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America Latina

VOLUMEN 4 - Nº 1
ENERO - JUNIO 1993
Democratización en América Latina (I)
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El nacionalismo católico, el fascismo y la
inmigración en la Argentina (1927-1943):
una aproximación teórica

MARIO C. NASCIMBENE - MAURICIO ISAAC NEUMAN
CONICET - Buenos Aires

Trataremos en este artículo de analizar el nacionalismo católico argentino, llamado por otros autores "nacionalismo restaurador" (C. Buchrucker) o "nacionalismo de élite" (M.I. Barbero, F. Devoto), entre 1927 y 1943, fechas que adoptamos sólo como hitos aproximados. Lo denominamos nacionalismo católico porque la matriz de su pensamiento procede fundamentalmente de las doctrinas sociales y políticas del catolicismo y porque su acción se desarrolló generalmente contando con la aprobación de la Iglesia. Es útil aclarar, además, que a la sazón, un 50% de la clerecía secular en la ciudad de Buenos Aires era de origen extranjero, con predominio de los sacerdotes españoles e italianos1, entre los cuales había una alta proporción de filofranquistas y filofascistas respectivamente.

También trataremos de establecer en qué medida dicho movimiento fue realmente fascista. Para ello hemos creído necesario exponer, a grandes rasgos, cuál era la situación social y política en las décadas inmediatamente anteriores al surgimiento del nacionalismo católico en la Argentina.

Señalemos, por otra parte, que los acontecimientos nacionales aquí estudiados, tales como el nacionalismo, las estrategias autoritarias de las clases altas - ante la emergencia de la sociedad de masas -, el antisemitismo moderno, y otros tantos temas fueron un reflejo local de procesos extendidos en occidente, y no solamente fenómenos típicamente argentinos.

Aspectos metodológicos

Cabe señalar que en este trabajo hemos empleado la palabra fenomenología en el sentido preconizado por el filósofo judío-alemán Edmundo HÜsserl, para quien, a través de la reducción fenomenológica se alcanzan las esencias - el eidos - de la realidad experiencial. Aplicado a la historia, el método fenomenológico la reduce a sus elementos esenciales, despojando al acontecer de lo meramente accidental y anecdótico.

No se usa pues, en este artículo, el término fenomenología en el sentido de descripción de fenómenos, aunque a ésta se la conciba, de acuerdo a Ernst Nolte2, como un análisis comprensivo de ciertas estructuras sociales, dotadas constitutivamente de una ideología, y cuya influencia condiciona una época, tales como, por ejemplo, la Iglesia católica, los movimientos y regímenes fascistas y comunistas, y otros.

En cuanto a la denominación empleada por Christian Buchrucker para designar al nacionalismo católico, nos parece poco relevante, pues lo caracteriza con el adjetivo "restaurador", que, por su generalidad, da una idea poco precisa de los objetivos esenciales a que apuntaba dicha "restauración".

Tampoco estamos de acuerdo con la definición sintética o con el esquema de análisis del fascismo que expone el precitado autor3, pues si bien ambos, por lo general, contienen ítems significativos, a nuestro juicio, éstos se hallan poco jerarquizados e integrados. A este respecto, creemos que la integración y jerarquización de los elementos que componen el devenir histórico sólo pueden realizarse adecuadamente cuando se refiere cada aspecto particular a las grandes concepciones del mundo en juego en la época que se analiza: es decir, en nuestro caso, el liberalismo, el marxismo, el fascismo, el judaísmo, el catolicismo y otras de igual envergadura.

Desde luego, estas visiones del mundo tienen, como asiento existencial, los diversos grupos e instituciones que componen la sociedad (nacional e internacional); estructuras a través de las cuales no sólo se diferencian y evolucionan sino, además, influyendo unas con las otras, generan nuevas concepciones más o menos híbridas. Estas últimas, enlazadas con las concepciones madres, constituyen el vasto, complejo y cambiante mundo del espíritu.

Discrepamos, una vez más, con C. Buchrucker, quien sostiene que los nacionalistas católicos eran fascistas4. Como creemos haber demostrado en otro lugar de este artículo, en definitiva, aun los nacionalistas más exaltados y revolucionarios querían restablecer el antiguo orden conservador.

En cuanto a las denominaciones derecha autoritaria y derecha radicalizada, en los inicios de esta investigación nos hemos inspirado en las categorías utilizadas por Stanley G. Payne y en los análisis hechos por George L. Mosse y Renso de Felice5. Mas como se trata de categorizaciones elaboradas para el caso europeo, para su adecuada aplicación a la Argentina hemos debido reformularlas y, en el caso de la derecha autoritaria, proceder a subdividirla en categorías más fieles a la realidad local.

El concepto de fascismo que emplearemos ha sido extraído principalmente de los trabajos de R. De Felice, George L. Mosse, y, en menor grado, de Zeev Sternhall (et alter)5b.

Política y sociedad en el nacimiento del nacionalismo conservador

El aluvión inmigratorio despertó, a principios del siglo XX y preferentemente en los círculos más conspicuos del país, no ya la esporádica y poco coherente xenofobia del período precedente, sino actitudes y conductas de rechazo al extranjero mucho más sistemáticas y constantes, de las que quedaban excluidas sólo pocas comunidades foráneas. Quizá el único caso de una colectividad extranjera recibida con gran beneplácito e incorporada al seno del patriciado argentino fue el de la católica irlandesa. El hecho de que hablara inglés, y la poca información que se poseía localmente acerca de las profundas diferencias que separaban la desarrollada Inglaterra de la pobre Irlanda, hicieron que los hijos de ésta fuesen tomados por británicos*, despertando así la misma admiración que sentía la élite por estos últimos6.

Desde los albores de la nacionalidad argentina, el comercio con los ingleses y franceses brindó al patriciado local el principal marco de referencia en lo social y cultural y, a través de la transmisión de las ideas nacidas de la Revolución Inglesa y Francesa, los primeros gérmenes de la actitud de rebeldía de los criollos ante las concepciones hispánico-absolutistas.

El nacionalismo conservador emerge en las clases altas como una reacción ante actos injuriosos y agresivos de diversa índole. Más allá de los atentados físicos (si bien a menudo perpetrados por anarquistas, casi siempre europeos y no católicos), los inmigrantes no católicos adhieren más a ideales anarquistas, socialistas o marxistas, es decir sistemas ideológicos igualitarios y anticlasistas, generándose, de esta manera, transgresiones y cuestionamientos a la élite, y a los nuevos grupos sociales inmigratorios que habían ascendido socialmente por el enriquecimiento o el éxito profesional y que, por lo general, se mantenían fieles al catolicismo.

Este malestar va aumentando en tanto el sector más lúcido de la dirigencia percibe que sus posiciones y sus prerrogativas dentro del status quo se debilitan, desde el momento en que aparecen nuevos centros de poder y nuevas ideas que se hallan fuera de su control. Una consecuencia importante de esto será el impulso a reconquistar, a "restaurar" todo aquello que se siente que se está perdiendo y que, a ojos de algunos, parece ser, sobretodo después de 1916 (el año de la elección de Yrigoyen), un vaticinio de crisis irreparables, e incluso catastróficas, para el orden establecido.

Frente a la inmigración, la sociedad que se apoya en la tradición, cuyos orígenes se remontan a la colonia, siente que ha perdido vigencia universal y que su misma representatividad nacional está en juego. Pero, antes de desarrollar debidamente esta temática, conviene detenerse un poco en las características de las clases dirigentes argentinas en la época en cuestión. Es oportuno recordar aquí que el Virreinato del Río de la Plata no contó con una verdadera aristocracia española, como los del Perú y México. La sociedad, si bien de origen hispánico, tuvo ciertos rasgos igualitarios, como señalara B. Mitre, entre otros, y tal cual lo revela la iconografía de la época, por ejemplo, la serie de personalidades conspicuas pintadas por Prilidiano Pueyrredón.

Facilitaba este relativo igualitarismo la circunstancia que, entre los criollos, las fortunas mayores no eran tan cuantiosas como ocurrió, en cambio, después de 1880 y la Conquista del Desierto, cuando las familias argentinas más pudientes se enriquecieron hasta niveles comparables con los de los más importantes potentados a escala mundial, volviéndose prácticamente inalcanzables, en lo económico, tanto para la mayoría de las familias criollas, aun las de alcurnia, como para los inmigrantes que se iniciaban desde abajo.

La élite se estructuraba sociológicamente sobre fuertes ligazones y contactos personales. Es decir, todos se conocían, poseían intereses comunes, y se regían por una cultura del honor. Entre las más notorias expresiones de esta situación figuraban, por un lado, una serie de instituciones (clubes, sociedades, gobierno, etc.) y, por otro, una red de relaciones familiares, formadas por argentinos de abolengo y descendientes de extranjeros exitosos, que ascendían socialmente después de adquirir las formas adecuadas del lenguaje cifrado que poseen todas las élites. En resumen, a fines del siglo XIX y principios del XX, se repetía, aunque en escala mucho menor, el mismo fenómeno que se había registrado durante la Colonia y a lo largo de casi todo el siglo XIX, al irse agregando a las viejas familias del Virreinato apellidos como Belgrano, Castelli, Brown, Caprile, Grondona, Milberg, Cárcano, Costa, Devoto, Caraffa y tantos otros.

De estos dos estratos habían surgido todos los prohombres que construyeron la nación, a través de las luchas por la independencia, la unidad nacional y la elaboración del orden jurídico y estatal vigentes. Mas, dada la escasez de valores culturales originales, la esencia de la nacionalidad se depositó fundamentalmente en los logros militares, políticos e institucionales que, junto a la increíble prosperidad económica y a la envidiable posición internacional, configuraban el perfil de la nueva gran Argentina.

La élite se sentía, con orgullo, la única creadora y depositaria de las páginas de la historia argentina, y se autotitulaba clase dirigente7. El grueso del pueblo, por lo general poco instruido y pobre, cuando no extranjero, debía permanecer al margen de las grandes decisiones, hasta tanto - en una fecha que nunca se precisaba con claridad - se hallara debidamente preparado y "nacionalizado", por medio de la educación, del servicio militar y de otras actividades públicas, como, por ejemplo, la participación en elecciones municipales. Es decir, cuando, a juicio de la élite, estuviese en condiciones de asumir, real y responsablemente, la soberanía nacional.

Ahora bien, consideradas todas las dimensiones del poder globalmente, esta élite retendrá su hegemonía, incluso bajo los gobiernos radicales, hasta el surgimiento del peronismo. Con todo, afectada por la falta de una verdadera cohesión, de valores adecuados y de suficiente creatividad, su prematura desintegración - sobre todo política - se precipitó a raíz de sus erróneos manejos ante Perón. Recordemos aquí, simbólicamente, la quema del Jockey Club, que fue algo así como la destrucción del Templo para este sector social. Pero, aun en un período de sólida primacía, como fueron los años 20 y 30 de este siglo, se percibían ya los inicios de una decadencia, que se evidenciaba, por ejemplo, en la pérdida de poder económico de los grupos más pudientes, una de cuyas secuelas, por otra parte, sería la aparición de un creciente número de venidos a menos.

Este último fenómeno tiene precedentes relativamente lejanos, y causas más o menos inmediatas8. Ejemplificaremos esto señalando sólo algunas de estas últimas, en especial las más estrechamente vinculadas con el funcionamiento interno de la élite: los grandes gastos suntuarios, la frecuentemente mala explotación de los latifundios (propietarios ausentistas y administradores a menudo poco honestos o incapaces), el elevado número de hijos, que subdividía implacablemente las propiedades a través de las sucesiones, y otros factores.

Si queremos encontrar explicaciones para lo anterior, quizá la principal fue que este grupo social, elegante y poderoso, se sintió aristocrático y, salvo raras excepciones, rechazó toda actividad profesional, industrial o comercial. Era un baldón tener ancestros con mostrador de palo. Ser aristocrático consistía en vivir desinteresándose de lo económico, a expensas de las rentas agropecuarias, manejadas por administradores. Inversamente, no pocos extranjeros, o hijos de los mismos, enriquecidos por medio de la industria y el comercio, se transformaban en potenciales competidores de la clase alta.

Conviene destacar aquí el rol central que desempeñó en los procesos de movilidad social la Iglesia, que actuó como uno de los principales puntos de articulación entre los sectores sociales tradicionales, aun aquéllos en descenso, y aquellos otros minoritarios, de origen inmigratorio, que, habiendo adquirido importantes fortunas, pujaban por ascender socialmente9.

Las ideologías imperantes en Europa, como dijimos anteriormente, repercuten en las ideas y orientaciones político-sociales del pueblo argentino. El fascismo primero, y el nazismo después, influyeron en la estructura del nacionalismo primigenio local, que entre 1880 y 1920 reunía en su seno a católicos y liberales, a pesar de ser estos últimos laicos y a menudo anticlericales y masones10.

La lucha contra el comunismo, que abrigan el fascismo y el nazismo, encuentra, en el clero argentino, el motivo central de sus alianzas con todos los grupos que, de alguna manera, simpatizan con estas ideologías totalitarias. La Iglesia se transforma en la Argentina de esa época en el centro primordial de esta lucha anticomunista que, en su forma más extrema, se expresará en el nacionalismo católico.

Sociológicamente, y referido a la situación interna local, el sector no católico del país también aportará su caudal al nacimiento del nacionalismo, a través del desafío provocado por las presiones populares antes descritas, sobretodo después del triunfo del populismo yrigoyenista en 1928.

Bajo el impacto de la inmigración, la sociedad tradicional se ve, entonces, movilizada y cuestionada, no sólo en su rol de portadora exclusiva de las esencias de la nacionalidad, y en su mismo poder económico, sino, además, por la irrupción de toda suerte de nuevas modalidades, nuevos lenguajes, nuevas pautas culturales, que son la expresión del nuevo orden social que emerge, en el cual las masas - convertidas ahora en el factor dinámico de la historia11 - buscan incesantemente su legitimación cultural y social, y una mayor participación en el poder. Al espíritu jerárquico y aristocrizante de la clase alta, se opone ahora un nuevo y tosco igualitarismo democrático, y un sentido de la autoridad y de las jerarquías sociales más fundado en una meritocracia. Es decir, que se apoya más en el buen desempeño de la función y en la capacidad, que en las prerrogativas que confiere la tradición. Surge, igualmente, ante la homogénea visión del mundo de la clase alta, un pluralismo cultural, verdadero fermentario del cual saldrán los valores y las concepciones de la Argentina moderna.

Los nuevos nacionalismos de derecha en los años 20 y 30: el nacionalismo católico y la derecha autoritaria explícita

Hasta aquí nos hemos detenido en esbozar la situación social y política en medio de las olas inmigratorias que dio nacimiento al primer nacionalismo de la clase dirigente, hasta los comienzos de la década del 20. De esta reacción patriótica tradicionalista surgirán dos nuevas formas, estrechamente emparentadas, de nacionalismo conservador. En efecto, el nacionalismo de derecha se presenta en la época en estudio como las dos laderas de una misma montaña: el catolicismo. Eso sí, este último deja en el valle al nacionalismo no católico, principalmente el que promoverá el radicalismo, representado, entre otros, por Ricardo Rojas y, más tarde, también por el grupo FORJA, del cual son figuras representativas A. Jauretche y R. Scalabrini Ortiz.

Por una de las laderas de dicha montaña, portando la cruz, desciende gran parte de la derecha autoritaria explícita y, por la otra ladera, también portando la cruz - y en este caso también la espada -, los nacionalistas católicos12. De estas dos formas de nacionalismo, una - la derecha autoritaria explícita - nunca se constituyó en una fuerza organizada y centralizada y jamás expuso, ni siquiera como una simple corriente de opinión, sistemática y unitariamente, su pensamiento.

Con todo, y a pesar de dichas limitaciones, por obra de órganos de difusión tales como la gran prensa tradicional (La Nación, por ejemplo, y a causa, sin duda, de su carácter liberal, es decir pluralista en lo cultural y político, el diario conservador La Fronda, fundado en 1919, un año después del triunfo de Yrigoyen, y dirigido por Francisco Uriburu, un hermano del general de igual apellido), además de ciertas revistas católicas, entre las que descollaba Criterio, fundada en 1928 y dirigida, en sus primeros tiempos, por Atilio dell'Oro Maini, o bien editoriales como Difusión (y otras menores, en general también de orientación católica), muchos integrantes de este tipo de derecha autoritaria - figuras prestigiosas, por lo general, como veremos luego - tuvieron apreciable influencia dentro del conservadurismo, del estado, del ejército y de la Iglesia.

Doctrinariamente, esta derecha autoritaria explícita se caracterizó por la abierta y expresa adhesión a las ideas antiliberales y corporativistas de muchos de sus integrantes, a menudo inspirados formalmente en el fascismo italiano, pero más bien orientados por el modelo portugués de Antonio Oliveira Salazar13, a lo cual es necesario, además, agregar su élitismo, hispanismo y xenofobia. Esta última se manifestaba muchas veces expresa - e incluso crudamente - ante los judíos, y más veladamente frente a los italianos, amén de los árabes y armenios (apodados "turcos"): todos ellos, grupos étnicos que gozaban de poco prestigio entre las élites tradicionales argentinas.

La derecha autoritaria explícita suele ser fundamentalmente reformista y rechaza la revolución. Su propuesta de cambio incluye modificaciones legales, culturales y políticas importantes. Pero, según ella, debe realizarse dentro de lo posible, sin violentar formalmente el orden jurídico-constitucional vigente.

Entre los personajes más destacados de la derecha autoritaria explícita citaremos, a modo de ejemplo, Manuel Gálvez (1882)14, Leopoldo Lugones (1874), Matías G. Sánchez Sorondo (1880), Monseñor Gustavo J. Franceschi (1882), Carlos Ibarguren (1877), Gustavo Martínez Zuviría (1883), Benjamín Villafañe (1877), el general José F. Uriburu (1868) y, en muchos aspectos, el economista y sociólogo Alejandro Bunge (1887), José Arce (1881) y el primer Manuel A. Fresco (1888). Puesto que frecuentemente se afirma que Alejandro Bunge fue un liberal conservador, y no pocas veces que Manuel A. Fresco militó en el nacionalismo católico, creemos útil aportar pruebas que refutan dichas calificaciones políticas.

Así, aunque Bunge, en su libro Una nueva Argentina15, declara su fe democrática y constitucional (p. 492), no aclara, en ningún momento, si la misma es de corte liberal. Numerosas pruebas, en cambio, hacen suponer que este católico ortodoxo pertenecía a la derecha autoritaria explícita: de hecho, élitista a ultranza (pp. 44-45, 56-60), cita como autoridad a Gustavo J. Franceschi y ve como acertadas medidas tomadas por el mariscal Petain en Francia en 1940 (pp. 22-3, 336, 472, 474 y 484). Por otro lado simpatiza, aunque sin extenderse sobre este tema, con el corporativismo (pp. 23, 482) y, receloso de la política de partidos y enemigo de la demagogia (pp. 474, 479), ensalza el gobierno fuerte y la sociedad organizada, que desea ver animados por un espíritu enérgico, recio y austeramente militar, como asimismo cohesionados por el sentido del deber, del trabajo, de la disciplina y de la jerarquía, no sólo de viejo cuño sino, además, de acuerdo al nuevo concepto (p. 477)16.

Si bien Bunge otorga gran valor al factor hombre (pp. 473-476), su concepción del mismo no tiene (a veces explícitamente, pero en general si se lee entre líneas) carácter liberal. En efecto, en su libro existen no pocos párrafos de los que se infiere la prioridad de la nación, del estado y de la predestinada élite tradicional por sobre la masa ciudadana (p. 477)17.

Los representantes de la derecha autoritaria explícita se diferencian de los nacionalistas católicos pues:
a) no se identifican a sí mismos ni son vistos por la sociedad en general, o por algún sector significativo de la misma, como un grupo bien delimitado y específicamente orientado en lo ideológico.

b) Los miembros más conspicuos de este tipo de derecha son individuos profesional y socialmente reconocidos e incluso renombrados, que ocupan posiciones relevantes en instituciones de primera magnitud, como el estado, la Iglesia, el ejército, el periodismo, el partido conservador, o bien en el campo de la cultura oficial. Las principales figuras del nacionalismo católico, en cambio y salvo raras excepciones, poseen escasa entidad social y cultural, y aun cuando tienen cierta talla intelectual - como en el caso de Julio Irazusta o L. Castellani - con frecuencia la mayor parte de su obra se proyecta y difunde a través de publicaciones de poca circulación, limitado alcance, e incluso discutido prestigio intelectual. Es decir, por medio de órganos a menudo de vida breve y abiertamente militantes, y más bien marginales respecto del gran mundo cultural local.

c) Generacionalmente, casi todos los componentes de esta derecha autoritaria nacieron entre 1870 y 1890; es decir, se han formado en el clima de ideas del 80, impregnado de liberalismo élitista, muy diferente del que rodeó a los nacionalistas católicos, pertenecientes a la generación posterior, y en los cuales, entre otros factores, la Gran Guerra (1914-18) y sus secuelas dejarán una impronta constitutiva y determinante. Los hombres de la derecha autoritaria explícita son, pues, hacia mediados de los años 20 de este siglo, personas maduras y experimentadas, cuya edad ronda el medio siglo, frente a los jóvenes nacionalistas católicos que, término medio, frisan en los treinta años.

d) Considerando globalmente sus ideas, la derecha autoritaria explícita se encuentra mucho más lejos de la derecha autoritaria implícita que los de los nacionalistas católicos, con los cuales posee fuertes coincidencias en muchas de sus concepciones políticas, sociales y culturales y con los que, a pesar de las ocasionales críticas que les dirige, no infrecuentemente simpatiza, aun brindándoles apoyo directamente en ciertas ocasiones18. A este respecto, es sintomático el hecho que provengan de la derecha autoritaria explícita las principales figuras reconocidas como "maestros" por la derecha radicalizada, como ser, y en primera línea, Leopoldo Lugones y C. Ibarguren.

Sin embargo, esta derecha autoritaria no adhiere al nacionalismo católico más allá de ciertos límites y, cuando lo hace manifiestamente, es con reservas. Esto se debe a que las tácticas y el lenguaje, a menudo agresivamente militantes, y las extremas simplificaciones en que, no infrecuentemente, caen muchos grupos del sector nacionalista más extremo, no son gratas, ni consideradas políticas por los hombres de la derecha autoritaria explícita. Personalidades más maduras, flexibles y pragmáticas, fuertemente vinculados al status quo, quieren evitar choques frontales con el mismo.

De este modo, si bien los nacionalistas católicos son vistos como un cuerpo de choque, útil en situaciones límites, a la vez resultan irritantes o incluso peligrosos por su extremismo, y por su predisposición a la acción violenta y revolucionaria. En este sentido esta derecha se halla, por su legalismo y pragmatismo, cerca de la derecha autoritaria implícita que, como ella, teme muy fundadamente las consecuencias incontrolables de un desborde populista.

Así, más medida y matizada en sus objetivos y en su lenguaje, esta forma de derecha prefirió por lo general bregar para que las reformas que perseguía se introdujesen por los medios legales, explotando para ello, aun hollando su verdadero espíritu, los rasgos autoritarios de la Carta Magna argentina y de la legislación vigente. En este aspecto, pues, también se hallaba en una posición análoga a la sostenida por la derecha autoritaria implícita.

e) Es muy visible, y además sintomático, que, dentro de las dos derechas declaradamente antiliberales, el predominio corresponde a los católicos. Con todo, esta primacía no es igualmente importante en ambas corrientes: es decir, es absoluta en la derecha radicalizada, y relativa en la derecha autoritaria explícita, la cual reconoce un ala minoritaria más o menos laica y anticlerical, de la que son un claro ejemplo L. Lugones y B. Villafañe y, en menor grado, Matías G. Sánchez Sorondo19, y en la cual es perceptible, junto a otros elementos, tales como su condicionada adhesión (o incluso su rechazo) por Rosas, un resabio de la tradición liberal-iluminista y cientificista del 80. También en este sentido, este sector del conservadurismo antidemocrático constituye una suerte de transición entre la derecha radicalizada y la derecha autoritaria implícita. Por otro lado, no menos conectada con el liberalismo fmisecular argentino, se halla su débil o, menos frecuente, su ausencia de antisemitismo, tal como parece confirmar el caso de L. Lugones y, en cierto modo, B. Villafañe20.

Volviendo ahora al otro nacionalismo, motivo central de este artículo, aquél que denominamos anteriormente nacionalismo católico, cabe decir, una vez más, que extrema al máximo las posiciones antiliberales, tornándolas rígidas, combativas, revolucionarias y, no pocas veces, violentas. En el plano de las ideas, este movimiento realiza un esfuerzo concertado para exponer explícita, sistemática y unitariamente sus doctrinas21, a diferencia de la menos estructurada derecha autoritaria explícita22.

Por otro lado, el nacionalismo católico está mucho más influido por los movimientos autoritarios europeos de derecha más extremos, en especial por la Action Franjaise y, además, por el fascismo. Exhibe, a su vez, un virulento antisemitismo, no fundado en argumentos racistas, sino culturales, religiosos y pol1ticos23. Por todo ello, a este nacionalismo lo hemos denominado también derecha radicalizada24.

Pero antes de continuar con el análisis de este movimiento, es importante señalar que los dos nacionalismos argentinos que estamos estudiando ven como semejantes los modelos que los inspiran, es decir, la derecha autoritaria y la derecha radicalizada del Viejo Mundo, a los que, no pocas veces, confunden con el fascismo, sin percibir claramente los rasgos peculiares de este último. Para ellos, el fascismo significa, sobretodo, orden, jerarquía, disciplina y, en muchos aspectos, también tradición, que se oponen a la anarquía liberal, en tanto eleva una valla segura ante el avance de los movimientos de izquierda, en especial del comunismo25.

Ideológicamente, la derecha radicalizada se nutrió especialmente del pensamiento más extremadamente conservador, dentro del cual tenía especial relevancia la inspiración católico-tradicionalista. Así, este movimiento hacía suyas, debidamente adecuadas a sus fines, antiguas reflexiones políticas y sociales, de origen griego y romano. En este sentido, las fuentes principales solían ser autores que habían reflexionado largamente sobre temas políticos y sociales, tales como Aristóteles y Cicerón, o bien historiadores de la ciudad imperial, como, por ejemplo, Tito Livio y Salustio.

A estas lejanas raíces se añadían, en primer término, las interpretaciones que de las mismas hacían, incorporando a ellas las concepciones católicas, San Agustín y, en especial, Santo Tomás, a las que se sumaban los aportes originales de estos dos doctores de la Iglesia. Luego venían las contribuciones hechas por el pensamiento contrarrevolucionario católico del siglo XIX, en especial J. de Maistre, L.G. Bonald, D. Cortés y J. Balmes, pertenecientes todos al mundo latino y, dentro del orbe anglosajón, E. Burke.

Más cerca de la época actual, la derecha radicalizada abrevaba en los principales autores hispano-católicos: M. Menéndez y Pelayo, Vázquez de Mella y Ramiro de Maeztu. En el ámbito inglés, entre los autores más citados figuraban los católicos G.K. Chesterton, H. Belloc y, entre ciertos nacionalistas, el filósofo G. Santayana. La influencia francesa ocupaba, sin embargo, un lugar privilegiado por virtud de la obra de los intelectuales de la Action Fran~aise, en especial Charles Maurras. También fue significativa la incidencia intelectual de filósofos de la historia como H. Berdiaeff, O. Spengler y J. Ortega y Gasset, todos ellos élitistas.

Sobre esta urdimbre encuentra su lugar, sincréticamente, el pensamiento de Mussolini, el cual es interpretado a menudo fuera de contexto. Ello no debe sorprender puesto que, más que los verdaderos fundamentos teóricos y prácticos del fascismo, que nunca captaron en profundidad, los nacionalistas católicos admiraban a su Conductor. Es decir, su habilidad y pragmatismo para instaurar un estado fuerte, jerárquico, disciplinado y "responsable", y para someter - dándoles una participación formal - a las masas, además de su talento para destruir a sus adversarios. Razones todas por las cuales era frecuentemente calificado como el "mayor genio político del siglo".

Como ya hemos señalado, el nacionalismo católico no siente mayor respeto por la Constitución Nacional y aun aquéllos un poco mejor predispuestos hacia la Carta Magna quieren reinterpretarla a la luz de principios antiliberales26. De allí que la actitud predominante en esta corriente sea la revolucionaria, aunque varíe de un subgrupo a otro la forma en que se desea llevar a cabo la profunda transformación de la sociedad que pretenden realizar. Pero su revolucionarismo no debe encautarnos: se trata de introducir reformas drásticas para afianzar el status quo y mejorar la propia situación dentro de él.

Sociológicamente, la derecha radicalizada se apoya en un agrupamiento humano de menor nivel social y económico, y más heterogéneo que el que sirve de base a la derecha autoritaria implícita y explícita, circunstancia que oficia como factor disgregador y cuyas consecuencias se ven favorecidas, sin duda, por la falta de un líder adecuado y una serie de divergencias ideológicas internas, de las que hablaremos más adelante. De allí, pues, esa permanente impotencia para constituirse en una organización única, limitación de la cual son angustiosamente conscientes los nacionalistas.

La falta de homogeneidad grupal arriba señalada tenía como causa la disímil naturaleza de los diversos subgrupos que integraban el nacionalismo católico. Así, en primer término, encontramos a una parte de los venidos a menos, que mencionamos antes, al hablar de la decadencia de la oligarquía en los años 20. A éstos hay que agregar un cierto número de personas provenientes de familias de prosapia, pero tradicionalmente de pocos recursos. Y, finalmente, un tercer subgrupo, originado en las élites inmigratorias, pero que, como ya hemos señalado, adhería a los valores élitistas de las clases más altas. De esta manera, casi toda la dirigencia de esta derecha radicalizada aparece constituida por intelectuales, profesores, profesionales, diplomáticos, funcionarios y periodistas de niveles medios. En un lugar muy influyente, debe incluirse un cierto número de sacerdotes católicos.

Es importante señalar que, una vez en el poder, esta élite nacionalista pensaba reservarse las funciones ejecutivas y una suerte de planificación política, cultural y social (y, en menor grado, económica). Asimismo, este grupo tendría en sus manos los medios necesarios para la difusión de una mística nacional que legitimaría a su propio grupo ante toda la nación y a la vez serviría para "nacionalizar" y cohesionar a esta última. Para lograr estas metas, los nacionalistas proponían una ideología verticalista que poseía las características que ya hemos indicado.

Aunque sueña con aglutinar al pueblo, la derecha radicalizada, a sazón de sus ideales élitistas y aristocratizantes, es impopular con la mayoría de la masa de origen inmigratorio y criollo. Su fuerza estriba, primordialmente, en los numerosos vínculos que posee con la clase alta, el ejército, la Iglesia, el estado, los partidos conservadores y la derecha autoritaria explícita. Como consecuencia de esto, difícilmente puede esperar un triunfo decisivo por medio de las elecciones. La única forma de acceder al poder, como ya hemos dicho, vendría a ser a través de la revolución.

Pero la revolución, para un grupo intrínsecamente débil, sólo es posible a través del ejército. Será, pues, a las puertas de éste que golpeará un sector importante de esta corriente ideológica. Por lo demás, sólo de las fuerzas armadas podía surgir un jefe tradicionalista que, de acuerdo a los criterios nacionalistas, fuera el dirigente ideal.

Las filas del Ejército Argentino contaban, por aquel entonces, con numerosos oficiales hijos de inmigrantes, fogosamente educados en los ideales nacionalistas de la gesta revolucionaria de 1810 y de la organización nacional. Fue entre estos hombres de armas que la derecha radicalizada encontró no pocas veces el eco que larvadamente buscaba. Se formó, así, un sector militar que, no siendo de origen tradicional, la miraba también con buenos ojos.

Sin embargo, no queremos con esto aludir a la totalidad de las Fuerzas Armadas, ya que muchos de sus oficiales respondían a la versión democrática de la historia patria sostenida por un partido político muy vinculado con los inmigrantes y sus descendientes. Nos referimos a la Unión Cívica Radical.

La derecha radicalizada buscaba en un militar de alta gradación al jefe que ofreciera la imagen de poder, fuerza y prestigio adecuada para imponer el orden nacionalista al resto de la población del país. La tradición colonial y de las gestas de la independencia tenía su refugio más prístino en el Norte argentino: Salta, Tucumán y Córdoba, que constituían, por la forma de concebir la vida, una verdadera fuente nutricia para los grupos sociales dominantes, la mayoría de origen hispánico. Dé allí surgieron casi todos los primeros nacionalistas que esgrimieron actitudes reivindicatorias frente a la atomización social y cultural introducida por la inmigración, de la cual Buenos Aires, cosmópolis portuaria, era el paradigma.

Figuras destacadas de esta primera y heterogénea avanzada nacionalista, que más tarde iría definiendo y diferenciando su ideario a lo largo de la década del 20 y del 30, fueron los provincianos R. Rojas, L. Lugones, Angel Guido, B. Villafañe, M. Gálvez y M. Carlés, entre otros. Con el correr de los años, la mayoría de estas figuras pasaron a militar en las filas de la derecha autoritaria explícita.

Por otro lado, el Colegio Militar, creado por Sarmiento en 1870, incluirá en sus primeras camadas oficiales de origen italiano, como quien sería luego el teniente general Pablo Riccheri, futuro organizador del ejército moderno argentino, que era hijo de un garibaldino. Recordemos también aquí que el Círculo Militar fue creado en 1881 por un general de origen italiano, Nicolás Lavalle, que además se desempeñó como su primer presidente. Dicha institución, por otra parte, tuvo en esa época como prosecretario a otro peninsular, el por aquel entonces teniente coronel Daniel Cerri. Todos estos personajes despertaban la suspicacia de muchos de los oficiales de origen tradicional argentino, que veían peligrar el legado iberoamericano nacional27.

En las décadas subsiguientes, este sentimiento de amenaza se vería incrementado, como ya hemos señalado, por el asentamiento en el litoral de grandes masas de europeos. La sensación de peligro aumentaría aún más durante el populismo yrigoyenista, que, habiendo logrado. captar a una gran parte de los inmigrantes y sus hijos, es decir, de los gringos, salió a la liza agitando banderas igualitarias y democráticas.

El general José Félix Uriburu (1868-1932) era un oficial nacionalista que encarnaba idealmente todos los atributos del jefe o caudillo tradicional argentino: rancio abolengo, carácter hispánico, prestigio militar, ortodoxia católica. Todo esto comportaba ser heredero y custodio de las gloriosas gestas conformadoras de la nacionalidad. Así nos lo pinta C. Ibarguren, quien, luego de señalar que Uriburu era biznieto del general Arenales, compañero dilecto de San Martín y nieto del Coronel Evaristo de Uriburu, oficial de Belgrano, añade, con la evidente intención de presentar un arquetipo "...la sinceridad espontánea, el fervor patriótico, la nobleza caballeresca, el absoluto desinterés, el concepto hispánico del honor, la vida consagrada religiosamente al ejército, el apego a la disciplina, el respeto por las legítimas jerarquías y su empeño en conservarlas, su horror a la anarquía demagógica (...) su afán por imponer y mantener el orden en todas las esferas sociales al amparo de un gobierno vigoroso y representativo"28. En términos muy semejantes lo describirán también otros miembros del nacionalismo católico o de la derecha autoritaria, que, por lo general, veían en él un verdadero modelo en lo social y cultura129.

Concebido fenomenológicamente30, el concepto de nacionalismo católico argentino muestra, pues, por un lado, una actitud exacerbada de defensa de la nacionalidad, amenazada en sus esencias tradicionalistas por el ascenso de las masas inmigratorias y las traiciones y veleidades de la oligarquía. Pero, por otro lado, es también una reacción emocional profunda, vinculada con el sentimiento religioso católico. Con esto no pretendemos sugerir que este nacionalismo incluyera en sus programas y actividades partidarias prácticas religiosas, ni que sus adherentes fueran siempre católicos ortodoxos, sino aludimos a la estructura del pensamiento político-sociológico-cultural de este movimiento, derivada, en lo fundamental, de la visión del mundo y de la doctrina social de la Iglesia católica.

Con respecto a la Iglesia, advertimos que en modo alguno enjuiciamos sus dogmas, sino que aludimos a su política y a su estructura jerárquica. Cabe aclarar que si bien la Iglesia como institución posee una doctrina social y una política definidas, ante los hechos concretos se manifiesta pragmáticamente. De este modo, frente a las distintas orientaciones político-ideológicas y actuando a través de distintos grupos, movimientos, o bien personalidades destacadas, juega un papel distinto en cada caso: por ejemplo, las trayectorias de Monseñor Miguel de Andrea (vinculado con grupos conservador-liberales y respetado incluso por ciertos socialistas), de Monseñor G.J. Franceschi (primero simpatizante de los grupos nacionalistas y, luego de la Segunda Guerra Mundial, decidido demócrata cristiano), y de los padres Julio Meinvielle, Leonardo Castellani y Alberto Molas Terán, acérrimos nacionalistas católicos.

Mas será especialmente dentro del nacionalismo católico, y de un importante sector de la derecha autoritaria explícita, donde la Iglesia ejercerá una real y fuerte influencia, muy visible y manifiesta en la primera corriente, en el período que va desde mediados de los años 20 hasta los inicios del peronismo. Repercusión por cierto inevitable por cuanto, a pesar de su carácter fuertemente tradicionalista y pro status quo, la Iglesia no contaba con compromisos profundos en ninguno de los grupos políticos conservadores más importantes, es decir aquéllos que hemos designado como derecha autoritaria implícita, la mayoría de cuyos integrantes eran liberales y laicos, cuando no anticlericales.

A diferencia de los nacionalismos previamente analizados, el fascismo es una exacerbación del sentimiento nacional, basado en una mística populista, de carácter profundamente laico, es decir, ni católico, ni cristiano, que se apoya social y culturalmente en los ex-combatientes y en las clases medias (sobretodo emergentes) y que, liderado por un Conductor-demiurgo, moviliza y convoca las masas sin distinción de clases. Este "Jefe" enciende rugiendo los sentimientos de las mismas y propone un "nuevo orden" para toda la nación, que en muchos aspectos esenciales difiere del ordenamiento tradicional.

Es evidente que, de esta última caracterización, surgen, en sus grandes líneas, las discrepancias abismales que existen entre las derechas antes descritas y el fascismo. Y, por consiguiente, las diferencias entre este último y el nacionalismo católico argentino.

Con todo, el tema requiere un análisis más detenido, que trataremos de exponer en lo que resta de este artículo. Omitiremos, por razones de espacio, los aspectos teóricos, recurriendo, en cambio, a una serie de pruebas documentales31. No obstante, antes de efectuar esta tarea, conviene caracterizar con más detalle el nacionalismo católico, sus diversas orientaciones ideológicas, así como algunas de las principales figuras de la derecha radicalizada.

Una caracterización del nacionalismo católico y la inmigración

En el terreno práctico, los nacionalistas católicos podían discrepar sustancialmente. Por ejemplo, en la forma en que concebían la anhelada revolución restauradora y la acción política partidaria. Pero en lo ideológico, las distintas agrupaciones de dicha corriente prácticamente coincidían en cuanto a las doctrinas fundamentales.

Las diferencias eran quizás más claramente perceptibles en los análisis de la realidad que efectuaban los nacionalistas, en los que a veces prevalecía la patria sobre la Iglesia y en otras la Iglesia sobre la patria. También diferían en cuanto al modelo fascista. Es decir, el grado y la función con los cuales éste debía intervenir en la elaboración del nuevo orden criollo.

Se podría, a partir de estas diferencias, y de otras que aquí omitimos, elaborar una serie de categoría de análisis, tarea que desarrollaremos en un próximo estudio que se halla en preparación. Aquí sólo nos detendremos en exponer dos subcorrientes, que consideramos entre las más significativas, dentro de la derecha radicalizada.

En primer lugar, se encontraban aquéllos que denominaremos nacionalistas católicos ortodoxos, quienes reducían la esencia de la nación al catolicismo romano. De acuerdo con esta concepción, sacerdotes como Julio Meinvielle (1905)32, Leonardo Castellani (1899), Juan R. Sepich (1906) en su primera etapa, Alberto Molas Terán (muerto en 1942), o bien laicos como José M. de Estrada (1915), A. Ezcurra Medrano, César E. Pico (1895) y, en cierto modo y en su primera etapa, Nimio de Anquin (1896), produjeron dentro de la derecha radicalizada el conjunto de doctrinas que pretendían estar más fundamentadas filosófica y teológicamente. Dentro de las mismas solían ocupar un rol central el pensamiento aristotélico-tomista y las doctrinas de la Iglesia (por ejemplo su doctrina social), a las cuales eran frecuentemente referidas las aportaciones de otros teóricos del nacionalismo moderno y del pensamiento católico contrarrevolucionario, a los que ya hemos aludido más arriba.

Para este grupo, sólo una regeneración religiosa y moral, ortodoxamente católica, podía restaurar, en la Argentina, el auténtico sentido y cohesión nacionales, sin cuya consolidación nunca lograría el país su destino de grandeza. Lográndolo, la Argentina asumiría el primado político y cultural en Latinoamérica, al cual aspiraban los nacionalistas en general como una suerte de destino manifiesto.

Dicha regeneración debía priorizar, de acuerdo con la concepción clasista católica, la formación de la inteligencia, muy especialmente la de las élites dirigentes33. A fin de convalidar esta convicción, decían los nacionalistas que el hombre medio, que conforma las masas, por lo general se desinteresa o mal comprende los valores superiores del espíritu. Es decir, continuaban afirmando, este hombre-masa busca primordialmente satisfacer tan sólo sus necesidades afectivas y materiales primarias, y las de los suyos, tales como la alimentación, la vivienda, y un trabajo digno y ciertas seguridades básicas ante las desventuras inhabilitantes o la vejez. Era, pues, evidente que las actitudes políticas y sociales del hombre medio lo hacían inepto, por su escasa valoración de la cosa pública y su falta de espíritu comunitario, para constituirse en la base de sustentación principal de la vida política, como absurdamente pretendían - sostenía la derecha radicalizada - los partidarios de la democracia liberal.

Esta convicción de que las masas eran incapaces de autogobernarse era compartida por todos los nacionalistas, e incluso, aunque afirmase no pocas veces todo lo contrario, por la derecha autoritaria implícita. Como se ve, todas estas corrientes eran profundamente élitistas.

Este sector constituía, dentro del nacionalismo católico, su ala más rígida y dogmática. Subordinaba toda acción política y toda interpretación de la realidad histórica, sociológica, política y cultural a una serie de axiomas filosóficos y teológicos inmutables34. Este grupo, coherente con sus ideas; fue antipopulista y políticamente abstencionista. A pesar de ello, tentados por la gran movilización masiva que suscitó el peronismo, algunos de sus integrantes se presentaron en las elecciones de 1945 formando parte de la lista presentada por la Alianza Libertadora Nacionalista, que incluía a Leonardo Castellani, Bonifacío Lastra, Juan P. Olíver, Basilio Serrano y a Carlos y Federico Ibarguren.

Por lo general, estos nacionalistas proponían la revolución a largo plazo, es decir, a través de la educación. Las verdaderas transformaciones profundas, para ellos, debían realizarse en el orden de los principios, en especial a través de las actividades docentes y catequísticas.

Señalemos que el antisemitismo fue entre ellos el más elaborado dentro de la derecha radicalizada. Los judíos sólo podían ser aceptados convertidos al catolicismo. Quizá el más conspicuo representante de esta orientación ideológica fue el presbítero Julio Meinvielle, quien sostenía que, en Occidente, el judaísmo y el catolicismo eran, en definitiva, las dos principales fuerzas históricas actuantes después de la Revolución Francesa.

En sus dos libros dedicados a este tema - El judío (1936) y Los tres pueblos bíblicos en su lucha por la dominación del mundo (1937) - postulaba Meinvielle que el cristianismo católico y el judaísmo se enfrentaban como expresiones respectivamente del bien y del mal, de Cristo y el Diablo, del espíritu celestial y el "espíritu carnalizado". Y reclamaba, de ser necesaria, la intervención de la espada para restablecer el orden cristiano tradicional. Por otro lado, señalaba, profundamente preocupado, el triunfo progresivo del espíritu judío, del que habían nacido aquéllos que consideraba los principales flagelos contemporáneos: a saber, entre otros, el liberalismo, el socialismo, el comunismo, y el capitalismo especulativo. Con todo, el triunfo del fascismo en Italia y de Franco en España - decía Meinvielle - permitían alentar fuertes esperanzas de recuperación para el orden católico-tradicional.

La única solución, según Meinvielle - Castellani, entre otros, pensaba igual cosa -, era la conversión de los judíos o, en su defecto, su reclusión en ghettos, o algún otro tipo de segregación controlada por el estado. Proponían, además, Meinvielle y Castellani, así como muchos otros nacionalistas, medidas para evitar el ingreso de nuevos inmigrantes judíos al país.

Ahora bien, aunque estos nacionalistas concebían la esencia de la nacionalidad como una expresión histórica - particularizada en el tiempo y el espacio - del catolicismo, por otro lado, en su prédica diaria exaltaban, no pocas veces y casi místicamente, la nación argentina. Es decir, su destino de grandeza, sus singularidades, su independencia y su papel de abanderada de la América Latina hispánica35.

Aunque contraria a sus exaltados pensamientos, con criterio pragmático, la Iglesia los aceptaba porque, como ya hemos señalado, podían constituir elementos útiles. Al mismo tiempo, tenía una clara conciencia pragmática de la política internacional de los pueblos de Europa, donde a la sazón el orden de los autoritarismos prevalecía sobre el catolicismo. El exaltado nacionalismo de Hitler y Mussolini imaginó que sometía a la Iglesia, la cual, en el caso italiano sobretodo, se presentaba sumisa, cuando no decididamente partidaria del fascismo, tal como se puso en evidencia, por ejemplo, en los casos de la bendición de armas durante la guerra de Etiopía (1935-36).

Dejando atrás a los nacionalistas ortodoxos, en segundo lugar se encontraban los nacionalistas católicos que llamaremos secularizantes, en cuyo seno se reunían aquéllos que habían sido más profundamente influidos por las ideas de la Action Frangaise y de su principal adalid intelectual, Charles Maurras. Dentro de este grupo deben ubicarse, en primer lugar, los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta (nacidos respectivamente en 1897 y 1899), Ernesto Palacio (1900) y el "veleidoso" Juan E. Garulla (1888)36, así como otras figuras entre las que mencionaremos a Bruno Jacovella y Raúl Guillermo Carrizo37. También emparentados con esta orientación estaban hombres como Juan P. Ramos (1880), Antonio H. Varela38 y Ramón Doll (1898)39.

Para esta tendencia, la esencia de la nacionalidad, en lo fundamental, no se deducía de dogmas abstractos y atemporales, de corte filosófico y teológico, sino del análisis racional de la tradición patria concreta. De esta manera, inspirados muchos de ellos en el "positivismo organizador" de Charles Maurras, sostenían que del estudio empírico de la historia - es decir, apoyadas en fuentes documentales fidedignas - surgían, irrefutables, las excelencias del ordenamiento social y político católico-tradicionalista.

Esta aseveración, afirmaban, era fácilmente comprobable, primero en la Edad Media y luego bajo el Antiguo Régimen, el reinado de los Habsburgo en España y, más cerca nuestro, en el Virreinato y durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. En estas épocas, continuaban diciendo, el catolicismo garantizaba la armonía y la solidaridad sociales y un máximo en materia de bien común. Luego, con la inmigración, que trajo también ideas anarquistas y marxistas, se había iniciado el proceso de disolución del espíritu de la Colonia. El liberalismo, introducido sistemáticamente al país por el grupo rivadaviano, y luego por la generación de 1837 (Sarmiento, Alberdi, Echeverría y otros) y, finalmente, llevado plenamente a la práctica por la generación de 1880 - que había sido el período de la desorganización nacional - era el demoníaco progenitor del caos que disolvía la Argentina tradicional y no una solución para el mismo, como creía, suicidamente, la derecha autoritaria implícita40.

Mas la revalorización que intentaban hacer los nacionalistas de la historia argentina no atendía sólo a fines apologéticos, sino también a una meta práctica. Es decir, buscaban, a través de su revisionismo, dotar su interpretación del pasado de un fundamento que, según estimaban, a la vez prestigiara también sus teorías sociales y políticas autoritarias.

De todos modos, la tarea historiográfica emprendida por este nacionalismo y las tesis resultantes de la misma, a pesar de sus limitaciones metodológicas y la manifiesta distorsión que introducían sus prejuicios ideológicos, sirvieron para orientar y precisar nuevas interpretaciones, antes sólo esbozadas a grandes rasgos, en especial por autores radicales y socialistas. Así, desde 1934, fecha de la publicación del libro de los Irazusta, La Argentina y el imperialismo británico, pasaron a primer plano, dentro del debate nacional, realidades como la dependencia económica exterior del país.

En relación con la misma ocupaba un papel central, y a veces casi demoníaco, Inglaterra, que, por añadidura, era vista por los nacionalistas como uno de los principales bastiones del liberalismo,, del capitalismo, del protestantismo, de la raza anglosajona y también, para muchos, del judaísmo. Todos éstos eran los grandes enemigos del orbe católico y latino y, para algunos nacionalistas, en especial del mundo hispánico: formaciones históricas en las que anidaban las esencias de la civilización occidental.

El imperialismo capitalista inglés y sus efectos sobre el desarrollo argentino fueron, pues, temas que obsesionaban a muchos nacionalistas y, a la vez, muy frecuentemente, servían de explicación universal a la que éstos acudían para dar cuenta de casi todas las desventuras, insuficiencias y corruptelas nacionales. Paradójicamente, muchos de estos hombres, que no raramente se atribuían una buena formación humanística y que exaltaban los valores del espíritu, peligrosamente se acercaban, en definitiva, a una suerte de reduccionismo económico, cuando de interpretar los males de la patria se trataba.

De esta manera, desde mediados de los años 30, dieron nacimiento a una corriente historiográfica - el revisionismo histórico (católico- tradicionalista) - de la cual Julio Irazusta, E. Palacio y José María Rosa (h) fueron, quizás, las figuras más representativas. Este enfoque del pasado argentino tuvo, reinterpretado a veces desde otras perspectivas ideológicas, larga trascendencia local, como ocurrió, por ejemplo, con las corrientes no católicas, a saber el grupo radical FORJA y las izquierdas marxistas41.

A pesar de su predilección por los aspectos concretos e instrumentales de la realidad, entre los que se incluía un atento seguimiento de su actualidad, la especulación abstracta interesó también a estos nacionalistas católicos secularizantes. En el plano teórico, sus preocupaciones principales se dirigieron, entre otros temas, a ciertos aspectos del análisis económico de la dependencia exterior nacional y, en un nivel de abstracción mayor, hacia la política como disciplina científica.

La política era, para estos nacionalistas, la ciencia y el arte de optimizar el bien común. Disciplina para ellos eminentemente intelectual y autónoma, cuyo objeto y métodos de estudio caían dentro del orden natural, y que se debía regir sólo por leyes propias y específicas. De allí, pues, que la política no debía confundirse con aquellas otras ciencias que se ocupaban de las realidades trascendentes, o sea, propias de la esfera sobrenatural, como la teología.

Pero la política no sólo era autónoma en el ámbito del conocimiento sino, además, tenía prioridad en la acción práctica. No discutía este grupo nacionalista la primacía de los principios espirituales en un orden general de cosas, o en la vida personal, privada. Pero sí afirmaban que, ante la acción inmediata y enérgica que exigían los profundos deterioros causados por el liberalismo, y en especial por la - según ellos - inminente revolución comunista mundial, era suicida confiar en soluciones predominantemente espirituales. Estas, evidentemente lentas en su aplicación y con efectos a largo plazo, eran inadecuadas para la época.

De allí que la revolución y el despotismo (enmascarado bajo la forma de alguna dictadura constitucional), fueran elementos frecuentes en su ideario e inspiraran, no raramente, su acción. Es decir, bajo un ropaje por lo general secularizado y un lenguaje más actualizado y político, encontramos de nuevo la espada y la cruz, a las cuales ya hemos hecho referencia al hablar de los nacionalistas católicos en general: símbolos candentes, quizás aun más ostensibles, en ciertos nacionalistas católicos ortodoxos42.

No fue, pues, incoherente que de estos nacionalistas secularizantes, siempre pendientes de las oportunidades que les ofrecían las crisis políticas del país, surgieran figuras con tendencias populistas, como E. Palacio y R. Doll, que colaboraron, larga y consecuentemente, y en cargos relevantes, con el gobierno peronista43.

También fue razonable que estos nacionalistas secularizantes, ávidos de acción política, se sintieran impulsados, bajo el efecto de ciertas circunstancias favorables, como las que se produjeron a principios de los años 40 y, más tarde, en los prolegómenos del ascenso de Perón, a actuar como partido político. Tal fue el caso, entre otros, de los hermanos Irazusta, que integraron en 1941 el llamado Partido Libertador44.

Por otra parte, sin algún tipo de acción movilizadora de las masas, era evidente que ni la soñada revolución podía contar con el apoyo popular, ni la eventual actuación como partido político resultaría victoriosa. Era, pues, esta necesidad de sustentarse en un consenso, suficientemente extendido en la población, la que llevaba al nacionalismo católico a incluir en sus programas postulaciones gratas a vastos sectores medios y bajos locales, tales como, por ejemplo, la estabilidad y la carrera en base a méritos en el empleo público, que se veía periódicamente diezmado por los avatares políticos. En un orden de cosas más general, las propuestas nacionalistas apuntaban a la realización de cierta concepción de la justicia social que abarcaba, entre otras cosas, regulaciones salariales, sindicalización corporativa y una legislación de previsión social y de asistencia a la niñez y a la ancianidad45.

Sin embargo, esta aparente apertura a los reclamos populares no debe llamar a engaño. De hecho, más allá de las motivaciones humanitarias personales de algunos nacionalistas, que no enjuiciamos, el propósito que impelía a la mayoría era, además de la ya señalada necesidad de obtener cierto consenso popular, el no menos importante objetivo de proveerse, a través de la erección de organizaciones adecuadas y de una legislación específica, centradas ambas en el gobierno, una eficaz herramienta de socialización y de control de las masas. Estas estructuras les permitirían desplegar convenientemente su dominio, a partir del estado fuerte, planificador, corporativo, paternalista y tecnocrático que propugnaban.

Conviene detenernos un instante para analizar brevemente un ejemplo, escogido entre tantos posibles, que muestra cómo, tras una política aparentemente justiciera y humanitaria, se escondían también otras intenciones que, en definitiva, menoscababan aspectos esenciales de la verdadera dignidad humana.

Nos referimos a las políticas de protección a la natalidad y a la niñez - y en general a toda la población - propuestas por los nacionalistas, las cuales, más allá de ciertos efectos positivos inmediatos en el plano personal, no tendían a fortalecer al individuo, sino, por sobre todas las cosas, al poder de la nación y de su élite tradicional. Resultado éste que se obtenía por medio de la creación de un mercado interno que garantizara el desarrollo de cierto tipo de industrialización - que era indispensable para la autarquía económica y política del país - y la creación de un ejército y una burocracia estatales vigorosos. Para ello era decisivo contar con abundantes ciudadanos sanos que proveyesen en número y calidad adecuados los brazos requeridos para el desarrollo económico y las bayonetas que demandaba la defensa nacional. Es decir, nos encontramos aquí con los objetivos habitualmente prioritarios en un . estado fuertemente nacionalista, con aspiraciones expansionistas. Señalemos, además, que este tipo de política poblacionista había sido elevada a categoría de axioma político por ciertos movimientos nacionalistas radicalizados (como la ANI en Italia) y los fascismos europeos46.

En cuanto al antisemitismo de este grupo, compuesto por los nacionalistas secularizadores, resulta mucho menos elaborado que en la corriente anterior, de' los ortodoxos. No encontramos aquí obras enteras dedicadas a esta temática, como las de J. Meinvielle, ya citadas. De todas maneras, los judíos aparecen con cierta frecuencia, asociados con la corrupción del sentido nacional y de las costumbres (a través, por ejemplo, del cine, la radio, las revistas, etc.), con la explotación usuraria y la acción expoliadora del capitalismo internacional, en especial el financiero, y con los fenómenos subversivos, vinculados todos con las ideas exóticas y extranjerizantes, dentro de las cuales tenía especial relevancia el temido comunismo.

Pruebas adicionales de que el nacionalismo católico no fue una forma de fascismo

De acuerdo a lo anticipado en las páginas anteriores, aportaremos aquí una serie de pruebas documentales que muestran que los nacionalistas católicos no eran cabalmente fascistas47. A través de los textos que transcribimos a continuación, se capta claramente que los nacionalistas percibían al fascismo como un medio idóneo para restaurar el orden cristiano tradicional, pero no se identificaban sino parcialmente con él y su ideología, y solamente en la medida en que dicho sistema totalitario pudiera ser subordinado al futuro status quo católico que anhelaban.

Así, J. Meinvielle afirmaba, en 1932, que, con relación al fascismo, sólo es posible "bajo el aspecto de la doctrina católica formular de él sino un juicio severo y terminante, ya que es una aplicación a la política del panteísmo hegeliano. Pero el fascismo puede considerarse también en su realización concreta y, entonces, no es sino una reacción económico política contra el demoliberalismo, que pueda llegar, no sólo a ser sano sino hasta católico, de acuerdo al medio en que se desenvuelva"48.

Muy cercana a la posición de J. Meinvielle fue la que sostuvo en 1937 César E. Pico, quien en una carta dirigida a Jacques Maritain, al defender la violencia fascista frente a los comunistas, afirmaba: "En tal caso la violencia no sólo está justificada sino también es necesaria y curativa. No tema Ud. que se comprometa el porvenir porque dentro del orden restaurado - y aunque deje todavía mucho que desear - se ejercerán con mayor eficacia los recursos espirituales, los medios purificados que preparen el advenimiento de una nueva cristianidad" (p. 33). Añadía luego Pico, que el desenvolvimiento del fascismo daría nacimiento a una nueva cristiandad, tanto más fácilmente cuanto está demostrado que "mejor que en las catacumbas la Iglesia se organizó e impuso su sello civilizador después de Constantino" (p. 42)49.

Tres años más tarde, en 1940, Alejandro Ruiz Guiñazú, un nacionalista católico más moderado que J. Meinvielle y César E. Pico, alegaría también que "...el fascismo es, quizá la antecámera del nuevo Estado cristiano, no desde luego por su carácter dictatorial, el culto de la fuerza y la subordinación total de la persona al Estado, pero sí por su noción de la jerarquía, de la responsabilidad y sobretodo por cuanto tiene de social"50.

Resulta claro que estos autores quieren imponer la religión a través de los gobernantes, sin darse cuenta que la verdadera evangelización debe emerger de las bases al estado.

También Manuel Gálvez, un novelista católico de la derecha autoritaria explícita que durante el período que estudiamos se aproximó en muchos aspectos a los nacionalistas católicos, decía, a mediados de los años 30, demostrando así no captar la índole laica y anticristiana de la revolución fascista: "...es por razones de orden moral, principalmente que un régimen fascista - un régimen de hierro - no tardará en hacerse urgente (...) mucho más necesaria aquí que en Europa" pues, excepto en algunos grupos católicos, "materialismo, placer, vanidad, dinero, son los resortes que mueven a los argentinos". Vicios nefastos que requerían una verdadera revolución espiritual alcanzable únicamente "...mediante un régimen más o menos fascista..." Y, agregaba Gálvez, demostrando aun mayor confusión acerca del carácter de los neopaganismos autoritarios europeos: "...hace falta una mano de hierro, como la de Mussolini, la de Hitler, como la de Dollfuss, que no solamente salve al país del comunismo destructor y bárbaro sino también que salve a la familia cristiana y a la moral", pues restaurar éstas dentro de la democracia era, para nuestro escritor, imposible porque la misma "...transige con todo y no es escuela de carácter". Añadía, además: "Ya está casi en todas las conciencias la idea que no hay sino dos caminos, o Roma o Moscú". Era, pues, necesaria la acción benéfica del fascismo con su mano "violenta, justiciera y salvadora" (Este pueblo necesita, Buenos Aires, 1934, pp. 131-3).

Como vemos, el nacionalismo católico y la derecha autoritaria explícita son, sin ambages, autoritarismos. Se regocijan en los autoritarismos populistas fascistas y nazistas pero, a diferencia de ellos, desean imponerse a través de una élite gubernamental-católica y, con metodología totalitaria, piensan enmendar el orden nacional. Este es, quizás, el vínculo común que une el nacionalismo católico, un sector importante de la derecha autoritaria explícita y los populismos fascistas europeos.

Añadamos que la retórica fascista que empleaban a menudo muchos nacionalistas católicos no engañaba a los líderes de los pocos grupos que, según las pruebas de que disponemos, pueden considerarse como los más auténticamente fascistas en el país. De este modo, H.V. Passalacqua Elirabe, un dirigente del pequeño Partido Fascista Argentino, fundado en 1932, decía en 1935 que los nacionalistas católicos51! "...buscaban prolongar situaciones de privilegio y de casta (...) remontando su origen a los primeros núcleos de cruzamiento indígena y que se atribuyen superioridades de derechos que no existen bajo ningún punto de vista, pero que, en cambio, tienen la desventaja de hacerles caer en declaraciones xenofóbicas" (p. 11). Luego, Passalacqua Eligabe agregaba: "El primer manifiesto fascista al pueblo argentino, en junio de 1932, definió claramente su situación frente a las organizaciones 'nacionalistas' Se ve en 61 la clara visión de la situación política y social y la necesidad de formar un organismo completamente apartado de todo lo que pudiera parecerle a las masas una reacción de `castas'o `abolengos'(p. 38). Más adelante, añadía: "El Fascismo argentino es más que un simple movimiento 'nacionalista' porque no está hecho de sólo palabras patrióticas y no se duerme en las glorias del pasado. Movimiento Imperialista en el sentido moral y material, tiene que llegar - tarde o temprano - al corazón del pueblo" (p. 40). Según H.V. Passalacqua Eligabe, el Partido Fascista Argentino "será la Nación en un mañana próximo" (p. 40).

De la misma manera, el más importante medio de difusión masiva fascista local, particularmente influyente en la colectividad italiana, el diario Il Mattino d'Italia, tampoco opinaba que los nacionalistas católicos eran fascistas. En efecto, el 8 de enero de 1937 dicha publicación señalaba que no había conexión alguna entre el fascismo, "un movimiento socialmente revolucionario" y el nacionalismo de Bandera Argentina, un periódico nacionalista, dirigido por Emiliano J. Carulla, "que es una aspiración política de naturaleza puramente patriótica". Esta comparación naturalmente provocó la reacción de J.E. Carulla, quien contestaría al diario italiano local afirmando que el golpe de Uriburu era el equivalente argentino de la marcha sobre Roma de Mussolini52, cosa que parecería absurda a a los fascistas argentinos53.

A través de todo lo expresado se ve claramente cuál fue la concepción que tuvieron los nacionalistas católicos del fascismo italiano y los límites de la adhesión que esta forma de totalitarismo suscitaba en ellos, basada, como se ha visto, en una serie de apreciaciones erróneas.

Señalemos, por último, que este nacionalismo creía oportuno imponer un orden, suponiendo que el orden crea la vida, sin percibir que es la vida la que crea el orden. La inmigración tendrá que consubstanciarse con la cultura criolla para crear el orden adecuado a sus exigencias de gobierno, el cual, a fin de ser creativo en el pluralismo, deberá, en su esencia y en sus formas, ser republicano y democrático.

NOTAS

  • Tanto más interesante por cuanto la inmigración irlandesa generalmente estaba constituida por modestos trabajadores, o pequeños arrendatarios rurales, cuyos primeros contingentes se vieron obligados a partir a raíz de las hambrunas producidas por la pérdida de la cosecha de la papa (1840-1850). BACK

  1. Cf. Avellá Cháfer, Francisco, Diccionario biográfico del clero secular de Buenos Aires (1580- 1950), 2. vol., Buenos Aires, 1983 y 1985 (ver prefacio 2do. tomo). Esta proporción podía elevarse a valores más altos en congregaciones y órdenes de origen español e italiano. BACK

  2. Ernst Nolte, I tre volti del fascismo, (edic. italiana, 1974), p. 51. C. Buchrucker adhiere a las concepciones de este destacado historiador alemán contemporáneo. BACK

  3. Christian Buchrucker, Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1987, pp. 18-24. En cuanto a María Inés Barbero y Fernando Devoto, autores que hemos citado antes, su libro se intitula Los nacionalistas (1910-1932), CEAL, Buenos Aires, 1983. BACK

  4. Op. cit., p. 233. BACK

  5. Stanley G. Payne, El fascismo, Alianza, Madrid, 1982, pp. 21-28. Ver también nota siguiente. BACK

    5b. Ver, entre otros, Stanley G. Payne, op. cit.; Renzo de Felice, Entrevista sobre el fascismo, Sudamericana, Buenos Aires, 1979, y del mismo, El fascismo. Sus interpretaciones, Paidós, Bs. As., 1976; George L. Mosse, Intervista sul nazismo, Laterza, Roma - Bar¡, 1977; del mismo autor, L úomo e le masse nelle ideologie nazionaliste, Laterza, 1982; Zeev Sternhall, Mario Sznajder y Maia Asheri, Naissance de l ideologie fasciste, A. Fayard, París, 1989. BACK

  1. Con todo su éxito social, por las razones ya dadas y por otras de carácter económico, fue total. Nombres como Casey, Duggan, Gaham, Garraham, Ham y Murphy se encontraban entre los fundadores del Jockey Club (1882), junto a los Alvear, Ortiz Basualdo y Ramos Mejía. Cf. Juan Carlos Koroll e Hilda Sábato, Cómo fue la inmigración irlandesa en la Argentina, Plus Ultra, Buenos Aires, 1981. BACK

  2. Falta en rigor un estudio integral de la clase alta tradicional argentina. Algunos trabajos valiosos sobre ella son: Thomas F. McGann, Argentina, Estados Unidos y el sistema interamericano (1880-1914), EUDEBA, Buenos Aires, 1960, pp. 38-105 (edición original en inglés, Massachusetts, 1957); Las alianzas de familias y la formación del país en América Latina, F.C.E., México, 1990 (edición original en inglés, 1984; ver sobretodo pp. 180-251 de la versión española); Jorge F. Sábato, La clase dominante en la Argentina moderna. Formación y características, CISEA, Grupo Edit. Latinoamericano, Buenos Aires, 1988 (ver la 3a. parte, pp. 149-175, y el apéndice, pp. 245-279). También José L. de Imaz ha escrito obras importantes sobre este tema (ver nota 9). BACK

  3. Entre los precedentes relativamente lejanos, debe citarse el vacío de liderazgo que produce a principios del siglo XX la muerte de B. Mitre, J.A. Roca, C. Pellegrini y otras grandes figuras del liberalismo conservador. Ante estas desapariciones, la élite demostró escasa capacidad para renovarse como grupo político y también en sus ideas políticas y sociales. BACK

  4. La Iglesia misma era uno de los principales canales de ascenso social que, naturalmente, estaba cerrada para todos los no católicos. Todavía en 1961, de 49 obispos, 39 son hijos de inmigrantes, en general colonos agrícolas, y de ellos 19 descienden en primera generación de italianos originarios de Piamonte, centro de irradiación de la congregación Salesiana (José L. de Imaz, Los que mandan, EUDEBA, 1965, p. 174.). BACK

  5. A este último respecto, ver A. Lappas, La masonería argentina a través de sus hombres, Buenos Aires, 1966 (2a. edición). BACK

  6. Especialmente de origen europeo y en proporciones desconocidas por su magnitud en otros países de inmigración. Cf. Torcuato D¡ Tella, Sociología de los procesos políticos, EUDEBA, Buenos Aires, 1986 (3a. edición), pp. 340-49. BACK

  7. Hemos credo útil dividir las fuerzas conservadoras autoritarias en tres sectores, dos de ellos de carácter explícitamente antil¡beral, es decir, el nacionalismo católico y la derecha autoritaria explícita, y el tercero (la derecha autoritaria implícita o legalista) que, en cambio, formalmente se mantiene democrático. A pesar de que comparte una parte no desdeñable de las convicciones autoritarias de los dos grupos anteriores, conserva muchos elementos liberal- élitistas de la generación del 80. Dado que de los dos conservadurismos expresamente antiliberales nos ocupamos en este artículo con cierto detalle, aquí parece oportuno señalar que la tercera fuerza tradicionalista es la que se sustenta, social y económicamente, de los grupos de mayor prestigio y poder localmente. Y que es, además, entre 1930 y 1943 - bajo los gobiernos de J. F. Uriburu, Agustin P. Justo, Roberto M. Ortiz y Ramón S. Castillo -la fuerza política en el fondo hegemónica. Un útil panorama general de las ideas políticas contemporáneas en la Argentina lo ofrece el artículo "Political and Social Ideas in Latin America since 1920" de Torcuato S. Di Tella, incluido en la Cambridge History of Latin America, de próxima aparición; también pueden consultarse, siempre con provecho, los libros ya clásicos de José Luis Romero. BACK

  8. Como es sabido, fue un profesor de economía nacido en 1889. Profundamente católico, de hecho gobernó Portugal entre 1932 y 1968. Esta admiración por el corporativismo portugués, que era considerado no pocas veces como la realización contemporánea más perfecta de la doctrina social de la Iglesia, era compartida también por muchos nacionalistas católicos. BACK

  9. Fecha de nacimiento. BACK

  10. Obra editada en Buenos Aires por Kraft en 1940. Las páginas que se citan a continuación corresponden a dicha edición. BACK

  11. Por otro lado el espíritu que debe animar dicha gesta es el propio de la Tradición patria, cuyos elementos esenciales son España y su legado, así como la religión, las glorias nacionales, el trabajo y la defensa nacional (p. 477). Metas todas logrables legalmente por medio de una interpretación autoritaria de nuestra Constitución (p. 482). Bunge, concorde con la política predominante en la derecha autoritaria, rechaza toda conmoción social o política, que teme (p. 482) por las posibilidades de un desborde populista. BACK

  12. En cuanto a Manuel A. Fresco, en la primera fase de su ascenso político se muestra más cercano al autoritarismo explícito que al nacionalismo católico. Posteriormente intentará captar a este último, para lo cual se apropiará en buena medida de su lenguaje y sus ideas, pero será rechazado por muchos miembros de la derecha radicalizada, que verán en él principalmente a un fraudulento y oportunista político. Ver, por ejemplo, su discurso "Mensaje del Gobernador de la prov. de Buenos Aires, Manuel A. Fresco, a la Honorable Legislatura, en el primer año de su gobierno", 11 de mayo de 1936, La Plata, parte introductoria. BACK

  13. Por ejemplo, el caso de C. Ibarguren, B. Villafañe, Manuel A. Fresco, L. Lugones y A. Bunge. Para corroborar este aserto, ver, entre otros testimonios, E. Zuleta Alvarez, El nacionalismo argentino (ver índice analítico: entrada C. Ibarguren y A. Bunge); Julio Irazusta, Genio y figura de L. Lugones, EUDEBA, 1973, y B. Villafañe, La hora oscura (1935), y La tragedia argentina (1943). Señalemos que Villafañe intentó plegarse al nacionalismo católico - fue, a este respecto, un caso muy poco frecuente - pero no fue admitido por provenir de un partido político (el radical). Sabido es el rechazo de la derecha radicalizada a todo lo que recordara a la democracia parlamentaria liberal. BACK

  14. Con diferencias significativas de concepción en cada personaje. Así, por ejemplo, B. Villafañe sigue reconociendo en el mensaje de amor del cristianismo, debidamente laicizado, un valor útil para la "armonía social". En cambio, L. Lugones rechaza de plano el legado central de las doctrinas de Cristo, que ve como decadentes y que, desde aproximadamente 1920, no son para él conciliables con su concepción vitalista-nietzscheana de la vida. BACK

  15. Señalamos con reservas esto último, ateniéndonos a lo que dicen expresamente los testimonios consultados. Quizá un análisis más detenido llevaría a descubrir en esta corriente laica de la derecha autoritaria explícita un antisemitismo larvado. BACK

  16. No pocos de sus adherentes eran clérigos o católicos militantes, intelectualmente integrados a las complejas construcciones doctrinarias de la Iglesia, de carácter sistemático en el plano teórico. BACK

  17. Debe recordarse que esta última no constituyó un movimiento que, como tal, se identifique explícitamente con una doctrina determinada. Las coincidencias que permiten hablar de una derecha autoritaria explícita surgen, pues, del análisis de una serie de personalidades singulares. Pero aun considerando una a una estas últimas, en pocos casos encontrarnos una exposición sistemática de su pensamiento político y social, como lo intentaron hacer frecuentemente los nacionalistas católicos. Exceptuamos de lo dicho a los clérigos, detrás de los cuales se yergue la doctrina social de la Iglesia. BACK

  18. Cf. la acertada tesis de Leonardo Senkman en Argentina, la segunda guerra mundial y los refugiados indeseables (1933-1945), Grupo Edit. Latinoam., Buenos Aires, 1991. Señala el autor que el antisemitismo argentino es de tipo cultural y social, y no racial o político. BACK

  19. Recuérdese lo afirmado en el párrafo 2 de este artículo. BACK

  20. Cf. lo dicho en el párrafo 6 de este artículo. BACK

  21. Se trata, por lo general, de figuras del sector llamado "republicano" por E. Zuleta Alvarez (Cf. su libro El nacionalismo argentino, La Bastilla, Buenos Aires, 1975, 2 volúmenes). BACK

  22. Para la preocupación que generaba en el ejército argentino la inmigración, y las ideas que ésta introducía, véase, por ejemplo, el volumen XLIX de la Biblioteca del Suboficial (Trabajos premiados en el concurso de las fechas patrias en los años 1928 y 1929, Buenos Aires, 1929). BACK

  23. C. Ibarguren, La historia que he vivido, 1969, p. 364. BACK

  24. Por ejemplo, Matías G. Sánchez Sorondo escribirá: "Uriburu era una expresión genuina de nuestro patriciado. Salteño de origen, pertenecía a una rancia estirpe del Norte. Leyendo la historia de su familia podía leerse en parte la historia de la Nación (...) Firme de carácter, a la vez cauto y osado, puro de intenciones; limpio de vida, leal de conducta (...) reunió en sí el valor personal y el cívico, algo poco frecuente entre nosotros. Tranquilo y sereno en la acción tenía el gesto oportuno en el momento necesario. Su palabra era breve. Su ademán categórico" ("6 de septiembre de 1930", testimonio en Revista de Historia, No 3, 1958). BACK

  25. Para el sentido de la palabra fenomenología, ver párrafo 2 de este artículo. BACK

  26. Ver párrafo 6 de este artículo. BACK

  27. Fecha de nacimiento. BACK

  28. Entre los numerosos testimonios existentes al respecto, véase el discurso del prelado italiano Monseñor Ruffini, pronunciado el 12 de octubre de 1934 en el teatro "Gran Splendid" de Buenos Aires, en ocasión del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo lugar en dicha ciudad (transcrito en el libro de F. Ibarguren, Orígenes del nacionalismo argentino, Buenos Aires, 1966, pp. 254 y ss.; ver especialmente pp. 255-56). BACK

  29. Consecuencia lógica de esta actitud era la acusación de simplismo teórico y excesivo empirismo, que estos nacionalistas católicos dirigían a aquellos otros que, en cambio, en el orden temporal - que era el que más les interesaba - daban prioridad a la acción, en especial política. Tema sobre el cual volveremos más adelante. BACK

  30. Señalemos aquí que Charles Maurras, a pesar de sus conflictos con la Iglesia, fue muy bien recibido por este grupo, pero sólo como escritor y pensador político. Conviene recordar que Maurras, un filocatólico que, paradójicamente, se declaraba agnóstico y positivista, así como la Action FranCaise, fueron en 1925 condenados por el Vaticano, justamente a causa de conceder la primacía a la acción política y a la nación, por encima de los principios espirituales y a la autoridad encargada de aplicarlos, es decir, la Iglesia. BACK

  31. Los Irazusta, Palacio y Carulla fueron los principales redactores del quincenario La Nueva República, publicación periódica que leía asiduamente el General Uriburu. Fue fundada en 1927 y con ella suele aceptarse que comenzó formalmente el nacionalismo católico. Los Irazusta y Palacio aparecen nuevamente a principios del 40 como figuras principales de otro periódico, es decir Nuevo Orden. BACK

  32. A todos estos nacionalistas, E. Zuleta Alvarez los llama "republicanos" (Cf. nota 21). BACK

  33. J. Meinvielle fue probablemente el más importante ideólogo del grupo "ortodoxo". En cambio, y según Juan P. Ramos, Antonio H. Varela había sido "quien más hizo para darle una doctrina coherente y un propósito definido" al nacionalismo católico (ver Prólogo de J. P. Ramos al libro de A. H. Varela, El nacionalismo y los obreros socialistas, Buenos Aires, 1944, p. 20). BACK

  34. No disponemos aquí de espacio para describir los rasgos peculiares de dos notorios nacionalistas como J.P. Ramos y J.E. Carulla que, por su fecha de nacimiento (1880 y 1888 respectivamente), formarían parte de un grupo etéreamente intermedio entre la derecha autoritaria explícita y el nacionalismo católico. Esta característica sería una de las causas de la peculiar conducta de J.E. Carulla, quien después de 1945 se mostrará simpatizante de la liberal Inglaterra, cambio bastante consecuente en quien, más allá de sus veleidades totalitarias, se había formado más cerca del clima liberal y laico de la generación del 80 que de la atmósfera creada por los autoritarismos europeos de los años 20. BACK

  35. Sin embargo, ya hemos visto que la retórica democratizante de este último sector no respondía sino parcialmente a ideales liberales. BACK

  36. Cf. Tulio Halperin Donghi, El revisionismo histórico argentino, Siglo XXI, Buenos Aires, 1970. BACK

  37. Además de los numerosos escritos, por lo general artículos breves, de los hermanos Irazusta, J.E. Carulla, de César E. Pico y de otros, quizá la exposición teórica más elaborada sobre la índole de la política como ciencia realizada entre los nacionalistas católicos sea la Teoría del estado de E. Palacio, editada en 1949, pero que recoge ideas expuestas con anterioridad a esa fecha. De ésta, E. Zuleta Alvarez, en su obra ya citada, dice que es "el mejor logro obtenido hasta ahora por el nacionalismo en materia de filosofía política" (p. 690). BACK

  38. Hemos excluido analizar dentro de esta tendencia a conocidas figuras del nacionalismo, también de orientación populista, como Juan Queraltó, Bonifacio Lastra o Enrique P. Osés, dado que eran eminentemente periodistas movilizadores de masas y hombres de acción, de muy escasa relevancia intelectual y que, por lo tanto, poseen un interés más bien secundario para este trabajo. BACK

  39. Cf., al respecto, las reflexiones que, sobre este partido, efectúa E. Zuleta Alvarez en su obra ya citada, y los programas, convocatoria y declaración de dicha agrupación, que dicho autor incluye en los apéndices I, II, III y IV de la misma (pp. 835-859). BACK

  40. En un país en el que, por lo demás, la gran mayoría carecía de casi toda protección social. BACK

  41. Véase, al respecto, lo que opina Alberto Spektorowski en su artículo "Argentina 1930-1940: nacionalismo integral, justicia social y clase obrera", en Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 2, No I, enero junio 1991, pp. 61-79. BACK

  42. Conviene recordar aquí que las principales fuentes que alimentaban la ideología nacionalista eran de carácter católico-tradicionalista, conservador y contrarrevolucionario, y no se basaban en autores como Pareto, Sorel y Nietzche, los sindicalistas italianos y franceses y los nacionalistas italianos (no así los franceses), que tuvieron mucho peso en la formación de la ideología fascista (Cf. Zeev Sternhall el alter, op. cit., "Introduction'). BACK

  43. Julio Meinvielle, Concepción católica de la política, p. 19, nota 2 (la. edic., 1932). BACK

  44. César E. Pico, Carta a Jacques Maritaín sobre la colaboración de los católicos con los movimientos de tipo fascista, Adsum, Buenos Aires, 1937. BACK

  45. A. Ruiz Guiñazú, La Argentina ante si misma, Buenos Aires, 1942, p. 78 (el texto citado fue escrito en 1940). BACK

  46. En su libro El movimiento fascista argentino, Buenos Aires, 1935. BACK

  47. Cf. M. Navarro Gerrasi, Los nacionalistas, Buenos Aires, 1968, p. 97. Señalemos de paso que también esta autora considera, aun sin fundamentar demasiado su aserto, que "el nacionalismo fue una forma extrema de reacción conservadora frente al ascenso al poder de la clase media a través del radicalismo" (p. 17). BACK

  48. Véase el libro ya citado de H.V. Passalacqua Eligabe, pp. 36-40. BACK