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| VOLUMEN 1 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1990 |
Nacionalismo en América Latina
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Nacionalismo e Inmigración:
La Cuestión Etnica en las Elites Liberales
e Intelectuales Argentinas: 1919-1940
LEONARDO SENKMAN
Universidad Hebrea de Jerusalén
Los años entre las dos guerras mundiales fueron decisivos para que
la clase dirigente argentina y la opinión pública del país considerasen
la clausura del ciclo inmigratorio masivo. En la literatura sobre este
tema se han sobredimensionado los aspectos económicos y políticos
que trajeron aparejados la primera posguerra mundial, las secuelas
de la crisis económica después de 1929, la cuestión de los refugiados
españoles y del nazismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Pocos estudios se han consagrado a complementar a estos factores
externos con la indagación de transformaciones internas de índole
ideológico-cultural de las élites liberales-conservadoras, tanto en los
niveles de la política como del campo intelectual de los años treinta.
Una de las posibilidades más fértiles que ofrece la historia social y
cultural de la inmigración en Argentina es el análisis de la gestación
y desarrollo de consideraciones de índole étnica en las actitudes y
el diseño de políticas inmigratorias por parte de esas élites durante
coyunturas críticas, como fueron los años previos y durante la Segunda
Guerra Mundial. Precisamente el objeto de este trabajo es articular
las preocupaciones étnicas de algunos representantes liberales y
conservadores de esas élites, por un lado, con las de destacados
representantes del campo intelectual, por el otro, y tratar de ofrecer
alguna hipótesis explicativa a la peculiar reacción nacionalista que
comparten todos estos hombres, formados en una común matriz
ideológica de signo liberal que auspició la inmigración espontánea
a la Argentina.
Para tal propósito, se estudiará primeramente cómo surge el pro-
blema étnico ante las élites políticas y económicas que se pronunciaron
sobre la cuestión inmigratoria argentina en dos coyunturas críticas, a
saber: en 1919 y 1939, luego de la Primera Guerra Mundial y en vísperas
de la segunda. Dos encuestas sobre inmigración que elaboró y llevó
a cabo el Museo Social Argentino ofrecen un valioso repertorio de
respuestas de parte de miembros destacados de esas élites y permiten
efectuar un análisis comparativo.
En segunda instancia, se estudiará el desplazamiento de esta preo-
cupación étnica en la singular reacción nacionalista de dos escritores
provenientes del campo intelectual liberal, entre 1937 y 1940: Eduardo
Mallea y Oliverio Girondo.
1- La cuestión inmigratoria y el surgimiento del problema étnico
en las élites políticas y económicas liberal-conservadora argen-
tinas: 1919-1940.
1.1. Las Encuestas sobre Inmigración del Museo Social Argentino
La cuestión inmigratoria preocupó a las élites'políticas y económicas
argentinas hacia 1918, cuando se acentuó la caída brusca de los
flujos inmigratorios debido a la Primera Guerra Mundial. Algunos
ante-proyectos legislativos que no prosperaron en el Congreso fueron
presentados entre 1919 y 1922 por diputados preocupados por refor-
mar la Ley No. 817 de inmigración con el objeto de adecuarla a la
nueva realidad internacional en la esperanza de lograr la reanudación
de la corriente inmigratoria a la Argentina1. Meses antes que los sucesos
de la Semana Trágica despertaran una ola de xenofobia y opiniones
contrarias a la inmigración, el Museo Social Argentino emprendió la
tarea de realizar una Encuesta sobre la Inmigración, pensada para los
años después de la guerra, entre un grupo muy representativo de la
élite política liberal y conservadora del país. Fundado el 23 de mayo
de 1911, el Museo Social Argentino estuvo muy atento a los problemas
de la inmigración y de la demografía, dentro de sus inquietudes de
analizar las cuestiones socio-económicas más amplias del país. Sus
estudios y acciones pretendían trascender la instancia teórica y se
proponía influir en las élites gobernantes y, en particular, en su toma
de decisiones en materia de política agraria y de la población. El
prestigio de sus socios y adherentes logró que sus opiniones fuesen
escuchadas, en especial, sobre la cuestión inmigratoria. El Museo Social
Argentino propuso una serie de ideas tendientes a servir de base a
una futura reforma legislativa y para el delineamiento de la política
migratoria argentina de los próximos años2.
De ahí que un estudio histórico del impacto de la cuestión inmigra-
toria en la opinión de la élite política, cultural, económica de aquellos
años no pueda prescindir del análisis de esa Encuesta pubiicada en
1919 y que recogió más de 40 opiniones3. Algunos de los mentores de
la Encuesta, como el Ing. Alejandro Bunge, tuvieron enorme influencia
en la problematización de la cuestión inmigratoria entre los miembros
de esas élites. En el prólogo que escribió a la Encuesta, Bunge buscaba
concientizar sobre uno de los problemas socio-económicos básicos del
país. El Ingeniero Alejandro Bunge, desde su Revista de Economía
Argentina, fundada en 1918, hasta su muerte en 1943, influyó desde
entonces en la opinión de las élites políticas conservadoras con sus
ideas y programas de acción filiados en un pensamiento económico
nacionalista avanzado para su época. Considerado un calificado técnico
estadístico, fue nombrado Director Nacional del Departamento de
Estadísticas y todos respetaron su estudio sobre la Renta Nacional
-primer trabajo pionero en el país- y también fue oído por sus ideas
sobre población e inmigración. Su importancia estriba no sólo por la
aguda percepción de los problemas socio-económicos del país y su
crítica al modelo agro-exportador de cuyos límites y fisuras alertó a las
élites políticas, sino también por el hecho de que algunos destacados
funcionarios de los gobiernos de la década del '30 y'40 se formaron y
aprendieron a su lado.
Entre las opiniones recogidas por la importante Encuesta sobre
inmigración, las ideas de Alejandro Bunge conforman una línea de
pensamiento decisivo4.
Junto con otros intelectuales influyentes como Emilio Frers, Juan
José Díaz Arana (presidente a la sazón del Museo Social Argentino),
A. Bunge sostuvo la tésis de elaborar y aplicar una política económica
diferente de la sostenida hasta entonces para detener la caída de
la inmigración. A diferencia de la opinión generalizada de que el
conflicto bélico europeo y la mala situación de los países del Viejo
Mundo impidieron la continuación de flujos migratorios importantes,
el grupo liderado por Bu nge puso el acento en los problemas socio-
económicos y demográficos del país antes que en los exteriores. Así de-
mostraban, por ejemplo, una correlación entre las curvas del comercio
exterior y el flujo inmigratorio. Según Frers, existía un paralelismo
entre el valor anual de la importación de mercaderías y la suma
anual de inmigrantes: "situación tranquila y próspera del país; abun-
dante importación e intercambio general de comercio y numerosa
inmigración; situación intranquila; disminución del intercambio y de
la inmigración"5.
A. Bunge, desde 1918, insistió en que el exceso de inmigración entre
los años 1908 y 1913 en relación a la producción del país generaba
un fenómeno de re-emigración y caída de los flujos inmigratorios,
y sostuvo que la guerra mundial sólo vino a dar mayor duración a
dichos problemas estructurales de la economía y la sociedad argentina
anterior a 1914. En 1922 escribió un artículo, "Inmigración e Importa-
ción", donde desarrollaba esa idea, compartida por Frers, y demuestra
estadísticamente las coyunturas de sincronismo y de interrupción entre
ambas variables. Esta misma línea de pensamiento por la cual intentó
explicar que los límites y agotamiento de la expansión agroexportadora
tradicional fueron responsables del movimiento inmigratorio, Bunge la
siguió desarrollando en otros artículos durante los años '206.
Algunos años después, en 1928, denunciaba las distorsiones y de-
sequilibrios poblacionales del fenómeno migratorio espontáneo. En
primer lugar, mostraba que durante los años de la primera década del
siglo fue mayor el aumento migratorio que el crecimiento vegetativo
natural del país y, en segundo lugar, indicaba que el país había llegado
a un grado de saturación a causa de la inmigración excesiva respecto
a su capacidad económica, pero también respecto a su capacidad
de asimilarlos anualmen'ce; esta saturación provocó el fenómeno que
denominó "cosmopolitismo". Los años de la Primera Guerra Mundial
causaron una disminución de la re-emigración, la cual se había
originado, según Bunge, antes del estallido bélico. La recuperación de
las corrientes inmigratorias durante la posguerra continuó aportando
saldos desproporcionados al crecimiento vegetativo y a la producción
de Argentina. Particular énfasis ponía A. Bunge en el estudio de
las alteraciones étnicas que acarreaba la inmigración luego que, a
partir de 1928, ella acusó una brusca caída de la inmigración italiana.
Esta tendencia se agravaba, según Bunge, por el flujo de los nacionales
de países no latinos, como polacos, alemanes, yugoslavos, checoslo-
vacos, lituanos, cuya tendencia en los años treinta temía que iba
a "producir importantes modificaciones en la composición étnica de
la población". Este economista, vocero de toda una corriente de
pensamiento económico y demográfico nacional, introdujo la variante
étnica en la consideración de la inmigración. En su trabajó: "La Raza
Argentina", analizaba con rigor demográfico la inmigración como una
cuestión étnica fundamental. Esta preocupación continuó también en
otros trabajos, el más importante de los cuales fue "Ochenta y cinco
años de Inmigración': Allí sostenía, alarmado, que si la inmigración
no latina sólo alcanzaba el 13% del total después de la guerra
mundial, ese porcentaje había ido creciendo rápidamente hasta trepar
a 57,27% en 1937. Desagregando los saldos migratorios positivos por
nacionalidad, Bunge alertaba que en los 15 años entre 1927-1941, el
primer puesto correspondía a los polacos, con el 28,37%, seguido por
los italianos, con 23,52% y luego los españoles, con 21,17%7. Ahora bien,
a pesar de que sostuvo ideas de industrialización y proteccionismo
para rectificar los desequilibrios que había provocado la orientación
agroexportadora tradicional, Bunge consideraba nociva la tendencia
a la radicación urbana de la inmigración. Este prejuicio mercantilista
sobre el extranjero condujo al lúcido economista a excluir a los
inmigrantes de sus propuestas de desarrollo regional e industrial del
país, salvo actividades exclusivamente agrarias.
He aquí cómo concluía su importante artículo "85 años de Inmigra-
ción":
"Los extranjeros que permanecen en las ciudades se dedican al
comercio preferentemente, a punto que se puede decir que, en
términos generales en nuestra República los argentinos se dedican
a producir y los extranjeros a comerciar con la producción"8.
Esta orientación ruralista de la inmigración, seleccionada en función
de las aptitudes agrícolas de los candidatos, había sido recomendada
desde los primeros años de la posguerra. En la Encuesta de 1919 varios
coincidían que una recuperación de las áreas de cultivo y el crédito
agrícola y una política de colonización acompañada de obras públicas,
construcciones ferroviarias y un menos gravoso sistema impositivo,
favorecería la inmigración útil9.
No obstante que criticaba esa política económica y pastoril librecam-
bista "que le está costando muy cara al país", en su alternativa excluía
a los inmigrantes. Ellos debían, selectivamente, poblar los campos,
renovar las nuevas fuentes de trabajo a crearse en las mejoras de los
métodos, y en la explotación racional y completa de nuestro ganado".
Bunge no aludió nunca al trabajo de los inmigrantes en las industrias
derivadas de la explotación agropecuaria y en las industias de consumo
local para las cuales pedía medidas proteccionistas avanzadas10.
Nunca como en 1919 destacados representantes de la de la élite
política y económica daˇ país coincidieron en plantear la cuestión
inmigratoria en términos económicos y poblacionales, por más que
los primeros reincidan en ubicar la inmigración en los tradicionales
parámetros ruralistas, y los segundos subrayan la importancia de la
raza latina. Ahora bien: todos coincidieron en aplicar una política
selectiva y de control poniendo término a la inmigración espontánea
y libre.
Quizás una caracterítica de la inmigración conforme a estos nuevos
parámetros la ofreció Máspero Castro, futuro director del Departa-
mento Nacional de Inmigración, en un período clave de las restricciones
durante el gobierno de Ortíz y Castillo:
"Inmigrante es un término económico y no social, que significa
aumento de trabajo, de población y de capital, aparte de nuevos
contingentes de diversas sangres para la mejora de la raza y de nuevas
ideas para una mejor organización social"11.
Enrique Ruíz Guiñazu, futuro canciller, abogaba en 1919 por la
selectividad inmigratoria en aras de defender y proteger el crecimiento
vegetativo autóctono, amenazado por la caída de las tasas de natalidad
y por las orientaciones neomalthusianas en materia poblacional.12
Esta posición fue apoyada aun por aquellos representantes de la
élite liberal que tenían confianza en la recuperación del flujo inmigra-
torio europeo y creían en la próxima llegada en masa de inmigrantes,
confiando que el país estaba en condiciones de recibir una calificada y
seleccionada inmigración a condición que se solucionase el considerado
único problema no resuelto del país: la colonización agrícola.13
La opinión sobre la inmigración no deseable y la más conveniente es-
tuvo conformada en casi todas las respuestas a la Encuesta de 1919 por
apreciaciones y valoraciones étnicas a la par que las económicas. En el
mismo año de la Semana Trágica, a la unánime coincidencia de impedir
el ingreso de elementos "maximalistas" y de "ideas disolventes", los
encuestados hicieron oír su voz también sobre las nacionalidades a
ser interdictas y sobre las razas preferidas. Ahora bien: la insistencia
en la composición étnica latina de la futura inmigración no sólo fue
tributaria de la tradición inmigratoria de italianos y españoles que
proveyó la mano de obra buscada para el proyecto agro-exportador
del país pastoril, granero del mundo, sino que ya en 1919 formaba
parte de un pensamiento étnico nacionalista que también velaba por
el perfil poblacional de una nación acrisolada. Enrique Ruíz Guiñazú
planteaba la demanda de la asimilación, no sólo de los grupos futuros
de inmigrantes a ser seleccionados como condición previa a cualquier
plan de radicación de mano de obra extranjera, sino también exigía la
asimilación de los inmigrantes ya radicados en el país. La latinidad de
las corrientes inmigratorias a seleccionarse había sido recomendada
expresamente en la Conferencia sobre Selección y Contralor de la
Inmigración, realizada en Montevideo, en agosto de 1919, en razón
de las virtudes atribuidas a italianos, españoles y franceses para
asimilarse con más rapidez al país respecto de otras razas "que viven
su vida, propia de su idiosincrasia particular"14. Pero, además de la
indiscutible preferencia de la latinidad, aun con sus vicios y problemas,
también fueron elogiadas las razas anglosajonas, los pueblos germanos
y nórdicos, en particular por parte de sectores liberales que postulaban
la necesidad de "mejorar" la idiosincrasia del pueblo argentino y sus
hábitos culturales15. Desde un punto de vista étnico, pues, ya en
1919 liberales y nacionalistas en materia económica coincidían que la
población debía acrisolarse y que la futura inmigración tendría que ser
seleccionada entre la raza latina o las otras razas civilizadas nórdicas
y del centro-europeo. De tal selección quedaban al margen, no sólo
las razas no blancas (amarillos, negros, chinos, etc.) sino, además,
nacionalidades eslavas (rusos, polacos)16.
Desde 1919 estaba preparado, pues, el consenso para que las élites
argentinas de los años previos a la Segunda Guerra Mundial aceptaran
los criterios de profilaxis social que incluían prevenciones étnicas y
raciales en materia poblacional.
En tal sentido, resulta muy pertinente comparar esas opiniones
reseñadas con el sistema de ideas y prevenciones que surgen de la En-
cuesta realizada por el Museo Social Argentino en septiembre de 1939,
en una coyuntura muy particular17. También entonces habían caído
los saldos inmigratorios pero esta vez debido a las estrictas medidas
restrictivas adoptadas por el Poder Ejecutivo a partir de julio y agosto
de 1938. La cuestión inmigratoria, además, estuvo agitada por la
prensa en torno a la cuestión de los refugiados españoles primero, y
después, en derredor de los refugiados clandestinos judíos que huían
del Tercer Reich. El debate que suscitó la cuestión inmigratoria a
través de la interpelación al P.E. en la Cámara de Diputados en agosto
de 1939, un mes antes de la aparición de la Encuesta, no es casual:
problematizó a la opinión de las élites dirigentes sobre la manera en
que el estado resolvía una cuestión que dividía y aglutinaba a los
grupos políticos e ideológicos del país.
Si las preguntas formuladas en primera instancia en la Encuesta de
1919 versaron sobre la preocupación del Museo Social Argentino por la
reanudación de la emigración europea interrumpida durante los años
de la guerra mundial, en la Encuesta de 1939 la gran preocupación
era la duda sobre la conveniencia misma del aporte inmigratorio
europeo para el país. Un aspecto en común de ambas Encuestas, sin
embargo, fue la insistencia en averiguar la opinión sobre la selección
étnica de los inmigrantes y las medidas prácticas para radicarlos en
el campo e impedir su concentración en las grandes ciudades. El Ing.
Alejandro Bunge añadía a los procedimientos de calificación para
seleccionar inmigrantes la preferencia por aquellos procedentes "de
países de raza y cultura similares a la nuestra". El Dr. Pablo Catalayud
sostuvo en este punto la exigencia de restringir la inmigración de
"razas exóticas" y de ampliar las cuotas ofrecidas a "los países del
norte de Europa, escandinavos, ingleses, dinamarqueses, holandeses,
belgas, que son todos pueblos de paz y progreso". Las cuotas para los
otros países de Europa debían sujetarse a su capacidad de adaptación
a nuestro suelo. Se prefería inmigrantes italianos y españoles a los de
Francia y del Reich, "y muy restringida la inmigración oriental". El
Ing. Benito Carrasco sostuvo un criterio idéntico, subrayando, además,
a Gran Bretaña, Suiza, Suecia, Noruega, Holanda, Bélgica, Italia y
Norteamérica como países de raza blanca deseable de inmigración.
Para Atilio Cornejo, el "decaimiento del carácter y del alma nacional
se debe especialmente a la absorción sentimental y material de otras
nacionalidades y hasta otras razas". El Dr. Guillermo Gabardini Islas
coincidía en el culto a la latinidad de la inmigración como criterio
selectivo. Daniel López Imiscoz hizo de la latinidad un cartabón
irrenunciable: "Tenemos un tipo racial latino que mantener y los
inmigrantes que vengan a robustecerla deben contar con nuestra
preferencia ya que ello está dentro de nuestras costumbres, de nuestra
moral y de nuestra tradición...". Pío Pandolfo puso el grito de alarma
por la avalancha de desplazados aún desde los años de la primera
posguerra y sostuvo un perentorio criterio limitacionista dentro de la
latinidad. "Mi opinión terminante, es que debemos preferir hombres
de raza latina y si es posible católicos o protestantes. Y si esto no
fuera factible, la selección debe hacerse entre aquellos hombres de
otras razas que tengan vinculación con los trabajos de la tierra y que,
por su educación religiosa no mantengan un asimilamiento racial
que evita la amalgama indispensable para organizar una sociedad
homogénea".
Hombres de extracción liberal, como Lorenzo Dagnino Pastore, que
estaban exentos de todo tipo de prevenciones de religión o raza,
subrayaban igualmente la exigencia del crisol asimilador para proteger
a la nacionalidad argentinas'.
En síntesis: la preocupación étnica era compartida por todos los
encuestados, a pesar de sus diferencias en materia económica respecto
a la inmigración futura.
1.2. Los cambios socio-demográficos en Argentina durante los años 30
y la cuestión inmigratoria
Durante los años 30, al impulso de los cambios económicos y
sociales que tuvieron lugar luego de la crisis mundial, se replanteó
en forma radical el lugar que debía ocupar la inmigración en el
pensamiento demográfico y poblacional argentino. La concepción
alberdiana sobre la función de la inmigración para los años del
crecimiento sostenido agro-exportador, fue cuestionada por los más
agudos miembros de la élite política y económica que percibieron la
naturaleza, magnitud y ritmo vertiginoso de esas transformaciones.
Los ensayos más novedosos en materia económica fueron propuestos
por el conjunto de medidas planificadas e implementadas por el
ministro F. Pinedo a partir de la segunda mitad de 1933, cuyos
resultados positivos se percibieron entre 1934-193718. Los cambios
económicos y demográficos durante esos años y la reactivación que
suscitaron, perfilaron una diversificación en las clases propietarias
y una nueva estratificación social. Los sectores populares urbanos
recibieron el impacto de las migraciones internas del interior rural
durante toda la década. Y, junto a grandes industriales vinculados
a la elaboración manufacturera de productos agropecuarios, surgía
una capa de pequeños y medianos propietarios vinculados al proceso
sustitutivo de importaciones de bienes de consumo con fuerte partici-
pación de la población extranjera19.
Esta vasta serie de modificaciones no percibidas por la mayoría de
las élites políticas, obviamente gravitó en su abordaje de la cuestión
inmigratoria.
Nadie más sutil que el economista Alejandro Bunge para percibir los
aspectos más relevantes de esos cambios y analizar sus implicancias.
En su lúcido ensayo Una Nueva Argentina (1940), precisamente
intentó poner de relieve estos cambios y relacionarlos con los reaco-
modamientos que abrió la crisis de 1929 en la tradicional estructura
agro-exportadora argentina.
En primer lugar destacó la magnitud de la diversificación de las
actividades productivas y el desarrollo industrial "cuya forma casi
eruptiva de esta evolución económica" en el transcurso de sólo 20
años, en particular de los 9 anteriores a 1940, Bunge creía que carecía
de parangón con otros países.
Pero luego de indicar lo singular del vertiginoso crecimiento econó-
mico del país, pasa a señalar la serie de trastornos y desequilibrios.
Así, destaca como desequilibrios graves la superproducción e infra-
consumo por carecer el país de un mercado nacional más integrado,
los profundos desequilibrios regionales que agravan el atraso y subde-
sarrollo del mercado argentino. Al trazar lo que denominó el mapa
de la capacidad de consumo por región en función de la capacidad
adquisitiva, medido por habitante, y formar los índices de la capacidad
económica por provincias y territorios, Bunge fue el primero de
los economistas argentinos en plantear los factores demográficos
en la economía y sus mutuas influencias. Las tres grandes zonas
que conforman el país abanico de su descripción realizada en 1939,
le permiten apreciar la magnitud del desequilibrio demográfico y
económico argentino20.
Bunge estaba convencido de que un programa realista definido y
una acción activa y perseverante podrían atenuar mucho, tan solo "en
el curso de una generación" esos desniveles demográficos, económicos
y culturales.
Ahora bien: sus propuestas en materia de población e inmigración
formaron parte inescindible del "programa realista" que formulaba
ante las clases dirigentes argentinas"21.
El nuevo componente dentro del sistema de ideas y prevenciones
de la élite intelectual y académica que en materia inmigratoria fueron
escuchadas por las clases gobernantes ha sido el acento puesto en
los aspectos étnicos y raciales para la selección del inmigrante. Efec-
tivamente, es posible comprobar un desplazamiento del viejo tabú de
la supuesta contaminación del inmigrante, percibido por la xenofobia
del centenario como un presunto portador de locura, enfermedad
venérea, alcoholismo o agente subversivo hacia los nuevos motivos
étnico-raciales que le atribuye el prejuicio demográfico de los años 30.
Tratadistas como A. Bunge, F. Bidobehere y M. Zuloaga formularon
en aquellos años un pensamiento étnico nacional que expresaba los
cambios sociales, económicos y en el sistema de valores e ideas que
-no todos percibían durante los años de la Guerra Mundial. Bunge
no estaba urgido de paliarlos echando mano a la inmigración. Por
el contrario, creía que la menor inmigración permitiría "una más
rápida y acabada fijación de nuestra fisonomía racial". Esta lógica de
autoabastecimiento poblacional y repliegue, Bunge la desarrolló en el
Capítulo VI, titulado muy expresamente: LA COMPOSICION RACIAL
DE LA ARGENTINA: UN PAIS COSMOPOLITA QUE SE TRASNFORMA-
RA PRONTO EN UN PAIS DE EXTRANJEROS. El reconocido economista
y demógrafo demostraba en efecto que desde 1914 a 1940 disminuyó
proporcionalmente el número de extranjeros (del 29`% al 19,10,
procesándose una "formación racial y homogénea de la población
europeizada", a la cual en 1940, estimaba en un 78%. De ahí que a Bunge
no le preocupara que desaparecieran cada año "de nuestro cuadro
racial y de nuestro marco económico tanto como los que ingresaban
al país anualmente desde fines de siglo hasta 1914". Su preocupación
verdadera giraba en torno a velar por una política inmigratoria de
homogeneidad racial, y alentar una inmigración muy selectiva y de
alto grado de cultura y elevado nivel de vida, pero siempre y cuando
se propugne un sostenido crecimiento natural del país22.
Otro tratadista y funcionario público, Fernando Bidabehere, enfáti-
camente recomendaba la exclusión de determinadas razas y pueblos
para la nueva generación inmigratoria de la posguerra. Así, al reco-
mendar la selección por edades y sexo, recuerda en su libro sobre
inmigración el principio de la homogeneidad de la población: "pues los
judíos, eslavos, lituanos y otros son nacionalidades un poco extrañas
a nuestro suelo...". La selección en la nacionalidad y raza debía ser
completada, además por una selección espiritual y física. Este autor,
que tuvo personal intervención en la formulación de los derechos
restrictivos y de control policial de la inmigración de aquellos años,
reconocía que Argentina, desde 1938 oponía "ciertas dificultades "
a los refugiados. Para aclarar, inmediatamente: "no puede decirse
que haya prejuicios raciales cuando hay en el país más de 250.000
judíos, que entraron con entera libertad. Pero una avalancha de
miles de refugiados en las condiciones actuales, no es conveniente
para ningún país. El Poder Ejecutivo no considera inmigrantes a
los refugiados... El anhelo humanitario puede ser contrario a las
conveniencias sociales, políticas y económicas del país". Paso seguido,
Bidabehere recomienda reformar la Ley de Inmigración No. 817,
vigente para prevenir y expulsar a los indeseables. Particularmente,
los inmigrantes clandestinos que, según advertía el autor, "es ahora un
asunto de actualidad". Y trataba de describir esa figura delictiva para la
cual recomendaba una serie de medidas policiales. "La clandestinidad
aumenta, las personas autorizadas a una permanencia temporaria
y que al expirar el término acordado no se marchan (turistas,
estudiantes, artistas de teatro, pasajeros en tránsito, etc); los que
entran cuando hay prohibición a su respecto; los expulsados que
reingresan, los que utilizan documentación ajena o documentos falsos,
los que entran por lugares donde no hay fiscalización de fronteras,
desde los países vecinos, salvándose después con una información
sumaria o un recurso de hábeas corpus, etc., etc., son inmigrantes
clandestinos23.
El Primer Congreso de la Población organizado por el Museo Social
Argentino del 26 al 31 de octubre de 1940, debatió extensamente los
problemas raciales y su vinculación con la inmigración en Argentina.
El despacho dé comisión sobre "El Problema Racial en Argentina"
no dejaba dudas sobre las preferencias de ciertos grupos migratorios
al recordar que "basándose la formación de nuestro pueblo en las
corrientes inmigratorias de origen latino, conviene seguir favorecién-
dolas preferentemente". La Latinidad que precedía esta concepción
inmigratoria y demográfica se complementaba con el americanismo,
al recomendar la necesidad de estrechar los vínculos entre los pueblos
americanos por medio de intercambios intelectuales, comerciales y de
toda índole. En materia educativa, el espíritu nacional encarnado en
el Estado, le encomendaba fiscalizar "celosamente en las escuelas e
institutos particulares o privados o de colectividades extranjeras, el
mantenimiento de los principios básicos de la nacionalidad", mientras
que se exigía que la "enseñanza primaria debe ser impartida en idioma
castellano"24.
El despacho de comisión acerca de "Selección de Inmigrantes", pre-
sentado por Abraham Bercum, fue aprobado en sus dos resoluciones;
1) Por una parte, reconocía como condición esencial de paz
interna e internacional la no restricción de los derechos y prerrogativas
"inherentes a la persona, entre otros motivos, por cuestiones de índole
racial o religiosa.
2) Por la otra, acordaba que el inmigrante debía ser seleccionado
"de acuerdo a sus aptitudes físicas, intelectuales y morales" y no por
sus estatutos de sangre25.
El despacho aprobado de la comisión sobre El Problema Racial,
condenaba las doctrinas racistas de la sangre y la raza por ser
científicamente falsas, y establecía que la vía más segura y eficaz
para procurar socialmente el mejoramiento del ambiente humano se
lograría por el mejoramiento de la condición de la familia y del medio
social y la educación26. No obstante, el celo puesto en el espíritu
nacional y el mejoramiento étnico de la población argentina a través
de corrientes migratorias latinas y la rigurosa selección del extranjero,
legitimaron la aprobación del despacho de comisión sobre Inmigración
Blanca. Basado en las doctrinas de asimilación del inmigrante para el
fomento del crecimiento poblacional, el despacho consideraba impru-
dente fomentar la inmigración de otros tipos humanos que no fuesen
europeos27.
2. Eduardo Mallea y el nacionalismo liberal intelectual de los '30
Quizá el ensayo literario de los años '30 exprese uno de los registros
más elocuentes de esa obsesiva necesidad de indagar en la problemática
del ser argentino por parte de algunos talentosos escritores pertene-
cientes a la fracción liberal del campo intelectual argentino de la
época. En esa dirección, la obra de Eduardo Mallea ofrece dos de
las flexiones ideológicas que más marcaron la reacción antipositivista
en la Argentina del Justismo (1932-1938): el simultáneo repudio
tanto al materialismo del proceso de modernización social y cultural
urbano, como a los efectos no deseados de la inmigración masiva.
Mallea interesa porque, a diferencia de ensayistas nacionalistas de
los treinta - Manuel Gálvez o Hugo Wast -, su caso condensa el
impacto de las transformaciones que sufren intelectuales liberales
argentinos en una sociedad modernizada en cuyo ámbito, perciben,
a la par que resulta imposible restaurar viejas formas del pasado,
les repele un presente en donde halla espacio su espiritualismo y
moralismo reñidos con una muchedumbre desconocida, heterogénea
y advenediza. Además, este ex miembro de la vanguardia criollista
que representó en los veinte el movimiento literario Martín Fierro,
se diferencia a su vez de otros camaradas martinferristas como
Raúl Scalabrini Ortíz (que políticamente giró hacia un nacionalismo
populista) o de Leopoldo Marechal (que formó parte del nacionalismo
católico)28 por el destacado lugar que ocupó entre las élites liberales
del campo intelectual. En efecto, Mallea acompañó la experiencia
cultural de la revista y editorial SUR, que dirigía Victoria Ocampo, y
se desempeñó como director del suplemento literario del prestigioso
diario liberal LA NACION. Más aún: a pesar de las reservas por su
cultura europeizante que despertaban sus libros entre los escritores
nacionalistas, Mallea fue una figura respetada al punto que era el
único intelectual liberal invitado a integrar la Comisión Nacional de
Cultura durante el gobierno del presidente Castillo29.
El drama espiritual y moral del ser argentino en el "ensayo ficciona-
lizado y en la ficción ensayista" de Mallea como resultado del proceso
de modernización social y cultural de la Argentina ha sido agudamente
estudiado por Beatriz Sarlo30. Sin embargo, su reacción nacionalista y
la emergencia de categorías xenófobas deben ser insertados en el clima
de revivalismo étnico cuyas implicancias no pueda dar cuenta solo un
estudio de la modernidad en estos escritores liberales.
Buenos Aires, en efecto, constituye el espacio urbano en su obra,
contaminado por una átmosfera cosmopolita que cambió vertigino-
samente el estilo de vida y también los valores que anonadan la
sensibilidad exquisita de este hijo de familia patricia provinciana,
cuya historia y linaje el mismo Mallea destaca que fue evocado por su
pariente Domingo F. Sarmiento en varios capítulos de Recuerdos de
Provincia31. Desde esta perspectiva, su más famoso ensayo, Historia de
una pasión argentina (1937), representó un texto clave para la élite
intelectual liberal que necesitó parapetarse tras una "esencia" nacional
propia que pusiera distancia y juzgase a un país "aparente", confor-
mado por una muchedumbre extraña, materialista y mercañtilizada.
La oposición ideal acuñada por Mallea entre "argentinos invisibles
y argentinos visibles" cumplió una función simbólica para que nu-
merosos intelectuales liberales encubrieran su reacción xenofóbica
tras un velo espiritualista completamente diferenciada del agresivo
repertorio discursivo anti-extranjero de los nacionalistas. Así, los
argentinos visibles que conformaban esa inmensa muchedumbre de
usufructuadores de los bienes materiales de la modernización porteña
no podían formar parte de las viejas clases patricias argentinas
"invisibles". Eran los nuevos ricos de las emergentes clases medias
prósperas que frecuentaban bares, teatros, plazas, hoteles y los nuevos
espacios públicos de diversión frívola y consumo urbanos, que también
gustaban del faccionalismo de la política radical y desconocían el
viejo orden jerárquico. En ese desorden moderno Mallea se siente
un exiliado en su propia patria, al igual que numerosos intelectuales
liberales, y es precisamente a éstos, pares por linaje y contertulios
por actividad cultural, a quienes convocó a emprender una acción
regeneradora y redimir a La ciudad junto al río inmóvil, como tituló
a sus ficciones publicadas en 1936. Pero esta misión regeneradora
para la cual interpela en su libro a los argentinos invisibles - del
linaje de Sarmiento, Miguel Cane y Joaquín V. González - es de
naturaleza psicológica y ética: no política. Menos aún pretende volver
a una pasada edad de oro pre-moderna. Admirador de intelectuales
europeos y norteamericanos modernos como Thomas Mann, W. Huxley,
Peguy, J. Maritain, Waldo Frank, e incorporado a la red de relaciones
internacionales que instauraba la revista SUR, Mallea se lanzó a una
cruzada espiritualista en pos de una Nueva Argentina, impregnado de
una fe casi religiosa que compartían también otros escritores liberales
de la época en los valores de la tradición nacional, la vuelta a la
tierra y la consubstanciación con un sentido casi sacramental de la
vida argentina, "por eso, sangre y alma que configuran la moneda
nacional"32. Al igual que otros liberales, Mallea también celebró en 1916
el ascenso radical de Hipólito Irigoyen como "el triunfo de la decencia
y pureza cívicas", pero ello no fue incoherente para que también él se
sumara a los nacionalistas que reivindicaron la revolución de 1930,
justificando que "el pueblo real - no el político - `invadiera las
calles, en pos' de la restauración de una salud en peligro"33.
En liberales como Mallea no fueron sólo el horror por la presencia de
las masas en las calles y el populismo irigoyenista los responsables de
su reacción conservadora por los efectos no deseables de la moderni-
zación democrática del país. Soterrada, emerge una razón profunda
que no es de orden meramente social y política sino étnica, y que
lo condujo a alertar ante un chivo expiatorio por los males del
país: el aluvión inmigratorio. Al igual que otros intelectuales liberales
y nacionalistas, también él responsabilizó a esa "inundación blanca"
por "nuestra decadencia como patria" y por el "extravío de nuestro
pueblo"34.
Historia de una pasión argentina, en este contexto, se puede leer
como uno de los ensayos cruciales de los años treinta escritos por
un liberal contra la inmigración y sus resultados no deseados, pero
también como un texto fundador del etnocentrismo liberal argentino
moderno35. Si por un lado valoriza la radicación y asimilación de los
colonos europeos nórdicos que conoció en su infancia de Bahía Blanca
- daneses, noruegos, galeses, alemanes - por otro lado deplora que
la ulterior inmigración sureña haya sido fruto de la crisis y disolución
de viejos órdenes europeos y que su motivación fuese únicamente el
lucro. Esa inmigración, que transformó la sociedad, la economía, y
el espacio urbano fue juzgado por Mallea como "muchedumbre de
bárbaros" carentes de "genio original", la cual invadió su país hasta
desfigurar "la escuela española, colonial, jesuítica", degenerando el
acervo cultural y la fisonomía de la "Argentina invisible".
Continuando la tradición xenófoba del liberalismo reactivo a la
inmigración, previo y posterior al Centenario, Mallea reitera tópicos
conocidos del repertorio xenófobo tradicional, pero que durante
los años del justismo, y en plena guerra civil española, cumplieron
una función profiláctica concreta: influyeron intelectualmente para
diseñar la política restrictiva inmigratoria gubernamental y tender
un cordón sanitario contra el ingreso de refugiados españoles y
del nazismo. En su ensayo La vida blanca, Mallea imputaba a la
"moral intrusa" de los inmigrantes por los males nacionales que
suscitaba la modernización urbana. Entre otros cargos, recuerda el
oportunismo, la quiebra de los valores provocada por la irrupción
de la "conciencia ensoberbecida y codiciosa", la atomización integral
del individuo, la pérdida de la identidad nacional, provocada "por
el autodesconocimiento como pueblo de sus raíces constitutivas his-
pánicas". Hasta la propia clase dirigente habría sido seducida por
esas pautas de comportamiento importadas a través de esas "masas
inconscientes y exteriores" que drenaron los fundamentos de la na-
cionalidad, el lenguaje y la literatura36 La ciudad moderna de Buenos
Aires resulta para Mallea una urbe despersonalizada, trivial, huera,
insular, un ámbito donde se perdió para siempre aquella intimidad
propia en la que se solazaba con "la gracia solariega y la señorialidad"
de antaño, a consecuencia del "clamor de una estúpida y vanidosa
burguesía" que trastocó el genio y secreto nacional de una "vida blanca"
sin matices, tanto en los rostros anónimos de las multitudes como en
la fría perspectiva espacial urbana.
Mallea también reitera otro tópico sostenido indistintamente por libe-
rales y nacionalistas para descalificar a la inmigración: la laxitud de las
clases dirigentes para exigir un genuino crisol de razas capaz de garan-
tizar una asimilación total que impidiera la formación de un tipo
humano argentino deleznable. Según este análisis de índole étnico, el
principal exponente de esta falta de selectividad del proceso inmigrato-
rio lo constituye el habitante de Buenos Aires de los años 30: incrédulo,
egoísta, inmoral, hablante de un lenguaje adulterado, consumidor de
los modos extranjeros en boga, envilecido por la mera prosperidad
exterior. Mallea acomete en particular contra la generación positivista
("pragmatistas peregrinos" y "falsos emersinianos") responsabilizándo-
los del fracaso de la asimilación de los inmigrantes conforme al mito
del crisol de razas37.
La repercusión de estas ideas de Mallea entre sus pares de la élite
liberal intelectual fue significativa, muy especialmente entre sus colegas
del grupo SUR. Prueba de ello fue la excelente acogida que tuvieron
sus libros más importantes y la particular reseña de sus novedades
vinculadas a las preocupaciones étnicas y nacionales que escritores
del grupo SUR utilizaron a menudo como tópicos de una suerte de
estética nacional del liberalismo para diferenciarse de (y polemizar
con) las consignas del nacionalismo católico restaurador y populista
del campo intelectual.38
Santiago Montserrat, en su crónica "Eduardo Mallea y la Argentina
Profunda", celebraba la decisión del autor de Historia de una pasión
argentina por revelar el drama del hombre argentino exilado en la sole-
dad de su propia tierra y rodeado de una muchedumbre que tornaba
irreconocible a su país. Por eso, en medio de tanta "impureza de ciertas
naturalezas", Montserrat interpelaba al lector para que acompañase
la ascesis de Mallea mediante "un acto de acendrada unción" y "toque
fondo en su propia pureza" y así "emerger soliviantado por la fe
de todas las impurezas de la ciudad blanca". Esta experiencia de
salvación religiosa, "de volver a nacer en una recreación de sí mismo",
ofrecía a los auténticos ciudadanos la condición para reintegrarse
a la "unidad originaria de la familia argentina y borrar el estigma
de su dispersión momentánea". Montserrat aprendió de Mallea que
sólo el argentino arraigado en la tierra y que vive su soledad cívica
como un drama era capaz de hallar un sentido a su existencia. El
otro habitante, el argentino visible y aparencial, que solo habla, era
incapaz "de sentir la Argentina profunda que responde al sentido de
la tierra". La primera constatación que realiza esta exégesis publicada
en 1945 en la revista SUR sobre el libro de Mallea es de índole
étnica y consiste en diferenciar las virtudes del argentino auténtico-
homologado al patriciado - de las lacras del argentino común,de origen
inmigratorio:
"Mallea remonta el río de la historia nacional y advierte que
son las mismas virtudes que exaltaron la humana dignidad
del patriciado argentino... El argentino actual siente esta ascen-
dencia gloriosa y la revive con absoluta certidumbre. Guarda
celosamente esas virtudes, pero las ha silenciado bajo el imperio
de las circunstancias transitorias... De ahí que de nuevo necesite
movilizarlas, realizarlas. Para ello le hace falta forjar una imagen
en la que se agolpen sus tendencias clásicas... Esta imagen define
y describe la trayectoria del hombre argentino en el panorama de
América. Se viene llenando día a día de un contenido ricamente
nacional, pero su esencia y su sentido siguen siendo idénticos. Las
virtudes del padre tienen que ser, en la historia, acrecentadas las
virtudes del hijo. Y éste hijo ha heredado cualidades que aseguran
la eternidad de su nombre. Son las cualidades de un tipo humano
argentino.
A este linaje Patricio Montserrat le opone la bastardía de una "inva-
sión humana" que llegó de Europa con todas sus lacras, que constituye
en realidad "una falsa humanidad", un tipo humano pernicioso "que en
Europa ha contribuido al derrumbe de un orden pretérito admirable
y que en Argentina constituye una capa social vuelta de espaldas a los
ideales más altos de la nacionalidad. Es una capa social negativa..."39
Ahora bien: este descontento de intelectuales como Mallea y colegas
liberales del grupo SUR ante el espectáculo de la masa de "burgueses
locuaces y progresistas", de funcionarios, políticos, industriales y finan-
cistas40 no hay que confundirlo con el de aquellas almas bellas, fláneurs
y diletantes que tematizó la literatura de la modernización europea del
siglo XIX. En la Buenos Aires de los años treinta, estos intelectuales
liberales forman parte de la reacción estética nacionalista que se
inscribe en el proceso global de respuesta a la modernización del país
pero que, a diferencia de los temas ideológicos y formas de Figuración
estudiados por Stuart Hughes para comprender la reacción de los
intelectuales europeos, escritores como Mallea adoptan en Argentina
tópicos de matriz étnica a través de una conciencia reflexiva de los
supuestos rasgos del carácter nacional presuntamente corrompidos
por los inmigrantes.41
Precisamente ésta es la función que ejerció en esos años un escritor
adscrito desde siempre al liberalismo y que jamás se lo puede clasificar
como un intelectual nacionalista: Bernardo Canal Feijoo. Este asiduo
colaborador de SUR reconocía en su comentario bibliográfico del libro
de Mallea la centralidad de un tópico que se convirtió en mancha
temática de la literatura de los años treinta: la vuelta a la tierra
regeneradora y al paisaje como fundamento de la argentinidad. Por
eso escribe este autor santiagueño que si Historia de una pasión
argentina le restituyó al angustiado escritor de Nocturno europeo a
las raíces de su tierra, "la madre tierra, la tierra secreta y húmeda
y restitutoria", fue porque lo liberó del "hechizo de la extraneidad en
que andaba perdido". Pero hay otro tópico que Canal Feijoo rescata
en la obra de Mallea y que era necesario para el campo intelectual
liberal: su optimismo en el "re-hallazgo del gran destino como nación
que había visto perdido a su alrededor".42
En verdad, esta semilla de esperanza en la recuperación de la Argen-
tina de 1937, en tanto promesa para cumplir, entusiasmó a los amigos
de SUR y, explícitamente, contrapusieron esa esperanza al pesimismo
cerrado de las lúgubres tesis propaladas por Ezequiel Martínez Estrada.
En el mismo año de la publicación de la obra de Mallea, su Radiografia
de la Pampa ganó el premio nacional de literatura, distinción que
mereció un comentario crítico de Canal Feijoo, quien evidentemente
al cuestionar el fatidismo étnico telúrico de Martínez Estrada porque
clausuraba toda capacidad correctiva de los males nacionales (plagio,
naturaleza imitativa, fracaso del mestizaje, simulacro social y cultural,
enmascaramiento) tuvo presente la esperanza abierta para el destino
del ser nacional de Historia de una pasión argentina43. Siguiendo esta
línea de optimismo que admiraba en Mallea, saludaba Canal Feijoo
en 1941 su novela La bahía del silencio como "la historia novelada
de una pasión argentina", celebrando precisamente que sus personajes
- otrora angustiados existencialmente por una suerte de expatriación
interior - emprenderán el camino del retorno. Es la primera virtud
ensalzada: "contener en potencia la cifra de un profundo acto de
contricción del alma argentina... que se había acostumbrado a vivir tan
desencontrada de su realidad". La segunda virtud apreciada es un
despertar nacional" que en la hora del sálvese quien pueda extranjero,
descubre que tiene patria, y hace del retorno un tema de preocupación
angustiante y desesperada ..."44
3. El impacto de la Segunda Guerra Mundial y el neutralismo
en el campo intelectual liberal argentino: el caso de Oliverio
Girondo
Las razones históricas de las simpatías neutralistas en destacados
miembros de las clases dirigentes argentinas vinculados a los intereses
pro-británicos ha sido objeto de estudios recientes45. Sin embargo,
aún queda por efectuar una investigación del impacto y formas de
respuestas del sector liberal-democrático del campo intelectual ar-
gentino durante los años de la Segunda Guerra Mundial, y en los que
inmediatamente precedieron a su estallido. Ya es un lugar común
el señalamiento de la polarización de la política, la opinión pública
y la cultura argentina a través del enfrentamiento que oponía a
quienes apoyaban la causa de los aliados y la democracia, por un
lado, vs. a los que sostenían la neutralidad argentina, por el otro. Si
los segundos eran identificados genéricamente con los nacionalistas
de derecha, partidarios de Franco y los abiertamente comprometidos
con el nazismo en el país, los primeros han sido retratados monolíti-
camente sin fisuras ni desgajamientos al interior de sus respectivos
marcos de pertenencia.
Precisamente el intento que nos proponemos al analizar la conducta
de dos escritores adscritos al campo intelectual argentino, es proble-
matizar este esquema interpretativo y tentar algunas líneas para una
investigación mas a fondo sobre la índole de las respuestas de los
escritores vinculados a la fracción democrática y liberal del campo
intelectual durante los años de la contienda bélica mundial. Enrique
Anderson Imbert, joven escritor entonces miembro del Partido Socia-
lista y colaborador de SUR, también él se pronunciará en el número
especial de la Revista dedicado a condenar el estallido de la guerra
y enjuiciar a la Alemania nazi. Pero interesa aquí destacar cuáles
fueron sus argumentos y en qué medida ellos se distancian incluso de
otros destacados escritores seleccionados en ese mismo número para
apoyar la causa de los aliados.
Luego de descartar que su motivación haya sido la condena al paga-
nismo anticatólico o la pretendida justicia de la causa aliada, Anderson
Imbert arremetía contra la retórica del patriotismo de esta última,
desentendiéndose de la propaganda aliada en tanto "cruzada contra
la barbarie y de la redención del espíritu, de la libertad, de la
democracia". Tampoco le convence la naturaleza totalitaria del régimen
nacional socialista, ya que "lleva muy pocos años de funcionamiento.
Peores comienzos tuvieron otros sistemas hoy incorporados a nuestro
concepto de civilización. A lo mejor es un revulsivo necesario. No
nos podemos enojar porque en el drama aparezcan personajes y
conflictos que desconciertan... Hitler no es más monstruoso que otros
conquistadores violentos, ni sus argumentos son menos elegantes que
los otros imperialismos... Todas las políticas imperialistas son iguales...
Francia e Inglaterra tienen una vasta experiencia en diplomacia torva
y horrendos crímenes colectivos"46.
El único argumento decisivo para condenar el nazismo de parte
de este internacionalista fue que Hitler y el nazismo habían interrum-
pido el esfuerzo creador de Europa y, por eso, consiguió despertar
el patriotismo y nacionalismo de los países europeos que los estaban
utilizando con el objeto de defender formas sociales ya caducas y
privilegios condenados a desaparecer47.
Para otros intelectuales que compartieron una idéntica tradición
cosmopolita e internacionalista a la de Anderson Imbert, la índole de
sus respuestas ante los fascismos europeos y la guerra mundial fue
muy distinta. El caso de Oliverio Girondo resulta significativo.
Este irreverente esteta desacralizador del arte, la religión y las cos-
tumbres, que acompañó desde sus inicios a las vanguardias literarias
más audaces durante los años 30 - Martín Fierro y Proa - junto
a Jorge Luis Borges y Ricardo Guiraldes, e incorporó a su poesía
temas y climas de la modernización urbana, social y moral de Buenos
Aires, dejará de lado su descompromiso político y, a partir de 1937,
irá adoptando posiciones inequívocamente en pro de la neutralidad
argentina. Vinculado por su origen, cultura y riqueza a las familias tra-
dicionales48, Girondo desconcertará en los años 30 a sus amigos liberales
del campo intelectual a medida que se pronuncie abiertamente en
favor de una posición aislacionista de Argentina respecto a los acon-
tecimientos europeos, al tiempo que brega por un nacionalismo latino-
americano autosuficiente. Girondo ya había mostrado su entusiasmo
latinoamericanista de proyección continental durante sus visitas por
el continente en 1926 con el objeto de difundir el programa renovador
de la Unión Latinoamericana. Sin embargo, eran posturas estetizantes
de los años de PROA, a pesar de permeabilizar un espiritualismo arie-
lista y democráticos su evolución desde 1937 hasta 1940, en cambio,
lo transforma completamente, al punto que sus enunciados discursivos
se asemejaron a los argumentos en pro del neutralismo provenientes
de nacionalistas populistas y de algunos neutralistas de izquierda49.
La transformación política de Girondo es muy distinta a la que
experimentó otro amigo suyo martinferrista de la primera época: Raúl
Scalabrini Ortíz. Porque si el consagrado escritor de El hombre que
está solo y espera (1931) abandonó completamente sus indagaciones
psicológico-social y sus severos juicios a la traición de los intelectuales
alienados del ser nacional para consagrarse a la denuncia documentada
de la dependencia imperialista del país con Gran Bretaña y la política
británica en el Río de la Plata (1936) e Historia de los ferrocarriles
argentinos (1940) a través de su militancia en FORJA, Girondo, en
cambio, continuará su obra poética, desde sus Veinte poemas para
ser leídos en el tranvía hasta La masmédula, sin otros referentes
externos que su fidelidad a su voz poética interior, desprovista de
cualquier connotación ideológica. La excepción única fueron sus
pronunciamientos a propósito de la Segunda Guerra Mundial50.
Además, otra diferencia torna interesante este súbito compromiso de
signo nacionalista del Girondo entre 1937-1940: porque, no obstante su
volu.itaria auto-exclusión del establishment intelectual y de las institu-
ciones de consagración literarias, Girondo seguía manteniendo ciertos
vínculos personales de antiguas amistades con miembros de SUR y La
Nación, por un lado, y, por el otro, sus pronunciamientos nacionalistas
no fueron un atenuante para que los escritores nacionalistas católicos
del campo intelectual le dispensaran por su anticlericalismo verbal y
básicamente por su moral modernista avant la lettre.
En febrero de 19371e escribe a su amigo Eduardo Mallea solicitándole
que incluya en el suplemento literario de La Nación su primer artículo
cuestionador del eurocentrismo argentino: "El mal del siglo", que pu-
blicará en ese diario del liberalismo el 21 de febrero. La carta de Mallea
finalizaba con su disposición de escribir otras notas para La Nación
sobre un tema que lo acuciará hasta finalizada la guerra: "la urgencia
de extender un cordón sanitario que nos proteja de las pestes de
ultramar, (y) la necesidad de palpar nuestra topografía".51
Precisamente los dos artículos que Mallea le publicó a su amigo
Girondo en el intervalo de dos meses del mismo año en que vio la
luz Historia de una pasión argentina, tenían en común la perentoria
necesidad "de que los argentinos dejen de aceptar los obsequios
europeos de aquellos problemas que su mezquindad y egoísmo le han
impedido resolver". Las fuerzas en pugna de la guerra civil española
y el estalinismo constituían para Girondo "dos idearios políticos tan
opuestos como similares", que podían tornarse serias amenazas sobre
América en la medida que se continuase tomando partido por uno
u otro bando. De ahí su reclamo de "hacer un saludo expresivo
y retirarnos" de Europa, terminando con la actitud de "aquellos
cuya adhesión a Europa llega al extreno de plagiar el desastre". A
esta invitación al repliegue americano, Girondo la fundamenta en
la confianza de que el aislamiento continental no sólo era garantía
de supervivencia física, sino también cultural:
"Por más que hayan leído al Facundo y el Martín Fierro, por más
que conozcan el pelaje que la pampa imprimió a los caballos
de Cortés, se resisten a admitir que América aporta un matiz
inédito a la civilización occidental y se hallan dispuestos a seguir
viviendo de prestado y se apresuran a importar problemas- que
carecen de todo sentido entre nosotros"52.
Si la fracción nacionalista católica del campo intelectual argentino
- Leopoldo Marechal, Leonardo Castellani, Manuel Galvez - habían
apoyado al franquismo durante la guerra civil española, mientras la
izquierda -CLARIDAD, AIAPE- enviaron como delegados al Congreso
Antifascista de julio 1937 en Valencia a Raúl González Tuñóny Córdova
Iturburu53, Girondo no se mostraba indiferente pero proclamaba,
en cambio, su derecho a la abstención, anticipándose a la postura de
neutralidad que abogará para el país durante los años de la guerra
mundial.
En efecto, cuando decide publicar en forma de folleto Nuestra actitud
ante el desastre (1940), llevará hasta sus últimas consecuencias su lema
de 1937 "tender un cordón sanitario que nos proteja de los rencores
que atormentan a Europa y amenazan infestarnos". Su prosa deja de
ser elíptica y centrada en un análisis de las posibilidades culturales de
la América para enriquecer la cultura occidental de la que se siente
legítimo heredero modernista, y en cambio, discurre concretamente en
clave geopolítica y socioeconómica sobre las estrategias de defender
los intereses nacionales argentinos en la eventualidad de un triunfo
alemán. Semejante al diagnóstico de Scalabrini Ortíz y de Ernesto
Giudice, busca poner a foco la dependencia económica del país
respecto del imperialismo, y levanta las banderas de la impostergable
necesidad de nacionalizar las empresas extranjeras, "sin distinción
de nacionalidad", aludiendo a las británicas y a las alemanas, con la
finalidad de que el país se prepare a un nuevo orden mundial pos
bélico, en el cual sea capaz de renegociar sus vínculos económicos:54
"No basta por lo tanto, denunciar la existencia de la organización
nazi entre nosotros, ni delatar los peligros muy reales que ella
entraña. Hay que eludir toda solución fragmentaria y convencer-
nos de que el momento es tan grave que no permite ningún
escamoteo. Hay que comprender - sobretodo - que no existe
otra manera de combatirla, ni de aunar la opinión pública del
país, que indicar que ha llegado el momento de liberarnos, de
una vez por todas, de la opresión económica, casi secular, que nos
asfixia... Envanecidos por el hecho de figurar entre los grandes
países exportadores, hemos permitido que Europa falsee, por
medio del halago y el soborno, el ritmo de nuestro desarrollo,
hasta llegar a preocuparnos de sus necesidades muchísimo más
que de las nuestras. De ahí que nuestras riquezas mineras se
hallen todavía inexplotadas y que nuestras primitivas industrias
locales hayan desaparecido"55
Entre las medidas prácticas que propone el folleto, son destacadas
su empeño en la nacionalización de empresas de ferrocarril, yaci-
mientos petrolíferos fiscales y una parte del intercambio nacional.
Además, Girondo alude a la necesidad de la solidaridad continental,
independiente de tutorías imperiales, para enfrentar de cara al conti-
nente latinoamericano sus problemas más acuciantes56. Pero el folleto
no puede resumirse sólo como un programa económico del naciona-
lismo neutralista: Girondo apela a la búsqueda y reencuentro con
la identidad nacional, "este retorno a lo que somos, a lo entrañable
de nuestra tierra y de nosotros mismos", según sus palabras. Otra
vez más, surge la cuestión étnica, atravesada entre la economía y la
política internacional, en medio de la Segunda Guerra Mundial.
Conclusión
La cuestión étnica, que se hizo un tema recurrente en la primera
posguerra para las élites políticas y económicas que se planteaban
regularizar la inmigración europea, continuará obsesionando a la
clase gobernante en los años que precedieron al estallido de la
Segunda Guerra Mundial. Y en el clima de ideas y de indagaciones de
algunos intelectuales liberales en torno al ser nacional y a la argentini-
dad durante la década del '30, la cuestión étnica surge como un
topos inescindible del proceso socio-cultural de repliegue de las élites
liberales y de algunos de sus destacados intelectuales hacia los pro-
blemas nacionales del país, los cuales plantean el cuestionamiento del
eurocentrismo tradicional, y una voluntad de desentenderse de los
efectos de problemas metropolitanos que la guerra mundial agudiza,
pero que son percibidos como ajenos y no propios de la agenda
nacional argentina.
NOTAS
Gustavo Ferrari indagó en las raíces históricas del "nacionalismo liberal" o "libe-
ralismo nacionalista" argentino desde mediados del siglo XIX hasta los primeros
años del s. XX pero casi no analizó el factor étnico de esta importante flexión
nacionalista del liberalismo. Ver su pionero artículo: "Esquema del nacionalismo
liberal en la Argentina", CRITERIO, Bs. As, 26/3/1981, pp. 126-134. Congreso de la
Nación, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados. Proyecto del Dr. Carlos F.
Melo (1919, t.V, p. 566); proyecto del Dr. Antonio de Tomaso (1919, t.l. p. 732);
proyecto del Dr. J. Maidana (1922, t.l.p. 584); proyecto del Dr. Enrique Dickman
(1922, t.II, p. 342).

Ver, por ejemplo el trabajo de Stach, Francisco: "La defensa social y la inmigración"
en Boletín Mensual Museo Social Argentino - Tomo V, No. 55-56, Bs. As. 1916, p.
361.389.

Museo Social Argentino, Instituto de Información, estudios y acción sociales. "La
inmigración después de la guerra". En Boletín del Museo Social Argentino, No.
85, Año VIII, tomo VIII, Bs. As., 1919. p.1-189. En adelante: Encuesta.

Encuesta, op. cit. p. 11.

Ver: Bunge, A: "Decadencia de la Inmigración", y, en particular, "Setenta Años de
Inmigración", Revista de Economía Argentina (REA), Año X, No. 120, junio de 1928
y "La Raza Argentina" (REA, año 12, No. 139, enero 1930).

Bunge, A.: "Ochenta y cinco años de Inmigración". REA, Tomo XLIII, No. 309, marzo
1944. p. 62-63. Los otros nacionales no latinos detentaban porcentajes pequeños:
yugoslavos, 5,39%, checoslovacos, 3,53%, lituanos, 3,12%.

Ibídem, p. 65.

REA, No. 100, octubre 1926. p. 300 y 302. Ver el estudio de sus ideas sociales
y económicas en °IMAZ, José Luis de: "Alejandro Bunge economista y sociólogo
(1880-1943)" DESARROLLO ECONOMICO 14 (oct-dic) 1974: 545-67.

Coincidían, J. J. Díaz Arana, Horacio Beccar Varela, Rómulo Bogliolo y A. Bunge.
Encuesta. p. 45, 30, 91 y 134.

Encuesta, op. cit. p. 99.

Encuesta, op. cit. p. 41.

Encuesta, op. cit. p. 48.

Encuesta, Isidro Ruíz Moreno, Eduardo Colombrero, Juan Butzo, Juan Luciano
Moreno Quintana. op. cit. p. 55.

Citado en L. Moreno Quintana, Inmigración, prólogo de Vicente C. Gallo. Librería
J. Menedez, Bs. As., 1920. p. 69.

Ver 1a defensa de la latinidad", aún con sus vicios, "levantisco, indisciplinado", que
hace Máspero Castro, Encuesta. p. 48. Isidro Ruíz Moreno recomendaba seleccionar
inmigrantes agrícolas anglosajones, escandinavos, finlandeses, holandeses, belgas,
suizos y austrohúngaros, para civilizar con "espíritu práctico, perseverancia y disci-
plina" nuestra "modalidad levantisca y poco orgánica". p. 58.

Boletín Museo Social Argentino, Año XXVII, setiembre-octubre 1939. Nos. 207-208.
págs. 262-291.

Ibídem. pág. 280-290.

Dorfman, Adolfo: "Cincuenta años de Industralización en Argentina". Hachette. Bs.
As., 1983, págs, 41-60.

Germani, Cino: "Política y Sociedad en una época de transición". Paidóa. Bs. As.
1962. cap. 7,págs. 211-226.

Bunge, A.: "Una nueva Argentina". Kraft. Bs. As. 1940, cap. X, págs. 209-228.

Ibídem, p. 229.

Bunge, A.: op. cit. Cap. VI págs. 108-121. Ver el estudio sobre el optimismo
autosostenido en la economía argentina en la línea del nacionalismo conservador
durante los años 1937-43 según A. Bunge, en Marc Falcoff: "Economic Dependency in
a Conservature Mirror: Argentine Frustration, 1919-1943" Intel-American Economic
Alfairs Vol. 35, Spring 1982 N° 4, pp. 57-76.

Bidabehere, Fernando: "El Problema Inmigratorio" Facultad Ciencias Económicas,
UNBA, Bs. As. págs. 95, 99, 101. Nota pie de pág. No. 85.

Primer Congreso de la Población (26-31 de octubre de 1940), Trabajo, Sesiones y
Conclusiones, Museo Social Argentino, Bs. As., 1941, pág. 245.

Ibídem, pág. 250.

Ibídem, págs. 258-259.

Ibídem, pág. 261.

Sobre el grupo Martín Fierro, ver: Beatriz Sarlo, "Vanguardia y Criollismo : la
aventura de Martín Fierro", Revista de crítica Literaria Latinoamericana, 15 (1982),
33-69. Para la evolución de R. Scalabrini Ortíz, ver: Norberto Galasso: "Vida de
Scalabrini Ortíz", Bs. As., 1970. Y algunos elementos biográficos de la trayectoria
de Marechal, en Rafael Squirru: "Leopoldo Marechal", Bs. As., 1961. Ver sobre los
aspectos ideológicos del nacionalismo populista Cristian Buch Rucker. "Nacionalismo
y peronismo: la Argentina en la crisis ideológica mundial", Bs.As, 1987, pp. 258-278.
Para una descripción de la participación de Mallea en el grupo SUR y sus vínculos
con Victoria Ocampo, ver: John King: "SUR: A Study of the Argentine LiteraryJournal
and its Role in the Development of a Culture", 1931-1970, Cambridge, 1986, caps. 3
y 4.

Mallea integró la Comisión Nacional de Cultura que no otorgó el premio a Borges
en 1942, a pesar de su voto a favor del libro concursado "El Jardín de los senderos
que se bifurcan". Ver el artículo de desagravio de Adolfo Bioy Casares en SUR, 92,
mayo 1942, pp. 21-22.

Beatriz Sarlo: "Una Modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930", Buenos
Aires, 1988, pp. 228-239.

Eduardo Mallea, "Historia de una pasión argentina" en Obras completas, tomo I,
Bs. As., 1961, pág. 398.

"Historia"....., op. cit. pág. 349, 362.

"El sayal y la púrpura", Obras Completas, op. cit. pág. 1210.

"La vida blanca", SUR (1960), pág. 138; "Historia"..., op. cit. p. 311

Para un análisis de escritores liberales argentinos del s. XIX que testimonian en
su obra las prevenciones y simpatías a la inmigración, ver Evelyn Fishburn: "The
Portrayal of Inmigración in XIX Century Argentine Fiction", Berlín, 1981; y Gladys
Onega: "La Inmigración en la literatura argentina, 1880-1910", Bs. As., 1968.

"La vida blanca", op. cit. in). 46-47; 72; 82.

"Historia"..., op. cit. p. 344.

Ver la nota bibliográfica de Guillermo de Torre sobre el libro "Todo Verdor perecerá"
de E. Mallea, SIIR 92, (Mayo 1942) pp. 65-68, donde diferencia a los "nacionalistas
literarios" de "trocha angosta" respecto a la vocación nacional literaria de Mallea, a
quien le adjudica un sentido de universalidad a pesar de que sus personajes estén
ubicados en ambientes provincianos.

Santiago Montserrat: "Eduardo Mallea y la Argentina profunda", SUR (123), enero
1945, pág. 76-77.

"Historia", op. cit. pág. 346-347; 397.

Ver el análisis de Stuart Hughes sobre la reacción de los intelectuales europeos en
su libro "Consciousness and Society", New York, 1958, Chap. X.

Bernardo Canal Feijoo, "Historia de una pasión argentina", SUR (38) Nov, 1937,
pág. 78-79. Algunas apreciaciones sobre el dolor y la angustia de Mallea que descubre
B. Canal Feijoo son muy coincidentes con las del escritor nacionalista Leopoldo
Marechal. Comparar el juicio de "Carta a E. Mallea", de L. Marechal, publicado
en la revista católica de derecha: Sol y luna N°1, Bs.As. 1938, pp. 180-82.

Bernardo Canal Feijoo: Radiografías Fatidicias, SUR (37), oct. 1937. pp. 63-77.

Bernardo Canal Feijoo: "La Bahía del silencio", de E. Mallea, SUR (75), die. 1940,
pág. 158.
Para una valoración de la obra de Mallea en relación a otros escritores preocupados
por la identidad nacional, ver el documento ensayo de Hugo Biagini: "Filosofía
Americana e Identidad. El conflictivo caso argentino", Buenos Aires, 1989. pág. 195-
212.

Ver, especialmente, Mario Rapaport: "Gran Bretaña, EEUU y las clases dirigentes
argentinas, 1940-1945", Bs. As., 1981.; "Política y Diplomacia en la Argentina: las
relaciones con EEUU y la URSS", Bs. As., 1987; C. A. Mac Donald: 'The Politics
of Intervention. The U.S. and Argentina 1941-1946", Journal of Latin American
Studies, XII, 2. pp. 365-396. Y Carlos Escude: "Gran Bretaña, EEUU y la declinación
argentina, 1942-1949", Bs. As. 1983.

E. Anderson Imbert, "Hitler corre el Amok", SUR (61), oct. 1939, pp. 42-43.

Ibídem, pp. 45.

Ver el testimonio de Ramón Gómez de la Serna sobre la vida y amistades de
Girondo: "Oliberio Girondo, 1941', en Jorge Schwartz (Comp): "Homenaje a Girondo",
Bs. As., 1987, pp. 180-200. Sobre los aspectos del cosmopolitismo vinculados a su
estética vanguardista, ver Jorge Schwartz; "Vanguarda e Cosmopolitismo na década
de Veinte: Oliberio Girondo e Oswald de Andrade", Sao Paulo, 1983.

Sobre las vinculaciones de Girondo con PROA y la Unión Latinoamericana, ver:
Beatriz Sarlo, op. cit. pp. 107-114.

Ver J. Schwartz, "Homenaje", op. cit. 236-7.

La carta de Girondo a Mallea está fechada el 8.2.1937. Ver J. Schwartz, op. cit.
236-7.

O. Girondo; "Nuestra actitud ante Europa", La Nación, 25-4. 1937. reproducido en
Schwartz, op. cit, pp. 90.

Sobre el impacto de la guerra civil española en la opinión pública, la izquierda, los
círculos católicos de derecha, los grupos culturales y el gobierno, ver Mark Falcoff,
"Argentina", en M. Falcoff y F. B. Pike: "The Spanish Civil War, 1936-39, Univ. of
Nebraska Press, 1982. pp. 291-348. y también ver Beatriz Sarlo, op. cit. pp. 132-138.

Existen varios puntos en común entre la puntualización de Girondo acerca de los
dos imperialismos (británico y alemán) y la posición de un comunista que reclamaba
de la izquierda la neutralidad polí`ica y la lucha por la liberación nacional económica
de Argentina. Ver el libro de Ernesto Giudice: °Imperialismo inglés y liberación
nacional", publicado en 1940.

J. Schwartz, op. cit. pp. 84: O. Girondo: "Nuestra actitud ante el desastre".

Ibídem, pp. 85.

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