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America Latina

VOLUMEN 3 - Nº 1
ENERO - JUNIO 1992
La inmigración en el siglo XX
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Al cumplir Leopoldo Zea ochenta años, E.I.A.L. dedica
estas páginas a la apreciación de uno de los elementos
centrales en la obra del insigne latinoamericanista

Sobre el humanismo de Leopoldo Zea

En la convocatoria para los homenajes a Leopoldo Zea, con motivo de cumplir sus 80 años de edad, se mencionan sus aportes como historiador de las ideas en América Latina, como promotor de la integración de esta Nuestra América, como filósofo comprometido con la realidad latinoamericana, etc. Todo esto es verdad y de enorme importancia, pero si nos viéramos obligados a señalar aquel rasgo esencial de su filosofía y su labor intelectual en general, no dudaríamos en afirmar que se trata de ese humanismo que se encuentra presente en todas sus páginas y en todos sus pasos. Su mismo latinoamericanismo alcanza su significado real sólo en función de su humanismo esencial y como expresión del mismo.

Se trata de un humanismo con características muy definidas y de ninguna manera de aquel humanismo abstracto e ideal propio de tantos intelectuales encerrados en sus torres de marfil y en sus propios sistemas. El humanismo de Zea es el de los hombres concretos, de carne y hueso, el de una humanidad de millones y millones de rostros diferentes los unos de los otros, pero precisamente iguales en su común derecho a ostentar sus propias peculiaridades, iguales en su común derecho a ser diferentes. Se trata, para él, de una humanidad en plural, que existe sólo en plural, y de un humanismo que reside básicamente en el reconocimiento y en el respeto a ese pluralismo de las manifestaciones humanas. El valor del ser humano como un valor universal, pero un universal concreto, tal cual lo expresaría Zea a principios de los cincuenta: "...en lo concreto, lo más concreto, se oculta lo universal".

Esta concepción esencial del pensamiento de Zea se encuentra presente en sus escritos desde un comienzo. En uno de sus primeros artículos, aún estudiante universitario, Zea, refiriéndose críticamente a Max Scheler, rechaza lo que considera como el intento del filósofo alemán de convertir al hombre contingente en un hombre eterno. Zea señala que no tiene sentido salvar al "hombre plenario", al hombre ideal, puesto que el único hombre que importa salvar es aquél que vive y muere: "...el hombre real es tiempo, historia, contingencia, querer salvarle de esto, es querer otra cosa que un hombre".

Zea adoptó en un principio el circunstancialismo y el perspectivismo historicista orteguiano precisamente por hacer éste a "mi vida", la vida concreta de cada uno, el punto de partida para toda filosofía o para la cultura en general. Pero en el historicismo orteguiano Zea acentuó casi de inmediato dos aspectos básicos. En primer lugar, al captarse el filosofar como obra del ser humano en medio de sus circunstancias particulares, Zea afirma que estas últimas, que son las que hacen del hombre una persona y le otorgan su individualidad, se le presentan también como limites particulares en su afán de universalidad; se trata de su perspectiva a partir de sus propias circunstancias, una perspectiva entre otras . Pero he aquí que más allá de la problemática epistemológica implícita en esta idea, se da en ella necesariamente también la limitación esencial del deseo de imposición universal de nuestra perspectiva particular. Pero no se trata sólo de la limitación esencial de "nuestra" perspectiva, sino que evidentemente de toda perspectiva, y por ello Zea señala que "podemos concluir que el límite de nuestras ambiciones y el conocimiento de tal límite será también el conocimiento de los límites de todo hombre".

O sea que la limitación que debemos reconocer como propia es una limitación universal de todo hombre en tanto tal, una limitación que viene a negar de antemano cualquier intento de convertir perspectiva alguna de tal o cual grupo humano en la expresión exclusiva y por excelencia de la Humanidad. Y, debido a que Zea avanza en medio de su realidad histórica, claro está que este desarrollo teórico se viene a resolver de inmediato en el rechazo de todo imperialismo cultural o de cualquier otro tipo. Su lucha anti-imperialista viene a postular la reivindicación de la humanidad de los pueblos "bárbaros" en medio del rechazo del intento de convertir a la perspectiva de la metrópolis en la visión humana por excelencia.

Y el segundo aspecto que Zea acentúa y desarrolla de inmediato en el historicismo perspectivista reside en que tal perspectivismo no lo conduce a solipsismo alguno que podría haberse manifestado en cierto tipo de nacionalismo chauvinista encerrado en sí mismo, desentendiéndose o negando a los demás. Por el contrario, la existencia de las diversas perspectivas implica, para Zea, dos desarrollos decisivos de su filosofaa: el intento de comprensión de tales perspectivas, la propia y la de los demás, en función de sus circunstancias particulares y sus relaciones a los demás; y, además, el diálogo en función de tal comprensión. El diálogo como esencia de la convivencia humana en medio del mutuo respeto, y como única alternativa a la imposición.

El elemento axiológico de su humanismo se encuentra presente a lo largo de toda su obra, pero en ésta pueden distinguirse dos niveles y dos aplicaciones diferentes de tal axiología. Por un lado, una historia de las ideas, que viene a ser una historia del desarrollo de la conciencia latinoamericana en sus relaciones mutuas con la conciencia del mundo occidental, y también una filosofía de tal historia. Por otro lado, la postulación de lo que deben ser los valores humanos que han de encontrarse en la base de las relaciones entre los componentes de tal humanidad. Pero ambos niveles no se encuentran por separado en la obra de Zea, y nuestra diferenciación es meramente analítica. La historia de las ideas y la filosofía de la historia se dan desde la perspectiva axiológica esencial de su humanismo concreto, y por ello no son mera descripción, sino análisis,, de la imposición colonialista e imperialista, señalamiento de una dependencia que se resuelve de inmediato en una obra que postula la reivindicación de la humanidad negada a los pueblos de esta región. Y la postulación de la Humanidad a realizar no se da tampoco, por su parte, en medio de visiones utopistas de aquel tipo que nada tienen que ver con la realidad concreta, sino a partir de la realidad de la dependencia neocolonialista o imperialista. Por ello toma la forma de la lucha en pro de la reivindicación latinoamericanista y del llamado tercer mundo en general, y por ello es la suya una filosofía de la liberación. Su humanismo concreto convierte su historia de las ideas y su filosofía de la historia en la denuncia del imperialismo y de la dependencia, y transforma sus ideales de una humanidad mejor en una confrontación aquí y ahora.

Pero también en la lucha se halla presente su humanismo, y muy especialmente en su objetivo. Claro está que, en primer lugar, se trata del logro de la libertad, pero no sólo eso. Permitámonos una cita de Zea de 1973 en la que se ilustra a qué nos referimos aquí, y también no poco de lo que hemos venido señalando previamente: "Filosofía del hombre en su sentido más amplio, pero sin que su punto de partida deje de ser concreto, el de nuestra individualidad y el de nuestra nacionalidad. En este sentido es como buscamos cambiar la relación de dependencia de que tomamos conciencia por una relación de solaridad, de pares entre pares, de iguales entre iguales. Nos abrimos al mundo pero sin dejar de ser parte concreta de este mundo".

Póngase atención que Zea escribe aquí sobre el cambio de la dependencia por la solaridad, algo muy diferente, por cierto, de la olimpica indiferencia de Fanon frente al Occidente. Solidaridad en la libertad. "Nuestra filosofía y nuestra liberación no pueden ser sólo una etapa más de la liberación del hombre, sino su etapa final. El hombre a liberar no es sólo el hombre de esta América o del Tercer Mundo, sino el hombre en cualquier parte que éste se encuentre, incluyendo al propio dominador..." También el dominador podrá lograr su verdadera dimensión humana solamente al desbaratarse su imposición imperialista, que lleva implícita la pretensión de negar la humanidad de los demás, pero que también lleva implícita la realidad concreta de su propia deshumanización.

Pero si su humanismo concreto postula una lucha por la libertad y la solidaridad de los seres humanos en pie de igualdad, él se manifiesta también en otro aspecto de los objetivos por los cuales Zea milita constantemente. Zea en ningún momento presenta el retrato de la nueva sociedad sino que, a la par que señala a menudo la multiplicidad de los caminos acorde a las diversas circunstancias, se limita a postular el principio de la libertad humana que debe constituir, en el mutuo reconocimiento y en la solidaridad, la pauta crítica para toda sociedad. O sea que el hombre concreto de Zea rechaza de antemano su supeditación a todo modelo previo. No es ésta una laguna en su pensamiento, sino un elemento esencial del mismo. La libertad humana es la del hombre concreto en una constante e interminable lucha en medio de las más diversas circunstancias. La historia de la Humanidad, para Zea, consiste en una concatenación que no se realiza entre filosofemas o ideas abstractas, sino entre "una serie de problemas concretos cuya solución se convierte, a la postre, nuevamente en problema". Y otro párrafo de Zea nos ilustra el por qué de su negativa de los modelos en tanto tales: "Los problemas que el hombre ha tenido que enfrentar y las soluciones que ha venido dando a los mismos, se van encadenando en una cadena sin fin". Se trata de la libertad del hombre concreto que siempre es problema, se trata de un humanismo concreto que siempre es problema y, por tanto, necesidad de elección; la libertad como imanente a la existencia humana. Libertad que se ha expresado en Zea no como el derecho a la supeditación a tal o cual modelo, sino fundamentalmente como conciencia crítica, por ser ésta precisamente esencia de la libertad y garantía de la misma. A veces Zea ha sido criticado por lo que se definió como su carácter idealista, pero parecería que ya en nuestros días nunca será suficientemente ponderada esa conciencia crítica que es condición de prevención o cancelación de toda supeditación a modelos supeditantes. Y no nos referimos sólo a los de Occidente, sino también a aquellos otros aceptados ciegamente por tantos que no pecaban, supuestamente, de idealistas.

Pero más aún, la negativa de los modelos implica también un humanismo concreto que es fundamentalmente el del hombre presente, aquí (en todos los aquíes posibles) y ahora; y ello implica, además, que este hombre debe liberarse también de su propio pasado en medio de la asunción del mismo. El futuro debe ser consecuencia de la confrontación del hombre libre con su problemática concreta y actual; y en esta confrontación el pasado debe ser convertido en pasado en medio de su asunción. O sea que el hombre debe liberarse también de su pasado, del dominio de los muertos, pero en medio de un humanismo concreto que evita la negación del mismo. El hombre no puede, para Zea, negar su pasado y convertirse en una abstracción histórica, sino que el hombre, siempre concreto, debe reconocer su pasado y sus circunstancias como propios, y sólo a partir de ello superarlos por su libertad en medio de lo que Zea denomina la asunción de tal pasado. La asunción de la realidad de la dependencia para hacer posible, a partir de ella, la conciencia de la liberación.

En fin, podríamos continuar desarrollando otros no pocos aspectos del humanismo concreto de Leopoldo Zea, pero consideramos que lo escrito es suficiente para fundamentar nuestra visión del mismo. Quizás cabría agregar que este humanismo concreto se encuentra manifiesto no sólo en su obra escrita sino también en su obra en general, aquélla que incluye asimismo una labor de difusión, de enseñanza, de promoción de lo latinoamericano en todos los ámbitos de este mundo nuestro. No sólo sus libros para el lector anónimo, sino también sus relaciones personales, sus amistades verdaderas con tantos intelectuales, y no sólo intelectuales, del mundo entero; y, claro está, con sus alumnos. El humanismo concreto de Leopoldo Zea.

Tzvi Medin - Editor