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America Latina

VOLUMEN 1 - Nº 1
ENERO - JUNIO 1990
Nacionalismo
en América Latina
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Nacionalismo e Inmigración:
La Cuestión Etnica en las Elites Liberales
e Intelectuales Argentinas: 1919-1940

LEONARDO SENKMAN
Universidad Hebrea de Jerusalén

Los años entre las dos guerras mundiales fueron decisivos para que la clase dirigente argentina y la opinión pública del país considerasen la clausura del ciclo inmigratorio masivo. En la literatura sobre este tema se han sobredimensionado los aspectos económicos y políticos que trajeron aparejados la primera posguerra mundial, las secuelas de la crisis económica después de 1929, la cuestión de los refugiados españoles y del nazismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Pocos estudios se han consagrado a complementar a estos factores externos con la indagación de transformaciones internas de índole ideológico-cultural de las élites liberales-conservadoras, tanto en los niveles de la política como del campo intelectual de los años treinta. Una de las posibilidades más fértiles que ofrece la historia social y cultural de la inmigración en Argentina es el análisis de la gestación y desarrollo de consideraciones de índole étnica en las actitudes y el diseño de políticas inmigratorias por parte de esas élites durante coyunturas críticas, como fueron los años previos y durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el objeto de este trabajo es articular las preocupaciones étnicas de algunos representantes liberales y conservadores de esas élites, por un lado, con las de destacados representantes del campo intelectual, por el otro, y tratar de ofrecer alguna hipótesis explicativa a la peculiar reacción nacionalista que comparten todos estos hombres, formados en una común matriz ideológica de signo liberal que auspició la inmigración espontánea a la Argentina.

Para tal propósito, se estudiará primeramente cómo surge el pro- blema étnico ante las élites políticas y económicas que se pronunciaron sobre la cuestión inmigratoria argentina en dos coyunturas críticas, a saber: en 1919 y 1939, luego de la Primera Guerra Mundial y en vísperas de la segunda. Dos encuestas sobre inmigración que elaboró y llevó a cabo el Museo Social Argentino ofrecen un valioso repertorio de respuestas de parte de miembros destacados de esas élites y permiten efectuar un análisis comparativo.

En segunda instancia, se estudiará el desplazamiento de esta preo- cupación étnica en la singular reacción nacionalista de dos escritores provenientes del campo intelectual liberal, entre 1937 y 1940: Eduardo Mallea y Oliverio Girondo.

1- La cuestión inmigratoria y el surgimiento del problema étnico en las élites políticas y económicas liberal-conservadora argen- tinas: 1919-1940.

1.1. Las Encuestas sobre Inmigración del Museo Social Argentino

La cuestión inmigratoria preocupó a las élites'políticas y económicas argentinas hacia 1918, cuando se acentuó la caída brusca de los flujos inmigratorios debido a la Primera Guerra Mundial. Algunos ante-proyectos legislativos que no prosperaron en el Congreso fueron presentados entre 1919 y 1922 por diputados preocupados por refor- mar la Ley No. 817 de inmigración con el objeto de adecuarla a la nueva realidad internacional en la esperanza de lograr la reanudación de la corriente inmigratoria a la Argentina1. Meses antes que los sucesos de la Semana Trágica despertaran una ola de xenofobia y opiniones contrarias a la inmigración, el Museo Social Argentino emprendió la tarea de realizar una Encuesta sobre la Inmigración, pensada para los años después de la guerra, entre un grupo muy representativo de la élite política liberal y conservadora del país. Fundado el 23 de mayo de 1911, el Museo Social Argentino estuvo muy atento a los problemas de la inmigración y de la demografía, dentro de sus inquietudes de analizar las cuestiones socio-económicas más amplias del país. Sus estudios y acciones pretendían trascender la instancia teórica y se proponía influir en las élites gobernantes y, en particular, en su toma de decisiones en materia de política agraria y de la población. El prestigio de sus socios y adherentes logró que sus opiniones fuesen escuchadas, en especial, sobre la cuestión inmigratoria. El Museo Social Argentino propuso una serie de ideas tendientes a servir de base a una futura reforma legislativa y para el delineamiento de la política migratoria argentina de los próximos años2.

De ahí que un estudio histórico del impacto de la cuestión inmigra- toria en la opinión de la élite política, cultural, económica de aquellos años no pueda prescindir del análisis de esa Encuesta pubiicada en 1919 y que recogió más de 40 opiniones3. Algunos de los mentores de la Encuesta, como el Ing. Alejandro Bunge, tuvieron enorme influencia en la problematización de la cuestión inmigratoria entre los miembros de esas élites. En el prólogo que escribió a la Encuesta, Bunge buscaba concientizar sobre uno de los problemas socio-económicos básicos del país. El Ingeniero Alejandro Bunge, desde su Revista de Economía Argentina, fundada en 1918, hasta su muerte en 1943, influyó desde entonces en la opinión de las élites políticas conservadoras con sus ideas y programas de acción filiados en un pensamiento económico nacionalista avanzado para su época. Considerado un calificado técnico estadístico, fue nombrado Director Nacional del Departamento de Estadísticas y todos respetaron su estudio sobre la Renta Nacional -primer trabajo pionero en el país- y también fue oído por sus ideas sobre población e inmigración. Su importancia estriba no sólo por la aguda percepción de los problemas socio-económicos del país y su crítica al modelo agro-exportador de cuyos límites y fisuras alertó a las élites políticas, sino también por el hecho de que algunos destacados funcionarios de los gobiernos de la década del '30 y'40 se formaron y aprendieron a su lado.

Entre las opiniones recogidas por la importante Encuesta sobre inmigración, las ideas de Alejandro Bunge conforman una línea de pensamiento decisivo4.

Junto con otros intelectuales influyentes como Emilio Frers, Juan José Díaz Arana (presidente a la sazón del Museo Social Argentino), A. Bunge sostuvo la tésis de elaborar y aplicar una política económica diferente de la sostenida hasta entonces para detener la caída de la inmigración. A diferencia de la opinión generalizada de que el conflicto bélico europeo y la mala situación de los países del Viejo Mundo impidieron la continuación de flujos migratorios importantes, el grupo liderado por Bu nge puso el acento en los problemas socio- económicos y demográficos del país antes que en los exteriores. Así de- mostraban, por ejemplo, una correlación entre las curvas del comercio exterior y el flujo inmigratorio. Según Frers, existía un paralelismo entre el valor anual de la importación de mercaderías y la suma anual de inmigrantes: "situación tranquila y próspera del país; abun- dante importación e intercambio general de comercio y numerosa inmigración; situación intranquila; disminución del intercambio y de la inmigración"5.

A. Bunge, desde 1918, insistió en que el exceso de inmigración entre los años 1908 y 1913 en relación a la producción del país generaba un fenómeno de re-emigración y caída de los flujos inmigratorios, y sostuvo que la guerra mundial sólo vino a dar mayor duración a dichos problemas estructurales de la economía y la sociedad argentina anterior a 1914. En 1922 escribió un artículo, "Inmigración e Importa- ción", donde desarrollaba esa idea, compartida por Frers, y demuestra estadísticamente las coyunturas de sincronismo y de interrupción entre ambas variables. Esta misma línea de pensamiento por la cual intentó explicar que los límites y agotamiento de la expansión agroexportadora tradicional fueron responsables del movimiento inmigratorio, Bunge la siguió desarrollando en otros artículos durante los años '206.

Algunos años después, en 1928, denunciaba las distorsiones y de- sequilibrios poblacionales del fenómeno migratorio espontáneo. En primer lugar, mostraba que durante los años de la primera década del siglo fue mayor el aumento migratorio que el crecimiento vegetativo natural del país y, en segundo lugar, indicaba que el país había llegado a un grado de saturación a causa de la inmigración excesiva respecto a su capacidad económica, pero también respecto a su capacidad de asimilarlos anualmen'ce; esta saturación provocó el fenómeno que denominó "cosmopolitismo". Los años de la Primera Guerra Mundial causaron una disminución de la re-emigración, la cual se había originado, según Bunge, antes del estallido bélico. La recuperación de las corrientes inmigratorias durante la posguerra continuó aportando saldos desproporcionados al crecimiento vegetativo y a la producción de Argentina. Particular énfasis ponía A. Bunge en el estudio de las alteraciones étnicas que acarreaba la inmigración luego que, a partir de 1928, ella acusó una brusca caída de la inmigración italiana. Esta tendencia se agravaba, según Bunge, por el flujo de los nacionales de países no latinos, como polacos, alemanes, yugoslavos, checoslo- vacos, lituanos, cuya tendencia en los años treinta temía que iba a "producir importantes modificaciones en la composición étnica de la población". Este economista, vocero de toda una corriente de pensamiento económico y demográfico nacional, introdujo la variante étnica en la consideración de la inmigración. En su trabajó: "La Raza Argentina", analizaba con rigor demográfico la inmigración como una cuestión étnica fundamental. Esta preocupación continuó también en otros trabajos, el más importante de los cuales fue "Ochenta y cinco años de Inmigración': Allí sostenía, alarmado, que si la inmigración no latina sólo alcanzaba el 13% del total después de la guerra mundial, ese porcentaje había ido creciendo rápidamente hasta trepar a 57,27% en 1937. Desagregando los saldos migratorios positivos por nacionalidad, Bunge alertaba que en los 15 años entre 1927-1941, el primer puesto correspondía a los polacos, con el 28,37%, seguido por los italianos, con 23,52% y luego los españoles, con 21,17%7. Ahora bien, a pesar de que sostuvo ideas de industrialización y proteccionismo para rectificar los desequilibrios que había provocado la orientación agroexportadora tradicional, Bunge consideraba nociva la tendencia a la radicación urbana de la inmigración. Este prejuicio mercantilista sobre el extranjero condujo al lúcido economista a excluir a los inmigrantes de sus propuestas de desarrollo regional e industrial del país, salvo actividades exclusivamente agrarias.

He aquí cómo concluía su importante artículo "85 años de Inmigra- ción":
"Los extranjeros que permanecen en las ciudades se dedican al comercio preferentemente, a punto que se puede decir que, en términos generales en nuestra República los argentinos se dedican a producir y los extranjeros a comerciar con la producción"8.
Esta orientación ruralista de la inmigración, seleccionada en función de las aptitudes agrícolas de los candidatos, había sido recomendada desde los primeros años de la posguerra. En la Encuesta de 1919 varios coincidían que una recuperación de las áreas de cultivo y el crédito agrícola y una política de colonización acompañada de obras públicas, construcciones ferroviarias y un menos gravoso sistema impositivo, favorecería la inmigración útil9.

No obstante que criticaba esa política económica y pastoril librecam- bista "que le está costando muy cara al país", en su alternativa excluía a los inmigrantes. Ellos debían, selectivamente, poblar los campos, renovar las nuevas fuentes de trabajo a crearse en las mejoras de los métodos, y en la explotación racional y completa de nuestro ganado". Bunge no aludió nunca al trabajo de los inmigrantes en las industrias derivadas de la explotación agropecuaria y en las industias de consumo local para las cuales pedía medidas proteccionistas avanzadas10.

Nunca como en 1919 destacados representantes de la de la élite política y económica daˇ país coincidieron en plantear la cuestión inmigratoria en términos económicos y poblacionales, por más que los primeros reincidan en ubicar la inmigración en los tradicionales parámetros ruralistas, y los segundos subrayan la importancia de la raza latina. Ahora bien: todos coincidieron en aplicar una política selectiva y de control poniendo término a la inmigración espontánea y libre.

Quizás una caracterítica de la inmigración conforme a estos nuevos parámetros la ofreció Máspero Castro, futuro director del Departa- mento Nacional de Inmigración, en un período clave de las restricciones durante el gobierno de Ortíz y Castillo:
"Inmigrante es un término económico y no social, que significa aumento de trabajo, de población y de capital, aparte de nuevos contingentes de diversas sangres para la mejora de la raza y de nuevas ideas para una mejor organización social"11.

Enrique Ruíz Guiñazu, futuro canciller, abogaba en 1919 por la selectividad inmigratoria en aras de defender y proteger el crecimiento vegetativo autóctono, amenazado por la caída de las tasas de natalidad y por las orientaciones neomalthusianas en materia poblacional.12

Esta posición fue apoyada aun por aquellos representantes de la élite liberal que tenían confianza en la recuperación del flujo inmigra- torio europeo y creían en la próxima llegada en masa de inmigrantes, confiando que el país estaba en condiciones de recibir una calificada y seleccionada inmigración a condición que se solucionase el considerado único problema no resuelto del país: la colonización agrícola.13

La opinión sobre la inmigración no deseable y la más conveniente es- tuvo conformada en casi todas las respuestas a la Encuesta de 1919 por apreciaciones y valoraciones étnicas a la par que las económicas. En el mismo año de la Semana Trágica, a la unánime coincidencia de impedir el ingreso de elementos "maximalistas" y de "ideas disolventes", los encuestados hicieron oír su voz también sobre las nacionalidades a ser interdictas y sobre las razas preferidas. Ahora bien: la insistencia en la composición étnica latina de la futura inmigración no sólo fue tributaria de la tradición inmigratoria de italianos y españoles que proveyó la mano de obra buscada para el proyecto agro-exportador del país pastoril, granero del mundo, sino que ya en 1919 formaba parte de un pensamiento étnico nacionalista que también velaba por el perfil poblacional de una nación acrisolada. Enrique Ruíz Guiñazú planteaba la demanda de la asimilación, no sólo de los grupos futuros de inmigrantes a ser seleccionados como condición previa a cualquier plan de radicación de mano de obra extranjera, sino también exigía la asimilación de los inmigrantes ya radicados en el país. La latinidad de las corrientes inmigratorias a seleccionarse había sido recomendada expresamente en la Conferencia sobre Selección y Contralor de la Inmigración, realizada en Montevideo, en agosto de 1919, en razón de las virtudes atribuidas a italianos, españoles y franceses para asimilarse con más rapidez al país respecto de otras razas "que viven su vida, propia de su idiosincrasia particular"14. Pero, además de la indiscutible preferencia de la latinidad, aun con sus vicios y problemas, también fueron elogiadas las razas anglosajonas, los pueblos germanos y nórdicos, en particular por parte de sectores liberales que postulaban la necesidad de "mejorar" la idiosincrasia del pueblo argentino y sus hábitos culturales15. Desde un punto de vista étnico, pues, ya en 1919 liberales y nacionalistas en materia económica coincidían que la población debía acrisolarse y que la futura inmigración tendría que ser seleccionada entre la raza latina o las otras razas civilizadas nórdicas y del centro-europeo. De tal selección quedaban al margen, no sólo las razas no blancas (amarillos, negros, chinos, etc.) sino, además, nacionalidades eslavas (rusos, polacos)16.

Desde 1919 estaba preparado, pues, el consenso para que las élites argentinas de los años previos a la Segunda Guerra Mundial aceptaran los criterios de profilaxis social que incluían prevenciones étnicas y raciales en materia poblacional.

En tal sentido, resulta muy pertinente comparar esas opiniones reseñadas con el sistema de ideas y prevenciones que surgen de la En- cuesta realizada por el Museo Social Argentino en septiembre de 1939, en una coyuntura muy particular17. También entonces habían caído los saldos inmigratorios pero esta vez debido a las estrictas medidas restrictivas adoptadas por el Poder Ejecutivo a partir de julio y agosto de 1938. La cuestión inmigratoria, además, estuvo agitada por la prensa en torno a la cuestión de los refugiados españoles primero, y después, en derredor de los refugiados clandestinos judíos que huían del Tercer Reich. El debate que suscitó la cuestión inmigratoria a través de la interpelación al P.E. en la Cámara de Diputados en agosto de 1939, un mes antes de la aparición de la Encuesta, no es casual: problematizó a la opinión de las élites dirigentes sobre la manera en que el estado resolvía una cuestión que dividía y aglutinaba a los grupos políticos e ideológicos del país.

Si las preguntas formuladas en primera instancia en la Encuesta de 1919 versaron sobre la preocupación del Museo Social Argentino por la reanudación de la emigración europea interrumpida durante los años de la guerra mundial, en la Encuesta de 1939 la gran preocupación era la duda sobre la conveniencia misma del aporte inmigratorio europeo para el país. Un aspecto en común de ambas Encuestas, sin embargo, fue la insistencia en averiguar la opinión sobre la selección étnica de los inmigrantes y las medidas prácticas para radicarlos en el campo e impedir su concentración en las grandes ciudades. El Ing. Alejandro Bunge añadía a los procedimientos de calificación para seleccionar inmigrantes la preferencia por aquellos procedentes "de países de raza y cultura similares a la nuestra". El Dr. Pablo Catalayud sostuvo en este punto la exigencia de restringir la inmigración de "razas exóticas" y de ampliar las cuotas ofrecidas a "los países del norte de Europa, escandinavos, ingleses, dinamarqueses, holandeses, belgas, que son todos pueblos de paz y progreso". Las cuotas para los otros países de Europa debían sujetarse a su capacidad de adaptación a nuestro suelo. Se prefería inmigrantes italianos y españoles a los de Francia y del Reich, "y muy restringida la inmigración oriental". El Ing. Benito Carrasco sostuvo un criterio idéntico, subrayando, además, a Gran Bretaña, Suiza, Suecia, Noruega, Holanda, Bélgica, Italia y Norteamérica como países de raza blanca deseable de inmigración. Para Atilio Cornejo, el "decaimiento del carácter y del alma nacional se debe especialmente a la absorción sentimental y material de otras nacionalidades y hasta otras razas". El Dr. Guillermo Gabardini Islas coincidía en el culto a la latinidad de la inmigración como criterio selectivo. Daniel López Imiscoz hizo de la latinidad un cartabón irrenunciable: "Tenemos un tipo racial latino que mantener y los inmigrantes que vengan a robustecerla deben contar con nuestra preferencia ya que ello está dentro de nuestras costumbres, de nuestra moral y de nuestra tradición...". Pío Pandolfo puso el grito de alarma por la avalancha de desplazados aún desde los años de la primera posguerra y sostuvo un perentorio criterio limitacionista dentro de la latinidad. "Mi opinión terminante, es que debemos preferir hombres de raza latina y si es posible católicos o protestantes. Y si esto no fuera factible, la selección debe hacerse entre aquellos hombres de otras razas que tengan vinculación con los trabajos de la tierra y que, por su educación religiosa no mantengan un asimilamiento racial que evita la amalgama indispensable para organizar una sociedad homogénea".

Hombres de extracción liberal, como Lorenzo Dagnino Pastore, que estaban exentos de todo tipo de prevenciones de religión o raza, subrayaban igualmente la exigencia del crisol asimilador para proteger a la nacionalidad argentinas'.

En síntesis: la preocupación étnica era compartida por todos los encuestados, a pesar de sus diferencias en materia económica respecto a la inmigración futura.

1.2. Los cambios socio-demográficos en Argentina durante los años 30 y la cuestión inmigratoria

Durante los años 30, al impulso de los cambios económicos y sociales que tuvieron lugar luego de la crisis mundial, se replanteó en forma radical el lugar que debía ocupar la inmigración en el pensamiento demográfico y poblacional argentino. La concepción alberdiana sobre la función de la inmigración para los años del crecimiento sostenido agro-exportador, fue cuestionada por los más agudos miembros de la élite política y económica que percibieron la naturaleza, magnitud y ritmo vertiginoso de esas transformaciones. Los ensayos más novedosos en materia económica fueron propuestos por el conjunto de medidas planificadas e implementadas por el ministro F. Pinedo a partir de la segunda mitad de 1933, cuyos resultados positivos se percibieron entre 1934-193718. Los cambios económicos y demográficos durante esos años y la reactivación que suscitaron, perfilaron una diversificación en las clases propietarias y una nueva estratificación social. Los sectores populares urbanos recibieron el impacto de las migraciones internas del interior rural durante toda la década. Y, junto a grandes industriales vinculados a la elaboración manufacturera de productos agropecuarios, surgía una capa de pequeños y medianos propietarios vinculados al proceso sustitutivo de importaciones de bienes de consumo con fuerte partici- pación de la población extranjera19.

Esta vasta serie de modificaciones no percibidas por la mayoría de las élites políticas, obviamente gravitó en su abordaje de la cuestión inmigratoria.

Nadie más sutil que el economista Alejandro Bunge para percibir los aspectos más relevantes de esos cambios y analizar sus implicancias. En su lúcido ensayo Una Nueva Argentina (1940), precisamente intentó poner de relieve estos cambios y relacionarlos con los reaco- modamientos que abrió la crisis de 1929 en la tradicional estructura agro-exportadora argentina.

En primer lugar destacó la magnitud de la diversificación de las actividades productivas y el desarrollo industrial "cuya forma casi eruptiva de esta evolución económica" en el transcurso de sólo 20 años, en particular de los 9 anteriores a 1940, Bunge creía que carecía de parangón con otros países.

Pero luego de indicar lo singular del vertiginoso crecimiento econó- mico del país, pasa a señalar la serie de trastornos y desequilibrios. Así, destaca como desequilibrios graves la superproducción e infra- consumo por carecer el país de un mercado nacional más integrado, los profundos desequilibrios regionales que agravan el atraso y subde- sarrollo del mercado argentino. Al trazar lo que denominó el mapa de la capacidad de consumo por región en función de la capacidad adquisitiva, medido por habitante, y formar los índices de la capacidad económica por provincias y territorios, Bunge fue el primero de los economistas argentinos en plantear los factores demográficos en la economía y sus mutuas influencias. Las tres grandes zonas que conforman el país abanico de su descripción realizada en 1939, le permiten apreciar la magnitud del desequilibrio demográfico y económico argentino20.

Bunge estaba convencido de que un programa realista definido y una acción activa y perseverante podrían atenuar mucho, tan solo "en el curso de una generación" esos desniveles demográficos, económicos y culturales.

Ahora bien: sus propuestas en materia de población e inmigración formaron parte inescindible del "programa realista" que formulaba ante las clases dirigentes argentinas"21.

El nuevo componente dentro del sistema de ideas y prevenciones de la élite intelectual y académica que en materia inmigratoria fueron escuchadas por las clases gobernantes ha sido el acento puesto en los aspectos étnicos y raciales para la selección del inmigrante. Efec- tivamente, es posible comprobar un desplazamiento del viejo tabú de la supuesta contaminación del inmigrante, percibido por la xenofobia del centenario como un presunto portador de locura, enfermedad venérea, alcoholismo o agente subversivo hacia los nuevos motivos étnico-raciales que le atribuye el prejuicio demográfico de los años 30.

Tratadistas como A. Bunge, F. Bidobehere y M. Zuloaga formularon en aquellos años un pensamiento étnico nacional que expresaba los cambios sociales, económicos y en el sistema de valores e ideas que -no todos percibían durante los años de la Guerra Mundial. Bunge no estaba urgido de paliarlos echando mano a la inmigración. Por el contrario, creía que la menor inmigración permitiría "una más rápida y acabada fijación de nuestra fisonomía racial". Esta lógica de autoabastecimiento poblacional y repliegue, Bunge la desarrolló en el Capítulo VI, titulado muy expresamente: LA COMPOSICION RACIAL DE LA ARGENTINA: UN PAIS COSMOPOLITA QUE SE TRASNFORMA- RA PRONTO EN UN PAIS DE EXTRANJEROS. El reconocido economista y demógrafo demostraba en efecto que desde 1914 a 1940 disminuyó proporcionalmente el número de extranjeros (del 29`% al 19,10, procesándose una "formación racial y homogénea de la población europeizada", a la cual en 1940, estimaba en un 78%. De ahí que a Bunge no le preocupara que desaparecieran cada año "de nuestro cuadro racial y de nuestro marco económico tanto como los que ingresaban al país anualmente desde fines de siglo hasta 1914". Su preocupación verdadera giraba en torno a velar por una política inmigratoria de homogeneidad racial, y alentar una inmigración muy selectiva y de alto grado de cultura y elevado nivel de vida, pero siempre y cuando se propugne un sostenido crecimiento natural del país22.

Otro tratadista y funcionario público, Fernando Bidabehere, enfáti- camente recomendaba la exclusión de determinadas razas y pueblos para la nueva generación inmigratoria de la posguerra. Así, al reco- mendar la selección por edades y sexo, recuerda en su libro sobre inmigración el principio de la homogeneidad de la población: "pues los judíos, eslavos, lituanos y otros son nacionalidades un poco extrañas a nuestro suelo...". La selección en la nacionalidad y raza debía ser completada, además por una selección espiritual y física. Este autor, que tuvo personal intervención en la formulación de los derechos restrictivos y de control policial de la inmigración de aquellos años, reconocía que Argentina, desde 1938 oponía "ciertas dificultades " a los refugiados. Para aclarar, inmediatamente: "no puede decirse que haya prejuicios raciales cuando hay en el país más de 250.000 judíos, que entraron con entera libertad. Pero una avalancha de miles de refugiados en las condiciones actuales, no es conveniente para ningún país. El Poder Ejecutivo no considera inmigrantes a los refugiados... El anhelo humanitario puede ser contrario a las conveniencias sociales, políticas y económicas del país". Paso seguido, Bidabehere recomienda reformar la Ley de Inmigración No. 817, vigente para prevenir y expulsar a los indeseables. Particularmente, los inmigrantes clandestinos que, según advertía el autor, "es ahora un asunto de actualidad". Y trataba de describir esa figura delictiva para la cual recomendaba una serie de medidas policiales. "La clandestinidad aumenta, las personas autorizadas a una permanencia temporaria y que al expirar el término acordado no se marchan (turistas, estudiantes, artistas de teatro, pasajeros en tránsito, etc); los que entran cuando hay prohibición a su respecto; los expulsados que reingresan, los que utilizan documentación ajena o documentos falsos, los que entran por lugares donde no hay fiscalización de fronteras, desde los países vecinos, salvándose después con una información sumaria o un recurso de hábeas corpus, etc., etc., son inmigrantes clandestinos23.

El Primer Congreso de la Población organizado por el Museo Social Argentino del 26 al 31 de octubre de 1940, debatió extensamente los problemas raciales y su vinculación con la inmigración en Argentina.

El despacho dé comisión sobre "El Problema Racial en Argentina" no dejaba dudas sobre las preferencias de ciertos grupos migratorios al recordar que "basándose la formación de nuestro pueblo en las corrientes inmigratorias de origen latino, conviene seguir favorecién- dolas preferentemente". La Latinidad que precedía esta concepción inmigratoria y demográfica se complementaba con el americanismo, al recomendar la necesidad de estrechar los vínculos entre los pueblos americanos por medio de intercambios intelectuales, comerciales y de toda índole. En materia educativa, el espíritu nacional encarnado en el Estado, le encomendaba fiscalizar "celosamente en las escuelas e institutos particulares o privados o de colectividades extranjeras, el mantenimiento de los principios básicos de la nacionalidad", mientras que se exigía que la "enseñanza primaria debe ser impartida en idioma castellano"24.

El despacho de comisión acerca de "Selección de Inmigrantes", pre- sentado por Abraham Bercum, fue aprobado en sus dos resoluciones; 1) Por una parte, reconocía como condición esencial de paz interna e internacional la no restricción de los derechos y prerrogativas "inherentes a la persona, entre otros motivos, por cuestiones de índole racial o religiosa.

2) Por la otra, acordaba que el inmigrante debía ser seleccionado "de acuerdo a sus aptitudes físicas, intelectuales y morales" y no por sus estatutos de sangre25.

El despacho aprobado de la comisión sobre El Problema Racial, condenaba las doctrinas racistas de la sangre y la raza por ser científicamente falsas, y establecía que la vía más segura y eficaz para procurar socialmente el mejoramiento del ambiente humano se lograría por el mejoramiento de la condición de la familia y del medio social y la educación26. No obstante, el celo puesto en el espíritu nacional y el mejoramiento étnico de la población argentina a través de corrientes migratorias latinas y la rigurosa selección del extranjero, legitimaron la aprobación del despacho de comisión sobre Inmigración Blanca. Basado en las doctrinas de asimilación del inmigrante para el fomento del crecimiento poblacional, el despacho consideraba impru- dente fomentar la inmigración de otros tipos humanos que no fuesen europeos27.

2. Eduardo Mallea y el nacionalismo liberal intelectual de los '30

Quizá el ensayo literario de los años '30 exprese uno de los registros más elocuentes de esa obsesiva necesidad de indagar en la problemática del ser argentino por parte de algunos talentosos escritores pertene- cientes a la fracción liberal del campo intelectual argentino de la época. En esa dirección, la obra de Eduardo Mallea ofrece dos de las flexiones ideológicas que más marcaron la reacción antipositivista en la Argentina del Justismo (1932-1938): el simultáneo repudio tanto al materialismo del proceso de modernización social y cultural urbano, como a los efectos no deseados de la inmigración masiva.

Mallea interesa porque, a diferencia de ensayistas nacionalistas de los treinta - Manuel Gálvez o Hugo Wast -, su caso condensa el impacto de las transformaciones que sufren intelectuales liberales argentinos en una sociedad modernizada en cuyo ámbito, perciben, a la par que resulta imposible restaurar viejas formas del pasado, les repele un presente en donde halla espacio su espiritualismo y moralismo reñidos con una muchedumbre desconocida, heterogénea y advenediza. Además, este ex miembro de la vanguardia criollista que representó en los veinte el movimiento literario Martín Fierro, se diferencia a su vez de otros camaradas martinferristas como Raúl Scalabrini Ortíz (que políticamente giró hacia un nacionalismo populista) o de Leopoldo Marechal (que formó parte del nacionalismo católico)28 por el destacado lugar que ocupó entre las élites liberales del campo intelectual. En efecto, Mallea acompañó la experiencia cultural de la revista y editorial SUR, que dirigía Victoria Ocampo, y se desempeñó como director del suplemento literario del prestigioso diario liberal LA NACION. Más aún: a pesar de las reservas por su cultura europeizante que despertaban sus libros entre los escritores nacionalistas, Mallea fue una figura respetada al punto que era el único intelectual liberal invitado a integrar la Comisión Nacional de Cultura durante el gobierno del presidente Castillo29.

El drama espiritual y moral del ser argentino en el "ensayo ficciona- lizado y en la ficción ensayista" de Mallea como resultado del proceso de modernización social y cultural de la Argentina ha sido agudamente estudiado por Beatriz Sarlo30. Sin embargo, su reacción nacionalista y la emergencia de categorías xenófobas deben ser insertados en el clima de revivalismo étnico cuyas implicancias no pueda dar cuenta solo un estudio de la modernidad en estos escritores liberales.

Buenos Aires, en efecto, constituye el espacio urbano en su obra, contaminado por una átmosfera cosmopolita que cambió vertigino- samente el estilo de vida y también los valores que anonadan la sensibilidad exquisita de este hijo de familia patricia provinciana, cuya historia y linaje el mismo Mallea destaca que fue evocado por su pariente Domingo F. Sarmiento en varios capítulos de Recuerdos de Provincia31. Desde esta perspectiva, su más famoso ensayo, Historia de una pasión argentina (1937), representó un texto clave para la élite intelectual liberal que necesitó parapetarse tras una "esencia" nacional propia que pusiera distancia y juzgase a un país "aparente", confor- mado por una muchedumbre extraña, materialista y mercañtilizada. La oposición ideal acuñada por Mallea entre "argentinos invisibles y argentinos visibles" cumplió una función simbólica para que nu- merosos intelectuales liberales encubrieran su reacción xenofóbica tras un velo espiritualista completamente diferenciada del agresivo repertorio discursivo anti-extranjero de los nacionalistas. Así, los argentinos visibles que conformaban esa inmensa muchedumbre de usufructuadores de los bienes materiales de la modernización porteña no podían formar parte de las viejas clases patricias argentinas "invisibles". Eran los nuevos ricos de las emergentes clases medias prósperas que frecuentaban bares, teatros, plazas, hoteles y los nuevos espacios públicos de diversión frívola y consumo urbanos, que también gustaban del faccionalismo de la política radical y desconocían el viejo orden jerárquico. En ese desorden moderno Mallea se siente un exiliado en su propia patria, al igual que numerosos intelectuales liberales, y es precisamente a éstos, pares por linaje y contertulios por actividad cultural, a quienes convocó a emprender una acción regeneradora y redimir a La ciudad junto al río inmóvil, como tituló a sus ficciones publicadas en 1936. Pero esta misión regeneradora para la cual interpela en su libro a los argentinos invisibles - del linaje de Sarmiento, Miguel Cane y Joaquín V. González - es de naturaleza psicológica y ética: no política. Menos aún pretende volver a una pasada edad de oro pre-moderna. Admirador de intelectuales europeos y norteamericanos modernos como Thomas Mann, W. Huxley, Peguy, J. Maritain, Waldo Frank, e incorporado a la red de relaciones internacionales que instauraba la revista SUR, Mallea se lanzó a una cruzada espiritualista en pos de una Nueva Argentina, impregnado de una fe casi religiosa que compartían también otros escritores liberales de la época en los valores de la tradición nacional, la vuelta a la tierra y la consubstanciación con un sentido casi sacramental de la vida argentina, "por eso, sangre y alma que configuran la moneda nacional"32. Al igual que otros liberales, Mallea también celebró en 1916 el ascenso radical de Hipólito Irigoyen como "el triunfo de la decencia y pureza cívicas", pero ello no fue incoherente para que también él se sumara a los nacionalistas que reivindicaron la revolución de 1930, justificando que "el pueblo real - no el político - `invadiera las calles, en pos' de la restauración de una salud en peligro"33.

En liberales como Mallea no fueron sólo el horror por la presencia de las masas en las calles y el populismo irigoyenista los responsables de su reacción conservadora por los efectos no deseables de la moderni- zación democrática del país. Soterrada, emerge una razón profunda que no es de orden meramente social y política sino étnica, y que lo condujo a alertar ante un chivo expiatorio por los males del país: el aluvión inmigratorio. Al igual que otros intelectuales liberales y nacionalistas, también él responsabilizó a esa "inundación blanca" por "nuestra decadencia como patria" y por el "extravío de nuestro pueblo"34.

Historia de una pasión argentina, en este contexto, se puede leer como uno de los ensayos cruciales de los años treinta escritos por un liberal contra la inmigración y sus resultados no deseados, pero también como un texto fundador del etnocentrismo liberal argentino moderno35. Si por un lado valoriza la radicación y asimilación de los colonos europeos nórdicos que conoció en su infancia de Bahía Blanca - daneses, noruegos, galeses, alemanes - por otro lado deplora que la ulterior inmigración sureña haya sido fruto de la crisis y disolución de viejos órdenes europeos y que su motivación fuese únicamente el lucro. Esa inmigración, que transformó la sociedad, la economía, y el espacio urbano fue juzgado por Mallea como "muchedumbre de bárbaros" carentes de "genio original", la cual invadió su país hasta desfigurar "la escuela española, colonial, jesuítica", degenerando el acervo cultural y la fisonomía de la "Argentina invisible".

Continuando la tradición xenófoba del liberalismo reactivo a la inmigración, previo y posterior al Centenario, Mallea reitera tópicos conocidos del repertorio xenófobo tradicional, pero que durante los años del justismo, y en plena guerra civil española, cumplieron una función profiláctica concreta: influyeron intelectualmente para diseñar la política restrictiva inmigratoria gubernamental y tender un cordón sanitario contra el ingreso de refugiados españoles y del nazismo. En su ensayo La vida blanca, Mallea imputaba a la "moral intrusa" de los inmigrantes por los males nacionales que suscitaba la modernización urbana. Entre otros cargos, recuerda el oportunismo, la quiebra de los valores provocada por la irrupción de la "conciencia ensoberbecida y codiciosa", la atomización integral del individuo, la pérdida de la identidad nacional, provocada "por el autodesconocimiento como pueblo de sus raíces constitutivas his- pánicas". Hasta la propia clase dirigente habría sido seducida por esas pautas de comportamiento importadas a través de esas "masas inconscientes y exteriores" que drenaron los fundamentos de la na- cionalidad, el lenguaje y la literatura36 La ciudad moderna de Buenos Aires resulta para Mallea una urbe despersonalizada, trivial, huera, insular, un ámbito donde se perdió para siempre aquella intimidad propia en la que se solazaba con "la gracia solariega y la señorialidad" de antaño, a consecuencia del "clamor de una estúpida y vanidosa burguesía" que trastocó el genio y secreto nacional de una "vida blanca" sin matices, tanto en los rostros anónimos de las multitudes como en la fría perspectiva espacial urbana.

Mallea también reitera otro tópico sostenido indistintamente por libe- rales y nacionalistas para descalificar a la inmigración: la laxitud de las clases dirigentes para exigir un genuino crisol de razas capaz de garan- tizar una asimilación total que impidiera la formación de un tipo humano argentino deleznable. Según este análisis de índole étnico, el principal exponente de esta falta de selectividad del proceso inmigrato- rio lo constituye el habitante de Buenos Aires de los años 30: incrédulo, egoísta, inmoral, hablante de un lenguaje adulterado, consumidor de los modos extranjeros en boga, envilecido por la mera prosperidad exterior. Mallea acomete en particular contra la generación positivista ("pragmatistas peregrinos" y "falsos emersinianos") responsabilizándo- los del fracaso de la asimilación de los inmigrantes conforme al mito del crisol de razas37.

La repercusión de estas ideas de Mallea entre sus pares de la élite liberal intelectual fue significativa, muy especialmente entre sus colegas del grupo SUR. Prueba de ello fue la excelente acogida que tuvieron sus libros más importantes y la particular reseña de sus novedades vinculadas a las preocupaciones étnicas y nacionales que escritores del grupo SUR utilizaron a menudo como tópicos de una suerte de estética nacional del liberalismo para diferenciarse de (y polemizar con) las consignas del nacionalismo católico restaurador y populista del campo intelectual.38

Santiago Montserrat, en su crónica "Eduardo Mallea y la Argentina Profunda", celebraba la decisión del autor de Historia de una pasión argentina por revelar el drama del hombre argentino exilado en la sole- dad de su propia tierra y rodeado de una muchedumbre que tornaba irreconocible a su país. Por eso, en medio de tanta "impureza de ciertas naturalezas", Montserrat interpelaba al lector para que acompañase la ascesis de Mallea mediante "un acto de acendrada unción" y "toque fondo en su propia pureza" y así "emerger soliviantado por la fe de todas las impurezas de la ciudad blanca". Esta experiencia de salvación religiosa, "de volver a nacer en una recreación de sí mismo", ofrecía a los auténticos ciudadanos la condición para reintegrarse a la "unidad originaria de la familia argentina y borrar el estigma de su dispersión momentánea". Montserrat aprendió de Mallea que sólo el argentino arraigado en la tierra y que vive su soledad cívica como un drama era capaz de hallar un sentido a su existencia. El otro habitante, el argentino visible y aparencial, que solo habla, era incapaz "de sentir la Argentina profunda que responde al sentido de la tierra". La primera constatación que realiza esta exégesis publicada en 1945 en la revista SUR sobre el libro de Mallea es de índole étnica y consiste en diferenciar las virtudes del argentino auténtico- homologado al patriciado - de las lacras del argentino común,de origen inmigratorio:
"Mallea remonta el río de la historia nacional y advierte que son las mismas virtudes que exaltaron la humana dignidad del patriciado argentino... El argentino actual siente esta ascen- dencia gloriosa y la revive con absoluta certidumbre. Guarda celosamente esas virtudes, pero las ha silenciado bajo el imperio de las circunstancias transitorias... De ahí que de nuevo necesite movilizarlas, realizarlas. Para ello le hace falta forjar una imagen en la que se agolpen sus tendencias clásicas... Esta imagen define y describe la trayectoria del hombre argentino en el panorama de América. Se viene llenando día a día de un contenido ricamente nacional, pero su esencia y su sentido siguen siendo idénticos. Las virtudes del padre tienen que ser, en la historia, acrecentadas las virtudes del hijo. Y éste hijo ha heredado cualidades que aseguran la eternidad de su nombre. Son las cualidades de un tipo humano argentino.
A este linaje Patricio Montserrat le opone la bastardía de una "inva- sión humana" que llegó de Europa con todas sus lacras, que constituye en realidad "una falsa humanidad", un tipo humano pernicioso "que en Europa ha contribuido al derrumbe de un orden pretérito admirable y que en Argentina constituye una capa social vuelta de espaldas a los ideales más altos de la nacionalidad. Es una capa social negativa..."39 Ahora bien: este descontento de intelectuales como Mallea y colegas liberales del grupo SUR ante el espectáculo de la masa de "burgueses locuaces y progresistas", de funcionarios, políticos, industriales y finan- cistas40 no hay que confundirlo con el de aquellas almas bellas, fláneurs y diletantes que tematizó la literatura de la modernización europea del siglo XIX. En la Buenos Aires de los años treinta, estos intelectuales liberales forman parte de la reacción estética nacionalista que se inscribe en el proceso global de respuesta a la modernización del país pero que, a diferencia de los temas ideológicos y formas de Figuración estudiados por Stuart Hughes para comprender la reacción de los intelectuales europeos, escritores como Mallea adoptan en Argentina tópicos de matriz étnica a través de una conciencia reflexiva de los supuestos rasgos del carácter nacional presuntamente corrompidos por los inmigrantes.41

Precisamente ésta es la función que ejerció en esos años un escritor adscrito desde siempre al liberalismo y que jamás se lo puede clasificar como un intelectual nacionalista: Bernardo Canal Feijoo. Este asiduo colaborador de SUR reconocía en su comentario bibliográfico del libro de Mallea la centralidad de un tópico que se convirtió en mancha temática de la literatura de los años treinta: la vuelta a la tierra regeneradora y al paisaje como fundamento de la argentinidad. Por eso escribe este autor santiagueño que si Historia de una pasión argentina le restituyó al angustiado escritor de Nocturno europeo a las raíces de su tierra, "la madre tierra, la tierra secreta y húmeda y restitutoria", fue porque lo liberó del "hechizo de la extraneidad en que andaba perdido". Pero hay otro tópico que Canal Feijoo rescata en la obra de Mallea y que era necesario para el campo intelectual liberal: su optimismo en el "re-hallazgo del gran destino como nación que había visto perdido a su alrededor".42

En verdad, esta semilla de esperanza en la recuperación de la Argen- tina de 1937, en tanto promesa para cumplir, entusiasmó a los amigos de SUR y, explícitamente, contrapusieron esa esperanza al pesimismo cerrado de las lúgubres tesis propaladas por Ezequiel Martínez Estrada. En el mismo año de la publicación de la obra de Mallea, su Radiografia de la Pampa ganó el premio nacional de literatura, distinción que mereció un comentario crítico de Canal Feijoo, quien evidentemente al cuestionar el fatidismo étnico telúrico de Martínez Estrada porque clausuraba toda capacidad correctiva de los males nacionales (plagio, naturaleza imitativa, fracaso del mestizaje, simulacro social y cultural, enmascaramiento) tuvo presente la esperanza abierta para el destino del ser nacional de Historia de una pasión argentina43. Siguiendo esta línea de optimismo que admiraba en Mallea, saludaba Canal Feijoo en 1941 su novela La bahía del silencio como "la historia novelada de una pasión argentina", celebrando precisamente que sus personajes - otrora angustiados existencialmente por una suerte de expatriación interior - emprenderán el camino del retorno. Es la primera virtud ensalzada: "contener en potencia la cifra de un profundo acto de contricción del alma argentina... que se había acostumbrado a vivir tan desencontrada de su realidad". La segunda virtud apreciada es un despertar nacional" que en la hora del sálvese quien pueda extranjero, descubre que tiene patria, y hace del retorno un tema de preocupación angustiante y desesperada ..."44

3. El impacto de la Segunda Guerra Mundial y el neutralismo en el campo intelectual liberal argentino: el caso de Oliverio Girondo

Las razones históricas de las simpatías neutralistas en destacados miembros de las clases dirigentes argentinas vinculados a los intereses pro-británicos ha sido objeto de estudios recientes45. Sin embargo, aún queda por efectuar una investigación del impacto y formas de respuestas del sector liberal-democrático del campo intelectual ar- gentino durante los años de la Segunda Guerra Mundial, y en los que inmediatamente precedieron a su estallido. Ya es un lugar común el señalamiento de la polarización de la política, la opinión pública y la cultura argentina a través del enfrentamiento que oponía a quienes apoyaban la causa de los aliados y la democracia, por un lado, vs. a los que sostenían la neutralidad argentina, por el otro. Si los segundos eran identificados genéricamente con los nacionalistas de derecha, partidarios de Franco y los abiertamente comprometidos con el nazismo en el país, los primeros han sido retratados monolíti- camente sin fisuras ni desgajamientos al interior de sus respectivos marcos de pertenencia.

Precisamente el intento que nos proponemos al analizar la conducta de dos escritores adscritos al campo intelectual argentino, es proble- matizar este esquema interpretativo y tentar algunas líneas para una investigación mas a fondo sobre la índole de las respuestas de los escritores vinculados a la fracción democrática y liberal del campo intelectual durante los años de la contienda bélica mundial. Enrique Anderson Imbert, joven escritor entonces miembro del Partido Socia- lista y colaborador de SUR, también él se pronunciará en el número especial de la Revista dedicado a condenar el estallido de la guerra y enjuiciar a la Alemania nazi. Pero interesa aquí destacar cuáles fueron sus argumentos y en qué medida ellos se distancian incluso de otros destacados escritores seleccionados en ese mismo número para apoyar la causa de los aliados.

Luego de descartar que su motivación haya sido la condena al paga- nismo anticatólico o la pretendida justicia de la causa aliada, Anderson Imbert arremetía contra la retórica del patriotismo de esta última, desentendiéndose de la propaganda aliada en tanto "cruzada contra la barbarie y de la redención del espíritu, de la libertad, de la democracia". Tampoco le convence la naturaleza totalitaria del régimen nacional socialista, ya que "lleva muy pocos años de funcionamiento. Peores comienzos tuvieron otros sistemas hoy incorporados a nuestro concepto de civilización. A lo mejor es un revulsivo necesario. No nos podemos enojar porque en el drama aparezcan personajes y conflictos que desconciertan... Hitler no es más monstruoso que otros conquistadores violentos, ni sus argumentos son menos elegantes que los otros imperialismos... Todas las políticas imperialistas son iguales... Francia e Inglaterra tienen una vasta experiencia en diplomacia torva y horrendos crímenes colectivos"46.

El único argumento decisivo para condenar el nazismo de parte de este internacionalista fue que Hitler y el nazismo habían interrum- pido el esfuerzo creador de Europa y, por eso, consiguió despertar el patriotismo y nacionalismo de los países europeos que los estaban utilizando con el objeto de defender formas sociales ya caducas y privilegios condenados a desaparecer47.

Para otros intelectuales que compartieron una idéntica tradición cosmopolita e internacionalista a la de Anderson Imbert, la índole de sus respuestas ante los fascismos europeos y la guerra mundial fue muy distinta. El caso de Oliverio Girondo resulta significativo.

Este irreverente esteta desacralizador del arte, la religión y las cos- tumbres, que acompañó desde sus inicios a las vanguardias literarias más audaces durante los años 30 - Martín Fierro y Proa - junto a Jorge Luis Borges y Ricardo Guiraldes, e incorporó a su poesía temas y climas de la modernización urbana, social y moral de Buenos Aires, dejará de lado su descompromiso político y, a partir de 1937, irá adoptando posiciones inequívocamente en pro de la neutralidad argentina. Vinculado por su origen, cultura y riqueza a las familias tra- dicionales48, Girondo desconcertará en los años 30 a sus amigos liberales del campo intelectual a medida que se pronuncie abiertamente en favor de una posición aislacionista de Argentina respecto a los acon- tecimientos europeos, al tiempo que brega por un nacionalismo latino- americano autosuficiente. Girondo ya había mostrado su entusiasmo latinoamericanista de proyección continental durante sus visitas por el continente en 1926 con el objeto de difundir el programa renovador de la Unión Latinoamericana. Sin embargo, eran posturas estetizantes de los años de PROA, a pesar de permeabilizar un espiritualismo arie- lista y democráticos su evolución desde 1937 hasta 1940, en cambio, lo transforma completamente, al punto que sus enunciados discursivos se asemejaron a los argumentos en pro del neutralismo provenientes de nacionalistas populistas y de algunos neutralistas de izquierda49.

La transformación política de Girondo es muy distinta a la que experimentó otro amigo suyo martinferrista de la primera época: Raúl Scalabrini Ortíz. Porque si el consagrado escritor de El hombre que está solo y espera (1931) abandonó completamente sus indagaciones psicológico-social y sus severos juicios a la traición de los intelectuales alienados del ser nacional para consagrarse a la denuncia documentada de la dependencia imperialista del país con Gran Bretaña y la política británica en el Río de la Plata (1936) e Historia de los ferrocarriles argentinos (1940) a través de su militancia en FORJA, Girondo, en cambio, continuará su obra poética, desde sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía hasta La masmédula, sin otros referentes externos que su fidelidad a su voz poética interior, desprovista de cualquier connotación ideológica. La excepción única fueron sus pronunciamientos a propósito de la Segunda Guerra Mundial50.

Además, otra diferencia torna interesante este súbito compromiso de signo nacionalista del Girondo entre 1937-1940: porque, no obstante su volu.itaria auto-exclusión del establishment intelectual y de las institu- ciones de consagración literarias, Girondo seguía manteniendo ciertos vínculos personales de antiguas amistades con miembros de SUR y La Nación, por un lado, y, por el otro, sus pronunciamientos nacionalistas no fueron un atenuante para que los escritores nacionalistas católicos del campo intelectual le dispensaran por su anticlericalismo verbal y básicamente por su moral modernista avant la lettre.

En febrero de 19371e escribe a su amigo Eduardo Mallea solicitándole que incluya en el suplemento literario de La Nación su primer artículo cuestionador del eurocentrismo argentino: "El mal del siglo", que pu- blicará en ese diario del liberalismo el 21 de febrero. La carta de Mallea finalizaba con su disposición de escribir otras notas para La Nación sobre un tema que lo acuciará hasta finalizada la guerra: "la urgencia de extender un cordón sanitario que nos proteja de las pestes de ultramar, (y) la necesidad de palpar nuestra topografía".51

Precisamente los dos artículos que Mallea le publicó a su amigo Girondo en el intervalo de dos meses del mismo año en que vio la luz Historia de una pasión argentina, tenían en común la perentoria necesidad "de que los argentinos dejen de aceptar los obsequios europeos de aquellos problemas que su mezquindad y egoísmo le han impedido resolver". Las fuerzas en pugna de la guerra civil española y el estalinismo constituían para Girondo "dos idearios políticos tan opuestos como similares", que podían tornarse serias amenazas sobre América en la medida que se continuase tomando partido por uno u otro bando. De ahí su reclamo de "hacer un saludo expresivo y retirarnos" de Europa, terminando con la actitud de "aquellos cuya adhesión a Europa llega al extreno de plagiar el desastre". A esta invitación al repliegue americano, Girondo la fundamenta en la confianza de que el aislamiento continental no sólo era garantía de supervivencia física, sino también cultural:
"Por más que hayan leído al Facundo y el Martín Fierro, por más que conozcan el pelaje que la pampa imprimió a los caballos de Cortés, se resisten a admitir que América aporta un matiz inédito a la civilización occidental y se hallan dispuestos a seguir viviendo de prestado y se apresuran a importar problemas- que carecen de todo sentido entre nosotros"52.
Si la fracción nacionalista católica del campo intelectual argentino - Leopoldo Marechal, Leonardo Castellani, Manuel Galvez - habían apoyado al franquismo durante la guerra civil española, mientras la izquierda -CLARIDAD, AIAPE- enviaron como delegados al Congreso Antifascista de julio 1937 en Valencia a Raúl González Tuñóny Córdova Iturburu53, Girondo no se mostraba indiferente pero proclamaba, en cambio, su derecho a la abstención, anticipándose a la postura de neutralidad que abogará para el país durante los años de la guerra mundial.

En efecto, cuando decide publicar en forma de folleto Nuestra actitud ante el desastre (1940), llevará hasta sus últimas consecuencias su lema de 1937 "tender un cordón sanitario que nos proteja de los rencores que atormentan a Europa y amenazan infestarnos". Su prosa deja de ser elíptica y centrada en un análisis de las posibilidades culturales de la América para enriquecer la cultura occidental de la que se siente legítimo heredero modernista, y en cambio, discurre concretamente en clave geopolítica y socioeconómica sobre las estrategias de defender los intereses nacionales argentinos en la eventualidad de un triunfo alemán. Semejante al diagnóstico de Scalabrini Ortíz y de Ernesto Giudice, busca poner a foco la dependencia económica del país respecto del imperialismo, y levanta las banderas de la impostergable necesidad de nacionalizar las empresas extranjeras, "sin distinción de nacionalidad", aludiendo a las británicas y a las alemanas, con la finalidad de que el país se prepare a un nuevo orden mundial pos bélico, en el cual sea capaz de renegociar sus vínculos económicos:54
"No basta por lo tanto, denunciar la existencia de la organización nazi entre nosotros, ni delatar los peligros muy reales que ella entraña. Hay que eludir toda solución fragmentaria y convencer- nos de que el momento es tan grave que no permite ningún escamoteo. Hay que comprender - sobretodo - que no existe otra manera de combatirla, ni de aunar la opinión pública del país, que indicar que ha llegado el momento de liberarnos, de una vez por todas, de la opresión económica, casi secular, que nos asfixia... Envanecidos por el hecho de figurar entre los grandes países exportadores, hemos permitido que Europa falsee, por medio del halago y el soborno, el ritmo de nuestro desarrollo, hasta llegar a preocuparnos de sus necesidades muchísimo más que de las nuestras. De ahí que nuestras riquezas mineras se hallen todavía inexplotadas y que nuestras primitivas industrias locales hayan desaparecido"55
Entre las medidas prácticas que propone el folleto, son destacadas su empeño en la nacionalización de empresas de ferrocarril, yaci- mientos petrolíferos fiscales y una parte del intercambio nacional. Además, Girondo alude a la necesidad de la solidaridad continental, independiente de tutorías imperiales, para enfrentar de cara al conti- nente latinoamericano sus problemas más acuciantes56. Pero el folleto no puede resumirse sólo como un programa económico del naciona- lismo neutralista: Girondo apela a la búsqueda y reencuentro con la identidad nacional, "este retorno a lo que somos, a lo entrañable de nuestra tierra y de nosotros mismos", según sus palabras. Otra vez más, surge la cuestión étnica, atravesada entre la economía y la política internacional, en medio de la Segunda Guerra Mundial.

Conclusión

La cuestión étnica, que se hizo un tema recurrente en la primera posguerra para las élites políticas y económicas que se planteaban regularizar la inmigración europea, continuará obsesionando a la clase gobernante en los años que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Y en el clima de ideas y de indagaciones de algunos intelectuales liberales en torno al ser nacional y a la argentini- dad durante la década del '30, la cuestión étnica surge como un topos inescindible del proceso socio-cultural de repliegue de las élites liberales y de algunos de sus destacados intelectuales hacia los pro- blemas nacionales del país, los cuales plantean el cuestionamiento del eurocentrismo tradicional, y una voluntad de desentenderse de los efectos de problemas metropolitanos que la guerra mundial agudiza, pero que son percibidos como ajenos y no propios de la agenda nacional argentina.

NOTAS

  1. Gustavo Ferrari indagó en las raíces históricas del "nacionalismo liberal" o "libe- ralismo nacionalista" argentino desde mediados del siglo XIX hasta los primeros años del s. XX pero casi no analizó el factor étnico de esta importante flexión nacionalista del liberalismo. Ver su pionero artículo: "Esquema del nacionalismo liberal en la Argentina", CRITERIO, Bs. As, 26/3/1981, pp. 126-134. Congreso de la Nación, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados. Proyecto del Dr. Carlos F. Melo (1919, t.V, p. 566); proyecto del Dr. Antonio de Tomaso (1919, t.l. p. 732); proyecto del Dr. J. Maidana (1922, t.l.p. 584); proyecto del Dr. Enrique Dickman (1922, t.II, p. 342). BACK

  2. Ver, por ejemplo el trabajo de Stach, Francisco: "La defensa social y la inmigración" en Boletín Mensual Museo Social Argentino - Tomo V, No. 55-56, Bs. As. 1916, p. 361.389. BACK

  3. Museo Social Argentino, Instituto de Información, estudios y acción sociales. "La inmigración después de la guerra". En Boletín del Museo Social Argentino, No. 85, Año VIII, tomo VIII, Bs. As., 1919. p.1-189. En adelante: Encuesta. BACK

  4. Encuesta, op. cit. p. 11. BACK

  5. Ver: Bunge, A: "Decadencia de la Inmigración", y, en particular, "Setenta Años de Inmigración", Revista de Economía Argentina (REA), Año X, No. 120, junio de 1928 y "La Raza Argentina" (REA, año 12, No. 139, enero 1930). BACK

  6. Bunge, A.: "Ochenta y cinco años de Inmigración". REA, Tomo XLIII, No. 309, marzo 1944. p. 62-63. Los otros nacionales no latinos detentaban porcentajes pequeños: yugoslavos, 5,39%, checoslovacos, 3,53%, lituanos, 3,12%. BACK

  7. Ibídem, p. 65. BACK

  8. REA, No. 100, octubre 1926. p. 300 y 302. Ver el estudio de sus ideas sociales y económicas en °IMAZ, José Luis de: "Alejandro Bunge economista y sociólogo (1880-1943)" DESARROLLO ECONOMICO 14 (oct-dic) 1974: 545-67. BACK

  9. Coincidían, J. J. Díaz Arana, Horacio Beccar Varela, Rómulo Bogliolo y A. Bunge. Encuesta. p. 45, 30, 91 y 134. BACK

  10. Encuesta, op. cit. p. 99. BACK

  11. Encuesta, op. cit. p. 41. BACK

  12. Encuesta, op. cit. p. 48. BACK

  13. Encuesta, Isidro Ruíz Moreno, Eduardo Colombrero, Juan Butzo, Juan Luciano Moreno Quintana. op. cit. p. 55. BACK

  14. Citado en L. Moreno Quintana, Inmigración, prólogo de Vicente C. Gallo. Librería J. Menedez, Bs. As., 1920. p. 69. BACK

  15. Ver 1a defensa de la latinidad", aún con sus vicios, "levantisco, indisciplinado", que hace Máspero Castro, Encuesta. p. 48. Isidro Ruíz Moreno recomendaba seleccionar inmigrantes agrícolas anglosajones, escandinavos, finlandeses, holandeses, belgas, suizos y austrohúngaros, para civilizar con "espíritu práctico, perseverancia y disci- plina" nuestra "modalidad levantisca y poco orgánica". p. 58. BACK

  16. Boletín Museo Social Argentino, Año XXVII, setiembre-octubre 1939. Nos. 207-208. págs. 262-291. BACK

  17. Ibídem. pág. 280-290. BACK

  18. Dorfman, Adolfo: "Cincuenta años de Industralización en Argentina". Hachette. Bs. As., 1983, págs, 41-60. BACK

  19. Germani, Cino: "Política y Sociedad en una época de transición". Paidóa. Bs. As. 1962. cap. 7,págs. 211-226. BACK

  20. Bunge, A.: "Una nueva Argentina". Kraft. Bs. As. 1940, cap. X, págs. 209-228. BACK

  21. Ibídem, p. 229. BACK

  22. Bunge, A.: op. cit. Cap. VI págs. 108-121. Ver el estudio sobre el optimismo autosostenido en la economía argentina en la línea del nacionalismo conservador durante los años 1937-43 según A. Bunge, en Marc Falcoff: "Economic Dependency in a Conservature Mirror: Argentine Frustration, 1919-1943" Intel-American Economic Alfairs Vol. 35, Spring 1982 N° 4, pp. 57-76. BACK

  23. Bidabehere, Fernando: "El Problema Inmigratorio" Facultad Ciencias Económicas, UNBA, Bs. As. págs. 95, 99, 101. Nota pie de pág. No. 85. BACK

  24. Primer Congreso de la Población (26-31 de octubre de 1940), Trabajo, Sesiones y Conclusiones, Museo Social Argentino, Bs. As., 1941, pág. 245. BACK

  25. Ibídem, pág. 250. BACK

  26. Ibídem, págs. 258-259. BACK

  27. Ibídem, pág. 261. BACK

  28. Sobre el grupo Martín Fierro, ver: Beatriz Sarlo, "Vanguardia y Criollismo : la aventura de Martín Fierro", Revista de crítica Literaria Latinoamericana, 15 (1982), 33-69. Para la evolución de R. Scalabrini Ortíz, ver: Norberto Galasso: "Vida de Scalabrini Ortíz", Bs. As., 1970. Y algunos elementos biográficos de la trayectoria de Marechal, en Rafael Squirru: "Leopoldo Marechal", Bs. As., 1961. Ver sobre los aspectos ideológicos del nacionalismo populista Cristian Buch Rucker. "Nacionalismo y peronismo: la Argentina en la crisis ideológica mundial", Bs.As, 1987, pp. 258-278.

    Para una descripción de la participación de Mallea en el grupo SUR y sus vínculos con Victoria Ocampo, ver: John King: "SUR: A Study of the Argentine LiteraryJournal and its Role in the Development of a Culture", 1931-1970, Cambridge, 1986, caps. 3 y 4. BACK

  29. Mallea integró la Comisión Nacional de Cultura que no otorgó el premio a Borges en 1942, a pesar de su voto a favor del libro concursado "El Jardín de los senderos que se bifurcan". Ver el artículo de desagravio de Adolfo Bioy Casares en SUR, 92, mayo 1942, pp. 21-22. BACK

  30. Beatriz Sarlo: "Una Modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930", Buenos Aires, 1988, pp. 228-239. BACK

  31. Eduardo Mallea, "Historia de una pasión argentina" en Obras completas, tomo I, Bs. As., 1961, pág. 398. BACK

  32. "Historia"....., op. cit. pág. 349, 362. BACK

  33. "El sayal y la púrpura", Obras Completas, op. cit. pág. 1210. BACK

  34. "La vida blanca", SUR (1960), pág. 138; "Historia"..., op. cit. p. 311 BACK

  35. Para un análisis de escritores liberales argentinos del s. XIX que testimonian en su obra las prevenciones y simpatías a la inmigración, ver Evelyn Fishburn: "The Portrayal of Inmigración in XIX Century Argentine Fiction", Berlín, 1981; y Gladys Onega: "La Inmigración en la literatura argentina, 1880-1910", Bs. As., 1968. BACK

  36. "La vida blanca", op. cit. in). 46-47; 72; 82. BACK

  37. "Historia"..., op. cit. p. 344. BACK

  38. Ver la nota bibliográfica de Guillermo de Torre sobre el libro "Todo Verdor perecerá" de E. Mallea, SIIR 92, (Mayo 1942) pp. 65-68, donde diferencia a los "nacionalistas literarios" de "trocha angosta" respecto a la vocación nacional literaria de Mallea, a quien le adjudica un sentido de universalidad a pesar de que sus personajes estén ubicados en ambientes provincianos. BACK

  39. Santiago Montserrat: "Eduardo Mallea y la Argentina profunda", SUR (123), enero 1945, pág. 76-77. BACK

  40. "Historia", op. cit. pág. 346-347; 397. BACK

  41. Ver el análisis de Stuart Hughes sobre la reacción de los intelectuales europeos en su libro "Consciousness and Society", New York, 1958, Chap. X. BACK

  42. Bernardo Canal Feijoo, "Historia de una pasión argentina", SUR (38) Nov, 1937, pág. 78-79. Algunas apreciaciones sobre el dolor y la angustia de Mallea que descubre B. Canal Feijoo son muy coincidentes con las del escritor nacionalista Leopoldo Marechal. Comparar el juicio de "Carta a E. Mallea", de L. Marechal, publicado en la revista católica de derecha: Sol y luna N°1, Bs.As. 1938, pp. 180-82. BACK

  43. Bernardo Canal Feijoo: Radiografías Fatidicias, SUR (37), oct. 1937. pp. 63-77. BACK

  44. Bernardo Canal Feijoo: "La Bahía del silencio", de E. Mallea, SUR (75), die. 1940, pág. 158.

    Para una valoración de la obra de Mallea en relación a otros escritores preocupados por la identidad nacional, ver el documento ensayo de Hugo Biagini: "Filosofía Americana e Identidad. El conflictivo caso argentino", Buenos Aires, 1989. pág. 195- 212. BACK

  45. Ver, especialmente, Mario Rapaport: "Gran Bretaña, EEUU y las clases dirigentes argentinas, 1940-1945", Bs. As., 1981.; "Política y Diplomacia en la Argentina: las relaciones con EEUU y la URSS", Bs. As., 1987; C. A. Mac Donald: 'The Politics of Intervention. The U.S. and Argentina 1941-1946", Journal of Latin American Studies, XII, 2. pp. 365-396. Y Carlos Escude: "Gran Bretaña, EEUU y la declinación argentina, 1942-1949", Bs. As. 1983. BACK

  46. E. Anderson Imbert, "Hitler corre el Amok", SUR (61), oct. 1939, pp. 42-43. BACK

  47. Ibídem, pp. 45. BACK

  48. Ver el testimonio de Ramón Gómez de la Serna sobre la vida y amistades de Girondo: "Oliberio Girondo, 1941', en Jorge Schwartz (Comp): "Homenaje a Girondo", Bs. As., 1987, pp. 180-200. Sobre los aspectos del cosmopolitismo vinculados a su estética vanguardista, ver Jorge Schwartz; "Vanguarda e Cosmopolitismo na década de Veinte: Oliberio Girondo e Oswald de Andrade", Sao Paulo, 1983. BACK

  49. Sobre las vinculaciones de Girondo con PROA y la Unión Latinoamericana, ver: Beatriz Sarlo, op. cit. pp. 107-114. BACK

  50. Ver J. Schwartz, "Homenaje", op. cit. 236-7. BACK

  51. La carta de Girondo a Mallea está fechada el 8.2.1937. Ver J. Schwartz, op. cit. 236-7. BACK

  52. O. Girondo; "Nuestra actitud ante Europa", La Nación, 25-4. 1937. reproducido en Schwartz, op. cit, pp. 90. BACK

  53. Sobre el impacto de la guerra civil española en la opinión pública, la izquierda, los círculos católicos de derecha, los grupos culturales y el gobierno, ver Mark Falcoff, "Argentina", en M. Falcoff y F. B. Pike: "The Spanish Civil War, 1936-39, Univ. of Nebraska Press, 1982. pp. 291-348. y también ver Beatriz Sarlo, op. cit. pp. 132-138. BACK

  54. Existen varios puntos en común entre la puntualización de Girondo acerca de los dos imperialismos (británico y alemán) y la posición de un comunista que reclamaba de la izquierda la neutralidad polí`ica y la lucha por la liberación nacional económica de Argentina. Ver el libro de Ernesto Giudice: °Imperialismo inglés y liberación nacional", publicado en 1940. BACK

  55. J. Schwartz, op. cit. pp. 84: O. Girondo: "Nuestra actitud ante el desastre". BACK

  56. Ibídem, pp. 85. BACK