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| VOLUMEN 1 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1990 |
Nacionalismo en América Latina
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Memoria indígena en el nacionalismo
precursor de México y Perú
NATIVIDAD GUTIERREZ
London School of Economics
La invocación del pasado étnico parece ser una práctica constante
del nacionalismo. Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de
un proceso mecánico y absolutamente condicional en la creación de
naciones. El surgimiento de una comunidad cultural que aspira a ser
políticamente independiente no es solamente una actividad austera
basada en decretos y acuerdos sino también involucra su propio
sentido de la memoria histórica como forma de legitimación de la
nueva nación. El pasado étnico se percibe a través de mitos, símbolos
y leyendas1, mientras que el nacionalismo emerge como la primera
expresión de conciencia y defensa cultural de dicho pasado étnico.
El nacionalismo como movimiento cultural usa mitos y símbolos para
proveer a la comunidad que busca autonomía política una identidad
cultural propia. El uso de mitos impulsa a la acción colectiva y
demuestra tener la capacidad para la movilización popular2. El peso
de estos mitos y símbolos en la mente popular cuenta para determinar
la especificidad que adquiere cada expresión de nacionalismo.
Este artículo explora de manera comparativa el uso ideológico del
pasado prehispánico en el nacionalismo incipiente de México y Perú de
finales del siglo XVIII. Los términos de esta comparación son que tanto
México como Perú tienen una experiencia histórica similar, pero la
existencia del pasado prehispánico o étnico fue utilizada de diferente
manera en la etapa anterior a la formulación de independencia.
Las experiencias históricas compartidas son: memoria de un pasado
imperial conquistado por la Corona española; experiencia colonial
prolongada y formación de la sociedad de castas. A pesar de estos
hechos en común, las dos nacientes naciones manifestaron diferentes
usos de su historia. México usó y reelaboró el pasado azteca, a pesar
de la indianidad vigente, con el fin de romper política y culturalmente
con España. Perú mostró ambigÜedad en el uso del pasado inca en
tanto la indianidad fuese vigente y manifestó continuidad con España.
Crear una comunidad con historia propia fue una rasgo sobresaliente
del nacionalismo mexicano; mantener una vinculación con la tradición
hispánica y temor a la comunidad inca fue una preocupación peruana.
Ahora bien, ¿qué factores determinaron estas diferencias ideológicas
entre Perú y México en cuanto a sus nacionalismos incipientes? Por
principio, resulta útil el planteamiento de la siguiente conjetura: a
mayor presión indígena, menor interés criollo por la tradición étnica
y prehispánica. Esta suposición aplicada de manera comparativa será
explicada por medio de la existencia de dos variables: la tensión
étnico-racial de la sociedad de castas y la ocurrencia e intensidad de
revueltas indígenas anteriores a la declaración de la independencia.
La sociedad de castas
La composición étnica y racial de los virreinatos de Nueva Granada
(Perú) y Nueva España (México) a finales del siglo XVIII y principios
del XIX mostraba similitudes. En ambas sociedades la población estaba
compuesta por cuatro categorías raciales básicas.
| Población | Perú | México |
| Blancos (1) | 140.890 (13%) | 1.095.000 (23%) |
| Indios | 648.615 (58%) | 2.500.000 (52%) |
| Mestizos | 244.313 (22%) | 1.231.000 (25%) |
| Negros | 81.389(7%) | 6.100(0%) |
| Total | 1.115.207 (100%)(a) | 4.832.100 (100%)(b) |
(1) Incluye a criollos y peninsulares
(a) Fuente: John Lynch, The Spanish American Revolutions 1808-1826, p. 380, nota 2.
(b) Jacques Lataye, Quetzalcóatl y Guadalupe, p.49.
En términos generales, el grupo blanco controlaba prioritariamente
la economía, religión y política. Las castas y la mayoría de indios se
encontraban en el último escalón de la sociedad. Eran tributarios y
proveían la principal fuerza de trabajo para la economía colonial.
Dentro de la categoría indígena existía una tradicional división man-
tenida por las autoridades coloniales: la llamada nobleza indígena,
conocida en Perú como los curacas y en México como los caciques3.
Este sector nativo era poseedor de tierras y jugaba un papel clave en
la recolección de tributos y reclutamiento de fuerza de trabajo para
las encomiendas, mitas y repartimientos4. También se distinguía de
sus semejantes y coetáneos por su sistemática adoctrinación en la
religión católica y las maneras hispanas5.
La tensión étnico-racial entre las diversas categorías ocurría de
forma diferente en las dos sociedades. En Perú se trata del típico an-
tagonismo racial entre indios y blancos. Por ejemplo, en los Andes era
más común la tendencia a que los indios aceptaran el peso de las formas
de trabajo impuesto cuando éste era exigido por indios principales y
curacas. La situación era diferente si el trabajo era requerido por un
blanco o incluso un mestizo. Entonces había reacciones de repulsa y
cierta violencia por parte del sector indígena6. Por otra parte, en
México la fricción fundamental tenía lugar por la rivalidad entre la
minoría de blancos peninsulares y blancos americanos. Esta rivalidad
es patente a finales del siglo XVIII entre las primeras generaciones
de blancos americanos (criollos) y la llegada de nuevos españoles
migrantes atraídos por el éxito de la economía colonial7.
Las diferencias entre criollos y peninsulares aparentemente no fue-
ron muy notorias. Si bien ambos sectores mantenían asociación racial,
comunidad lingÜística y participaban en la misma tradición hispana
basada en la adhesión a la religión y pensamiento católicos, existía
la obvia diferencia de su pertenencia geográfica, o sea, su lugar de
nacimiento. Esta característica ha pretendido explicar el hecho de
que los criollos de México tuvieran riquezas o acceso a la educación
eclesiástica, pero no derechos para ocupar altos puestos dirigentes o
administrativos.
Otros aspectos preocupaban a la minoría blanca del Perú, como
lo fueron las frecuentes revueltas indígenas entre 1708 y 17838. Los
blancos peruanos, fuesen criollos o peninsulares, eran conscientes o
tenían la intuición de su condición minoritaria en un medio predomi-
nantemente no europeo. Intentos intelectuales enfocados a marcar
alguna distinción al interior de este grupo racial y culturalmente
homogéneo a la percepción de la mayoría de castas e indios era
un riesgo que ponía en duda la sobrevivencia misma del grupo. La
vulnerabilidad sobre la que se asentaba la sociedad de castas implicaba
en ambos virreinatos invocar con cautela ideas políticas que no se
confundieran con "guerras de castas" o significaran la recuperación
del territorio usurpado, el exterminio de blancos o la restauración
cultural y organizativa de la anterior sociedad autóctona.
Las rebeliones indígenas
La rebelión de Tupac Amaru
A finales del siglo XVIII ocurrieron en el Perú frecuentes rebeliones
y movilizaciones de indios. Se ha dicho que razones económicas (p.ej.
formas abusivas de explotación e impuestos elevados) fueron los
móviles principales de estas reacciones9. Estas protestas surgidas y
elaboradas en el interior del sector indio no buscaron alianzas con
otras castas, ni tampoco apoyo unificado, sólo fueron repetidas mani-
festaciones de descontento hacia los procedimientos de la economía
colonial y su minoría blanca. La ocurrencia de este rechazo fue creando
el antecedente de identificar a la protesta india como una reacción
permanente en contra del grupo hispano.
La expresión culminante de este descontento afloró en 1780 con la
explosividad de la rebelión de José Gabriel Tupac Amaru (1740-1781)10.
Si bien es cierto que esta movilización fue una respuesta violenta en
contra de los motivos económicos tradicionales o a la imposición de
nuevas medidas administrativas (p.ej. aumento y forma de recolectar
impuestos), también hubo poderosas razones culturales que explican
el apoyo y seguimiento del grupo autóctono. Esta revuelta se originó
en la provincia de Tinta y logró extenderse por veinticuatro provincias,
desde el Cuzco hasta las fronteras de Tucumán11. Se dice que durante
los tres años que duró esta revuelta murieron cien mil indígenas12; que
las tropas de José Gabriel se calculaban entre cuarenta y sesenta mil
hombres al momento de sitiar la capital del Cuzco, mientras que la
ofensiva realista estaba formada por más de treinta mil13. El impacto
de esta rebelión se debió en gran medida a los antecedentes históricos
del líder indígena, al contenido de su programa, al uso del quechua
en los combates14 y, en especial, a la invocación de mitos incaicos.
Razones de peso que provocaron diversas reacciones en el interior
de la sociedad colonial (p.ej. la división de la nobleza indígena entre
aquéllos que combatieron la rebelión a favor de la Corona, como fue el
caso del curaca Mateo García Pumacahua) y que también explicaban
el temor creciente de la minoría blanca hacia las insurrecciones de
indios o a toda sospecha de reactivación de la memoria indígena.
José Gabriel Condorcanqui, o Tupac Amaru, se decía heredero
del último rey del Perú, conocido como Inca Tupac Amaru, hijo de
Manco Inca y hermano de Sayri Tupac. Garcilaso de la Vega en sus
Comentarios reales de los incas describió la muerte heroica del Inca
Tupac Amaru, ejecutado por órdenes del Virrey Francisco de Toledo en
1572, en la plaza mayor de Cuzco15. También Garcilaso logró captar de
manera conmovedora el impacto emocional que produjo esta ejecución
en la percepción indígena. En breve, la historia del Inca Tupac Amaru,
siguiendo a Garcilaso, es la de un "príncipe" que rehúsa ser cristianizado
y "vivir entre españoles". De varias maneras las autoridades virreinales
intentan acabar con este "príncipe", cuya presencia tenía a los indios
en permanente inquietud. A la entrega voluntaria del Inca Tupac
Amaru le sigue su ejecución pública. Aquí se advierte otro momento de
emotividad y exaltación indígenas: Garcilaso describe que su ejecución
fue acompañada de un "terrible y triste alboroto" entre los indios, que
parecía sublevación. Al momento en que Tupac Amaru les dirige una
señal, los indios guardan de inmediato absoluto silencio. Es entonces
cuando los españoles no sólo se alarman sino se asustan del poder
que sigue ejerciendo Tupac sobre sus semejantes. Para vencer su
propio miedo, los españoles ordenan que el Inca sea decapitado y con
ello declaran que ése ha sido el fin del último inca legítimo heredero
del imperio16.
Estas narraciones fueron conocidas por José Gabriel Condorcanqui.
La asidua lectura de los Comentarios de Garcilaso17 fue su fuente
de información e inspiración sobre el impacto de la descendencia
incaica en la sensibilidad histórica indígena. No sólo eso, sino que
la movilización que él encabezó usó mitos, símbolos y nombres incas
de innegable arraigo indígena. Por ejemplo, la creencia popular en el
"mito del Inkarrí", que se refiere al regreso del último inca una vez
que se ha unido su cuerpo decapitado18, fue una razón que favoreció
la intensidad de la sublevación. El grito de rebelión de Tupac Amaru
"muerte a los españoles"19 fue otro factor que contribuyó, por una
parte, a la movilización de indios deseosos de recuperar la ilusión de
sus glorias anteriores y, por otra, acentuó la desconfianza y el temor
de los blancos a toda expresión autónoma de presencia e ideología
indígenas que buscaran el exterminio de europeos y su cultura en el
Perú.
Señalemos, por último, el alcance popular que tuvo la invocación
del nombre "Tupac Amaru". Arriba mencionamos que el líder de la
revuelta de 1780 se llamaba en realidad José Gabriel Condorcanqui.
Se dice que fue mestizo y se decía descendiente por línea femenina
de la familia del Inca Tupac Amaru. En cuanto a la enorme sospecha
de los blancos peruanos con respecto al uso de nombres indígenas
dinásticos, cabe incluir el punto de vista del médico limeño José
Eusebio Llano Zapata. En 1759, es decir, veintiún años antes de la
rebelión de 1780, Llano Zapata, en sus Memorias Histórico-Físicas-
Apologéticas de la América Meridional20, quiso dejar en claro que la
rama legítima de los Incas terminó, en efecto, con la ejecución en 1572
de Sayri Tupac y Tupac Amaru, quien no dejó descendencia directa21.
Por lo tanto, decía Llano Zapata: "(...)todos los que pretendiesen
probar parentesco con los incas del Perú será por bastardía( ...)"22.
Los estudios contemporáneos23 sobre Tupac Amaru no mencionan la
probabilidad de que las Memorias de Llano Zapata también pudieron
haber influido en la confección simbólica utilizada por el líder indígena.
Lo curioso es que existe cierta vinculación entre el gesto aprehensivo
de Llano Zapata y la sublevación, años más tarde, de José Gabriel, que
le dió a éste la clave del éxito para lograr una extensa movilización.
Me refiero a que Llano Zapata reconocía el peligro que presentaba el
uso de apellidos de Incas para motivos de sublevación, ya que para
el sector indígena eran nombres "muy sagrados", y cita el ejemplo
de un indio que tomó los apellidos Atahualpa, Apo Inca, Guayna-
Capac y "fácilmente engañó a los bárbaros sublevando a los pueblos
de cristianos y misiones"24.
José Gabriel Tupac Amaru buscaba con su rebelión dos objetivos:
la defensa de las condiciones de trabajo del indio y el reconocimiento
de los legítimos derechos (fueros y privilegios) de la antigua nobleza
incaica25. No hay duda de que este movimiento tenía límites definidos,
es decir, tanto el contenido de las demandas como el carácter de la
identificación cultural, los mitos y los símbolos invocados sólo podían
aglutinar al sector indígena. A este movimiento se le ha atribuido una
"vísign unificadora" que logró unir a las distintas castas, así como
a pocos criollos, es decir, crear una alianza "anti-española"26. Sea como fuere, lo cierto es que este movimiento produjo el clímax del
temor blanco a la presencia indígena. Ello se advierte en la forma
en que las autoridades virreinales, después de aplacar la rebelión,
intentaron una vez más erradicar el mito del Inkarrí y toda traza
de descendencia de la familia Tupac Amaru. José Gabriel, al igual
que su ancestro inca, también sufrió la ejecución pública en 1781,
pero en su caso, en compañía de su esposa, sus hijos mayores
y seguidores más cercanos. Su cuerpo mutilado fue esparcido por las
diversas zonas que participaron en la sublevación, indicando, quizá,
la fragmentación irreparable del mito. Como la ejecución del líder no
fuese garantía suficiente para aniquilar el mito del retorno del inca,
las autoridades quisieron arrancar la raíz del asunto ordenando lo
siguiente: la extinción de toda la descendencia Tupac Amaru hasta en
cuarto grado; la prohibición de la circulación de los Comentaríos reales
de los incas de Garcilaso; la restricción de información genealógica de
la nobleza incaica y, por último, la supresión de la enseñanza de la
lengua quechua en la universidad de San Marcos27.
Las revueltas indígenas de México
Hacia la segunda mitad del siglo XVIII tuvieron lugar en el virreinato
de la Nueva España diversas revueltas, motines y sublevaciones de
indígenas. Pero ninguna de estas formas de descontento logró tener
la trascendencia y explosividad que caracterizó a la rebelión de José
Gabriel Tupac Amaru, ni siquiera la revuelta de 1761 encabezada
por Jacinto Canek en Yucatán. Al igual que en la sublevación de
los Andes, la incitación del sentimiento indígena en contra de los
blancos fue el móvil principal de esta revuelta, que logró infundir
alarma entre los habitantes blancos de la apartada península. Las
autoridades virreinales pusieron fin a esta insurrección por medio
de sus métodos tradicionales de organizar expediciones militares se-
guidas por la ejecución pública y sádica del líder Canek28. A pesar
de la carga mítica y simbólica implicada en la sublevación (p. ej. la
destrucción del imperio español y la creación de un reino señoreado
por indigenas)29, ésta no creó un mito unificado que lograra extenderse
fuera de los límites de la región. De hecho, las sublevaciones de México
tuvieron, como en este caso, la tendencia a ser protestas de alcance
local o, a lo sumo, regional.
Otros intentos de movilización indígena se registraron a principios
del siglo XIX en diversos lugares del virreinato. Estos fueron de
carácter milenarista o religioso, que clamaban coronaciones de reyes
indígenas, mensajes divinos o salvaciones milagrosas30. Por ejemplo, se
conoce el caso de la supuesta conspiración de José Bernardo Herrada
para proclamar a un "rey indígena" en Tlaxcala o el regreso del
"fantasma de Mariano", que haría estallar la capital del virreinato con
el fin de coronarse "rey". Es interesante notar, sin embargo, que este
tipo de discurso mítico no logró tener seguidores indígenas ni contó
con su apoyo. Por una parte, estas proclamas carecían de atracción
simbólica que lograra establecer cierta identificación entre la causa
de la sublevación y los intereses indígenas y, por otra, los autores
de estas reacciones no tuvieron capacidad para iniciar una amplia
movilización popular. Sin embargo, estas protestas en ningún momento
fueron ignoradas por las autoridades virreinales ya que, en efecto,
movilizaron tropas por temor a dos factores: en primer lugar, por la
inquietud que podría ocasionar entre los pueblos indios la presencia
de un "rey indígena" y, segundo, por la aprensión ante un posible
complot extranjero debido a la expansión de Norteamérica31.
Las revueltas y sublevaciones indígenas en ambos virreinatos fueron,
según hemos visto, hechos frecuentes que dan cuenta del grado de
tensión en la sociedad de castas. Sin embargo, las repercusiones de
estas movilizaciones tuvieron alcances diferentes. En Perú, la conmo-
ción creada entre el grupo blanco por la violencia de la revuelta
indígena de 1780 sentó el antecedente de intentar aniquilar el pasado
y destruir los mitos y genealogía nativas. Para los criollos peruanos,
ver a un indio de la nobleza incaica en el trono no era idea irrealizable.
Existía la sospecha de que un inca hiciera uso de su derecho a
ser soberano de su territorio, según la tesis de Bartolomé de las
Casas32. Este temor criollo también se manifiesta en el hecho de que
el apoyo criollo en las revueltas de los Andes fue inexistente33. Dicha
presión indígena fue clave en determinar la falta de visualización y
necesidad de independencia por la parte criolla. Los blancos del Perú se
inclinaron al conservadurismo y aceptación de la monarquía española
que garantizaba la permanencia de sus privilegios, lejos de apoyar
rebeliones indígenas triunfantes que significasen la predominancia
india o la pérdida de sus propiedades, que, para los indios, equivaldría
a la recuperación de la tierra conquistada. En México, en cambio, nin-
guna revuelta usó el pasado para legitimar sus demandas. Las revueltas
fueron esporádicas, sin un mito unificado y, por lo general, sin coheren-
cia. En este tipo de insubordinaciones nativas apenas si hace falta
mencionar que la necesidad de buscar apoyo criollo fue desapercibida34.
Sin embargo, en el caso mexicano es otro tipo de tensión étnica, es
decir, la rivalidad entre el grupo hispano de América y los peninsulares,
la que determinó la necesidad de separarse políticamente de España.
La guerra de independencia empezó como una reacción de indios,
castas y criollos en contra de España. Había condiciones propicias
para esta alianza: los indios estaban políticamente controlados, no
tenían mitos unificados, y los criollos buscaban un pasado original
que legitimara su predominancia y derechos exclusivos sobre América
y sus antiguos habitantes.
En suma, el antecedente de las revueltas indígenas y su simbología,
cuya intensidad fue diferente en ambos virreinatos, así como la tensión
entre el grupo criollo y el hispano, contribuyeron a que existieran
diferentes estrategias acerca de cómo lograr la independencia política y
la necesidad de delimitar una cultura exclusiva para México y Perú. Con
el fin de contrastar estas diferencias, a continuación nos ocuparemos
del surgimiento de las primeras ideas de autonomía cultural del grupo
criollo de ambos virreinatos a través de sus reacciones a las tesis
de los naturalistas franceses primero, y el uso ideológico del pasado
prehispánico después.
América: el continente púber
El nacionalismo americano parece haber comenzado por el lado
geográfico y natural. La primera defensa ideológica de América tomó
la forma de una respuesta a los planteamientos y afirmaciones fáciles
de aquéllos que, desde sus escritorios en Europa, escribieron acerca
del estado natural y humano del nuevo continente. A mediados del
siglo XVIII, los naturalistas franceses, Buffon (George Louis Leclerc)
y Cornelius de Pauw, quisieron contribuir a esclarecer los lugares
comunes, los rumores, las anécdotas de viajeros que se escuchaban
acerca del nuevo continente y sus habitantes. Para éstos todavía tiene
valor la antigua asociación de que el clima determina el genio35. La ge-
neralización más común es que América es una tierra débil e inmadura,
es decir, su proceso evolutivo no ha concluido36. La originalidad del
rigor científico de Buffon para aclarar esta suposición no dió para
tanto, pues concluyó que esa debilidad era resultado del estado aún
frío de la tierra que genera humedad y pantanos y, por consiguiente,
es el lugar apropiado para la reproducción de todas las especies
de sangre fría. Según este principio, la naturaleza americana es la
responsable de la debilidad física y moral tanto de los animales
como de la humanidad americana37. En esta generalización cupieron
tanto nativos como descendientes de inmigrantes; no era el hombre
en sí el defecto mismo, sino la circunstancia de haber nacido en una
tierra imperfecta. A este asunto de la debilidad natural de América se
sumó la afirmación del enciclopedista y acérrimo anti jesuita Cornelius
de Pauw. Si Buffon creía en la imperfección de la naturaleza como
la responsable de la ausencia de ciertas especies animales o de la
debilidad de éstas, de Pauw se aparta de las explicaciones naturalistas
y concluye que el problema radica en la forma de vida del nativo
americano38. Para de Pauw, la especie americana no es resultado de
la imperfección intrínseca, sino que es, por naturaleza, degenerada y
decadente.
Estas tesis que hoy aparecen cómicas no tendrían la menor impor-
tancia si no fuera porque su difusión por el continente generó un
tipo de "embrionario patriotismo americano"39. Este nacionalismo in-
cipiente se expresó no sólo por la defensa sino también por la apología
de las excelencias naturales y únicas de América. Para refutar cuán
equivocadas, hirientes y mal fundadas eran las tesis de los franceses,
la élite criolla educada se encontró en la necesidad de contemplar
atentamente a su alrededor para así estudiar y describir la maravilla
y originalidad incomparable de esas tierras; sus volcanes, minerales y
los efectos saludables del clima. A partir de ese ejercicio intelectual se
delineó la conciencia de superar los prejuicios de inferioridad física
atribuidos al continente. La defensa de la geografía y la descripción
detallada de los recursos, así como el estudio de la flora y la fauna, se
convirtieron en una reacción unificada en contra de los argumentos
fáciles elaborados en Europa.
La refutación a estas tesis entre las élites criollas de los dos
virreinatos observó una notable bifurcación que interesa destacar
aquí. La crítica peruana se orientó principalmente hacia la defensa
y exaltación del clima y los recursos minerales. Sus más conocidos
exponentes fueron: José Manuel Dávalos (1784); Hipólito Unánue y
José Eusebio de Llano Zapata (1761). Estos intelectuales, sin embargo,
al intentar responder con seguridad a la ofensiva, no trascendieron el
nivel de la crítica de los franceses. Encontraron más utilidad para
su defensa en los límites de la apología del clima y la calidad de
los minerales de las tierras peruanas. En pocas palabras, en ninguno
de estos escritos se hace mención del pasado inca, ya no digamos
interés en rescatar su antigÜedad y elevarla a un plano universal. La
tendencia del criollismo a establecer la diferencia entre lo indio y lo
español es notable en el Perú de fines del siglo XVIII. Esta corriente
fue expresada por el grupo de intelectuales "La Sociedad Amantes
del País" y su órgano, Mercurio Peruano. Se trata de la idea criolla de
que todos los nacidos en América son compatriotas, paisanos; así, los
términos "patria", "país" y "Perú" pretenden vincular a indios, castas
y criollos, pero es el término "nación" el que une exclusivamente a
los españoles americanos con los peninsulares40. Esta tendencia exalta
el amor a la tierra, al paisaje y a los recursos, pero no se siente
protagonista, no quiere sentir apego alguno por la historia anterior a
la colonización, o bien, por la humanidad y sociedad nativas.
En México también hubo crítica a la tesis naturalista de Buffon;
por ejemplo, el detallado inventario de la flora y la fauna mexicanas
que elaboró el jesuita Francisco José Clavijero (1731) durante su
exilio en Italia41, o bien, la participación del domínico Fray Servando
Teresa de Mier polemizando sobre la originalidad de algunos frutos
americanos, por mencionar sólo un caso42. Sin embargo, la defensa
de tipo naturalista de estos religiosos resulta tangencial en la medida
que ésta se compara con sus aportes hacia la dignificación del pasado
prehispánico, la recuperación de mitos indígenas y, en general, en
haber creado interés universal por la antigÜedad de México. En el caso
mexicano había mayor preocupación intelectual por crear una cultura
autónoma y propia que antecediera y justificara la separación política
con respecto a España. La rivalidad entre criollos y peninsulares
arriba mencionada explica esta necesidad de independencia total.
Además había elementos valiosos a favor de la imaginación criolla,
como, por ejemplo, la relativa falta de potentes revueltas indígenas
que amenazaran destruir el proyecto nacional del criollismo y la vasta
riqueza cultural y simbólica de un pasado original que podía ser sin
duda aprovechable. Por medio de esta recuperación, el nacionalismo
criollo se apropiaba del derecho a tener una cultura histórica y, por
lo tanto, no "inventada", que pudiera expresarse con confianza en
el plano internacional. Con este proyecto se asume que el criollismo
deseaba incorporarse a la corriente histórica de Mesoamérica.
La sombra del pasado prehispánico
El tema preferido de los intelectuales peruanos, la defensa apologé-
tica de la naturaleza, podía desarrollarse sin temor a riesgo alguno.
Pero la situación era muy diferente en el caso de rescatar antiguas
memorias prehispánicas. Los criollos peruanos, siguiendo la tradición
de su hispanidad, no se interesaron por este tema. Una razón de
peso para este deliberado olvido es la obra del mestizo Garcilaso de
la Vega, que, con cierta razón, ejerce más influencia en la intelectualidad
mexicana que en la peruana43. Los temas que trata Garcilaso - el
derrocamiento del imperio de Tupac Amaru y la desaparición de la
estirpe inca - son las primeras muestras para reivindicar la estirpe
del pasado indígena. Por esta esencia del pasado indígena se entiende
la vigencia y continuidad de una tradición guardada en la memoria del
grupo aristocrático44 Garcilaso, al documentar su propio drama, dejó
una herencia incomparable: un cúmulo de valiosa información basada
en verdaderos recuerdos y experiencias, cuya reanimación podría dar
lugar a la actualización de proyectos indígenas que excluyeran al
grupo blanco, tal como sucedió con la revuelta de Tupac Amaru. Esta
cautela del criollismo peruano acerca del indigenismo y mitología
incas es notable en la opinión de Llano Zapata. Si bien este intelectual
no glorifica el pasado inca, tampoco lo ignora, aún más, revela
conciencia de la dinámica de su vigencia. Así, Llano Zapata aborda
tres aspectos relevantes a esta cuestión: quiere dejar en claro que
ningún indio, después de la ejecución de Tupac Amaru en 1572, tiene
parentesco inca45 expresa la pérdida de antigÜedades nativas (libros
calendáricos y arqueología), al ser destruidas por las autoridades
religiosas, con las cuales hubiera existido evidencia para conocer el
pasado46, y, finalmente, repudia las rebeliones de indios47. En este autor
se condensan las constantes del pensamiento peruano sobre el pasado
indígena: intentar negar a los indios vinculación con su propia historia
destruyendo el mito de la descendencia; exaltar la importancia de
testimonios arqueológicos, muchos de ellos quizá ininteligibles para
la mayoría indígena común y, por supuesto, expresar temor a las
reivindicaciones de indios.
En México, a diferencia de un Garcilaso mestizo, la glorificación
del pasado prehispánico como tema relevante en la gestación del
nacionalismo cultural fue iniciada por religiosos criollos en el exilio48.
Para el jesuita Clavijero, quien vivió involuntariamente en Europa, la
afirmación de que tanto el Cuzco como México fuesen dos "aldeas
miserables" sin arte , industria y leyes era una calumnia que merecía
ser corregida49. De Pauw basaba su afirmación escudándose en la
existencia de los arquetipos de la civilización clásica tales como el uso
del fierro y la moneda, el arte de escribir, fabricar navíos y puentes
de piedra. La obra de Clavijero se inició, entonces, como una refutación
cuidadosa a la crítica arrogante de de Pauw. También Clavijero no podía
pasar por alto la opinión de que en el nuevo continente no existiera la
capacidad de registrar los acontecimientos históricos: "( ...) yo quisiera
que de Pauw me mostrara algún pueblo grosero o medio culto del
antiguo continente, que haya puesto tanta industria y diligencia como
los mexicanos para eternizar la memoria de sus acontecimientos"50.
La refutación a de Pauw se convirtió en el modelo de la historia
mexicana que adquiere su lugar en el tiempo e intenta dignificar
su tradición culta. Como de Pauw insistiera en la existencia de la
memoria durable mesoamericana, Clavijero puso énfasis en demostrar
la complejidad y riqueza de las pinturas, los códices y la arquitectura51.
Clavijero no olvidó escribir sobre la formación del imperio mexica,
sus reyes y genealogías. Sin embargo, también se encargó de poner
un límite al mito de descendencia de la tradición mexica. En efecto,
en su versión, parte de la nobleza azteca fue aniquilada en conjunto
durante la masacre de Pedro de Alvarado, cuando ésta celebraba
cierta festividad en el templo mayor. Como este hecho significara la
pérdida irreparable de la tradición, la "( ...) plebe desde entonces trató
a los españoles como enemigos de su patria"52. Así Clavijero dejaba
sin efectividad real a la nobleza en tanto transmisora de la memoria
indígena, pero quiso incluirla con dignidad como parte de la historia
de la conquista. De manera similar que Llano Zapata en el Perú,
Clavijero, con su detallada elocuencia, logró inmortalizar dos aspectos:
el primero, acabar con la vigencia de una tradición aristocrática nativa
en caso de que la memoria indígena pudiera reactivarse de manera
autónoma y, segundo, recuperar la grandeza de la arqueología azteca,
pero con la sutileza de que sus verdaderos intérpretes quedaron
sin vida desde hace tiempo. Otro tipo de dignificación del pasado
azteca es el que protagonizó Fray Servando Teresa de Mier53. Al
plantear y querer demostrar la tesis de la evangelización temprana
de Mesoamérica, o sea, disminuir la importancia de la cristianización
española, estaba implicando la glorificación del pasado prehispánico
de manera extrema. En otras palabras, Mesoamérica vivió con esplen-
dor, civilización y religión aceptables sin apenas conocer la mente de
Europa. No en vano este tema ha fascinado a varios historiadores que
a su vez han ofrecido diferentes y valiosas interpretaciones54.
Los discursos de la independencia
Si alguna duda quedara acerca de las diferencias entre las élites
intelectuales de México y Perú con respecto al uso del pasado prehis-
pánico, es útil detenernos en los discursos pronunciados conmemo-
rando la celebración del veinticinco aniversario del Perú independiente
y señalando la apertura del primer congreso de la independencia
mexicana. En Perú es patente, pero no es de sorprender, la ambigÜedad
característica entre querer delimitar una cultura autónoma que no
significase ni la separación de España ni mucho menos el reesta-
blecimiento del imperio inca. La idea del nuevo Perú es la de una
comunidad que excluye el pasado. Bartolomé de Herrera, al pronunciar
el sermón de 1846, lo dice así: "( ... )el Perú de hoy (sic) debe su nueva
población, su cristianismo, su existencia entera a los españoles (...)".
Aunque el rector del Colegio de San Carlos no incluye al indio en
la nueva nación pues ésta está formada por la introducción del
"vigor de la raza española" y la "perfección del corazón con la verdad
católica", no ignora el triunfo hipotético de Tupac Amaru en 1780,
con el cual se hubieran perdido la cultura y la civilización hispanas
del Perú. Si la peruanidad es el resultado de la obra de España,
"( ...) libradnos de pensar en emanciparnos de vos"55, el nuevo país
surge sin complicaciones como el "(...) Perú español y cristiano cuya
independencia celebramos".
El discurso de José María Morelos con motivo de la inauguración
del Congreso de Chilpancingo (13 de septiembre de 1813) muestra
una curiosa continuidad con la historia narrada de Clavijero. En
efecto, Morelos revive el mito de descendencia nativa al incluir como
motivo de la emancipación la venganza a la masacre de la nobleza
por el español Pedro de Álvarado: "¡Genios de Moctehuzoma, de Caca-
matzin, de Cuauhtimotzin, de Xicontencatl y de Catzonzi, celebrad,
como celebrasteis el mitote en que fuisteis acometidos por la pérfida
espada de Alvarado, este dichoso instante en que vuestros hijos
se han reunido para vengar vuestros desafueros y ultrajes (sic), y
librarse de las garras de la tiranía y fanatismo que los iba a sorber
para siempre!". El porvenir de la comunidad mexicana deseaba verse
libre de la presencia cultural de España. La heterogeneidad indígena
podía ser aglutinada bajo la invocación de este atractivo mito que
además mostraba la capacidad de proveer un sentido de identificación
con la causa de la independencia iniciada por el bajo clero: "Al 12
de agosto de 1521, sucedió el 14 de septiembre de 1813, en aquél
se apretaron las cadenas de vuestra servidumbre en México Tenoxtitlan
(sic), en éste se rompen para siempre en el venturoso pueblo de
Chilpantzingo (sic)"56. En pocas palabras, con la recuperación de esta
historia y la invocación del pasado mexica, se ganaba lo que para
Perú resultaba una amenaza potencial: la adhesión del sector indígena
y el rechazo a la obra hispana.
Conclusión
Esta comparación ha servido para demostrar que la invocación del
pasado étnico como tema del nacionalismo incipiente de Perú y México
no fue realizada de manera similar. Varias razones contaron para ello.
Por principio, la revuelta temprana de Tupac Ámaru y la difusión
intercontinental de la obra de Garcilaso; mientras que México tuvo a su
favor la relativa pacificación de la población nativa, su riqueza simbólica
y legendaria, así como el hecho de que el grupo que podría lograr
cierta unificación rivalizaba con los intereses peninsulares. Semejante
divergencia de hechos demuestra, sin embargo, la importancia de la
percepción popular en momentos de acción colectiva. La manipulación
de símbolos no puede hacerse de manera arbitraria. En la explosiva
situación de los Andes, fueron los indios mismos los que hicieron uso
de su propio pasado con el fin de legitimar sus protestas y reivindicar
sus derechos ancestrales. La presencia indígena y su memoria resistió,
como en este caso, a ser objeto de las interpretaciones no indias.
El nacionalismo mexicano mostró una manera diferente de usar el
pasado y sus símbolos. En este caso, como se ha visto, la memoria
indígena recuperada fue sometida a un proceso de dignificación de
carácter intelectual y religioso con el fin de convertirse en historia
aceptable, independiente y orgullosa. Pero esta memoria, al adquirir
un tono "respetable", quedó excluida, por otro lado, de la participación
de sus legítimos intérpretes indígenas, de tal manera que la historia
quedó desde entonces, abierta a todo tipo de interpretaciones y
especulaciones.
NOTAS
Sobre la tendencia histórico-culturalista que enfatiza la importancia del pasado
étnico como expresión durable para la formación y continuidad de las naciones,
véase Smith, Anthony D., The Ethnic Origins ofNations, Basil Blackwell, 1986.

Smith, Anthony D, "National Identity and Myths of Ethnic DescenC, Research in
Social Movements, Conflict and Change, Vol.7; 1984: 95-130.

Gibson, Charles, "The Aztec Aristocracy in Colonial Mexico", Comparative Studies
in Society and History (II), January, 1960: 169-197; y Padgen, Anthony, "Identity
Formation in Spanish America", Colonial Identity in the Atlantic World 1500-1800,
Canny, Nicholas y Padgen, Anthony (eds.), Princeton University Press, 1987, p.
68.

Lynch, John, The Spanish American Revolutions 1808-1826, 2nd. Edition, W.Norton
and Co., NY., 1986, p. 159.

Gibson, Charles, op. cit., p. 181.

Valcarcel, Daniel, La Rebelión de Tupac Amaru, 2a. Ed., Fondo de Cultura
Económica, México, 1965, p. 23.

Lynch, John, op. cit., p. 315.

Lynch, J. registra la ocurrencia de 140 revueltas indígenas a lo largo del siglo
XVIII. Ibid., p. 165.

Ibíd.

José Gabriel Condorcanqui poseía el cacicazgo de Surinama, Pampamarca y
Tungasuca, curatos de la provincia de Tinta, que a su vez era una de las catorce
provincias que formaban el obispado del Cuzco. Valcarcel, D., op. cit., p. 54.

Valcarcel, D., ibid., p. 149.

Miranda Valenza, Julio César, La rebelión de José Gabriel Condorcanqui, H. C.
Rosas, Cuzco, 1943, p. 16.

Valcarcel, D., ibíd., pp. 145 y 163.

Ibíd., p. 149.

Vega, Garcilaso de la, Los comentarios reales de los incas, Urteaga, H. Horacio
(ed.), Lima, MCMXX, 6 t. Capítulos XVII, XVIII y XIX.

Ibíd.

Valcarcel, D., op. cit., p. 168.

Bourricaud, Frances, `The Peruvian System of Stratification", Ethnicity. Theory
and Experience, Glazer, Nathan y Moynihan, Daniel P. (eds.), Harvard University
Press, 1975, p. 376.

Valcarcel, D., op. cit., p. 76.

Memorias..., Imprenta y Librería de San Pedro, Lima, 1904, pp. 14 y 15, también
102 y 525.

Se sabe que sobrevivieron tres mujeres de la familia loca que se casaron con
españoles. Por una de estas mujeres, Juana Pilcoualco, José Gabriel conectó su
parentesco con la dinastía nativa. Miranda Valenza, op. cit., p. 3 y Valcarcel, D.,
op. cit., p. 42.

Llano Zapata, op. cit. p. 14. Apenas si hace falta subrayar la importancia de los
matrimonios legítimos y el prejuicio a la bastardía como valores en la reproducción
del linaje, que solía ser una obsesión de la mentalidad española colonial.

Por ejemplo: Valcarcel, D.; Lewin, Boleslao, La rebelión de Tupac Amaru y los
orígenes de la emancipación americana, Hachette, Buenos Aires, 1957.

Llano Zapata, op. cit., p. 15.

Valcarcel, D., op. cit., p.168. Sobre la influencia que ejercen Los comentarios reales
de los incas en el tipo de reivindicaciones que buscaba José Gabriel Condorcanqui,
es ilustrativo mencionar el caso que relata Garcilaso de la Vega acerca del grupo de
nobles que en 1603 se dirige a la Corona española para pedir que se les exente de
tributos y "otras vejaciones que sufren al igual que los indios comunes". Garcilaso,
op. cit., p. 108.

Este punto de vista es favorecido por quienes intentan hacer que exista en el
pasado una idea contemporánea, es decir, la creación de una comunidad cultural
homogénea como factor de soberanía política. Por ejemplo, Candamo, José A. de la
Puente, Notas sobre la causa de la independencia del Perú, Studium, Lima, 1964;
Chávez, Julio César, Tupac Amaru, Asunción, Buenos Aires, 1973.

Valcarcel, D., op. cit., pp. 180 y 209.

Lewin, B., op. cit., p. 129.

Florescano, Enrique, Memoria mexicana, Joaquín Mortíz, México, 1987, p. 216.

Ibid., pp. 181, 280 y 281.

Ibfd., p. 286.

Durand, Florez Luis, Independencia e integración en el plan político de Tupac
Amaru, PLU Editor, Lima, 1973, p. 93; y Hanke, Lewis, "Las Casas Historiador",
Historia de las Indias, México, 1966.

Lynch, J., op. cit., p. 171.

La situación es diferente al ocurrir la primera manifestación de insurrección,
conocida como "Grito de Dolores", iniciada por el padre Miguel Hidalgo en septiembre
de 1810. Como se sabe, esta inicial expresión popular no logró atraer el apoyo de
los criollos. Lynch, J., op. cit., p. 309.

Gerbi, Antonello, Viejas polémicas sobre el nuevo mundo; en el umbral de una
conciencia americana, 3a. ed., Banco de Crédito del Perú, Lima, 1946, p. 39. Las tesis
de Buffon y de Pauw se conocen como: Oeuvres Complétes, Richard Delange, Paris,
1826 y Recherches Philosophiques sur les Américains, Berlin, 1768, respectivamente.

Gerbi acuña una feliz expresión llamándole al continente la "niña púber", op. cit.,
p.48.

Como evidencia para sustentar su tesis, Buffon pone de relieve la ausencia de
grandes cuadrúpedos y, sobre todo, la inexistencia en América del león con melena.
Ibid., p. 17.

En su opinión, el nativo americano odia la sociedad y la educación, no tiene
leyes, es individualista e indolente. Ibíd., p. 50.

Expresión de Gerbi, A., op. cit.

Florez Durand, Luis, op. cit., p. 75. El término "nación" en este contexto se refiere
a los factores iniciales de cohesión como fueron la vinculación racial y linguística
que unía a blancos peninsulares y americanos. Si la "nación" expresa unificación
de rasgos visibles, raza y lengua, la palabra "criollo" tiene la intención de delimitar
alguna diferencia de tipo intelectual para separar culturalmente a los europeos de los
americanos. El criollismo, como característica distintiva de los blancos americanos,
expresó la tendencia a resaltar lo "americano", lo "autóctono" como expresión de
autenticidad, pero desarrollándose en un plano de "puro origen europeo". Arrom,
José Juan, "Criollo: definición y matices de un concepto", Revista Colombiana de
Folklore, (2), Bogotá, junio de 1953, p. 11 y Latchman, Ricardo et al, El criollismo,
Editorial Universitaria, Buenos Aires, 1956.

Historia Antigua de México, 2a. ed., Mariano Cuevas (ed.), Porrúa, México, 1964.
(Storia Antica del Messico, Giorgio Bisiani (ed.), Cesena, 1780, 4 Vols.)

Por ejemplo, Gerbi, A. narra con mucho humor la discusión del padre Mier
acerca del mexicanísimo chicozapote en comparación con la naranja valenciana,
op. cit., p. 268.

Brading, David A., Los orígenes del nacionalismo mexicano, Sep. Setentas, México,
1973.

Las funciones del Calmécac en México-Tenochtitlán eran las de guardar y
transmitir a las nuevas generaciones la tradición cultural de los mexicas según
la entendía la categoría social de los nobles o Pipatin, Kobayashi, José María, La
educación como conquista, 2a. ed., El Colegio de México, México, 1985, p. 57.

Llano Zapata, José Eusebio, supra, pp. 14-15.

Ibíd., p. 552.

Ibid., p. 567.

Obviamente, los más conocidos intérpretes de la cultura mexicana fueron
Clavijero y el padre Mier. Sin embargo, otros jesuitas en el destierro también se
sumaron a la tarea de narrar las cualidades físicas y morales de la tierra natal
para superar la supuesta inferioridad americana. Por ejemplo, Pedro José Márquez
expresa que el sacrificio humano no era rasgo original de la religión mexica, sino
que también fue practicado en Roma y Grecia. El diario de Antonio López de Priego
contiene innumerables referencias que intentan comparar la arquitectura de Italia
con la de México, así también pone de manifiesto la capacidad racional de los
indios al enfatizar que éstos aceptaron el cristianismo más rápido que los europeos.
Burrus, Ernst J., "Los jesuitas exiliados, ¿fueron precursores de la independencia
de México?", Revista Chilena de Historia y Geogratla, (135), 1967, pp. 72-92 y p.
81, y Browning, John., "Cornelius de Paw and Exiled Jesuits; the Development of
Nationalism in Spanish America", Eighteenth CenturyStudies, Spring, 1978, pp. 289-
307.

Clavijero, op. cit., p. 525.

Ibid., p. 537.

El interés por la arqueología es el aspecto que más se conoce de Clavijero. El
término "neo-aztequista" que John Leddy Phelan le ha atribuido, se orienta princi-
palmente hacia la renovación del estudio por el arte y la arquitectura precolombinas,
Neo-Áztecism in the Nineteenth Century and the Genesis of Mexican Nationalism",
Culture and History Essays in Honor ofPaul Radid, Stanley Diamond (ed.), Columbia
University Press, New York, 1960, pp. 760-770.

Clavijero, ibid., p. 357.

Guerra, José (pseudónimo), Historia de la revolución de Nueva España antigua-
mente Anáhuac o verdadero origen y causas de ella con la relación de sus progresos
hasta el presente año de 1813, Imprenta de Guillermo Glindon, Londres, 1813, y Fray
Servando Teresa de Mier, Memorias, (edición y prólogo de Alfonso Reyes), Porrúa,
México, 1964.

Algunos ejemplos en orden cronológico: Grajales, Gloria, Nacionalismo incipiente
en los historiadores coloniales, Universidad Nacional Autónoma de México, México,
1961; Brading, David, Los orígenes del nacionalismo mexicano, passim, 1973; Lafaye,
Jacques, Quetzalcóatl y Guadalupe; la formación de la conciencia nacional en México,
2a. ed., Fondo de Cultura Económica, México, 1985; Florescano, Enrique, Memoria
mexicana, passim, 1987; Padgen, Anthony, "Identity Formation in Spanish America",
passim, 1987.

Sermón pronunciado por el D.D. Bartolomé Herrera, rector del Colegio de San
Carlos, el día 28 de julio de 1846, aniversario de la independencia del Perú, Lima,
1846, pp. 6, 23, 14, 16 y 9.

"Discurso de José María Morelos a propósito de la instalación del Congreso
de Chilpantzingo", Bustamante, Carlos María de, Cuadro histórico de la revolución
mexicana, Imprenta de Mariano Lara, México, 1843, t. II, p. 391.

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