive como tal, y de las mayorías nacionales.
Por otra parte, los grupos políticos y administrativos proliferan
en el aparato estatal; ejercen un control feudalizante sobre sus
ramas, órganos y empresas públicas. El entrelazamiento de estos
grupos con sectores de la sociedad civil se da a través de una red
de relaciones, servicios y apoyos mutuos, y de formas específicas
de clientelismo y corporativización. Supercentralización autoritaria y
dispersión feudalizante contribuyen a crear o reforzar la agregación
asistemática de entes, mecanismos y responsabilidades del aparato
estatal; la búsqueda errática de soluciones coyunturales y reformas
aisladas, sin reglas ni mecanismos de cohesión y ajuste.
Como aparato-institución-grupo, el Estado se vuelve cada vez más
heterogéneo y contradictorio. Se decide y obra en gran medida a ciegas,
por el ensayo y el error. En sus políticas y actividades, se suceden y
entrelazan las soluciones insuficientes, los resultados ambiguos, los
fracasos y las crisis, reforzando en segundo grado las causas de las
restricciones y frustraciones para su intervencionismo y autonomía.
El Leviathan criollo alcanza su culminación casi simultáneamente
con su entrada en crisis. Diversas fuerzas dentro y fuera de él lo
coaccionan y desgastan, lo amenazan en su existencia, su autonomía
y su supremacía, en la eficacia y alcance de sus acciones. Al mismo
tiempo iguales o similares causas y dinamismos realimentan o crean
contratendencias a su mantenimiento y refuerzo.
La intensidad y la profundidad de la crisis internacional, su duración
y desenlace imprevisibles, en entrelazamiento con los resultados insa-
tisfactorios y los negativos efectos del crecimiento y la modernización
con las modalidades en que uno y la otra se han desplegado hasta
hoy, el estancamiento y regresión evidentes, multiplican problemas
y conflictos para los cuales no parecen existir todavía soluciones
adecuadas ni actores que las sostengan e implementen. El estado
y las corporaciones de las potencias y países desarrollados, las inti-
tuciones internacionales, las fracciones de la clase económicamente
dominante, parecen imposibilitados o renuentes para asumir el control
y el ejercicio directos del gobierno y la administración de los países
latinoamericanos, aun en situaciones de crisis y catástrofe, de caos
económico, de disolución social y de anarquización políticas.
Aumentan, así, la necesidad y la posibilidad de la mediación arbitral y
la rectoría decisoria del poder político institucionalizado como Estado,
en tanto garantía, más o menos insuficiente, pero de todas maneras
única, de vigencia de las condiciones de recuperación o renovación
de la coherencia, unidad, equilibrio y continuidad de los sistemas
nacionales o de la viabilidad de su transformación (progresiva o
regresiva). Con ello se mantienen y realimentan las situaciones y
tendencias favorables a la autonomización y a la autoacumulación de
poderes y recursos, de posibilidades de acción y privilegios, por y en
favor del Estado y las élites públicas, con el apoyo y en el beneficio
también de sus periferias, clientelas y alianzas sociopolíticas.
Una entre las tendencias posibles que se preparan en los pliegues de
la historia latinoamericana por venir es la de un neo-estatismo, que
se desplegaría en una variedad de tipos y modalidades posibles. Sus
concreciones dependerían de la combinación de varias dimensiones:
naturaleza, modos y desenlaces de los grandes conflictos y crisis;
alianzas de élites, clases, grupos e instituciones; incidencia interna
de los factores externos; redefiniciones de los modelos y caminos
de desarrollo y de sistema, y sus cristalizaciones en proyectos y
estrategias; redespliegue de las relaciones entre Estado y Sociedad
Civil, entre sectores público, privado y social, entre Estado y Derecho;
prevalencia del autoritarismo o de la democratización y, en ambos
casos, los grados y formas de uno y otra.
Una tipología posible, pero no exhaustiva de formas de Estado,
bajo las especificaciones aportadas por los regímenes políticos y los
particularismos social-históricos de cada país, podría incluir una gama
como la siguiente: Neo-Fascismo; Bonapartismo nacional-populista;
Colectivismo Autoritario (v.gr. como la variedad peruana del modelo
camboyano bajo la forma de Sendero Luminoso); Estado Democrático
de Derecho. Aquí la problemática de la crisis y reforma del Estado se
entrelaza con las de la democratización y de los caminos alternativos
de desarrollo, lo que excede los límites de este trabajo y remite a otro
posterior.
NOTAS
Sobre el marco teórico para el análisis del Estado, ver Marcos Kaplan, Estado y
Sociedad, México, Univ. Nacional Autónoma de México, varias ediciones.

Sobre la génesis y primera evolución del Estado latinoamericano, ver M. Kaplan,
Formación del Estado Nacional en América Latina, 3a. edición, Buenos Aires, Amo-
rrortu Editores, 1985. Sobre la fase contemporánea, M. Kaplan, Estado y Sociedad
en América Latina, México, Editorial Oasis, 1984.

Sobre el marco externo y sus incidencias en la estructuración y funcionamiento
de los países latinoamerinanos y del `Tercer Mundo", ver Fernand Braudel, The
Structures of Everyday Life, tres vols., New York, Harper and Row Publ., 1979,
1982; Immanuel Wallerstein, The Politics of the World-Economy - The States, the
Movements and the Civilizations, Cambridge/ Paris, Cambridge University Press/
Editions de la Maison des Sciences de 17-Iomme, 1984; Michael Barratt Brown,
Económics of Imperialism, Penguin Books, Baltimore, 1974.

Sobre las transformaciones político-estratégicas del sistema mundial, ver Paul
Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers - Econmmcc Change and Military
Conflict from 1500 to 2000, New York, Random House, 1987. Ver también F. Frobel,
J. Heinrichs, O. Kreye, La Nueva División Internacional del Trabajo, México, Siglo XXI,
1981. Sobre los cambios del sistema internacional y su incidencia para América
Latina, ver M. Kaplan, "La concentración del poder político a escala mundial", en
El Trimestre Económico, México, No. 161, enero-marzo 1974, y,"Lo viejo y lo nuevo
en el orden político mundial", en Jorge Castañeda (compilador), Derecho Económico
Internacional, México, Fondo de Cultura Económica, 1976.

Ver Holly Skliar (editor), Trilateralism - The Trilateral Commission and Elite
Planning for World Management, Boston, South End Press, 1980.

Ver Raúl Prebisch, El Capitalismo Periférico. Crisis y Transformación, México, Fondo
de Cultura Económica, 1981. Y ver M. Kaplan, Estado y Sociedad en América Latina,
cit., cap. 3.

Ver M. Kaplan, Modelos Mundiales y Participación Social, México, Archivos del
Fondo, Fondo de Cultura Económica, 1974.

Ver Sergio Vilar, Fascismo y Militarismo, Barcelona, Bnos. Aires, México, Grijalbo,
1978; David Collier (editor), The NewAuthoritarianism in Latín América, Princeton
UniversityPress; M. Kaplan, "¿Hacia un Fascismo latinoamericano?", en Nueva Política,
México, Vol. I, No. 1, 1976; Florestan Fernandes, Poder y Contrapoder na América
Latina, Río de Janeiro, Zahar Eds., 1981.

Sobre el Estado latinoamericano, ver Octavio Ianni, Estado y Planejamento Eco-
nomico no Brasil (1930-1970), Río de Janeiro, Ci~ao Brasilera, 1971; Tilman
Evers, El Estado en la Periferia Capitalista, México, Siglo XXI Eds., 1979; Fernando
H. Cardoso, Estado y Sociedad en América Latina, Buenos Aires, Nueva Visión, 1972;
M. Kaplan, Estado y Sociedad en América Latina, cit., caps. 6 y 7, y Participación
Política, Estatismo y Presidencialismo en la América Latina Contemporánea, San
José de Costa Rica, Cuadernos de Capel, 1985.

Sobre los impactos e implicaciones de la Tercera Revolución Industrial y Científica
en marcha, ver Peter Drucker, "The Changed World Economy", Foreign Affairs, New
York, Council on Foreign Relations, primavera de 1986; M. Michael Blumenthal,
"The World Economy and Technological Change", Foreign Affairs, Vol. 66, 1988;
Walter B. Wriston, Technology and Sovereignty", Foreign Affairs, Vol. 67, No.2, 1988;
Albert Bressand, "Impacto del cambio tecnológico sobre la economía internacional.
Perspectivas de América Latina", Integración Latinoamericana, Buenos Aires, INTAL,
septiembre 1988, año 13, No.138.

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