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| VOLUMEN 4 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1993 |
Democratización en América Latina (I)
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Indecisión social o crisis de conciencia:
los cardinales de la desolación
RAUL AUGUSTO HERNANDEZ
Universidad Hebrea de Jerusalén*
1) Conductas y modelos
Con el correr del tiempo son más evidentes las vicisitudes que presenta la
empresa de construir una ciencia social aplicable a países como la Argentina.
Buena parte de estas vicisitudes son herencias del supuesto de consistencia de
factores que los analistas advertida o inadvertidamente postulan. Rasgo de ello
aparece en las teorías de la dominación, cuando se reducen los significados
causales al orden del estado como comité de administración de los intereses de
los dominadores, tendencia mecánica (Portantiero, 1988; p. 110), o en las
teorías de enunciación funcionalista, cuando las partes de un sistema
contribuyen para bien de una noción ideal de equilibrio, tendencia orgánica
(Nagel, 1956; p. 247). Para las primeras es clave la noción de estado, como
orden jurídico de la sociedad; y para la segunda lo es la noción de sistema.
Puestas al trasluz las enunciaciones teóricas de una u otra perspectiva, se
hace visible la intención de encuentro con el sustrato de una conciencia o de un
discurso histórico, o de una cultura, o de un reservorio de códigos, que da
consistencia a los comportamientos. Mi interés es contrario, más dramático, es
hablar de indecisión social, como la cara llorosa de la conciencia histórica
(Hernández, 1983).
Dos enunciados darán fundamento y orden a este trabajo. El primero tiene
una inspiración ontológica y el segundo pretende una definición netamente
metodológica.
(I) No es predicable que las sumas de las acciones sociales se sumen
concertadamente para la realización de compartidas metas, así como Parsons y
Shills (1959; p. 53) definieron ingenuamente la acción social. Si en biología se
define "sinergía "como la acción compartida y colaborativa de las partes, en las
ciencias sociales las pretensiones axiomáticas de definir a la sociedad como
sistema de funciones de gobierno y producción, compartidas y colaborativas,
serán no más que el pecado de una ingenua ilusión: lo que una sociedad hace
no es necesariamente lo que más eficientemente responde a sus necesidades.
Así, la vida de una sociedad, sus fracasos, o los éxitos de sus empresas, serán
descritos dentro de una franja de habilidades e inhabilidades tecnológicas1.
Nada permite pensar que el formato material de los comportamientos sea
expresión de normas unívocas de organización. Quien así piensa, comete el
pecado de reducción mecánica u orgánica, al concebir el hacer como mandato
de códigos normativos, estrictos e inviolables, cual ejemplo de sociedad de
autómatas y no ejemplo de sociedad de decisiones autónomas. Si las conductas
son expresiones de mandatos, el problema se coloca lejos del concepto de
éxito, ya que el peso de los códigos minimizaría el significado de sabias
decisiones.
(II) Existe el convencimiento de que la enunciación de una teoría impone
duras opciones, o a favor de un enunciado formal simbólico, el que prefieren
los menos, o a favor de uno opuestamente coloquial, el que prefieren los más,
erudito o popular, no importa. Esta opción, es falsa; el problema es otro.
Enunciados más o menos formales, de rigor matemático o informalmente
coloquiales, pueden mostrar un mismo pecado, y que pone a descubierto
desconocido parentesco. Suele decirse que una forma compromete un
significado. Pero el significado no es enteramente subordinable a la forma de
enunciación. Ni es adulterable por el uso del álgebra de la lógica o del lenguaje
común, o viceversa. Hay errores que se identifican en distintos formatos. Tanto
una función algebraica cuanto una sentencia del lenguaje común, al implicar
materialmente, dan por sentada la adopción de modelos analíticos de respuesta
única. Un modelo de respuesta única es aquél que, ante un cuadro determinado
de antecedentes, niega principios de incertidumbre; sus productos son
unívocos. Las funciones algebraicas o lógicas, o las puramente coloquiales, por
lo general describen procesos convergentes en los cuales un conjunto de
factores, las variables independientes, desembocan en un solo destino, la
variable dependiente.
Los dos enunciados propuestos me alejan de las ingenuidades en que suelen
incurrir tanto las denominables teorías de la dominación o el largamente
fustigado funcionalismo-estructural.
2) El fetichismo de la concepción estructural
Con mucha prudencia se procura abordar el problema de las funciones de
creación de estructuras de pensamiento; de neto corte formal. Un primer paso
a dar: ahondar el problema de definición de los vínculos de sintaxis entre
factores, o los hechos propiamente, por cuya razón las conductas emergen.
Serán hechos no contingentes para los actores. Hechos que explican la
disposición intelectual a asignar a las variables estructurales peso casi
excluyente de otros factores en la producción de acciones; o, como si fueran
mapas de variables materiales, entretejidas en una compleja urdimbre de
mutuas e inexorables dependencias; siempre presentes por impulso de
irrevocable fetichismo intelectual.
Si entre un conjunto de antecedentes Ai y un consecuente Cj, no existe un
perfecto ajuste funcional, es porque está presente una condición de
incertidumbre. Porque hay incertidumbre, las relaciones sociales (relaciones
entre Ai y Cj) no son funcionalmente perfectas. Reducirla demandará tanto
más buscar otros formatos interpretativos y no perder la paciencia buscando
tantas nuevas variables. Hay, empero, situaciones o momentos en los que
parece disminuir la incertidumbre esperable de la relación entre Ai y Cj. La
incertidumbre será menor toda vez que sea definido como "valor" el nexo
tecnológico que une el objeto de una acción (v.g. lo que surge como
consecuencia del estado definido por Ai) y el producto de esta acción (v.g. el
consecuente Cj).
La acción social pierde eficiencia si la misma no ajusta sus normas de
acuerdo a acreditables predicados tecnológicos2. Acreditable es lo útil y no lo
predicado por un discurso más válido por la sensualidad persuasiva de su
retórica. Este enunciado suena demasiado ambiguo y otras insoportablemente
impertinente; o irritante. No importa, es reflejo del drama de la existencia
humana: de la lucha entre las ficciones y las necesidades. Entre las ficciones
asoma el dilema de la existencia jugando entre demandas catécticas y
demandas instrumentales; lo que rompe la mecanicidad de los
comportamientos y la reduce a emergentes sólo expresables en función de
probabilidades. Hablamos de lo que está entre medio de las condiciones
materiales, el entorno de la acción social, y las multívocas conductas
emergentes.
Las mentes, echadas al vuelo de las fantasías, pueden renegar del
pragmatismo, pero no violar criterios de utilidad, aun en la organización del
pequeño entorno de cada uno, o de la propia supervivencia. De modo que el
desafío analítico no es otro que el describir las distancias observables entre las
ficciones que la mente construye, el mundo consagrado a las utopías y a las
grandes obligaciones institucionales y morales que fijan el deber ser de las
cosas, por una parte, y las necesidades que despiertan las propias condiciones
materiales de la existencia humana, por la otra.
Entre antecedentes, representados por Ai, y sus consecuentes, representados
por Cj, existe un nexo mental que da sentido a las acciones y cuyo sustrato es
una síntesis de dos imágenes del propio universo; la primera de fundamento
material y la segunda de sentida apelación moral3. La definición de esta síntesis
se encuadra en el ámbito de los valores de la sociedad; empero, no dice que
éstos puedan ser eximibles de una finalmente necesaria evaluación utilitarista;
de ahí que los fundamentos morales y los fundamentos materiales de las
normas tecnológicas puedan entrar en conflicto.
El corporativismo productivo que entra en acción en la Argentina de los años
40 asumió una postura contraria al pragmatismo conservador. De allí que, por
apelación catéctica, subordine el valor de lo tecnológico. Después, el desastre
material.
Este ejemplo puede tomar la forma de un postulado: el que remarca la
existencia de un conjunto más o menos institucionalizado de modelos de
comportamientos; menos ampuloso que hablar de una conciencia histórica; no
excluye libertades de innovación; ni reclama perfecta consistencia. Las
libertades, en una de sus fases, deben ser vistas como emergentes en la
aproximación existencial de un áctor con su entorno material.
Entre tantos modelos institucionalizados de comportamiento, ¿quién elige?
Es precisamente el mundo de la existencia, o el mundo en que cada conciencia
es definible como un punto de encuentro de su interioridad y de su
exterioridad, de su pasado y de su presente4.
3) Ondas y tiempos
Experiencias de la política, y del consumo, permiten apreciar cuán decisivas
son las ondas de moda, o de estados de ánimo, en el propio campo de los
comportamientos económicos, donde se supone que cada actor optimiza
factores. Si este supuesto es postulado de las ciencias económicas, me tomaré
licencia para hacer dos comentarios. El primero, surgido de la aplicación de
técnicas de juego, atestigua la posibilidad de simular escenarios de cuasi
perfecta racionalidad de los comportamientos económicos; pero después de
aprender, y no como instinto (Hernández y Mochkofsky, 1974). El segundo,
fuera del marco de los escenarios artificiales, predica la racionalidad de los
comportamientos económicos sólo como momentos singulares (v.g. occidente
arrastrado pon la furia del desarrollo material).
El primer comentario acentúa la necesidad de definir condiciones
existenciales que permitirán fortificar vínculos funcionales entre las
condiciones antecedentes Ai y los consecuentes Cj; para los planificadores, el
ideal de sociedad se encuentra en el mínimo de incertidumbre entre
antecedentes y consecuentes. El segundo comentario acentúa la ingenuidad de
un presupuesto de unidad sistémica que vincula centro y periferia, así también
de secundarizar el significado de estados de ánimo, o de otras modalidades de
cognición; y de los valores que organizan las acciones dentro del mundo
tecnológico.
El concepto de dominación imperialista, tal como fue acuñado en América
Latina, se caracterizó por su desgraciada concepción del sistema internacional.
Pues un sistema de perfecta consistencia, sin huecos a-sistémcos. Así se
empobreció el campo de acción del Tercer Mundo y el de su inteligencia5. En la
supuesta consistencia centro-periferia se albergaba perfectamente la noción de
dependencia: países ricos y pobres, o dos caras de un mismo orden; los de
arriba y los de abajo, o el norte y el sur, o el desarrollo o el subdesarrollo. Con
la noción de dependencia se introdujo tremenda carga emocional; además, una
no disimulada indisposición a conceptualizar la noción de innovación, como
hecho de emergencia marginal; la innovación sólo será vista como producto
central del sistema de poder; y el sistema político rompía sus compromisos con
el sistema tecnológico. Por lo dicho se apunta a la utilidad metodológica y
analítica de identificar el nexo de tres eslabones de producción de las acciones6:
(i) la estructura material; (ii) el nexo existencial y (iii) el mundo normativo
(tecnología y moral). Pero trae consigo un dilema lógico sobre el orden
temporal de las implicaciones de factores. Es el dilema de los dos momentos de
enunciación del orden temporal. O de definición de las dos modalidades de
construcción de las teorías sociales.
El primero, predictivo, cuando domina el enfoque estructural, los
antecedentes Ai son por definición temporalmente anteriores a sus
consecuentes Cj (j=1); los atributos que definen la configuración de factores Ai
implosionan en un consecuente único Cj; así definido por necesidad o
conveniencia metodológica. El segundo, retrodictivo, si domina un enfoque
existencial, cuando se observa que una diversidad de consecuentes Cj (j=1, 2,
..., n) son miembros del conjunto Ai (i=1); lo que se dice es que Ai explosiona
en una constelación de comportamientos diversos, ya que C1<Ai,
C2<Ai,..., Cn<Ai.
Los consecuentes serían sólo implicantes materiales de Ai: los
implicantes están siempre incluidos en lo implicado; y lo incluido
temporalmente posterior a lo incluyente. Los componentes del conjunto de
consecuentes Cj son predictibles sólo en términos de probabilidades. La
presencia de Ai provoca una explosión de comportamientos. Y esa explosión
no está necesariamente regulada por los componentes de los antecedentes Ai; es
(i) un emergente de las circunstancias, o (ii) esencialmente un producto
existencial que asoma como una relapsa interpretación del universo. Este
segundo enunciado distingue como dos distintos conceptos (i) el sustrato
tradicionalista, "una constante", y (ii) el tradicionalismo relapso, "una
variable", que de repente inunda la escena.
De aquí que asume perfil lo que será materia para la construcción de teoría
política: el dominio de variables circunstanciales y existenciales en la escena
política. En las organizaciones sociales de mayor orientación instrumental, el
nexo entre antecedentes y consecuentes está dado por una más estable
enunciación de predicados tecnológicos, con estados de ánimos más
templados. Los estados de ánimo: un genio de inestable humor.
El modelo de explosión de los consecuentes muestra gran distancia de la
doble implicación supuesta en la noción estadística de correlación; una noción
de uso coloquial en los sociólogos. La noción de implicación simple, o
implicación material predictiva, sólo es aplicable si
Ai<Cj(j=1,..., n) y n=1; es
el caso de un modelo de formato determinístico, perfectamente funcional.
Si n>1 se dirá que los grados de libertad de la acción social son mayores que en un
modelo determinístico; n pondera la importancia de variables no estructurales y
establece la cota de libertad del sistema.
Definición fundamental entonces: un neto espacio de separación entre
antecedentes estructurales Ai y consecuentes homeostáticos (o liberadores, por
levantamientos populares ¿por qué no?), tal el caso de Cj. Entre ambos
extremos se engarzan dos eslabones de vínculos. El primero, de naturaleza
existencial, es el que hace al clima de la circunstancia - el ruido - que se vive;
el segundo, de naturaleza normativa, y de proyección tecnológica, más estable,
es el que permite describir, el estado de situación - o los recursos - de la
sociedad. Entender hasta qué punto se corresponden cognoscitivamente las
visiones de circunstancia y situación permitirá dar cuenta de las ineptitudes de
algunas sociedades para articular respuestas eficientes a sus demandas
estructurales, o develar la razón de inexplicables cursos de historia. ¿Los
fantasmas de la sociedad? ¿Quiénes los evocaron?
4) Mitos y vicios de pensamiento
Las prédicas de unos y de otros para cerrar paso al desarrollo de las fuerzas
productivas del capitalismo en la Argentina toma forma e impulso en la década
de los años 30 (Romero, 1983). En América Latina, sin excepciones
remarcables, dominó un verbo siempre proclive a la visión de la sociedad como
sistema de partes necesariamente ordenables. Pero supra-orden
inevitablemente se asociaba a la imagen de desintegración del hombre. La
noción de sociedad capitalista siempre estuvo asociada a la idea de
desintegración: el drama de la desintegración de la pintura de Pablo Picasso
(Mumford, 1948). La desintegración de la unidad metafísica del hombre
sucedía la integración de sus despojos en una infernal maquinaria de poder.
Hombres y engranajes (Sábato, 1951).
De las imágenes que subyacen en estos enunciados, de lo que se deduce, es
evidente que antes que importar la presentación de un cuadro del ser de las
cosas, importa más el enunciado del deber ser de las cosas. En forma
manifiesta y otras veces menos, suele predicarse que el orden de la sociedad, su
esencialidad, es corruptible sin el ejercicio de una autoridad moral: pía o
revolucionaria. Reclama observancias: los preceptos; instrumentados en la
juridicidad o compulsión del estado. Por ellos se rescatará al hombre del
extravío.
El ser humano suele ser más comprensible por sus deudas - el "deber ser"-
que por sus derechos - el "es y hace" -; hombre ideal es el que siempre se
debe a un orden; una severísima norma universalmente predicada, so pena de
hecatombe7; piadosos y revolucionarios predican obediencia; fieles o
militantes. Sin escapar de esta visión, el pensamiento social ha sido un
pensamiento, primero, dudosamente utilitario y, segundo, propenso a asumir
un contenido escatológico. ¿Por qué? Responder, es dar importancia al
problema de la integración de la sociedad. Se hablará de integración social sin
un sentido escolar; menos moral; menos coercivo. Interesa más analizar la
naturaleza de tos vínculos que unen a las personas, al hecho que
sustantivamente permite hablar de organizaciones sociales como objeto central
de una ciencia de la sociedad; una noción tan imperiosa como en su tiempo los
enunciados gravitatorios de la física clásica. Para ello, ¿cuál es la utilidad de la
noción de estado y cuál es la de sistema? La noción dominante de estado
aniquiló la noción de sociedad; de allí las ineptitudes tecnológicas de algunas
enunciaciones de gran éxito político y académico. Y, por vocación contraria,
no será el caso que la visión de la sociedad sistema haga perder de vista la
presencia del despotismo en la definición del curso de los acontecimientos en
muchas historias.
Cuando prima la noción de poder como fundamento de los vínculos sociales,
suele darse razón a la imaginación de aventuras de liberación práctica y a la de
construir un consecuente poder legítimo y popular, por necesidad. Cuando
prima la noción de vínculo funcional, se intenta ver a la sociedad en el ideal
sinérgico: la modernización. Para unos y otros no repugna el uso de formatos
de enunciación susceptibles de ser trasladados a predicados lógicos o
algebraicos de vínculos entre antecedentes y consecuentes. Un interrogante a
elucidar: ¿Cuál es, para uno o para otro, la fuente de los vínculos de las partes?
La sociedad argentina no se distinguió por su aptitud para desatar el genio
creativo de su acción y de su inteligencia. Desde los años 30, y hasta hoy, la
imagen de la sociedad parece atada a cuasi mecánicas nociones vinculares. La
tradición escatológica del pensamiento social se aferró a imágenes mecánicas u
orgánicas de orden: las partes no valen si no es en virtud del todo, del poder
popular o del orden planificado, administrativamente racional ¿en tiempos de
estado de gracia de la sociedad, el de los gobiernos populares, que las organiza
y da sentido? Las partes tienen la misión de ser, no más; no es su autonomía lo
que importa. Por ello dominó el interés de las teorías del estado (Portantiero,
1988; p. 105). O la materia de enunciación de la legalidad fundamental de la
sociedad, autoritaria o democrática, que da el sino de las cosas: una
inteligencia histórica codificada; como que no existe otra fuente de causación.
Contraria posición: el anti-estatismo, o el estado neutro, de las modas liberales
de las dos últimas décadas; repetidamente tentados por el bismarckismo, el
estado de los propietarios. Supuso que la minimización práctica del estado, su
deshistoricidad, crea espontáneamente un estado natural de organicidad; la
mano invisible que quita dramatismo a los dilemas electivos. Empero, la
desaparición del estado, en no pocos casos, desató la furia de relapso
tradicionalismo: la identificación en la etnia sustituyó el compromiso de una
moral universal.
Cualidad de unos y otros: no dejan espacio para la enunciación: (i)
situacional - los tiempos anteriores - que dan peso a lo aprendido por una
sociedad: la riqueza de sus códigos; y (ii) circunstancial - los tiempos de
existencia - o los ruidos que quitan temperancia a las decisiones; de donde
tienen emereencia las conductas. Sin ello, queda sin entender lo que una
sociedad, sencillamente, es.
Por el imperio de estas creencias - por exceso de mecanicismo que
acompaña a la noción del estado reprensor - se pecó en el uso acrítico de
modelos de implicación estructural: "la violencia de arriba trae la violencia de
abajo... y desaparecida la primera desaparece la segunda" o esta otra que
consagra en las causas populares a "la propia razón de a historia" : Pero por
exceso de organicidad se pecó en otras, no menos deseosas: "el desequilibrio
entre las aspiraciones de consumo y las posibilidades del sistema productivo
genera impulsos de crecimiento" o la que dice que los "sistemas sociales
aprenden constantemente por ensayo y error" o aquélla que en un orden
similar de pensamiento descuenta "la racionalidad del consumidor que
optimiza sus beneficios" ¿Hasta cuándo se mantendrán en vigencia tan
inservibles metáforas?
Sentencias que demandan la prioridad ontológica de las acciones
reordenantes (¿equilibrantes?), revolucionarias o administrativas, como
fundamental fuerza causal. Los sistemas sociales, así parecen decir, se
encaminan al imperio de deseados valores: o la libertad, o la liberación, o
también la eficiencia funcional. Imágenes que se cuelan desde el discurso
popular hasta el enunciado académico, de ellas quiero poner en evidencia unos
muy singulares vicios de pensamiento: el vicio de la dependencia y la
interdependencia lógica (que permite el manejo de imágenes holistas de muy
sencilla enunciación).
5. Dependencia e interdependencia
Si anteriormente se intentó trazar un cuadro crítico de las prácticas o
modalidades de enunciación de las teorías sociales, la exposición estuvo
circunscrita a la crítica metodológica. Desde ahora, lo que más importa es
llevar la crítica desde un enfoque centralmente analítico. En las proposiciones
sociales se supone inequívocamente la existencia de vínculos que tienen por
virtud: (i) unir a las personas entre sí en sistemas de interacción de alguna
estabilidad y consecuente predictibilidad; y (ii) unir a las personas con el
mundo de los objetos materiales; objetos que encierran singulares significados.
Ambas nociones de vínculos dan razón al propio concepto de sociedad, cual
sistema relativamente estable, y también ideal, no pocas veces. Dan razón a la
noción de sistema organizado de conceptos y objetos que totalizan, a modo de
envolvente marco de valores, el ámbito existencial dentro del cual la vida se
desenvuelve. Pero el vínculo que enlaza dentro de un mismo discurso a
conceptos y objetos puede ser visto en la oposición de dos significados, sea a
través del significado dependencia de las partes, o por su antagónico: el
significado interdependencia de las partes.
El vocablo dependencia es la palabra clave de una teoría del conflicto; de
aquí, pues, el concepto conflicto involucra por propia necesidad discursiva
otro concepto: dominación, o el ejercicio sobreimpuesto de poder que uno
puede ejercer sobre otro. El dominado, entonces, es un dependiente; y el nexo
entre dominador y dependiente no puede ser otro que un nexo relaciona) cuyos
estadios, proyectados a lo largo de una escala continua, tomarían valores que
van desde la sumisión hasta el conflicto. O la consumación del pecado
escatológico. El vocablo interdependencia es la palabra clave de una teoría
funcional; por ella se supone que todos los factores, conceptos y objetos se
adecúan a un principio de mutua y consensual correspondencia de partes. O la
consumación del pecado organicista.
Cuando hablamos de dependencia, la cohesión de las partes de un sistema, el
nexo, es coactivo, y dentro de él sus estadios serán de sumisión o de violenta
rebelión; o el conflicto como necesario desenlace de la sumisión. Al hablar de
interdependencia, el nexo de las partes vendría a darse por la aceptación de un
cuadro de normas que cada actor hace suyas: normas internalizadas como
códigos o como mandatos no cuestionables. Sonantes diferencias de
predicados, empero, no parecen presentar irresolubles problemas de
compatibilidad discursiva.
La primera prédica es pertinentemente proyectable a un ámbito político de
principios y normas autoritarias, por ejemplo, la dominación colonialista o los
regímenes populares redentoristas en el mundo del Islam. La segunda es perti-
nentemente proyectable en un ámbito cultural fundamentado en la tolerancia,
y en un ámbito político de fundamentos democráticos.
En un ámbito autoritario, la internalización de valores asume la forma de
sumisión. Es el caso de la aceptación de la superioridad cultural de los domin-
adores o resignación ante la superioridad material. En un ámbito democrático,
la internalización de normas es lo que subyace en el conformismo. Es el caso
del resguardo de valores dentro de la propia cultura como principio consentido
de socialización (gráfico 1).
GRAFICO 1 - Nexo discursivo entre teorías de dependencia y teorías de interdependencia
| | NORMAS internalizadas externalizadas |
ámbito autoritario |
| suisión | rebeldía |
| conformismo | innovación |
|
ámbito democrático |
En un ámbito autoritario, el rechazo de un estado de cosas asume forma
visible, expresiva, y también escénica (v.g. las pretendidas por las organizaci-
ones terroristas), de exteriorización del conflicto, hasta sus formas más violen-
tas. En un ámbito democrático, el conflicto será fuego de escenarios de contro-
versias, pero ya como definición institucional, tal cual la aceptación de la
democracia formal, en un cuadro de normas relativamente aceptadas y relativamente observadas por las partes en pugna.
El gráfico 1 presenta un ejemplo de cómo ciertos vacíos de enunciados pare-
cen dar razón a la existencia y controversia de teorías en apariencia irreconcili-
ables. Cuando se hace de la investigación una tarea más lúdica que una deli-
berada asunción de intereses de clase, o de inconsciente enajenación, resulta
posible diseñar un espacio de propiedades que sirva como nexo discursivo
capaz de articular trozos de pensamiento a priori definibles por su antago-
nismo. El espacio propiedad así propuesto no agota el encuentro de rasgos
comunes de los enunciados de dependencia e interdependencia (Merton, 1957;
p. 131). La más impresionante coincidencia está dada por el sentido de con-
strucción discursiva que organizan conceptos y objetos. Los enunciados de
dependencia e interdependencia tienen una base común. Sea la de suponer la
tendencia a optimización de los beneficios de los que ejercen el poder; o sea la
de suponer el necesario ajuste funcional de los componentes del sistema social.
Los fundamentos de ambos supuestos, como imagen mecánica o simil-
orgánica, o como tendencia estadística observable, no dan mérito a
arrogancias de materia no cuestionable. Suponer perfecta funcionalidad
presupone un estadio sistémico de mecanicidad o de organicidad capaces de
determinar unívocas relaciones estímulo-respuesta entre Ai y
Cj, pero a tal
punto de hacer posible el arbitrio de decisiones que minimicen las expectativas
de incertidumbres. La aptitud sistémica de arbitrar decisiones con mínima
incertidumbre, presupone: condición i, la vigencia de un cuadro de normas que
los actores acatan sumisamente, o por exceso de poder de los dominadores;
condición ii, un estadio de consenso sobre la utilidad de un cuadro de
predicados; condición iii, si para uno y otro caso las normas en ejecución
fuesen eficientes, las relaciones sociales llegarán a su máxima aproximación a
formatos algebraicos ¡Tres enunciados de dudosa generalidad!
Si se observara un estadio de estabilidad normativa, por un lado, y esperable
utilidad por la aplicación de las normas que lo definen, por el otro, se daría, y
sólo entonces, el tono de una relación entre antecedentes y consecuentes
altamente predictible, sin espacio para la incertidumbre. Situación contraria: la
indecisión social.
La indecisión social puede suponer la vigencia disyuntiva de las condiciones i
o ii, aunque más estrechamente restringida a los enunciados basales de las
normas; sin importar las dudas sobre las normas accesorias de aplicación. Tal
el caso del anticapitalismo, y del anticomunismo de la Argentina, que asigna un
inconsistente espacio para el capital sin capitalismo (Sebreli, 1985; p. 77), una
norma de aplicación. Con respecto a la condición iii, señálase su
intencionalidad preceptual, pero no su condición de necesidad. Esta
afirmación permite destacar una alta correlación entre carencia de utilidades, o
la no satisfacción de la condición iii, y el andar a tientas entre erráticos cambios
de las políticas: la inestabilidad institucional.
Hablar de indecisión social es describir momentos en los cuales ejercen
dominio las depresivas imágenes con que asumen forma y realidad las
tensiones existenciales; o los momentos en los cuales acaso fugaces imágenes
predominan sobre las condiciones materiales; o los momentos en los cuales se
hace evidente la incapacidad de un sistema social para dar adecuada respuesta
a los estímulos que en otro caso le ordenarían buscar nuevas modalidades de
respuestas, o el cambio de los habituales escenarios en la lucha por el
desarrollo. Es en estos momentos cuando parecen rotas, o agotadas, las
relaciones funcionales directas entre Ai y Cj; o es el momento en que asume
prioridad causal el dramatismo existencial de desesperadas búsquedas de
horizontes. Un enunciado fundamental para definir nuevas bases para la
construcción de modelos en un país como la Argentina; permite comprender
visibles carencias de respuestas de las variables estructurales, así como el
comportamiento global del sistema hogaño remiso a comportarse dentro de un
cuadro de normas eficientes.
La carencia normativa para la vigencia de vínculos estables entre Ai y
Cj
indica carencia de racionalidad para asignar prioridad a las funciones
productivas del sistema: menoscabo de aptitudes discriminativas de la sociedad
singularizada por la centralidad del sector político en la definición de las
normas de integración de la sociedad8. Un vector de fuerza dominante que,
como ningún otro factor, ha marcado su presencia; otro rasgo indeleble en la
cultura que asumió forma decisiva en las modalidades de organización
institucional de la sociedad, sin compromisos tecnológicos. Un drama crucial:
el dilema de integración de una sociedad en crisis. O la integración expresiva o
la integración instrumental.
6) El mundo y sus imágenes
En lo material se ordenan: (i) los objetos involucrados en la acción social y
(ii) las reglas de disposición de los actores que dan forma a la acción misma. La
acción social se materializa ordenando sus objetos involucrados. En lo moral
se ubican los enunciados que darán satisfacción o insatisfacción por el orden de
las cosas. Ambos enunciados no esconden su regla empirista de formulación;
importan por su operacionabilidad.
En la imagen material, u observable, de la sociedad se destacan tres
componentes: (i) lo dado, como entidad material, pero como materia que da
cuerpo a lo moral: naturaleza y mandato, o imágenes de destino que, como
misión, cabe a la sociedad realizar: el ser nacional y la tierra para los
nacionalistas argentinos, objeto de identidades y fidelidades con un espíritu
que se objetiva en el paisaje; (ii) el orden, o la sociedad como sistema de
asignaciones de bienes de poder y de bienes de prestigio, o como asignadora de
papeles o funciones sociales, instrumentales o expresivas; y (iii) lo otro, el
mundo exterior y la tecnología que viene con él; lo otro codificable como
dificultad, los enemigos de afuera, o acaso como facilidad, la tecnología;
aunque sobre la tecnología caiga el vicio de una percepción inconsistente: por
su cualidad enajenante.
En lo dado viene ínsito el destino de grandeza9 signado a la nación. Es la voz
de un superego colectivo. En lo dado está la señal de Dios, por la generosa
asignación de lo adscrito: la extensión, riqueza y belleza del suelo. La tierra es
espíritu hecho materia.
El orden, o la identidad en la forma institucional de la nación, es el principio
que asume la responsabilidad de realización del ser, el ser nacional, a quien
sólo cabe un destino de grandeza, lo que reclama propósitos como el de la
Argentina Potencia10.
GRAFICO 2 - La imagen material de la sociedad
| # | concepto | significado |
| I | LO DADO | la naturaleza o el mandato | D |
| II | EL ORDEN | las normas de asignación | O |
| III | LO OTRO | mundo exterior y tecnología | T |
El orden es legítimo si es proyección de lo dado; cuando lo es, es lo que hace
frente a lo otro. Define principios de prelación moral: primero, lo dado;
segundo, el orden, la sociedad; y tercero, lo otro, lo de afuera. Una
determinante cadena de jerarquías: D -> O -> T.
La tecnología corresponde a lo otro. No existe enunciación que le asigne
endoculturalidad, bien de herencia hispana. Lo vernáculo es la naturaleza
expresiva, nunca instrumental. La tecnología es extraña, "des-esencializante",
o enajenante, o la figura misma de Satanás; como que puede modificar o
corromper la naturaleza adscrita de las cosas. Corresponde a lo otro, a lo
ajeno, a lo potencialmente amenazante.
Lo dado (D), el orden (O) y lo otro (T) son conceptos primitivos de una
teoría utilitaria de la acción social ¿metafisica ingenua?
El tradicionalismo, como comportamiento o como idea, indica una
disposición afirmativa a la prelación D -> O -> T, descendente, porque
desciende de lo dado a las cosas. Por modernismo se entenderán disposiciones
o comportamientos ajustados a una prelación de signo contrario T-> O ->
D; ascendente, porque intenta ascender de las cosas a lo dado. Tesis y antítesis
de la vida política; pero sin producción de síntesis; no se concilia
corporativismo y moral utilitaria.
El tradicionalismo indica sumisión al mandato, a lo dado, a la naturaleza y a
la historia. La nación es proyección de lo dado. El ambientalismo es la
proyección de lo dado sobre el orden, el sistema político y, ulteriormente, sobre
lo otro, el sistema internacional. El modernismo describe dirección contraria.
Ofende su significado prevaricante; es el desafío a un orden natural. Es lo
externo, lo otro, que ultraja las normas de orden de la sociedad, impone una
sociedad ruin, especulativa y fría, desgarradoramente desintegradora, es la
destrucción del ambiente y la negación del mandato. Lo extraño que afrenta la
familiaridad del mundo11. Tradicionalismo y modernismo son conceptos que
se generan por la modificación de la prelación de los conceptos primitivos.
A no dudar, sumisión, es el vocablo que denuncia la presencia de una
voluntad ajena a la conciencia de ego; el acatamiento señala virtud, o la
disposición de fidelidad a un principio, lo dado, y a una forma idealizada de
organización social, la comunidad organizada12. Desde esta misma
perspectiva, la tendencia al dominio es soberbia, voluntad prevaricante, por la
intención manifiesta de modificar el orden natural de las cosas.
Tradicionalismo y modernismo son conceptos de orden secundario. También
descriptores o clasificadores de los actores que tras ellos se ubican, por sus
rasgos más sobresalientes. Hondos sentimientos y resentimientos marcarán
límites, como antípodas. Pregunto ¿cuáles son las imágenes peyorativas que
cada uno forjará del otro y los predicados que las distinguirán? Imágenes
también enunciadas y ordenadas por sus conceptos primitivos.
La imagen que los tradicionalistas proyectan sobre el modernismo, imagen
ascendente: T -> O -> D, define su primer eslabón como dependencia del
mundo externo (v.g. países altos a cuyos intereses se somete el orden de la
nación), una sociedad materialista, asaz destructora de la tradición,
prevaricadora de lo dado, por tanto, una sociedad encaminada a su
destrucción, a su apocalipsis moral y ambiental.
De curso contrario es la imagen que los modernistas proyectan sobre el
tradicionalismo, imagen descendente: D -> O -> T. Primer eslabón de esta
cadena es el predicado de pobreza, como consecuencia esperable de ausentes
motivaciones por el lucro, por la proyección de lo dado sobre la esfera
económica, sobre el orden de la sociedad; esta proyección singulariza las
disposiciones institucionales de una sociedad autoritaria; una sociedad que
define al aislamiento del mundo y de la tecnología cómo valor.
Estas dos imágenes, T-> O -> D, ascendente, o la contraria, descendente,
D -> O -> T, mostrarán a lo largo de los años su persistencia y pertinacia
como ordenadores de los discursos políticos de tradicionalistas y modernistas.
Serán, pues, base de enunciación moral del significado de la persona humana y
del orden de cosas deseable, como orden supremo de la organización social, no
menos. Abrimos un nuevo interrogante sobre la prelación del individuo, aún
una noción borrosa, en el concierto de las cosas dadas ¿la anterioridad o
posterioridad del hombre sobre lo dado? Más concreto ¿cuál es la relación
esperable entre ego y álter en una y otra imagen?
Lo dado, cuando se lo coloca como valor dominante de la sociedad, imprime
la cualidad de sus exigencias en los comportamientos. Lo dado es el mandato
que se sostiene por sus raíces en los arcanos de la cultura, en el ser de las cosas:
un destino que se devela.
El liberalismo fue en su tradición vector de signo contrario a todo mandato.
Por ello extraño; lo que venía a irrumpir contra un orden para modificarlo y
corromperlo; también sus fundamentos en la cultura y la propia imagen del
paisaje; lo que más importaba. Sería impulso del genio creativo; la norma de
dominar el mundo material y con él los acontecimientos, jamás la sumisión a
destino develado de la existencia; el pecado de la soberbia, para los
tradicionalistas.
Si tanto importa definir el mundo por lo que cada uno desea de él, jamás
encontré principio de definición de la imagen moral del mundo con tanta carga
de significados como el que configuran las imágenes de la inserción de ego en
álter. O ego predomina sobre álter, ego > álter, o, necesariamente, ego se
somete a álter, ego < álter. Lo bueno o malo de la vida en sociedad parece
dirimirse en las desigualdades que definen las prioridades ontológicas de ego y
álter, sea como definición de valores que compromete moralmente a ego o
como definición de un estado de cosas de las que ego espera gratificación. Pero
el ideal de uno es el desideal del otro; que es lo mismo que decir que lo que para
unos es valor para los otros es un disvalor.
La definición del disvalor es lo que los unos entienden como la materia de los
otros. Es una definición por implicación. Viene esto a decir que si para un actor
Ai resulta ser de Vj el valor del oponente Aj, la vigencia de Vj implica, para el
primero, el dominio de su disvalor ~Vi; el oprobio, lo no soportable. Las
oposiciones entre un valor y las implicaciones de su contrario definirán con
algidez los términos de las controversias morales políticas.
7) Las dimensiones del problema
A lo largo de este discurso, que parte de los conceptos primitivos: (i) lo dado
(D); (ii) el orden (O) y lo otro (T), vimos que se definían dos ejes de conceptos.
El primero denotado por la oposición de los vocablos sumisión versus
dominio. El segundo definido por los órdenes de prelación de ego, el actor, y
álter, el entorno del actor: ego <álter versus ego > álter.
Ordinariamente la traducción vectorial del significado de estos dos ejes
parece confundirse en la propia oposición tradicionalismo versus modernismo.
Cuanto ello ocurra, la pertinencia de haber definido dos ejes de conceptos sería
repudiable. No es así. Si se habla de tradicionalismo o de modernismo habrá
que cuidar la riqueza de esta antinomia de conceptos; nunca convertirla en
epítetos de magra cualidad cognoscitiva; ni confin de pura expresividad.
Hablamos de un cuadro de comportamientos que son partes de una familia de
conceptos: ¡evitar su monadización! Una regla importante en la hora de
distinguir subespacios de comportamientos. Subespacios que expresan el
principio de relativa independencia de factores en la acción social. las
relaciones sociales guardan necesarios rangos de incertidumbre.
Se puede hablar, así, de la cuasi ortogonalidad de las oposiciones que
resumen la imagen material y la imagen moral de la sociedad. Definen un
espacio de dos dimensiones, dentro del cual cuatro vértices toman posición a
modo de cardinales.
GRAFICO 3 - Los 4 cardinales del sistema político definidos por la intersección de dos vectores
de imágenes: sobre el mundo material y sobre el mundo moral
En el gráfico 3 se distinguen las posiciones cuasi ortogonales13 de los vectores
que definen las antinomias de imágenes del mundo moral, en el eje de las x, y las
del mundo material, en el eje de las y. Las mayores divergencias de conceptos, los
contrarios, se definen en los extremos de cada uno de los vectores, v.g. ego >
álter versus ego <álter y dominio versus sumisión. Menores divergencias de
conceptos, los subcontrarios, pueden ser medidas entre los significados que
provienen de dos vectores distintos. Y la divergencia sería tanto menor si el
ángulo a tuviese un valor próximo a cero: valor de correlación tendería a la
unidad. Así ocurrió cuando dentro de los vectores II y III se ubicaban los centros
de gravedad de un espectro político extremadamente polarizado; como así
ocurrió por décadas en la política argentina; lo que no es singular. Las alianzas
son posibles entre subcontrarios, no entre contrarios.
Cada uno de los cuatro vértices se asocia, y con dominante probabilidad, con
cuatro disposiciones ideológicas que las caracterizan. Estas disposiciones
ideológicas asumen el carácter de funciones para la minimización de tensiones
existenciales, en algunos casos, o como disposiciones creativas en otros casos.
Destacaremos las siguientes implicaciones retrodictivas: (i)estatismo
implicando sumisividad ante los hechos o sentimiento de desolación (v.g. la
imagen de un mundo que ha escapado del control de cada uno), (ii)
corporativismo implicando debilidad de ego respecto a álter (v.g. la imagen de
insignificancia de la acción individual), (iii)orientación económica implicando
tendencia al dominio (v.g. la imagen de la sociedad como tierra de conquista) y
(iv) dominio de ego sobre álter implicando orientación política (v.g. la imagen
de valor del gesto heroico individual).
La cuasi ortogonalidad de los dos vectores no permite asignar a cada uno de
los cuatro cuadrantes significaciones estadísticas equiparables; no constituyen
cuatro modelos de iguales probabilidades de ocurrencia. Resulta así que
mientras los cuadrantes I y IV definen configuraciones menos estables y menos
consistentes, los cuadrantes II y III han definido por tradición espacios de
acción y alianzas de reconocida estabilidad y han demandado, además, toda la
atención de los participantes de la escena política, por ejemplo, el peronismo y
el anti-peronismo.
El cuadrante II define el escenario de convergencia de estatismo y
corporativismo; mientras que el cuadrante III fue escenario de otra
convergencia orientación política y orientación económica. El primero de los
escenarios conoció el bullicio de una revolución que se decía nacional y
popular. Mientras que el segundo fue el escenario de las disputas de la
Argentina liberal que dejó atrás el populismo, por los años 40.
El cuadrante I indicaría una convergencia de estatismo y orientación política,
de fugaz presencia en la vida política argentina, con la propuesta de
entendimiento civil-militar de 1955 y que no sobrepasa el año 1957; vocación
cívica, restitución de la Constitución de 1853 con una pátina de pensamiento
socialdemócrata; más un estado fuerte y omnipotente que por este camino se
propuso la vigencia del liberalismo económico; un estado que vino a reprimir
con extremada dureza, como nos lo recuerdan los fusilamientos de junio de
1956.
En el cuadrante IV el compromiso de corporativismo y orientación
económica define otra experiencia fugaz como la que intenta el presidente
Arturo Frondizi desde 1957: un escenario de amigable acuerdo entre sectores
corporativos y el corpus del empresariado nacional; venían a realizar la no
realizada revolución de la burguesía nacional, una expresión populista del
industrialismo, pero sin compromisos tecnológicos. ¿Cuáles son los
compromisos institucionales vinculados a cada uno de estos cuadrantes?
En el sector I se ubica el predicado en favor de una democracia limitada, sin
dudas una democracia que se siente desplomar, incapaz de sostenerse por sí
misma, aísla la turba que la corrompe, y así se construye un sistema reservado
para una aristocracia del espíritu, pero con el sostén de un sistema autoritario.
Ejemplo, la revolución militar de 1955.
En el sector II tiene perfecta ubicación el estatismo tutelar que caracteriza la
propuesta de la revolución militar de 1943 de una conciliación de intereses de
clases, de ascenso de las masas y de restitución moral del viejo tradicionalismo
oligárquico, animado por sectores desolados de las viejas clases altas venidas a
menos, resentidas con los venidos a más. En el sector III tuvieron cabida las
imágenes o modelos de democracias divergentes, al estilo occidental, o más
conservadoras, o más al estilo de las socialdemocracias.
El sector IV no constituyó nunca un escenario de peso y relevancia en la vida
política; los intentos de un corporativismo tecnologista nunca sobrepasa los
estrechos umbrales de lo que se definió como política desarrollista; a modo de
un acuerdo entre segmentos populares y empresarios creativos.
Pero no más que creadores de una simplificada política de pactos y acuerdos
corporativos entre poderosas centrales obreras, como solía adular el presidente
Frondizi, y las corporaciones representando el empresariado nacional; todo
ello refrendado por las corporaciones del poder militar y la bendición del
corporativismo moral. A pesar de los deseos, las corporaciones sindicales y
militares prefirieron la caída del gobierno desarrollista en marzo de 1962
(gráfico 3).
Poder tutelar o democracia divergente constituyeron los principios de
conceptos de dos retóricas que, con sus opuestos modelos, disputaron hasta la
violencia la escena política en ya casi dos siglos de historia. Dos modelos
necesitados de aplastarse el uno al otro. Los años finiseculares, con el
nacimiento de la Unión Cívica y ulterior del socialismo, la escena política era la
descrita en el cuadrante III. Desde 1940 la escena se traslada, primero
gradualmente, después bruscamente, al centro de gravedad del cuadrante II.
Una cualidad distingue al ejercicio del poder tutelar, como estadio societal,
transitorio o relativamente estabilizado: su incapacidad para dar significado
creativo, tecnológico o aun expresivo, a la cotidianeidad, por el contrario, la
desprecia como cacharro a ser botado. El camino no es dialéctico, el
corporativismo no cierra páginas de la historia; no es gozoso como el
hedonismo; no es transformador como el capitalismo; mustio e incapaz de
seducir con ofertas de nuevos modelos de vida.
8) Herencias culturales y modos políticos
Las coordenadas de conceptos habrán de servir para clasificar a los actores
por sus enunciados o definiciones ideológicas más características. ¿Cómo?
Midiendo la distancia lineal de cada actor con cada uno de los cuatro
cardinales. La menor distancia implica la adscripción a un segmento. Así se
define un orden de significados representados bidimensionalmente en el gráfico
414.
Se describe una figura romboidal de cuatro vértices que representan cuatro
modos o valores políticos de la sociedad; a saber: (i) la fuerza de los
institucionalistas o los ilustres, cuyos arquetipos son los ilustres varones del
civismo; (ii) la fuerza efectiva de quienes se sienten movilizados hacia las
grandes causas redentoras; (iii) la fuerza que conforman todos aquéllos que
sienten la desolación de una realidad y de hechos que parecen estar fuera del
control de cada uno, ora por cambios históricos ora por el poder y ciencia de
GRAFICO 4 - Los 4 cardinales del sistema político y los segmentos sociales que se movilizan por
la acción de estos vectores
otras culturas que no podemos alcanzar; y (iv) la fuerza de los emprendedores,
quienes buscan la definición de un ámbito de conceptos y de disposiciones
humanas, favorables a las libertades creadoras.
No hay dudas que entre los ilustres será visible el dominio de las tendencias
radicales; e igualmente clara resulta la presencia del estilo político del
peronismo corporativo entre aquéllos que venimos a denominar movilizados;
los emprendedores son sin duda los que confunden sus predicados políticos
con las más puras tradiciones liberales; y los desolados son quienes más
agudamente sufren las consecuencias de indecisiones o ambigÜedades, o
quienes ven el transcurrir de las cosas como testigos impotentes, como si la
sociedad se desplomara a un abismo; sobre los años 30 enunciaron los
fundamentos ideológicos del populismo que irrumpe en los años 40; más tarde,
con mayor o menor sigilo, dieron sostén al procesismo, aunque no pocos de
ellos proclamaron la necesidad de liberarse de la dependencia externa; la
desolación debe ser vista desde sus primeros orígenes, ya desde la Semana
Trágica; anticipo de las sombras de la desolación. La ambigÜedad de los
desolados se refleja en el propio partido que también los representa, la Unión
de Centro Democrática, a veces emprendedora, cuantas veces más desolada.
Los modos o configuraciones que suelen dar expresión y realidad a un
sistema político no están exentos de impurezas o de contradicciones que las
personas asumen como válidas y retóricamente consistentes. Así, pues, resulta
necesario distinguir subsegmentos o configuraciones más dispuestas a conciliar
o a acortar distancias entre polos de conceptos diametralmente opuestos.
Cada uno de los cuatros segmentos cardinales puede subclasificarse, hasta
dar lugar a la definición de subsegmentos complementarios. La
subclasificación distinguiría el origen distinto al dominante en cada uno de los
cardinales. Son subsegmentos que surgen de cuatro movimientos entre
opuestos; a saber: (i) los populares carismáticos, como expresión bien definida
de un segmento que no resuelve su esencial marginalidad y que por tanto se
proyecta al mundo de los ilustres; (ii) los radicalizados, cuando los ilustres
intentan la aventura de conducir ideológica o políticamente a los movilizados y
se adscriben a éstos; (iii) los moralistas, creyentes en la virtudes del orden y del
trabajo, quienes aparecen abjurando de la desolación, buscando la huella
trazada por los emprendedores; (iv) los apurados, o un moralismo de
impacientes, cuando el emprendedor asume la forma rígida del
fundamentalismo y se vuelca hacia los desolados.
Es momento de hablar de algunas de las propiedades que muestra el esquema
clasificatorio que se ha propuesto. De ellas es necesario destacar que las cuatro
orientaciones señaladas en primer lugar corresponden a los segmentos sociales
que les cupo jugar papeles políticos de mayor gravitación en las últimas
décadas; aunque cabe advertir la presencia más reciente de los emprendedores,
quienes entran como actores de la nueva escena política y aún sin papel
relevante en el ámbito económico; no podían tenerlo en un sistema productivo
nacido de un empresariado sin nervios, absolutamente prebendista. Estos
cuatros son, a no dudarlo, figuras principales. Las cuatro orientaciones
señaladas, en segundo lugar, han jugado, por el contrario, papeles políticos
secundarios, o accesorios. Ello no resta significado a sus movimientos
ideológicos, o a sus aptitudes de arrastre como líderes intelectuales del resto de
sus cardinales. Recordemos: (i) los apurados solían arrastrar al resto de los
desolados a sus propuestas de gobiernos militares ordenados y eficientes;
fueron las usinas de producción de ruidos, de las famosas pálidas, u ondas
depresivas15, que dejan sin aliento a la sociedad, verdaderos anticipos de
huracanes; (ii) los radicalizados arrastraron, o apuraron el fermento, hacia una
actitud más intemperante de los movilizados; (iii) los populares carismáticos,
por su parte, proveyeron la base de sostén del triunfo radical de 1983,
alejándose de su viejo tronco corporativo; le dieron base popular; iv) los
moralistas, acaso el segmento menos visualizado en la escena política,
contribuyó también al triunfo radical, aunque en 1987 parecieron volcarse
parcialmente hacia el justicialismo; todo ello, sin embargo, no quita la
posibilidad de convertirse en la base popular más a mano de los
emprendedores, en el concierto de un pacto que quebraría las lealtades que
monopolizan los movilizados.
El papel secundario que se asigna a estos cuatro segmentos internos es
consistente con el hecho de ser segmentos de los cuales no surgen líderes
políticos notables, ni de cuyas inspiraciones nacen ondas políticas capaces de
atraer multitudes.
Si el pluralismo como concepto de base de una democracia señala la
presencia de un nutrido grupo de actores en una escena política, muy
pertinente será decir que ello no fu¿ cualidad que caracterizó la política
argentina. Lo que se conoció fue un juego no reglado de fuerzas duales,
sumamente ruidoso y desorganizante. -Se dirá no reglado cuando en la
interacción entre los dos actores principales no entran juegos de reglas
mutuamente consentidas.
TABLA 1 - Los miedos de la sociedad16. Muestra urbana de 5000 entrevistados; año 1986
| | SEGMENTOS | variables |
|   |   | % | miedo al futuro % acuerdo |
miedo al estallido social % acuerdo |
que se vaya el gobierno % acuerdo |
| sistema politico convergente (48 %) |
1.1 1.2 | desolados apurados |
15 8 | 83 83 | 81 72 | 37 99 |
2.1 2.2 | popular movilizado laico radicalizado | 22 3 | 95 30 | 87 57 | 75 96 |
| sistema politico divergente (52 %) |
3.1 3.2 | emprendedores moralista popular |
13 12 | 48 79 | 49 40 | 5 1 |
4.1 4.2 | laico ilustre popular carismático | 13 14 | 39 74 | 49 77 | 3 30 |
| 100 |
Se vivieron, así, cuatro décadas de dominio de la puja de desolados y
movilizados, que nunca dejó de involucrar al peronismo como totalidad; buena
medida de una misma entidad de dos caras: el partido policlasista. Fueron ellos
quienes desde sus bases sindicales o militares ¡corporativistas o bismarckistas!
podían arrogarse propuestas de grandes cambios a instrumentar por gobiernos
de muy largos plazos. Fueron ellos los actores más aptos para la generación de
ruidos; u ondas de desesperanzas. Fueron ellos los factores que logran entrar
en conjunción en los años 40, (i) facilitando la declinación del sindicalismo
democrático, de base socialista, (ii) matando el genio de la inventiva
tecnológica. Y el tiempo les enseñó los caminos de la reconciliación.
En 1983 se dio crédito a la esperanza de vivir 100 años de democracia.
Algunos años después, sin embargo, la política no alcanza a romper la
decepcionante presencia de dualidades no regladas que impiden abrir curso al
pluralismo.
El enfrentamiento entre institucionalistas y movilizados, ocurrido durante el
gobierno del doctor Alfonsín, no dejó ver con claridad la luz de una sociedad
civil; así como la reconstrucción de la alianza histórica entre movilizados y
desolados, que dio nacimiento al peronismo, retrae la amenaza del
bismarckismo al declinar el poder corporativo. ¿Es el camino a una dictadura
constitucional? Antes cabe preguntar, ¿dónde nace el ruido que disloca las
relaciones entre antecedentes y consecuentes?
Una fuerte discrepancia separa el mundo subjetivo del sector popular que
procura un cuadro convergente de valores respecto del que afirman los
principios de una democracia divergente.
Al margen de esta verdad, que bien conocida es, será necesario destacar que:
(i) los sectores movilizados y desolados padecen una crítica situación de
inseguridad que viene a reforzar su concepción más comunitarista de la vida y
su imagen piramidal y monolítica de la organización social; (ii) se advierte que
el sector moralista popular, de mayor presencia femenina y también de base
popular, es menos sensible a la crisis de inseguridad, y algo menos proclive al
desvío autoritario; es un segmento que comienza a abrirse al pensamiento que
concibe a la sociedad como una posible suma de los comportamientos
asumidos por responsabilidades individuales y no tanto por evocaciones del
compañerismo; se sienten hacedores del orden desde sus pequeños mundos de
sentido común; (iii) el segmento laico radicalizado muestra en qué grado la
adscripción a una ideología revolucionaria de cambio es un modo más o menos
eficiente de resolver las propias incertidumbres sobre el futuro que nos esperan
en cada vuelta de la vida.
En la tercera columna de la tabla se resaltan las actitudes anti-institucionales
que colmaron la escena política del gobierno radical. Los apurados, a la postre
el subsegmento que fermenta a los desolados, marcan el compás de las ondas
depresivas de la sociedad. Tras ellos los radicalizados, en un reiterado papel.
NOTAS
The Harry Truman Research Institute for the Advancement of Peace, Universidad Hebrea de
Jerusalén.

Tecnología será definida por la intersección de dos antinomias: (i) acción productiva versus
acción no productiva y (ii) manipulación material versus organización relacional. De esta
intersección surge un espacio de cuatro vértices: vértice 1, acción productiva y manipulación
material, o la acción de consecuencias económicas ejercidas sobre el entorno material; vértice
1, acción productiva y organización relaciona¡, o la pura producción de decisiones con
consecuencias económicas; vértice 3, acción no productiva y manipulación material, o las
acciones sin significado económico que involucra el movimiento del organismo en el mundo
de objetos; vértice 4, acción no productiva y organización relaciona!, o las interacciones de
personas sin fines económicos.

Este predicado debe ser visto en su validez universal: tanto a los momentos históricos que
definen las sociedades dominadas por el espíritu del lucro, como se calificó a las sociedades
capitalistas, cuanto los tiempos o períodos en los cuales los sistemas de sociedades tenían de
base el poder militar.

En esta definición de tecnología va implícita la imagen moral de la organización social y no únicamente su significado material (Hernández y Mochkofsky, 1977).

En esta sentencia no intento llevar la discusión a un ámbito intelectual ajeno al que sirvió de
punto de partida. Me mantengo en una dimensión muy práctica del problema. Es la
dimensión que describe la circunstancia del actor en su momento de decisión. Un momento
de conflicto entre interioridad y exterioridad. Las ciencias políticas en América Latina - y en
el mundo, quizá - se han mantenido secularmente ajenas a este tipo de preocupaciones
intelectuales; las tradiciones historicistas proyectan las preocupaciones sobre grandes tiempos
de la historia. Empero, en la investigación de mercado se han dado con seguridad los mejores
aportes para el estudio de estos problemas, al analizar el instante de compra, o de toma de
decisión de un elector presionado por encontradas solidaridades.

Sobre los años 80 se aprontaron cambios en la opinión pública: i) menor popularidad del
concepto de dependencia; (ii) debilidad de la concepción mecánica de los órdenes de las
naciones. Hay temores que quedan, empero. Temores al uso de los espacios de libertad por
inseguridades tecnológicas; el temor a la desimperialización, o el miedo a la indiferencia de
los países ricos. Los nuevos presidentes populares de América Latina han hecho de sus
políticas un reclamo de nuevos vínculos con los países ricos ¿de dependencia?

Al entrar en el uso del vocablo metodológico, será necesario hacer algunas consideraciones
entre la utilidad estructural y la utilización existencial de los formatos de enunciación (i.e.
discurso del lenguaje común, o del lenguaje formalizado). Pero muy al margen de la
conveniencia de discutir las bondades expresivas de una u otra forma de lenguaje - lo que
puede convertirse en controversia, por demás superflua - habrá de importar más el
problema lógico de la temporalidad de los enunciados de implicación que habrán de estar
presentes como una espina en todas las proposiciones, cualquiera fuere la modalidad de
enunciación utilizada.

El significado de la imagen de hecatombe del mundo es acaso la imagen que más agudamente
describe el sustrato de las imágenes holistas de la sociedad; pero antes que nada será vista
como el enunciado central de las ideologías antimodernistas. Es el punto de arranque o
fundamento de la ideología del estallido social.

Se habla de aptitudes discriminativas en un enfoque eminentemente cognoscitivo. Se hace
referencia a la habilidad para distinguir las cosas necesarias de las innecesarias, o lo urgente
de lo postergable, o lo utilitario de lo meramente simbólico. Este último punto es el que
álgidamente importa poner en relieve.

Destino de grandeza como promesa de un espíritu reservado a una nación singular: la
Argentina. Fue continuamente apelado en la retórica de los gobiernos militares.

Argentina Potencia, mónada comunicacional que en la tercera presidencia de Juan D. Perón
expresa el destino implícito en lo dado de la nación argentina.

Es remarcable la implicación del tradicionalismo en las exigencias de un mundo sólo
compuesto de objetos familiares (r=.76).

La comunidad organizada indicó el principio moral de movilización social del populismo
peronista.

Ortogonalidad de los vectores debe ser entendida en su estricto sentido algebraico; cuando el
ángulo que forman dos vectores es ortogonal, el coseno del cual es igual a cero.

El gráfico 4 resulta de proyectar un espacio multidimensional (n > 2) en un espacio de dos
dimensiones. Estos mismos vectores son, por otra parte, los que se utilizan para clasificar a la
población en cuatro grandes segmentos. Paso siguiente será el de subclasificar a las
poblaciones que tienen por baricentro a cada uno de los cuatro vértices.

En la jerga popular se habla de las pálidas como ondas dominantes de depresión social.
Importa de este hecho la visualización, desde una teoría de primer grado, o, desde el pequeño
discurso político, la visualización de un efectivo factor en la emergencia de comportamientos
masivos. Un hecho, pues, que escapa al análisis puramente estructural.

Respuestas a las siguientes preguntas: (i) ¿a menudo siente miedo e inseguridad por el futuro?;
(ii) ¿si el gobierno no toma medidas económicas urgentes tendremos un estallido social? y (iii)
si el gobierno no sabe resolver los problemas económicos del país... ¿qué se vayan? El
cuestionario se aplicó en 1986: época feliz del gobierno radical.

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