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| VOLUMEN 9 - Nº 2 |
| JULIO - DICIEMBRE 1998 |

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Ancestros, ciudadanos, piezas de museo
Francisco P. Moreno y la articulación del indígena en la construcción nacional argentina (siglo XIX)
Mónica Quijada
Consejo Superior de Investigaciones Científicas - Madrid
Este artículo pretende estudiar la interacción entre los modelos
antropológicos desarrollados en Europa en el siglo XIX y ciertas dinámicas de
relación interétnica que se produjeron en la Argentina en la segunda mitad de
dicha centuria. Me refiero, en concreto, a la articulación física y simbólica
del indígena patagónico en los procesos de construcción nacional de ese
país.1
Para abordar esta temática, es necesario tener en cuenta algunos rasgos que
caracterizaron los procesos de construcción nacional, tanto en Argentina como
en el conjunto de Hispanoamérica. En primer lugar, es importante señalar que
desde un punto de vista conceptual o --si se quiere-- cultural, las sociedades
hispanohablantes desarrolladas a partir de la conquista se inscribían
plenamente en el mundo occidental, y sus élites percibían a los modelos
generados en Europa como parte de su propio acervo cultural. Sin embargo,
también es verdad que las estructuras básicas de sus sociedades eran
fundacionalmente distintas de las del Viejo Continente, e imponían
condicionamientos específicos a la adopción, traducción y adaptación de los
modelos europeos.
Una diferencia que interesa particularmente destacar es la característica
multietnicidad de la composición demográfica hispanoamericana. Cierto es que en
Europa la organización social del Antiguo Régimen se había basado en la
convivencia de distintos grupos étnicos unidos en la lealtad a una familia
dinástica. Pero en esta parte del mundo la diversidad étnica estaba lejos de
medirse, como en América, en términos del color de la piel y de universos
simbólicos cerrados y muchas veces mutuamente impenetrables. Esta
característica de las poblaciones americanas asumió una importancia fundamental
con posterioridad a la independencia, en el marco de los respectivos procesos
de construcción de los estados hispanoamericanos que --como fue la norma en el
ámbito occidental-- asumieron el paradigma de que las fronteras de los estados
debían coincidir con las de las naciones; en otras palabras, que un
estado-nación debía ser étnicamente homogéneo.
Junto a este condicionamiento básico que es la multietnicidad, otra
característica de especial importancia para comprender las dinámicas de la
construcción nacional hispanoamericana es la frecuencia con la que, en un mismo
individuo, coincidieron prácticas científicas, o de ensayo teórico, con el
ejercicio de responsabilidades políticas y administrativas. Basta recordar
casos destacados como los de Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento o
Justo Sierra. Esta característica de los nation-builders
hispanoamericanos contribuyó a la fluidez con que modelos ideológicos y
científicos europeos fueron apropiados, reelaborados y aplicados a las
dinámicas sociopolíticas locales. De esa manera, los modelos importados
convivieron con modelos heredados, contrastándose o fusionándose con ellos en
el marco de un mismo y único proceso.
Entre los desarrollos europeos que interactuaron con modelos locales en los
procesos hispanoamericanos de construcción nacional, en la segunda mitad del
XIX, figura una de las disciplinas que --junto con la lingüística-- aspiró a la
categoría de "ciencia natural": la antropología. Su relevancia deriva,
precisamente, de la circunstancia específica antes señalada: la compleja
estructura multiétnica de esas sociedades. Sin embargo, mientras que la
apropiación y traducción de otros modelos, como los vinculados a la
organización política, han sido objeto de atención permanente en los estudios
americanistas dedicados al siglo XIX, no sucede lo mismo con el pensamiento
antropológico.
Este trabajo pretende contribuir a ese campo aún mal conocido con un estudio de
caso. Para ello, me centraré en un personaje muy significativo, claro exponente
de esa concurrencia de trabajo científico y responsabilidad política antes
aludida. Se trata de Francisco P. Moreno (1852-1919), geógrafo, geólogo,
paleontólogo y antropólogo, especialmente conocido por ser el fundador y
director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, el gran explorador y
estudioso de la región patagónica, y el protagonista principal del complejo y
controvertido peritaje que fijó la frontera entre Argentina y Chile,
consolidando definitivamente la incoporación del vasto espacio patagónico a la
soberanía del primer país mencionado. Bastante menos conocida es, sin embargo,
su actuación como antropólogo, que combinó el estudio del indígena prehistórico
con el del indígena contemporáneo, y su articulación en el proceso argentino de
construcción nacional. En este contexto se desarrolla la problemática a la que
alude el título de este trabajo, es decir, la aplicación simultánea a unos
mismos individuos de las categorías de ancestros, ciudadanos y piezas de
museo.
Para entender esa compleja problemática es preciso empezar por una breve
contextualización. En un trabajo anterior2
propuse que en los procesos de construcción nacional hispanoamericanos, durante
el siglo XIX, las dinámicas de inclusión/exclusión de la diversidad étnica
habían sido abordadas a partir de tres conceptualizaciones diferentes, de
aparición sucesiva en el tiempo pero no mutuamente excluyentes. Me referiré
sólo a las dos primeras fases, ya que la tercera queda fuera de los límites de
este estudio.
La primera de esas fases, que he denominado "nación cívica", correspondería al
período de hegemonía del pensamiento liberal, durante la primera mitad del
siglo. Se fundamenta en la idea de que la acción educadora de las instituciones
liberales y republicanas llevaría por sí misma a la desaparición gradual de la
heterogeneidad de la población, sobre el modelo utilitarista del ciudadano
industrioso vinculado al conjunto de la ciudadanía a partir de la fidelidad al
Estado Civil. La segunda conceptualización, que he denominado "nación
civilizada", corresponde al momento en que se perdió la fe absoluta en la
fuerza educadora de las instituciones, y en que tomó primacía la idea de que
"civilizar" implicaba eliminar, sea por extinción física, sea por asimilación
forzada, todos los elementos que opusieran obstáculos al proceso civilizatorio.
Esta segunda fase coincide con el momento de mayor influencia de las ideas
raciales y antropológicas elaboradas en Europa. Corresponde, aproximadamente, a
la segunda mitad del siglo XIX y, tanto temporal como conceptualmente, en ella
se integran los procesos a los que voy a referirme.
Ancestros
Entre los años de 1878 y 1885 se llevó a cabo en la Argentina la fase decisiva
de la llamada Conquista del Desierto, acción militar y política que
implicó la reducción de las poblaciones indígenas de la región pampeana y
patagónica, el fin de su forma tradicional de vida y la afirmación de la
soberanía argentina sobre ese vasto espacio, frente a similares aspiraciones
por parte de Chile. El término de "conquista" aplicado a esa operación no es ni
casual, ni irrelevante. Si la primera conquista, la realizada por la corona de
España, había incorporado los territorios del extremo sur de América al ámbito
geopolítico de Occidente, esta segunda conquista venía a cerrar simbólicamente
el círculo iniciado por aquella acción. Es decir, por su intermedio la porción
más extrema del subcontinente, apenas transitada aún por elementos de origen
europeo, había de quedar culturalmente integrada en el ámbito de la
"civilización" occidental. Y utilizo aquí el término "civilización" con toda la
carga culturalmente jerárquica que este concepto asumía en el siglo XIX.
Esas tribus indias contra las cuales se organizó la Conquista del Desierto eran
asociadas, en la época, al concepto de "naciones bárbaras" o --en la
terminología hispánica del período colonial-- de "pueblos gentiles o idólatras",
nítidamente diferenciados de las poblaciones indígenas nucleares evangelizadas
y sujetas al gobierno común de la corona de Castilla primero y de las nuevas
unidades republicanas después. Dicho de otra manera, desde la perspectiva de la
sociedad mayori, una visión monolítica (que no ha sido cuestionada hasta fechas
relativamente recientes), 3
asociaba a los pobladores autóctonos de la Patagonia con los conceptos
interrelacionados de "salvajes" o "razas inferiores". Es decir, con una
conceptualización que fue fundamental para el desarrollo del pensamiento
antropológico europeo en el siglo XIX.
El interés en Europa por el estudio sistemático de estos grupos humanos,
clasificados como "salvajes" o "razas inferiores", fue resumido por uno de los
más grandes antropólogos de la época, el inglés John Lubbock, en su influyente
libro sobre Los orígenes de la civilización, publicado en Londres en
1870. Ese interés, según Lubbock, era doble. Por un lado, las exigencias
propias de la política imperial hacían necesario conocer "la historia, las
necesidades, los hábitos" de las "razas sometidas", así como "sus debilidades y
prejuicios", para el mejor gobierno de los territorios ultramarinos. Por otro
lado, esos conocimientos debían servir para dilucidar una de las cuestiones más
fascinantes que ocupaba las mentes científicas de la época: la reconstrucción,
por analogía, de las condiciones sociales de la humanidad en los primeros
estadios de su evolución, y el interrogante último del origen del hombre.4
En esta segunda motivación definida por Lubbock se inscribe la primera serie de
contribuciones de Francisco Moreno a la que voy a referirme. Se trata de un
conjunto de trabajos publicados entre 1874 y 1880, principalmente en la Revue
d’Anthropologie y el Bulletin de la Société d’Anthropologie, ambos
de París, y en los Anales de la Sociedad Científica Argentina. En ellos
Francisco Moreno presentaba los resultados de sus primeras exploraciones
patagónicas, atrayendo la atención de la ciencia europea.
Aparte de testimonios prehistóricos de tipo cultural --entre los que destacaba
un estudio sobre antiguos cementerios y zonas habitacionales indígenas-- 5
fueron los restos fósiles humanos, particularmente cráneos pertenecientes a
grupos indígenas extintos, los que despertaron mayor interés entre científicos
como los grandes maestros franceses Paul Broca y Armand de Quatrefages, o el
padre de la antropología física alemana, Rudolf Virchow. Las razones eran
múltiples. Primero, porque la forma y capacidad de los cráneos más antiguos era
muy distinta a la de los indígenas contemporáneos, lo que tenía una doble
implicación. En primer lugar, ponía definitivamente en cuestión la unidad del
tipo humano americano --sostenida principalmente por la escuela estadounidense
de George Samuel Morton-- y sustentaba la multiplicidad de las razas en América.
Tesis propuesta por el propio Moreno, que recibió el apoyo entusiasta de los
antropólogos antes citados.6
En segundo lugar, porque varios de los cráneos de la colección de Moreno
mostraban analogías y semejanzas con los antiquísimos fósiles de Neanderthal y
Cromagnon. Como éstos, esos cráneos de grupos extintos presentaban una
acentuada dolicocefalia, mientras que los patagones actuales eran braquicéfalos.
Y es relevante recordar aquí que, precisamente en 1873, Paul Broca había
rechazado los argumentos del sabio sueco Retzius sobre la dolicocefalia
progresiva de las poblaciones --es decir, a mayor dolicocefalia mayor cercanía
en el tiempo-- demostrando que, por el contrario, los más antiguos cráneos
conocidos eran dolicocéfalos, como los de Neanderthal y Cromagnon.7
De tal forma, los descubrimientos de Moreno venían a reforzar la tesis del
sabio francés. Pero además, y en tercer lugar, la colección del argentino
aportaba pruebas sobre la existencia en suelo americano de fósiles humanos que
podían ser tan antiguos como los más primitivos encontrados hasta entonces en
Europa. Pierre Topinard, principal discípulo y heredero intelectual de Broca,
afirmó en una carta dirigida a Moreno y fechada en 1877: "No veo asomar en el
campo de la Antropología nada más interesante que este gran descubrimiento".8
Para entender la importancia científica que tuvo el hallazgo del patagón
antiguo y el entusiasmo que suscitó, conviene recordar que el hombre de
Neanderthal, encontrado en 1857, no fue reconocido como un tipo humano hasta
finales de la década de 1860; que el descubrimiento del hombre fósil de
Cromagnon se remontaba apenas a 1868 y que para el hallazgo de los restos aún
más antiguos del que sería denominado Pithecanthropus erectus, hubo
que esperar hasta 1890. Es pertinente recordar también que a ese mismo período
corresponde la aparición de algunas de las obras que fueron seminales para el
estudio del origen del hombre y de las culturas primitivas, como La
evidencia geológica de la antigüedad del hombre, de Charles Lyell,
publicada por primera vez en 1863; el texto ya citado de John Lubbock, de 1870;
o los de Darwin (El origen del hombre y la selección con relación al sexo)
y Edward Tylor (Culturas primitivas), ambos de 1871.
Con respecto a la predisposición generalizada que existía hacia las
aportaciones de Moreno, conviene también tener en cuenta que desde la cuarta
década del siglo XIX --en particular, desde el viaje de Charles Darwin en el
navío Beagle (1831-1836)-- el extremo austral del continente americano
venía asumiendo un interés creciente para el mundo científico occidental. Era
precisamente en las regiones extremas e inexploradas del globo donde la ciencia
esperaba hallar respuestas a los grandes interrogantes que planteaba el
seguimiento de las sucesivas eras geológicas, así como la incógnita del origen
de la vida orgánica; y la Patagonia era en este sentido un reservorio ideal
para el estudio científico. El propio Darwin había destacado la riqueza en
restos fósiles de las tierras pampeanas y patagónicas y su relevancia para
desvelar los misterios "del origen y la extinción de los seres vivos"; y era
también Darwin quien había identificado a los habitantes de la Tierra del Fuego
--junto con los indígenas australianos-- como "fósiles vivientes",
representantes de los más primitivos estadios de la evolución humana.9
Tal era el marco de descubrimientos vertiginosos y controvertidas teorías en el
que Moreno presentó su colección de cráneos y las conclusiones iniciales de sus
análisis antropométricos. Ahora bien, para el sabio argentino la consecuencia
última de sus hallazgos apuntaba en una dirección que, sutilmente, dejó que
anticiparan los propios antropólogos franceses. En una sesión de la Société
d’Anthropologie de París, Pierre Topinard señaló la sorprendente frecuencia
con la que el tipo Neanderthal aparecía en la colección sudamericana de Moreno.
"Los autores de Crania Ethnica,10
comentó Topinard, han tenido gran trabajo en reunir algunos casos en Europa;
helo ahí frecuente en Patagonia. Es como para preguntarse si el Neanderthal no
sería accidental en Europa, en el tiempo cuaternario, y si su patria real no
sería la América del sur austral".11
Paul Broca, basado en el álbum de Moreno, había comentado ya un año antes la
posibilidad de que "la luz sobre los orígenes" no hubiera de encontrarse en el
viejo mundo, sino en el nuevo.12
A partir de la teoría evolucionista, en su versión darwinista, que se había
afianzado precisamente en esta década de los años setenta del siglo XIX,
13 las
características y abundancia de los antiguos restos fósiles patagónicos
cuidadosamente aportados por Moreno hacían posible pensar --como se ve-- en un
origen americano de la humanidad. Faltaba, sin embargo, construir una propuesta
explícita y científicamente válida, esfuerzo al que se abocó Francisco Moreno
entre 1880 y 1882.14
La clave fundamental le fue proporcionada por dos cráneos prehistóricos que
había encontrado en la región patagónica del Río Negro. Su análisis
antropométrico --que presentó personalmente en París, aplicando el estilo más
depurado de la escuela de Broca-- demostraba que pertenecían a un tipo humano
no sólo parecido al Neanderthal, sino también al hombre fósil de Lagoa Santa,
Brasil (cuyos restos habían sido hallados por el holandés Lund entre 1835 y
1844) y, particularmente, a los aborígenes australianos contemporáneos.15
Mientras que la identificación con el hombre de LaSanta permitía demostrar la
extensión geográfica del tipo "patagón antiguo" en Sudamérica, la referente a
los aborígenes australianos hacía posible aprovechar la potente base empírica
aportada por zoólogos y botánicos, que desde mediados del siglo venían
demostrando estrechas relaciones entre la fauna y la flora de Sudamérica y las
de Australia y Nueva Zelanda. Más aún, permitía además recurrir a la teoría
utilizada por estos científicos.
Un amigo personal de Darwin, el paleobotánico Joseph Dalton Hooker, para
explicar esas analogías había propuesto en 1860 la tesis de que en eras
geológicas remotas había existido un gran continente meridional, al que llamó
Antártico, que tuvo que abarcar en una superficie continua el territorio
circumpolar, las islas subantárticas, la Patagonia, Australia y Nueva
Zelanda.16.
Moreno, con sus propios estudios sobre la geología de los territorios pampeanos
y patagónicos --que sugerían que la plataforma continental, hoy bajo el océano,
había formado parte en otras eras geológicas de una vasta superficie no
cubierta por las aguas-- reforzó y mejoró la tesis de Hooker, agregando África
al gran continente antártico y planteándolo como la única gran superficie
terrestre emergida.17
El potencial explicativo de esta teoría --en sí misma una de las primeras
formulaciones de la aún vigente sobre la deriva continental-- 18
cobra toda su dimensión al asociarla a la teoría paleoclimática vigente en la
época, derivada del viejo presupuesto del enfriamiento progresivo de la tierra.
Según esto, en eras geológicas remotas las áreas templadas se ubicaban en los
polos, mientras que en la zona tropical reinaba un calor tan excesivo que hacía
imposible la vida orgánica. Moreno pudo afirmar entonces, con el apoyo de las
ideas científicas más avanzadas de la época, que la vida orgánica sólo podía
haber surgido en la zonas circumpolares, y precisamente en la parte meridional
del gran continente antártico, o sea en lo que hoy es la Patagonia. Debido al
paulatino enfriamiento, que fue cambiando las condiciones de habitabilidad,
desde esa zona habrían partido las migraciones botánicas, zoológicas y humanas
que habrían poblado hacia el norte las tierras sudamericanas, y hacia el oeste
las australianas y neozelandesas. Moreno enriquecía así las teorías zoológicas
y botánicas con la paleoantropología, dotando al hombre de una antigüedad que
se remontaba al Terciario y que ponía al patagón antiguo en el origen de la
humanidad.
Las limitaciones de espacio no permiten extenderse más sobre las propuestas y
teorías de Moreno en este campo. No obstante, interesa señalar que al menos dos
de sus descubrimientos han mantenido validez: la afirmación de la multiplicidad
de tipos étnicos prehistóricos en América y la vinculación en épocas remotas
del tipo del patagón antiguo, el de Lagoa Santa y el Australiano actual. Aunque
la escuela de Ales Hrdlicka rechazó ambas nociones,19
fueron recuperadas en los años veinte de este siglo por Paul Rivet, quien las
enmarcó en sus teorías sobre el poblamiento múltiple del continente americano,
invirtiendo el sentido de los desplazamientos de población,20,
desvinculándolas, claro está, del problema del origen de la humanidad y
aportando nuevos estudios etnográficos y lingüísticos que apoyaron las tesis
básicas de Moreno.21
De tal forma, si el sabio argentino no pudo cumplir su aspiración de que las
tierras australes de su patria fuesen la clave última del origen del hombre
sobre la tierra, sí logró, al menos, demostrar su relevancia para el estudio
del poblamiento prehistórico de América, e incorporarlas en teorías generales
de prolongada vigencia dentro del campo de la paleoantropología occidental. Con
el hallazgo del patagón antiguo, Moreno hizo posible remontar el estudio de la
América prehispánica hasta sus orígenes más remotos, descubriendo que existía
lo que él llama "la historia de nuestros abuelos fósiles" y reconstruyéndola
con la ayuda de la geología y la paleontología. Con ello buscaba demostrar, por
un lado, la falsedad de las teorías que sostenían que las altas culturas
americanas habían llegado al continente ya configuradas en lo esencial;22
por otro, la inexistencia de diferencias cualitativas entre el hombre americano
y el del viejo mundo en las primeras etapas de la evolución.
Ambas afirmaciones, impecables desde las tesis darwinistas de la evolución
gradual y de la unidad básica de la mente humana, 23,
en la perspectiva de Moreno tenían además un objetivo general de proyección más
amplia. Como afirmó en una conferencia dictada en 1878 ante la Sociedad
Científica Argentina:
Ahora que todo pueblo que se interesa en inquirir el orijen de su prosperidad y
de su raza, trata de seguir de etapa en etapa el desenvolvimiento de los hombres
que han habitado el terreno que hoy ocupa como nación (...), sólo deseo
demostrar el interés que para los argentinos tiene el pasado mas remoto de
nuestros precursores en este suelo, como base de nuestra historia.24
Es decir, en Moreno, el estudio científico del hombre original sudamericano
formaba parte de la construcción historiográfica nacional, y estaba imbuido de
la noción teleológica de que la historia nacional constituye un continuum
que une el origen con el presente, en un movimiento ascendente que va
desarrollando los gérmenes iniciales portadores de la prosperidad futura. A
partir del descubrimiento del patagón antiguo, un territorio desprovisto de
altas culturas precolombinas como era el argentino, que incluso había tenido
que tomar prestada la herencia incaica para realzar sus orígenes,25
podía ahora reconstituir científicamente su pasado más remoto llevándolo hasta
el balbuceo primero del hombre sobre la tierra. Más aún, podía ofrecerlo incluso
a las restantes repúblicas sudamericanas como punto de partida de sus historias
respectivas. Pues, si la grandeza de la cultura prehispánica sudamericana tenía
su epicentro en el Perú, su causa primera había de buscarse más al sur, en el
territorio argentino.26
He aquí cómo la construcción simbólica de la afirmación nacional se apoyaba
en la aplicación de modernas teorías y metodologías científicas, y cómo éstas
--a su vez-- eran fuente de proyecciones extracientíficas.
Y es aquí precisamente donde encontramos una primera ruptura significativa
entre la perspectiva del antropólogo inglés John Lubbock, a la que me he
referido antes, y la de Moreno. Para Lubbock existía una enajenación básica
entre el salvaje actual y el ancestro prehistórico de los europeos; la
vinculación entre ambos se establecía únicamente por analogía y el interés de
estudiar al primitivo moderno era sólo instrumental para la reconstrucción de
los primeros estadios evolutivos de la humanidad. Pero desde la perspectiva del
sabio argentino, los indígenas actuales y los argentinos modernos compartían
unos mismos ancestros, "nuestros ancestros", "nuestros abuelos fósiles",
como dice reiteradamente. Para él, una suerte de línea evolutiva comenzaba en
el patagón antiguo y sus "admirables" restos líticos, pasaba por las "epopeyas
gloriosas" de las tribus pre y postcolombinas y llegaba hasta los argentinos
modernos, con sus novísimos "adelantos". Esa línea evolutiva única constituía
lo que él llama "la historia física y moral de los argentinos", antes y después
del descubrimiento de América.27.
El patagón antiguo quedaba así simbólicamente apropiado como el primer y más
remoto eslabón de la cadena.
Ciudadanos
La incorporación simbólica de aquellos restos fósiles humanos a la historia
nacional con carácter de "ancestros" nos lleva directamente a un segundo tipo
de actividades y contribuciones de Moreno. Esta vez se refieren a aquella parte
de los planteamientos de Lubbock que definían el estudio de los grupos humanos
"no civilizados" como un medio necesario para el diseño de las políticas
imperiales. Tal objetivo político era perfectamente aplicable a la Argentina de
la época, con sólo cambiar el adjetivo "imperial" por el de "nacional". A ello
corresponde el nombramiento en 1879 de Moreno como Jefe de la Comisión
Exploradora, que el gobierno organizó con el fin de estudiar el territorioy las
tribus indígenas de la Patagonia, para aplicar esa información a la ocupación
efectiva de la zona.28
Pero, una vez más, había diferencias importantes. Desde la perspectiva de la
política imperial británica, esos hombres "salvajes" o "primitivos" no sólo
eran geográficamente lejanos, sino socialmente ajenos. Las sociedades europeas
tenían con ellos una relación distante, casi literaria, caracterizada por el
mecanismo de atracción-repulsión asociado a la moda por "lo exótico", típica de
la segunda mitad del XIX. 29.
Pero, en la Argentina, esos grupos poblacionales a los que la sociedad
mayoritaria consideraba "bárbaros" o "salvajes" no sólo habitaban el mismo
territorio, sino que tenían un contacto fluido y permanente con la población de
origen europeo.
Hacia el interior de la sociedad, ese contacto se expresaba por el habitual
comercio pacífico o por la acción violenta traducida en invasiones periódicas y
traumáticas a las poblaciones "cristianas": los llamados "malones". Pero
también tenía una expresión importante en la política externa, ya que los
grupos indígenas negociaban alianzas de conveniencia con los distintos
gobiernos --el nacional o los vecinos-- que se ratificaban oficialmente con la
concesión de cargos del ejército a los caciques y capitanejos.30 De hecho, a lo largo del
siglo XIX muchos grupos indígenas participaron activamente en los avatares
políticos de la sociedad blanca, alquilando sus lanzas en las guerras de la
independencia primero y en los numerosos conflictos civiles después.
Más aún, en la rivalidad entre Argentina y Chile por la posesión de la
Patagonia, los indígenas cumplían un papel importante. Primero, el tráfico a
través de la cordillera del ganado robado en las estancias argentinas, que
debilitaba la economía local, era fomentado y aprovechado por el gobierno
chileno. Segundo, la acción de las tribus hostiles dificultaba la ocupación de
ese territorio, lo que impedía aplicar el principio del utis posedetis
para afirmar la soberanía argentina sobre ellos. Y tercero, el continuo
desplazamiento de indios mapuches chilenos hacia la Patagonia y la progresiva
araucanización de los indígenas locales alimentaban las reivindicaciones
chilenas sobre la región.31
Es decir, para la Argentina de la época, el indígena podía ser un "salvaje"
pero jamás un representante de "lo exótico", porque -- enemigo o aliado-- era
un vecino de la propia sociedad.
Esta proximidad es lo que explica la dimensión multifacética de las actividades
y contribuciones de Francisco Moreno con respecto a los indígenas
contemporáneos. Por un lado --como etnógrafo-- reunía datos sobre sus
costumbres, ritos y lenguas, y --como antropólogo físico-- contribuía al
conocimiento de las razas humanas con estudios antropométricos. Para esto
último no sólo aprovechaba sus estancias en las tolderías para realizar
mediciones sobre indígenas vivos. También --con el más puro espíritu
científico-- entraba sigilosamente en las zonas de enterramiento para llevarse
los restos aún calientes y analizarlos luego sin pestañear; aunque esos
cadáveres fueran de hombres con los que él mismo había mantenido relaciones
personales de extrema cordialidad y aprecio mutuo.32
Pero Moreno era también un nation-builder, preocupado por definir las
fronteras de la inclusión en ese proyecto incabado que era la propia nación. En
cuanto tal, su actividad partía de un presupuesto que diferenciaba claramente
entre los indios que eran y debían ser argentinos por derecho de nacimiento y
aquellos otros advenedizos de allende la cordillera. A los primeros los
iniciaba en el orgullo de la tradición incaica, les instaba a defender su
identidad de argentinos y defendía él mismo, frente al gobierno central, sus
títulos a la posesión de tierras en tanto ciudadanos por derecho de
nacimiento;33
a los segundos los acusaba de ladrones de ganado que hacían tratos con el
gobierno chileno y de vender a las otras tribus el alcohol que tanto contribuía
a su decadencia.34
Para aquellos indios que podían y debían ser incluidos en la nacionalidad,
Moreno, actuando como delegado del gobierno --y esta es la tercera dimensión de
su actividad-- proponía medidas destinadas a perpetuar su presencia física en
la Patagonia, asignándoles un papel protagónico en la construcción del futuro.
El medio para ello era el establecimiento de colonias protegidas y fomentadas
por el gobierno central, donde los indígenas sedentarizados, convertidos en
productores agrícolas y ganaderos, convivirían con inmigrantes europeos. Estos,
a su vez, contribuirían por el contacto y el ejemplo a la modificación gradual,
no traumática, de las costumbres de una población "primitiva" pero
potencialmente "civilizable". Como afirmó después de un viaje a la región del
Chubut:
debe extenderse la población futura mezclándose con los indígenas (...), y la
toldería de hoy podrá ser con la ayuda de los caciques Inacayal y Foyel (...)
un centro de civilización de gran porvenir.35
Arte y parte en los debates políticos de su tiempo, Moreno no escribió sólo
para los lectores de publicaciones científicas, fueran nacionales o extranjeras.
Bien al contrario, una porción importante de su obra se editó primero en los
periódicos y se dirigió a una opinión pública particularmente sensibilizada
hacia el tema de la Patagonia y sus habitantes, en el contexto de la amplia
cobertura periodística que recibió la Campaña del Desierto. Durante esos años,
los diarios publicaron notas de los corresponsales que acompañaban a las tropas,
artículos de carácter científico sobre la Patagonia --como los del propio
Francisco Moreno-- y polémicas en las que intervenían tanto políticos como
personas de a pie. Y uno de los temas centrales de esas polémicas fue la
cuestión de "qué hacer con el indio".36
Aunque algunos de los polemistas no desestimaban la extinción física del
indígena si era imprescindible para el "progreso y la civilización", la opinión
mayoritaria prefería otra solución: integrar al indio mediante su adaptación a
las usos "civilizados". Tal objetivo implicaba convertirlo en trabajador
productivo, escolarizar a sus hijos, anular su organización tribal y borrar sus
costumbres e incluso su lengua. Pero el consenso general sobre este tema se
rompía en lo referente a los medios --más o menos graduales, más o menos
traumáticos-- que había que aplicar para lograr esa asimilación.
Algunos, como el propio general Roca, líder militar de la campaña del desierto,
abogaban por su dispersión en las distintas regiones de la república. Otros --como
Estanislao Zeballos, uno de los ideólogos de la ocupación de la Patagonia--
pedían que se les "quitase el caballo" y se les obligara "a punta de remington"
a cultivar la tierra, agregando a ello la acción del misionero según el axioma
de que "cristianizar es civilizar".37
Y estaban los que, como Francisco Moreno o el militar Álvaro Barros --que fue
otro de los ideólogos de la Campaña del Desierto--, abogaban por la concesión
de tierras y la interacción en ellas del indio y el colono europeo. Sobre el
modelo de integración del indígena como ciudadano es particularmente ilustrativa
la siguiente cita de Álvaro Barros quien, al tiempo que favorecía la "guerra
ofensiva" contra el indio nómada como un medio imprescindible para la ocupación
efectiva de la Patagonia, condenaba "el sistema bárbaro de exterminar a la raza
indígena" y agregaba:
... pensamos que el indio debe tener entrada y asiento en el parlamento
argentino; pero no por cierto el indio tal cual hoy se encuentra en la pampa,
un tanto ajeno a los usos parlamentarios; sino el indio del porvenir, el
descendiente de la hija de Namuncurá, perla del desierto transportada al centro
de la civilización, y unida por el vínculo conyugal al inmigrante irlandés (...)
cuyos antepasados, ahora tres siglos, no más, no eran ni más ni menos indómitos
ni menos feroces que Namuncurá.38
Para todas las propuestas mencionadas hasta aquí es posible encontrar
antecedentes en las distintas políticas llevadas a cabo por la Corona española
con respecto al indígena a lo largo del período colonial. Una cuarta propuesta,
sin embargo, optaba por tcomo modelo una experiencia estrictamente contemporánea:
se trataba de favorecer la delimitación de "reservas", siguiendo el ejemplo
norteamericano. Esta proposición, que fue defendida principalmente por el
explorador, científico y más tarde gobernador del territorio de Santa Cruz,
Ramón Lista, no dio lugar a la adopción de políticas concretas. Por el
contrario, las restantes alternativas mencionadas fueron aplicadas por el
gobierno central con grado variable de éxito.
Sería un error pensar que la implicación de Moreno en este tipo de propuestas y
su tendencia a favorecer la asimilación del indio eran cuestiones paralelas y
ajenas a su formación e intereses científicos. Muy por el contrario, se
explicaban y legitimaban por las teorías en las que enmarcaba su trabajo.
En efecto, don Francisco compartía la creencia evolucionista, común a los
antropólogos de la época, de que los pueblos primitivos estaban condenados a
desaparecer ante el contacto con un medio más avanzado.39.
Esto es lo que explica, por ejemplo, que su trabajo etnográfico tuviera el
sentido conservacionista propio de etnógrafos como el británico George Grey --el
defensor de los aborígenes australianos-- o el francés Theodore Hamy, fundador
del Museo del Trocadero, hoy Musée de l’Homme.40
Tanto para Grey como para Hamy y Moreno, esos datos debían perpetuar el
conocimiento de unas costumbres, unas creencias y unas lenguas cuyos días de
práctica viva estaban contados. En el caso de Moreno --a diferencia de Grey o
Hamy, y por las razones antedichas-- debe agregarse el afán de que los
descendientes directos de aquellos indígenas primitivos pudieran mantener la
memoria histórica de los usos de sus abuelos.41
Pero únicamente la memoria, no la perpetuación viva de aquellas prácticas,
porque las formas fósiles de la vida primitiva sólo podían preservarse en el
aislamiento, nunca en el contacto con formas superiores, que llevaban todas las
ventajas en el proceso de selección operado en la lucha por la existencia; y la
posibilidad de aislamiento había sido quebrantada por el avance incontenible de
la "civilización" sobre las tierras más ignotas. En tal contexto, la única
esperanza para los grupos primitivos en general, y para los indígenas patagónicos
y sus descendientes en particular, era la pervivencia física mediante su
integración cultural a los usos de la "civilización".
Al propio tiempo, el contacto directo con esos grupos primitivos, que le enseñó
a estimarlos y respetarlos, contribuyó a la selección y matización de sus
herramientas científicas. Así, aunque el sabio argentino manejaba la noción de
"razas inferiores" --nuclear en el pensamiento antropológico de la época--, ese
concepto aparece siempre referido a un estadio temporalmente remoto en la
cadena evolutiva. En ningún lugar de su obra se encuentra esta denominación
aplicada a los indígenas contemporáneos, para los que prefería la calificación
de "grupos en estado de barbarie". Y esta categoría, a su vez, no la remitía a
una situación estable y fija, sino más bien al sentido clásico e ilustrado de
un nivel cultural susceptible de modificación. En este contexto, Moreno se
adhería con entusiasmo a la tesis darwinista de la unidad moral y mental, en
origen, del género humano. Pero en cuanto a las causas que habían hecho posible
el adelanto de unos grupos y el estancamiento de otros en la lucha por la
existencia, su compromiso con el debate científico le impedía rechazar de plano
las explicaciones biologicistas favorecidas por muchos evolucionistas --que no
por el propio Darwin.42
No obstante esta cautela científica, es manifiesta su preferencia por las
argumentaciones de tipo ambientalista antes que las de fundamento biológico.43
Y ello tiene estrecha relación con su condición de nation-builder:
hubiera sido imposible un proyecto de integración del indígena a la nacionalidad,
si éste era asociado a un estadio cultural lastrado por la inferioridad
biológica. Sólo el rechazo a las interpretaciones biologicistas extremas podía
hacer coherente el pensamiento científico de Moreno con su convencimiento de la
conveniencia e incluso la necesidad de hacer de las pacíficas tribus tehuelches,
o de los caciques manzaneros Shayehueque, Inacayal o Foyel, un pivote en la
incorporación de la Patagonia a la soberanía argentina y a la civilización
occidental.
Piezas de museo
Los caciques recién mencionados nos llevan a otro ámbito de actuación de Moreno
que es relevante para este análisis. Me refiero a su condición de fundador y
director, durante muchos años, del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. El
espacio disponible no permite extenderse sobre los avatares que rodearon su
fundación y desarrollo, pero para apreciar su significación basta señalar que
el Museo de La Plata, o "Museo Moreno" --como llamaba Paul Broca a la colección
inicial que le dio origen--,44
fue situado por el naturalista norteamericano Henry Ward después de una visita
que hiciera en 1888 entre los diez primeros museos antropológicos del mundo.45
Y, si he dicho antes que la actuación de Moreno fue multifacética, puede
agregarse que esta faceta específica de director y padre fundador del Museo de
La Plata englobaba a todas las anteriores: al científico, porque el museo era
el destino de sus colecciones y el marco institucional de sus trabajos
académicos; al delegado del gobierno, porque del apoyo oficial dependían el
cargo y la capacidad de acción que éste le proporcionaba;46
y al nation-builder, porque es bien conocido el significado y el papel
de esas instituciones llamadas museos en la estructuración simbólica de las
naciones modernas.47
En efecto, los museos no han sido sólo "templos del saber", como se dio en
llamarlos, ni tampoco meros instrumentos de popularización del conocimiento. Su
papel fundamental, especialmente en el contexto de las construcciones nacionales
decimonónicas, ha sido el de actuar como organizadores y unificadores materiales
de los imaginarios colectivos, al servir de instrumento para la incorporación,
por parte del conjunto de la sociedad, de los valores y la particular
cosmología de las élites. De forma especial, los museos de historia natural
cumplieron el papel de plasmar simbólicamente la continuidad secular de "la
nación", objetivándola a través de las manifestaciones de la naturaleza
--antropológicas, zoológicas, botánicas, etc.-- en su marcha evolutiva sobre el
territorio compartido.48
En tal fin se inscribe la fundación del Museo de La Plata, que estaba destinado,
en palabras de Moreno, "a contener la Historia Física y Moral de la República
Argentina y del continente sudamericano a través de los tiempos".49
El Museo tenía, en primer lugar, la función socializadora de exhibir
públicamente las colecciones en las que se plasmaba esa Historia Física y Moral,
organizándolas evolutivamente según los criterios más modernos de la época.50
Tenía una segunda función de carácter científico, en cuanto centro de
investigación al servicio de los especialistas. Pero su papel fundamental
consistía en ser el centro físico donde se producía la articulación de una
construcción nacional y de una práctica científica que actuaba como su fuente
última de legitimación. Y algo más importante aún, precisamente por ser capaz
de llevar a cabo esa peculiar articulación, el museo podía conferir a esa
Historia de interés local una proyección supranacional, e incluso universal.
Como afirmaba Moreno:
Sin el conocimiento paleontológico y antropológico de lo que es hoy la
República Argentina, no es posible trazar, ni siquiera a grandes rasgos, el
pasado de América [... y] esto sólo puede hacerse examinando las riquezas
acumuladas en el Museo público de Buenos Aires, hoy Museo Nacional, y en el de
La Plata.51
No extraña, pues, que una parte fundamental del Museo estuviera destinada a las
colecciones de antropología física y cultural de los pueblos indígenas
sudamericanos. La primera de ellas, es decir, la de Antropología Física --que
seguía el modelo de la colección del Museo Real de Cirujanos de Londres--,52
contenía un número ingente de cráneos y esqueletos de indígenas de la América
austral; enellos "la serie antropológica patagónica más importante que existe".
El conjunto iba --según Moreno-- "desde el hombre testigo de la época glacial
hasta el indio últimamente vencido". 53
Estas palabras, escritas en 1890, ocultan una circunstancia más dramática de lo
que parece a simple vista. Porque sólo cinco años antes de esa fecha
encontramos a ese indio "últimamente vencido" en el Museo de La Plata. Y lo
encontramos en persona, en la presencia viva de los tres caciques antes
mencionados, Shayehueque, Inacayal y Foyel, junto con sus familias y otros
indígenas manzaneros, tehuelches, pampas y araucanos. Todos ellos habían sido
rescatados por Francisco Moreno de la isla Martín García, en el estuario del
Río de la Plata, adonde fueran deportados al finalizar la campaña del desierto
como prisioneros de guerra.
La motivación fundamental de Moreno al rescatar a los indígenas de la isla era
humanitaria e inspirada por la triste situación en que se encontraban esos
hombres y mujeres, a quienes pocos años antes había conocido disfrutando de su
libertad y de sus tierras natales. Pero las razones que adujo ante las
autoridades fueron de otra índole. El interés de alojarlos en el Museo, decía
Moreno, radicaba en la utilidad que esas muestras vivientes de estadios
culturales en vías de extinción tenían para los estudios antropológicos, tanto
físicos como culturales (costumbres, creencias y sobre todo artesanías).54
De tal manera, si la motivación fundamental era de índole humanitaria, para
legitimarla se recurría a la ciencia.
El alojamiento de indígenas en un Museo antropológico es un hecho bastante
original, pero no único. El caso más famoso se da en 1911 y corresponde a Ishi,
el último indio yana de California, que estuvo recogido hasta su muerte, en
1916, en el Museo de Antropología de la Universidad de California --entonces en
San Francisco--, bajo la protección del antropólogo Alfred Kroeber. Pero había
una práctica anterior y mucho más extendida, contemporánea a la presencia de
los indígenas en el Museo de La Plata, que no sólo presentaba analogías con
esta acción de Moreno sino que, sobre todo, se amparaba en los mismos
presupuestos científicos.
En el último cuarto del siglo XIX, los estudios antropológicos europeos
aparecen muchas veces asociados a la presencia de grupos étnicos de otras áreas
de la tierra, que eran transportados a Europa para su exhibición. Los
caracteres físicos, hábitat, vestimenta e industrias de esos grupos "salvajes"
o "primitivos" eran ofrecidos a la observación del público europeo con una
triple función: testimoniar la capacidad de expansión supranacional del país
organizador de la exhibición;55
satisfacer el cada vez más extendido interés por "lo exótico" y realzar, por
contraposición, el largo camino transitado por los grupos "superiores" en la
escala ascendente del progreso 56.
En tal contexto, y a lo largo de varias décadas, sea en las exposiciones
universales o en otras de diferente carácter, cingaleses, kalmukos, pieles
rojas, ashantis, congoleños, galibis, hotentotes, bosquimanos y un largo
etcétera de grupos "primitivos" o simplemente "exóticos" --como cosacos
circasianos o incluso gauchos rioplatenses-- desfilaron por las principales
ciudades europeas, convirtiéndose muchas veces en exhibiciones itinerantes.
Allí estuvieron presentes también los indígenas del extremo meridional de
América, fueguinos, araucanos o patagones, a quienes encontramos, por ejemplo,
en 1879 en Berlín y en París, en 1881 y en 1883 nuevamente en la capital
francesa e incluso, en 1887, en Madrid.57
Pero si esas exhibiciones fueron organizadas con sentido de espectáculo y
orientadas a la captación de un público masivo, su celebración también estuvo
asociada a las actividades científicas de las diversas instituciones
etnográficas y antropológicas. Por un lado, estas instituciones más de una vez
colaboraron con las grandes exposiciones universales, organizando la sección
antropológica de las mismas, y utilizando para ello la presencia de estos
grupos vivientes. El sentido que para los científicos en esta disciplina tenía
la sección antropológica en el contexto de una exposición universal, fue
resumido, en vísperas de la gran exhibición destinada a conmemorar el primer
centenario de la Revolución Francesa, por la Revue d’Anthropologie en
términos que ya nos son conocidos: se trataba de mostrar el progreso del hombre
--ya fuera sobre el cráneo y el esqueleto, ya sobre el especimen viviente--
elevándose desde sus inicios más rudimentarios hasta alcanzar su organización
psíquica actual. El acento debía ponerse --añadía la publicación-- sobre los
tipos salvajes más inferiores, que tienden a desaparecer, y sobre las escasas
piezas craneanas prehistóricas, desembocando todo ello en la comparación de la
etnografía prehistórica y la etnografía exótica, a la manera de Lubbock en sus
Orígenes de la Civilización.58
Pero hay un segundo elemento, mucho más importante que la mera exhibición, que
explica el interés de los antropólogos por la presencia de estos grupos
primitivos en el Viejo Continente. Esas exposiciones les proporcionaban el
objeto material de sus estudios, ya que para la gran mayoría de los científicos
europeos constituían la única posibilidad de observar personalmente a
representantes de las razas primitivas y exóticas. Por ello, aunque las
instituciones antropológicas no contrataban el traslado de esos grupos desde
sus lejanas tierras de origen --sino empresas comerciales por lo general
especializadas en la importación de animales exóticos--,59
la importancia de esos materiales vivos se pone de manifiesto con sólo recorrer
las páginas de los boletines y revistas de las principales instituciones
antropológicas de la época, como el Journal of the Royal Anthropological
Society de Londres, la Revue d’Anthropologie de París o el Boletín
de la Berliner Gesechallft für Anthropologie.
Un caso considerado ejemplar fue, precisamente, el de tres indígenas patagones
llevados a Berlín para su exhibición en 1879, a quienes el prestigioso Rudolph
Virchow presentó ante la Sociedad de Antropología. Allí, y en público, realizó
sobre ellos una serie de análisis antropométricos y comentarios destinados a
situarlos en la escala de las jerarquías raciales, en un acto que hoy choca a
nuestra sensibilidad, pero que en la época fue admirado como una acabada
expresión de los avances de la ciencia antropológica en el estudio de las razas
humanas.60
En el marco del pensamiento antropológico dominante en los años ochenta del
siglo pasado, lo que legitimaba tanto el traslado de grupos primitivos al viejo
continente para su exhibición y estudio, como la presencia en el Museo de La
Plata de indígenas vivos,61
era el hecho de que se les atribuía el carácter de ejemplares paradigmáticos,
lo que convertía a todo individuo en un "tipo" de la raza. Es decir, un
"arquetipo", o lo que los antropólogos franceses denominaron échantillons.
En tanto échantillon, el indígena individual era portador de un cúmulo
de informaciones positivas que mantenían su valor como evidencia científica,
incluso cuando esos datos y quien los aportaba eran extraídos de su medio
natural.
Nada mejor para comprender ese tránsito de individuo a arquetipo de su raza que
referirnos brevemente a uno de los personajes de la Patagonia que antes he
citado, el cacique Inacayal. En las décadas de los años sesenta y setenta, este
jefe indio había sido conocido personalmente en su hábitat natural por los
exploradores de la Patagonia, como Cox, Musters o el propio Moreno. Y todos
ellos lo habían presentado cazando ñandúes y guanacos al frente de su tribu y
negociando tratados con el gobierno central. Pero en 1888 Inacayal finalizaba
sus días en el Museo de La Plata, formando parte de la colección de fotografías
antropológicas, de estudios de corte psicológico realizados por los empleados
del museo y, finalmente, en la forma literal de pieza de museo, con su
esqueleto, cerebro, cuero cabelludo y mascarilla mortuoria expuestos en las
galerías de la institución; sitio de dudoso honor que compartía con el cráneo
de aquel antiquísimo representante del hombre sobre ssudamericano: el patagón
antiguo.62
Ya no era Inacayal, el cacique, el hombre, sino un arquetipo de su raza.
La asociación en la forma de pieza de museo de los restos del patagón antiguo
apropiado como "ancestro de la nación", con los del indio vencido convertido en
arquetipo, respondía a una lógica implícita en los modelos antropológicos que
guiaban la acción de Moreno. Modelos que a su vez encontraban fácil
articulación en el pensamiento mayoritario de la Argentina de su época. En
efecto, la adopción del patagón antiguo como ancestro común sólo era posible
sobre el principio de la extinción del indígena actual en tanto representante
de los estadios más antiguos de la evolución. Porque la noción de ancestro
implicaba la continuidad en el tiempo, no una continuidad estática, sino una
continuidad sujeta al mecanismo de la evolución y asociada a la ley del
progreso; que en el caso específico de la Argentina de la segunda mitad del XIX
conformaba el modelo de la "nación civilizada". Y en la "nación civilizada" no
había lugar para fósiles vivientes. De esa manera, el indígena patagón sólo
tenía dos destinos posibles: convertirse en pieza de museo o en ciudadano de la
nación.
El primero fue el caso, como hemos visto, de Inacayal, que murió en el museo
sin aceptar reconocerse como argentino.63
El segundo, el de sus compañeros de infortunio, Shayehueque y Foyel. Como el
primero, estos últimos desempeñaron su papel de arquetipos en las fotografías
antropológicas que guarda la colección del Museo. Pero a finales de la década
de los ochenta, ambos caciques se hallaban de regreso en la Patagonia ocupando,
con los restos de sus tribus respectivas, las hectáreas de tierras fiscales que
les habían sido asignadas por el gobierno a instancias de Moreno. Shayehueque,
incluso, había sido nombrado por el General Roca gobernador del territorio de
las Manzanas. Allí volvió a encontrarlos Francisco Moreno en una nueva
expedición científica a la Patagonia realizada hacia finales del siglo.64
Y, según sabemos por sus informes y por otros documentos de la época, ambos
estaban aceptando lentamente los usos de la "civilización", se reivindicaban
como argentinos y habían iniciado reclamaciones y pleitos legales para mantener
las tierras concedidas, que eran objeto de la codicia de los especuladores. De
hecho, los últimos retazos de las diez mil hectáreas de tierra patagónica que
le fueron concedidas para él, su tribu y su descendencia en 1903, pasaron
definitivamente a manos de especuladores en 1930.65
Sin embargo, sería un error pensar que la precariedad de los derechos de
Shayehueque y su familia a la posesión de tierra se debía exclusivamente a su
condición de indígenas: el mismo calvario estaban atravesando por esas mismas
fechas los inmigrantes europeos de quienes se esperaba que colonizaran la
Patagonia e iniciaran a los indígenas en las técnicas agrícolas y las
costumbres "civilizadas". Unos y otros, inmigrantes e indios, padecían la
desidia burocrática y la falta de frenos oficiales a la codicia individual.66.
Así pues, en el caso de Shayehueque y Foyel, el tránsito de individuo a
arquetipo había sido sustituido por otra trayectoria de connotaciones menos
científicas: la que iba de indígena nómada a ciudadano del
estado-nación,67
con las ventajas y las desventajas que ello suponía para una parte no
desdeñable de la población de la época. Los descendientes de los caciques
seguirían batallando a lo largo del siglo XX por conservar sus tierras,68
pero los días de la caza del guanaco y del ñandú se habían desvanecido. Esos
mismos descendientes criarían ovejas para sí mismos o para otros, lucharían con
la tierra inhóspita para arrancar cultivos a sus pequeñas parcelas o se
trasladarían a los centros urbanos para prestar servicios en las fuerzas
armadas o en múltiples ocupaciones propias de la "civilización". Y se
mezclarían con otros grupos étnicos al punto que, en 1940, el antropólogo
Imbelloni tuvo problemas para encontrar individuos que no presentaran rasgos de
mestización.69
De tal manera, si la conversión del indígena patagónico en pieza de museo
implicaba la muerte física transformada en permanencia simbólica, la conversión
en ciudadano entrañaba la muerte cultural --es decir, su extinción en tanto
elemento étnicamente diferenciado de la población mayoritaria-- mediante una
asimilación forzosa que permitiría, en cambio, la pervivencia física de su
descendencia, aunque socialmente depauperada y étnicamente mestizada. Ambas
resoluciones estaban implícitas en los modelos antropológicos y las teorías
científicas que, adaptándose a las circunstancias e idiosincrasias locales,
interactuaron con el proyecto nacional argentino de incorporación de la
Patagonia, dentro del modelo de "nación civilizada" al que me he referido al
comienzo de este trabajo.
NOTAS
Este artículo se integra en el proyecto
PB96-0868. Agradezco a mis colegas, los doctores Francisco Pelayo
y Miguel Ángel Puig-Samper, a cuya generosidad y competencia
científica debo el haber podido resolver algunos de los problemas
que presentaba esta temática.
Mónica Quijada: "¿Qué nación? Dinámicas y
dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano del siglo
XIX", en F.X. Guerra y M. Quijada (coords.): Imaginar la Nación,
número monográfico de Cuadernos de Historia Latinaomericana,
AHILA, Nº 2, 1994, pp. 15-51.
Desde hace algunos años los estudios
históricos, etnológicos y antropológicos están demostrando que las
poblaciones autóctonas de la pampa y la Patagonia habían
desarrollado formas sociales y económicas mucho más complejas de
lo que se ha solido reconocer, que incluían el pastoreo de inmensos
rebaños de ganado, producción agrícola y artesanal, así como la
vinculación de los distintos grupos indígenas entre sí y con la
sociedad criolla a través del comercio. Cfr. Radl J. Mandrini:
"Indios y fronteras en el área pampeana (siglos XVI-XIX). Balance
y perspectivas", Anuario del IEHS, Vol. VII, Tandil, 1992,
pp. 59-73. Miguel Ángel Palermo: "La innovación agropecuaria entre
los indígenas pampeano-patagónicos. Génesis y procesos", Anuario
del IEHS, Vol.III, Tandil, 1988, pp. 43-90. Idem:
"Reflexiones sobre el llamado 'complejo ecuestre' en la Argentina",
Runa, vol. XVI (1986), pp. 157-178. Lidia R. Nacuzzi:
"'Nómades' versus 'Sedentarios' en Patagonia (siglos XVIII-XIX)",
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento
Latinoamericano, 14, 1992-93, pp. 81-92. Idem.: "La
cuestión del nomadismo entre los Tehuelches", Memoria americana
- Cuadernos de Etnohistoria, Nº 1, 1991, pp. 103-133.
John Lubbock: Los orígenes de la
civilización y la condición primitiva del hombre, Editorial Alta
Fulla, Barcelona, 1987 (1ª edición en inglés: 1870), pp. 4-5.
Francisco Moreno: "Description des
cimetières et paraderos préhistoriques de Patagonie", Revue
d’Anthropologie, 1874, pp. 70-90. Moreno se había iniciado en
el conocimiento de la ciencia antropológica con el sabio alemán
German Burmeister --antiguo discípulo y protegido de Alexander von
Humboldt--, quien en 1862 se hizo cargo de la dirección del Museo
de Ciencias Naturales de Buenos Aires. En 1879 Moreno se trasladó
a París, donde completó su formación en los famosos cursos dictados
por Paul Broca. También dictó conferencias en la Societé
d’Anthropologie presidida por el mismo antropólogo francés.
La tesis de Moreno de que el patagón antiguo
representaba un tipo distinto al del americano contemporáneo fue
tempranamente incorporada por el antropólogo francés Pierre
Topinard en su libro L’Anthropologie, publicado en París en
1875.
Paul Broca: "Sur les crânes de la caverne de
l’Home Mort (Lozère)", Revue d’Anthropologie, 1873, pp. 1-53.
Citada en Francisco Moreno: El origen
del hombre sud-americano. Razas y civilizaciones de este continente.
Contribución al estudio de las colecciones del Museo Antropológico
y Arqueológico, Imprenta de Pablo Coni, Buenos Aires, 1882.
Charles Darwin: Voyage of the Beagle,
Penguin Classics, London, 1989 (1ª edición: 1839). Esta idea de
que la Patagonia era un reservorio privilegiado parel avance de la
ciencia aún se mantenía a finales del siglo XIX; muestra de ello
es la siguiente afirmación de un antropólogo francés, explorador
tardío de la región: "Si l’on me demandait quel est le pays où la
science peut s’enrichir le plus sûrement, je désignerais sans
hésiter la Patagonie; la faune et la flore de cet immense
territoire sont encore peu connues. Les importants gisements
fossilifères reconcontrés ces dernières années attirent l’attention
des savants; la paléontologie en est complètement bouleversée". M.
Le Comte Henry de la Vaulx: "A travers la Patagonie, du Rio Negro
au Détroit de Magellan", Journal des la Société des
Américanistes, T. I, 1896-1899, pp. 71-99 (cita en p. 71).
Se refiere a la obra publicada bajo ese
título por Armand de Quatrefages y Théodor Hamy (París, 1877).
Sesión del 1 de julio de 1880, Bulletin
de la Société d’Anthropologie, París, p. 490.
Revue d’Anthropologie, 1879, p. 181.
En 1879 Paul Broca ya había aceptado la
teoría evolucionista, descartando su tradicional defensa de las
tesis poligenistas, lo que queda manifiesto en su frase antes
citada.
Las propuestas de Francisco Moreno sobre
América del Sur como cuna de la humanidad son estrictamente
contemporáneas a la defensa de la autoctonía del hombre americano
hecha por el conocido sabio, también argentino, Florentino Ameghino.
Las coincidencias, discrepancias y rivalidades entre ambos
personajes alargarían innecesariamente este artículo y serán el
tema de un trabajo posterior.
Bulletin de la Société d’Anthropologie,
París, 15 de junio de 1880, p. 490. El estudio completo en
Francisco Moreno: "Sur deux crânes préhistoriques rapportés du Rio
Negro", ídem., pp. 491-497.
Dicha teoría fue expuesta por Hooker en su
serie de estudios botánicos publicados como Flora Antarctica
(Londres, 1844-1847); Flora Novae-Zelandiae (Londres,
1853-1855) y, principalmente, Flora Tasmaniae (Londres,
1855-1860).
Los resultados de la elaboración de Moreno
fueron presentados por su autor en dos conferencias sucesivas
dictadas ante la Sociedad Científica Argentina, en 1882. Véase
Francisco Moreno: "Patagonia. Resto de un antiguo continente hoy
sumergido", Anales de la Sociedad Científica Argentina, 15
de julio de 1882, y El origen del hombre sud-americano...,
ob. cit.
La imagen de un continente austral --que se
basaba en la noción de los ascensos y descensos experimentados por
el suelo oceánico en el proceso de solidificación y contracción de
la tierra-- tuvo prolongada fortuna en el ámbito de los estudios
geológicos, aunque desvinculada de la cuestión del origen de la
vida. De hecho, fue sostenida también por el gran geólogo Eduard
Suess, y más tarde confirmada por Alfred Wegener, en su teoría de
la deriva continental. Suess habla de cuatro "asilos" o regiones
caracterizadas por la ausencia de plegamientos recientes y de los
que, en épocas de cataclismos, las colonias botánicas o zoológicas
pueden partir para repoblar las tierras. Uno de esos asilos --el
tercero-- sería el continente de Gondwana (India, Madagascar y
partes de Africa, Brasil y Argentina); el cuarto asilo sería el
continente antártico, que comprendería Australia y Patagonia. Esta
teoría de Suess aparece en el segundo volumen de su obra La faz
de la tierra, publicado en 1888 (el primero es de 1883, y el
tercero de 1909). La idea inicial del continente antártico
sostenida por Moreno --anterior en seis años a la de Suess-- se
hallaba a caballo entre los continentes de Gondwana y Antártico
identificados por este último. En cuanto a la teoría del geofísico
Alfred Wegener, propuesta inicialmente en 1912, fue publicada en
su obra Die Entstehung der Kontinente und Ozeane, Brunswick,
1915. En ella Wegener definía un continente austral, llamado
Gondwana, que incluía la América Meridional, Australia, Africa,
India y la Antártida.
A pesar de ese rechazo, ambas teorías
aparecen recogidas al menos en dos enciclopedias de principios de
este siglo: la Enciclopedia Universal Ilustrada
Hispano-Americana Espasa-Calpe (Vol. 1) y el Diccionario
Enciclopédico Hispano-Americano (Vol. I). Es interesante
el hecho de que, en este último, el autoctonismo del hombre
americano es presentado todavía como un hecho posible, aunque
dudoso (p. 51). La influencia de los trabajos de Moreno a
principios de este siglo también puede apreciarse en R. Verneau:
Les Anciens Patagons. Contribution à l’étude des races
précolombiennes de l’Amérique du Sud, publiée par ordre de S.A.S.
le Prince Albert 1er, Imprimerie de Monaco, 1903.
Según Rivet, podría haberse producido una
emigración australiana hasta la Tierra del Fuego al retirarse los
hielos en el período inmediatamente posterior a la glaciación del
Würm, al final del pleistoceno. Paul Rivet: Los orígenes del
hombre americano, Fondo de Cultura Económica, 1969, 3ª edición
(1ª edición en francés: 1943), pp. 104-111.
Cfr., por ejemplo, Paul Rivet:
Los orígenes del hombre americano, capítulos III y V, "Les
Australiens en Amérique", Bulletin de la Société de Linguistique
de Paris, Vol. 26, 1925, pp. 23-63. En este último trabajo
Rivet avala incluso la idea de un continente antártico que hubiera
unido "de manera más o menos continua" Australia y América del Sur.
No obstante, agrega, esta "indudable" unidad continental existió
en eras anteriores al origen del hombre sobre la tierra, por lo
que debe desvinculársela de la presencia australiana en América
del Sur; pp. 59-61.
No casualmente, los años setenta del pasado
siglo están asociados a los primeros trabajos arqueológicos en las
ruinas de Tiahuanaco, que daban evidencia científica sobre la gran
antigüedad preincaica de las altas culturas sudamericanas. El
propio Bartolomé Mitre publicó un importante trabajo sobre este
tema en 1879: Archeologia Americana. Las Ruinas de
Tiahuanaco (Buenos Aires).
Charles Darwin: The Descent of Man and
selection in relation to sex, John Murray, 1871, Vol. I, cap. VII.
Francisco Moreno: El estudio de hombre
sud-americano, Imprenta de La Nación, Buenos Aires, 1878, pp. 15 y 22.
Sobre la apropiación del origen incaico en
el Río de la Plata, en la época de la Independencia, véase Daisy
Rípodas Ardanaz: "Pasado incaico y pensamiento político
rioplatense", Jahrbuch von Geschichte von Staat, Wirtschaft und
Gesellschaft Lateinamerikas, 30, 1993, pp. 227-258; para la
segunda mitad del XIX, Mónica Quijada: "Los 'Incas Arios':
Historia, lengua y raza en la Argentina decimonónica", en Enrique
González González (ed.): Historia y Universidad. Homenaje a
Lorenzo Luna, UNAM, México (en prensa).
Esta perspectiva es mantenida por Moreno
incluso después de haber abandonado la tesis de que el origen de la
humanidad se hallaba en América del Sur. Véase Francisco Moreno:
"Notes on the Anthropogeography of Argentina", The Geographical
Journal (including the Proceedings of the Royal Geographical
Society), Vol. XVIII, July-December 1901, pp. 574-589.
Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia Austral,
1876-1878, Ediciones Solar, Buenos Aires, 1969, p. 28 (1ª ed.
1879); El origen del hombre sudamericano, ob. cit., pp. 26-27.
Los términos completos del encargo eran: 1) conocer
los puntos más convenientes para la formación de colonias; 2) estudiar los
productos naturales; 3) hacer investigaciones respecto de la índole de las
tribus indígenas. Los resultados de esta exploración fueron publicados en su
informe, ya citado, Viaje a la Patagonia Austral. Cabe destacar que
Moreno recibió críticas por haber concedido demasiado tiempo a las tareas de
relevamiento etnográfico. Cfr. E.M. Cirulli de César, A. Garro, M.F.
Arcidiácono de Groppo y A.M. Campins de Martínez: "Francisco P. Moreno y la
Soberanía Nacional", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del
Desierto (General Roca, 6-10 noviembre 1979), Buenos Aires, 1980, Tomo
III, pp. 99-111.
Cfr. George W. Stocking: Victorian Anthropology,
The Free Press, New York-Oxford, 1987; Rossana Piccioli y Anna Rozzi Mazza:
Exótica. Raccolte di viaggio nel Museo Civico della Spezia, Mostra di
etnografia esotica, CAllende, La Spezia, 1990.
Sobre el papel activo desempeñado por algunos grupos
indígenas en la política exterior de la época, es significativa la siguiente
carta enviada por el cacique Namuncurá al comandante del fortín de Bahía Blanca:
"Amigo; veo por los diarios que están Uds. envueltos en complicaciones
internacionales con el Brasil y con Chile. Esto debe hacer ver a Uds. que
deben cuidarse mucho de estar bien con nosotros, porque en caso de una guerra
los podemos servir mucho como amigos y hacerles mucho daño como enemigos";
citada en Juan Mario Phordoy: "Los capellanes castrenses en la Conquista del
Desierto", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto,
Tomo III, pp. 179-201 (cita en p. 188). Véase también José Bengoa: Historia
del Pueblo Mapuche, Ediciones Sur, Santiago de Chile, 1985.
Faltan estudios sobre la utilización por parte de la
diplomacia chilena de las tribus indígenas en su contencioso sobre la Patagonia.
Sin embargo, se sabe que los principales caciques y lenguaraces tenían
asesores de esa nacionalidad, y que la diplomacia chilena tenía muy en cuenta
los movimientos indígenas y las relaciones con las tribus para planificar sus
actuaciones. Véase Olga Bordi de Ragucci: "Las bases dadas por Roca a la
Campaña del Desierto a juicio de sus opositores porteños", Congreso
Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, Tomo III, p. 48;
José Campobassi: Sarmiento y su época, Tomo II, Losada, Buenos
Aires, 1975.
Sobre la obtención, a veces rocambolesca, de los
restos de indígenas recientemente fallecidos, véase, por ejemplo, el episodio
referido al tehuelche Sam Slick, en Viaje a la Patagonia Austral, ob.
cit., p. 103.
Cfr. Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia
Septentrional. Memoria leída el 14 de marzo en la Sociedad Científica
Argentina por... Tomada de los "Anales" de la misma Sociedad, Buenos
Aires, 1875, esp. pp. 13-16. Idem.: Viaje a la Patagonia
Austral, ob. cit., p. 37.
Viaje a la Patagonia Austral, ob. cit., p. 34;
"Déscription des cimetières...", ob. cit., p. 74.
Viaje a la Patagonia austral, ob. cit., p. 79.
Estas polémicas pueden seguirse en diversos periódicos
de la época, entre otros: La Nación, La América del Sur, El
Nacional y La Tribuna. El trabajo de Moreno, Apuntes sobre las
tierras patagónicas, apareció inicialmente en forma de entregas en La
Nación. La prensa en general denunciaba los malos tratos infligidos a los
indios durante la campaña, incluidos los dos periódicos mencionados en último
lugar, que eran partidarios del conductor e ideólogo principal de la misma, el
general Roca. En su edición del 12.7.1879, El Nacional llegó incluso a
solicitar la entrega de tierras a las tribus tehuelches.
Estanislao Zeballos: La conquista de las 15.000
leguas, Buenos Aires, 1958 (2ª edición 1878).
Álvaro Barros: Indios, fronteras y seguridad
interior, Solar/Hachette, Buenos Aires, 1975, pp. 357-8 (escrito editado
por primera vez en 1877, bajo el título La Memoria Especial del Ministro de
la Guerra, Buenos Aires).
Por ejemplo, Francisco Moreno: El estudio del
hombre sud-americano, ob. cit., p. 17; ídem.: Apuntes sobre las
tierras patagónicas, Buenos Aires, 1878, p. 5. Sobre esa visión
general, ver Charles Darwin: The Descent of Man and selection in relation
to sex, ob. cit., Vol. I, pp. 238.
Sobre Grey, véase G. Stocking: Victorian
Anthropology, ob. cit., pp. 81-87. Para Hamy puede consultarse Nélia Dias:
Le Musée d’ethnographie du Trocadéro (1878-1908). Anthropologie et
Muséologie en France, Editions du CNRS, París, 1991. Sobre las
motivaciones que guiaban a este último personaje, es ilustrativa la siguiente
afirmación, con la que abre el primer número de la publicación Revue
d’Etnographie, por él fundada y dirigida: "On mesurait donc des crânes,
des bassins et de fémurs, on fouillait des cavernes, des dolmens ou des
tumulus; et cepandant l’oeuvre de destruction des peuples sauvages se
poursuivait avec une foudrayante rapidité. Les races blanches, dans leur
mouvement d’expansion à travers le monde, voyaient disparaître presque partout
sur leur pas les races indigènes des nouveaux pays occupés, et quelques rares
savants se consacraient seuls à fixer les caractères de cette pauvre
humanité inférieure avant son extinction"; Vol. 1, 1882, p. II.
Francisco Moreno: Viaje a la Patagonia Austral,
ob. cit., p. 30; El estudio del hombre sud-americano, ob. cit.
Véase Darwin, The Descent of Man, ob. cit., p. 236.
Véase, por ejemplo, El estudio del hombre
sud-americano, ob. cit., p. 12.
Paul Broca: "Le Musée Moreno", Revue
d’Anthropologie, 1874.
Pierre Topinard: "Musée anthropologique de La Plata",
L’Anthropologie, 1890, pp. 764-5. Sobre la visita de Ward a la
Argentina véase José Antonio Pérez Gollán: "Mr. Ward en Buenos Aires. Los
museos y el proyecto de nación a fines del siglo XIX", Ciencia Hoy,
Vol. 5 No. 28, pp. 52-58.
Moreno fue también diputado de la Nación y presidente
del Consejo Nacional de Educación.
Sobre museos véase Flora E.S. Kaplan (ed.): Museums
and the Making of Ourselves. The Role of Objects in National Identity,
Leicester University Press, London and New York, 1994; Nélia Dias: Le Musée
d’Étnographie du Trocadero (1878-1908), Editions du CNRS, París, 1991;
George W. Stocking (ed.): Objects and Others. Essays on Museums and
Material Culture, The University of Wisconsin Press, Madison-Londres,
1985; Leoncio López-Ocón: "Los museos de historia natural en el siglo XIX:
templos, laboratorios y teatros de la naturaleza", Arbor (en prensa).
Con respecto al Museo de La Plata, no sólo su fundación sino su "prehistoria"
estuvieron vinculadas a la figura de Francisco Moreno, cuya colección privada
--que había comenzado a reunir a la edad de 14 años-- formó la base inicial
para su creación. Véase Francisco Moreno: El Museo de La Plata. Rápida
ojeada sobre su fundación y desarrollo, Imprenta y Talleres del
Museo de La Plata, 1890. Véase también el interesante trabajo de Irina
Podgorny: "De razón a Facultad: Ideas acerca de las funciones del Museo de la
Plata en el período 1890-1918", Runa, Vol. XXII, pp. 89-104.
Como ha dicho Flora Kaplan, en los dos últimos siglos
los museos han sido no sólo productos sino agentes del cambio social y
político, en sociedades democráticas o tendentes a la democratización. Véase
"Introduction", en F. Kaplan, ob. cit., pp. 1-6.
Francisco Moreno: El Museo de La Plata. Rápida
ojeada sobre su fundación y desarrollo, ob. cit., p. 28.
Para la organización del Museo de La Plata, Moreno se
inspiró en varios modelos: el del British Museum of National History,
según la planificación de quien fuera director del mismo, el profesor Flower;
la colección de antropología física organizada por este último en el Museo
Real de Cirujanos de Londres, y las propuestas del paleontólogo y antropólogo
francés Albert Gaudry para el Museo de París. El sabio argentino aspiraba a
que dicho Museo fuera, en el sur, la contrapartida del Smithsonian
Institute en el norte. Francisco Moreno: El Museo de La Plata, ob. cit.
Idem., p. 6.
Cfr. nota 48 supra.
Idem., pp. 21-22.
Herman Ten Kate: "Matériaux pour servir à
l’anthropologie des Indiens de la République Argentine", Revista del Museo
de La Plata, T. XII, 1905, pp. 3-57.
Nélia Dias: Le Musée d’Etnographie du
Trocadero (1878-1908), p. 166.
Si las teorías evolucionistas contribuyeron a dotar de
un sentido filosófico y simbólico a las grandes exhibiciones, la influencia
inversa también fue operativa. En este sentido, George Stocking ha señalado la
influencia ejercida por la Exposición Universal de Londres de 1844 sobre el
contexto ideológico que favoreció el desarrollo del evolucionismo social, al
poner de manifiesto la gran distancia que separaba los avances científicos,
técnicos y económicos de la época con las primitivas expresiones artesanales
de los pueblos "salvajes" que habitaban el imperio, cuyas muestras aparecían
ante los ojos público en los pabellones de esa exposición. G. Stocking, ob.
cit., esp. capítulo I.
Sobre las exhibiciones en Europa de grupos primitivos,
véase "Peaux-Rouges". Autour de la collection anthropologique du prince
Roland Bonapart, sous la direction de Benoît Coutancier, Editions de
l’Albaron, París, 1992; Kaliña. Des amérindiens à Paris. Photographies du
prince Roland Bonaparte présentées par Gérar Collomb, Préface de Félix
Tiouka, Créaphis, Paris, 1992; Die ethnographische Linse. Photographien aus
dem Museum für Völkerkunde Berlin, Herausgegeben von Markus
Schindlbeck, Veröffentlichungen des Museums für Völkerkunde Berlin, Neue Folge
48, Berlin, 1989; Thomas Theye: Wir und die Wilden. Einblicke in eine
kannibalische Beziehung, Rowohlt Verlag, Reinbeck bei Hamburg, 1984.
"Plan de la exposición antropológica", Revue
d’Anthropologie, 1888, pp. 117-118.
Particularmente activo en este tipo de acciones fue el
comerciante alemán Carl Hagenbeck, quien también fue propietario de un circo y
director del zoológico de Hamburgo.
Rudolph Virchow: "Drei Patagonier", Zeitschrift für
Ethnologie und Anthropologie, Bd. XI, 1879, pp. 198-204. La práctica de
las "exhibiciones vivientes" se mantuvo durante largos años, hasta muy entrado
el siglo XX. No obstante, a partir de la última década del XIX fueron
perdiendo su carácter instrumental para el estudio científico. Un caso tardío
de exhibición de indígenas de la Patagonia es el de cinco tehuelches llevados
a la exposición internacional de San Luis, Estados Unidos, que tuvo lugar en
1905. Aunque en San Luis sólo fueron motivo de exhibición, a su regreso fueron
acogidos durante unos días en el Museo de La Plata, donde el antropólogo
Lehmann-Nitsche solicitó la colaboración de tres de ellos para un estudio
antropométrico. Lehmann-Nitsche: "Relevamiento antropológico de tres indios
tehuelches", Revista del Museo de La Plata, T. XXIII, 1916, pp. 192-195.
En su artículo, "Conmemorando: del pasado del
territorio a la historia de la Nación Argentina en las ferias y exposiciones
internacionales del cuarto centenario" (Runa, Vol. XXII, pp. 69-88),
Laura Inés Vugman señala el interés de Francisco Moreno en este tipo de
exposiciones humanas. Curiosamente, no establece ninguna asociación entre ese
interés y la presencia de indígenas vivos en el Museo de la Plata.
Herman Ten Kate: "Matériaux pour servir...", ob. cit.
Milcíades Alejo Vignati: "Iconografía Aborigen. Los caciques Sayeweke,
Inakayal y Foyel y sus allegados", Revista del Museo de La Plata,
Sección Antropología Nº 10, 1941-1946, Tomo II, pp. 13-48.
Herman Ten Kate: "Matériaux...", ob. cit.
Francisco Moreno: "Reconocimiento de la región andina
de la República Argentina. I. Apuntes preliminares sobre una excursión a los
territorios Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz, hecha por las secciones
topográfica y geológica, bajo la dirección de...", Revista del Museo de La
Plata, T. VIII, 1898, pp. 201-374.
Véase Julián Ripa: Recuerdos de un abogado
patagónico, Ediciones Marymar, Buenos Aires, 1983; Curruhuincu-Roux:
Sayehueque, el último cacique. Señor del Neuquén y la Patagonia,
Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1994.
Casos representativos fueron los de las colonias
General Conesa y General Eustaquio Frías, fundadas en la región de Viedma
(provincia de Río Negro) e integradas por restos de tribus indígenas y
elementos criollos y extranjeros. Lo mismo que en el caso de las colonias
formadas exclusivamente por inmigrantes, el decreto sobre su creación preveía
que en el primer año de instalación de la colonia se les entregaría a los
colonos semillas, útiles de labranza y artículos de subsistencia. A diferencia
de los inmigrantes, los indígenas no estaban obligados a reintegrar estos
gastos. Pero las promesas sólo se cumplieron parcialmente y muchos de estos
pequeños propietarios fueron despojados cuando 300.000 hectáreas de tierras
fiscales pasaron fraudulentamente a manos privadas, convirtiéndose en
latifundios. Ambas colonias subsisten hasta el día de hoy, pero muy
depauperadas. Un fracaso aun mayor, y por las mismas causas, fue el
experimentado por la colonia de inmigrantes alemanes de Carmen de Patagones
(provincia de Neuquén). Cfr. E.H. Mases: "La incorporación de los indios
reducidos", Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del
Desierto, ob. cit., T. III, pp. 169-178; O.Favaro de Cartier:
"Problemática social en la gobernación de Neuquén desde 1885 a comienzos de
siglo", ídem., pp. 349-358; N.J. Fulvi y H.D. Rey: "Consecuencias
socio-económicas de la campaña del desierto en Río Negro", ídem., pp.
399-411; G.A. Varela de Fernández: "El acceso a la tierra pública de las
tribus indígenas de Neuquén", ídem., pp. 625-633.
El tránsito cultural de una categoría a otra puede
ejemplificarse con el caso de varios indios araucanos y tehuelches, cuya
presencia en el Museo de la Plata fue solicitada por Moreno en 1896 para un
estudio antropométrico que sería realizado por el antropólogo Herman Ten Kate.
Algunos de ellos se negaron a prestar su colaboración, pero no --como adujera
treinta años antes el tehuelche Sam Slick, hijo del cacique Casimiro-- por
miedo a "perder su cabeza", sino por un temor más "civilizado". Estos
indígenas, que habían vivido los primeros años de infancia y juventud entre
sus hermanos nómadas de la Patagonia, fueron deportados al finalizar la
campaña del desierto a Buenos Aires, como parte del modelo de dispersión de
los indígenas patagónicos favorecido por el general Roca. Allí fueron
"enganchados" a la policía de la provincia, donde se habían acostumbrado a
observar las tareas de medición que los técnicos policiales realizaban sobre
los delincuentes, según los presupuestos de la escuela de Lombroso. Para estos
indígenas "integrados", por ende, la aplicación de métodos antropométricos a
sus personas implicaba que eran considerados criminales. El pensamiento mágico
había sido reemplazado por temores propios de la civilización. Herman Ten
Kate: "Matériaux pour servir...", ob. cit.
Sobre los problemas de propiedad de las tierras
indígenas y la sucesiva legislación dictada a lo largo de casi un siglo, véase
G.A. Varela de Fernández: "El acceso a la tierra pública de las tribus
indígenas en Neuquén", ob. cit. Véase también Julián Ripa: Recuerdos de un
abogado patagónico, ob. cit.
J. Imbelloni: "Los Patagones. Características
corporales y psicológicas de una población que agoniza", Runa, T. II,
1949, pp. 5-58. En el caso de los tehuelches, su proceso gradual de
mestización puede observarse iconográficamente en el libro de Rodolfo
Casamiquela, Osvaldo Mondelo, Enrique Perea y Mateo Martinic Beros: Del
mito a la realidad. Evolución iconográfica del pueblo tehuelche
meridional, Fundación Ameghino, Buenos Aires, 1991.
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