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| VOLUMEN 3 - Nº 1 |
| ENERO - JUNIO 1992 |
La inmigración en el siglo XX
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Fuentes uruguayas para la historia de la
inmigración italiana
JUAN A. ODDONE
Universidad de la República, Uruguay
La temática de la historia poblacional del Uruguay no ha sido explorada sino
hasta época muy reciente. La insuficiencia de las fuentes plantea, quizá, el
mayor de los obstáculos, sin ser el único. Las investigaciones sobre los
movimientos migratorios acusan, asimismo, distintas limitaciones, que en
buena medida tienen que ver con la calidad de la información básica. El hecho
es que mientras la documentación tradicional aguarda una depuración crítica,
se ha venido, incorporando un ingente conjunto de fuentes cualitativas (la
correspondencia privada de inmigrantes, los recuerdos personales mediante las
técnicas de la historia oral, los testimonios literarios, la prensa y los archivos de
las colectividades, entre otras) cuya utilización aún no ha llegado a
generalizarse. Cabe esperar que el incentivo de las nuevas fuentes, y el
adecuado empleo de las tradicionales, nos permitan despejar obstáculos y abrir
oportunidades más fecundas para la investigación.
Los puntos de partida
Al igual que su vecino rioplatense, cuando Uruguay nace a la vida
independiente es un típico espacio demográfico vacío (74.000 habitantes
pueblan 190.000 Km2 en 1829). El crecimiento natural y aportes inmigratorios
modifican en escasos decenios esa realidad. Las semejanzas con el caso
argentino por cierto no se agotan aquí, pero, dándolas por conocidas,
señalemos algunos de los rasgos que han caracterizado a Uruguay en cuanto
meta inmigratoria, aunque obviamente no le sean privativos.
a) En términos generales, el ritmo de afluencia reflejó la incidencia de
algunos factores básicos: altibajos coyunturales, inestabilidad política y
debilidad material del Estado no fueron los únicos, pero sí los agentes de
mayor gravitación.
b) El desplazamiento migratorio interfluvial o terrestre que resulta de la
acción de tales factores, combinado con los atractivos de los países vecinos,
hace de Montevideo a partir de 1880 un predominante puerto de tránsito hacia
Buenos Aires, o una mera etapa en el camino a Brasil.
c) La ausencia de una política inmigratoria comparable a la que promueve
la clase dirigente argentina del 80. Antes de esa década, Uruguay no conoce
planes oficiales efectivos, ni aun a modesta escala. De hecho, la gestión y la
promoción del movimiento inmigratorio han estado en manos privadas,
echándose de menos una acción sostenida del Estado.
d) El mayor impacto de la inmigración se registra entre 1830 y 1890, época
en que la población uruguaya crece espectacularmente. El peso de la
inmigración sobre la población total tiende a decaer sensiblemente desde 1900,
cuando la proporción de extranjeros comienza a disminuir en relación con la
población total.
Las fuentes disponibles
1) Fuentes estadísticas
La información cuantificada sobre el movimiento inmigratorio se distribuye
en un conjunto de fuentes de dispar calidad. Los esporádicos censos generales y
algunos de alcance parcial alternan con un difuso conjunto de estimaciones,
rectificaciones, padrones y cálculos estadísticos. Ese repertorio, que es base
ineludible para toda evaluación retrospectiva de la población uruguaya,
merece, sin embargo, distintos reparos. La introducción de la estadística en
algunas ramas del Estado no aporta referencias aprovechables sino desde 1860,
cuando aparecen los primeros trabajos de Adolfo Vaillant y se crea el Registro
Estadístico. Para la época anterior a Vaillant, la confiabilidad de las fuentes es
aún más dudosa. Una estimación de la población total del país, de 1829, y un
incierto padrón de 1835, preceden al primer recuento de la población
montevideana, llevado a cabo en 1843 en las azarosas circunstancias de una
ciudad sitiada.
a) Censos generales y parciales
En materia censal, la indiferencia del Estado ha perdurado hasta época
reciente. Baste decir que durante el siglo posterior a la independencia, la
República sólo conoció tres censos generales de población, efectuados en 1852,
1860 y 1908. Respecto a la confiabilidad de sus datos, los más tempranos
merecen mayor reserva, dadas sus omisiones e inexactitudes. El censo general
de 1852 sería el más vulnerable, ya que excluye el sexo y la nacionalidad de un
27% de la población relevada. El de 1860 no incluye dos de los nueve
departamentos entonces existentes; otros departamentos deben tensarse por
segunda vez y todo el interior del país arroja cifras inconvincentes que habrán
de "reinterpretarse" a posteriori. En cuanto a los residentes europeos, figuran
en primer lugar los españoles, seguidos por los italianos, aunque los cálculos
censales sean en este caso aún menos confiables, ya que se desconocen las cifras
de extranjeros por nacionalidad en los dos departamentos incensados.
Para cubrir tales vacíos censales no abundan las fuentes complementarias.
Con respecto al volumen y las características ocupacionales de la colonia
italiana, sólo se dispone de datos incompletos y contradictorios, como los que
aportan Lamas, Isabelle o Vaillant. Las más tempranas estimaciones proceden
del consulado sardo establecido en Montevideo en 1830. El primer registro de
que se tiene noticia data de 1834, cuando en la naciente colectividad
predominaban los marinos genoveses que practicaban el comercio de cabotaje
remontando los ríos interiores.
Después de concluir la Guerra Grande, el país que se reconstruye conoce un
acelerado impulso demográfico y pronto constituye un llamativo polo de
atracción inmigratoria. En Italia, contemporáneamente, un conjunto de
factores internos (empeoramiento de las condiciones de la agricultura,
progresos de la navegación, especulación organizada por empresarios y
armadores, y aun la derrota garibaldina de Mentana) precipitan la
formalización de una vigorosa corriente emigratoria dirigida hacia el Río de la
Plata. La masiva y bulliciosa presencia italiana en Montevideo se vuelve
materia de preocupación oficial, y se documenta en las Memorias de Hacienda,
en los datos de la Capitanía del Puerto, en los informes diplomáticos franceses
y en las estimaciones consulares italianas.
A falta de censos generales, algunos relevamientos parciales contribuyen a
ordenar el panorama estadístico. Montevideo y su departamento son objeto de
dos sucesivos relevamientos censales, en 1884 y 1889, que permiten medir los
progresos de la colonia italiana. La distribución de la población por
nacionalidades, por ejemplo, comprueba en 1889 la rotunda primacía de los
italianos (casi un 50% de los extranjeros), el estancamiento de los españoles y la
marcada declinación de los franceses. Aunque tales datos sólo tengan un valor
relativo, y las proporciones varíen si se considera el resto del país, igualmente
revelan una imagen dinámica. de la población italiana, al tiempo que confirman
su predominante concentración en la capital, donde encabezan asimismo el
cuadro de establecimientos industriales, netamente distanciados de los
españoles y de los uruguayos (del total de propietarios, un 45% son italianos,
22% españoles y apenas 11% uruguayos).
El interior del país sigue siendo siempre menos conocido. Luego de algunos
relevamientos policiales esporádicos en algunos departamentos, se lleva a cabo
en 1900 un censo policial de toda la campaña (excluyendo, desde luego, a
Montevideo) que arroja resultados de relativa confiabilidad para medir la
proporción y la pujanza económica de las distintas nacionalidades.
Recién en 1908, a medio siglo del precedente, el tercer censo general permite
subsanar algunas de las deficiencias anteriores y ofrecer un confiable registro
de los recursos nacionales. La población total ha superado el millón
(1.042.666), pero los extranjeros han perdido significación relativa a causa del
ensanche de la población nacional y de unos menguados atractivos que derivan
la inmigración hacia las costas argentinas. De acuerdo al censo de 1860, los
extranjeros representaban el 35% de la población; en 1908, su aporte se reducía
a un 17,38%. La significación global de los italianos se mantiene en la
distribución por nacionalidades: ocupan el primer lugar entre todos los
extranjeros, antes de los españoles, los brasileños, los argentinos y los
franceses. Con todo, las cifras del consulado difieren en mucho de las del
censo. Según el encargado de negocios Carlo Umiltá, la colonia italiana cuenta
con 100.000 miembros en 1910, monto que resulta evidentemente desmedido
en relación con el de 40.000 que le atribuye el reciente censo. El crecimiento
migratorio de los dos últimos años no puede justificar razonablemente tamaña
diferencia. De admitir las estimaciones italianas, la colonia española, por
ejemplo, (que cuenta con 34.000 pobladores) sería un tercio de la italiana, lo
que a todas luces resulta inadmisible1.
b) Publicaciones periódicas
La primitiva Mesa de Estadística, creada en 1852, no ha dejado huellas
accesibles de su labor. El primer ensayo de edición seriada corresponde al
Registro Estadístico de la República Oriental del Uruguay, del cual, al parecer,
sólo vio la luz su primer tomo. Aporta datos primitivos, de origen dudoso; es
apenas una curiosidad arqueológica en la materia. A partir de 1872, por
iniciativa de Adolfo Vaillant, se publican los Cuadernos de la Dirección
General de Estadística. Aparecen anual pero discontinuamente entre esa fecha
y 1884. Incorporan documentación procedente de distintas reparticiones
públicas, en una etapa experimental del empleo de las técnicas estadísticas.
Dentro de las recopilaciones estadísticas de carácter periódico, los Anuarios
constituyen la de mayor tradición. Su periodicidad se ha mantenido
ininterrumpida desde 1884, fecha en que se crean. En cuanto al tema
migratorio, permiten reconstruir, a partir de los datos de la Capitanía del
Puerto, las series de pasajeros entrados y la de extranjeros presentados a la
Comisión de Inmigración. En todo caso, tales cifras, como se vio, resultan
aleatorias, dada, además, la ineficacia ,je los controles de salidas, y sólo revelan
líneas tendenciales. Otras secciones de los Anuarios prestan mayor utilidad: los
registros de la propiedad ganadera e industrial según la nacionalidad de sus
propietarios. Aunque las declaraciones de los propios interesados para
determinar el impuesto directo sean siempre dudosas respecto a los valores
reales, resultan de todos modos una referencia no desdeñable tanto para medir
la relación entre propietarios nacionales y extranjeros, como para atestiguar la
inserción de los italianos en la propiedad rural y urbana2.
c) Publicaciones ocasionales
Este rubro incluye un conjunto de trabajos que utilizan la metodología
estadística, y que suelen destinarse a subrayar la presencia uruguaya en las
exposiciones internacionales. Fuera de su intención propagandística,
constituyen por lo general piezas documentales significativas - verdaderas
"instantáneas" del país - donde se presentan cifras y cuadros ilustrativos de
distintos aspectos de la realidad económica. Desde luego, su utilización como
fuente complementaria está sujeta a distintas consideraciones. Pueden ser,
asimismo, pretexto para exaltar el vigor social y económico de la colonia, tal
como lo hicieron los italianos residentes en Salto con motivo de la exposición
de Milán de 1905.
En resumen, durante un prolongado período (1830-1910 circa), las fuentes
estadísticas no proporcionan certezas sobre el volumen efectivo de los aportes
inmigratorios. Si la Comisión Central de Inmigración contabiliza los
extranjeros presentados en busca de ocupación, es sabido que ellos integran un
porcentaje ínfimo de los desembarcos3. Los registros de entrada de pasajeros
comienzan a llevarse a partir de 1867, y diez años más tarde los de entrada-
salida por vía fluvial del puerto de Montevideo. Con todo, no existirá un
control efectivo del movimiento general de pasajeros por vía fluvial hasta 1907,
cuando la información cubra toda la República y recién se logre discriminar la
nacionalidad, profesión, edad y sexo4. En conclusión, se trata de un
movimiento cuantitativamente aún mal conocido. Los cálculos construidos a
partir de diferentes fuentes no debidamente depuradas impiden elaborar series
rigurosas y continuas. Permiten a lo sumo percibir los ritmos de ingresos y
salidas, a partir de los cuales puede determinarse la secuencia de las sucesivas
olas inmigratorias.
Por último, el hecho más notorio es la mayor incidencia de los extranjeros
antes de 1890, después de cuya fecha empiezan a perder significación relativa a
causa del ensanche de la población nacional y de los menguados atractivos que
derivaban la inmigración hacia las costas argentinas. En el censo de 1860, los
extranjeros representaban el 35% de la población uruguaya; en 1908 su aporte
se reducía a la mitad, con un 17,38%. Cuando en 1882 De Pena afirmaba que
"la inmigración en nuestros puertos es un ave de paso", estaba quizá
advirtiendo el comienzo de un proceso irreversible.
2) Memorias oficiales
Las memorias ministeriales (en particular las de las secretarías de Gobierno,
Fomento y Hacienda) no sólo aportan referencias sobre la situación material
de la población y sobre las iniciativas oficiales y privadas para fomentar la
colonización contratada. También reflejan, con intransferible viveza, los
argumentos efectistas de la propaganda de agentes y armadores. Constatan, en
todo caso, la falta de recursos que aquejó a los gobiernos uruguayos,
desalentando habitualmente los esfuerzos encaminados a atraer inmigración.
Especialmente destacables por su aprovechamiento resultan, en este rubro, las
que emanan de las Jefaturas de Policía. Las memorias policiales aluden con
frecuencia a la población extranjera, haciendo hincapié en la peligrosidad
social de algunas organizaciones gremiales o políticas a ella vinculadas. Su
publicación es anual, a partir de 1854, con carácter discontinuo. La historia
social ha hecho un empleo casi nulo de este género de fuentes que, sin embargo,
testimonia la dimensión de algunos relevantes conflictos de fines y comienzos
de siglo (luchas obreras, militancia anarquista y socialista, acción de la
masonería, ofensiva liberal contra la Iglesia).
3) Prensa
La prensa uruguaya refleja, como puede suponerse, la actitud de los círculos
dirigentes y otros grupos de intereses frente a la presencia de los inmigrantes.
Los italianos son vistos favorablemente en una primera época, que coincide
con el predominio de la afluencia ligur y lombarda, cuando son elogiados
como colonia laboriosa y pacífica. Con la formalización de la inmigración
masiva, la postura de la burguesía local se modifica y asume posiciones de
recelo o de abierto rechazo, que bajo distintos matices y argumentos suele
recrudecer en los períodos de mayor afluencia inmigratoria (1866-1869, 1872-
1873, 1888-1890, 1904-1914). Ciertos diarios (El Siglo, La Tribuna, El Día)
resultan de suma utilidad como testimonios de las cambiantes actitudes de la
sociedad uruguaya frente a la presencia extranjera.
La prensa colonial italiana abarca un profuso conjunto de periódicos, cuya
existencia es en muchos casos efímera. Detrás de sus fines proclamados
(comerciales, políticos, literarios, obreros, o meramente informativos), aportan
un repertorio impactante de las ideologías de avanzada que circulaban en la
colonia (los hay de tendencias mazzinianas, garibaldinas, republicanas,
anarquistas, socialistas, masónicas). Las dificultades que acortan la vida de
estos periódicos restan a menudo una mínima continuidad a su prédica. Sólo
unos pocos, los de más larga vida, suelen beneficiarse del apoyo del Real
consulado, o la legación, y adoptan un tono conciliador y aun apolítico. Este
género de periódicos se vuelve una fuente primordial para documentar la
actividad de las asociaciones de la colectividad en todo el país, dadas las
dificultades que limitan el acceso a los archivos respectivos.
4) Legislación
El registro de la política migratoria del Uruguay por cierto no es muy amplio,
reflejando la actitud tradicional del Estado frente al problema5. Si la prédica de
los elencos dirigentes liberales uruguayos del siglo pasado reconocía los
beneficios de la inmigración, su proclamada fidelidad a la causa alberdiana
resultó siempre menos efectiva de lo que prometían sus declaraciones y
discursos. Ciertamente conspiraron contra esos propósitos los apremios de una
guerra civil intermitente, las penurias de un presupuesto siempre exiguo, la
cercanía de un país vecino que ofrecía estímulos más llamativos. Con todo, no
deja de ser sugestiva la indolencia estatal en la materia en un país que, en
decisiva medida, había cubierto el vacío demográfico inicial mediante los
aportes inmigratorios.
En la década de los 60, el Estado empieza a tomar conciencia de los riesgos
en juego, cuando la insinuante despoblación en el interior coincide con un
alarmante aumento de la presencia brasileña. Al plantear la denuncia de
semejante situación, un diputado de la época afirmaba que "la ciudadanía
oriental se está extinguiendo al norte del Río Negro". Aun así, recién a fines de
la década siguiente se generaliza la percepción del problema en esferas de
gobierno, abarcando los distintos niveles de la clase dirigente. En ese sentido,
la ley de tierras del 23-11-1880 propone expandir los beneficios de la
colonización. Dicha ley y su posterior decreto reglamentario conceden tierras
en los ejidos de los pueblos y autorizan los contratos con familias agricultoras a
través de empresarios privados. Complementariamente, la ley de fomento de
junio de 1890 reglamenta los distintos aspectos de la .política inmigratoria,
inaugurando una tendencia intervencionista que cobrará su máxima expresión
después de 1930. De cualquier modo, los esfuerzos legislativos no logran
reanimar la tibia vocación de la política inmigratoria uruguaya. La primera de
ellas no tuvo otro efecto que posibilitar especulaciones privadas que
devengaron escasos o nulos beneficios para los colonos. La segunda, inspirada
en la ley argentina de 1876, tampoco logró vencer el decaimiento de la
inmigración agrícola, ya irreversible. La legislatura del gobierno Tajes (1886-
1890) ha legado un documentado expediente acerca de las limitaciones que
frustraron los intentos colonizadores de aquella década, que sólo alentaron las
combinaciones lucrativas de empresarios y mediadores. Con la crisis mundial
de 1929 y el colapso institucional de 1933, se opera un viraje radical con
respecto a la política liberal de "puertas abiertas". La creciente intervención
estatal se expresa mediante diversas medidas restrictivas y discriminatorias
sancionadas entre 1932 y 1934, culminando con la llamada "ley de
indeseables", de 1936, que rechaza o permite expulsar del país a los extranjeros
por motivos ideológicos y políticos.
5) Archivos eclesiásticos
Su importancia es particularmente relevante para el período preestadístico.
El archivo de la Curia Metropolitana de Montevideo remonta a 1726, y los
correspondientes al interior del país recién se organizan a partir de las
respectivas curias creadas en este siglo. La documentación básica para nuestros
fines se recoge en los libros parroquiales (en Montevideo existen 77 archivos
parroquiales y 139 en las parroquias del interior); no existe la centralización de
la documentación, ni tampoco de la información que contiene). Los asientos de
nacimiento-bautismo, de matrimonio y de defunción pueden ser
complementados con los más explícitos Expedientes Matrimoniales. Las leyes
de registro civil (1879) y de matrimonio civil obligatorio (1885) colocan bajo la
órbita del Estado el control absoluto del movimiento poblacional6.
6) Estudios varios
Entre la producción ensayística de acento sociológico existe un conjunto de
trabajos que recoge la reflexión que el tema poblacional despertó en distintos
ámbitos nacionales. En general, se trata de análisis que encaran la
conformación estructural del país por lo común atribuida a la pervivencia de
sistemas y hábitos mentales coloniales, cuya presencia se revela marcadamente
en el régimen de tenencia de la tierra, visto como uno de los escollos básicos a
la radicación de pobladores estables. Tales aportes prestan apoyo a toda
investigación sobre el tema, en cuanto evalúan algunos de los obstáculos que se
interpusieron al extranjero en el medio rural; indirectamente, aluden a las
causas de la dominante concentración inmigratoria en los centros urbanos y
sus conexas ramas de actividad.
Un sector de fuentes cercano al anterior se integra con trabajos que enfocan
el tema migratorio ya desde su perspectiva demográfica, o que lo vinculan a las
expectativas de la agricultura y la industria, con un enfoque estimulante que no
excluye habitualmente la intención propagandística.
7) Semblanzas y publicaciones conmemorativas
Se echa de menos, por lo pronto, la existencia de un diccionario actualizado
de la colectividad italiana en Uruguay. Algunas tempranas contribuciones
(Barozzi-Baldesini, Pereda) se revelan hoy parciales e insuficientes; de suma
utilidad resulta aún la recopilación sobre la colonia residente en Salto, de 1906;
entre los aportes recientes se destaca el trabajo de Gérin Clouzet. En todos los
casos se impone la consulta de fuentes complementarias. La prensa italiana
local sigue siendo en este sentido un riquísimo marco de referencia. Asimismo
cabe reiterar aquí la mención del excelente registro de fichas biográficas que se
incluyen en algunos periódicos uruguayos de comienzos de siglo, con las que
puede reconstruirse la trayectoria de un variado espectro de empresarios, en su
mayoría italianos.
8) Fuentes literarias
Los testimonios literarios ocupan un modesto lugar en este repertorio. Una
vez más, la mirada hacia la otra orilla del Plata es inevitable, aunque
decepcione el cotejo con la torrencial producción argentina sobre el tema:
novela, cuento, narraciones costumbristas, teatro popular reservan, por
contraste, un vacío desconcertante para el investigador que procure detectar en
la literatura uruguaya una gama documental similar. No existe por lo pronto
en las fuentes uruguayas nada que refleje el ambiente o los tipos humanos que
animan las novelas de Cambacéres o Grandmontagne; inútil procurar las
resonancias de aquella filosa picaresca rural donde se enfrentan los gringos y
criollos de las mordaces historias de Payró; nada, en fin, comparable a las
peripecias del ambiente orillero porteño, donde tanos y bachichas animan el
colorido repertorio del sainete, el tango y la lírica lunfarda.
Los testimonios literarios uruguayos acerca de la presencia migratoria se
reducen a un escueto registro. No puede sorprender, después de todo, que la
dispar magnitud del fenómeno en los respectivos países, sobre todo a partir de
los años 80, se refleje puntualmente en la carga documental de las respectivas
literaturas. Escasos cuentos, algunos dramas y comedias, un perfil vital del
elemento italiano afincado en el medio. Más que ningún otro creador, el
dramaturgo Florencio Sánchez supo llevar a escena algunos de los conflictos
más característicos que implicaban el trasplante cultural y los contrapuestos
estilos de vida de inmigrantes y criollos.
9) Asociaciones italianas
Se han obtenido escasos resultados en la localización de los archivos
pertenecientes a las numerosas asociaciones italianas establecidas en Uruguay
desde 1860. La mayoría de ellas ha desaparecido y, en las pocas que
sobreviven, generalmente la documentación conservada no es la más
apetecible. Sería ocioso encarecer aquí la importancia de tales asociaciones,
tanto por sus orígenes, sus variados objetivos, su acción solidaria y su
incidencia directa sobre la ida de la colonia italiana. A falta de archivos donde
se obtengan los registros de socios, los programas de actividades, los balances
financieros, existen fuentes suplementarias de imprescindible consulta:
fundamentalmente la prensa colonial, pero también los informes consulares
italianos, los diccionarios y publicaciones conmemorativas. Entre las pocas
entidades aún existentes figura la Camera di Commercio Italiana, que conserva
un repositorio significativo, dada la antigÜedad de su documentación, que
remonta a 18847.
10) Informes de los cónsules y ministros uruguayos en Italia
Como complemento de la correspondencia de los representantes italianos
acreditados en Uruguay, importa consultar la de otras representaciones
extranjeras residentes en el país. Ni qué decir cuánto cabría esperar de una
lectura comparativa de los informes italianos, franceses y españoles sobre el
tema. Asimismo cabe agregar aquí los despachos de los agentes consulares y
diplomáticos uruguayos acreditados en el Reino de Italia, que pertenecen a los
fondos de Relaciones Exteriores incorporados al Archivo General de la
Nación. Tales documentos aportan referencias discontinuas acerca del
movimiento exportador italiano hacia Uruguay, documentado en los
manifiestos de carga que transmiten los consulados uruguayos de Génova y
Nápoles. En cuanto al movimiento inmigratorio, el material es excelente,
aunque haya sido involuntariamente mutilado. Las series que informan sobre
"expediciones" de familias agricultoras italianas contratadas al amparo de la
ley de colonización uruguaya de 1880 originalmente contenían cuadros y listas
nominativas de las distintas familias embarcadas, donde se indicaba - según
la portadilla de cada carpeta - su procedencia, los parentescos de cada grupo
y la solvencia económica de que disponían. Lamentablemente, los datos
sustantivos que contenían estos expedientes, destinados a su procesamiento
estadístico, han sido retirados a ese fin de los legajos respectivos. Aun así, se
trata de un valioso conjunto de fuentes, prácticamente inexplorado hasta hoy,
con referencia al tema inmigratorio.
NOTAS
Las notas que siguen se limitan al periodo 1870-1930. Son de sobra conocidos los motivos y las
circunstancias que aparejan la clausura del proceso masivo luego de 1930. Desde entonces,
Uruguay recibe dos limitados flujos migratorios, aún bastante mal conocidos, cuyas motivaciones
resultan inseparables de la coyuntura en que se inscribe la Segunda Guerra Mundial. En los años
que la preceden, llega un contingente de inmigrantes judíos que escapan de la tormenta
centroeuropea. Luego de 1945 se formaliza la última etapa de la afluencia italiana: la integra, por
lo pronto, una inmigración económicanete calificada, que busca eludir las secuelas de un pasado
reciente. En ella se incluyen técnicos, industriales, empresarios de empuje; a este sector se agrega un
más modesto cortejo de desocupados, dispuestos a empezar de nuevo con sus oficios y aptitudes.
Esta corriente, en buena medida estimulada por los programas del CIME, comienza a estancarse a
mediados de los 50, cuando la euforia económica del Uruguay muestra sus primeras grietas. Para
muchos, el retorno suele ser el saldo de esta corta aventura. Los menos, pero los más afortunados,
lograron, en cambio, consolidar su patrimonio amparados en la bonanza de los años de la
posguerra. Radicados desde entonces en el país, algunos de sus nombres se asocian todavía al giro
de grandes intereses empresariales.
Carlo Umiltá. "La Repubblica Oriental dell'Uruguay", en Bolletino dell Emigrazione, Roma,
1911, fas. 5, p. 43.

Oscar Mourat, La inmigración y el crecimiento de la población del Uruguay, 1830-1930,
Series Estadísticas para su estudio en Cinco Perspectivas históricas del Uruguay moderno,
Montevideo, 1969.

Anuario Estadístico de la República Oriental del Uruguay, año 1886; Montevideo, 1887.

Oscar Mourat, op. cit., p. 3.

La obra más completa en la materia es la de Luis Seguí González y Alejandro Rovira,
Contribución al estudio del derecho migratorio uruguayo, Montevideo, 1939.

Dante Turcatti, "Breve descripción del Archivo de la Curia Eclesiástica del Arzobispado de
Montevideo, en Archivos de la Biblioteca Nacional, n, Montevideo, 1987, pp. 101-112.

Bordoni sostenía en 1885 que "la colonia italiana de Montevideo es quizá, entre todas las de
América, la que cuenta en su seno mayor número de centros sociales en proporción a sus
habitantes". Cfr. Giosué Bordoni, Montevideo e la Repubblica del Uruguay, Milano, 1885, p.
163. El cónsul del Reino de Italia, Eduardo Perrod, se refiere en 1882 a estos centros con
motivo de un atentado perpetrado por la policía uruguaya contra dos ciudadanos italianos.
La protesta de la colectividad aparece en uno de sus informes, suscrita por una extensa
nómina de asociaciones. Cfr. Informe de Eduardo Perrod al Ministero degli Affari Esteri,
Montevideo, 24 de marzo de 1882, en Archivio del Ministero degli Affari Esteri, Roma, Serie
Politica, p. 225. Ver asimismo: Constante G. Illas, Propiedad y tesoro, también Ugo E.
Imperatori, Dizionario di italiani all estero, Milano, 1956; Piero Parini, Gli italiani nel
mondo, Milano, 1935.

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