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| VOLUMEN 2 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1991 |
Movimiento Obrero En America Latina
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Argentina 1930-1940: nacionalismo integral,
justicia social y clase obrera
ALBERTO SPEKTOROWSKI
Universidad Hebrea de Jerusalén
Introducción
El nacionalismo integral argentino de la década de 1930 y la clase obrera
aparecen generalmente en la historiografía argentina como dos conceptos
opuestos, inclusive contradictorios1. Desde las páginas del periódico conservador
La Fronda, y desde La Nueva República, el grupo de jóvenes nacionalistas que
elaboraron los lineamientos ideológicos de lo que sería el nacionalismo integral
argentino, pretendían dar una respuesta a lo que consideraban como los productos
lógicos de los ideales implantados por las élites liberales de 1830, perfeccionados
por la ideología positivista de las élites de fines de la década de 1890. El sufragio
universal implantado con la ley Sáenz Peña da expresión política a las nuevas
clases medias, al igual que la inmigración europea da fuerza considerable a la clase
obrera argentina. Estos desarrollos políticos y sociológicos cambian
substancialmente a un país, sobre todo uno que, incluso para las élites liberales que
lo proyectaron, se escapaba de sus planteos ideológicos.
En realidad las élites liberales, especialmente las élites modernistas del
centenario, pensaban más en términos de liberalismo económico que en términos
de democracia integracionista. El gobierno populista de Hipólito Yrigoyen fue el
primer intento democrático populista de integración nacional. Sin embargo, para
las corrientes nacionalistas integralistas surgidas en gran parte en el seno del
partido conservador, tanto el yrigoyenismo como las ideologías clasistas que
provocaron durante las primeras décadas del siglo los conflictos gremiales que
tanto repercutieron en la opinión pública argentina, representaban dos caras del
mismo proceso de desintegración nacional. El nacionalismo integral argentino,
desde el comienzo de su desarrollo ideológico a fines de 1928, era enemigo tanto del
Radicalismo yrigoyenista como de las organizaciones representativas de la clase
obrera, que se basaban en las mencionadas ideologías positivistas de conflicto de
clase. También, el proceso inmigratorio en Argentina, como la constitución de
fuertes gremios obreros dominados por el socialismo y el anarquismo, cuyos
miembros en gran número eran extranjeros, contribuían a una clara sensación que
la dicotomía entre lo foráneo y la identidad nacional implicaba la dicotomía entre
una ideología de modernización liberal, basada en principios racionalistas
utilitarios, y una ideología nacionalista integral que represente el sentimiento y la
identidad de la nación argentina.
En el curso de la década de 1930, luego del fracaso del proyecto corporatista
uriburista y de la restauración del régimen oligárquico en forma de democracia
restringida, el nacionalismo integralista argentino evoluciona hacia una tendencia
cercana al nacionalismo populista. El nacionalismo populista intransigente,
especialmente el desarrollado por los jóvenes yrigoyenistas de FORJA a partir de
mediados de la década de 1930, es un desarrollo moderno del caudillismo populista
y del nacionalismo económico del yrigoyenismo, y por lo tanto tiene raíces
ideológicas diferentes del nacionalismo integralista. Sin embargo, ambas
tendencias rechazaron el positivismo modernizante de las élites liberales, defendían
el proceso de recuperación de la identidad nacional rescatando la figura histórica .
de Juan Manuel de Rosas, y aducían que esta identidad era afectada por las
corrientes inmigratorias y las ideologías foráneas que se suponía provenían de tales
inmigraciones. Ambas tendencias bregaban por el nacionalismo económico y,
durante la Segunda Guerra Mundial, exigían la neutralidad. Al oponerse a la
inmigración, ambas corrientes en realidad se oponían al programa de
modernización liberal de las élites libérales. El momento de mayor acercamiento
entre ambas corrientes se dio durante la "Década Infame", cuando el nacionalismo
integralista sentía la necesidad de asumir conceptos anti-imperialistas y, en ciertos
casos, también desarrollistas. Esta evolución hacia una postura modernista que
adelantaba el futuro lenguaje del peronismo, relacionado a la independencia
económica y a la justicia social, ponen al nacionalismo integral argentino en una
nueva posición frente al problema de la clase trabajadora como parte integral de la
nación. La crítica a los partidos políticos representantes de los intereses de la clase
obrera no fue transformada, pero el problema del produccionismo y de las
condiciones de vida de la clase obrera, que representa la fuerza viva de la nación,
son asumidas como parte inherente de la teoría del estado nacionalista.
Como veremos seguidamente, esta concepción surge de las particularidades de la
misma evolución ideológica' dentro del nacionalismo integralista que apareció
desde principios de siglo en Europa. Su mensaje fue bien percibido por los
intelectuales nacionalistas, quienes, desde las páginas de La Nueva República en
1928, comenzaron a desarrollar en Argentina una concepción política alternativa al
liberalismo de las élites fundadoras y del socialismo marxista, o reformista.
Contrariamente a lo que se asume convencionalmente, este desarrollo ideológico
adelantó en gran medida al discurso peronista, que fue el movimiento popular que
dio expresión máxima a la unión del estado nacionalista con la clase obrera.
El nacionalismo integral:
teoría de una ideología alternativa al liberalismo y al socialismo marxista
El nacionalismo orgánico o integral, cuya influencia en el nacionalismo argentino
de la década de 1930 es evidente, tuvo sus orígenes en Europa de principios de siglo
en los escritos de intelectuales franceses, italianos y alemanes, quienes entendieron
que los principios racionalistas, materialistas y utilitarios surgidos durante la
Revolución Francesa, basados en la filosofía de los derechos naturales, no podían
dar respuesta a los nuevos problemas creados por la modernización económica y
política en Europa. Para los nacionalistas italianos Enrico Corradini y Gabriel
D'Annunzio, o los franceses Charles Maurras y Maurice Barres, la democracia
liberal no sólo era responsable de derrotas nacionales humillantes como la
campaña italiana de Adowa en 1896, o la impotencia de la tercera república
francesa para recuperar las provincias perdidas en 1870, sino que también era
responsable de las injusticias económicas y sociales que producía el capitalismo
liberal.
El nacionalismo integral y su posterior desarrollo, el fascismo, pretendieron ser
una tercera vía entre el liberalismo y el socialismo marxista, viniendo a proponer
otra solución a los problemas presentados por la revolución tecnológica y la
revolución intelectual a la sociedad europea de principios de siglo2. Aunque los
procesos de modernización económica y política en Argentina en particular y en
América Latina en general no equivalían a los europeos, es claro que la nueva
intelectualidad nacionalista argentina no reparaba en tales diferencias. Como bien
lo definía Eugen Weber al analizar a la Guardia de Hierro rumana, también un país
agrícola, en el que los partidos de clase obrera no amenazaban los intereses de la
burguesía, produjo un partido fascista que también llegó al poder3. Eugen Weber
recalcaba que en países de tales características el fascismo podía desarrollar la
función de movimientos de liberación nacional. Pero lo que nos incumbe en este
artículo, desde el punto de vista ideológico, es que si bien el socialismo marxista fue
la ideología que representó a la clase obrera organizada y pretendió la
emancipación de la clase obrera en términos universales, la nueva síntesis
ideológica producida por el nacional socialismo, y el fascismo, no podía dejar de
lado a la clase trabajadora que representaba en sí misma la fuerza viva de la nación.
Para este nuevo socialismo nacional erradicado de las raíces nacionalistas
materialistas y utilitarias del socialismo marxista y del liberalismo burgués, la clase
obrera debía estar integrada en la nación.
A principios de siglo (1910-1911), en la publicación de Les Cahiers du Cercle
Proudhon en Francia y La Lupa en Italia, convergían los discípulos de George
Sorel, como Edouard Berth, con nacionalistas provenientes de "L'Action
Franraise", liderada por el francés Charles Maurras. Allí quedó sintetizada la
primera unión entre el pensamiento sindicalista y el socialismo moral soreliano con
el nuevo nacionalismo integral de Charles Maurras y Maurice Barres. Esa síntesis,
que influyó en gran medida en el desarrollo del pensamiento sindicalista italiano,
rompía con el antagonismo marxista entre burguesía y proletariado. Como bien lo
definía el sindicalista italiano Sergio Pannunzio, el viejo conflicto de clases se
transforma en choque entre un bloque conservador y un bloque revolucionario4. Al
bloque revolucionario sólo podían pertenecer militantes sindicalistas, anarquistas o
nacionalistas radicales, mientras que tanto liberales como socialistas marxistas,
que comparten los mismos principios materialistas y racionalistas de la sociedad y
cultura burguesa, comprenden el bloque conservador.
En lo que respecta al concepto de proletariado, éste pierde significación para el
sindicalismo nacional, ya que el conflicto de clase se transforma en un conflicto
entre el capital productor y el capital financiero. En la clase productora, tanto el
obrero como el capitalista tienen intereses comunes y son los que componen la
fuerza viva de la nación5. En este nuevo ordenamiento ideológico, la clase obrera
pasaba a ser parte integral de la nación y es así que, en lo que se refiere a su
autoimagen, movimientos como "L'Action Frangaise" en Francia o la "Cruz de
Hierro de Szalazi" en Hungría, o el movimiento "Rex de Degrelle" en Bélgica, que
se originó atacando al hipercapitalismo inhumano, no se veían como antisocialistas
o antiobreros6. Como declaraba Ch. Maurras. "...existe una forma de socialismo
que, extirpado de sus (características) democráticas y cosmopolitas, se amolda al
nacionalismo así como un guante a una mano..."7.
Antecedentes históricos
El nacionalismo integral argentino, al igual que sus pares en el mundo, vio los
problemas sociales y políticos de principios de siglo bajo la óptica del catolicismo
social surgido en 1891, luego del Rerum Novarum del Papa Leo XIII. Para el
catolicismo tradicionalista, era claro que los problemas derivados de los procesos
de modernización política y social desembocarían en conflictos sociales, cuyas
lógicas ventajas serían capitalizadas por los revolucionarios marxistas. Partiendo
de esa idea, un nuevo mensaje católico basado en la concepción política tomista
venía a proponer una solución católica a los sufrimientos de la clase obrera. Esta
concepción, aceptada y desarrollada por la derecha radical, tuvo precedentes en el
pensamiento de católicos liberales de la generación de 1890, como José de Estrada,
Miguel de Andrea, Pedro Goyena o Emilio Lamarca, cuyo lenguaje principista,
popularizado a partir de 1882, fue utilizado por la Unión Cívica Radical desde
18908.
Los planteos sociales desarrollados por esta generación estaban dirigidos a
ofrecer una alternativa a las supuestas ideas revolucionarias disasociadoras traídas
por las corrientes inmigratorias de principios de siglo, pretendiendo dar una
respuesta también al espíritu cosmopolita y burgués que se sentía en la Buenos
Aires de principios de siglo. A través de una proposición moral, se pretendía
recuperar esa unidad e identidad nacional. Esta visión, como mencionamos,
influyó en gran forma en las corrientes nacionalistas integralistas surgidas del viejo
conservadurismo argentino, ya que, en la era del fascismo, entendían que el viejo
paternalismo católico debía dar lugar a un nuevo nacionalismo integral que, bajo el
marco de un corporativismo de estado, pudiera dar solución al problema de la
sociedad de masas. Esta visión no influyó en la misma forma en las corrientes
nacionalistas populistas surgidas del ala intransigente del yrigoyenismo; sin
embargo, para las dos, el problema obrero estaba íntimamente ligado al problema
de la inmigración y de la pérdida de la conciencia nacional en Argentina. Para
ambas corrientes, por lo tanto, el problema obrero sería resuelto en el marco de
una nueva ideología nacionalistas9.
En Argentina, los antecedentes históricos de una visión católica paternalista del
problema obrero datan de la labor de una de las figuras católicas más relevantes de
principios de siglo, el padre Federico Grote, quien creó los Círculos Sociales
Obreros en 1892, cuya función central, aparte de mejorar materialmente el nivel de
vida de los obreros, era proponer una alternativa idealista a los valores
materialistas de la sociedad liberal. Organizados al estilo de las "guildas", los
Círculos tuvieron ciertas iniciativas de legislación social que en muchos casos
obtuvieron la colaboración de los socialistas10. Un claro ejemplo de los Círculos era
la Liga Democrática Cristiana, que no era propiamente un movimiento político
pero que respondía en cierta forma al intento intelectual de Emilio Lamarca de
resolver la tensión entre el catolicismo y la política, intento que se hace popular a
partir del III Congreso de los Católicos Argentinos. Esta liga crea a su vez una
Academia de Ciencias Sociales y un Instituto Popular de Conferencias, donde se
debatían los temas ideológicos. del momento, aquéllos de carácter universal y
también los problemas particulares argentinos, como por ejemplo la Ley de
Residencia, cuya meta era impedir las actividades políticas de los inmigrantes.
Existía una cierta inocencia en el padre Grote, quien suponía que al extraer a los
obreros del marco de la influencia anarquista o socialista, los patrones
responderían a sus justas exigencias. Esta suposición fue prontamente desvirtuada
en 1906, cuando la Sociedad Argentina de Obreros del Puerto de la Capital, que
era un gremio católico creado por el padre Grote, fracasó en un intento de huelga
portuaria con objeto de conseguir mejoras salariales. El padre Grote, al igual que
un alto número de los agremiados desilusionados por la actitud patronal,
abandonaron prácticamente el intento gremialista y la liga terminó
desmembrándose en 1908.
Sin embargo, los principios básicos de la Liga Democrática Cristiana
perduraron, siendo parte orgánica de la concepción que el ala católica del
nacionalismo integral argentino desarrolló con respecto al problema de la clase
obrera. Así, por ejemplo, su programa constitutivo estipulaba que "La Democracia
Cristiana tomando distancia del individualismo liberal y del socialismo colectivista,
intenta la recuperación social bajo la base de. la corporación que debe estar
adaptada al progreso y a la sociedad moderna". En tal sociedad "el individuo
forma parte de la corporación, la corporación es parte del estado y todos juntos
componen la nación"11.
Desde 1908, La Liga Social Argentina cubrió el lugar dejado por la Liga
Democrática, proyectando concepciones similares, especialmente a través de
futuros integrantes del nacionalismo argentino, como el padre Gustavo Franceschi,
director de la revista cultural nacionalista Criterio, el alto dirigente de la Liga
Patriótica, Santiago O'Farell, o el conocido economista Alejandro Bunge,
desarrollador del pensamiento nacionalista industrialista argentino, quien en esos
momentos desarrollaba la función de presidente de la Central de la Junta de los
Círculos Obreros. Nuevamente la meta de la Liga Social Argentina era sostener la
organización cristiana de la sociedad, luchar contra "tendencias subersivas" y
"elevar económicamente e intelectualmente a las clases sociales"12.
La busca de soluciones al problema de los obreros argentinos en el marco de una
ideología alternativa al nacionalismo liberal fue también tema de investigación a
fines de 1910, cuando en el Museo Social Argentino; fundado por el prominente
nacionalista Mario Amadeo (quien fuera luego miembro de la Liga Patriótica), se
comenzó a investigar la condición de los trabajadores en Argentina. Los informes
del museo, que se publicaban mensualmente, sobre las condiciones de vida del
obrero argentino, las huelgas, etc., tenían como fin elaborar sistemas alternativos
de solución a las penurias de la clase obrera, basados en la organización mutualista
y cooperativista, e inclusive se daba pie a la creación de gremios independientes,
siempre y cuando éstos lucharan por beneficios económicos propios y no se
volcaran hacia ideologías totalistas de revolución social13. En líneas generales, no
se podía ver en la tendencia de tales investigaciones e informes nada que pueda
interpretarse como el desarrollo de conciencia de clase del proletariado, pero
tampoco representaban un ataque a la clase obrera, ni a sus organizaciones
sindicales.
Entre los colaboradores más destacados del museo se encontraba un relativo
número de nacionalistas que se destacarían por su actividad política e intelectual
durante la década de 1930. Entre ellos, Carlos Ibarguren y Martínez Zubiria, y
cierto grupo importante de futuros miembros de la Liga Patriótica, como Manuel
Montes de Oca, Lamarca y Joaquín de Anchorena, quienes comenzaban a
comprender que los problemas de la sociedad moderna no podían ser solucionados
de acuerdo a las viejas reglas de juego del régimen liberal. Tampoco las medidas
adoptadas por la élite liberal de democratizar el país a fin de ofrecer una válvula de
escape para las nuevas clases medias podían mantener el equilibrio social. Carlos
Ibarguren recordaba, en la conferencia en la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales de Buenos Aires el 12 de agosto de 1932, que ya desde 1912 había
anunciado que la "evolución de la sociedad ha ido más ligero que los cambios en las
formas políticas..."; ello es equivalente a decir que la democracia se transforma en
una farsa si es que no hay "fuerzas preparadas para responder concretamente a
tendencias e intereses colectivos ... que... participen del gobierno y mantengan el
equilibrio social"14. La proposición que surgía de esta conclusión era la necesidad
de que la democracia, en vez de ser un mero marco para el juego político, proveyera
el marco para una representación funcional. En otras palabras, en la nueva era, el
funcionamiento económico y social exige menos política, más tecnificación, más
producción, más vitalidad, bajo la cobertura de un estado corporativo.
Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez:
el Estado potencia, vitalidad y espíritu productivista
El modelo corporatista,. o la democracia funcional, fue la proposición
revolucionaria que los nuevos nacionalistas integralistas, desde las páginas de la
Nueva República, intentaban presentar como alternativa a la democracia liberal (y
sus consecuencias) en Argentina, que, en su opinión, venía a ser el populismo
yrigoyenista. Despreciando desde un principio al nacionalismo yrigoyenista, a
pesar de que éste también era una nueva forma de nacionalismo con raíces
ideológicas en la revolución cultural antipositivista, los intelectuales congregados
en La Nueva República, entendían que la nueva era que se abría en el mundo no
admitía soluciones de corte democrático populista o corporatista constitucional,
como en el caso del yrigoyenismo15. Los hermanos Julio y Rodolfo Irazustra,
Ernesto Palacio y Juan Carulla, fundadores del periódico nacionalista La Nueva
República, influidos por la lectura del nacionalista francés Charles Maurras,
consideraban ya a fines de la década de 1920, que el nacionalismo integral podía ser
también relevante para países que no habían completado aún el proceso de
industrialización; y, a pesar de que el sueño monárquico de Maurras no fue
adoptado por razones obvias, el resto de una teoría que implicaba orden e
integración nacional bajo un régimen elitista fue adoptado por el nacionalismo
argentino casi en su totalidad.
Argentina, que había sufrido la crisis económica de 1929 quizás en forma más
dura que los países industrializados dado el carácter dependiente de su economía,
ya había experimentado desequilibrios económicos inclusive peores durante 1913 y
1917. La depresión y la falta de inversiones, más la imposibilidad de importar
maquinarias, pusieron al descubierto la debilidad de una industria casi inexistente.
No cabía duda que el sistema agro-exportador y la dependencia de los mercados
del exterior, y fundamentalmente de los ingleses, era una fórmula que debía
terminarse. Esta clase de pensamiento anti-imperialista comenzó a desarrollarse a
fines de la década de 1920, aunque verdaderamente cobró fuerza en 1930, bajo el
impulso de los jóvenes yrigoyenistas de FORJA16. Resultaba claro, de acuerdo al
análisis de los nacionalistas de La Nueva República como posteriormente de los de
FORJA, que el régimen liberal era el sustento de la dependencia y el subdesarrollo.
"En el nivel internacional, el laissez faire implica para países sin capital ... la
imposibilidad de completar su régimen de economía nacional con la creación de
industrias... "17. Por lo tanto, un nuevo pensamiento desarrollista, industrialista y
anti-imperialista comenzó a darse en varios círculos conservadores, como también
en círculos del ejército.
El mensaje industrialista de economistas conservadores como Alejandro Bunge,
que creía en la combinación operativa entre liberalismo político y nacionalismo
económico, era complementado por el del poeta Leopoldo Lugones, que, a
diferencia de Bunge, entendía que la modernización industrial sólo puede realizarse
bajo un estado organizado corporativamente. Tanto Bunge como Lugones
atacaban el populismo yrigoyenista a razón de que éste representaba una forma
populista no ordenada de participación popular, cuya consecuencia lógica era el
reformismo económico, el cual es contrario a los intereses vitales del país:
industrialización y produccionismo18. Sin embargo, Alejandro Bunge aplaudió el
gobierno radical de Marcelo de Alvear porque durante su administración la
industria tuvo un gran impulso, producto de una política proteccionista y de apoyo
a inversiones industriales. Esta política, por otra parte, favoreció
considerablemente las inversiones americanas, que se duplicaron en el período de
1923 a 1927, a desmedro de las inversiones inglesas, que sólo aumentaron en un
5%19.
Este proceso industrial, que abría nuevas fuentes de trabajo, implicaba que
muchas de las políticas reformistas en cuanto a salarios, y en cuanto a resoluciones
pro-obreras en conflictos laborales llevados a cabo por la administración populista
de Yrigoyen, debían ser bloqueadas20. Yrigoyen había desarrollado una política
obrerista muy particular, cuyo significado tuvo repercusiones también para los
nacionalistas integralistas. Lejos de poder decir que la política yrigoyenista era
pro-obrera - y el ejemplo de la actitud del gobierno yrigoyenista durante la
Semana Trágica en enero de 1919 lo prueba -, es claro, por otra parte, que la
concepción yrigoyenista según la cual el estado ha de promover la armonía social
en lugar de reprimir a la clase obrera, sumada a varias reformas sociales
importantes llevadas a cabo durante su administración, produjeron la sensación
que el yrigoyenismo era obrerista21. La relación de un gobierno nacionalista
populista interventor y mediador en problemas gremiales, y un gremialismo que
rompe con el ideologismo internacionalista, se puede observar en la relación del
gobierno de Yrigoyen con FORA IX, la sección del sindicalismo "puro" que se
desliga de la sección anarco-comunista universalista que seguía los lineamientos del
V Congreso de FORA22.
Influidos por Sorel, los seguidores de FORA IX entienden que sólo el sindicato
es la escuela revolucionaria que debe transformar la sociedad. Sin embargo, es
posible sugerir que la relación con el yrigoyenismo se da por razones similares a
aquéllas por las cuales los alumnos de Sorel encontraron un idioma común con la
Acción Francesa, que representaba un nuevo concepto de nacionalismo.
También, el yrigoyenismo se presenta como movimiento nacional, que desprecia
la política burguesa, tanto socialista como liberal. Y, por lo tanto, es el gobierno
yrigoyenista un mejor mediador de conflictos sociales y laborales que los políticos
corruptos del sistema político liberal.
A pesar de que el populismo yrigoyenista había tenido pretensiones integralistas
y promovió el nacionalismo económico, su "populismo de comité", y la falta de
visión industrialista, lo ponían en ojos de los nacionalistas integralistas
congregados en La Nueva República como un movimiento político que no se
ajustaba a las necesidades de una nueva era que exigía disciplina y organización.
El estado produccionista, basado en un marco corporativo controlado por un
gobierno fuerte que armonice los diversos intereses, era un modelo de estado del
nacionalismo inspirado en el pensamiento político del poeta Leopoldo Lugones.
Leopoldo Lugones, quien fuera en el marco nacional el que más influencia ejerciera
sobre los nacionalistas de La Nueva República, tuvo, durante su juventud, una
participación activa en el Partido Socialista de su Córdoba natal, a fines del siglo
pasado. Sin embargo, Lugones experimenta el mismo proceso que un gran número
de intelectuales marxistas de la época, quienes, al perder fe en la conceptualización
racionalista, economicista y materialista del marxismo, evolucionan a una
concepción diferente, basada en la fuerza revolucionaria de la nación, que pasa a
sustituir a la clase social. Es así que el joven marxista Leopoldo Lugones afirmaba,
ya en 1896, que "sufragio universal igualitario, el...imperio de la mediocridad (es
sustituido) por la concepción jerárquica de la sociedad liderada por el
conocimiento y la inteligencia ..."23.
Esa tendencia elitista no le impedía a Lugones apoyar en forma activa conflictos
obreros y desplegar un odio inapelable a la sociedad burguesa, fundamentalmente
a la clase política del país. En el periódico La Montaña, que coeditaba con José
Ingenieros, Lugones tenía una sección fija, "Los políticos del país", desde donde
criticaba arduamente a la politiquería democrática, no retaceando adjetivos para
los políticos socialistas también. Era claro, por lo pronto, que el camino de
Lugones en el partido no podía proseguir mucho tiempo. Su admiración por la
revolución soviética no se desligaba de su admiración por la revolución fascista,
dado a que lo que movía a Lugones era el espíritu heroico y revolucionario que se
perfilaba en ambas revoluciones. Sin embargo, la revolución soviética, pese a haber
sido un acto heroico, fue traicionada, según Lugones, porque el "materialismo
marxista era gastronómico", equivalente a decir que perdía su espiritualidad24. No
obstante, los impulsos industrialistas y voluntaristas de Lenin y Mussolini, que
exhiben idéntica linea programática, provocaban la admiración de Lugones25.
En La Patria Fuerte, La Grande Argentina y El Estado Equitativo, publicados en
1930, Lugones despliega su pensamiento productivista para Argentina,
pensamiento basado en cualquier molde que sirva para transformar a Argentina en
potencia. Para Argentina, el sistema parlamentario no sirve, ya que éste "es...una
expresión genuina de la creación anglosajona. Todo es deliberativo en el mundo
anglosajón,..." - sostenía Lugones, de modo que en ese mundo el laissez (aire
funciona perfectamente, pues surge de la propia personalidad del anglosajón, que
es básicamente empresario, mientras que "el latino es artista"26. De ahí que el
laissez faire puede transformar a los Estados Unidos en potencia, mientras que
para Argentina el fascismo sintetiza el espíritu latino (artista) con la productividad
y la eficiencia. "Para realizar lo nuestro ... que no es ideología anglosajona ... sino
realidad latina, no se debe copiar al fascismo ya que se caería en el mismo error de
los liberales, pero sin ninguna duda lo que se debe hacer es orientarnos en esa
encrucijada de civilización"27.
En La Grande Argentina, Lugones ovaciona el sistema de producción integral de
los Estados Unidos, que representaba para Lugones, no el símbolo del liberalismo
doctrinario, sino del pragmatismo productivo; del nacionalismo y del
conservadurismo. De ahí la necesidad de un primer paso de protección de la
industria nacional, aunque ello debe hacerse sin caer en el proteccionismo
antieconómico. La proposición lugoniana era un estado fuerte, organizado
corporativamente y conducido por el ejército, que es el símbolo del patriotismo y
de la vitalidad necesaria para una sociedad que ha de ser pujante. En la carta
constitutiva de la Guardia Argentina en 1933, en la que Lugones pretende unificar
a las fuerzas del nacionalismo, éste sintetiza un programa político, detallando su
concepción de nacionalismo e integración social en el régimen corporativo. El
liberalismo implica dependencia para Argentina. Bajo el sistema liberal, "no nos
queda más nada que nuestra propia existencia, que es la existencia de una colonia
bajo el liberalismo económico"28. Por cierto, el autoritarismo y el productivismo
lugoniano le quita perspectiva del problema social incluido en dicho programa de
productividad.
Lugones partía de la base que Argentina, al igual'que los Estados Unidos, era un
país en el que no se deberían dar los conflictos sociales en la misma forma que se
daban en Europa. El interés del obrero tenía que ser en definitiva también el interés
del empresario de una industria que recién comenzaba a dar sus primeros pasos en
el mercado interno. Sin embargo, como afirmaba Manuel Gálvez, en el fascismo
conviven dos aspectos: "uno es el socialismo, el otro el orden"29. Según Gálvez,
Lugones no sintió el aspecto socialista del fascismo porque no amaba para nada al
pueblo. Sin embargo, a pesar de la evaluación de Gálvez, Lugones entendía que el
concepto de democracia y justicia social estaba unido a las tradiciones preliberales
de la nación argentina. El concepto de justicia social y, por ende, de beneficio a las
clases trabajadoras, está explícito en el concepto de "democracia como
organización social", la cual, como suponía Lugones, estaba desligada del concepto
de democracia política30.
Manuel Gálvez en cierta forma complementaba el produccionismo de Lugones,
con un mayor acento en la parte social31. El productivismo y el vitalismo de un
pueblo unido, integrado, no podían venir a cambio de justicia social y reformismo
en el campo obrero. Manuel Gálvez, al igual que los hermanos Julio y Rodolfo
Irazustra, fueron los intelectuales nacionalistas que iniciaron la revisión del
yrigoyenismo, provocando duras críticas entre sus colegas, y ello a razón de que
entendían que un nacionalismo integral con características modernistas no podía
obviar a las masas populares. Sin embargo, esta revisión o reconsideración del
populismo yrigoyenista que Gálvez o los Irazustra realizaban, no implicaba la
aceptación del concepto de clase del proletariado, sino que, por el contrario,
pretendía probar justamente lo opuesto, que la política popular de Yrigoyen, o el
obrerismo de Yrigoyen, no tenía nada de revolucionario en el sentido de conciencia
de clase. En una discusión que mantuvo Manuel Gálvez con Julio Irazustra en las
páginas de La Nueva República, decía Gálvez que "...elogiar la política obrerista de
Yrigoyen, que no fue precisamente avanzada, no es caer en el revolucionarismo...
¿Fue acaso Yrigoyen revolucionario sólo porque se interesó en el trabajador,
porque dictó leyes útiles, y porque no apoyó al capital permaneciendo neutral?
Evidentemente no"32.
Julio Irazustra, por su parte, respondía que, "Nuestro nacionalismo ... no es más
amigo del capital que del trabajo, y no lo defiende en todos los casos ... Pero como
somos realistas, tampoco somos sus enemigos..." Refiriéndose directamente a
Yrigoyen, continuaba Irazustra, "...la persecución inmotivada del capital sería la
ruina del país y junto con ella la de los trabajadores"33. Esta discusión, que
aprovechaba como excusa a Yrigoyen y su política obrera, en realidad era una
discusión teórica mucho más amplia, relacionada al desarrollo nacional, a la
independencia económica y al papel que juegan las masas trabajadoras en la
nación. El yrigoyenismo representaba a la masa popular, y Manuel Gálvez
entendió que lo que le faltaba fundamentalmente al fascismo argentino era
justamente eso. En su libro Vida de Hipólito Yrigoyen: el hombre del misterio,
Gálvez intenta explicar la cercanía del fascismo al yrigoyenismo. Tanto uno como
el otro movilizaba al pueblo,, al tiempo que lo controlaba con el régimen o el
espíritu corporativo. En su famoso testimonio político ate pueblo necesita, escrito
en 1936, Manuel Gálvez vuelve a resaltar las raíces socialistas del fascismo. Son
esas raíces las que los nacionalistas uriburistas argentinos no alcanzaron a
comprender. Estos nacionalistas, según M. Gálvez, "son dictatoriales y militaristas
pero no fascistas",34 ya que el fascismo, entre otras cosas, es "izquierda cuando
disminuye el poder del capitalismo"35. Es así que Gálvez considera el izquierdismo
fascista, no como una solución al problema del obrero en términos de conciencia de
clase, sino en términos de integración al país, sosteniendo que esta tendencia
ideológica es mucho más radical en sus aspectos económico-sociales que el
programa mínimo del Partido Socialista: "Para que el estado sea rico es necesario
concluir con las grandes fortunas"36.
En realidad, esta posición de Gálvez con respecto a las necesidades del país, a la
obra social del fascismo y al yrigoyenismo, fue compartida por otros nacionalistas,
como los hermanos Irazustra. Sin embargo, antes de la aceptación del
yrigoyenismo como movimiento que se acerca a las concepciones ideológicas del
nacionalismo integral, éstos también se referían al fascismo como el único sistema
político que podía resolver el problema de la productividad bajo un marco de
justicia social: "Los países de gobierno fuerte y personal han sido aquéllos que han
dado un estatuto mejor a los trabajadores. El imperio alemán y la Italia fascista les
han asegurado condiciones de vida con que ninguna democracia puede ni siquiera
soñar"37. Esta fórmula era la más propicia para resolver los problemas de la nación
argentina, en proceso de desarrollo y en busca de independencia económica e
identidad nacional.
El convencimiento de que en una revolución nacional basada en la ideología del
fascismo los obreros argentinos son imprescindibles es un concepto que comenzará
a tomar fuerza durante la década de 1930, reconocida como la "Década Infame"
por el nacionalista José Luis Torres38. Si bien durante esa década comenzó a
desarrollarse el pensamiento del nacionalismo económico surgido de las filas de los
jóvenes yrigoyenistas de FORJA, ello no quita que en las mismas conformaciones
nacionalistas integralistas, el nacionalismo económico y la visión de la solución del
problema obrero en el marco de una sociedad productiva no se tratase en todos sus
aspectos.
Nacionalismo y obrerismo:
justicia social y revolución en el imaginario del estado nacionalista
La organización del nacionalismo en grupos paramilitares, como la Legión
Cívica, La Liga Republicana, Legión de Mayo, y, luego, en La Alianza
Nacionalista, obedece al proceso de radicalización del nacionalismo argentino
después de haber asumido el fracaso del uriburismo y sus reformas corporatistas.
La Legión Cívica, por ejemplo, creada a instancias del general Uriburu mismo y
que contó en sus comienzos, en 1931, con líderes (en lo civil y militar) como el
nacionalista Juan Carulla y el general nacionalista Juan Bautista Molina, estuvo
lejos de ser un movimiento de masas. Sin embargo, a partir de mediados de la
década de 1930, quizás impulsada por la fuerza ideológica de La Liga Republicana,
su discurso militante tomó un cariz bien definido en favor de un cambio
revolucionario tanto político como social, poniendo especial énfasis en los
derechos y deberes de la clase trabajadora en el estado nacionalista. En 1933
aparece, en su Ley Orgánica, la exigencia a los legionarios "...virtud heroica y
espíritu de sacrificio". Se trataba de ser la punta de lanza de una revolución con
connotaciones sociales; una revolución en que el estado moderno pase a ser el
promotor de una reforma productivista y el responsable de que haya justicia social,
aunque ambos conceptos parezcan, a primera instancia, contradictorios.
En el nacionalismo argentino esto no parecía contradictorio, ya que el concepto
de justicia social, tanto en el nacionalismo de derecha como en el populista, no
tenía ninguna relación con el concepto desarrollado por el "welfare state" sino que
se relacionaba con el sentido de comunidad de la sociedad preliberal. En la labor de
revisión histórica realizada por intelectuales nacionalistas que pretendían recuperar
y reevaluar la figura histórica de Juan Manuel de Rosas, lo que se intentaba
básicamente era exponer los valores autóctonos del caudillismo y del sentido
comunitario, integral y tradicionalista de la sociedad frente a lo que sostenían eran
los modelos de democracia liberal importados de Europa y Estados Unidos39. Era
de esperarse que en una sociedad en las condiciones de Argentina, sus nacionalistas
coincidieran en que la recuperación de la identidad nacional, la independencia
económica, la creación de una sociedad productiva y la justicia social basada en la
solidaridad pre-liberal eran conceptos coincidentes, bases para el desarrollo de una
sociedad moderna y productiva. Para ello era necesario transformar la constitución
política del país, destruyendo la tradición liberal democrática oligárquica que,
según el nacionalismo de derecha como el populista, era responsable de la
condición de dependencia económica y cultural del país.
Cuando los nacionalistas cayeron en la cuenta que la revolución de Uriburu se
transformaba en el retorno de los conservadores al gobierno, los nacionalistas se
preocuparon de dejar en claro que esta nueva era no significaba el retorno a la
política constitucional anterior. Los partidos conservadores reunidos en la
Federación Nacional Democrática bregaban por el retorno a la política
constitucional, mientras que, para los nacionalistas, "no hay solución dentro del
régimen; la crisis por la que estamos pasando es una crisis del régimen mismo"40. El
cambio de régimen implica un estado intervencionista que no desprecie el valor real
del trabajo. En el régimen corporativo, o, como lo definiría Carlos Ibarguren, en la
"democracia funcional", la intención es "dar una representación real a las fuerzas
vivas de la producción, que son la nación misma..."41. En esta idea se basó el primer
intento práctico del nacionalismo de realizar una experiencia corporativa a nivel
provincial, cuando las posibilidades de realizarla a nivel nacional eran
prácticamente nulas.
Conformando en la provincia de Córdoba un gobierno que reuniera a las fuerzas
vivas de la nación, Carlos Ibarguren intentó introducir los lineamientos ideológicos
de la Revolución de Septiembre. Desde el punto de vista económico, muchas de las
reformas realizadas por Carlos Ibarguren reflejaban el espíritu corporatista o de
representación funcional, aunque por el momento era claro que ese ensayo no
contaría con lo esencial para el funcionamiento del mismo: el estado autoritario
como último apelante. A pesar de ello, según atestigua el propio Carlos Ibarguren,
muchas de las medidas funcionaron exitosamente y ello gracias al control que la
Junta Ejecutiva Económica tenía sobre los precios del consumidor, y al hecho que
en el Consejo Económico de la Provincia todos los factores socio-económicos de la
provincia estaban representados, incluyendo empleados y patrones. No cabía duda,
según Ibarguren, que la vida económica del obrero simple y del pequeño productor
se veía beneficiada en tal esquema.
Sin embargo, quizás el experimento más destacado en materia de organización
corporativa fue el desarrollado por el gobernador de Buenos Aires, Manuel Fresco,
en 1936. Fresco, un político conservador, admirador del fascismo, que llega a la
gobernación de la provincia de Buenos Aires por medio del fraude, aplicó, con
respecto a la "cuestión social", un criterio muy similar a las formulaciones
peronistas. Fresco reprimió con mano de hierro a la izquierda y se encargó de
implantar la educación religiosa obligatoria en las escuelas de la provincia. No
obstante, su política hacia la clase obrera fue inclusiva, puesto que entendía que la
representación obrera era inconducente. El Acta Orgánica del Trabajo, de 1937,
presentada al senado por el senador Roberto Noble en nombre de Fresco,
introduce un sistema de representación para los trabajadores, en el cual los gremios
tendrían el reconocimiento del estado, quesería el árbitro final de sus demandas.
En definitiva, el espíritu de tal proposición yacía en que, a diferencia de los viejos
conservadores, en este nuevo intento inspirado en el nacionalismo fascista, el
estado era independiente de los intereses de las clases burguesas propietarias. Esta
tendencia que Fresco intentó, entre otras cosas, aplicar en la provincia de Buenos
Aires, ya se perfilaba como tema central en las principales publicaciones
nacionalistas42.
En el periódico Combate, que era el órgano ideológico y propagandístico de La
Legión Cívica, se daba expresión a tales fórmulas autoritarias como única base
para un sistema económico justo y productivo. En la fórmula del estado
corporativo, es "todo para el estado, nada fuera del estado y nadie contra el
estado"43. Dentro de ese marco se hacen referencias constantes al papel del
trabajador en la nueva Argentina. .."El control y dirección de la nueva sociedad
será siempre de la competencia del estado, pero del estado no en su arcaico
concepto filosófico, y formado en la práctica por un conjunto de burócratas
atrincherados en dogmas abstractos y pertrechados con la codificación absurda de
un derecho de clase..." Por el contrario, "el estado moderno, debe crear trabajo,
debe distribuir la producción y ser guardián de la salud física del obrero"44.
El velar por los intereses reales del obrero aparecía como el elemento
fundamental en el concepto de justicia social del nacionalismo: "El mejoramiento
de la justicia social que sostiene el nacionalismo significa seguridad en el trabajo,
equidad en el salario, vivienda decorosa y posibilidad de desenvolverse y alcanzar
un mejoramiento progresivo y continuo"45. Las formulaciones de justicia social no
representaban un mero intento demagógico destinado a destruir la lucha de los
partidos obreristas contra el sistema. La justicia social, para el nacionalismo
argentino, representaba el contenido práctico del sentido comunitario del
nacionalismo orgánico.
Para los nacionalistas argentinos, esta tendencia era anticapitalista y
antiburguesa, ya que no concebían la posibilidad que un sistema capitalista
reformista basado en principios materialistas y utilitarios de la democracia liberal
pudiera desarrollar una proposición de justicia social. En la práctica política y
social, esta concepción se transformaba en la negación de las leyes reformistas de
protección del trabajador creadas por la administración liberal y promovidas por el
parlamentarismo socialista. La ley de despidos 11.729, votada por el gobierno en
1938, provocó enseguida la reacción y crítica patronal, que se sentía perjudicada.
Esta reacción fue apoyada por la prensa nacionalista puesto que tales "...reformas
avanzadas", como se decía hace 20 años, al deprimir y maniatar al capital útil,
dañan también, y en mayor grado, a la clase obrera46. El apoyo a la patronal no
equivalía a tratar los conflictos obreros "...con el concepto antiguo que los reducía
a simples actos de indisciplina social y a no menos simples cuestiones de policía"47.
Es decir, el apoyo al capital productivo no equivale para nada a perjudicar los
derechos a mejoras del proletariado, que asimismo tiene derecho a huelga siempre
y cuando ésta tenga justificación económica. Sin embargo, es justamente en el
estado burgués en donde la huelga tiene justificación, porque "`la democracia liberal
parlamentaria es simplemente una creación burguesa para la defensa de
privilegios"48. El estado autoritario corporativo era el único instrumento anti-
burgués que podía nivelar, por lo tanto, los intereses del proletariado y del capital
productor.
Afirmaba el periódico Combate que "El nacionalismo tiende a un mejoramiento
social pues el actual régimen capitalista liberal que hoy impera en el país, y en la
mayoría de las naciones del mundo, es a todas luces injusto e inhumano"49.
Asumiendo una posición de entendimiento hacia las condiciones actuales del
proletariado, se menciona que "el proletariado de la era presente no tiene patria.
¿Cómo pueden hablar de patria, hombres que carecen hasta de pan y de techo en su
suelo natal? ... Si ellos nada deben a la patria, si la patria no es de ellos..."50. Es, por
lo tanto, el nacionalismo, el único movimiento que puede proveer de patria al
proletariado. Sólo el nacionalismo puede proveer la economía integral moderna a
fin de resolver los problemas esenciales del proletariado e impedir que éste caiga en
"esa amalgama amorfa en organizaciones, pero uniforme en anhelos de
mejoramiento general"51. En otras palabras, si hay realmente partidos que
perjudican a la clase obrera, ésos son los propios partidos que pretenden
representar a la clase obrera.
Juan Carulla, un intelectual nacionalista de gran influencia, quien, al igual que
Lugones, había evolucionado de la izquierda socialista al nacionalismo de derecha,
fundó en 1932 Bandera Argentina, periódico de clara tendencia fascista, quizás el
periódico nacionalista más importante de la década del '30. Utilizando una
argumentación soreliana, declara Carulla firmemente, "no somos enemigos de los
obreros. Por el contrario, aspiramos a encontrar soluciones inteligentes para los
problemas que ha suscitado el industrialismo acelerado de los últimos años. Esas
soluciones no las ha dado hasta ahora el socialismo, ni las podrá dar en lo sucesivo.
Del enmarañado complejo del marxismo y del devenirismo revolucionario
contemporáneo sólo se salva el sindicalismo...", que desembocará en el estado
corporatista moderno52. Como bien lo entendía Juan Carulla, director del
periódico y conocedor del análisis soreliano, el mito sindicalista termina
unificándose con el estado corporativo.
Sin embargo, a pesar de este discurso nacionalista con claras connotaciones
populistas, el pueblo obrero no se volcó a las filas del nacionalismo hasta la llegada
de Perón, quien, más que nadie, supo interpretar el discurso del nacionalismo,
agregándole su liderazgo personal, o, en otras palabras, transformándolo de teoría
en práctica.
La Alianza Nacionalista:
masa trabajadora y justicia social en el "peronismo" pre - peronista
La Legión Cívica no se convirtió en un movimiento de masas, y ello es la crítica
que hizo Juan Bautista Molina en 1941, cuando la Legión Cívica no contaba ni con
los contingentes necesarios para transformarse en un movimiento de masas, ni con
la fuerza de élite revolucionaria y de pureza ideológica como la de La Liga
Republicana dirigida por Alfonso de Laferrere: "Mi preocupación fundamental es
lograr que las masas populares se vayan identificando con los verdaderos
propósitos del nacionalismo, proceso que solamente podía producirse a través del
tiempo, que ilumina los errores propios..."53. Sin embargo, ya en esa época existía
el fenómeno político más cercano al peronismo por su alcance popular - la
Alianza Nacionalista - que continuó las actividades de la Alianza de la Juventud
Nacionalista. A comienzos de la década de 1940, la Alianza fue el precedente más
claro de los "descamisados" de Perón.
Los orígenes de la Alianza datan de 1937, cuando Juan Queralto, presidente de
UNES (Unión de Estudiantes Secundarios), la rama estudiantil de la Legión
Cívica, descontento con la falta de celo revolucionario de la Legión, crea la Alianza
de la Juventud Nacionalista. Aunque era fundamentalmente un grupo juvenil,
contó entre sus miembros a importantes figuras del nacionalismo, como Ramón
Doll (ex socialista convertido en nacionalista), Jordán Bruno Genta (nacionalista,
virulento antisemita, cuya influencia comenzó a sentirse en la década de 1940) y los
coroneles Natalio Mascarello y Bonifacino Lastra. En sus orígenes, estaba lejos de
ser un movimiento popular; sin embargo, en materia ideológica, ya se notaba con
claridad su nacionalismo extremo y su discurso proletario, percibiéndose su
intención de utilizar símbolos revolucionarios de la izquierda socialista.
Su programa político condensado en "Postulados de nuestra lucha", no se
diferenciaba mayormente de los postulados de la Legión Cívica; sin embargo, fue la
Alianza Nacionalista el primer movimiento nacionalista argentino en llamar a las
masas proletarias a un 1 de Mayo nacionalista. En los panfletos llamando a la
conmemoración de la Fiesta del Trabajo Argentino en 1938, la Alianza urge al
obrero argentino a aprestarse a conmemorar "con sentido argentino, la fecha que
marca un jalón doloroso pero triunfal en las reivindicaciones de los derechos del
trabajo". Mencionando directamente la contribución del obrero argentino a la
nación argentina, en contraposición a la del capitalismo explotador, el panfleto
proclama, "Trabajador Argentino. La nación vive y subsiste ... por la obra de tu
esfuerzo inicuamente explotado por el liberalismo capitalista ..."54. El mensaje era
sumamente claro: "¡Contra el capitalismo que ha impuesto su infame tiranía sobre
las masas obreras! ¡Contra el super capitalismo y el marxismo! ¡Por la
dignificación moral y material del proletariado argentino! ¡Por la libertad
económica de la nación! ¡Exigimos justicia social!"55. En la historia del
nacionalismo argentino, éste fue el primer movimiento que alcanzó a sintetizar
elementos ideológicos nacionalistas aristocráticos elitistas con el mensaje plebeyo y
populista de corte radical. Enemiga del capitalismo y del marxismo por un lado, no
encuentra contradicción entre el capital y la justicia social para el proletariado. El
capital, "factor imprescindible de la producción y creador de trabajo
desempeña ... una verdadera función social. Pero este capital no encuentra barreras
dentro del liberafsmo..."56.
Por primera vez se puede ver que el nacionalismo se basa más en la crítica al
sistema liberal que en el marxismo, el cual es considerado "...una reacción
justificada contra la opresión de esa fuerza explotadora y usurpadora de los
beneficios del Trabajo...". Sin embargo, el marxismo pertenece a la misma familia
ideológica del liberalismo y, a pesar de que "se dice anticapitalista, no pretende otra
cosa que suplantar un capitalismo por otro ... el capitalismo de estado, más funesto
y más expresivo que cualquier otra forma de capitalismo"57. Entre el laissez faire
liberal y el colectivismo marxista, considerado una forma diferente de capitalismo
de estado, la única solución es la armonía de clases propuesta por el nacionalismo.
La Alianza Nacionalista iba a apoyar a Perón cuando éste sube al poder en las
elecciones de 1946. Presentando a las elecciones de 1946 candidatos a diputados,
entre ellos al padre nacionalista Leonardo Castellani, se adhirieron a la fórmula
Perón-Quijano para la presidencia de la nación. Este apoyo a Perón era lógico y se
daba a pesar de que el gobierno militar, y Perón en él, deciden declarar la guerra a
Alemania, en contra de los principios de la Alianza, que era claramente antisemita.
La famosa marcha del 17 de octubre de 1945, tras la cual Perón fue liberado de
Martín García, fue cálidamente recibida por la Alianza, ya que aquélla
representaba una lección para socialistas y marxistas de que el pueblo trabajador
por fin se movilizaba bajo un lema diferente al socialismo internacionalista y
clasista. Pese a que no existía aún un convencimiento total sobre la claridad de
conducción de Perón, la meta era clara: "El tiempo ha de colocar en las limpias
manos del nacionalismo la conducción de esa masa proletaria, para llevarla en
armonía con los demás elementos de la sociedad a la conquista de la justicia..."58.
La unión del proletariado nacional argentino incluye a todo quien sea productor,
tanto capitalista como obrero: "Aquí en la Alianza, unidos en un común afán de
liberación argentina y de solidaridad social, el obrero de alpargatas, el joven
estudiante, el peón rural, el estanciero criollo y el industrial honesto se sienten
camaradas"59.
Conclusión
El nacionalismo de derecha argentino no fue meramente restaurador, o
antimodernista, y su planteamiento económico y social, aunque no racionalmente
articulado, en cierta forma adelantó al peronismo. Durante la década de 1930, el
nacionalismo de derecha argentino, en sus ramas más importantes, desarrolló un
pensamiento anti-imperialista y, en su modelo de estado corporativo, el problema
social de la clase obrera aparecía formulado en diversas formas. Lo particular de
este pensamiento nacionalista es que intentó sintetizar la busca de la identidad
nacional, el desarrollo de una política productivista y el planteo de una postura
social en la que el concepto de justicia social, que fue tan importante para el
peronismo, se veía con claridad.
Generalmente en dictaduras desarrollistas, como definía James Gregor al
fascismo y a otros intentos desarrollistas de diverso carácter autoritario, el
elemento fundamental es el produccionismo o, en otras palabras, la creación del
capital nacional. En Atgentina, la tendencia produccionista planteada por los
nacionalistas intentaba ser sintetizada con el concepto de justicia social, y las
razones de esta particularidad se explican por las características del desarrollo
económico argentino, que era bien diferente al de países tercermundistas o al de la
Italia fascista.
Esto hizo ver a sectores importantes del nacionalismo de derecha argentino que el
problema central argentino era la dependencia económica, y un sistema
distributivo más justo, que era impedido por las condiciones de tal dependencia
económica.
El proceso de industrialización exigido por los nacionalistas, exigencia que se
acentuaba durante la época de la depresión, contemplaba que un país fuerte,
independiente de los vaivenes de las finanzas internacionales, debía ser integrador
de la clase obrera nacional, no solamente a través del discurso nacionalista sino a
través del concepto de justicia social que aparece en los populismos
latinoamericanos y difícilmente aparece con tanta claridad er: el fascismo. Esta
integración, según el nacionalismo, nunca podía ser realizada por los movimientos
políticos basados en las ideologías racionalistas, sino por una ideología orgánica,
cuyas fuentes provenían de la revolución conservadora en Europa, pero que
también tenían origen en las tradiciones particulares de la Argentina pre batalla de
Caseros.
A pesar de los problemas creados por la gran depresión, Argentina seguía siendo
un país básicamente rico, sin los problemas estructurales de países tercermundistas
o de "industrialización tardía". Por ello es que el modelo corporatista peronista,
precedido ideológicamente por el nacionalismo, podía desarrollar un concepto de
corporatismo, cuyas implicancias para la clase obrera pueden apreciarse durante la
época peronista. Sin ninguna duda, la retórica nacionalista peronista, a diferencia
de la nacionalista de la década de 1930, fue acompañada por beneficios materiales
claros para la clase obrera corporatizada. El peronismo indudablemente
transformó en hechos muchos de los principios ideológicos desarrollados por el
nacionalismo, tanto de derecha como populista, durante la década de 1930.
Empero, debemos recordar que las particularidades del peronismo muestran un
movimiento más rico en la realidad que en su doctrina. De hecho, lo novedoso del
movimiento fue mucho más de lo que los nacionalistas podían llegar a suponer. Es
por ello también que una gran parte de los nacionalistas-integralistas no quisieron,
ni pudieron, acceder al peronismo, (no sucedió lo mismo con los nacionalistas
populistas de FORJA) ni Perón mismo tuvo demasiado interés en darles acceso al
movimiento. En definitiva, a pesar de que desde mediados de la década de 1930 el
nacionalismo integral argentino se "populariza", nunca pudo llegar a entender el
verdadero contenido de masas del peronismo. Más aún, quizás nunca quede fresca
la referencia que citamos de Manuel Gálvez acerca del nacionalismo argentino:
"dictatoriales ... pero no fascistas". En efecto, a pesar de la evolución hacia una
mayor comprensión del pueblo, les faltaba lo que Perón sí tenía: menos
doctrinarismo y más pragmatismo.
NOTAS
Sobre el nacionalismo de derecha argentino, uno de los trabajos analíticos más importantes de los
últimos años es el de Christian Buchrucker, -Nacionalismo y peronsmo. La Argentina en la crisis
ideológica mundial (1927-1955). Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1987. Un trabajo
sumamente documentado e importante es el de Zuleta Alvarez, El nacionalismo argentino, 2 tomos.
Ediciones La Bastilla, Buenos Aires, 1975. Un trabajo precursor acerca del nacionalismo argentino
fue el de Marysa Navarro Gerassi, Los nacionalistas. Ed. Jorge Alvarez, Buenos Aires, 1968.

Zeev Sternhell, Mario Sznajder, Maia Asheri, Naissance de 1 Üleologie fasciste. Fayard, Paris, 1989.
p. 11.

Eugen Weber, "The Man of the Archangel", en Journal of Coniemporary History, Vol. 1. No. 1,
1966. p. 103.

Zeev Sternhell, "Fascist Ideology", en Walter Laqueur, Fascism. A Readers Guide. Ed. Pelican,
New York, 1976. p. 349.

Sobre el sindicalismo revolucionario italiano y su influencia en el desarrollo de la ideología fascista,
ver la tesis doctoral de Mario Sznajder, "Revolutionary Syndicalism in Italy: From Socialism to
Fascism", Ph.D. Thesis, Hebrew University, Jerusalem, 1985. Ver, también, el trabajo de James
Gregor, Young Mussolini and the Intellectual Origins of Fascism. University of California Press,
Berkeley, Los Angeles, London, 1979.

Ver Eugen Weber, Varieties of Fascism. Princeton, New Jersey. p. 47.

Thierry Maulnier, "Charles Maurras et le socialisme", La Revue Universelle, Vol. LXVIII, No. 19
(enero 1937).

Néstor Tomás Auza, Católicos y liberales en la generación del ochenta. Editoriales Culturales
Argentinas, Buenos Aires, 1975. p. 22.

Ver J. J. Hernández Arregui, La formación de la conciencia nacional. Ed. Plus Ultra, Buenos Aires,
1933. pp. 53-98. Sobre la crítica que, por ejemplo, realizó Ricardo Rojas al sistema educativo de grupos
étnicos inmigrantes como el judío, ver Haim Avni, Emancipation and Jewish Education: A Century
of Argentinian Jewry s Experience, 1884-1984. The Zalman Shazar Center, Jerusalem, 1985. p. 40.
Esta crítica a la educación judía es de suma importancia porque muestra la preocupación del
nacionalismo tanto liberal como integral de corregir ciertas características de las corrientes
inmigratorias que no adoptaban los moldes de identidad nacional esperados por las élites políticas
argentinas. Sobre el nacionalismo liberal y la inmigración, ver el importante trabajo de Leonardo
Senkman, "Nacionalismo e inmigración: la cuestión étnica en las élites liberales e intelectuales
argentinas: 1919-1940", Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe. Vol. 1, No.I.
Universidad de Te¡ Aviv, Ed. Aurora, pp. 83-105.

Sandra Mc.Gee Deutsch, Counter Revolution in Argentina, 1900-1932. The Argentine Patriotic
League. University of Nebraska Press: Lincoln and London U.S.A., 1986. p. 52.

"Programa de la Liga Democrática Cristiana de la República Argentina", en Hobart A. Spalding
Jr., La clase trabajadora argentina (documentos para su historia 1890-1912). Buenos Aires, 1970,
pp. 543-4.

Ibíd. pp. 548-9.

Sandra Mc.Gee, op. cit. p. 60.

Carlos Ibargaren, "El cuadro político del mundo y la representación de los intereses sociales",
Bandera Argentina, 13 de agosto, 1932.

Sobre las raíces antipositivistas del yrigoyenismo, ver Gabriel del Mazo, El Radicalismo. Ensayo
sobre su historia y doctrina. Ed. Gure, Buenos Aires, 1957. pp. 47-57. Sobre aspectos doctrinarios,
también ver Peter Snow, Argentine Radicalism: The History and Doctrine of ¡he Radical Civic
Union. Iowa City, University of Iowa Press, 1965. Acerca del Radicalismo y su relación con la clase
obrera, ver David Rock, Politics in Argentina 1890-1930: The Rise and Fall of Radicalism. London,
Cambridge University Press, 1975.

El término "Década Infame" fue utilizado por el nacionalista argentino José Luis Torres, en su libro
La Década Infame. Ed. de Formación Patria, Buenos Aires, 1945. Los nacionalistas que mejor
trataron esta época, creando obras que fueron base del pensamiento nacionalista anti-imperialista,
fueron Julio y Rodolfo Irazustra, La Argentina y el imperialismo británico. Ed. Tor, Buenos Aires,
1933. Sobre el grupo FORJA y la Década Infame, ver el libro de Arturo Jauretche, FORJA y la
Década Infame. Ed. Peña Lillo, Buenos Aires, 1962. Sobre FORJA, ver Miguel Angel Scenna,
FORJA: una aventura argentina. De Yrigoyen a Perón. Ed. de Belgrano, Buenos Aires, 1983.

Rodolfo Irazustra, "Las libertades del liberalismo", La Nueva República, 10 de enero, 1931.

Ver Alejandro Bunge, Una nueva Argentina. Hispanoamérica Ediciones Argentina, S.A., Buenos
Aires, 1987. Sobre Bunge y el desarrollo del pensamiento industrialista dentro del marco ideológico
conservador, ver el análisis de Mark Falcoff, "Economic Dependency in a Conservative Mirror:
Alejandro Bunge and the Argentine Frustration,1919-1943", Inter American Economic Affairs,
Vol. 35, No. 4, Spring 1982. Sobre las tendencias industrialistas en el ejército argentino, ver Alain
Rouquie, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Tomo 1. Ed. Emece, Buenos Aires,
1981. pp. 276-284.

Ver Vernon Phelps, The International Economic Position of Argentina. Philadelphia,1938. p.108.

Sobre Yrigoyen y su relación con la clase obrera, ver David Rock, op. cit., y Juan C. Grosso, "Los
problemas económicos y sociales y la respuesta Radical en el gobierno (1916-1930)", en Luis
Alberto Romero, José Luis Fernández, Luis A. Bertoni, etc. El Radicalismo. Los Porque, Carlos
Perez Ed., Buenos Aires, 1968. pp. 125-175.

Sobre las contradicciones de la política yrigoyenista durante la Década Infame, ver Marta Calviño,
"Las contradicciones del Radicalismo durante la década infame", Ibíd. pp. 175-208.

Sobre el sindicalismo "puro" y sus deudas ideológicas con George Sorel, ver Julio A. Arraga, El
sindicato, los partidos políticos y las sectas. Biblioteca de la "Acción Obrera", Tomo 4, Buenos
Aires, 1918. p. 12. Sobre el desarrollo e historia de la clase obrera argentina, ver Sebastián Marotta,
El movimiento sindical argentino, 3 Vols. Buenos Aires, 1960, 1961, 1970; Jacinto Oddone,
Gremialismo proletario argentino. Ed. La Vanguardia, Buenos Aires, 1949. Sobre el anarquismo y
la clase obrera argentina, ver Yaacov Oved, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina.
Siglo XXI, México, 1978.

Leopoldo Lugones, "Nuestras ideas estéticas". Philadelphia, Año VI, 7 de diciembre, p. 169. Sobre
Lugones, ver Alberto A. Conil Paz, Leopoldo Lugones. Librería Huemul, Buenos Aires, 1985.

Leopoldo Lugones, "Un desengaño siniestro", La Nación, 17 de septiembre, 1922.

Alberto A. Conil Paz, Leopoldo Lugones. Librería Huemul. Buenos Aires, 1985, p. 393.

Leopoldo Lugones, La Grande Argentina. Huemul, Buenos Aires. p. 189.

Leopoldo Lugones, "La unidad romana", La Nación, 23 de marzo, 1929.

Leopoldo Lugones, "Propósitos", en Federico Ibarguren, Orígenes del nacionalismo argentino,
1927-1937. Ed. Celcius, Buenos Aires, 1969. p. 188.

Manuel Gálvez, "Posibilidades del Fascismo en la Argentina", en Este pueblo necesita. Librería de
A. García Santos, Buenos Aires, 1934. p. 119.

Federico Ibarguren, op. cit. p. 106.

Sobre Manuel Gálvez, ver Mónica Quijada, Manuel Gálvez: 60 años de pensamiento nacionalista. C.E.A.L., Buenos Aires, 1985.

Manuel Gálvez, "El Obrerismo de Yrigoyen. Carta a Julio Irazustra", la Nueva República, 23 de
junio, 1928.

Julio Irazustra, "El Obrerismo de Yrigoyen. Respuesta a Manuel Gálvez", La Nueva República, 23
dejunio, 1928.

Manuel Gálvez, "Posibilidades del Fascismo en Argentina", Este pueb.'o necesita. Op. cit. p. 124.

Ibíd. p. 119.

Manuel Gálvez, "Este pueblo necesita una reforma moral", ibíd. p. 51.

Julio Irazustra, "Notas Internacionales, el Fascismo y los Obreros", La Nueva República, 5 de
mayo, 1928.

Ver José Luis Torres, op. cit.; Arturo Jauretche, FORJA y la Década Infame, op. cit.

La revisión de la historia argentina fue uno de los elementos más importantes en el desarrollo
intelectual del nacionalismo argentino. La recuperación del valor histórico de Juan Manuel de
Rosas servía para deslegitimar el proyecto de modernización nacional de las élites liberales, al igual
que deslegitimaba también las alternativas ideológicas racionalistas. Rosas representaba la base de
un auténtico nacionalismo, organicista y antiimperialista. Sobre la revisión de la historia argentina
concordaban tanto los nacionalistas populistas como los integralistas. Ver Julio Irazustra, Ensayo
sobre Rosas en el centenario (1935), Vida política de Rosas (1941); Manuel Gálvez, Vida de dora
Juan Manuel de Rosas (1940); José María Rosa, Defensa y pérdida de nuestra independencia
económica, (1943). Ver, también, Clifton B. Kroeber, "Rosas and the Revision of Argentine
History", Inter American Review of Bibliography, No.9. Washington, enero 1960.

Ernesto Palacio, en Federico Ibarguren, Orígenes..., op. cit. p. 51.

Carlos Ibarguren, discurso del 15 de octubre de 1931, en el Teatro Indarte, cuando fue designada
Interventor de la provincia de Córdoba por el gobierno provisional de Uriburu, en Carlos
Ibarguren, La historia que he vivido. Ed Universitaria de Buenos Aires, 1969. p. 384.

Acerca de la política obrera de Manuel Fresco, ver su publicación, Cómo encaré la política obrera durante mi gobierno, 2 Vols. La Plata, n.p. 1940. Sobre Manuel Fresco, ver Donald H. Dolkart,
"Manuel A. Fresco, Governor of the Province of Buenos Aires, 1936-1940: A Study of the
Argentine Right and its Response to Economic and Social Change", Ph.D. Dissertation, U.C.L.A.,
l969.

"Temas Nacionalistas", Combate, 15 de agosto, 1935.

"El Trabajo Fuente de Progreso y Bienestar", Combate, 25 de abril, 1936.

Combate, 15 de agosto, 1935.

"Estrangulamiento del Trabajo Nacional", Bandera Argentina, 24 de septiembre, 1938.

"Huelgas y Régimen de Trabajo", Bandera Argentina, 15 de febrero, 1939.

"El Derecho a Huelga", Combate, noviembre 1937.

"El Nacionalismo Aspira a una Mayor Justicia Social", Combate, 15 de mayo, 1935.

"La Nueva Argentina espera la Decisión Franca del Obrero", Combate, 15 de mayo, 1935.

Ibíd.

"Nacionalismo y Sindicalismo", Bandera Argentina, 8 de septiembre, 1932.

Juan B. Molina, "Carta al Coronel D. Natalio Mascarrello", Legión Cívica Argentina, junio 1941.

Combate, abril 1938.

"Alianza de la Juventud Nacionalista", Clarinada, marzo 1938.

"La Alianza de la Juventud Nacionalista expone su Ideología Social y Económica", Combate,
marzo 1938.

Ibid.

Alianza, 8 de noviembre, 1945.

Ibid.

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